Compras pandémicas

Magdalena Dueñas

Inimaginable hace solamente un año el panorama que las cifras de hoy (8 de noviembre de 2020), arrojan sobre los casos de personas contagiadas del virus del siglo, Covid-19: según la Organización Mundial de la Salud han sido confirmados 49 millones 578 mil 590, incluyendo un millón 245 mil 717 defunciones, y actualmente existen rebrotes en países que aparentemente habían pasado ya por el periodo de mayor contagio.

En México, los reportes oficiales indican 972 mil 785 casos acumulados y 95 mil 225 fallecidos, lo cual nos coloca entre uno de los primeros lugares en índice de mortalidad. Un campeonato en el que no hubiésemos querido participar.

La pandemia nos ha traído un cambio en la forma de vida que ni en el género fantástico habríamos imaginado, pues la malignidad del microscópico bicho ha obligado a los habitantes del mundo entero a adoptar medidas que afectan casi la totalidad de las actividades que normalmente llevamos a cabo, desde las esenciales como el trabajo, la movilidad, el cuidado de la salud, la educación, la convivencia social y la recreación, hasta las más simples como el aseo personal y del hogar.

Cuando en marzo nuestro país registró los primeros casos y las autoridades de salud determinaron el paro de actividades laborales acompañado de las medidas sanitarias, en la mayoría de los hogares se presentó una mezcla de asombro e incredulidad.

Aún no llegaba de cerca la realidad, de tal suerte que parecía hasta novedoso el tener que prevenirse, y la idea generalizada apuntaba a que sería un periodo corto, a lo más uno o dos meses en los que habría contagios, casos graves sobre todo en población con factores de riesgo, pero no llegaría a mayores si se cumplía con las indicaciones.

Así pues, las amas de casa pusieron manos a la obra adquiriendo cloro, desinfectantes, guantes y todo aquello que pudieran conseguir en esos primeros días para defender a la familia. Ahí empezó el Vía Crucis. Todas pensaron lo mismo, propiciando una escasez de los artículos más elementales como alcohol, toallas desinfectantes etc. Para colmo, las restricciones para acudir a los supermercados, la imposibilidad de muchos para salir por su edad o por padecer alguna enfermedad, y la indicación de no visitarse en los hogares, agudizó la situación.

Las casas empezaron a oler a desinfectante, hubo quienes llevaron el asunto a niveles de compulsión y por supuesto, también los que no creían que fuera para tanto y trataron de seguir con su vida, pero los días pasaron, los contagiados se multiplicaron, las lamentables defunciones se anunciaban diariamente, y las medidas parecían insuficientes.

Así llegó noviembre. Para una gran parte de la población, ocho meses sin poder asistir a trabajar en forma presencial, o a la escuela. Ocho meses sin convivir con la familia, los amigos, sin paseos para disfrutar de la naturaleza, sin vacaciones.

Para algunos, la inmensa tristeza de no poder estar con sus seres queridos en sus últimos momentos, o no poder acompañar a los que los perdieron en el funeral.

La vida en los hogares ha cambiado, en algunos para bien, propiciando el acercamiento entre padres e hijos al tener que apoyar a los más pequeños en su aprendizaje en línea, fomentando la cooperación en las tareas domésticas, comiendo en familia.

En otros, los problemas ya existentes se han exacerbado: la violencia, el alcoholismo, el abuso emocional. Ahí el virus es más letal.

Sin embargo, hay aspectos de la vida en común que son elementales, sin importar la buena o mala relación entre los miembros de la familia, o el nivel socioeconómico. Como la necesidad de contar con productos para elaborar la comida, para limpiar la casa, o artículos de higiene personal. Eso tan simple, que anteriormente no requería otra cosa que planear el día para la compra, hoy en día también se ha visto trastocado por las disposiciones sanitarias: Para empezar, hay que utilizar un cubrebocas si se pretende visitar el supermercado, el tianguis o la tiendita de la esquina, y se acabaron las compras en compañía pues hay que ir de uno en uno, guardando la sana distancia aunque esto implique hacer fila al rayo del sol para entrar. Después, hay que pasar por la estación de higiene, al estilo de cada establecimiento, donde un aburrido personaje vestido con bata quirúrgica, careta y cubre bocas, toma la temperatura a los clientes en la muñeca (lo cual al parecer no es confiable, además de que los encargados de semejante tarea ya ni ven lo que marca el termómetro) obsequiando un disparo de gel antibacterial. Aquí es pertinente anotar que, si por casualidad las compras requieren acudir a varios establecimientos, no hay que olvidar adquirir una buena crema que repare las grietas de las multi- desinfectadas manos.

Tampoco se pueden manipular los productos, ni olerlos, ni probarlos como era costumbre.

En primer lugar, porque pueden estar recubiertos de virus, y en segundo lugar porque se está usando el cubre- bocas, artículo que se ha convertido en parte del atuendo a pesar de su controvertida utilidad para evitar el contagio.

Una vez librado el asunto de la selección, habrá que pasar al pago de las compras.

Nuevamente un chorro de gel antibacterial y, dependiendo del establecimiento, hacer una rápida evaluación mental para decidir si pagar con tarjeta de crédito, que podría contaminarse al cambiar de manos, o con dinero en efectivo. Si no se tiene la cantidad exacta, el cambio puede ser una peor opción, pues al ponerlo en la cartera, su dudosa higiene representará una nueva preocupación.

Al llegar a casa, el protocolo sanitario entra nuevamente en acción, desinfectando los zapatos en el tapete bañado en cloro que se tuvo que adquirir desde el inicio de la epidemia, o cambiando de zapatos en la puerta por unos que ya solamente se usan dentro. Al menos los japoneses no encuentran en este punto dificultad para aplicarlo.

El proceso continúa, hay que desinfectar las bolsas de la compra y después, artículo por artículo recibirá un masaje alcoholizado para poder formar parte de la despensa. Los artículos perecederos como frutas y verduras se lavan con agua y jabón antes de otorgarles la residencia, y solo entonces, después de lavarse nuevamente las manos, se puede pensar que no hay peligro.

Ahora que si usted es una persona mayor, o tiene alguna enfermedad que la ponga en riesgo, probablemente su familia no le permitirá poner un pie en la calle. En el mejor de los casos algún miembro del clan hará las compras, y no hay modo de pedir que los aguacates estén en diferente grado de madurez para irlos usando a lo largo de la semana, o qué las toronjas sean rositas y de cáscara delgada. Esas manías hay que guardarlas en el baúl de los recuerdos y adaptarse a la “nueva normalidad”.

También existe el recurso de pedir las cosas en línea. La tecnología resuelve todo. Pero si la presentación no es la solicitada, o la fecha de caducidad está próxima, o los jitomates están demasiado maduros y la piña verde, haga un ejercicio de resignación y continúe viviendo, al menos hasta que la ansiada vacuna llegue, lo cual hasta el momento es incierto, pero al menos es una esperanza para la humanidad.

En tanto, las peripecias para abastecer la despensa son lo de menos si los últimos ocho meses se ha conservado la salud, el techo y el ingreso familiar.

*Este texto surge dentro del marco de la clase de Literatura y Periodismo, impartido por Mireya Espinosa.

Cuando surtir la despensa está en chino

Mara Espinosa

¿Por qué no inventan un señor al que no se le tenga que explicar una y cien veces cuál es la marca de frijoles que siempre compramos? Uno al que decidir entre tres o cuatro marcas de atunes no implique toda una retórica sobre por qué no todos son iguales.

Nunca hubiera imaginado que El asunto de ir a la tienda y surtir la despensa pudiera ser objeto de sesudas reflexiones hasta que llegó la bendita edad en que esta actividad se puede hacer juntos porque no hay otra cosa en que se pueda uno entretener en tiempos del coronavirus… Pero poco duró el gusto.

Con el incremento de riesgo sanitario para los adultos mayores hubo que reducir la afluencia de compradores en los supermercados y fue así como el gozo se fue al pozo. Ni siquiera lo pensamos. De buenas a primera el caballero asumió su tarea proteccionista y de proveedor. Yo voy a traer la despensa. Craso error.

El primer intento fue sin lista, asumiendo que sabría qué traer ya que tantas veces habíamos ido juntos. Pues no.  El menú de huevos, salsas y manzanas no era lo que se puede decir una despensa, así que se cambió de estrategia: “Hazme una lista”. ¡Buena idea!.. pero no funcionó, había que explicar qué marca específicamente debía comprar porque “luego dices que no te gusta”. No hubo más remedio que tomar el toro por los cuernos.

¿Acaso surtir la despensa es asunto de mujeres? Nosotras sabemos lo que necesitamos sin tener que recurrir a una lista; solo con recorrer los pasillos va una haciendo mentalmente los menús y tomando lo que se necesita o ya trae en mente qué cosas le hacen falta, de qué marca las compra y, además, en qué pasillo está. Dato importante sobre todo ahora que debes minimizar el tiempo en los espacios con riesgo de contagio. 

Ahora decimos algo así como ir de compras a.c y d.c (antes del coronavirus y después del coronavirus) y después de estar tanto tiempo saliendo solo a lo necesario, la ida a la tienda, sin importar lo tedioso y el riesgo, es como el gusto de una salida al cine o un paseo.

Se asume la tarea con resignada calma. Llegar a la puerta, limpiar los zapatos, permitir que chequen la temperatura, limpiar las manos con gel y dejar que saneen el carrito (o al menos hacernos la ilusión de que se corre menos riesgo de pillar el virus).

 El recorrido empieza por los perecederos. Revisar los cajones a ojo y escoger lo más rápido posible las verduras y las frutas que consideramos están buenas antes que alguien olvide la sana distancia y casi se suba sobre uno para alcanzar las mismas cosas. Huir rápidamente a un espacio menos congestionado o dar vuelta en otro pasillo tomando otras cosas que no se pensaba comprar, pero si ya estamos ahí, pues de una vez: los nopales, las manzanas, los plátanos, pepinos, calabacitas van cayendo al carrito, envueltas en una orgía de bolsas plásticas, sí, de esas que apenas empezábamos a eliminar en un intento de ayudar a reducir la contaminación y que ahora aparecieron de nuevo… 

En el espacio de las lechugas, una mujer toca cada pieza, la toma le da vuelta y la regresa de nuevo. Me voy sin lechuga. Hay que mantener la calma y tomar decisiones. Esta vez no se deambula por los pasillos mirando, comparando marcas o precios, se llega, se elige lo más conocido y punto. Solo lo necesario —digo— porque ya vi que los precios han subido.  Ahora no solo hay que cuidarnos del coronavirus dichoso, también de los comerciantes voraces.

