En esta crónica, a partir de la jornada de una sola mujer, millones se ven retratadas.

Mara Espinosa*

Es conocido el chiste de aquel hombre al que le preguntaron si su mujer trabajaba y respondió enfático: “No, ella no trabaja, se queda en casa”. Quedarse en casa equivale, según esta expectativa, a estar echada en el sofá con el control de la televisión en la mano viendo películas o cualquier otra cosa durante todo el día. ¡Ajá! Nada más alejado de la realidad. Bueno, creo que al menos para la gran mayoría de las mujeres.

Durante muchos años ni siquiera me cuestioné los malabares que hacía para cumplir con mis dos turnos de trabajo, es más, lo hacía con gusto a sabiendas que de esa manera mantenía las cosas en control y mis responsabilidades cumplidas.

Ahora, en esta etapa de  la vida y con una mente menos alienada (¡ja!) vengo a darme cuenta que estuve dominada por un sistema en el que mi realización como mujer fue coartada, que estuve ciega y nunca vi la explotación de que era objeto; que  trabajé sin recibir un sueldo por realizar las labores del hogar, que mi pareja debió contribuir en la misma medida que yo a mantener el orden y no solamente aportar en lo económico y esperar a tener, por obra de magia, la casa limpia, la comida en la mesa, la ropa lavada, planchada y pulcramente ordenada en los cajones para su comodidad,  que mis hijos no eran solo responsabilidad mía y un largo etcétera que aún me cuesta reconocer como parte de aquella opresión.

Pero todo cae por su propio peso. De pronto me doy cuenta que puedo razonar sobre las acciones que realizo y tomar conciencia de que, aunque esto pueda mover a risa a muchas personas, no es un chiste sino una problemática que las mujeres de hoy pugnan por resolver.  No es una lucha con un solo frente.  Son tantas cosas que han mantenido a las mujeres en desigualdad que se ha hecho una amalgama de causas formando una bola de nieve que va rodando cuesta abajo pues hemos pasado de ser consideradas, convenientemente,  brujas a finales de la edad media, el género ninguneado, omitido, explotado sexual y laboralmente a ser el género que exige el derecho al voto desde 1789 en la Revolución Francesa aunque no se haya conseguido, ni pronto ni de manera universal, el que se mantiene, hoy más que nunca, en  esa lucha para exigir se respete su derecho a elegir ser madres, a no ser agredidas, explotadas, secuestradas, violadas, victimadas.

Desde mi espacio personal empiezo a tomar conciencia, pero a pesar de ser consciente de lo que mueve a esas frenéticas jóvenes que ahora irrumpen los espacios ante el escándalo de unos y la aprobación de otros, algo dentro de mí todavía actúa como en cámara lenta. Soy consciente de la brecha generacional, sé que aún respondo y a veces razono inducida por  la forma en que fui educada y el tiempo que me tocó vivir.

Pienso que ellas, las que ahora gritan, vociferan, rompen vidrios y toman todo aquello que huela a sistema como lienzo para plantear sus protestas tal vez ni siquiera han experimentado lo que las mujeres de mi generación vivimos con los ojos cerrados. Yo todavía necesito un piso desde donde tomar esa conciencia, la cual implica ser analítica,  reflexiva, despojarse de patrones mentales que mantienen el estado de cosas, pero ¿para quién? Esa es la pregunta.

 Hago  este ejercicio desde un día cualquiera, un día normal dentro de una rutina normal en la vida de una mujer (yo) que aunque tiene un trabajo, devenga un salario, se prepara académicamente, también está inmersa en una sociedad tradicional, es parte de una familia tradicional o normal y tiene un papel como esposa, madre, ama de casa ( entendido este último rol como la que barre, trapea, lava, plancha, cocina, cuida los hijos, educa, protege y les procura, o al menos lo intenta, estabilidad emocional) aparte de ser una inconforme  que busca seguir avanzando en su superación personal y que, además, tiene la peregrina idea de que algún día publicará sus poemas.

