Compras pandémicas

Magdalena Dueñas

Inimaginable hace solamente un año el panorama que las cifras de hoy (8 de noviembre de 2020), arrojan sobre los casos de personas contagiadas del virus del siglo, Covid-19: según la Organización Mundial de la Salud han sido confirmados 49 millones 578 mil 590, incluyendo un millón 245 mil 717 defunciones, y actualmente existen rebrotes en países que aparentemente habían pasado ya por el periodo de mayor contagio.

En México, los reportes oficiales indican 972 mil 785 casos acumulados y 95 mil 225 fallecidos, lo cual nos coloca entre uno de los primeros lugares en índice de mortalidad. Un campeonato en el que no hubiésemos querido participar.

La pandemia nos ha traído un cambio en la forma de vida que ni en el género fantástico habríamos imaginado, pues la malignidad del microscópico bicho ha obligado a los habitantes del mundo entero a adoptar medidas que afectan casi la totalidad de las actividades que normalmente llevamos a cabo, desde las esenciales como el trabajo, la movilidad, el cuidado de la salud, la educación, la convivencia social y la recreación, hasta las más simples como el aseo personal y del hogar.

Cuando en marzo nuestro país registró los primeros casos y las autoridades de salud determinaron el paro de actividades laborales acompañado de las medidas sanitarias, en la mayoría de los hogares se presentó una mezcla de asombro e incredulidad.

Aún no llegaba de cerca la realidad, de tal suerte que parecía hasta novedoso el tener que prevenirse, y la idea generalizada apuntaba a que sería un periodo corto, a lo más uno o dos meses en los que habría contagios, casos graves sobre todo en población con factores de riesgo, pero no llegaría a mayores si se cumplía con las indicaciones.

Así pues, las amas de casa pusieron manos a la obra adquiriendo cloro, desinfectantes, guantes y todo aquello que pudieran conseguir en esos primeros días para defender a la familia. Ahí empezó el Vía Crucis. Todas pensaron lo mismo, propiciando una escasez de los artículos más elementales como alcohol, toallas desinfectantes etc. Para colmo, las restricciones para acudir a los supermercados, la imposibilidad de muchos para salir por su edad o por padecer alguna enfermedad, y la indicación de no visitarse en los hogares, agudizó la situación.

Las casas empezaron a oler a desinfectante, hubo quienes llevaron el asunto a niveles de compulsión y por supuesto, también los que no creían que fuera para tanto y trataron de seguir con su vida, pero los días pasaron, los contagiados se multiplicaron, las lamentables defunciones se anunciaban diariamente, y las medidas parecían insuficientes.

Así llegó noviembre. Para una gran parte de la población, ocho meses sin poder asistir a trabajar en forma presencial, o a la escuela. Ocho meses sin convivir con la familia, los amigos, sin paseos para disfrutar de la naturaleza, sin vacaciones.

Para algunos, la inmensa tristeza de no poder estar con sus seres queridos en sus últimos momentos, o no poder acompañar a los que los perdieron en el funeral.

La vida en los hogares ha cambiado, en algunos para bien, propiciando el acercamiento entre padres e hijos al tener que apoyar a los más pequeños en su aprendizaje en línea, fomentando la cooperación en las tareas domésticas, comiendo en familia.

En otros, los problemas ya existentes se han exacerbado: la violencia, el alcoholismo, el abuso emocional. Ahí el virus es más letal.

