Los colores del invierno

Escrito por

Angelina Rodríguez Arévalo

Ilustración de Camila Schmidt Hernández

Todo lo que un día se esconde es semilla

                                                                            que el tiempo riega y trasforma”

                                                                                     Yolanda Ramírez Michel

Soy enfermera en una casa de descanso. Aquí la vida nos descubre historias inolvidables en los colores y el aroma del “invierno”.

Les comparto una de esas historias:

 Enrique sufrió un evento cerebral a sus sesenta años, esto le dejó imposibilitado para caminar. Cuando llegó a vivir a la casa de descanso, no quería salir de su habitación. Permanecía en silencio y con los brazos cruzados todo el día, mirando fijamente el suelo. Era un ermitaño, encerrado en su muralla oscura y fría.

Un día, durante la comida, un compañero de noventa y tres años, Boni, que padecía demencia senil y dificultad para hablar, pronunció como pudo ante Enrique:

-Quiiii…queee, Qui…queeeee.

 Al escuchar su nombre, Enrique alzó la vista, miró a Boni, y por primera vez lo vimos sonreír. Aquellas fueron palabras milagrosas que lo impulsaron a derrumbar su muralla y ver la luz que había a su alrededor. Luego de aquella sonrisa, platicó con sus compañeros, participó en las actividades. Su sentido del humor, antes guardado bajo llave, animaba a la comunidad.

 A partir de aquel día, “Quique” nos pedía a toda hora estar cerca de Boni. Con sonrisas, miradas profundas, el contacto de sus manos, y algunas contadas palabras, establecieron una entrañable amistad.

Los días pasaron como saetas veloces. Las fiestas decembrinas llegaron. La puesta del Nacimiento y el montaje del árbol despertó en Enrique el espíritu navideño. 

Su hermana solía visitarlo, una tarde él le pidió:

-¿Puedes traerme la chamarra que me heredó papá envuelta como regalo de Navidad? Está en el clóset de la que fue mi recámara.

Ella cumplió su deseo   

El día de Navidad, Quique volvió a pedirme que lo sentaran al lado de Boni.  Acomodé a los amigos frente a frente, a un lado del Nacimiento. Sus rostros brillaban con las luces del árbol.  Se miraron en silencio… Enrique colocó el regalo sobre las piernas de Boni.

Gracias amigo, por ti volví a tener esperanza, paz en la vida y alegría en mi corazón.

Con sus ojos nublados de lágrimas, Boni acarició las manos de su amigo. Con los ojos también húmedos, Enrique, besó las manos del anciano.

Angelina Rodríguez Arévalo escribe “Los colores del invierno”, un cuento de la vida real.

Por mediación de la voz de una enfermera de la casa de descanso EMAC, Angelina nos muestra cómo la vida siempre tiene sorpresas y encantamientos. “Los colores del invierno” se publicó en el periódico Mural el 23 de diciembre del 2020. Aquí tenemos a los personajes escuchando la narración. Boni y Enrique (Quique para Boni) hacen que a uno se le salga una lágrima…

Los personajes del cuanto en vivo, escuchando el cuento que trata acerca de ellos.

Memorias de una pandemia: la nueva actividad extrema

Entre pandemia y botón rojo, surtir la despensa es una práctica de alto riesgo: no toques, no huelas, es peligroso; no compares, invertirás más tiempo y estarás más expuesta.

Las escenas de la nueva normalidad en mercados y tiendas de autoservicio pasan por la mirada aguda, la escritura entrenada y la ironía de alumnas del taller de Periodismo y Literatura.

Escriben de cómo salir a las compras de la canasta básica, algo tan cotidiano, tradicionalmente libre, sin restricciones ni horarios, y casi, casi, paseo familiar de fin de semana o quincena, es ahora una práctica un tanto reglamentada: una sola persona, no adultos mayores, sin aglomeraciones…

Sus crónicas son el testimonio del tiempo que les está tocando vivir. Escriben porque hay que contarle a los que vienen.

El dolor de no tocar, oler, escoger y comparar

Por Vania Coria Libenson

A muy corta edad supe que no siempre hay comida en la mesa. Que las raciones se hacen grandes o chicas según el día del mes. Que es diferente lo que comes en el recreo en comparación con lo que comen los que se sientan al lado de ti. A veces más, a veces menos. Y de manera inconsciente vas entendiendo el mundo a través de cantidades de salchicha, galletas de marca, termos con agua o jugos preempacados y dinero para un extra en la cooperativa escolar.

Todos deberían poder comer igual. Todos deberían poder elegir y paladear. Y quizá por eso una gran rebanada de mí ser lo he dedicado a la comida. A preparar. A jugar con los sabores y retarme a ver en los rostros aquella inequívoca señal de placer y saciedad. Una mano que alimenta delicioso, tiene un poder celestial. O así me siento yo al menos cuando lo hago.