Por fortuna ya no hay que preocuparse por el desabasto como ocurrió al inicio de la pandemia y las compras de pánico, al menos no en este lugar donde se ha priorizado la actividad comercial para mantener la economía a flote y los empleos de mucha gente. Se agradece de cualquier forma, aunque es sabido que muchas familias están viviendo tiempos muy difíciles para proveerse. 

Con este pensamiento tomo nota de que llevo las cosas que necesito y me encamino a las cajas. Última parte de la aventura, aunque no la menos riesgosa.  Hay que mantener la sana distancia y esperar pacientemente.

No hay paqueteros. Muchas cosas han cambiado, tenemos que descargar el carro, vigilar lo que nos marcan, pagar, acomodar de nuevo las cosas en el carrito… ¡sí que nos habíamos mal acostumbrado! Todavía no salgo de la tienda y ya voy pensando en la tarea que me espera al llegar a casa: lavar cada cosa, limpiar cada empaque…Todo porque surtir la despensa está en chino para el compañero.

*Este texto surge como parte del taller de Literatura y Periodismo de Trithemius Talleres Literarios, que es impartido por Mireya Espinosa, quien enseña a las alumnas que hay mucho de la vida cotidiana, y más en estos tiempos, que espera convertirse en una buena historia.

Memorias de una pandemia: la nueva actividad extrema

Entre pandemia y botón rojo, surtir la despensa es una práctica de alto riesgo: no toques, no huelas, es peligroso; no compares, invertirás más tiempo y estarás más expuesta.

Las escenas de la nueva normalidad en mercados y tiendas de autoservicio pasan por la mirada aguda, la escritura entrenada y la ironía de alumnas del taller de Periodismo y Literatura.

Escriben de cómo salir a las compras de la canasta básica, algo tan cotidiano, tradicionalmente libre, sin restricciones ni horarios, y casi, casi, paseo familiar de fin de semana o quincena, es ahora una práctica un tanto reglamentada: una sola persona, no adultos mayores, sin aglomeraciones…

Sus crónicas son el testimonio del tiempo que les está tocando vivir. Escriben porque hay que contarle a los que vienen.

El dolor de no tocar, oler, escoger y comparar

Por Vania Coria Libenson

A muy corta edad supe que no siempre hay comida en la mesa. Que las raciones se hacen grandes o chicas según el día del mes. Que es diferente lo que comes en el recreo en comparación con lo que comen los que se sientan al lado de ti. A veces más, a veces menos. Y de manera inconsciente vas entendiendo el mundo a través de cantidades de salchicha, galletas de marca, termos con agua o jugos preempacados y dinero para un extra en la cooperativa escolar.

Todos deberían poder comer igual. Todos deberían poder elegir y paladear. Y quizá por eso una gran rebanada de mí ser lo he dedicado a la comida. A preparar. A jugar con los sabores y retarme a ver en los rostros aquella inequívoca señal de placer y saciedad. Una mano que alimenta delicioso, tiene un poder celestial. O así me siento yo al menos cuando lo hago.

Y existe un momento sublime, antes de poder iniciar la magia al cocinar: las compras.

Tenía quizá poco más de 4 años, cuando visité por primera vez el Mercado de Abastos de la mano de mi madre. Un mundo terroso de olores magistrales y colores vivos. Pequeñas islas divididas por fierros mugrosos te ofrecían frutas de nombre desconocido, pero exquisitas. Grandes ruedas de quesos añejos al alcance de mis deditos, y un señor subido de peso que al verme cortaba una rebanada y me la entregaba orgulloso en un plástico circular. Al lado de Lety, nuestra distribuidora de fruta del pequeño restaurante que mi mamá tuvo durante mi infancia, está probablemente el local más pequeño de todos, donde vendían jugos y licuados. El de chocolate era siempre mi elección. Nunca entendí cómo se hacía tan espumoso en ese aparato verde metálico que sostenía un vaso de acero y cuyas aspas chillaban como un tren quejumbroso a todo vapor. Convenía pedirlo en vaso, para que te rellenaran con lo que había quedado en el aparato y no se merecía desperdiciar.

Pollos, cabras, reces, cerdo, pescados y mariscos muy muertos, colgados boca abajo, que lejos estaban de ser grotescos, si los veías en su potencial. El aroma a cilantro fresco, a naranja dulce, el menudo de Doña Chela al final de la pesquisa como premio por haber sabido esperar. Sabores, texturas, formas y tamaños todos. Todos están ahí.

Los años pasarían y caminar a empujones entre los pasillos me era natural. Ropa cómoda, dinero en la bolsa del pantalón delantera, y mi amigo Toño que cuidaba en su local mis bolsas de asa roja y cuadrícula de plástico, para no cargar y poder comprar y comprar. Caras que se hicieron familia. El pedacito de queso que se me entregaba con la misma calidad tersa y cremosa que la leche entera da, ahora me lo entregaba el hijo de aquel señor que murió de pronto, pero el queso se quedó. La manzana limpiada en un mandil de flores ofrecida a mí en una mezcla de camaradería y apapacho al corazón. El escuchar ¿cómo esta mi amiguita, hoy te tocó a ti? ¿Qué vas a llevar? Seguido de nombres que me eran tan familiares como decir agua; un kilo de diezmillo, espalda sin limpiar, costillar, entrecot fresco que lo voy a hornear, bonillo, picaña, bogavante y nata de montar… Nuestro lenguaje delicioso. MI propio mundo seguro. El viaje al país de las maravillas.

Los niños suelen recordar tardes con los primos, las idas al campo, correr en la tierra o salir a acampar. Yo recuerdo las grandes bodegas de semillas, las tiendas de dulces, los pisos negros bordeados por los colores más vivos y sabores más extraordinarios que la madre tierra da. Mis mejores salidas, mis momentos más dichosos, eran salir a comprar los ingredientes para cocinar.

Al morir mi madre creí que ese placer extremo acabaría. Su recuerdo, las preguntas por ella, su ausencia en la silla del menudo a mi lado, y su manera de hacerse notar y querer por todos me hicieron un hueco en el estómago que de vez en cuando me cura el omeprazol pasado con el mismo licuado. Pero el gozo, el éxtasis, la libertad de mi olfato y al carrusel de alta velocidad de mi imaginación sobre qué podría cocinar, sobrevivieron a mi gran perdida y se quedaron conmigo. Año con año, mes a mes, temporada a temporada, mi vida avanzó al compás de las familias que atienden el Mercado de Abastos. Mi adolescencia, mi adultez prematura, mis enfermedades se acompañaron de la mano de productos de importación, de nuevos cereales, de verduras orgánicas, de cortes magros y el mismo menudo. Sentirme en casa es hacer el mandado en la central.

Mi pasión se trasladó a las grandes cadenas de super mercados. Sentir la misma fascinación en los pasillos con altos anaqueles y empaques con etiquetas que siempre he sabido revisar. Enseñe desde pequeños a mis hijos a amar la posibilidad de ir a llenar el carrito e imaginar y soñar. Ninguna sensación ha sido jamás tan placentera como cerrar la cajuela, manejar a casa, bajar las compras, y ver el refrigerador y la despensa a reventar. Te hace sentir que todo está bien. Que todo estará bien.

La cocina se me convirtió en arte a muy corta edad. Jugando en el piso del restaurante de la familia con un anafre en miniatura con carbón encendido real y cacerolas de barro de juguete que insistí me compraran en el tianguis. Las cocineras las llenaban de la comida que vendíamos, y yo me sentía realizada. Fui una y mil veces por aceite, sal de grano, enormes cantidades de carne, semillas, vegetales… Nunca fui más feliz, nunca me sentí más segura.

Y así, de golpe, como cuando te dicen “ya no te amo” y se van, así duele hoy no poder salir a comprar. Tocar, oler, escoger o comparar, es un riesgo y una falta a la nueva normalidad. Esos pasillos estrechos donde todos somos iguales, hoy son un riesgo por la proximidad. Vaya osadía, creernos iguales sin importar la clase social, ya es visto como una cercanía potencialmente mortal.

Me pusieron horarios. Restringieron los días. Debemos usar cubre bocas, pasar un arco de desinfección, la gente se aleja de ti en automático, te miran con desconfianza, una desconfianza jamás vivida en mis más de 35 años asistiendo cada domingo sin excepción. El tiempo de permanencia es breve. Haces fila si se satura el flujo de visitantes. ¿Desayunar ahí? Meses estuvo prohibido, hoy de nuevo cancelaron la participación de los locales de comida como prioridad.

No puedes detenerte, ni tocar y regresar. Ese mundo fantástico dónde el espíritu creativo se recargaba, está actualmente en demolición.

Hoy pienso en ir por la despensa, cubierta de pies a cabeza y de prisa, como algo parecido al cavernícola que va de caza con miedo a ser devorado en lugar de recolectar. Qué valiente aquél que levanta la mano, un poco presa del encierro, pero de estómago fuerte para ir al supermercado. Las compras de pánico son un reflejo desesperado por tener lo que se necesita para vivir. Porque queremos vivir. Porque tememos lo que la pandemia traiga a cuestas con el resultado de los que aún creen que es una teoría conspirativa.

No me juzguen, lo entiendo, y no corro riesgos ni quiero que los demás los corran por mi obsesión. La supervivencia se jacta de extrema, así que una manzana hoy deberá pasar por cloro y detergente antes de poderla siquiera meter a mi refrigerador.

No puedo olfatear las especias ni platicar recetas antiguas con la esposa del carnicero que me vio crecer. Hoy es solo un trámite veloz, como artículo de primera necesidad y establecimiento prioridad 1, para el permiso de seguir operando. Después de todo, se come para vivir.

Es tal el riesgo y el miedo, que dejé de ir. Mando un mensaje a un astuto joven que te hace las compras en Abastos y me las deja en la puerta del jardín, sobre una mesa dispuesta con litros de cloro, jabón, agua y todo un protocolo de seguridad. Las tiendas en línea, a su vez, te facilitan hacer tus pedidos en aplicaciones con coloridos dibujos de frutillas y un simpático carrito de compras que va dibujando el número de artículos que has escogido. Puedes agendar tu entrega ese mismo día, con horarios escalonados y llamadas antes para confirmar si hay sustitutos en caso de que hayan faltantes de lo que pediste en la lista inicial. Es más, no hay que ir ni a la tienda. Aplicaciones como Cornershop, Rappi, Uber Eats o un Rappi Favor, te llevan en menos de 30 minutos las cositas que te faltaron en el pedido grande semanal.