Sin embargo, hay aspectos de la vida en común que son elementales, sin importar la buena o mala relación entre los miembros de la familia, o el nivel socioeconómico. Como la necesidad de contar con productos para elaborar la comida, para limpiar la casa, o artículos de higiene personal. Eso tan simple, que anteriormente no requería otra cosa que planear el día para la compra, hoy en día también se ha visto trastocado por las disposiciones sanitarias: Para empezar, hay que utilizar un cubrebocas si se pretende visitar el supermercado, el tianguis o la tiendita de la esquina, y se acabaron las compras en compañía pues hay que ir de uno en uno, guardando la sana distancia aunque esto implique hacer fila al rayo del sol para entrar. Después, hay que pasar por la estación de higiene, al estilo de cada establecimiento, donde un aburrido personaje vestido con bata quirúrgica, careta y cubre bocas, toma la temperatura a los clientes en la muñeca (lo cual al parecer no es confiable, además de que los encargados de semejante tarea ya ni ven lo que marca el termómetro) obsequiando un disparo de gel antibacterial. Aquí es pertinente anotar que, si por casualidad las compras requieren acudir a varios establecimientos, no hay que olvidar adquirir una buena crema que repare las grietas de las multi- desinfectadas manos.

Tampoco se pueden manipular los productos, ni olerlos, ni probarlos como era costumbre.

En primer lugar, porque pueden estar recubiertos de virus, y en segundo lugar porque se está usando el cubre- bocas, artículo que se ha convertido en parte del atuendo a pesar de su controvertida utilidad para evitar el contagio.

Una vez librado el asunto de la selección, habrá que pasar al pago de las compras.

Nuevamente un chorro de gel antibacterial y, dependiendo del establecimiento, hacer una rápida evaluación mental para decidir si pagar con tarjeta de crédito, que podría contaminarse al cambiar de manos, o con dinero en efectivo. Si no se tiene la cantidad exacta, el cambio puede ser una peor opción, pues al ponerlo en la cartera, su dudosa higiene representará una nueva preocupación.

Al llegar a casa, el protocolo sanitario entra nuevamente en acción, desinfectando los zapatos en el tapete bañado en cloro que se tuvo que adquirir desde el inicio de la epidemia, o cambiando de zapatos en la puerta por unos que ya solamente se usan dentro. Al menos los japoneses no encuentran en este punto dificultad para aplicarlo.

El proceso continúa, hay que desinfectar las bolsas de la compra y después, artículo por artículo recibirá un masaje alcoholizado para poder formar parte de la despensa. Los artículos perecederos como frutas y verduras se lavan con agua y jabón antes de otorgarles la residencia, y solo entonces, después de lavarse nuevamente las manos, se puede pensar que no hay peligro.

Ahora que si usted es una persona mayor, o tiene alguna enfermedad que la ponga en riesgo, probablemente su familia no le permitirá poner un pie en la calle. En el mejor de los casos algún miembro del clan hará las compras, y no hay modo de pedir que los aguacates estén en diferente grado de madurez para irlos usando a lo largo de la semana, o qué las toronjas sean rositas y de cáscara delgada. Esas manías hay que guardarlas en el baúl de los recuerdos y adaptarse a la “nueva normalidad”.

También existe el recurso de pedir las cosas en línea. La tecnología resuelve todo. Pero si la presentación no es la solicitada, o la fecha de caducidad está próxima, o los jitomates están demasiado maduros y la piña verde, haga un ejercicio de resignación y continúe viviendo, al menos hasta que la ansiada vacuna llegue, lo cual hasta el momento es incierto, pero al menos es una esperanza para la humanidad.

En tanto, las peripecias para abastecer la despensa son lo de menos si los últimos ocho meses se ha conservado la salud, el techo y el ingreso familiar.

*Este texto surge dentro del marco de la clase de Literatura y Periodismo, impartido por Mireya Espinosa.

Cuando surtir la despensa está en chino

Mara Espinosa

¿Por qué no inventan un señor al que no se le tenga que explicar una y cien veces cuál es la marca de frijoles que siempre compramos? Uno al que decidir entre tres o cuatro marcas de atunes no implique toda una retórica sobre por qué no todos son iguales.

Nunca hubiera imaginado que El asunto de ir a la tienda y surtir la despensa pudiera ser objeto de sesudas reflexiones hasta que llegó la bendita edad en que esta actividad se puede hacer juntos porque no hay otra cosa en que se pueda uno entretener en tiempos del coronavirus… Pero poco duró el gusto.