Y existe un momento sublime, antes de poder iniciar la magia al cocinar: las compras.

Tenía quizá poco más de 4 años, cuando visité por primera vez el Mercado de Abastos de la mano de mi madre. Un mundo terroso de olores magistrales y colores vivos. Pequeñas islas divididas por fierros mugrosos te ofrecían frutas de nombre desconocido, pero exquisitas. Grandes ruedas de quesos añejos al alcance de mis deditos, y un señor subido de peso que al verme cortaba una rebanada y me la entregaba orgulloso en un plástico circular. Al lado de Lety, nuestra distribuidora de fruta del pequeño restaurante que mi mamá tuvo durante mi infancia, está probablemente el local más pequeño de todos, donde vendían jugos y licuados. El de chocolate era siempre mi elección. Nunca entendí cómo se hacía tan espumoso en ese aparato verde metálico que sostenía un vaso de acero y cuyas aspas chillaban como un tren quejumbroso a todo vapor. Convenía pedirlo en vaso, para que te rellenaran con lo que había quedado en el aparato y no se merecía desperdiciar.

Pollos, cabras, reces, cerdo, pescados y mariscos muy muertos, colgados boca abajo, que lejos estaban de ser grotescos, si los veías en su potencial. El aroma a cilantro fresco, a naranja dulce, el menudo de Doña Chela al final de la pesquisa como premio por haber sabido esperar. Sabores, texturas, formas y tamaños todos. Todos están ahí.

Los años pasarían y caminar a empujones entre los pasillos me era natural. Ropa cómoda, dinero en la bolsa del pantalón delantera, y mi amigo Toño que cuidaba en su local mis bolsas de asa roja y cuadrícula de plástico, para no cargar y poder comprar y comprar. Caras que se hicieron familia. El pedacito de queso que se me entregaba con la misma calidad tersa y cremosa que la leche entera da, ahora me lo entregaba el hijo de aquel señor que murió de pronto, pero el queso se quedó. La manzana limpiada en un mandil de flores ofrecida a mí en una mezcla de camaradería y apapacho al corazón. El escuchar ¿cómo esta mi amiguita, hoy te tocó a ti? ¿Qué vas a llevar? Seguido de nombres que me eran tan familiares como decir agua; un kilo de diezmillo, espalda sin limpiar, costillar, entrecot fresco que lo voy a hornear, bonillo, picaña, bogavante y nata de montar… Nuestro lenguaje delicioso. MI propio mundo seguro. El viaje al país de las maravillas.

Los niños suelen recordar tardes con los primos, las idas al campo, correr en la tierra o salir a acampar. Yo recuerdo las grandes bodegas de semillas, las tiendas de dulces, los pisos negros bordeados por los colores más vivos y sabores más extraordinarios que la madre tierra da. Mis mejores salidas, mis momentos más dichosos, eran salir a comprar los ingredientes para cocinar.

Al morir mi madre creí que ese placer extremo acabaría. Su recuerdo, las preguntas por ella, su ausencia en la silla del menudo a mi lado, y su manera de hacerse notar y querer por todos me hicieron un hueco en el estómago que de vez en cuando me cura el omeprazol pasado con el mismo licuado. Pero el gozo, el éxtasis, la libertad de mi olfato y al carrusel de alta velocidad de mi imaginación sobre qué podría cocinar, sobrevivieron a mi gran perdida y se quedaron conmigo. Año con año, mes a mes, temporada a temporada, mi vida avanzó al compás de las familias que atienden el Mercado de Abastos. Mi adolescencia, mi adultez prematura, mis enfermedades se acompañaron de la mano de productos de importación, de nuevos cereales, de verduras orgánicas, de cortes magros y el mismo menudo. Sentirme en casa es hacer el mandado en la central.

Mi pasión se trasladó a las grandes cadenas de super mercados. Sentir la misma fascinación en los pasillos con altos anaqueles y empaques con etiquetas que siempre he sabido revisar. Enseñe desde pequeños a mis hijos a amar la posibilidad de ir a llenar el carrito e imaginar y soñar. Ninguna sensación ha sido jamás tan placentera como cerrar la cajuela, manejar a casa, bajar las compras, y ver el refrigerador y la despensa a reventar. Te hace sentir que todo está bien. Que todo estará bien.

La cocina se me convirtió en arte a muy corta edad. Jugando en el piso del restaurante de la familia con un anafre en miniatura con carbón encendido real y cacerolas de barro de juguete que insistí me compraran en el tianguis. Las cocineras las llenaban de la comida que vendíamos, y yo me sentía realizada. Fui una y mil veces por aceite, sal de grano, enormes cantidades de carne, semillas, vegetales… Nunca fui más feliz, nunca me sentí más segura.

