El Evangelio del Universo: Conversaciones entre Lilith y el Ángel

“Éste es el recuento de los tiempos únicamente divisados por las intuiciones del alma, los tiempos en que todo estaba inmóvil, los tiempos en que no había ni hombres, ni palabras, ni tiempo. Este es el principio de todas las historias, la página en blanco donde un día todo estuvo en silencio, todo en calma…

            En el corazón de aquel vacío primordial dormía y soñaba Amor. Ahí, el menor brote de un sueño es siempre susceptible de volverse real. Por ello, las palabras de este génesis pretenden ser un homenaje a los sueños, siendo que todo inicia casi siempre así, con un sueño (aunque sea uno tan mínimo como una mota de polvo…).

Si a la perfección de aquel momento prístino nos remitiésemos, Amor hubiera podido seguir durmiendo eternamente, el abrazo de Nada lo contenía como una cuna confortable y perfecta.

No sabemos qué sucedió, el caso es que, en un momento dado, mientras Amor dormía profundamente, irrumpió en su sueño una chispa, como la de un cerillo con su pequeño sol a cuestas. Igual que el capullo de una rosa es llamado a la luz por algo más allá de sí, igualmente a Amor aquella chispa le anunció la inminencia de un día sobrenatural.

            ¡Es hora de despertar!

            Amor se estremeció en el regazo de Nada —parecido a un niño a quien despierta su madre, cuando él quiere seguir soñando—, no quería olvidar aquel sueño: Amor soñaba universos.

Hoy y entonces los sueños han de ser sostenidos al despertar, para que no se olviden, para que no se pierda su trama, ni se rompa el hilo que los conectará con la vida. Por eso Amor sostuvo su sueño, como a un amigo de humo al que se jala de su inasible mano cuando tenemos que mudarnos a otros paraísos, los que le darán consistencia. Cuando Amor sintió que aquel reino de sueño lo acompañaba, abrió enteramente sus ojos y vio flotando ante sí un puntito minúsculo, algo parecido a esas pelusas que danzan en el aire, y se vuelven visibles sólo gracias a la luz y a la mirada.  Amor observó aquel pequeño círculo cerrado como el punto de un lápiz. Aún con todo y sus diminutas dimensiones, en esa pequeña causa, como memorias del porvenir,  estaban ya todas las galaxias, los soles, los mundos; todos reinos animales y vegetales, todas las razas, las familias, las patrias; todos los silencios hundidos en el albornoz de los que atravesarían los desiertos, y los muchos cantos de los que cabalgarían gozosos las olas; todos los cambios sobre la faz de la tierra; todas las ideologías, las religiones, los gobiernos… todos los murmullos que en lo futuro poblarían los cafés del mundo; todas las lágrimas en las salas de espera de los hospitales y los panteones; todas las risas de los chiquillos felices; todas las caricias de los amantes; todos los amores y todos los odios (miles de siglos después se nos invitaría a recordar aquello con insistencia: todos somos hermanos, todos somos uno).”

Si te ha gustado este fragmento, te invitamos a que sigas la presentación del libro en el marco de la Feria Internacional del Libro edición especial 2020, este LUNES 30 DE NOVIEMBRE a las 18:00 (horario de México) en esta liga: https://www.youtube.com/watch?v=xaMZDRz_twY&ab_channel=YolandaRam%C3%ADrezMichel

Aquí te compartimos otro fragmento:

“Un séquito de doce diablos se acercaron a recibir a Lilith. La miraban con curiosidad e insistencia, girando en torno a ella como palomillas en la lámpara de un lector noctámbulo. No la tocaban, sentían un extraño recato ante sus formas, aunque hervían sus sentidos, heridos por una íntima felicidad, podía más el asombro que su apetito por poseerla.  Muchos dicen que el pecado está en la carne, y le dan a la carne todo el peso de una maldición, pero cuántas veces la carne pasa a segundo plano, y lo que más impacta al hombre es algo vital e íntimo. Donde se gestan las obsesiones no es en la piel, sino dentro; la piel es sólo el receptáculo, la piel es el puro cristal de la lámpara. Por eso, lo primero que se impuso en aquel encuentro fueron las ganas de hacerla suya, pero de un modo trascendente, no físico (no olvidemos que los demonios vienen de un reino superior, con más exigencias que las nuestras). Por esas cualidades que no habían perdido era más imperiosa la necesidad de que formara parte, de que se integrara a esa sombría patria; la integración es una forma más fina de lujuria, una clase de lujuria espiritual. Para ello, lo primero fue mostrarle el extraño esplendor de aquel adolorido imperio, e invitarla a vivir ahí con ellos, en aquel destierro había tierras vírgenes donde aún era posible construir un hogar.”

Somos dadores de sentido

La palabra se revuelve dentro, va conformándose poco a poco, sus signos se unifican hasta formar una masa cargada de símbolos que la dotan de sentido. En su interior se enfrentan significado y símbolo. Hemos entendido que el significado vive fuera de nosotros, es un ente social que pareciera tener vida propia; el símbolo, por lo contrario, nos habita, se aloja dentro y nos confronta con lo social, nos jala hacia nuestro fondo para comprender. De ahí surge el sentido, de una “no comunión” entre lo que se piensa (significado) y lo que se siente (sentido). Esta confrontación nos hace elegir.

La palabra se vuelve idea que poco a poco va poblando todo, nos llena el cuerpo para luego derramarse por las calles. Transformar en símbolo la palabra es una metamorfosis necesaria para entender la muerte y la vida. Vida que transcurrimos sin sentirla. En realidad, es la muerte la que nos permite dotar de sentido todas las cosas que nos rodean, gracias a una especie de relación de posesión-desposesión. Cuando nos sentimos faltos de, desposeídos de la materia y de la sustancia, es ahí que todo comienza a cobrar sentido, comenzamos a sentir la urgencia de tener, de poseer. Cuando escuchamos la palabra muerte aflora nuestra falta de vida, comenzamos a dotar de sentido a lo que nos rodea debido al miedo a perder o no estar en situación de posesión.

Entonces, la idea comienza a separarnos de la palabra y su sustancia, la palabra en el origen era divina, contenía a la carne y a la sustancia, se mezclaba entre los dioses y los mortales, era puente que nos permitía conectar con el fundamento, la palabra fue génesis al entenderse como símbolo de todo lo que existe y se piensa. Quien aprende a conciliar el significado con el símbolo aprende a habitar la palabra, aprende a perder el miedo a la muerte y su hado impecable. Aprende a vivir según los símbolos y la carne.