Con el incremento de riesgo sanitario para los adultos mayores hubo que reducir la afluencia de compradores en los supermercados y fue así como el gozo se fue al pozo. Ni siquiera lo pensamos. De buenas a primera el caballero asumió su tarea proteccionista y de proveedor. Yo voy a traer la despensa. Craso error.

El primer intento fue sin lista, asumiendo que sabría qué traer ya que tantas veces habíamos ido juntos. Pues no.  El menú de huevos, salsas y manzanas no era lo que se puede decir una despensa, así que se cambió de estrategia: “Hazme una lista”. ¡Buena idea!.. pero no funcionó, había que explicar qué marca específicamente debía comprar porque “luego dices que no te gusta”. No hubo más remedio que tomar el toro por los cuernos.

¿Acaso surtir la despensa es asunto de mujeres? Nosotras sabemos lo que necesitamos sin tener que recurrir a una lista; solo con recorrer los pasillos va una haciendo mentalmente los menús y tomando lo que se necesita o ya trae en mente qué cosas le hacen falta, de qué marca las compra y, además, en qué pasillo está. Dato importante sobre todo ahora que debes minimizar el tiempo en los espacios con riesgo de contagio. 

Ahora decimos algo así como ir de compras a.c y d.c (antes del coronavirus y después del coronavirus) y después de estar tanto tiempo saliendo solo a lo necesario, la ida a la tienda, sin importar lo tedioso y el riesgo, es como el gusto de una salida al cine o un paseo.

Se asume la tarea con resignada calma. Llegar a la puerta, limpiar los zapatos, permitir que chequen la temperatura, limpiar las manos con gel y dejar que saneen el carrito (o al menos hacernos la ilusión de que se corre menos riesgo de pillar el virus).

 El recorrido empieza por los perecederos. Revisar los cajones a ojo y escoger lo más rápido posible las verduras y las frutas que consideramos están buenas antes que alguien olvide la sana distancia y casi se suba sobre uno para alcanzar las mismas cosas. Huir rápidamente a un espacio menos congestionado o dar vuelta en otro pasillo tomando otras cosas que no se pensaba comprar, pero si ya estamos ahí, pues de una vez: los nopales, las manzanas, los plátanos, pepinos, calabacitas van cayendo al carrito, envueltas en una orgía de bolsas plásticas, sí, de esas que apenas empezábamos a eliminar en un intento de ayudar a reducir la contaminación y que ahora aparecieron de nuevo… 

En el espacio de las lechugas, una mujer toca cada pieza, la toma le da vuelta y la regresa de nuevo. Me voy sin lechuga. Hay que mantener la calma y tomar decisiones. Esta vez no se deambula por los pasillos mirando, comparando marcas o precios, se llega, se elige lo más conocido y punto. Solo lo necesario —digo— porque ya vi que los precios han subido.  Ahora no solo hay que cuidarnos del coronavirus dichoso, también de los comerciantes voraces.

Por fortuna ya no hay que preocuparse por el desabasto como ocurrió al inicio de la pandemia y las compras de pánico, al menos no en este lugar donde se ha priorizado la actividad comercial para mantener la economía a flote y los empleos de mucha gente. Se agradece de cualquier forma, aunque es sabido que muchas familias están viviendo tiempos muy difíciles para proveerse. 

Con este pensamiento tomo nota de que llevo las cosas que necesito y me encamino a las cajas. Última parte de la aventura, aunque no la menos riesgosa.  Hay que mantener la sana distancia y esperar pacientemente.

No hay paqueteros. Muchas cosas han cambiado, tenemos que descargar el carro, vigilar lo que nos marcan, pagar, acomodar de nuevo las cosas en el carrito… ¡sí que nos habíamos mal acostumbrado! Todavía no salgo de la tienda y ya voy pensando en la tarea que me espera al llegar a casa: lavar cada cosa, limpiar cada empaque…Todo porque surtir la despensa está en chino para el compañero.

