Compras pandémicas

Magdalena Dueñas

Inimaginable hace solamente un año el panorama que las cifras de hoy (8 de noviembre de 2020), arrojan sobre los casos de personas contagiadas del virus del siglo, Covid-19: según la Organización Mundial de la Salud han sido confirmados 49 millones 578 mil 590, incluyendo un millón 245 mil 717 defunciones, y actualmente existen rebrotes en países que aparentemente habían pasado ya por el periodo de mayor contagio.

En México, los reportes oficiales indican 972 mil 785 casos acumulados y 95 mil 225 fallecidos, lo cual nos coloca entre uno de los primeros lugares en índice de mortalidad. Un campeonato en el que no hubiésemos querido participar.

La pandemia nos ha traído un cambio en la forma de vida que ni en el género fantástico habríamos imaginado, pues la malignidad del microscópico bicho ha obligado a los habitantes del mundo entero a adoptar medidas que afectan casi la totalidad de las actividades que normalmente llevamos a cabo, desde las esenciales como el trabajo, la movilidad, el cuidado de la salud, la educación, la convivencia social y la recreación, hasta las más simples como el aseo personal y del hogar.

Cuando en marzo nuestro país registró los primeros casos y las autoridades de salud determinaron el paro de actividades laborales acompañado de las medidas sanitarias, en la mayoría de los hogares se presentó una mezcla de asombro e incredulidad.

Aún no llegaba de cerca la realidad, de tal suerte que parecía hasta novedoso el tener que prevenirse, y la idea generalizada apuntaba a que sería un periodo corto, a lo más uno o dos meses en los que habría contagios, casos graves sobre todo en población con factores de riesgo, pero no llegaría a mayores si se cumplía con las indicaciones.

Así pues, las amas de casa pusieron manos a la obra adquiriendo cloro, desinfectantes, guantes y todo aquello que pudieran conseguir en esos primeros días para defender a la familia. Ahí empezó el Vía Crucis. Todas pensaron lo mismo, propiciando una escasez de los artículos más elementales como alcohol, toallas desinfectantes etc. Para colmo, las restricciones para acudir a los supermercados, la imposibilidad de muchos para salir por su edad o por padecer alguna enfermedad, y la indicación de no visitarse en los hogares, agudizó la situación.

Las casas empezaron a oler a desinfectante, hubo quienes llevaron el asunto a niveles de compulsión y por supuesto, también los que no creían que fuera para tanto y trataron de seguir con su vida, pero los días pasaron, los contagiados se multiplicaron, las lamentables defunciones se anunciaban diariamente, y las medidas parecían insuficientes.

Así llegó noviembre. Para una gran parte de la población, ocho meses sin poder asistir a trabajar en forma presencial, o a la escuela. Ocho meses sin convivir con la familia, los amigos, sin paseos para disfrutar de la naturaleza, sin vacaciones.

Para algunos, la inmensa tristeza de no poder estar con sus seres queridos en sus últimos momentos, o no poder acompañar a los que los perdieron en el funeral.

La vida en los hogares ha cambiado, en algunos para bien, propiciando el acercamiento entre padres e hijos al tener que apoyar a los más pequeños en su aprendizaje en línea, fomentando la cooperación en las tareas domésticas, comiendo en familia.

En otros, los problemas ya existentes se han exacerbado: la violencia, el alcoholismo, el abuso emocional. Ahí el virus es más letal.

Sin embargo, hay aspectos de la vida en común que son elementales, sin importar la buena o mala relación entre los miembros de la familia, o el nivel socioeconómico. Como la necesidad de contar con productos para elaborar la comida, para limpiar la casa, o artículos de higiene personal. Eso tan simple, que anteriormente no requería otra cosa que planear el día para la compra, hoy en día también se ha visto trastocado por las disposiciones sanitarias: Para empezar, hay que utilizar un cubrebocas si se pretende visitar el supermercado, el tianguis o la tiendita de la esquina, y se acabaron las compras en compañía pues hay que ir de uno en uno, guardando la sana distancia aunque esto implique hacer fila al rayo del sol para entrar. Después, hay que pasar por la estación de higiene, al estilo de cada establecimiento, donde un aburrido personaje vestido con bata quirúrgica, careta y cubre bocas, toma la temperatura a los clientes en la muñeca (lo cual al parecer no es confiable, además de que los encargados de semejante tarea ya ni ven lo que marca el termómetro) obsequiando un disparo de gel antibacterial. Aquí es pertinente anotar que, si por casualidad las compras requieren acudir a varios establecimientos, no hay que olvidar adquirir una buena crema que repare las grietas de las multi- desinfectadas manos.

