“Éste es el recuento de los tiempos únicamente divisados por las intuiciones del alma, los tiempos en que todo estaba inmóvil, los tiempos en que no había ni hombres, ni palabras, ni tiempo. Este es el principio de todas las historias, la página en blanco donde un día todo estuvo en silencio, todo en calma…

            En el corazón de aquel vacío primordial dormía y soñaba Amor. Ahí, el menor brote de un sueño es siempre susceptible de volverse real. Por ello, las palabras de este génesis pretenden ser un homenaje a los sueños, siendo que todo inicia casi siempre así, con un sueño (aunque sea uno tan mínimo como una mota de polvo…).

Si a la perfección de aquel momento prístino nos remitiésemos, Amor hubiera podido seguir durmiendo eternamente, el abrazo de Nada lo contenía como una cuna confortable y perfecta.

No sabemos qué sucedió, el caso es que, en un momento dado, mientras Amor dormía profundamente, irrumpió en su sueño una chispa, como la de un cerillo con su pequeño sol a cuestas. Igual que el capullo de una rosa es llamado a la luz por algo más allá de sí, igualmente a Amor aquella chispa le anunció la inminencia de un día sobrenatural.

            ¡Es hora de despertar!

            Amor se estremeció en el regazo de Nada —parecido a un niño a quien despierta su madre, cuando él quiere seguir soñando—, no quería olvidar aquel sueño: Amor soñaba universos.

Hoy y entonces los sueños han de ser sostenidos al despertar, para que no se olviden, para que no se pierda su trama, ni se rompa el hilo que los conectará con la vida. Por eso Amor sostuvo su sueño, como a un amigo de humo al que se jala de su inasible mano cuando tenemos que mudarnos a otros paraísos, los que le darán consistencia. Cuando Amor sintió que aquel reino de sueño lo acompañaba, abrió enteramente sus ojos y vio flotando ante sí un puntito minúsculo, algo parecido a esas pelusas que danzan en el aire, y se vuelven visibles sólo gracias a la luz y a la mirada.  Amor observó aquel pequeño círculo cerrado como el punto de un lápiz. Aún con todo y sus diminutas dimensiones, en esa pequeña causa, como memorias del porvenir,  estaban ya todas las galaxias, los soles, los mundos; todos reinos animales y vegetales, todas las razas, las familias, las patrias; todos los silencios hundidos en el albornoz de los que atravesarían los desiertos, y los muchos cantos de los que cabalgarían gozosos las olas; todos los cambios sobre la faz de la tierra; todas las ideologías, las religiones, los gobiernos… todos los murmullos que en lo futuro poblarían los cafés del mundo; todas las lágrimas en las salas de espera de los hospitales y los panteones; todas las risas de los chiquillos felices; todas las caricias de los amantes; todos los amores y todos los odios (miles de siglos después se nos invitaría a recordar aquello con insistencia: todos somos hermanos, todos somos uno).”

Si te ha gustado este fragmento, te invitamos a que sigas la presentación del libro en el marco de la Feria Internacional del Libro edición especial 2020, este LUNES 30 DE NOVIEMBRE a las 18:00 (horario de México) en esta liga: https://www.youtube.com/watch?v=xaMZDRz_twY&ab_channel=YolandaRam%C3%ADrezMichel

Aquí te compartimos otro fragmento:

“Un séquito de doce diablos se acercaron a recibir a Lilith. La miraban con curiosidad e insistencia, girando en torno a ella como palomillas en la lámpara de un lector noctámbulo. No la tocaban, sentían un extraño recato ante sus formas, aunque hervían sus sentidos, heridos por una íntima felicidad, podía más el asombro que su apetito por poseerla.  Muchos dicen que el pecado está en la carne, y le dan a la carne todo el peso de una maldición, pero cuántas veces la carne pasa a segundo plano, y lo que más impacta al hombre es algo vital e íntimo. Donde se gestan las obsesiones no es en la piel, sino dentro; la piel es sólo el receptáculo, la piel es el puro cristal de la lámpara. Por eso, lo primero que se impuso en aquel encuentro fueron las ganas de hacerla suya, pero de un modo trascendente, no físico (no olvidemos que los demonios vienen de un reino superior, con más exigencias que las nuestras). Por esas cualidades que no habían perdido era más imperiosa la necesidad de que formara parte, de que se integrara a esa sombría patria; la integración es una forma más fina de lujuria, una clase de lujuria espiritual. Para ello, lo primero fue mostrarle el extraño esplendor de aquel adolorido imperio, e invitarla a vivir ahí con ellos, en aquel destierro había tierras vírgenes donde aún era posible construir un hogar.”

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