*Este texto surge como parte del taller de Literatura y Periodismo de Trithemius Talleres Literarios, que es impartido por Mireya Espinosa, quien enseña a las alumnas que hay mucho de la vida cotidiana, y más en estos tiempos, que espera convertirse en una buena historia.

Memorias de una pandemia: la nueva actividad extrema

Entre pandemia y botón rojo, surtir la despensa es una práctica de alto riesgo: no toques, no huelas, es peligroso; no compares, invertirás más tiempo y estarás más expuesta.

Las escenas de la nueva normalidad en mercados y tiendas de autoservicio pasan por la mirada aguda, la escritura entrenada y la ironía de alumnas del taller de Periodismo y Literatura.

Escriben de cómo salir a las compras de la canasta básica, algo tan cotidiano, tradicionalmente libre, sin restricciones ni horarios, y casi, casi, paseo familiar de fin de semana o quincena, es ahora una práctica un tanto reglamentada: una sola persona, no adultos mayores, sin aglomeraciones…

Sus crónicas son el testimonio del tiempo que les está tocando vivir. Escriben porque hay que contarle a los que vienen.

El dolor de no tocar, oler, escoger y comparar

Por Vania Coria Libenson

A muy corta edad supe que no siempre hay comida en la mesa. Que las raciones se hacen grandes o chicas según el día del mes. Que es diferente lo que comes en el recreo en comparación con lo que comen los que se sientan al lado de ti. A veces más, a veces menos. Y de manera inconsciente vas entendiendo el mundo a través de cantidades de salchicha, galletas de marca, termos con agua o jugos preempacados y dinero para un extra en la cooperativa escolar.

Todos deberían poder comer igual. Todos deberían poder elegir y paladear. Y quizá por eso una gran rebanada de mí ser lo he dedicado a la comida. A preparar. A jugar con los sabores y retarme a ver en los rostros aquella inequívoca señal de placer y saciedad. Una mano que alimenta delicioso, tiene un poder celestial. O así me siento yo al menos cuando lo hago.

Y existe un momento sublime, antes de poder iniciar la magia al cocinar: las compras.

Tenía quizá poco más de 4 años, cuando visité por primera vez el Mercado de Abastos de la mano de mi madre. Un mundo terroso de olores magistrales y colores vivos. Pequeñas islas divididas por fierros mugrosos te ofrecían frutas de nombre desconocido, pero exquisitas. Grandes ruedas de quesos añejos al alcance de mis deditos, y un señor subido de peso que al verme cortaba una rebanada y me la entregaba orgulloso en un plástico circular. Al lado de Lety, nuestra distribuidora de fruta del pequeño restaurante que mi mamá tuvo durante mi infancia, está probablemente el local más pequeño de todos, donde vendían jugos y licuados. El de chocolate era siempre mi elección. Nunca entendí cómo se hacía tan espumoso en ese aparato verde metálico que sostenía un vaso de acero y cuyas aspas chillaban como un tren quejumbroso a todo vapor. Convenía pedirlo en vaso, para que te rellenaran con lo que había quedado en el aparato y no se merecía desperdiciar.

Pollos, cabras, reces, cerdo, pescados y mariscos muy muertos, colgados boca abajo, que lejos estaban de ser grotescos, si los veías en su potencial. El aroma a cilantro fresco, a naranja dulce, el menudo de Doña Chela al final de la pesquisa como premio por haber sabido esperar. Sabores, texturas, formas y tamaños todos. Todos están ahí.