Hay formas de reducir el contagio y la exposición al riesgo, sí. Hay mecanismos que cada día funcionan mejor y conforman la nueva realidad. No hay fecha para el regreso a clases, para la apertura de toda categoría de comercios, y durante dos fines de semana, debido al botón rojo que implementó el gobierno, los supermercados ni abren.

Una mezcla de virus impredecible y ciudadanos desafiantes de la autoridad han hecho esto más largo y más caótico. No hay lugar seguro, no hay país de las maravillas, no hay momentos de recreación ni gastronómica ni lúdica ni espiritual. Estamos confinados hasta que algo o alguien pase y regrese el tiempo a donde se podía salir a respirar. Habremos de convertirnos en seres resilientes y rogamos por la supervivencia nuestra y de nuestros seres amados. Hacer las compras es hoy una de varias actividades extremas que solían ser de lo más normal. Esperemos que la inteligencia y hambre de una buena vida nos permitan pronto, volver a ver de cerca, tocar, olfatear y paladear.

Este texto es producto del taller de Literatura y Periodismo que imparte en Trithemius Talleres Literarios la maestra Mireya Espinosa, periodista con amplia trayectoria en el tema.

Un día agitado

En esta crónica, a partir de la jornada de una sola mujer, millones se ven retratadas.

Mara Espinosa*

Es conocido el chiste de aquel hombre al que le preguntaron si su mujer trabajaba y respondió enfático: “No, ella no trabaja, se queda en casa”. Quedarse en casa equivale, según esta expectativa, a estar echada en el sofá con el control de la televisión en la mano viendo películas o cualquier otra cosa durante todo el día. ¡Ajá! Nada más alejado de la realidad. Bueno, creo que al menos para la gran mayoría de las mujeres.

Durante muchos años ni siquiera me cuestioné los malabares que hacía para cumplir con mis dos turnos de trabajo, es más, lo hacía con gusto a sabiendas que de esa manera mantenía las cosas en control y mis responsabilidades cumplidas.

Ahora, en esta etapa de  la vida y con una mente menos alienada (¡ja!) vengo a darme cuenta que estuve dominada por un sistema en el que mi realización como mujer fue coartada, que estuve ciega y nunca vi la explotación de que era objeto; que  trabajé sin recibir un sueldo por realizar las labores del hogar, que mi pareja debió contribuir en la misma medida que yo a mantener el orden y no solamente aportar en lo económico y esperar a tener, por obra de magia, la casa limpia, la comida en la mesa, la ropa lavada, planchada y pulcramente ordenada en los cajones para su comodidad,  que mis hijos no eran solo responsabilidad mía y un largo etcétera que aún me cuesta reconocer como parte de aquella opresión.

Pero todo cae por su propio peso. De pronto me doy cuenta que puedo razonar sobre las acciones que realizo y tomar conciencia de que, aunque esto pueda mover a risa a muchas personas, no es un chiste sino una problemática que las mujeres de hoy pugnan por resolver.  No es una lucha con un solo frente.  Son tantas cosas que han mantenido a las mujeres en desigualdad que se ha hecho una amalgama de causas formando una bola de nieve que va rodando cuesta abajo pues hemos pasado de ser consideradas, convenientemente,  brujas a finales de la edad media, el género ninguneado, omitido, explotado sexual y laboralmente a ser el género que exige el derecho al voto desde 1789 en la Revolución Francesa aunque no se haya conseguido, ni pronto ni de manera universal, el que se mantiene, hoy más que nunca, en  esa lucha para exigir se respete su derecho a elegir ser madres, a no ser agredidas, explotadas, secuestradas, violadas, victimadas.

Desde mi espacio personal empiezo a tomar conciencia, pero a pesar de ser consciente de lo que mueve a esas frenéticas jóvenes que ahora irrumpen los espacios ante el escándalo de unos y la aprobación de otros, algo dentro de mí todavía actúa como en cámara lenta. Soy consciente de la brecha generacional, sé que aún respondo y a veces razono inducida por  la forma en que fui educada y el tiempo que me tocó vivir.

Pienso que ellas, las que ahora gritan, vociferan, rompen vidrios y toman todo aquello que huela a sistema como lienzo para plantear sus protestas tal vez ni siquiera han experimentado lo que las mujeres de mi generación vivimos con los ojos cerrados. Yo todavía necesito un piso desde donde tomar esa conciencia, la cual implica ser analítica,  reflexiva, despojarse de patrones mentales que mantienen el estado de cosas, pero ¿para quién? Esa es la pregunta.

 Hago  este ejercicio desde un día cualquiera, un día normal dentro de una rutina normal en la vida de una mujer (yo) que aunque tiene un trabajo, devenga un salario, se prepara académicamente, también está inmersa en una sociedad tradicional, es parte de una familia tradicional o normal y tiene un papel como esposa, madre, ama de casa ( entendido este último rol como la que barre, trapea, lava, plancha, cocina, cuida los hijos, educa, protege y les procura, o al menos lo intenta, estabilidad emocional) aparte de ser una inconforme  que busca seguir avanzando en su superación personal y que, además, tiene la peregrina idea de que algún día publicará sus poemas.

EL DÍA CUALQUIERA

Son las 5:00 de la mañana. El despertador insiste, es hora de levantarse, hacer el lonche para que el hombre se vaya a trabajar. Mientras yo me afano en la cocina guisando la comida que llevará, él se levanta, se baña y se prepara para ¡almorzar!  Entonces mi tarea es doble, guisar y al mismo tiempo prepararle un almuerzo.

5:45 Se fue.  Ahora debo preparar el almuerzo para la hija que se va a la escuela a las 6:00.

─ ¡Levántate que se te hace tarde! ─ grito mientras voy de nuevo a la cocina y me afano en preparar algo rápido para que no se vaya en blanco. La oigo trajinar preparando sus libros, sus cuadernos. A la carrera come algo y recoge el envoltorio que le he preparado con un tentempié porque la jornada es larga. Sale con su mochila al hombro, en la mente recorro con ella el trayecto de ir caminando hasta la parada del autobús, tomarlo y hacer el viaje de casi una hora hasta la ciudad vecina.  No volveré a pensar más en ella porque sé que llegará bien y volverá a casa a la hora de costumbre, por la tarde.  Mientras evoco esa época se me hace un nudo en el estómago al pensar todos los riesgos que pudo haber corrido en ese trayecto, pero en aquellos años no estaban las cosas como ahora. Hoy en día duelen las mujeres buscando a sus hijas, a sus hijos. Pienso en las madres de esas chicas, en los hijos que muchas han dejado y doy gracias porque cruzamos a salvo por esa necesidad de dejar ir solas a las nuestras  a la escuela o al trabajo, cuando todavía ni siquiera había un teléfono desde el cual mantenerse en contacto, tan solo la confianza en no saber que afuera cada mujer sola podía ser una posible víctima como registran ahora las noticias de mujeres victimadas por sus novios, sus parejas, sus esposos o extraños nomás por el simple hecho de ser mujeres, o de estar en el lugar equivocado o vestirse de modo provocativo según la mentalidad del otro  y quizá, por estar en desventaja física o porque han sido minadas de la voluntad de reconocer como agresor a aquél que aman.

6:30 Llega la hora de empezar con lo mío, apenas sí queda el tiempo justo para un baño y arreglarme, pero primero he de levantar a la otra hija, quien por suerte va conmigo a la escuela. Debo tomar mi tiempo porque hay que peinarla y no es cosa fácil por su pelo abundante, largo y rizado.

7:15 Le hago dos gruesas trenzas que ato con moños de colores y le ordeno que se vista mientras ooootra vez, voy a la cocina a preparar su desayuno y el mío, ya con más calma nos sentamos a desayunar.  Por fortuna en ese tiempo trabajo cerca de casa.

7:40 Salimos rumbo a la escuela, por el camino vamos riendo disfrutando de la mañana, jugamos en el trayecto juegos de palabras; ella va, como siempre, saltando. Se adelanta, se vuelve, me insta a caminar más rápido, me espera. Seguimos.

7:45 Llegamos a la escuela, empieza mi jornada. Me dirijo al salón y de las 8:00 am, a la 1:30 pm no volveré a pensar en que soy madre, una esposa, la cocinera… solamente soy la maestra.

13:00 Suena el timbre, termino de entregar los cuadernos y dejo salir a los niños cuyas madres los esperan en la entrada. Qué suerte, llegarán al hogar donde la sopa caliente los espera porque hay una madre que “no trabaja”.

13:15 Debo darme prisa, el turno vespertino ya viene y me urgen a salir para asear el aula. Qué más da. Cierro el locker, tomo mis cosas, recuerdo entonces que tengo ahí una hija. Por fortuna ya me está esperando (porque he de contarles que alguna vez se me olvidó en la escuela)  y nos vamos.

13:20 De pasada hay que comprar algo para la comida, llegamos a la carnicería, vuelvo a ser la madre, pienso en el menú y llevo las cosas necesarias.

13:30 Otra vez en casa. Hay que hacer la comida. Como si fuera un ballet largamente ensayado voy preparando las cosas: primero la carne al sartén para que se fría, ahora lava el arroz, ponlo a freír que no se queme, mueve la carne, muele el recaudo, menea el arroz  que ya casi se tuesta, agrega el recaudo a la sopa, pica las zanahorias, agrega a la carne, pela las papas y corta en cubitos vierte el recaudo a la carne, tapa, agrega las papas, tapa de nuevo, prueba el sazón, ¡listo!

13:50 La comida en la lumbre, empiezo a recoger la casa, a poner orden en la recámara, apenas alcancé a tender la cama, voy al cuarto de mis hijas, doblo las mantas tiendo las camas también. Hasta ahora no he pensado ni una vez que soy una esclava ni siquiera una criada, solo soy una mujer con una familia que atender.

14:00 La comida está lista, mi hija tiene hambre. Comemos juntas, ella contenta de poder disfrutar la comida caliente recién hecha y yo contenta de poder cumplir con ese rito de amor de alimentarla.