EL DÍA CUALQUIERA

Son las 5:00 de la mañana. El despertador insiste, es hora de levantarse, hacer el lonche para que el hombre se vaya a trabajar. Mientras yo me afano en la cocina guisando la comida que llevará, él se levanta, se baña y se prepara para ¡almorzar!  Entonces mi tarea es doble, guisar y al mismo tiempo prepararle un almuerzo.

5:45 Se fue.  Ahora debo preparar el almuerzo para la hija que se va a la escuela a las 6:00.

─ ¡Levántate que se te hace tarde! ─ grito mientras voy de nuevo a la cocina y me afano en preparar algo rápido para que no se vaya en blanco. La oigo trajinar preparando sus libros, sus cuadernos. A la carrera come algo y recoge el envoltorio que le he preparado con un tentempié porque la jornada es larga. Sale con su mochila al hombro, en la mente recorro con ella el trayecto de ir caminando hasta la parada del autobús, tomarlo y hacer el viaje de casi una hora hasta la ciudad vecina.  No volveré a pensar más en ella porque sé que llegará bien y volverá a casa a la hora de costumbre, por la tarde.  Mientras evoco esa época se me hace un nudo en el estómago al pensar todos los riesgos que pudo haber corrido en ese trayecto, pero en aquellos años no estaban las cosas como ahora. Hoy en día duelen las mujeres buscando a sus hijas, a sus hijos. Pienso en las madres de esas chicas, en los hijos que muchas han dejado y doy gracias porque cruzamos a salvo por esa necesidad de dejar ir solas a las nuestras  a la escuela o al trabajo, cuando todavía ni siquiera había un teléfono desde el cual mantenerse en contacto, tan solo la confianza en no saber que afuera cada mujer sola podía ser una posible víctima como registran ahora las noticias de mujeres victimadas por sus novios, sus parejas, sus esposos o extraños nomás por el simple hecho de ser mujeres, o de estar en el lugar equivocado o vestirse de modo provocativo según la mentalidad del otro  y quizá, por estar en desventaja física o porque han sido minadas de la voluntad de reconocer como agresor a aquél que aman.

6:30 Llega la hora de empezar con lo mío, apenas sí queda el tiempo justo para un baño y arreglarme, pero primero he de levantar a la otra hija, quien por suerte va conmigo a la escuela. Debo tomar mi tiempo porque hay que peinarla y no es cosa fácil por su pelo abundante, largo y rizado.

7:15 Le hago dos gruesas trenzas que ato con moños de colores y le ordeno que se vista mientras ooootra vez, voy a la cocina a preparar su desayuno y el mío, ya con más calma nos sentamos a desayunar.  Por fortuna en ese tiempo trabajo cerca de casa.

7:40 Salimos rumbo a la escuela, por el camino vamos riendo disfrutando de la mañana, jugamos en el trayecto juegos de palabras; ella va, como siempre, saltando. Se adelanta, se vuelve, me insta a caminar más rápido, me espera. Seguimos.

7:45 Llegamos a la escuela, empieza mi jornada. Me dirijo al salón y de las 8:00 am, a la 1:30 pm no volveré a pensar en que soy madre, una esposa, la cocinera… solamente soy la maestra.

13:00 Suena el timbre, termino de entregar los cuadernos y dejo salir a los niños cuyas madres los esperan en la entrada. Qué suerte, llegarán al hogar donde la sopa caliente los espera porque hay una madre que “no trabaja”.

13:15 Debo darme prisa, el turno vespertino ya viene y me urgen a salir para asear el aula. Qué más da. Cierro el locker, tomo mis cosas, recuerdo entonces que tengo ahí una hija. Por fortuna ya me está esperando (porque he de contarles que alguna vez se me olvidó en la escuela)  y nos vamos.

13:20 De pasada hay que comprar algo para la comida, llegamos a la carnicería, vuelvo a ser la madre, pienso en el menú y llevo las cosas necesarias.