Los años pasarían y caminar a empujones entre los pasillos me era natural. Ropa cómoda, dinero en la bolsa del pantalón delantera, y mi amigo Toño que cuidaba en su local mis bolsas de asa roja y cuadrícula de plástico, para no cargar y poder comprar y comprar. Caras que se hicieron familia. El pedacito de queso que se me entregaba con la misma calidad tersa y cremosa que la leche entera da, ahora me lo entregaba el hijo de aquel señor que murió de pronto, pero el queso se quedó. La manzana limpiada en un mandil de flores ofrecida a mí en una mezcla de camaradería y apapacho al corazón. El escuchar ¿cómo esta mi amiguita, hoy te tocó a ti? ¿Qué vas a llevar? Seguido de nombres que me eran tan familiares como decir agua; un kilo de diezmillo, espalda sin limpiar, costillar, entrecot fresco que lo voy a hornear, bonillo, picaña, bogavante y nata de montar… Nuestro lenguaje delicioso. MI propio mundo seguro. El viaje al país de las maravillas.

Los niños suelen recordar tardes con los primos, las idas al campo, correr en la tierra o salir a acampar. Yo recuerdo las grandes bodegas de semillas, las tiendas de dulces, los pisos negros bordeados por los colores más vivos y sabores más extraordinarios que la madre tierra da. Mis mejores salidas, mis momentos más dichosos, eran salir a comprar los ingredientes para cocinar.

Al morir mi madre creí que ese placer extremo acabaría. Su recuerdo, las preguntas por ella, su ausencia en la silla del menudo a mi lado, y su manera de hacerse notar y querer por todos me hicieron un hueco en el estómago que de vez en cuando me cura el omeprazol pasado con el mismo licuado. Pero el gozo, el éxtasis, la libertad de mi olfato y al carrusel de alta velocidad de mi imaginación sobre qué podría cocinar, sobrevivieron a mi gran perdida y se quedaron conmigo. Año con año, mes a mes, temporada a temporada, mi vida avanzó al compás de las familias que atienden el Mercado de Abastos. Mi adolescencia, mi adultez prematura, mis enfermedades se acompañaron de la mano de productos de importación, de nuevos cereales, de verduras orgánicas, de cortes magros y el mismo menudo. Sentirme en casa es hacer el mandado en la central.

Mi pasión se trasladó a las grandes cadenas de super mercados. Sentir la misma fascinación en los pasillos con altos anaqueles y empaques con etiquetas que siempre he sabido revisar. Enseñe desde pequeños a mis hijos a amar la posibilidad de ir a llenar el carrito e imaginar y soñar. Ninguna sensación ha sido jamás tan placentera como cerrar la cajuela, manejar a casa, bajar las compras, y ver el refrigerador y la despensa a reventar. Te hace sentir que todo está bien. Que todo estará bien.

La cocina se me convirtió en arte a muy corta edad. Jugando en el piso del restaurante de la familia con un anafre en miniatura con carbón encendido real y cacerolas de barro de juguete que insistí me compraran en el tianguis. Las cocineras las llenaban de la comida que vendíamos, y yo me sentía realizada. Fui una y mil veces por aceite, sal de grano, enormes cantidades de carne, semillas, vegetales… Nunca fui más feliz, nunca me sentí más segura.

Y así, de golpe, como cuando te dicen “ya no te amo” y se van, así duele hoy no poder salir a comprar. Tocar, oler, escoger o comparar, es un riesgo y una falta a la nueva normalidad. Esos pasillos estrechos donde todos somos iguales, hoy son un riesgo por la proximidad. Vaya osadía, creernos iguales sin importar la clase social, ya es visto como una cercanía potencialmente mortal.

Me pusieron horarios. Restringieron los días. Debemos usar cubre bocas, pasar un arco de desinfección, la gente se aleja de ti en automático, te miran con desconfianza, una desconfianza jamás vivida en mis más de 35 años asistiendo cada domingo sin excepción. El tiempo de permanencia es breve. Haces fila si se satura el flujo de visitantes. ¿Desayunar ahí? Meses estuvo prohibido, hoy de nuevo cancelaron la participación de los locales de comida como prioridad.

No puedes detenerte, ni tocar y regresar. Ese mundo fantástico dónde el espíritu creativo se recargaba, está actualmente en demolición.