Miro el reloj, ya son las 2 y media, no tarda en llegar su hermana. Lo bueno que la comida ya está lista porque llegará hambrienta.  A la distancia me pregunto cuánto de lo que hacíamos como algo normal ahora es cuestionado a la luz de tantos asegunes, como decía mi abuela. Y ya que la menciono,  hago una reflexión acerca de las generaciones que representamos mi abuela, mi madre, yo y mis hijas. Sin duda somos especímenes de épocas diferentes. Mi abuela silenciosa en su quehacer, guardiana de sus secretos y de tantos saberes ancestrales que todavía conservo; mi madre, precursora de las mujeres que empezaron a romper los moldes. Ella es una mujer de transición, fue madre, pero también empresaria, fue el tronco y nosotros las ramas que crecimos hasta irnos muy lejos, envalentonados por las alas que se esmeró en construirnos. De ella aprendí la independencia, el no depender del hombre para solucionar las problemáticas, la idea de realizarme como persona. Aquí estoy yo, apegada al estudio, rebelde, independiente y al mismo tiempo al pie de mis hijas. Si mi madre fue el inicio, yo soy la transición. Mis hijas son dos seres independientes, una nueva generación con otras ideas y ambas con hijas que de seguro no serán lo que fuimos las que estamos antes de ellas.

15:00 Llega el esposo, hay que dejar lo que esté haciendo para servirle la comida caliente y, mientras come, aprovechar para: limpiar la cocina, lavar la loza, ordenar un poco, después desaparecerá ocupado en no sé cuántas cosas misteriosas y asuntos que los hombres tienen fuera de casa.  Cuando termine y quede libre la mesa pasará a ser escritorio para hacer las tareas de la escuela.

Nos darán las 17:00 en estos menesteres y yo me seguiré de largo leyendo los textos que corresponden a mis tareas de la licenciatura que trabajo durante toda la semana y presento los sábados. Es ese el espacio donde voy colocando los peldaños de mi superación.  Paso de la lectura a la escritura, a mano porque todavía ni soñar con tener una computadora. Escribo mientras mis hijas ¿qué harán? La mayor todavía sigue haciendo tareas y la menor juega mientras afuera, el sol empieza a descender, casi oscurece.

19:00 Dejo pendiente mi tarea y reviso el plan de trabajo de mi grupo, preparo lo necesario para el siguiente día y luego dejo libre la mesa para servir la cena. De nuevo voy a la cocina, pienso qué hacer. Preparo un poco de masa, hago unas tortillas, una salsa. Las entomatadas a todos nos gustan.

21:00 Es hora de dormir porque mañana habrá que volver a madrugar. Cierro los ojos. Estoy tan cansada que ni siquiera sueño, me da flojera. Mañana me subiré de nuevo a la rueda como el hámster mientras en la mente de una, cien, mil, millones de mujeres se gesta una nueva realidad para nosotras, para ellas y las generaciones que vienen.

*Mara Espinosa es alumna del taller de Periodismo y Literatura que se imparte en Trithemius Talleres Literarios.

Testimonios de una pandemia: infancia 2020

Vania Coria Libenson*

Si te pidiera que me hablaras de cuando eras niño, de unos 7 u 8 años, ¿qué me dirías? Atrás de ese suspiro profundo que acabas de exhalar, lleno de colores, sonidos, aromas y personas, ¿por dónde empezarías a narrar? ¿Qué sientes con lo que recuerdas?

Quizá las tardes en casa de la abuela que te cuidaba mientras tus padres trabajaban, las salidas al parque con la nana, correr riendo por nada con los amigos de la cuadra, el sabor del helado que trae un señor en un carrito simpático al compás de una campana, o esas clases obligadas de baile, pintura o música que tomabas a disgusto, pero convencido por tus padres de que serías una mejor persona mientras más habilidades tuvieras. ¿A qué ritmo te movías? ¿Con cuánta gente interactuabas? ¿Dónde y cómo aprendías mientras crecías?

Milagros tiene 8 años. Los cumplió el 28 de marzo. A tan sólo una semana del arranque de la cuarentena obligada por el virus que hoy detiene economías completas y se ha llevado millones de vidas en tan solo unos cuantos meses.

Todos los días se despierta a las 7:30 horas con un beso que le da su mamá, se lava la cara, se cambia el pijama por ropa cómoda, desayuna un licuado cargado de vitaminas y nutrientes, y camina 12 pasos al escritorio del pequeño estudio en su casa, para iniciar sus clases virtuales. 15 minutos en total.

Las escuelas no abren aún. Y “eso es bueno”, dice con un gesto de miedo y discurso de grande:  “Porque los niños son más difíciles de controlar en cuestiones de limpieza, y podrían llevar el virus más rápido a sus casa y así a toda la ciudad”. Y cuando termina esta frase, baja un poco la mirada y completa: “extraño a mis amigos, y ver la calle, y poder caminar rápido, o correr y no tener mi cara tapada. Siento que me ahogo…”.

Y es que tras la indicación del gobierno estatal de suspender las clases temporalmente, sobrevino una rápida e improvisada implantación de modelo educativo para todos los niveles, que constaría de salones virtuales; en plataformas varias, los profesores y alumnos intentarían retomar aquello en lo que se quedaron en los ciclos escolares tradicionales. Para este problema que requería de solución más que solo temporal, se ajustaron los programas académicos, se capacitó a los maestros, se flexibilizaron los materiales, se modificaron 360 grados las formas de enseñar y aprender. Se ha hecho lo que se ha podido, se han visto voluntades y vocaciones genuinas, pero también inútiles. Nos hemos destapado en todas y cada una de nuestras miserias como país y población, y ha quedado evidenciado el enorme hueco de nuestro sistema educativo y cómo éste no es ni igual, ni suficiente para todos.

Si bien las generaciones actuales tendrán un rezago académico importante, hay un tema todavía más delicado del que no hemos podido ocuparnos ni subrayar en rojo por lo impactante de la situación de salud y desempleo: el desarrollo psicosocial y emocional de los niños.

La estructura que hoy nos forma a los adultos, se compone de una larga cadena de acontecimientos intelectuales, sociales y biológicos que en conjunto dispusieron forma y fondo de nuestro carácter y manera de ser. Nos formamos con la suma de maestros, reglas, normas, recursos y directrices que fueron tomados por nosotros al menos los primeros años de nuestras vidas. Hasta que de manera adulta pudimos elegir a voluntad nuestros criterios y deseos, que dieran dirección a nuestras vidas.

Independientemente de la clase social, económica, cultural, la etnia o religión, la mayoría de nosotros contó con la posibilidad de aprender según la etapa de la vida que estuviésemos cruzando; en el piso gateando, tocando y probando, imitando sonidos, desprendiéndonos del super yo, y desarrollando nuestros talentos a prueba y error. Y a nuestros 7 u 8 años, como se puede constatar en la teoría del desarrollo y evolución psicosensorial del niño, en contacto con el mundo y los demás.

Es fundamental en esta etapa del desarrollo, la posibilidad de socializar, agrandar la conciencia del entorno y los límites espaciales e impacto en las acciones o actividades de otros que se relacionan conmigo. Así se aprende, así se evoluciona en la etapa cognitiva de los individuos de entre 6 y 9 años, la tercera etapa de la niñez, y casi antesala de la adolescencia. Es a través de la actividad física, dinámica, social, emocional y de conjunto, que se desarrollan las habilidades necesarias para poder vivir después en sociedad con adecuada conciencia y responsabilidad sobre la interconectividad de los seres humanos y los grupos sociales. En contacto con las cosas, recorriendo espacios, filtrando imágenes y experiencias sensoriales se confirman muchos de los conceptos aprendidos en la primera infancia y se les da el valor de componentes ineludibles del mundo que nos rodea y el cual habitamos e impactamos.

Un mundo que Milagros, en 80 metros cuadrados, no alcanza a absorber y dimensionar del todo. Como aquél que nada por primera vez en el mar y, al no tocar el fondo, se impacta de lo profundo y grande que es ese otro reino, que en hojas de papel solo abarca hasta las orillas.

Milagros no sabe qué le falta. Venía viviendo una vida normal, en tiempo y forma pudiéramos aventurarnos a afirmar que era una vida adecuada a su edad. Con estímulos y contención adecuada. Su desarrollo era completo y feliz. Hoy no es falta de cariño, o ganas, ni tampoco las de por sí desafiantes modernidades del milenio y los atajos en los procesos tecnológicos, lo que hacen que su crecimiento esté en pausa, semi aplastado entre paredes. Es una realidad, como las ha habido en otros siglos y momentos, que escapa del control de absolutamente todos. Que nos obliga a redirigir nuestros pasos y adaptar las conductas. Es un momento en el que se resuelven las supervivencias por encima de las urgencias, y donde hay recursos limitados en muchas áreas de la vida. Se hace lo mejor que se puede.

También tendrá que venir la resignificación del crecimiento, de la socialización sana y digna, de la infancia feliz y los adultos capaces de cuidar de sí, de los otros y de un planeta que por el momento no pueden salir a conocer ni a admirar.

*Vania Coria Libenson es alumna del Taller de Periodismo y Literatura impartido en Trithemius por Mireya Espinosa.

Diálogos con José Clemente Orozco

Alumnas del taller de Periodismo y Literatura nos cuentan acerca del muralista jalisciense que hizo del arte mural un instrumento para la denuncia e impresionó por la representación de la miseria humana.

A través de una entrevista ficticia y lúdica, Magdalena Dueñas, Graciela Soto y Vania Coria exploraron en la vida y obra de José Clemente Orozco; después hicieron su propia investigación para redactar los textos.

Compartimos los trabajos a propósito del aniversario del nacimiento del artista, el 23 de noviembre de 1883:

Originalidad y grandeza

Magdalena Dueñas G.

Orgullo jalisciense, cuya denuncia a través del arte trasciende en el tiempo, como claro ejemplo de que el objeto estético se convierte también en documento social.

ORÍGENES

Su infancia transcurrió entre Jalisco y la Ciudad de México; él mismo relataba que fue un niño serio y más bien introvertido, quién diariamente al regresar de la escuela pasaba por un taller de litografía, donde casualmente conoció los grabados de José Guadalupe Posada y comenzó a interesarse por la pintura, al grado de inscribirse a clases vespertinas en la  Academia de San Carlos. Su inclinación por  el pincel se puede  decir que fue innata ya que en su familia no tuvo acercamiento a este arte. Su padre era fabricante de jabones y su madre se ocupaba de la familia a la vez que disfrutaba tocar el piano.