Saber el sentido de la vida significa saberse en completa desposesión, saberse parte de la palabra; habitante y habitáculo. Somos la palabra y fuera de ella. Somos origen y muerte, en la palabra está contenido el símbolo, y es éste el que la soporta, basamento de todo lo que se entiende.

Nos hemos alejado de la palabra y es hora de regresar a ella a través de los símbolos que fluyen entre nosotros.

Pepe Aguilera

Los niños, la escuela y el 2020

No nos lo esperábamos, que los niños iban a dejar el salón de clase, que ya no podrían platicar entre ellos armando escándalo o distrayéndose de lo que la maestra intenta explicarles tan esforzadamente. No nos lo esperábamos. No sé qué bienes y qué males se esconden en la modernidad, sé que siempre hay estrellas en la noche y que siempre hay dones tras alguna calamidad. Pero los niños…

Los niños que ya de por sí no salían a jugar, raptados por las diversas pantallas abductoras, ahora ni siquiera hay recreo, ni clase de arte ensuciándote las manos, ni cantos corales.

Hace tiempo que muchos padres de familia habían intentado el Home School. Inconformes con las limitaciones de un sistema de enseñanza basado en el encierro en un salón, y en la imposición de contenidos que no logran enteramente contactar con los niños. Algunos lo lograron, y se volvieron responsables directos de los contenidos académicos, y de su asimilación para el entendimiento de un mundo más pleno. No obstante, esos padres que enseñaban en casa no lo hacían para meter a sus hijos en la pantalla, sino para que contactaran con el mundo y la ciencia vital más directamente que a través de libros de texto o de programas académicos obsoletos. Quiero suponer que Home School no intentaba ser sinónimo de clases en línea, y que más bien era: hacerse cargo de la educación cuando no se está de acuerdo con las limitaciones del sistema escolarizado.

En estos tiempos, la escuela se ha mudado a las aulas virtuales, pero aunque le llamen Home School, no lo es; los contenidos llegan a través de una pantalla… ¿Es posible que nuestros niños conozcan el mundo así? No lo sé, yo soy amante de los libros, y he conocido el mundo a través de sus páginas, y también lo he conocido ahora por la mucha información disponible en internet, pero algo me huele mal en esto de que los niños sientan que sus compañeros son cuadritos en la pantalla…

Hoy, platicando con mi hija acerca de este tema, me comentó que ciertamente hay mucho por lo cual podríamos quejarnos, pero que también hay cosas buenas, uno de los bienes que ella ha descubierto es que se ha podido dar cuenta de cómo es su hijo a la hora de clase. Lo observa trabajar y relacionarse con sus compañeros, aunque sea a través de este salón virtual las maneras de cada niño salen a la luz.

Los hijos nos hacen ver la vida de otro modo, se rebelan contra atavismos y traumas ancestrales, resuelven de manera distinta sus contratiempos, y si tenemos suerte, intentan ver los bienes, en lugar de concentrarse en los males, que de todos modos son inevitables.

El mito y su hondura humana

Por Pepe Aguilera

En la palabra todos somos semejantes. La consustancialidad entre palabra y mito viene del reino mágico, de la eterna posibilidad de la significación, de las redes que se extienden entre símbolo y carne. Decir el mito es decir el devenir de todo. En él, el origen se vuelve también final, sucede que el tiempo se detiene y colapsa, y del colapso brotamos indefensos y en espera del encuentro.

¿Cómo podemos entender el mito?, ¿qué fibras debe tocar la mitología para sentirse como real?, ¿cómo podemos aceptar lo sobrenatural en nuestras vidas como origen o basamento? Los estudiosos dicen que, a través de la antropomorfización del mito, es decir, volver a la palabra carne.  Todo mito debe pasar por este proceso para poder formar parte de la vida natural. Todo mito debe volverse sustancia en nosotros, parte de nuestro ADN.  Por eso los dioses fornican con los humanos, por eso Zeus se transforma en ave, o toro, o viento, o agua, y baja a poseer a las doncellas, baja a poseer la carne.

Así el mito se instala en lo más hondo de nuestras raíces, nos regala lo divino, y lo vuelve alcanzable; antes podíamos alcanzarlo mediante actos heroicos, ahora podemos hacerlo mediante la palabra, y su doble configuración: física y etérea, materia y sustancia. Cuando accedemos al mito accedemos a los miles de símbolos que le han ido dando forma, sus profundidades son ahora las nuestras, y podemos reconocernos en los deseos mundanos de los Dioses, o en las aspiraciones a lo divino de los mortales.

Gracias a los mitos sabemos que hemos sido despojados de lo divino, sabemos que deambulamos por el mundo en busca de un paraíso perdido, que las ideas que creemos nuestras no lo son porque se alojan en un lugar lejano e inaccesible al pensamiento humano, es decir, habitan en un espacio sobrenatural, que no es otra cosa que el lugar de las significaciones, que es toda sustancia; el lugar de los símbolos.

Somos eternos y efímeros al mismo tiempo, la sustancia (que es milenaria) se enfrenta todos los días a la materia que la contiene (volátil, por cierto); y del enfrentamiento continuo nace una angustia interminable, una angustia que va tomando de a poco nuestras ideas y emociones; nos recuerda que hemos perdido algo hace miles de años.  

Y, sin embargo, no lo perdimos del todo, algo de ese pasado milenario se aloja en nosotros, algo divino y mundano se entrelazan y nos conforma, nuestro ADN se reconfigura continuamente y en él habita lo eterno, lo sobrenatural vive en nosotros.

Pepe Aguilera

 Guadalajara (1984) Profesor de preparatoria en la U de G, Promotor de Lectura y Creación Literaria. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara, y ha trabajado como mesero, laqueador, vendedor de artesanías en el Tianguis de Tonalá, ayudante de cocina en restaurantes sin importancia, intendente en tiendas departamentales. La visión del mundo desde esas situaciones laborales le ha permitido saber cuáles deberían ser los intereses del artista, no los que persigue y se afana en conseguir, sino los que debería tener como principio existencial, esos que se esconden detrás de las palabras y sus símbolos. Renegado de las formas se reúsa a creer en la poesía actual, sin embargo la prefiere a las formas precarias del modernismo.