Hoy pienso en ir por la despensa, cubierta de pies a cabeza y de prisa, como algo parecido al cavernícola que va de caza con miedo a ser devorado en lugar de recolectar. Qué valiente aquél que levanta la mano, un poco presa del encierro, pero de estómago fuerte para ir al supermercado. Las compras de pánico son un reflejo desesperado por tener lo que se necesita para vivir. Porque queremos vivir. Porque tememos lo que la pandemia traiga a cuestas con el resultado de los que aún creen que es una teoría conspirativa.

No me juzguen, lo entiendo, y no corro riesgos ni quiero que los demás los corran por mi obsesión. La supervivencia se jacta de extrema, así que una manzana hoy deberá pasar por cloro y detergente antes de poderla siquiera meter a mi refrigerador.

No puedo olfatear las especias ni platicar recetas antiguas con la esposa del carnicero que me vio crecer. Hoy es solo un trámite veloz, como artículo de primera necesidad y establecimiento prioridad 1, para el permiso de seguir operando. Después de todo, se come para vivir.

Es tal el riesgo y el miedo, que dejé de ir. Mando un mensaje a un astuto joven que te hace las compras en Abastos y me las deja en la puerta del jardín, sobre una mesa dispuesta con litros de cloro, jabón, agua y todo un protocolo de seguridad. Las tiendas en línea, a su vez, te facilitan hacer tus pedidos en aplicaciones con coloridos dibujos de frutillas y un simpático carrito de compras que va dibujando el número de artículos que has escogido. Puedes agendar tu entrega ese mismo día, con horarios escalonados y llamadas antes para confirmar si hay sustitutos en caso de que hayan faltantes de lo que pediste en la lista inicial. Es más, no hay que ir ni a la tienda. Aplicaciones como Cornershop, Rappi, Uber Eats o un Rappi Favor, te llevan en menos de 30 minutos las cositas que te faltaron en el pedido grande semanal.

Hay formas de reducir el contagio y la exposición al riesgo, sí. Hay mecanismos que cada día funcionan mejor y conforman la nueva realidad. No hay fecha para el regreso a clases, para la apertura de toda categoría de comercios, y durante dos fines de semana, debido al botón rojo que implementó el gobierno, los supermercados ni abren.

Una mezcla de virus impredecible y ciudadanos desafiantes de la autoridad han hecho esto más largo y más caótico. No hay lugar seguro, no hay país de las maravillas, no hay momentos de recreación ni gastronómica ni lúdica ni espiritual. Estamos confinados hasta que algo o alguien pase y regrese el tiempo a donde se podía salir a respirar. Habremos de convertirnos en seres resilientes y rogamos por la supervivencia nuestra y de nuestros seres amados. Hacer las compras es hoy una de varias actividades extremas que solían ser de lo más normal. Esperemos que la inteligencia y hambre de una buena vida nos permitan pronto, volver a ver de cerca, tocar, olfatear y paladear.

Este texto es producto del taller de Literatura y Periodismo que imparte en Trithemius Talleres Literarios la maestra Mireya Espinosa, periodista con amplia trayectoria en el tema.

La necesidad ¿o necedad? de los héroes

María Elena Espinosa M.*

Durante toda la historia de la humanidad han existido héroes, personajes que han roto con lo establecido y cambiado las formas. Por milenios, los seres humanos han admirado a estos y han intentado incluso apropiarse de su esencia de sus poderes. Robert Graves en “La Diosa Blanca” relata cómo en las leyendas antiguas aparece la figura de un Hércules, un rey sagrado pastoral cuyos poderes tienen que ver con los ciclos de las estaciones, la lluvia, los alimentos originados en la naturaleza, etc.

Graves dice que: “En el solsticio de verano y luego de un reinado de medio año, se le emborracha con hidromiel y conduce al centro de un círculo de doce piedras…alrededor de un roble y frente a las cuales hay un altar de piedra…” ahí tiene lugar un ritual en el que aquel héroe es sacrificado, su sangre es recogida y usada para rociar a todos los miembros de la tribu y hacerlos vigorosos y fecundos. Partes del cuerpo son consumidas por los 12 sacerdotes que participan en la ceremonia.