Siendo muy joven cursó estudios de agronomía por decisión de sus padres, pero la vocación artística prevaleció, trabajando al principio como caricaturista de los periódicos “El hijo del Ahuizote” y “La Vanguardia”, al tiempo que realizaba acuarelas y dibujos ambientados en los barrios bajos de la capital mexicana. Ya su obra de entonces impresiona por la forma de representar a los personajes con su miseria humana.

Sorprende saber que en 1904 le amputaron la mano izquierda a consecuencia de un accidente con pólvora, y no obstante, determinó dedicarse a la pintura, llegando a ser uno de los mexicanos más reconocidos por la originalidad y grandeza de su obra.

La falta de su extremidad no lo limitó para abordar el muralismo como principal oficio, pero la obsesión por pintar manos lo acompaño siempre.

TRAYECTORIA

En 1922 se unió a Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros en un sindicato de pintores y escultores que buscaba recuperar el arte de la pintura mural.

Los primeros murales los realizó entre 1923 y 1926 en el Colegio de San Ildefonso en la Ciudad de México con temas relacionados con el origen del México mestizo, la crítica a las fuerzas negativas, y la tragedia humana de la Revolución.

Otros artistas trabajaron también en San Ildefonso en esa época y fueron duramente cuestionados  por diferentes grupos, incluidos los estudiantes del recinto, que ya para entonces  era la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM. Se dice que incluso hubo necesidad de que Orozco y otros pintores   rehicieran segmentos de su obra,  debido a  los  daños causados por los inconformes.

El muralismo tenía entonces la idea de educar a las masas, construyendo imágenes que representaran algo para quienes las contemplaban. Eran patrocinadas generalmente por el gobierno, aunque obviamente reflejaban las ideas y filosofía de los  artistas, como en el caso de Orozco cuyas convicciones e ironía están siempre presentes  en su pintura. Cuando se observa alguno de sus murales, sabiendo a quienes representa, no hay forma de no  asombrarse,   o admirar, no solamente su técnica, sino la imaginación para mezclar personajes tan disímbolos que forman parte de nuestra  historia.

Al respecto escribió: “La más alta, la más lógica y la más fuerte forma de pintura es la mural. Sólo en esta forma es una con las otras  artes, con todas  las  otras. Es la forma  más desinteresada, porque no puede hacerse de ella asunto de ganancia privada; no puede ser ocultada para beneficio de unos cuantos privilegiados. Es para el pueblo. Es para todos”.

El arte del siglo 20 está ineludiblemente influido por las diferentes corrientes de pensamiento surgidas del periodo entre guerras, y en el caso de México, también por la revolución de 1910, de la que el artista deja innumerables testimonios en sus murales. No solamente representó la historia, la confrontó, dejando para la posteridad una aguda crítica.

Orozco es uno de los principales protagonistas del muralismo que se inscribe ya en el denominado modernismo, al romper con los métodos, técnicas y temática del arte tradicional.

Por  obvias razones, un artista de su talla no pasaba desapercibido, por lo que entre 1927 y 1934 vivió en Estados Unidos realizando principalmente murales  con temas como  la esclavitud, el trabajo, la cultura del maíz, la evangelización y otros temas  sociales.

De regreso en México, su trazo lo plasmó en el Castillo de Chapultepec, el Hospital de Jesús, la Suprema Corte de Justicia, el Palacio de Bellas Artes entre otros, llegando al clímax de su carrera artística con los cuarenta frescos de la Capilla del Instituto Cultural Cabañas abordando el tema de la fisonomía histórica de México.

Tuvo la fortuna de recibir en vida reconocimientos y premios, y al morir, en 1949, fue velado en el Palacio de Bellas Artes; sus restos descansan en la rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de Dolores en la Ciudad de México, siendo el primer pintor en recibir dicho homenaje. Así mismo, en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres de Jalisco, hay un monumento en su memoria. 

De la  obra  de Orozco se han escrito infinidad  de  textos  especializados, en los  que  seguramente  se analiza y se hace honor a su arte y a la  trascendencia que  en el ámbito pictórico  ha tenido.

Aquí pretendemos únicamente dar una pincelada que provoque el  interés  por  acercarse  a  visitar alguno de tantos  emblemáticos  lugares  de México en los  que  singular artista  nos compartió  su  arte  y su  filosofía  de la  vida.

Genio crítico

Graciela Soto

El Instituto Cultural Cabañas es el hogar de murales que transmiten la grandeza y visión de un luchador social que plasmó la realidad desigual. Paredes antes vacías fueron para José Clemente Orozco grandes lienzos que le permitieron representar una visión del México y su lucha por la vida. Filosofía, conquista e independencia se configuran en su arte.

El pintor de grandes extensiones, que con diversos simbolismos, líneas, sombras y colores comunicaba su forma de pensar, se las ingenió para integrar la visión del genio crítico que fue.

Formó parte del grupo de los muralistas que buscaban mostrar las injusticias sociales. Con grandes brochas y pinceladas de denuncia, en andamios y cúpulas plasmó lo que le encargaban, pero también su propia visión crítica. El gobierno apoyaba muy poco el arte, por lo que este grupo recurría a la huelga y a la pintura para denunciar los abusos.

El artista nacido en Ciudad Guzmán, hoy Zapotlán El Grande,  se volcó por este medio de expresión, decepcionando a sus padres que querían que tuviera otra profesión. Pero él ya llevaba en el alma su gusto por el arte. Cuando vivió en Guadalajara, aprendió al mirar trabajar a Posadas. El creador de La Catrina hacía los grabados y el niño de 8 años que entonces era Orozco, veía la magia de un dibujo y de la imprenta. Su estancia en la escuela Nacional de Agricultura en la Ciudad de México lo llevarían después a confirmar su vocación en la Academia de San Carlos. Con esta acción aprendemos de este artista a defender la vocación del alma, a escuchar el llamado interior, a no dejarnos llevar por las expectativas de los padres y lo que otros desean para ti.

Perdió su mano izquierda muy joven por una explosión con pólvora y fue con una sola mano que pintó esas paredes blancas, no solo de Jalisco sino también de California, Nueva York, Veracruz, sitios en los que se encuentra el testimonio de su creación. Aprendemos con esto que un pintor de una sola mano trasciende porque no solo se pinta con la mano sino con todas las células del cuerpo, con la mente, con la imaginación, con el rostro y con la determinación.

Orozco fue un visionario; percibió que la tecnología sería parte de la vida y eso lo incluyó en sus imágenes. Su amor por la naturaleza del hombre se puede percibir en el Hombre de Fuego, obra cumbre que está en la cúpula de la capilla del Cabañas. La tierra, el aire, el agua y el fuego se encuentran en ese ser en llamas.

Arte puro y derecho

Vania Coria Libenson

Pocos pueden jactarse de hacer murales y caricaturas con una sola mano.

 Interesado por los colores, José Clemente Orozco fue voz de la injusticia y opresión social, a través del lienzo.

Dejó su visión plasmada en sitios como la Nueva Escuela de Investigación Social, en Nueva York; en el tablero rectangular de Bellas Artes, en la Ciudad de México, y en nuestro icónico y amado Hospicio Cabañas.

Si bien su primera exposición individual fue en una librería llamada Biblos de la capital del país, en 1916, Orozco fue el primero en hacer un verdadero fresco en Nueva York.

En su paso por Estados Unidos, perfeccionó la técnica del muralismo, lo que incluso lo llevaría a dar clases en el Darmouth College de Hanover, en New Hampshire, en 1934.

A su regreso a México, Orozco tendría su máxima culminación artística decorando la cúpula y muros del Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, haciendo hincapié en los beneficios de la educación y de la investigación artística. También dejó su arte en el enorme Hidalgo que se yergue en la escalinata del Palacio de Gobierno, obra en la que se expresa, en una especie de tríptico, la lucha por la liberación de México. Desde luego son emblemáticos el hombre envuelto en llamas en la cúpula del Hospicio Cabañas, junto con otros 40 grandes frescos en las distintas secciones de todo el conjunto.

Orozco fue un pintor comprometido con las causas sociales. Su estilo realista tenía como fin hacer un arte puro y derecho para que el pueblo lo viera y lo confrontara. Retrató la condición humana de forma apolítica; interesado en los valores universales comunicaba a través de sus imágenes la capacidad del hombre de controlar su destino y su libertad ante los efectos determinantes de la historia, la religión y la tecnología.

Los otros héroes

María Elena Espinosa M

Tradicionalmente la celebración del hecho histórico pone sobre la mesa a los héroes, a los protagonistas que ocupan ya un lugar en la historia.  Estamos acostumbrados a celebrarlos y repetir una y otra vez sus proezas, sus hazañas, sus anécdotas. Hablamos de ellos y de las condiciones en que llevaron a cabo los hechos y nos permitimos reflexionar en las consecuencias de sus acciones en el presente.

Conocer nuestra historia es ocasión de conocernos como humanidad y conocernos implica ser lo más objetivo posible, es por eso que se hace tan importante el trabajo del historiador, del informador que registra los hechos con apego a la verdad. Pero no es tarea fácil, después de todo los seres humanos tendemos a tomar partido a emitir juicios.

La conmemoración de la Revolución Mexicana en nuestro país da pie a la revisión del trabajo del periodista John Reed como muestra para reflexionar acerca de la estructura de la crónica periodística; sin embargo, ha sido también un disparador para ir más allá del simple análisis de sus textos. Aquí se pretende mencionar la importancia de este trabajo porque olvidamos que para que la historia llegase a nuestras manos debió existir alguien que se ocupara de registrar los hechos, de investigarlos, documentarlos.

Es una clase de héroes que omitimos o pasamos por alto:  los que se encuentran detrás de una lente o siguen a los protagonistas pretendiendo obtener los datos fidedignos de lo que está pasando a veces exponiendo su propia vida. En esta ocasión recordamos a John Reed, el reportero estadounidense que decidió registrar los hechos de la revolución mexicana a partir de su estancia en el norte.

John Reed

La figura de John Reed está ligada a la historia de la revolución mexicana a través de su trabajo periodístico que documentó principalmente esa parte del mosaico histórico donde el principal protagonista fue Francisco Villa. No vamos a repetir aquí los hechos que se encuentran ya registrados en “México Insurgente”, la obra resultante de los afanes de Reed, pero sí mencionar la importancia de su trabajo porque su interés en la información veraz lo llevó a estar en el lugar de los hechos.  