Pepe Aguilera forma parte de la familia Trithemius, las sesiones online lo inspiran y después de cada clase nos entrega sus palabras. El mes de septiembre la Maestra Yolanda Ramírez Michel habló de cómo a lo largo de la literatura muchos autores fundamentales han manifestado en su obra una relación mística con una entidad femenina analizada por Elemire Zolla en su libro La amante invisible. Les compartimos el link de las sesiones online donde se vio este tema, por si fue de su interés la reflexión filosófica que nos compartió Pepe Aguilera:

Lo humano sobrenatural

Por Pepe Aguilera

Pepe Aguilera es poeta, y también es filósofo. Egresado de Letras Hispánicas, forma parte de la familia Trithemius, las sesiones online lo inspiran y después de cada clase nos entrega sus palabras. En esta ocasión la Maestra Yolanda Ramírez Michel impartió una sesión para mostrar cómo a lo largo de la literatura muchos autores fundamentales han manifestado en su obra una relación mística con una entidad femenina analizada por Elemire Zolla en su libro La amante invisible, estas son las palabras que nos regala Pepe.

“Escuché las palabras de la maestra, la escuché hablar acerca de la amante sobrenatural, de la esencia de lo no humano y la decadencia de la Natura en la vida Humana. Esto me llevó a pensar en la separación entre la vida del hombre y la vida de la naturaleza. Pude ver cómo lo sobrenatural se va desprendiendo de la piel y se vuelve palabra sola; cómo lo pagano se va volviendo profano, poco a poco; cómo le van imponiendo ropajes, y ya sin la desnudez de su esencia se va deformando. Sentí cómo de la piel se me desprendían las palabras y se iban a un lugar lejano, un espacio dedicado mayormente a sus “significados”, y me sentí tan perdido como el Poeta-Filósofo griego que en su imposibilidad de poseer la palabra la condena, me sentí como se ha de sentir el amante desposeído de la carne, imposibilitado para amar.

Las palabras de la maestra me hicieron volver, y me dieron las posibilidades de lo mítico, del mundo mágico que se esconde en las palabras. Yo sólo podía pensar en la Zambrano hablando de cómo la carne se vuelve sustancia en la palabra; sólo podía pensar en cómo, a través de ésta, la carne se eterniza y adquiere una significación universal. Entonces recordé las ideas que giraban en mi cabeza cuando estudiaba Letras, recordé que había un hueco imposible de llenar por la razón, que había un espacio oscuro y sin forma en las ideas que me eran dadas, recordé que el entrelineas de los libros siempre contiene una significación más profunda, casi inaccesible a la razón. Recordé que las palabras son mágicas, y nos permiten unirnos con esa sustancia ancestral que nos habita.  Recordé que escribir es situarse en el origen, en el génesis de todas las cosas. Recordé que la Academia se olvida de lo sobrenatural humano para dedicarse a la palabra llana, aquella que es sólo exterior. “

Pepe Aguilera

 Guadalajara (1984) Profesor de preparatoria en la U de G, Promotor de Lectura y Creación Literaria. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara, y ha trabajado como mesero, laqueador, vendedor de artesanías en el Tianguis de Tonalá, ayudante de cocina en restaurantes sin importancia, intendente en tiendas departamentales. La visión del mundo desde esas situaciones laborales le ha permitido saber cuáles deberían ser los intereses del artista, no los que persigue y se afana en conseguir, sino los que debería tener como principio existencial, esos que se esconden detrás de las palabras y sus símbolos. Renegado de las formas se reúsa a creer en la poesía actual, sin embargo la prefiere a las formas precarias del modernismo.

Por aquí les dejamos la clase en cuestión, si están interesados en unirse, pueden pedir información en los comentarios del video.

Por aquí dejamos otras sesiones acerca del tema:

Tarzán lee

Por Yolanda Ramírez Michel

Era como una alegoría de los primeros pasos a través de la negra noche de la ignorancia en busca de la luz del conocimiento.

E. R. Burroughs

¿Quién ha sido capaz de aprender a leer por sí mismo? Ante esta pregunta es inevitable visualizar nuestros primeros años en la escuela. Algunos tienen un recuerdo claro del hecho, otros lo imaginan apoyados por referencias de quienes los adelantan en edad. El caso es que, para la gran mayoría, aprender a leer es algo que se logra a través de un maestro; no imaginan que pueda ser de otro modo, no hasta que leen Tarzán…

En la novela Tarzán de los monos, publicada en 1914 por el autor  Edgar Rice Burroughs, se narra la historia de un personaje que, por azares del destino, debe crecer en un ambiente salvaje y ser criado por un grupo de monos. En el capítulo VII de la novela (capítulo titulado “La luz del conocimiento”),  Tarzán aprende a leer gracias al hallazgo de varios libros, unos cuantos llenos de ilustraciones, y un gran diccionario.

Quiero creer que el éxito de la obra se debió, entre otras cosas, a que en el imaginario colectivo el símbolo del hombre salvaje guarda los ecos de una edad que, a pesar de haber quedado fuera de la historia oficial, es una edad añorada; edad en la que el hombre vivía en estado de libertad, en un paisaje que imaginamos terriblemente prístino. Y sin embargo, a pesar de ese atractivo por lo primitivo, en el capítulo donde Tarzán halla los  libros, se puede ver al hombre salvaje cuando se encuentra con la lectura. La imagen del pequeño niño criado por monos, inclinado sobre los libros, contiene y abarca los siglos que llevaron a las primeras civilizaciones emergentes a desarrollar el medio escrito por el que ahora nos manifestamos y comunicamos, expresa el momento misterioso y mágico en que el hombre vio en los signos y su vinculación articulada, un elemento importante para el desarrollo de la conciencia, una herramienta para una mejor interpretación del mundo, un camino por el que se eleva de la condición de hombre mono a la de ser humano. Ciertamente mucho tendrían que argumentar los lingüistas contra este pasaje, hay evidencias de que un niño que crece en un medio salvaje, que no aprende a hablar desde pequeño, difícilmente logra hacerlo siendo adulto (mucho menos lograría leer), parece ser que el lenguaje es una capacidad que todos tenemos, pero que debe desarrollarse en los primeros años.

Afortunadamente, la ficción no pretende ser una exacta copia de la realidad, sino reproducir condiciones para el símbolo. En Tarzán, el símbolo del personaje que explorando encuentra unos libros, y observando aprende a descifrar los signos que en él aparecen, no es sino una imagen del hombre que encuentra en el mundo una serie de datos que debe interpretar. Datos que posteriormente le ayudarán a pasar de un entorno salvaje y violento, donde la fuerza determina el éxito o el fracaso en la vida, a uno civilizado, donde la comprensión profunda de los hechos contiene la clave de la evolución personal.