13:30 Otra vez en casa. Hay que hacer la comida. Como si fuera un ballet largamente ensayado voy preparando las cosas: primero la carne al sartén para que se fría, ahora lava el arroz, ponlo a freír que no se queme, mueve la carne, muele el recaudo, menea el arroz  que ya casi se tuesta, agrega el recaudo a la sopa, pica las zanahorias, agrega a la carne, pela las papas y corta en cubitos vierte el recaudo a la carne, tapa, agrega las papas, tapa de nuevo, prueba el sazón, ¡listo!

13:50 La comida en la lumbre, empiezo a recoger la casa, a poner orden en la recámara, apenas alcancé a tender la cama, voy al cuarto de mis hijas, doblo las mantas tiendo las camas también. Hasta ahora no he pensado ni una vez que soy una esclava ni siquiera una criada, solo soy una mujer con una familia que atender.

14:00 La comida está lista, mi hija tiene hambre. Comemos juntas, ella contenta de poder disfrutar la comida caliente recién hecha y yo contenta de poder cumplir con ese rito de amor de alimentarla.

Miro el reloj, ya son las 2 y media, no tarda en llegar su hermana. Lo bueno que la comida ya está lista porque llegará hambrienta.  A la distancia me pregunto cuánto de lo que hacíamos como algo normal ahora es cuestionado a la luz de tantos asegunes, como decía mi abuela. Y ya que la menciono,  hago una reflexión acerca de las generaciones que representamos mi abuela, mi madre, yo y mis hijas. Sin duda somos especímenes de épocas diferentes. Mi abuela silenciosa en su quehacer, guardiana de sus secretos y de tantos saberes ancestrales que todavía conservo; mi madre, precursora de las mujeres que empezaron a romper los moldes. Ella es una mujer de transición, fue madre, pero también empresaria, fue el tronco y nosotros las ramas que crecimos hasta irnos muy lejos, envalentonados por las alas que se esmeró en construirnos. De ella aprendí la independencia, el no depender del hombre para solucionar las problemáticas, la idea de realizarme como persona. Aquí estoy yo, apegada al estudio, rebelde, independiente y al mismo tiempo al pie de mis hijas. Si mi madre fue el inicio, yo soy la transición. Mis hijas son dos seres independientes, una nueva generación con otras ideas y ambas con hijas que de seguro no serán lo que fuimos las que estamos antes de ellas.

15:00 Llega el esposo, hay que dejar lo que esté haciendo para servirle la comida caliente y, mientras come, aprovechar para: limpiar la cocina, lavar la loza, ordenar un poco, después desaparecerá ocupado en no sé cuántas cosas misteriosas y asuntos que los hombres tienen fuera de casa.  Cuando termine y quede libre la mesa pasará a ser escritorio para hacer las tareas de la escuela.

Nos darán las 17:00 en estos menesteres y yo me seguiré de largo leyendo los textos que corresponden a mis tareas de la licenciatura que trabajo durante toda la semana y presento los sábados. Es ese el espacio donde voy colocando los peldaños de mi superación.  Paso de la lectura a la escritura, a mano porque todavía ni soñar con tener una computadora. Escribo mientras mis hijas ¿qué harán? La mayor todavía sigue haciendo tareas y la menor juega mientras afuera, el sol empieza a descender, casi oscurece.

19:00 Dejo pendiente mi tarea y reviso el plan de trabajo de mi grupo, preparo lo necesario para el siguiente día y luego dejo libre la mesa para servir la cena. De nuevo voy a la cocina, pienso qué hacer. Preparo un poco de masa, hago unas tortillas, una salsa. Las entomatadas a todos nos gustan.

21:00 Es hora de dormir porque mañana habrá que volver a madrugar. Cierro los ojos. Estoy tan cansada que ni siquiera sueño, me da flojera. Mañana me subiré de nuevo a la rueda como el hámster mientras en la mente de una, cien, mil, millones de mujeres se gesta una nueva realidad para nosotras, para ellas y las generaciones que vienen.

*Mara Espinosa es alumna del taller de Periodismo y Literatura que se imparte en Trithemius Talleres Literarios.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s