Recorrió los caminos igual que los campesinos que seguían a Villa; estuvo cerca del Centauro del Norte conociendo de primera mano sus acciones y retratando para la posteridad un personaje que muchos juzgan mítico y otros consideran bandido. 

Ser objetivo es una tarea ardua, se tienen que abandonar los juicios propios y Reed trató de narrar los hechos con una objetividad tal que al leerlo nos parece estar viviendo el hecho.  No se necesita ir a mirar las escenas de las batallas filmadas por la compañía cinematográfica con la que Villa hizo acuerdos porqe Reed, con su excelente manejo de la crónica, nos sitúa en el mismo campo de batalla y nos permite tener una idea de las escenas muy apegadas a la realidad. Eso es algo admirable en su trabajo periodístico.

Valorar a estos personajes que permanecen tras bambalinas es hacerles justicia.  El oficio del informador suele ser poco valorado. Los reporteros de a pie casi nunca reciben todo el crédito que debieran. A veces ni siquiera leemos el nombre del autor de una nota.  El autor de un reportaje, un documental o una crónica ha hecho un recorrido, se ha informado, investigado, dedicado tiempo. Merece que revaloremos su quehacer sobre todo ahora cuando hay una crisis de credibilidad de los medios. Conociendo las peripecias de John Reed tal vez seamos capaces de cambiar nuestra percepción del oficio del periodista.

*María Elena Espinosa M. es alumna del Taller de Periodismo y Literatura en Trithemius.

YO, LA SOLDADERA

Graciela Soto*

Yo la soldadera, la no reconocida

la que ha dejado todo atrás,  la que sigue a un revolucionario

que a su vez sigue a otro, que luchan por la tierra y la libertad.

Por caminos polvosos, cruzando ríos y escalando montañas

sigues a este hombre, a esta tropa,

 duermes bajo los árboles con un techo de estrellas.

Dejaste familia, tu casa con árboles, tu comida en la mesa.

En cambio te componen canciones, te reconocen por valiente y bonita.

Hay heridas profundas en la batalla, tu limpias la frente, quitas la sangre

te cuelgas el fusil y la carrillera, marchas al frente mujer soldadera.

Eres compañía, amor, mujer de piel tibia,  de huaraches y enaguas,

con tus trenzas y rebozos lo mismo prendes la hoguera

 que elevas plegarias de que nadie muera.

Pero no más, no hay generalas ni sargentas.

Los frutos de la revolución llevan tu nombre, bordado con hilos invisibles

tú también defendiste la patria de los caciques en los que eras sirvienta, eras nada.

Escuelas para que fueran las niñas, trabajos en lo que si te pagaran.

Mujeres presidentas, diputadas, alcaldesas, doctoras,

muchas antes de ti para que hoy seas tú quien quieras.

En el 2020, mujer soldadera, la Revolución te hace justicia,

Pero cuando todo parecía mejorar, luchas por tu vida,

peleas tu propia guerra y te haces escuchar,

tomas las calles, derribas monumentos,

rompes los moldes, quiebras los límites y te atreves a luchar por ti,

que no te violenten, no desaparezcas, 

una nueva Revolución se requiere donde la mujer es objeto o mercancía

 por todas las muertas de Juárez

pero no sólo ahí, en  todos los lugares,

por las que pierden la vida en las manos

de quienes juraban amarlas.i

*Graciela Soto es alumna del Taller de Periodismo y Literatura

La necesidad ¿o necedad? de los héroes

María Elena Espinosa M.*

Durante toda la historia de la humanidad han existido héroes, personajes que han roto con lo establecido y cambiado las formas. Por milenios, los seres humanos han admirado a estos y han intentado incluso apropiarse de su esencia de sus poderes. Robert Graves en “La Diosa Blanca” relata cómo en las leyendas antiguas aparece la figura de un Hércules, un rey sagrado pastoral cuyos poderes tienen que ver con los ciclos de las estaciones, la lluvia, los alimentos originados en la naturaleza, etc.

Graves dice que: “En el solsticio de verano y luego de un reinado de medio año, se le emborracha con hidromiel y conduce al centro de un círculo de doce piedras…alrededor de un roble y frente a las cuales hay un altar de piedra…” ahí tiene lugar un ritual en el que aquel héroe es sacrificado, su sangre es recogida y usada para rociar a todos los miembros de la tribu y hacerlos vigorosos y fecundos. Partes del cuerpo son consumidas por los 12 sacerdotes que participan en la ceremonia.

 La ingestión de los restos de este Hércules tiene qué ver con la sucesión. El siguiente Hércules reinará durante la segunda mitad del año y a éste lo sucederá el Hércules del Año Nuevo. Es evidente que el mito enuncia la sucesión de las estaciones del año; sin embargo, la idea del héroe y la intención de apropiarse de su fuerza subyacen en el imaginario colectivo.

Actualmente no tenemos que realizar estas prácticas, pero, sin duda, en alguna etapa de nuestra existencia podemos anhelar apropiarnos de las características o las fortalezas de nuestros héroes con el deseo de corregir lo que a nuestro juicio es corregible o para instaurar, como en el tiempo de los Hércules, las condiciones para que la vida continúe de la mejor manera, para que el ciclo no se trunque o el camino no se pierda entre los obstáculos.

Probablemente si hurgamos en la Psicología encontremos referencias a esto en nuestro desarrollo, pero si hemos vivido lo suficiente podemos dar cuenta de que en alguna parte de nuestra existencia hemos anhelado ser como algún personaje, cercano o lejano, real o ficticio. Pienso que los primeros héroes son nuestros padres, tratamos de imitarlos, nos ponemos su ropa, sus zapatos en un intento de parecernos a ellos o, en otras ocasiones, se convierten en el modelo negativo que nos induce a decir: “yo no quiero ser como él o ella” y, entonces, en nuestra vida hay un hito y decidimos convertirnos en el que rompe con lo establecido, la oveja negra que se sale del rebaño.

Romper lo establecido significa desatar una revolución, palabra que según el diccionario de la RAE significa entre otras cosas:

1.- Acción y efecto de revolver o revolverse.

2.-Cambio rápido y profundo en cualquier cosa.

La primera revolución ocurre dentro de uno mismo. Cambios profundos se gestan a medida que vamos cruzando los diferentes estadios de nuestro desarrollo. Por lo general no los percibimos, pero suceden continuamente. Piaget diría que vamos “acomodando” nuestras estructuras.

Algunos nunca dejamos de romper con lo establecido. ¿Espíritus de contradicción? ¿Inconformes? Puede ser, según los ojos que juzguen, pero el inconforme siempre tendrá una justificación que lo mueve.

Precisamente estamos atravesando un ciclo de convulsión. Solo es menester echar una mirada a los actos que a diario se suceden en todo el mundo y encontraremos una o más formas en que los seres humanos manifiestan deseos de cambio, necesidad de romper las estructuras actuales con la consabida respuesta de aquellos que desean seguir en la comodidad y placidez de lo establecido.

En nuestro país celebramos un aniversario más de la Revolución que marcó un hito. Al recordar a tantos hombres y mujeres que participaron en ella durante un largo periodo del cual, al parecer, no se tiene una fecha exacta que pueda establecer cuándo terminó, la pregunta es ¿y yo qué he hecho por este país?

Esta pregunta sale del ámbito exclusivamente personal porque involucra la participación como parte de una sociedad, pero al mismo tiempo tiene que ver con ese impulso latente al cual me referí líneas arriba.

Somos seres sociales, obedecemos reglas de convivencia que nos permiten transitar dentro de esta sociedad, sin embargo, eso no quiere decir que todos obedecemos a ciegas o seguimos perpetuando lo que es erróneo, lo que ya no funciona.

Podemos incidir de muchas maneras en nuestra sociedad, ni siquiera es necesario ir tan lejos.  Desde el humilde sitio como habitante de cierto lugar podemos hacer las cosas necesarias para provocar los cambios que se requieren para una mejor convivencia, desde ahí ya estamos revolucionando algo. También lo podemos hacer como profesionistas, sobre todo cuando se tiene un trabajo que incide en otros seres humanos.

A veces se puede ser revolucionario sin llegar a violentar el estado de cosas, mediante el razonamiento, el convencimiento, el ejemplo. Por desgracia sabemos que no siempre ocurre así.  La mayoría de las veces hay una férrea resistencia al cambio sobre todo cuando se afectan intereses creados.

Uno puede ser inconforme nato, otras veces oveja del rebaño. La elección es nuestra porque saltar las normas no es tan fácil, pero tampoco es imposible. Las primeras batallas son las individuales. Ganarse a pulso la identidad, el ser, aunque eso involucre romper con los que amas. Asumir los errores y ganarse el respeto de uno mismo y ya estamos en dos pies, firmes para esgrimir la espada y lanzarnos al mundo.

¿Ser un sujeto de cambio está en los genes? ¿Por qué no conformarse con lo que nos tocó vivir? Hay un gusanito que horada la conciencia y nos dice al oído: ¡Dilo!  Y ahí vas a enfrentarte con tus padres, con tus maestros, con tus compañeros, con tus líderes o tus gobernantes para hacer un cambio.

¿Qué nos anima? ¿Para qué preocuparse por lo que no te atañe? dice en la otra oreja el diablillo malévolo del conformismo. Pero ahí estás exigiendo un cambio, respeto a tus derechos, iniciando un movimiento para beneficio de tus vecinos, de tus compañeros, de tus alumnos. Al final de cuentas siembras para los que vienen detrás, para las generaciones que, sin darnos cuenta, ya están aquí y luchan sus propias batallas, inician sus propias revoluciones.  Entonces dices: ¡así era yo! y hay un brillo en los ojos, el reflejo de aquella llama que se apagara contigo cuando cruces el umbral de tu existencia.

*María Elena Espinosa M. Es alumna del taller de Periodismo y Literatura.

Cuatro interpretaciones

Era 1921. Se le consideraba el año del renacimiento mexicano. La línea política marcaba los tiempos para la construcción del Estado posrevolucionario, enfatizando su cercanía al pueblo. No hubo mejor oportunidad que el centenario de la consumación de la Independencia.

Con Álvaro Obregón en la Presidencia, la estrategia era mostrar al pueblo y vincular al Estado y su propuesta nacionalista con los pueblos indígenas. Esto, según los historiadores, marcó el inicio del Estado cultural, es decir que las políticas públicas también pusieran atención a las artes y la cultura. Fue así como el arte popular se visibilizó y obtuvo su reconocimiento.