Y así, de golpe, como cuando te dicen “ya no te amo” y se van, así duele hoy no poder salir a comprar. Tocar, oler, escoger o comparar, es un riesgo y una falta a la nueva normalidad. Esos pasillos estrechos donde todos somos iguales, hoy son un riesgo por la proximidad. Vaya osadía, creernos iguales sin importar la clase social, ya es visto como una cercanía potencialmente mortal.

Me pusieron horarios. Restringieron los días. Debemos usar cubre bocas, pasar un arco de desinfección, la gente se aleja de ti en automático, te miran con desconfianza, una desconfianza jamás vivida en mis más de 35 años asistiendo cada domingo sin excepción. El tiempo de permanencia es breve. Haces fila si se satura el flujo de visitantes. ¿Desayunar ahí? Meses estuvo prohibido, hoy de nuevo cancelaron la participación de los locales de comida como prioridad.

No puedes detenerte, ni tocar y regresar. Ese mundo fantástico dónde el espíritu creativo se recargaba, está actualmente en demolición.

Hoy pienso en ir por la despensa, cubierta de pies a cabeza y de prisa, como algo parecido al cavernícola que va de caza con miedo a ser devorado en lugar de recolectar. Qué valiente aquél que levanta la mano, un poco presa del encierro, pero de estómago fuerte para ir al supermercado. Las compras de pánico son un reflejo desesperado por tener lo que se necesita para vivir. Porque queremos vivir. Porque tememos lo que la pandemia traiga a cuestas con el resultado de los que aún creen que es una teoría conspirativa.

No me juzguen, lo entiendo, y no corro riesgos ni quiero que los demás los corran por mi obsesión. La supervivencia se jacta de extrema, así que una manzana hoy deberá pasar por cloro y detergente antes de poderla siquiera meter a mi refrigerador.

No puedo olfatear las especias ni platicar recetas antiguas con la esposa del carnicero que me vio crecer. Hoy es solo un trámite veloz, como artículo de primera necesidad y establecimiento prioridad 1, para el permiso de seguir operando. Después de todo, se come para vivir.

Es tal el riesgo y el miedo, que dejé de ir. Mando un mensaje a un astuto joven que te hace las compras en Abastos y me las deja en la puerta del jardín, sobre una mesa dispuesta con litros de cloro, jabón, agua y todo un protocolo de seguridad. Las tiendas en línea, a su vez, te facilitan hacer tus pedidos en aplicaciones con coloridos dibujos de frutillas y un simpático carrito de compras que va dibujando el número de artículos que has escogido. Puedes agendar tu entrega ese mismo día, con horarios escalonados y llamadas antes para confirmar si hay sustitutos en caso de que hayan faltantes de lo que pediste en la lista inicial. Es más, no hay que ir ni a la tienda. Aplicaciones como Cornershop, Rappi, Uber Eats o un Rappi Favor, te llevan en menos de 30 minutos las cositas que te faltaron en el pedido grande semanal.

Hay formas de reducir el contagio y la exposición al riesgo, sí. Hay mecanismos que cada día funcionan mejor y conforman la nueva realidad. No hay fecha para el regreso a clases, para la apertura de toda categoría de comercios, y durante dos fines de semana, debido al botón rojo que implementó el gobierno, los supermercados ni abren.

Una mezcla de virus impredecible y ciudadanos desafiantes de la autoridad han hecho esto más largo y más caótico. No hay lugar seguro, no hay país de las maravillas, no hay momentos de recreación ni gastronómica ni lúdica ni espiritual. Estamos confinados hasta que algo o alguien pase y regrese el tiempo a donde se podía salir a respirar. Habremos de convertirnos en seres resilientes y rogamos por la supervivencia nuestra y de nuestros seres amados. Hacer las compras es hoy una de varias actividades extremas que solían ser de lo más normal. Esperemos que la inteligencia y hambre de una buena vida nos permitan pronto, volver a ver de cerca, tocar, olfatear y paladear.

Este texto es producto del taller de Literatura y Periodismo que imparte en Trithemius Talleres Literarios la maestra Mireya Espinosa, periodista con amplia trayectoria en el tema.

Un día agitado

En esta crónica, a partir de la jornada de una sola mujer, millones se ven retratadas.

Mara Espinosa*

Es conocido el chiste de aquel hombre al que le preguntaron si su mujer trabajaba y respondió enfático: “No, ella no trabaja, se queda en casa”. Quedarse en casa equivale, según esta expectativa, a estar echada en el sofá con el control de la televisión en la mano viendo películas o cualquier otra cosa durante todo el día. ¡Ajá! Nada más alejado de la realidad. Bueno, creo que al menos para la gran mayoría de las mujeres.