 La ingestión de los restos de este Hércules tiene qué ver con la sucesión. El siguiente Hércules reinará durante la segunda mitad del año y a éste lo sucederá el Hércules del Año Nuevo. Es evidente que el mito enuncia la sucesión de las estaciones del año; sin embargo, la idea del héroe y la intención de apropiarse de su fuerza subyacen en el imaginario colectivo.

Actualmente no tenemos que realizar estas prácticas, pero, sin duda, en alguna etapa de nuestra existencia podemos anhelar apropiarnos de las características o las fortalezas de nuestros héroes con el deseo de corregir lo que a nuestro juicio es corregible o para instaurar, como en el tiempo de los Hércules, las condiciones para que la vida continúe de la mejor manera, para que el ciclo no se trunque o el camino no se pierda entre los obstáculos.

Probablemente si hurgamos en la Psicología encontremos referencias a esto en nuestro desarrollo, pero si hemos vivido lo suficiente podemos dar cuenta de que en alguna parte de nuestra existencia hemos anhelado ser como algún personaje, cercano o lejano, real o ficticio. Pienso que los primeros héroes son nuestros padres, tratamos de imitarlos, nos ponemos su ropa, sus zapatos en un intento de parecernos a ellos o, en otras ocasiones, se convierten en el modelo negativo que nos induce a decir: “yo no quiero ser como él o ella” y, entonces, en nuestra vida hay un hito y decidimos convertirnos en el que rompe con lo establecido, la oveja negra que se sale del rebaño.

Romper lo establecido significa desatar una revolución, palabra que según el diccionario de la RAE significa entre otras cosas:

1.- Acción y efecto de revolver o revolverse.

2.-Cambio rápido y profundo en cualquier cosa.

La primera revolución ocurre dentro de uno mismo. Cambios profundos se gestan a medida que vamos cruzando los diferentes estadios de nuestro desarrollo. Por lo general no los percibimos, pero suceden continuamente. Piaget diría que vamos “acomodando” nuestras estructuras.

Algunos nunca dejamos de romper con lo establecido. ¿Espíritus de contradicción? ¿Inconformes? Puede ser, según los ojos que juzguen, pero el inconforme siempre tendrá una justificación que lo mueve.

Precisamente estamos atravesando un ciclo de convulsión. Solo es menester echar una mirada a los actos que a diario se suceden en todo el mundo y encontraremos una o más formas en que los seres humanos manifiestan deseos de cambio, necesidad de romper las estructuras actuales con la consabida respuesta de aquellos que desean seguir en la comodidad y placidez de lo establecido.

En nuestro país celebramos un aniversario más de la Revolución que marcó un hito. Al recordar a tantos hombres y mujeres que participaron en ella durante un largo periodo del cual, al parecer, no se tiene una fecha exacta que pueda establecer cuándo terminó, la pregunta es ¿y yo qué he hecho por este país?

Esta pregunta sale del ámbito exclusivamente personal porque involucra la participación como parte de una sociedad, pero al mismo tiempo tiene que ver con ese impulso latente al cual me referí líneas arriba.

Somos seres sociales, obedecemos reglas de convivencia que nos permiten transitar dentro de esta sociedad, sin embargo, eso no quiere decir que todos obedecemos a ciegas o seguimos perpetuando lo que es erróneo, lo que ya no funciona.

Podemos incidir de muchas maneras en nuestra sociedad, ni siquiera es necesario ir tan lejos.  Desde el humilde sitio como habitante de cierto lugar podemos hacer las cosas necesarias para provocar los cambios que se requieren para una mejor convivencia, desde ahí ya estamos revolucionando algo. También lo podemos hacer como profesionistas, sobre todo cuando se tiene un trabajo que incide en otros seres humanos.