Tampoco se pueden manipular los productos, ni olerlos, ni probarlos como era costumbre.

En primer lugar, porque pueden estar recubiertos de virus, y en segundo lugar porque se está usando el cubre- bocas, artículo que se ha convertido en parte del atuendo a pesar de su controvertida utilidad para evitar el contagio.

Una vez librado el asunto de la selección, habrá que pasar al pago de las compras.

Nuevamente un chorro de gel antibacterial y, dependiendo del establecimiento, hacer una rápida evaluación mental para decidir si pagar con tarjeta de crédito, que podría contaminarse al cambiar de manos, o con dinero en efectivo. Si no se tiene la cantidad exacta, el cambio puede ser una peor opción, pues al ponerlo en la cartera, su dudosa higiene representará una nueva preocupación.

Al llegar a casa, el protocolo sanitario entra nuevamente en acción, desinfectando los zapatos en el tapete bañado en cloro que se tuvo que adquirir desde el inicio de la epidemia, o cambiando de zapatos en la puerta por unos que ya solamente se usan dentro. Al menos los japoneses no encuentran en este punto dificultad para aplicarlo.

El proceso continúa, hay que desinfectar las bolsas de la compra y después, artículo por artículo recibirá un masaje alcoholizado para poder formar parte de la despensa. Los artículos perecederos como frutas y verduras se lavan con agua y jabón antes de otorgarles la residencia, y solo entonces, después de lavarse nuevamente las manos, se puede pensar que no hay peligro.

Ahora que si usted es una persona mayor, o tiene alguna enfermedad que la ponga en riesgo, probablemente su familia no le permitirá poner un pie en la calle. En el mejor de los casos algún miembro del clan hará las compras, y no hay modo de pedir que los aguacates estén en diferente grado de madurez para irlos usando a lo largo de la semana, o qué las toronjas sean rositas y de cáscara delgada. Esas manías hay que guardarlas en el baúl de los recuerdos y adaptarse a la “nueva normalidad”.

También existe el recurso de pedir las cosas en línea. La tecnología resuelve todo. Pero si la presentación no es la solicitada, o la fecha de caducidad está próxima, o los jitomates están demasiado maduros y la piña verde, haga un ejercicio de resignación y continúe viviendo, al menos hasta que la ansiada vacuna llegue, lo cual hasta el momento es incierto, pero al menos es una esperanza para la humanidad.

En tanto, las peripecias para abastecer la despensa son lo de menos si los últimos ocho meses se ha conservado la salud, el techo y el ingreso familiar.

*Este texto surge dentro del marco de la clase de Literatura y Periodismo, impartido por Mireya Espinosa.

Cuando surtir la despensa está en chino

Mara Espinosa

¿Por qué no inventan un señor al que no se le tenga que explicar una y cien veces cuál es la marca de frijoles que siempre compramos? Uno al que decidir entre tres o cuatro marcas de atunes no implique toda una retórica sobre por qué no todos son iguales.

Nunca hubiera imaginado que El asunto de ir a la tienda y surtir la despensa pudiera ser objeto de sesudas reflexiones hasta que llegó la bendita edad en que esta actividad se puede hacer juntos porque no hay otra cosa en que se pueda uno entretener en tiempos del coronavirus… Pero poco duró el gusto.

Con el incremento de riesgo sanitario para los adultos mayores hubo que reducir la afluencia de compradores en los supermercados y fue así como el gozo se fue al pozo. Ni siquiera lo pensamos. De buenas a primera el caballero asumió su tarea proteccionista y de proveedor. Yo voy a traer la despensa. Craso error.

El primer intento fue sin lista, asumiendo que sabría qué traer ya que tantas veces habíamos ido juntos. Pues no.  El menú de huevos, salsas y manzanas no era lo que se puede decir una despensa, así que se cambió de estrategia: “Hazme una lista”. ¡Buena idea!.. pero no funcionó, había que explicar qué marca específicamente debía comprar porque “luego dices que no te gusta”. No hubo más remedio que tomar el toro por los cuernos.