Esta parte de la historia del arte popular de México la conoce muy bien Margarita Barajas Zendejas, gestora cultural especializada en la riqueza artesanal del país. A través de una exposición en el taller de Periodismo y Literatura, la también socióloga acercó a las alumnas a ese legado que es mucho más que barro moldeado y que es urgente revalorar.

El 110 aniversario de la Revolución mexicana es ocasión adecuada para mostrar cuatro lecturas de una misma herencia viva hechas a partir de los conocimientos compartidos por Barajas Zendejas.

Con el alma en las manos

Mara Espinosa

¿Conocemos en verdad  nuestro  país? ¿Qué tanto sabemos acerca de los usos y costumbres de cada uno de sus pueblos, de sus habitantes, de sus tradiciones, de su cultura? Nuestra patria es un extenso mosaico donde cada rincón tiene su colorido propio. Cada uno de sus estados ofrece tal riqueza cultural que a veces no es posible conocerla por completo. Y es que conocer tiene que ver con cosas tales como: conocer a su gente, escucharlos hablar, probar sus riquezas culinarias, pasear, pero no para tomar fotografías sino para vivir cada lugar y luego recrear esas vivencias que se quedan en la memoria. Adueñarse con todos los sentidos del colorido, los olores, los sonidos, los sabores, el ambiente de cada lugar no es algo que podamos hacer tan fácil a menos que tengamos la suerte de permanecer lo suficiente.

Algunos de los sitios de mayor interés son los mercados, pues por lo regular es ahí donde se encuentra la mayor riqueza.  Pasear por sus establecimientos es una delicia, sobre todo cuando el lugar es rico en manifestaciones típicas. Hay que  adentrarse en sus pasillos hasta dar con esos puestos llenos de colorido y de la creatividad de nuestros pueblos.

Conocer la artesanía de un lugar es conocer a su gente. Los mexicanos somos un pueblo que se aferra a sus costumbres aunque hay que reconocer que muchas veces nos son por completo desconocidas.

Por eso se valora la conservación que se hace, sobre todo al interior del país,  de esa parte cultural, ligada sobre todo a los usos y costumbres de cada pueblo, a su identidad. En ellos es donde se encuentra más vivo el uso y la creación de artesanías a diferencia del norte del país, donde la cercanía con los Estados Unidos ha permeado en las costumbres de muchos de los habitantes de esta región.  Hay una marcada penetración mercantilista y una tendencia al consumo de productos y costumbres ajenas a las nuestras.

Al centro del país esta aculturación, por llamarla de algún modo, todavía encuentra algo de resistencia. En esos pueblos es más nuestro México con sus tradiciones y eso se nota hasta en la fabricación y consumo de gran variedad de productos artesanales.

Mientras para nosotros la artesanía pasa casi desapercibida o  no es algo a lo que le demos la importancia necesaria porque “no son cosas que necesitemos” debido a nuestra forma de vida”,  para los visitantes de otros países son objetos dignos de aprecio, incluso los consideran verdaderas obras de arte que gustosos exhiben como tesoros encontrados en sus viajes.

De acuerdo con Margarita Barajas, socióloga inmersa en el conocimiento de las artesanías del estado de Jalisco, es importante revalorar estas manifestaciones toda vez que contienen en sí mismas importantes valores intangibles. Más allá del valor utilitario como objetos, nos hablan de identidad, formas de vida, inspiración, técnica. Representan no sólo un objeto sino a sus creadores y amplifican el conocimiento que podemos tener de su historia y su presente.

No siempre se le dio su verdadera dimensión a la artesanía. Apenas en los años 20 se le reconoció como arte popular y se le confirió valor artístico. En los años 50 pasó a ser objeto de estudio antropológico. Personajes representativos de la vida cultural del México de esos años como Gerardo Murillo, mejor conocido como Doctor Atl, Jorge Enciso y Roberto Montenegro se ocuparon de la revalorización del arte popular.

La  creación de una pieza de artesanía es un conocimiento que se transmite de padres a hijos. Hay comunidades enteras dedicadas a crear determinado tipo de artesanía. Aún los mismos utensilios tienen su sello característico, su técnica particular. Es así como nos enteramos que hay diferentes clases de, por ejemplo, utensilios de barro. Sí, porque hay que saber distinguir entre ramas y familias de artesanías.  La forma en que se elaboran hace la diferencia, de tal modo que no es simplemente una olla de barro, sino que puede ser de barro bruñido, canelo o bandera y que ese nombre determinará la técnica para su elaboración así como el acabado que tiene la pieza. También hay que saber si está hecho con greda o esmaltado y si ese esmaltado está libre de plomo.

La conservación de estas técnicas es una especie de resistencia cultural. Los artesanos siguen utilizando las mismas formas de hacer que sus ancestros a pesar de los intentos por industrializar su producción.  Al decir industrializar pensamos en procesos de fabricación de piezas destinadas a surtir un mercado cada vez más demandante, procesos en los que las piezas perderán su integridad, su personalidad, su autenticidad.  No es lo mismo fabricar en serie que acariciar el barro para moldear una pieza. Aunque ésta sea igual a las otras en su forma, o esté destinada para los mismos usos, algo de la creatividad, de los sueños o del ludismo del artesano queda plasmada en la obra dándole un carácter único porque el proceso de construcción es, al mismo tiempo que un trabajo, un goce y  le confiere a la pieza esa gracia que no tienen otros productos que sirven para lo mismo.

Y es que usted tome en sus manos cualquier artesanía, un jarro, una taza, una cuchara de madera, un juguete, etc., aunque esté junto a otros semejantes a él siempre encontrará un rasgo distintivo que, me atrevo a decir, es el alma de la pieza y esa alma, no se logra con una máquina que fabrique en serie. Tener en las manos una artesanía es tocar el alma del artesano. Tocar sus sueños, sentir vibrar en la pieza la pasión puesta en ella, el amor con que fue creada.

Fotografía de Pablo Márquez Cervantes

Guardiana de un legado

Vania Coria Libenson

A través del arte y sus expresiones nos vemos, nos narramos, alcanzamos la inmortalidad. Es en el hacer estético elaborado con técnica, que alcanzamos lo sublime y nuestra terrestre identidad. Y con el paso del tiempo, como les pasa a las calles, a los edificios, a los rostros y a la naturaleza misma, hay rasgos que simplemente se pierden, se van.

Quien custodia el arte, asegura nuestra prevalencia. Quien estudia, conoce, difunde y conserva el ADN de las piezas artesanales, nos mantiene vivos después de muertos. Y para la artesanía jalisciense, Margarita Barajas es más que solo una defensora y promotora; ella es guardiana y portavoz de la lucha por preservar el legado de cientos y cientos de años de tradición, con la visión y transformación de procesos necesarios, para avanzar junto a las nuevas formas, y asegurar su futura permanencia.

Fue apenas en los años 20, cuando se rescató la producción indígena y se revalorizó la estética popular. En ella se imprimían desde el inicio la historia, identidad, ideales, formas de vida, pueblos enteros y valores culturales intangibles que la hicieron herencia viva. Son los años 50 quienes verían logrado el valor antropológico del arte popular en una exposición de los trabajos de poblaciones indígenas, el valor histórico se les sería reconocido, y su difusión internacional vería la puerta. Son estas décadas, a manos de personajes como el Dr. Atl, las que darían el foco correcto a la alfarería, artesanía y cerámica mexicanas.

Las artesanías nos hablan de nosotros. De quiénes fuimos, de dónde venimos. Son más que un trabajo hecho a mano; son un producto de identidad cultural comunitaria que transmite de generación en generación no solo imágenes y utilidad, sino beneficios de índole psicológico, de relajación y trascendencia.

Según la región del país de donde vengan las piezas y las técnicas, los trabajos artísticos se distinguen. Arte wirrárika, vidrio soplado, barro horneado, alfarería y hasta el sincretismo tras la Conquista, cada pieza lleva en su más diminuta arena el ser de los pueblos y etnias mexicanas. Pinceles hechos de cabellos de mascotas y pinturas hechas con tierra. La tierra de la que vienen estos grandes maestros del arte popular.

Dentro de este recuento de antepasados y olor a tierra mojada, habita un triste peligro: la extinción. Varias transformaciones han sufrido los procesos de elaboración de las piezas artesanales sin renunciar a su integridad y valor: implementación de materiales de poco peso, grecas en los dibujos, regulación de temperaturas y nuevos moldes, técnicas de oriente adaptadas, cerámicas tipo corcho y hornos que dan texturas de madera. Todo esto buscando una gama más amplia de comercialización, que dé a conocer mundialmente nuestras creaciones y genere un modelo sustentable para las familias que por generaciones, desde los abuelos hasta los niños, se dedican a esta labor. Pero no ha sido fácil, ni suficiente para mantener la competitividad que les permita seguir.

Las grandes demandas no pueden ser abastecidas con los procesos manufactureros actuales, y el ceder ante la propuesta de maquinarias y estandarización de métodos, asustan a los fabricantes actuales por miedo a perderse en la tecnología y dejar de tener en cada pieza una pincelada de legado ancestral. ¿Pero, qué hacer entonces? ¿Cómo preservar parte del proceso creativo y las técnicas, y al mismo tiempo adaptarse a los cambios y necesidades de un mercado en constante movimiento y necesidades evolutivas, incluso en piezas no sólo funcionales sino decorativas?

Margarita lo sabe. Está alerta y trabajando en mantener estos bienes intangibles tanto como las cualidades útiles y funcionales. Conoce las historias y la importancia de mantener vivas las tradiciones y legados. Pero también ve el mundo y es consciente de la imperante llamada a la modernización y evolución, para no quedarse atrás. Para evitar un suicidio colectivo so pretexto de preservar las más orgánicas formas de hacer las cosas.

La Dirección de Fomento Artesanal del estado de Jalisco registró cerca de 10 mil 700 artesanos, y en ello va la apuesta de ayudarles a mantenerse vigentes, seguros y parte de la historia de nuestro México. Y hay mucho más que se debe hacer. El reto no es sencillo. La apuesta es alta. Y necesitaremos más que solo visitar Tonalá o Tlaquepaque los fines de semana. Nuestra parte deberá incluir la valoración de las piezas, el conocimiento de las técnicas e historias, y la difusión y defensa de lo que como pueblo hemos creado. La guardiana necesitará un ejército de custodios comprometidos, promotores orgullosos y representantes conocedores del origen y fin de nuestra grandiosa y vasta artesanía mexicana.

