Mara Espinosa

¿Por qué no inventan un señor al que no se le tenga que explicar una y cien veces cuál es la marca de frijoles que siempre compramos? Uno al que decidir entre tres o cuatro marcas de atunes no implique toda una retórica sobre por qué no todos son iguales.

Nunca hubiera imaginado que El asunto de ir a la tienda y surtir la despensa pudiera ser objeto de sesudas reflexiones hasta que llegó la bendita edad en que esta actividad se puede hacer juntos porque no hay otra cosa en que se pueda uno entretener en tiempos del coronavirus… Pero poco duró el gusto.

Con el incremento de riesgo sanitario para los adultos mayores hubo que reducir la afluencia de compradores en los supermercados y fue así como el gozo se fue al pozo. Ni siquiera lo pensamos. De buenas a primera el caballero asumió su tarea proteccionista y de proveedor. Yo voy a traer la despensa. Craso error.

El primer intento fue sin lista, asumiendo que sabría qué traer ya que tantas veces habíamos ido juntos. Pues no.  El menú de huevos, salsas y manzanas no era lo que se puede decir una despensa, así que se cambió de estrategia: “Hazme una lista”. ¡Buena idea!.. pero no funcionó, había que explicar qué marca específicamente debía comprar porque “luego dices que no te gusta”. No hubo más remedio que tomar el toro por los cuernos.

¿Acaso surtir la despensa es asunto de mujeres? Nosotras sabemos lo que necesitamos sin tener que recurrir a una lista; solo con recorrer los pasillos va una haciendo mentalmente los menús y tomando lo que se necesita o ya trae en mente qué cosas le hacen falta, de qué marca las compra y, además, en qué pasillo está. Dato importante sobre todo ahora que debes minimizar el tiempo en los espacios con riesgo de contagio. 

Ahora decimos algo así como ir de compras a.c y d.c (antes del coronavirus y después del coronavirus) y después de estar tanto tiempo saliendo solo a lo necesario, la ida a la tienda, sin importar lo tedioso y el riesgo, es como el gusto de una salida al cine o un paseo.

Se asume la tarea con resignada calma. Llegar a la puerta, limpiar los zapatos, permitir que chequen la temperatura, limpiar las manos con gel y dejar que saneen el carrito (o al menos hacernos la ilusión de que se corre menos riesgo de pillar el virus).

 El recorrido empieza por los perecederos. Revisar los cajones a ojo y escoger lo más rápido posible las verduras y las frutas que consideramos están buenas antes que alguien olvide la sana distancia y casi se suba sobre uno para alcanzar las mismas cosas. Huir rápidamente a un espacio menos congestionado o dar vuelta en otro pasillo tomando otras cosas que no se pensaba comprar, pero si ya estamos ahí, pues de una vez: los nopales, las manzanas, los plátanos, pepinos, calabacitas van cayendo al carrito, envueltas en una orgía de bolsas plásticas, sí, de esas que apenas empezábamos a eliminar en un intento de ayudar a reducir la contaminación y que ahora aparecieron de nuevo… 

En el espacio de las lechugas, una mujer toca cada pieza, la toma le da vuelta y la regresa de nuevo. Me voy sin lechuga. Hay que mantener la calma y tomar decisiones. Esta vez no se deambula por los pasillos mirando, comparando marcas o precios, se llega, se elige lo más conocido y punto. Solo lo necesario —digo— porque ya vi que los precios han subido.  Ahora no solo hay que cuidarnos del coronavirus dichoso, también de los comerciantes voraces.

Por fortuna ya no hay que preocuparse por el desabasto como ocurrió al inicio de la pandemia y las compras de pánico, al menos no en este lugar donde se ha priorizado la actividad comercial para mantener la economía a flote y los empleos de mucha gente. Se agradece de cualquier forma, aunque es sabido que muchas familias están viviendo tiempos muy difíciles para proveerse. 

Con este pensamiento tomo nota de que llevo las cosas que necesito y me encamino a las cajas. Última parte de la aventura, aunque no la menos riesgosa.  Hay que mantener la sana distancia y esperar pacientemente.

No hay paqueteros. Muchas cosas han cambiado, tenemos que descargar el carro, vigilar lo que nos marcan, pagar, acomodar de nuevo las cosas en el carrito… ¡sí que nos habíamos mal acostumbrado! Todavía no salgo de la tienda y ya voy pensando en la tarea que me espera al llegar a casa: lavar cada cosa, limpiar cada empaque…Todo porque surtir la despensa está en chino para el compañero.

*Este texto surge como parte del taller de Literatura y Periodismo de Trithemius Talleres Literarios, que es impartido por Mireya Espinosa, quien enseña a las alumnas que hay mucho de la vida cotidiana, y más en estos tiempos, que espera convertirse en una buena historia.

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