A veces se puede ser revolucionario sin llegar a violentar el estado de cosas, mediante el razonamiento, el convencimiento, el ejemplo. Por desgracia sabemos que no siempre ocurre así.  La mayoría de las veces hay una férrea resistencia al cambio sobre todo cuando se afectan intereses creados.

Uno puede ser inconforme nato, otras veces oveja del rebaño. La elección es nuestra porque saltar las normas no es tan fácil, pero tampoco es imposible. Las primeras batallas son las individuales. Ganarse a pulso la identidad, el ser, aunque eso involucre romper con los que amas. Asumir los errores y ganarse el respeto de uno mismo y ya estamos en dos pies, firmes para esgrimir la espada y lanzarnos al mundo.

¿Ser un sujeto de cambio está en los genes? ¿Por qué no conformarse con lo que nos tocó vivir? Hay un gusanito que horada la conciencia y nos dice al oído: ¡Dilo!  Y ahí vas a enfrentarte con tus padres, con tus maestros, con tus compañeros, con tus líderes o tus gobernantes para hacer un cambio.

¿Qué nos anima? ¿Para qué preocuparse por lo que no te atañe? dice en la otra oreja el diablillo malévolo del conformismo. Pero ahí estás exigiendo un cambio, respeto a tus derechos, iniciando un movimiento para beneficio de tus vecinos, de tus compañeros, de tus alumnos. Al final de cuentas siembras para los que vienen detrás, para las generaciones que, sin darnos cuenta, ya están aquí y luchan sus propias batallas, inician sus propias revoluciones.  Entonces dices: ¡así era yo! y hay un brillo en los ojos, el reflejo de aquella llama que se apagara contigo cuando cruces el umbral de tu existencia.

*María Elena Espinosa M. Es alumna del taller de Periodismo y Literatura.

El ser-dentro

José Aguilera

“El escritor reconoce la literatura como un destino”, a ella debe llegar irremediablemente, sus caminos son todos los caminos y todas las palabras; le sirve y se sirve de ella, camina por sus significados y sus signos. Las palabras le van dando vida hasta colmarlo, y de ese estado de plenitud brota, crea.

El interior lo nutre, lo aviva, le otorga movimiento, lo hace oscilar entre recuerdo e idea. Dentro de él se remueve la palabra y sus significados todos. Ahí se va gestando la obra como la vida, ya lo decía Artaud que la vida y la obra son la misma cosa. Para ser debe dejarse “Fluir en ríos metafísicos”, ser agua, dejar que las formas líquidas de los pensamientos y las ideas vayan dando cauce a su vida, hasta que el cuerpo ya no pueda contener nada, ser presa del desasosiego. Crear implica dejar de ser uno para ser todo.

El escritor debe habitar “La casa de los semejantes”, encontrarse en ella como en un espejo, saber que  existen coordenadas parecidas a las de él, vislumbrar paralelismos de ideas y emociones, reconocerse en los otros que habitan espacios similares. Debe saberse como un igual, ahí radica la unicidad, el ser único, en el descubrimiento de lo similar con el mundo.

El-ser-dentro es un movimiento perpetuo, uno debe ir constantemente al adentro, dejarse caer al fondo de sí mismo, buscar en el río de palabras y símbolos que corre en nuestro interior, ser río y fluir hacia esos abismos a veces irreconocibles, a veces intestinales, y salir de ahí siendo UNO.

En el-ser-dentro la vida se revuelve, se enloda, y de esa masa de idea y vida surge la palabra. La mirada del escritor ya no será la misma, ahora sabe cómo ver entre la espesura, sabe como caminar entre los pantanos de significados, ahora sabe cómo desenterrar la palabra de su pozo acuoso y dejarla fluir en el mundo, sabe que ha de servirle (a la palabra) porque es su destino irremediable.

Este texto surge de la clase en línea “La mística de la escritura”, como parte del taller de Fundamentos Literarios: