Por Yolanda Ramírez Michel

Era como una alegoría de los primeros pasos a través de la negra noche de la ignorancia en busca de la luz del conocimiento.

E. R. Burroughs

¿Quién ha sido capaz de aprender a leer por sí mismo? Ante esta pregunta es inevitable visualizar nuestros primeros años en la escuela. Algunos tienen un recuerdo claro del hecho, otros lo imaginan apoyados por referencias de quienes los adelantan en edad. El caso es que, para la gran mayoría, aprender a leer es algo que se logra a través de un maestro; no imaginan que pueda ser de otro modo, no hasta que leen Tarzán…

En la novela Tarzán de los monos, publicada en 1914 por el autor  Edgar Rice Burroughs, se narra la historia de un personaje que, por azares del destino, debe crecer en un ambiente salvaje y ser criado por un grupo de monos. En el capítulo VII de la novela (capítulo titulado “La luz del conocimiento”),  Tarzán aprende a leer gracias al hallazgo de varios libros, unos cuantos llenos de ilustraciones, y un gran diccionario.

Quiero creer que el éxito de la obra se debió, entre otras cosas, a que en el imaginario colectivo el símbolo del hombre salvaje guarda los ecos de una edad que, a pesar de haber quedado fuera de la historia oficial, es una edad añorada; edad en la que el hombre vivía en estado de libertad, en un paisaje que imaginamos terriblemente prístino. Y sin embargo, a pesar de ese atractivo por lo primitivo, en el capítulo donde Tarzán halla los  libros, se puede ver al hombre salvaje cuando se encuentra con la lectura. La imagen del pequeño niño criado por monos, inclinado sobre los libros, contiene y abarca los siglos que llevaron a las primeras civilizaciones emergentes a desarrollar el medio escrito por el que ahora nos manifestamos y comunicamos, expresa el momento misterioso y mágico en que el hombre vio en los signos y su vinculación articulada, un elemento importante para el desarrollo de la conciencia, una herramienta para una mejor interpretación del mundo, un camino por el que se eleva de la condición de hombre mono a la de ser humano. Ciertamente mucho tendrían que argumentar los lingüistas contra este pasaje, hay evidencias de que un niño que crece en un medio salvaje, que no aprende a hablar desde pequeño, difícilmente logra hacerlo siendo adulto (mucho menos lograría leer), parece ser que el lenguaje es una capacidad que todos tenemos, pero que debe desarrollarse en los primeros años.

Afortunadamente, la ficción no pretende ser una exacta copia de la realidad, sino reproducir condiciones para el símbolo. En Tarzán, el símbolo del personaje que explorando encuentra unos libros, y observando aprende a descifrar los signos que en él aparecen, no es sino una imagen del hombre que encuentra en el mundo una serie de datos que debe interpretar. Datos que posteriormente le ayudarán a pasar de un entorno salvaje y violento, donde la fuerza determina el éxito o el fracaso en la vida, a uno civilizado, donde la comprensión profunda de los hechos contiene la clave de la evolución personal.

Yolanda Ramírez Míchel

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