Yolanda Ramírez Míchel

Ficción de las antípodas

Por Alejandro Balaam

No existe respuesta final a la escritura, o no que yo conozca. La entiendo simplemente como un acto de libertad. Aquello implica una contradicción, si bien lo considero: una paradoja. Algo así como un efecto doble y como quien viene y va. Surge en pos de esto una hipótesis: la de la palabra que te lleva a escribir como es que la piedra cae si la sueltas. En el descenso, siendo frase o piedra, se une a la ley que la envuelve, a sus constantes y algoritmos; a sus condiciones. Y es la caída, en contraposición a Ícaro, un ascenso.

Ninguna escritura, y por el solo hecho de ser eso,  nace muerta. Ninguna boquea. Todas resuman vida. En su letargo, antes de que alguien golpee la tierra y brote el maná, la palabra sabe que ha sido de una y mil formas despierta. Pero has de saber que de eso se trata: de hilvanar el enunciado no obstante se repita. El reflejo de la idea, su prolongación, es un mérito para la lengua, parte de su naturaleza. El supuesto de que tú las escribas, por la fuerza que te empuja, constata, a propósito, y pese a la formulación de una misma idea, lo que es consabido entre hombres y siglos: nadie enunciará las palabras como es que se forman hoy, en este instante apartado de todo, en este momento donde el signo se escribe; aproximaciones sí, esbozos sí, diálogos paralelos que en sus arrebatos se rozan, pero nadie ha dicho lo mismo, de la misma manera, en la hoja en blanco, dos veces.

              No se escribe para el lector. No tiene caso ni lógica. Para qué si, como expone Barthes[1], es un suceso posterior al momento que es hoy por hoy escritura. El lector a la hora de escribir carece de forma, de sustancia. Y no es. Nos basta y nos sobra el discurso que es un alejamiento y un tocar los fondos. La escritura es la experiencia inefable. El autor deja una parte de lo intrínseco a cambio. Es el pago por los diablos y los genios; el sacrifico por vivir, una vez cuando menos, la hora dormida de las cosas. Escribir es, en objeto de ello, un acto voraz. El que escribe sabe que come, y como dice Turguéniev, “se come a sí mismo”. Hacerlo, resume existir para la literatura (no para ti). Para el lenguaje (no para ti). Para el deseo vehemente, para el impulso febril. Para el signo que todo lo expone. Y has de saber que las palabras llega una vez y jamás vuelven. Y has de saber que sí: desaparecen.

No es esta, ya lo ves, una actividad de domingo. Sólo los imbéciles conciben en la escritura un pasatiempo. Reducirla a ello es como menospreciar el átomo y decir que por pequeño, por diminuto, no es capaz de nada, y ya sabrás que en Fukushima es el átomo, a manera de enunciado, un manantial de proporciones: el tren que avanza, el balar de la máquina, la bombilla que alumbra el mustio taller. Que se ve al átomo como una égida es una certeza en Fukushima. La palabra, como el átomo, es égida. Uno y otro, un templo. Con sus leyes y liturgias. Con sus admoniciones. Justamente por su constatación entre cielo y tierra, hay que tener voluntad para juntar sus hebras. Revolver las heces. Hacer de la pluma y la página, entre chispas y pavesas, la forja.

A la palabra, como al átomo, se le ha de tomar en serio. Posee su física. Su justa dignidad. No me gustan por ello los obreros de la letra que a final de quincena, y como quien marca su tarjeta, tienden a pasarle la factura. Son a los que apremia sentir que sirven para algo y ponerse ellos mismos, cuando nadie más lo hace, la corona de olivo. Mejor harían salvando tortugas o a los niños desvalidos. Que saneen las aguas o hablen con su madre. La escritura no es centro de asistencia social. Que quien busque lavar el culo del mundo y volverse samaritano, que lo haga, pero que no vaya con su libro en alto, se siente a la mesa y quiera reproducir los panes. Considero yo: es más consciente del mundo uno de esos que ayuda a un perro que quien escribe una oda y lo impone y te dice: “ya verás cómo se te caen la liendres”. No es ningún secreto el hecho de que se requiera de gente que cuide a los perros, incluyendo a los que sufren de roña, pero en la escritura, que tendrá su propia roña, sólo son indispensables los que ven en el lenguaje el medio por el cual decir lo que se ha de decir, sin aguardar que el planeta se transforme y que al cabo, irremisiblemente agradecido, aplauda. Porque de eso no se trata. Y qué bueno que no.

Aun así hay quien cree haber dado con la fórmula, dentro de la hoja en blanco, para la felicidad y la paz. ¿Qué le vamos a hacer? Que escriba su libro, que lo cuide y lo riegue, que lo presente a los magos quienes tendrán libros igual de magníficos guardados en el vientre y hablarán desenrollando sus espiritrompas y le dirán: “¡El elegido!”. Y será una farsa, porque esos magos de cuarta estarán hechos de cartón y no se habrán leído sino entre ellos como quien encuentra maravillas en la barba del vecino. Y si esa persona llega a mi casa, si toca y me pide su opinión, y si con ello me insta a que le diga la fantástica escritura que ha logrado, las bonitas construcciones que apiló con esmero, los innumerables castillos, los fuegos y las góndolas, le diré que mejor se ponga a cuidar perros. Y es que un perro es un animal noble y jamás un mago de cuarta, es sincero y mal que bien ama a los estúpidos.

La escritura no existe exclusivamente para alinear al mundo. Para exponerlo sí. Para reflejarlo y colocar de modo que sean visibles sus cúspides y subterráneos, sus paradigmas y quebradas ánforas. Para eso nace. De esto se nutre. De tal fuente abreva. Quien piense que el escritor es un ser luminoso en consecuencia, un santo y un ser de las estrellas, ya puede abrir los ojos y sacarse los fantasmas del ombligo. Y no es que sea necesariamente falso. O siempre falso, lo de que hay gente impresionante, quiero decir: verdaderos hallazgos que se arrancan de la humanidad como quien encuentra perlas en los campos de col. En la escritura, y sólo eventualmente, con sujetos como Tolstoi o Rilke, doy por caso (pero habrá más), suceda una clase aproximada de ignición. Y no porque provengan de las estrellas, sino de las vastas y mansas profundidades. Y no porque vislumbre en ellos su capacidad de dios, sino lo que es allí, en virtud de lo imperfecto, humano.

El escritor es en tanto persona, como cualquier otro. Tiene ojos y boca. Posee sangre y corazón. Igual que tú y que yo, con nuestros remanentes y expectativas, con nuestros aciertos y nuestros equívocos, luchan, se pierden y también se rinden. La diferencia sucede en la hoja en blanco: para el escritor es imposible no trabajar en ella. De un momento a otro sucede: escucha el tañido. Y como es quien es, responde a los mandobles. Lucha, pues, con la frase. Le otorga un punto de referencia, la extiende y la amolda y siempre (y si es verdadero en lo que enuncia) se une a ella. Y luego, cuando la escritura acaba y la anábasis termina y se cierra el poema, concluye el cuento, y en la diáspora y en la ordalía se coloca el punto final, aquél será entonces persona otra vez y no, como mal se supone, extensión de la frase.

              Pero si el lector, que sale de su concha y corre por el mundo, se empeña en ver en los escritores, demiurgos; si se obstina en concebir genios y hadas de azúcar, seguramente en algún momento se decepcionará. Y ha de jalar de las barbas al autor, al que ha investido de corona y cetro, con la esperanza de que se le caiga la máscara y surja el dios. “¿Es que no eres una estrella?”, irá a preguntarle cuando en lugar de artificio se dé cuenta que es aquello que rasga y araña un rostro. Por respuesta aquél ha de enseñarle sus manos. Y no habrá en ellas nada que no posea el otro. “¿Cómo entonces lograste lo que has escrito? ¿Cómo fue que cayó sobre ti?”. El escritor no sabrá qué responder. Y es que hay en él tanta consternación y miedo, tanta ruina, tanta duda y tanta futilidad como la hay en el resto de la gente. Y es así porque cuanto escribe es el compromiso invariable con ese miedo, esa ruina, esa duda, esa futilidad. Y ninguno, que yo sepa, y pese a las enérgicas expectativas, proveerá de luz como para encender nada. Y es que el lector que crea dioses se equivoca, no ve bien, califica con el dedo y apunta a lo alto. Mas, ¿dónde se ha encontrado a un escritor luminiscente? ¿Dónde, que irrumpa con un estruendo y compita con las reacciones nucleares? Nadie. Sólo personas y huellas. A la escritura debemos calificarla de manera distinta. A diferencia del autor, la obra enuncia su luminosidad. Crepita y muerde. Se expande en sus ondas. Alimenta el abismo.

Y un día sin que lo esperes, te encuentras un libro. Curioso. Amigable… Quién dijera que exponía tantas cosas por dentro. Embustes y confesiones. Y otro montón de figurines. Con ninguno se puede comprar la leche ni encender la podadora, y si se precipita la lluvia y cae un rayo en la casa vecina y ves cómo se incendia, tampoco es que nos sirva haber leído a Camus, salvo para ver el fuego y amar el fuego y la casa que se incendia amarla con paciente fatalidad. Luego, ésta caerá por sí misma. Y quedará a nuestros ojos, humo, ruinas. Nada.

Aún con eso, y pese a los marasmos, a la desazón, al eterno vacío, leer nos evoca algo útil. Nos son necesarias las arengas que allí encontramos. Bebemos de la frase como el impala del lago. Con los laboriosos y nutridos discursos, con su locura y sus coloquios, con sus ágoras y cornucopias, a través del enunciado aprendemos a identificar el ser.

Y cuánto queremos los libros una vez se les comprende algo, por mínimo que sea. Y cuánto odio les tenemos a partir de lo que, así, con abrasiva facultad, nos revelan. Se les quema y se les lee. Y se les seguirá leyendo y quemando cuando no es que se queden guardados en un esquinero. Allí dormirán algún tiempo y tendrán en gran medida la suerte del olvido. Pero no todos, cabe decir. Alguien descubrirá uno al menos y será marcado. A partir de entonces, el individuo adquiere la impronta de la frase y será, tanto más, tanto menos, semejante a los hombres-libro de Bradbury que cargan un cuerpo y una boca y una obra dentro de su memoria. Mas esa es la particularidad, si bien indirecta, de la lectura: transforma al lector, lo empeora a veces, ni quién lo dude, pero por regla común lo hace pensar. Y no es una obligación del libro, que quede claro, a lo mucho del lector; eso: pensar. Y eso también: transformarse. Los libros, como los autores, carecen de la obligación con la persona que lee, y a menos que el escritor quiera tomar la responsabilidad y darse golpes de pecho, las acciones realizadas dependen únicamente de aquél otro, el tercero en el proceso final donde el libro, libro se vuelve.

Así, la joven que tomó la soga y se colgó debido a Goethe, y que aun oscilando, a modo de espectro, parecía llevar en su pecho y semblante el libro de Goethe, no llevó a cabo su muerte en verdad por Goethe, ni se colgó en razón de las tristezas de Werther, que fue al fin una invención de Goethe, sino por el reflejo absoluto que había allí, como un remanente del alma, cubierto de velos y herrumbre, y que brillaba, pálido, en las palabras[2]. Y si ese reflejo era ella, si caía sobre sí el peso inconmensurable de la obra, y la poseía y le hacía ver bosques y estrellas y la muerte como un cuenco, pero sobre todo: la muerte, a Goethe le iba a tener muy sin cuidado porque (y a expensas de que se le califique de cruel), no iba a dejar la pluma por la posibilidad de que alguien se cuelgue tan pronto leer su novela. Y si con esto todavía no se queda uno conforme, baste decir que un libro no te pone la soga en el cuello. Contigo es suficiente. Contigo y tus ansias de matarte. Consigue una cuerda, una viga, un banquito, arrójate si es que quieres y no le eches la culpa a Goethe.

Para el caso nos queda en resumen, y no por Goethe ni por Werther, sino por la escritura y su posterior lectura, una constante: el que las acciones del lector, son las acciones del lector, y que los reflejos con los que topa en los libros se resumen no tanto en las voces que se revelan dentro, sino, por el contrario, y como la luz que declina, en los silencios que cada cual posee.

El hombre es porque sabe que debe contarse. La palabra está para él. La inventa, la usa. Y la palabra a su vez, en un acto recíproco, insufla vida al hombre. Ha sido un acto mutuo de invención. El símbolo y el ser. La humanidad sin enunciación (me atrevo a decir) no sería tal. Y la frase sin enunciador, estaría en el vacío. Es una dualidad la palabra y el sujeto que la emite. Entre frase e individuo, mimetizados, surge la revelación: el acto de existir. Ante el fuego, diez mil años antes de hoy, y diez mil años antes aún, el pueblo se narraba a sí mismo. Rostro a la par del rostro. Luz y calima. Sin esto, una fórmula sustancial faltaría; algo se iba a echar de menos entre las eras. ¿Cómo vivir sin describirnos? ¿Cómo actuar en esa nada, en este mar sin lenguas? Es difícil imaginar. Lo que se revela como aprehensible y lógico es que al pueblo falto de palabras le surja la necesidad del símbolo. De descubrirlo, de ponerlo en una roca; de, con la punta del dedo, plasmarlo en la arena.

De aquí en adelante nace el lector como destinatario de esa fuerza. Frente a sí el enunciado produce el choque. El lector es el ente que no estaba antes y que hoy, quién lo dijera, ocurre. Para ello lo único que realiza es la lectura. Esa, su gran virtud. El lector se legitima desde el primer momento en que traduce y bebe de la extensión del otro. El lector es el complemento y esa argéntea y nueva realidad es la lectura.

A diferencia del escritor, que lleva dentro de sí la enunciación, porque la ha absorbido del mundo, y la explora y transforma dentro de sus facultades y hasta la hoja en blanco, al lector le basta codificar esa doble experiencia para darle sentido, lo cual será invariablemente uno particular. El lector traduce y esa es su razón de su ser lo mismo que el escritor vive en razón de escribir. Ni uno ni otro trabajan para la consideración mutua. Y ni uno ni otro debe de interferir en el trabajo de su contraparte. Maurice Blanchot comenta aludiendo a Franz Kafka[3], y desde luego a su obra, que aquél que escribe para el público (y precisamente Kafka no entraría en ese círculo), escribe la obra del público y no la suya. Hay una necesaria separación entre ambos para la concreción de lo verdadero. Un mar, si se puede, en donde la única conexión sean las botellas con mensajes que pernotan en el interior, a la manera de diablos o de genios, y que se han dejado a la deriva. El lector comprometido libera al efrit y una vez que se presenta ante él, lo indaga: ¿qué deseos, qué respuestas y qué reinos tiene para obsequiar? El genio que es la escritura se expone, entonces, con todo lo que en la lejana isla se le ha dado. El otro analiza, ingiere, acomoda la frase; llega a amarla o a renegar de ella. La vuelve nula o divina. Pero jamás obliga al autor a escribir por él.

Es así que entre escritor y lector sucede una relación gravitacional. Y de igual forma, dos dimensiones que jamás se tocan. Si el lector quiere sujetar cada cabo, cada aguja, cada cable  y andamio de lo que el escritor se propuso a decir, se verá en una empresa imposible, porque si bien ocurre una verdad ahí (y si el autor ha sido sincero, la verdad se hallará en algún punto) los meandros de la lectura serán siempre distintos a los de la creación.

Considero también: un lector bien alimentado e instruido, sabrá hacer de su trabajo lo que es, bajo mi experiencia, una labor proporcional al de la escritura. El lector que completa el enunciado, tiene, de tal modo, una enorme y significativa tarea. Es de sí y sólo para sí el surcar el camino que dejó el escritor, en la revelación de la idea, con migas de pan. Lector y autor están de tal forma, a ambos lados del sendero, pero también, y por así decirlo, en las antípodas. Ni una de las partes podrá saber qué les hace caminar en yuxtaposición al otro. Pero hay algo contundente: representan una misma línea entre la frase y su destino. Ocurre una experiencia de poltergeist aquí. Un salto al otro lado del espejo, sin que esta transposición nos deje más que un leve brillo y su subsecuente perplejidad.

Desde luego leer tiene su mérito. De la misma manera que el que escribe experimenta una facultad del lenguaje, el lector así también recibe una clase de particular ungimiento. El individuo se representa también por lo que lee. La palabra le otorga otro sentido. Explora algo en él. El lector podrá darse cuenta de ello o no, pero en algún momento el enunciado lo inviste con sus fórmulas. Y si se ha logrado así, el acto gravitacional habrá llegado a buen puerto. Y será aquello más que la eventual comprensión de la obra, su individual sincretismo.

Lo anterior sea quizá el último y más grande obsequio posterior a la escritura. De ahí que en tanto lectores tampoco habría que congratularnos por los libreros que se han consumido y que tienen la mañosa facultad de agrandarnos la cabeza. Cabe el supuesto de que no sea uno otra cosa que un gran devorador y nada más. Al glotón de libros se le ha dado el estigma de erudito y tal vez no lo merece. ¿Leer a atracones, sin constancia, sin amor, no es una forma de hincharse no ya con literatura, sino con aire? ¿Quién va a fiarse de ese que acude al estante como quien ordena en la caja de un Burger King? Una persona que va de una obra a otra sin detenerse, que degusta sin el tiempo mínimo para considerar qué es lo que come, conoce poco lo que lee. Y se atraganta con los libros. No los digiere en su expresión ni primera ni última y no le sientan bien.

Para el reportero Ryszard Kapuscinski la lectura implica un compromiso lo mismo que es compromiso su creación[4]. El autor, al escribir, intenta sacar en claro algún asunto que lo ronda. La creación del texto es la búsqueda de la respuesta a aquello que le causa inquietud, que lo llama y ahoga. Nunca, llanamente, la respuesta es total. Sucede una posibilidad. Un supuesto. El libro que creamos es una vertiente de esa respuesta que, sorda a los deseos, jamás llega. Entonces bien, el autor que se desvela, que trabaja y se cuece los ojos, crea algo que no necesariamente entiende por completo. Hace falta de aquél otro que lee para que el acto tenga una reciprocidad. Si la obra se devora con premura, cuánto de aquello que se dice cae por los suelos, cuánto se vuelve humo antes siquiera de mostrar cualquier forma. La lectura irresponsable no puede validar las ciudades y los siglos que logra almacenar, en su proporcional construcción, un párrafo. No aprecia la tesis que llena de raíces el texto. No la ve. Es imprescindible, por ello, entender la naturaleza de las lecturas y aceptarlas como se aceptan los individuos, las naciones y las razas: con su propia marca y su personal historia. Y como tal, al acercarnos al texto, nos es posible acceder sólo a una parte de él: un resquicio de la frase que descansa allí, pero que de manera envolvente se magnifica una vez la hemos encontrado. El lector incapaz arrojará partes sustanciales al olvido. Devolveremos el tomo al estante y será como quien imagina que ha bebido de una fuente cuando es verdad que el agua jamás estuvo en los labios, sino que en el camino, resbaló sin esplendor ni razón, ni valor alguno.