Fotografía de Pablo Márquez Cervantes

Las artesanías y las manos creativas que le dan vida

Graciela Soto

El talento creativo permanece latente hasta que hay manos y mentes inspiradas que le dan vida.

En paredes, vitrinas y anaqueles de los pueblos artísticos se encuentran las obras de los artesanos; son productos con una historia para contar que se remonta a un pasado en el que la creación tuvo su origen entre piedras, barro, textiles, cuentas, hilos, madera, pintura y otros materiales del entorno.

Benditos los pies de quienes recorrieron este país para ir conociendo la riqueza cultural de cada sitio y encontraron sus emblemas. Roberto Montenegro, el Dr. Atl y Jorge Enciso, promotores del arte popular, sabían lo que valía cada objeto, lo que había costado su elaboración, el tiempo necesario para darle vida. Así, con sus propios ojos y tocando, sintieron la textura y percibieron el calor de los sarapes o admiraron las pinturas en las lozas y cerámicas de Puebla, percibieron la fragilidad de las jarras y vasos de vidrio soplado, enmudecieron con la forma de los objetos del barro negro o de los minúsculos diseños de filigrana de plata en Taxco.

Fueron muchos días y noches para construir un testimonio vivo del inventario artesanal de este gran país. Había que dejar atrás una dictadura que pesaba sobre los hombres, había que dejar atrás la pobreza de ser jornalero endeudado o sin futuro. Es después de la Revolución que se quiere recuperar el arte popular y eran los años 20. La tarea de Montenegro, Atl y Enciso era formar una exposición de arte popular con motivo de los festejos del Centenario de la consumación de la Independencia.

Son los materiales de la región los que se transforman con la mística de una cultura para dar identidad a través de múltiples objetos que no son manualidades, son arte elaborado con la herencia ancestral de generaciones. Representan a ojos que aprendieron observando a los ancianos, a manos que fueron guiadas buscando la originalidad y el perfeccionamiento del proceso. Ese arte simboliza a los cuerpos inclinados sobre el barro que moldea al hombre y lo hace más fuerte, lo hace inclinarse sobre la tierra y recibir su energía, y a su vez, este hombre moldea la figura del cántaro o la vasija que saciará su sed y más tarde podrá ser una pieza de museo que hable de cómo fue toda su historia.

Estamos llamados a ver atrás de la pieza, en donde se encuentre, ya sea en un lugar en el que se pone a la venta o en una exhibición. Detrás de ella hay un artesano y artista que puso tiempo de vida para ello, sus cualidades mágicas nos enseñan que la producción es muchas cosas a la vez:

Identidad y cultura.

Símbolos que hablan de sus valores y sueños.

Ironía que comunica.

Inspiración sublime reflejada en la obra.

Utilidad en la vida práctica.

Decoración de los espacios cotidianos.

Es una mirada del entorno ya que reproduce alguno de sus elementos.

En Jalisco existe riqueza en su inventario artístico y es una mujer, Margarita  Barajas Zendejas, gestora museográfica, colaboradora del ex Instituto de la Artesanía Jalisciense, pide resaltar el arte como parte de las cotidianeidades, luchar por recuperar historia, enseñar a los niños para que conozcan y aprecien lo que vale en vida y en tiempo el trabajo que se hace con las manos y la corazón, para que opongan resistencia cuando un gobierno estatal desaparece así como así un instituto como este, para que el arte sea parte vital y no accesorio utilitario y mercantilista.

Fotografía de Pablo Márquez Cervantes

 Sobre la artesanía en Jalisco

Magdalena Dueñas

Asomarse al mundo de las artesanías es como dar un paseo por la historia y cultura de cada región de un país.  Y cuando se hace de la mano de un conocedor y apasionado del tema, es como sentirse “iniciado” en el descubrimiento de la riqueza de materiales y técnicas utilizadas para crear esos  artículos que admiramos, aún sin saber lo que  hay atrás, pero sobre todo  para valorar más a los artesanos, verdaderos artistas, cuyo trabajo es producto de conocimientos ancestrales.

Margarita Barajas Zendejas, licenciada en Sociología, y con amplia experiencia en gestión cultural y museográfica, actualmente enfocada al análisis del impacto de programas sociales, culturales y de políticas públicas, desde la perspectiva del modelo de ecosistema de innovación social, comparte algunos de sus conocimientos y experiencias sobre la artesanía jalisciense, en una charla amena y magníficamente documentada.

 ¿Artesanía o Manualidad? 

No por ser fabricado a mano entra en la categoría artesanal, pues para ello se requiere que el objeto tenga una identidad cultural comunitaria, cuyo proceso manual sea auxiliado con implementos rudimentarios y con materiales generalmente obtenidos en la región donde habita el artesano. Es  un oficio, una industria creativa.

Un poco de historia

En México, como producto del primer Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en 1940, se determinó salvaguardar y perpetuar las culturas indígenas del continente creándose lo que a la postre se convirtió en el Instituto   Nacional Indigenista. Finalmente, en 1951 surge el Museo Nacional de Artes e Industrias Populares, de gran importancia para la artesanía, pues además de albergar colecciones de arte popular, se iniciaron diversos programas para promocionar comercialmente los productos, así como orientación respecto a técnicas para reducir el tiempo invertido en la  fabricación, tomando en cuenta que los  artesanos obtienen el  sustento  económico  de su trabajo.

En Jalisco, abre en 1954 el Museo Regional de la Cerámica de Tlaquepaque, y en 1963 inicia la construcción de la Casa de las Artesanías de Jalisco, buscando el desarrollo y perfeccionamiento de productos y herramientas.

Margarita Barajas es coautora y coordinadora editorial de un magnífico libro, titulado “Artesanías, una fusión de vida y cultura”, publicado en 2009 por el entonces Instituto de la  Artesanía Jalisciense, con motivo del 45 aniversario de la Casa de las Artesanías, en el cual podemos encontrar no solamente información sobre el origen, desarrollo y  técnicas artesanales de nuestro Estado, sino estupendas fotografías de diversas colecciones, además de una  interesante descripción del proyecto y construcción de la Casa de las Artesanías, en el que  se  cuidó de forma especial la  utilización de materiales representativos del trabajo artesanal.

Panorama actual

La experta comenta que actualmente existen 10 mil 700 artesanos registrados en 30 municipios productores. Jalisco se destaca en diferentes técnicas  como  la cerámica, metalistería, lapidaria, arte  indígena y textiles.

 Detallar cada una de estas especialidades y las diferentes regiones del Estado en las que se trabajan sería tema para un artículo mucho más extenso. Aquí nos limitamos a algunos datos interesantes de la exposición.

Por ejemplo:  Todos sabemos que Tlaquepaque es famoso por artesanía; sin embargo, desconocemos que antes de la Colonia, era considerada tierra de brujos. Al llegar la influencia colonial se crea un sincretismo cultural, y de ahí surgen formas tan originales en las que se mezclan figuras fantasmagóricas de animales-hombres y otros símbolos que el artesano plasma en sus creaciones.

Un ejemplo podría ser la obra de Candelario Medrano (1918-1986) de quién se  cuenta que sus  figuras de leones o nahuales con cara de hombre, eran producto de sus  sueños. Para esas figuras se utilizaba la técnica del barro betus, decorado con mezcla de huevo y aceite de pino. Actualmente ya no se usa  esa  técnica,  sustituyéndose por otros materiales, pero el trabajo de Don Candelario continua  vigente en sus hijos y nietos, quienes siguen elaborando objetos surrealistas.

Aun cuando el  origen de la  alfarería  se remonta a la época  prehispánica, tomando en cuenta que  surgió  a  partir de que  el hombre requirió cocer  los  alimentos, trabajándola  para satisfacer  necesidades domésticas,  al paso del tiempo tuvo , como  otros  oficios, una evolución al buscar mayor  dureza y resistencia para sus  utensilios, y por  la misma naturaleza creativa del ser humano, pasó a decorarlos, a buscar nuevos  estilos , razón por la que  existen en la  actualidad  tan  interesantes variables como  la  “loza de agua”, cerámica brillante y tersa   que  todos  conocemos de vista sin saber que se llama   “barro  bruñido” ( tallado con pirita y agua), “barro canelo”  (piedra  de río y cebo), “barro bandera” (se distingue por sus  colores)  o que el “barro engretado” lo trajeron los españoles y la técnica incluía metales pesados, lo cual se ha resuelto en la cerámica  gracias a materiales que  no  causan daño a la salud al utilizarlos como artículos  de uso cotidiano.

Otra técnica muy famosa es el “petatillo” estilo tonalteca, elaborado con fuego, barniz, o engretado. Es un trabajo delicado, y se denomina así por la fina y milimétrica retícula la que sedecora el fondo. Las piezas son muy apreciadas por las hermosas figuras de animales y plantas decoradas con puntillismo, y requieren una gran maestría para su fabricación.   

La cerámica moderna ha tenido influencia de artistas innovadores que han dejado su huella en el estilo de decorar, como el Ingeniero Ortiz que, en los años 50, con la introducción de la cerámica tipo “corcho”, dio un toque distintivo a las piezas de alta temperatura, logrando inclusive una mayor ligereza.

Instalado en Tonalá en los sesentas, el neolonés Jorge Wilmot comenzó a experimentar con nuevas formas de cerámica como objetos de ornato, con la idea de mezclar diferentes influencias, preservando las tradiciones, pero con realmente valiosas en la técnica y el estilo.  A él se debe la introducción del gres y la utilización de hornos de gas a gran escala. En su trabajo se distinguen pájaros, flores, águilas de dos cabezas y soles multicolores. Su influencia ha sido enorme  en ceramistas mexicanos y extranjeros.

Sería imposible conocer en una charla la variedad de artesanía que Jalisco aporta al arte mexicano, pero es reconfortante saber que existen expertos como Margarita Barajas con ese interés por preservarla, apoyando procesos de innovación que permitan a los artesanos continuar con su oficio y lograr la permanencia de los productos elaborados por ellos en la vida cotidiana de la sociedad.

Esta charla ha sido no solamente instructiva, sino la oportunidad de abrir una ventana más al asombro por la creatividad del ser humano. 

Fotogragía de Pablo Márquez Cervantes