¿Acaso surtir la despensa es asunto de mujeres? Nosotras sabemos lo que necesitamos sin tener que recurrir a una lista; solo con recorrer los pasillos va una haciendo mentalmente los menús y tomando lo que se necesita o ya trae en mente qué cosas le hacen falta, de qué marca las compra y, además, en qué pasillo está. Dato importante sobre todo ahora que debes minimizar el tiempo en los espacios con riesgo de contagio. 

Ahora decimos algo así como ir de compras a.c y d.c (antes del coronavirus y después del coronavirus) y después de estar tanto tiempo saliendo solo a lo necesario, la ida a la tienda, sin importar lo tedioso y el riesgo, es como el gusto de una salida al cine o un paseo.

Se asume la tarea con resignada calma. Llegar a la puerta, limpiar los zapatos, permitir que chequen la temperatura, limpiar las manos con gel y dejar que saneen el carrito (o al menos hacernos la ilusión de que se corre menos riesgo de pillar el virus).

 El recorrido empieza por los perecederos. Revisar los cajones a ojo y escoger lo más rápido posible las verduras y las frutas que consideramos están buenas antes que alguien olvide la sana distancia y casi se suba sobre uno para alcanzar las mismas cosas. Huir rápidamente a un espacio menos congestionado o dar vuelta en otro pasillo tomando otras cosas que no se pensaba comprar, pero si ya estamos ahí, pues de una vez: los nopales, las manzanas, los plátanos, pepinos, calabacitas van cayendo al carrito, envueltas en una orgía de bolsas plásticas, sí, de esas que apenas empezábamos a eliminar en un intento de ayudar a reducir la contaminación y que ahora aparecieron de nuevo… 

En el espacio de las lechugas, una mujer toca cada pieza, la toma le da vuelta y la regresa de nuevo. Me voy sin lechuga. Hay que mantener la calma y tomar decisiones. Esta vez no se deambula por los pasillos mirando, comparando marcas o precios, se llega, se elige lo más conocido y punto. Solo lo necesario —digo— porque ya vi que los precios han subido.  Ahora no solo hay que cuidarnos del coronavirus dichoso, también de los comerciantes voraces.

Por fortuna ya no hay que preocuparse por el desabasto como ocurrió al inicio de la pandemia y las compras de pánico, al menos no en este lugar donde se ha priorizado la actividad comercial para mantener la economía a flote y los empleos de mucha gente. Se agradece de cualquier forma, aunque es sabido que muchas familias están viviendo tiempos muy difíciles para proveerse. 

Con este pensamiento tomo nota de que llevo las cosas que necesito y me encamino a las cajas. Última parte de la aventura, aunque no la menos riesgosa.  Hay que mantener la sana distancia y esperar pacientemente.

No hay paqueteros. Muchas cosas han cambiado, tenemos que descargar el carro, vigilar lo que nos marcan, pagar, acomodar de nuevo las cosas en el carrito… ¡sí que nos habíamos mal acostumbrado! Todavía no salgo de la tienda y ya voy pensando en la tarea que me espera al llegar a casa: lavar cada cosa, limpiar cada empaque…Todo porque surtir la despensa está en chino para el compañero.

*Este texto surge como parte del taller de Literatura y Periodismo de Trithemius Talleres Literarios, que es impartido por Mireya Espinosa, quien enseña a las alumnas que hay mucho de la vida cotidiana, y más en estos tiempos, que espera convertirse en una buena historia.

Un día agitado

En esta crónica, a partir de la jornada de una sola mujer, millones se ven retratadas.

Mara Espinosa*

Es conocido el chiste de aquel hombre al que le preguntaron si su mujer trabajaba y respondió enfático: “No, ella no trabaja, se queda en casa”. Quedarse en casa equivale, según esta expectativa, a estar echada en el sofá con el control de la televisión en la mano viendo películas o cualquier otra cosa durante todo el día. ¡Ajá! Nada más alejado de la realidad. Bueno, creo que al menos para la gran mayoría de las mujeres.

Durante muchos años ni siquiera me cuestioné los malabares que hacía para cumplir con mis dos turnos de trabajo, es más, lo hacía con gusto a sabiendas que de esa manera mantenía las cosas en control y mis responsabilidades cumplidas.

Ahora, en esta etapa de  la vida y con una mente menos alienada (¡ja!) vengo a darme cuenta que estuve dominada por un sistema en el que mi realización como mujer fue coartada, que estuve ciega y nunca vi la explotación de que era objeto; que  trabajé sin recibir un sueldo por realizar las labores del hogar, que mi pareja debió contribuir en la misma medida que yo a mantener el orden y no solamente aportar en lo económico y esperar a tener, por obra de magia, la casa limpia, la comida en la mesa, la ropa lavada, planchada y pulcramente ordenada en los cajones para su comodidad,  que mis hijos no eran solo responsabilidad mía y un largo etcétera que aún me cuesta reconocer como parte de aquella opresión.

Pero todo cae por su propio peso. De pronto me doy cuenta que puedo razonar sobre las acciones que realizo y tomar conciencia de que, aunque esto pueda mover a risa a muchas personas, no es un chiste sino una problemática que las mujeres de hoy pugnan por resolver.  No es una lucha con un solo frente.  Son tantas cosas que han mantenido a las mujeres en desigualdad que se ha hecho una amalgama de causas formando una bola de nieve que va rodando cuesta abajo pues hemos pasado de ser consideradas, convenientemente,  brujas a finales de la edad media, el género ninguneado, omitido, explotado sexual y laboralmente a ser el género que exige el derecho al voto desde 1789 en la Revolución Francesa aunque no se haya conseguido, ni pronto ni de manera universal, el que se mantiene, hoy más que nunca, en  esa lucha para exigir se respete su derecho a elegir ser madres, a no ser agredidas, explotadas, secuestradas, violadas, victimadas.

Desde mi espacio personal empiezo a tomar conciencia, pero a pesar de ser consciente de lo que mueve a esas frenéticas jóvenes que ahora irrumpen los espacios ante el escándalo de unos y la aprobación de otros, algo dentro de mí todavía actúa como en cámara lenta. Soy consciente de la brecha generacional, sé que aún respondo y a veces razono inducida por  la forma en que fui educada y el tiempo que me tocó vivir.

Pienso que ellas, las que ahora gritan, vociferan, rompen vidrios y toman todo aquello que huela a sistema como lienzo para plantear sus protestas tal vez ni siquiera han experimentado lo que las mujeres de mi generación vivimos con los ojos cerrados. Yo todavía necesito un piso desde donde tomar esa conciencia, la cual implica ser analítica,  reflexiva, despojarse de patrones mentales que mantienen el estado de cosas, pero ¿para quién? Esa es la pregunta.

 Hago  este ejercicio desde un día cualquiera, un día normal dentro de una rutina normal en la vida de una mujer (yo) que aunque tiene un trabajo, devenga un salario, se prepara académicamente, también está inmersa en una sociedad tradicional, es parte de una familia tradicional o normal y tiene un papel como esposa, madre, ama de casa ( entendido este último rol como la que barre, trapea, lava, plancha, cocina, cuida los hijos, educa, protege y les procura, o al menos lo intenta, estabilidad emocional) aparte de ser una inconforme  que busca seguir avanzando en su superación personal y que, además, tiene la peregrina idea de que algún día publicará sus poemas.

EL DÍA CUALQUIERA

Son las 5:00 de la mañana. El despertador insiste, es hora de levantarse, hacer el lonche para que el hombre se vaya a trabajar. Mientras yo me afano en la cocina guisando la comida que llevará, él se levanta, se baña y se prepara para ¡almorzar!  Entonces mi tarea es doble, guisar y al mismo tiempo prepararle un almuerzo.

5:45 Se fue.  Ahora debo preparar el almuerzo para la hija que se va a la escuela a las 6:00.

─ ¡Levántate que se te hace tarde! ─ grito mientras voy de nuevo a la cocina y me afano en preparar algo rápido para que no se vaya en blanco. La oigo trajinar preparando sus libros, sus cuadernos. A la carrera come algo y recoge el envoltorio que le he preparado con un tentempié porque la jornada es larga. Sale con su mochila al hombro, en la mente recorro con ella el trayecto de ir caminando hasta la parada del autobús, tomarlo y hacer el viaje de casi una hora hasta la ciudad vecina.  No volveré a pensar más en ella porque sé que llegará bien y volverá a casa a la hora de costumbre, por la tarde.  Mientras evoco esa época se me hace un nudo en el estómago al pensar todos los riesgos que pudo haber corrido en ese trayecto, pero en aquellos años no estaban las cosas como ahora. Hoy en día duelen las mujeres buscando a sus hijas, a sus hijos. Pienso en las madres de esas chicas, en los hijos que muchas han dejado y doy gracias porque cruzamos a salvo por esa necesidad de dejar ir solas a las nuestras  a la escuela o al trabajo, cuando todavía ni siquiera había un teléfono desde el cual mantenerse en contacto, tan solo la confianza en no saber que afuera cada mujer sola podía ser una posible víctima como registran ahora las noticias de mujeres victimadas por sus novios, sus parejas, sus esposos o extraños nomás por el simple hecho de ser mujeres, o de estar en el lugar equivocado o vestirse de modo provocativo según la mentalidad del otro  y quizá, por estar en desventaja física o porque han sido minadas de la voluntad de reconocer como agresor a aquél que aman.

6:30 Llega la hora de empezar con lo mío, apenas sí queda el tiempo justo para un baño y arreglarme, pero primero he de levantar a la otra hija, quien por suerte va conmigo a la escuela. Debo tomar mi tiempo porque hay que peinarla y no es cosa fácil por su pelo abundante, largo y rizado.

7:15 Le hago dos gruesas trenzas que ato con moños de colores y le ordeno que se vista mientras ooootra vez, voy a la cocina a preparar su desayuno y el mío, ya con más calma nos sentamos a desayunar.  Por fortuna en ese tiempo trabajo cerca de casa.

7:40 Salimos rumbo a la escuela, por el camino vamos riendo disfrutando de la mañana, jugamos en el trayecto juegos de palabras; ella va, como siempre, saltando. Se adelanta, se vuelve, me insta a caminar más rápido, me espera. Seguimos.

7:45 Llegamos a la escuela, empieza mi jornada. Me dirijo al salón y de las 8:00 am, a la 1:30 pm no volveré a pensar en que soy madre, una esposa, la cocinera… solamente soy la maestra.

13:00 Suena el timbre, termino de entregar los cuadernos y dejo salir a los niños cuyas madres los esperan en la entrada. Qué suerte, llegarán al hogar donde la sopa caliente los espera porque hay una madre que “no trabaja”.

13:15 Debo darme prisa, el turno vespertino ya viene y me urgen a salir para asear el aula. Qué más da. Cierro el locker, tomo mis cosas, recuerdo entonces que tengo ahí una hija. Por fortuna ya me está esperando (porque he de contarles que alguna vez se me olvidó en la escuela)  y nos vamos.

13:20 De pasada hay que comprar algo para la comida, llegamos a la carnicería, vuelvo a ser la madre, pienso en el menú y llevo las cosas necesarias.

13:30 Otra vez en casa. Hay que hacer la comida. Como si fuera un ballet largamente ensayado voy preparando las cosas: primero la carne al sartén para que se fría, ahora lava el arroz, ponlo a freír que no se queme, mueve la carne, muele el recaudo, menea el arroz  que ya casi se tuesta, agrega el recaudo a la sopa, pica las zanahorias, agrega a la carne, pela las papas y corta en cubitos vierte el recaudo a la carne, tapa, agrega las papas, tapa de nuevo, prueba el sazón, ¡listo!

13:50 La comida en la lumbre, empiezo a recoger la casa, a poner orden en la recámara, apenas alcancé a tender la cama, voy al cuarto de mis hijas, doblo las mantas tiendo las camas también. Hasta ahora no he pensado ni una vez que soy una esclava ni siquiera una criada, solo soy una mujer con una familia que atender.

14:00 La comida está lista, mi hija tiene hambre. Comemos juntas, ella contenta de poder disfrutar la comida caliente recién hecha y yo contenta de poder cumplir con ese rito de amor de alimentarla.

Miro el reloj, ya son las 2 y media, no tarda en llegar su hermana. Lo bueno que la comida ya está lista porque llegará hambrienta.  A la distancia me pregunto cuánto de lo que hacíamos como algo normal ahora es cuestionado a la luz de tantos asegunes, como decía mi abuela. Y ya que la menciono,  hago una reflexión acerca de las generaciones que representamos mi abuela, mi madre, yo y mis hijas. Sin duda somos especímenes de épocas diferentes. Mi abuela silenciosa en su quehacer, guardiana de sus secretos y de tantos saberes ancestrales que todavía conservo; mi madre, precursora de las mujeres que empezaron a romper los moldes. Ella es una mujer de transición, fue madre, pero también empresaria, fue el tronco y nosotros las ramas que crecimos hasta irnos muy lejos, envalentonados por las alas que se esmeró en construirnos. De ella aprendí la independencia, el no depender del hombre para solucionar las problemáticas, la idea de realizarme como persona. Aquí estoy yo, apegada al estudio, rebelde, independiente y al mismo tiempo al pie de mis hijas. Si mi madre fue el inicio, yo soy la transición. Mis hijas son dos seres independientes, una nueva generación con otras ideas y ambas con hijas que de seguro no serán lo que fuimos las que estamos antes de ellas.

15:00 Llega el esposo, hay que dejar lo que esté haciendo para servirle la comida caliente y, mientras come, aprovechar para: limpiar la cocina, lavar la loza, ordenar un poco, después desaparecerá ocupado en no sé cuántas cosas misteriosas y asuntos que los hombres tienen fuera de casa.  Cuando termine y quede libre la mesa pasará a ser escritorio para hacer las tareas de la escuela.

Nos darán las 17:00 en estos menesteres y yo me seguiré de largo leyendo los textos que corresponden a mis tareas de la licenciatura que trabajo durante toda la semana y presento los sábados. Es ese el espacio donde voy colocando los peldaños de mi superación.  Paso de la lectura a la escritura, a mano porque todavía ni soñar con tener una computadora. Escribo mientras mis hijas ¿qué harán? La mayor todavía sigue haciendo tareas y la menor juega mientras afuera, el sol empieza a descender, casi oscurece.

19:00 Dejo pendiente mi tarea y reviso el plan de trabajo de mi grupo, preparo lo necesario para el siguiente día y luego dejo libre la mesa para servir la cena. De nuevo voy a la cocina, pienso qué hacer. Preparo un poco de masa, hago unas tortillas, una salsa. Las entomatadas a todos nos gustan.

21:00 Es hora de dormir porque mañana habrá que volver a madrugar. Cierro los ojos. Estoy tan cansada que ni siquiera sueño, me da flojera. Mañana me subiré de nuevo a la rueda como el hámster mientras en la mente de una, cien, mil, millones de mujeres se gesta una nueva realidad para nosotras, para ellas y las generaciones que vienen.

*Mara Espinosa es alumna del taller de Periodismo y Literatura que se imparte en Trithemius Talleres Literarios.

Testimonios de una pandemia: infancia 2020

Vania Coria Libenson*

Si te pidiera que me hablaras de cuando eras niño, de unos 7 u 8 años, ¿qué me dirías? Atrás de ese suspiro profundo que acabas de exhalar, lleno de colores, sonidos, aromas y personas, ¿por dónde empezarías a narrar? ¿Qué sientes con lo que recuerdas?

Quizá las tardes en casa de la abuela que te cuidaba mientras tus padres trabajaban, las salidas al parque con la nana, correr riendo por nada con los amigos de la cuadra, el sabor del helado que trae un señor en un carrito simpático al compás de una campana, o esas clases obligadas de baile, pintura o música que tomabas a disgusto, pero convencido por tus padres de que serías una mejor persona mientras más habilidades tuvieras. ¿A qué ritmo te movías? ¿Con cuánta gente interactuabas? ¿Dónde y cómo aprendías mientras crecías?

Milagros tiene 8 años. Los cumplió el 28 de marzo. A tan sólo una semana del arranque de la cuarentena obligada por el virus que hoy detiene economías completas y se ha llevado millones de vidas en tan solo unos cuantos meses.

Todos los días se despierta a las 7:30 horas con un beso que le da su mamá, se lava la cara, se cambia el pijama por ropa cómoda, desayuna un licuado cargado de vitaminas y nutrientes, y camina 12 pasos al escritorio del pequeño estudio en su casa, para iniciar sus clases virtuales. 15 minutos en total.

Las escuelas no abren aún. Y “eso es bueno”, dice con un gesto de miedo y discurso de grande:  “Porque los niños son más difíciles de controlar en cuestiones de limpieza, y podrían llevar el virus más rápido a sus casa y así a toda la ciudad”. Y cuando termina esta frase, baja un poco la mirada y completa: “extraño a mis amigos, y ver la calle, y poder caminar rápido, o correr y no tener mi cara tapada. Siento que me ahogo…”.

Y es que tras la indicación del gobierno estatal de suspender las clases temporalmente, sobrevino una rápida e improvisada implantación de modelo educativo para todos los niveles, que constaría de salones virtuales; en plataformas varias, los profesores y alumnos intentarían retomar aquello en lo que se quedaron en los ciclos escolares tradicionales. Para este problema que requería de solución más que solo temporal, se ajustaron los programas académicos, se capacitó a los maestros, se flexibilizaron los materiales, se modificaron 360 grados las formas de enseñar y aprender. Se ha hecho lo que se ha podido, se han visto voluntades y vocaciones genuinas, pero también inútiles. Nos hemos destapado en todas y cada una de nuestras miserias como país y población, y ha quedado evidenciado el enorme hueco de nuestro sistema educativo y cómo éste no es ni igual, ni suficiente para todos.

Si bien las generaciones actuales tendrán un rezago académico importante, hay un tema todavía más delicado del que no hemos podido ocuparnos ni subrayar en rojo por lo impactante de la situación de salud y desempleo: el desarrollo psicosocial y emocional de los niños.

La estructura que hoy nos forma a los adultos, se compone de una larga cadena de acontecimientos intelectuales, sociales y biológicos que en conjunto dispusieron forma y fondo de nuestro carácter y manera de ser. Nos formamos con la suma de maestros, reglas, normas, recursos y directrices que fueron tomados por nosotros al menos los primeros años de nuestras vidas. Hasta que de manera adulta pudimos elegir a voluntad nuestros criterios y deseos, que dieran dirección a nuestras vidas.

Independientemente de la clase social, económica, cultural, la etnia o religión, la mayoría de nosotros contó con la posibilidad de aprender según la etapa de la vida que estuviésemos cruzando; en el piso gateando, tocando y probando, imitando sonidos, desprendiéndonos del super yo, y desarrollando nuestros talentos a prueba y error. Y a nuestros 7 u 8 años, como se puede constatar en la teoría del desarrollo y evolución psicosensorial del niño, en contacto con el mundo y los demás.

Es fundamental en esta etapa del desarrollo, la posibilidad de socializar, agrandar la conciencia del entorno y los límites espaciales e impacto en las acciones o actividades de otros que se relacionan conmigo. Así se aprende, así se evoluciona en la etapa cognitiva de los individuos de entre 6 y 9 años, la tercera etapa de la niñez, y casi antesala de la adolescencia. Es a través de la actividad física, dinámica, social, emocional y de conjunto, que se desarrollan las habilidades necesarias para poder vivir después en sociedad con adecuada conciencia y responsabilidad sobre la interconectividad de los seres humanos y los grupos sociales. En contacto con las cosas, recorriendo espacios, filtrando imágenes y experiencias sensoriales se confirman muchos de los conceptos aprendidos en la primera infancia y se les da el valor de componentes ineludibles del mundo que nos rodea y el cual habitamos e impactamos.

Un mundo que Milagros, en 80 metros cuadrados, no alcanza a absorber y dimensionar del todo. Como aquél que nada por primera vez en el mar y, al no tocar el fondo, se impacta de lo profundo y grande que es ese otro reino, que en hojas de papel solo abarca hasta las orillas.

Milagros no sabe qué le falta. Venía viviendo una vida normal, en tiempo y forma pudiéramos aventurarnos a afirmar que era una vida adecuada a su edad. Con estímulos y contención adecuada. Su desarrollo era completo y feliz. Hoy no es falta de cariño, o ganas, ni tampoco las de por sí desafiantes modernidades del milenio y los atajos en los procesos tecnológicos, lo que hacen que su crecimiento esté en pausa, semi aplastado entre paredes. Es una realidad, como las ha habido en otros siglos y momentos, que escapa del control de absolutamente todos. Que nos obliga a redirigir nuestros pasos y adaptar las conductas. Es un momento en el que se resuelven las supervivencias por encima de las urgencias, y donde hay recursos limitados en muchas áreas de la vida. Se hace lo mejor que se puede.

También tendrá que venir la resignificación del crecimiento, de la socialización sana y digna, de la infancia feliz y los adultos capaces de cuidar de sí, de los otros y de un planeta que por el momento no pueden salir a conocer ni a admirar.

*Vania Coria Libenson es alumna del Taller de Periodismo y Literatura impartido en Trithemius por Mireya Espinosa.