              Bajo este matiz, los lectores, como el autor, no serán individualmente un escenario completo: no podrá leerlo todo el primero, como no podrá  saberlo y escribirlo todo el segundo. Y esto sea, acaso, parte de su consagración con el mundo: la rotunda imposibilidad del absoluto. Porque ninguna escritura hecha cierra en verdad. Y ninguna lectura está completa tampoco. Y a veces ni siquiera, y pese a los esfuerzos, se ha iniciado. Yo leí el Ulises. Y no leí en verdad nada. Los tantos esfuerzos realizados a lo largo de semanas por lograr un trabajo consciente de él, por desentrañar frases y por experimentar las aproximaciones a todo lo que allí es postergación y mito, me dejaron tan sólo, y en el mejor de los casos, sensaciones vagas; manchas, muecas, sombras chinas. Que mi rotunda humillación ante este libro me persiga aún, me es penoso, pero comprendo que una obra suele expresar más de lo que el lector es capaz de ver. Y siendo así, y recordando una entrevista de Borges que debía encontrar tales casos muy graciosos, la lectura fue para mí, en el caso de Ulises, una derrota. Mas es de esta manera como al final, y para ser sinceros, pueden acabar nuestras más dedicadas lecturas y nuestros más cuidadosos escritos: como desastres. Ruinas. Y aún con ello, siempre cabe la suerte de que algo resplandezca en el desastre. En este mar de espejos. En esta ficción de antípodas. Y porque creación y lectura están llenos de eso más que nada. A saber: de notables y hermosos fracasos.


[1] “…el escritor moderno nace a la vez que su texto (…) no existe otro tiempo que el de la enunciación, y todo texto está escrito eternamente aquí y ahora”. Barthes, R. (2009) La muerte del autor. Recuperado de https://teorialiteraria2009.files.wordpress.com/2009/06/barthes-la-muerte-del-autor.pdf

[2] A partir de la publicación del libro Las penas del joven Wether, de Johann Wolfgang von Goethe, se produjeron diversos suicidios entre sus lectores. Esto llegó a calificarse como Efecto Werther, término que se debe al psicólogo David Phillips, y que tenía por objeto identificar y estudiar “la relación entre el aumento de casos de suicidio y la publicación de noticias de este tipo de sucesos”. Debido a las muertes ocurridas a partir de las lecturas, la novela fue prohibida en Italia, Alemania y Dinamarca. Un segundo autor, Fiedrich Nicolai, con la esperanza, presumo, de detener los decesos, escribió una versión apócrifa donde Werther sobrevivía a sus aflicciones, situación que a Goethe debió parecerle una necedad y, en cuanto al uso y apropiación de su historia, una tórrida putada. La información que presento es una paráfrasis del artículo: El efecto Werther, literatura y suicidio. Adjunto la referencia: Álamo, A. (2019) El efecto Werther, literatura y suicidio. Lecturalia. Recuperado de: http://www.lecturalia.com/blog/2019/05/08/el-efecto-werther-literatura-y-suicidio/

[3] Blanchot, Maurice. (1981) De Kafka a Kafka. México. Fondo de Cultura Económica

[4] “Luego, de pronto, encontramos a alguien que ha leído un libro nuestro en una hora. Eso significa que no lo ha leído, porque ese libro estaba destinado a durar una semana, un mes, sólo para llegar entender algo del mismo”. De: Kapuscinski, Ryszard. Los cínicos no sirven para este oficio. España. Anagrama. 2002. Página 124

La mujer sin nombre de Adán

La mayoría de nosotros conocemos de sobra a la famosa Eva, aparentemente responsable de todos los males de la humanidad según un mito hebreo ampliamente extendido. Pocos conocen a Lilith, su primera mujer, hecha igual que Adán de barro, demonizada luego por las tribus patriarcales que vieron en su requerimiento de igualdad una amenaza. Pero estoy segura de que muy pocos, realmente muy pocos, conocen a otra antecesora de Eva, la mujer sin nombre… Hoy quiero rescatar el relato de su creación, relato perdido en los siglos y en la marea siempre amenazante del olvido.

Luego de que Adán es abandonado por Lilith, su primera compañera, Dios intentó de nuevo darle una mujer (qué complaciente luce el dios de esta historia), así que lo dejó observar cómo formaba la anatomía femenina: primero puso en su lugar cuidadosamente las entrañas, los órganos; luego, con extraordinaria maestría, Dios colocó las venas, los músculos, la piel, los cabellos. Utilizó para ello huesos, secreciones glandulares, sangre, tejidos… La escena produjo en Adán tal repugnancia que cuando la primera Eva se alzó ante él con toda su belleza, sintió un profundo asco. Entonces Dios, dándose cuenta de que había fracasado, se llevó a la primera Eva lejos, nadie sabe con certeza a dónde[1].

Y dicen que la tercera es la vencida… por eso Dios decidió dormir a Adán mientras hacía a la Eva que todos conocemos, y decidió tomar una de sus costillas para que no la rechazara por ser carne de su carne.

Me parece una historia tan triste. Imagino a esa mujer sin nombre vagando por los renglones de la historia, buscando un Adán que pueda ver su interior sin repugnancia y aceptarla con todos los entramados maravillosos del gran milagro que es.


[1] Esta historia se tomó del libro de Robert Graves y Raphael Patai y éstos a su vez dan las siguientes referencias: Gen.Rab 158, 163-64; Mid. Abrir 133, 135;Abot. Dir. Nathan 24; B. Sanedrín 39ª.

Tres mujeres tuvo Adán

Tranquila como el cielo nocturno (versión español e inglés)

Por Luna Tarheni Hernández González

Soy la hija de la oscuridad.

El viento aúlla a mi alrededor

mientras me dice que me vaya a casa.

La luna me mece,

mientras siento todo el resplandor fuera de mí.

Y podría tranquilamente irme a dormir

soñando con mi destino y el despertar de todos los caballeros oscuros.  

El cielo está oscuro como siempre

y hace que mi corazón se vuelva negro.

El cielo oscuro es mi hogar

y la oscuridad es lo que me hace más fuerte.  

Cuando llega la siguiente mañana oscura,

hay un grito de miedo…

Y me hace despertar

tan pacíficamente como lo hice, cuando me fui a dormir.  

Todo está oscuro 

excepto por un lugar.  

Es una pesadilla.

Un punto brillante…

Un punto brillante no es una buena señal,

pero la curiosidad se acumula dentro de mí.

 

Cuando me acerco para tocarlo ...

Hay un cosquilleo de dolor alrededor de mis dedos.

Aunque duele….. Sigo tocándolo, sin ningún miedo.  

Ahora...

Estoy sosteniendo el brillo.

Y aunque tengo dolor,

todavía lo sigo sosteniendo.  

Mientras me observo

veo que me estoy quemando.  

Estoy asustada.

Por primera vez en mi vida

estaba asustada.

Sentía que el miedo se elevaba dentro de mí.  

Pronto...

me encontré cerrando los ojos.

Y mientras tomo mi último… último aliento…

Digo: “una vez fui oscuridad. Pero ahora… Soy la hija del sol.

Y disfrutaré esta última parte de mi vida “.  

Cierro los ojos una vez más.

Y nunca los volveré a abrir.

I am the daughter of the darkness.

The wind howls all around me,

as it tells me to go on home.

The moon rocks me, 

as I feel all the brightness out of me

and I could peacefully go to sleep, 

dreaming about my doom and all the dark lords awakening.

The sky is dark as always

and makes my heart go black.

The dark sky is my home

and the dark is what makes me stronger.

As the next dark morning arrives,

it makes a yell of fear…

and makes me wake up

as peacefully as I had, when I went to sleep.

All is dark

except for one spot.

It is a nightmare.

A bright spot…

a bright spot is not a good sign,

but curiosity builds up inside of me.

As I reach forward to touch it…

there is a tingle of pain around my fingers.

Although it hurts…I keep touching it, without any fear.

Now…

I am holding the brightness.

And although I’m in pain,

I still keep holding it.

As I look at myself

I see that I am burning.

I am scared.

For the first time in my life.

I was scared.

I was sensing fear rise inside of me.

Soon enough…

I was closing my eyes.

And as I take my last… And final breath…

I say “I was once darkness. But now… I am the daughter of the sun.

And I will enjoy this last part of my living life.”

I close my eyes once more.

And I will never open them again.

Luna Tarheni Hernández González

Trithemius Talleres Literarios se complace en promover los jóvenes talentos.

¡¡¡Felicidades por este comienzo en las letras, Luna!!!

El hacedor de sueños

Por Yolanda Ramírez Michel

El hacedor de sueños está agotado… desde hace siglos llegan hasta él los sueños de los hombres, y desde entonces no ha dejado de teclear en su máquina las historias que ellos cuentan, cada palabra dicha por los hombres sube como vapor de nube hasta el hacedor de sueños y él se encarga de escribir en su máquina de teclas fijas cada vocal y cada consonante.

Pero hoy está cansado, le dijeron hace mucho que escribir las historias de los hombres en la Historia era una labor magna y admirable, le dejaron en esa montaña de soledad, escribiendo cada cosa que ellos cuentan, y al principio, cuando vio florecer sus palabras en la tierra, y cumplirse cada oración como una profecía de flores fieles a la primavera, sintió que aquello era importante.

Le dijeron que quien se dedica a darles vida a las palabras es una especie de dios, y la palabra dios caló muy hondo en él. Era una palabra muy grande.

Anotarás en el libro de la Vida todo lo que pronuncien, cada cuento, cada verdad, cada deseo, incluso las mentiras, anotarás todo lo que salga de sus bocas. Si lo haces bien tendrás luego el poder de anotar también lo que piensen, podrás escribir cada sueño, cada esperanza y cada miedo, y volverás sus palabras ciudades reales, y te sentirás muy poderoso.

Le brillaron los ojos al hacedor de sueños. Y sintió entonces algo que nunca había sentido, sintió que era importante, sintió que tenía un destino, una razón de estar ahí, sintió que valía la pena haber nacido…

Tendrás además el poder de que el silencio de los hombres borre algunas verdades, verás que tienes en la palma de tu mano desaparecer cualquier mundo, cualquier estrella que ellos olviden y con su olvido quede silenciada, podrás tú borrarla para siempre e incluso llenar el hueco, que haya dejado la verdad, con mentiras…, verás cuánto poder alcanzarás, el de la vida y el de la muerte. Desaparecer lo no dicho, aunque haya sido un día verdadero, te irá volviendo dueño del mundo, ser dueño del mundo es algo muy grande, muy grande…

Será tal el alcance de tu magia que si las palabras no están respaldadas por lo que el hombre siente, lo que se manifestará será lo interior, así verás que tu imperio es sobre lo visible e invisible.

Podrás cuando seas un experto hacer que convivan juntos varios mundos, podrás hacer que la voz de unos y de otros parezca verdad a ambos, aunque digan cosas contrarias, y será el decir de cada cual su verdad absoluta. Entonces sabrás lo que es engendrar universos paralelos dentro de un mismo planeta. No hay poder más grande que el del hacedor de sueños.

El hacedor de sueños estaba eufórico, no midió los alcances de aquella encomienda, antes se vio como un elegido, alguien a quien se le regalaba un don terrible y bello, imposible de rechazar. El hacedor de sueños se irguió como quien recibe una buena calificación, y agradeció la deferencia del cargo, y la aceptó con un juramento de fidelidad.

Escribiré en la historia cada palabra dicha por los hombres, hasta ver condensados sus discursos como ciudades visibles y concretas sobre su hermosa y formidable tierra.

No discriminaré a nadie, reproduciré con equidad los versos del pobre, los discursos del rico, haré que el tiempo les muestre ante la puerta de sus casas cada cosa que alcanzó su palabra, cada cosa que en el silencio de la noche pensaron alcanzará también mi reino de propagación viral. No discriminaré risas o lágrimas, les daré a cada uno de los extremos igual atención. Seré fiel a las cuitas y alegrías, a los miedos y esperanzas, al valor y cobardía de los hombres, no seré censor de nada a fin de que ellos conozcan a través de mi poder su poder.

Lo prometo.

Pero el hacedor de sueños no sabía lo cansada que sería su labor de escriba… ni que al paso del tiempo se volvería para él tan importante el silencio, el no decir, el cuidar cada dicho, cada pensamiento. Cada oración que las emociones de los hombres lanzan como juego de agua regando una semilla lo tienen agotado. Está agotado, pero no necesariamente de escribir sobre el libro de la vida, está agotado de su invisibilidad, de que nadie se de cuenta de su poder, siente que se ha vuelto más bien un siervo que un dios, un esclavo que un rey.

Y no puede renunciar, cuando le dieron el poder se lo advirtieron: el verbo se hace carne y no hay marcha atrás. Puedes borrar lo que caiga en el olvido y el silencio, puedes hacer nacer lo que imaginen con suficiente intensidad, pero no puedes renunciar a ser el hacedor de sueños, estarás ahí por los siglos de los siglos mientras ellos existan, y seguirás haciendo que sus palabras adquieran consistencia de realidad.

Imagen del Libro Rojo de Jung