Vania Coria Libenson*

Si te pidiera que me hablaras de cuando eras niño, de unos 7 u 8 años, ¿qué me dirías? Atrás de ese suspiro profundo que acabas de exhalar, lleno de colores, sonidos, aromas y personas, ¿por dónde empezarías a narrar? ¿Qué sientes con lo que recuerdas?

Quizá las tardes en casa de la abuela que te cuidaba mientras tus padres trabajaban, las salidas al parque con la nana, correr riendo por nada con los amigos de la cuadra, el sabor del helado que trae un señor en un carrito simpático al compás de una campana, o esas clases obligadas de baile, pintura o música que tomabas a disgusto, pero convencido por tus padres de que serías una mejor persona mientras más habilidades tuvieras. ¿A qué ritmo te movías? ¿Con cuánta gente interactuabas? ¿Dónde y cómo aprendías mientras crecías?

Milagros tiene 8 años. Los cumplió el 28 de marzo. A tan sólo una semana del arranque de la cuarentena obligada por el virus que hoy detiene economías completas y se ha llevado millones de vidas en tan solo unos cuantos meses.

Todos los días se despierta a las 7:30 horas con un beso que le da su mamá, se lava la cara, se cambia el pijama por ropa cómoda, desayuna un licuado cargado de vitaminas y nutrientes, y camina 12 pasos al escritorio del pequeño estudio en su casa, para iniciar sus clases virtuales. 15 minutos en total.

Las escuelas no abren aún. Y “eso es bueno”, dice con un gesto de miedo y discurso de grande:  “Porque los niños son más difíciles de controlar en cuestiones de limpieza, y podrían llevar el virus más rápido a sus casa y así a toda la ciudad”. Y cuando termina esta frase, baja un poco la mirada y completa: “extraño a mis amigos, y ver la calle, y poder caminar rápido, o correr y no tener mi cara tapada. Siento que me ahogo…”.

Y es que tras la indicación del gobierno estatal de suspender las clases temporalmente, sobrevino una rápida e improvisada implantación de modelo educativo para todos los niveles, que constaría de salones virtuales; en plataformas varias, los profesores y alumnos intentarían retomar aquello en lo que se quedaron en los ciclos escolares tradicionales. Para este problema que requería de solución más que solo temporal, se ajustaron los programas académicos, se capacitó a los maestros, se flexibilizaron los materiales, se modificaron 360 grados las formas de enseñar y aprender. Se ha hecho lo que se ha podido, se han visto voluntades y vocaciones genuinas, pero también inútiles. Nos hemos destapado en todas y cada una de nuestras miserias como país y población, y ha quedado evidenciado el enorme hueco de nuestro sistema educativo y cómo éste no es ni igual, ni suficiente para todos.

Si bien las generaciones actuales tendrán un rezago académico importante, hay un tema todavía más delicado del que no hemos podido ocuparnos ni subrayar en rojo por lo impactante de la situación de salud y desempleo: el desarrollo psicosocial y emocional de los niños.

La estructura que hoy nos forma a los adultos, se compone de una larga cadena de acontecimientos intelectuales, sociales y biológicos que en conjunto dispusieron forma y fondo de nuestro carácter y manera de ser. Nos formamos con la suma de maestros, reglas, normas, recursos y directrices que fueron tomados por nosotros al menos los primeros años de nuestras vidas. Hasta que de manera adulta pudimos elegir a voluntad nuestros criterios y deseos, que dieran dirección a nuestras vidas.

Independientemente de la clase social, económica, cultural, la etnia o religión, la mayoría de nosotros contó con la posibilidad de aprender según la etapa de la vida que estuviésemos cruzando; en el piso gateando, tocando y probando, imitando sonidos, desprendiéndonos del super yo, y desarrollando nuestros talentos a prueba y error. Y a nuestros 7 u 8 años, como se puede constatar en la teoría del desarrollo y evolución psicosensorial del niño, en contacto con el mundo y los demás.

Es fundamental en esta etapa del desarrollo, la posibilidad de socializar, agrandar la conciencia del entorno y los límites espaciales e impacto en las acciones o actividades de otros que se relacionan conmigo. Así se aprende, así se evoluciona en la etapa cognitiva de los individuos de entre 6 y 9 años, la tercera etapa de la niñez, y casi antesala de la adolescencia. Es a través de la actividad física, dinámica, social, emocional y de conjunto, que se desarrollan las habilidades necesarias para poder vivir después en sociedad con adecuada conciencia y responsabilidad sobre la interconectividad de los seres humanos y los grupos sociales. En contacto con las cosas, recorriendo espacios, filtrando imágenes y experiencias sensoriales se confirman muchos de los conceptos aprendidos en la primera infancia y se les da el valor de componentes ineludibles del mundo que nos rodea y el cual habitamos e impactamos.

Un mundo que Milagros, en 80 metros cuadrados, no alcanza a absorber y dimensionar del todo. Como aquél que nada por primera vez en el mar y, al no tocar el fondo, se impacta de lo profundo y grande que es ese otro reino, que en hojas de papel solo abarca hasta las orillas.

Milagros no sabe qué le falta. Venía viviendo una vida normal, en tiempo y forma pudiéramos aventurarnos a afirmar que era una vida adecuada a su edad. Con estímulos y contención adecuada. Su desarrollo era completo y feliz. Hoy no es falta de cariño, o ganas, ni tampoco las de por sí desafiantes modernidades del milenio y los atajos en los procesos tecnológicos, lo que hacen que su crecimiento esté en pausa, semi aplastado entre paredes. Es una realidad, como las ha habido en otros siglos y momentos, que escapa del control de absolutamente todos. Que nos obliga a redirigir nuestros pasos y adaptar las conductas. Es un momento en el que se resuelven las supervivencias por encima de las urgencias, y donde hay recursos limitados en muchas áreas de la vida. Se hace lo mejor que se puede.

También tendrá que venir la resignificación del crecimiento, de la socialización sana y digna, de la infancia feliz y los adultos capaces de cuidar de sí, de los otros y de un planeta que por el momento no pueden salir a conocer ni a admirar.

*Vania Coria Libenson es alumna del Taller de Periodismo y Literatura impartido en Trithemius por Mireya Espinosa.

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