Durante muchos años ni siquiera me cuestioné los malabares que hacía para cumplir con mis dos turnos de trabajo, es más, lo hacía con gusto a sabiendas que de esa manera mantenía las cosas en control y mis responsabilidades cumplidas.

Ahora, en esta etapa de  la vida y con una mente menos alienada (¡ja!) vengo a darme cuenta que estuve dominada por un sistema en el que mi realización como mujer fue coartada, que estuve ciega y nunca vi la explotación de que era objeto; que  trabajé sin recibir un sueldo por realizar las labores del hogar, que mi pareja debió contribuir en la misma medida que yo a mantener el orden y no solamente aportar en lo económico y esperar a tener, por obra de magia, la casa limpia, la comida en la mesa, la ropa lavada, planchada y pulcramente ordenada en los cajones para su comodidad,  que mis hijos no eran solo responsabilidad mía y un largo etcétera que aún me cuesta reconocer como parte de aquella opresión.

Pero todo cae por su propio peso. De pronto me doy cuenta que puedo razonar sobre las acciones que realizo y tomar conciencia de que, aunque esto pueda mover a risa a muchas personas, no es un chiste sino una problemática que las mujeres de hoy pugnan por resolver.  No es una lucha con un solo frente.  Son tantas cosas que han mantenido a las mujeres en desigualdad que se ha hecho una amalgama de causas formando una bola de nieve que va rodando cuesta abajo pues hemos pasado de ser consideradas, convenientemente,  brujas a finales de la edad media, el género ninguneado, omitido, explotado sexual y laboralmente a ser el género que exige el derecho al voto desde 1789 en la Revolución Francesa aunque no se haya conseguido, ni pronto ni de manera universal, el que se mantiene, hoy más que nunca, en  esa lucha para exigir se respete su derecho a elegir ser madres, a no ser agredidas, explotadas, secuestradas, violadas, victimadas.

Desde mi espacio personal empiezo a tomar conciencia, pero a pesar de ser consciente de lo que mueve a esas frenéticas jóvenes que ahora irrumpen los espacios ante el escándalo de unos y la aprobación de otros, algo dentro de mí todavía actúa como en cámara lenta. Soy consciente de la brecha generacional, sé que aún respondo y a veces razono inducida por  la forma en que fui educada y el tiempo que me tocó vivir.

Pienso que ellas, las que ahora gritan, vociferan, rompen vidrios y toman todo aquello que huela a sistema como lienzo para plantear sus protestas tal vez ni siquiera han experimentado lo que las mujeres de mi generación vivimos con los ojos cerrados. Yo todavía necesito un piso desde donde tomar esa conciencia, la cual implica ser analítica,  reflexiva, despojarse de patrones mentales que mantienen el estado de cosas, pero ¿para quién? Esa es la pregunta.

 Hago  este ejercicio desde un día cualquiera, un día normal dentro de una rutina normal en la vida de una mujer (yo) que aunque tiene un trabajo, devenga un salario, se prepara académicamente, también está inmersa en una sociedad tradicional, es parte de una familia tradicional o normal y tiene un papel como esposa, madre, ama de casa ( entendido este último rol como la que barre, trapea, lava, plancha, cocina, cuida los hijos, educa, protege y les procura, o al menos lo intenta, estabilidad emocional) aparte de ser una inconforme  que busca seguir avanzando en su superación personal y que, además, tiene la peregrina idea de que algún día publicará sus poemas.

EL DÍA CUALQUIERA

Son las 5:00 de la mañana. El despertador insiste, es hora de levantarse, hacer el lonche para que el hombre se vaya a trabajar. Mientras yo me afano en la cocina guisando la comida que llevará, él se levanta, se baña y se prepara para ¡almorzar!  Entonces mi tarea es doble, guisar y al mismo tiempo prepararle un almuerzo.

5:45 Se fue.  Ahora debo preparar el almuerzo para la hija que se va a la escuela a las 6:00.

─ ¡Levántate que se te hace tarde! ─ grito mientras voy de nuevo a la cocina y me afano en preparar algo rápido para que no se vaya en blanco. La oigo trajinar preparando sus libros, sus cuadernos. A la carrera come algo y recoge el envoltorio que le he preparado con un tentempié porque la jornada es larga. Sale con su mochila al hombro, en la mente recorro con ella el trayecto de ir caminando hasta la parada del autobús, tomarlo y hacer el viaje de casi una hora hasta la ciudad vecina.  No volveré a pensar más en ella porque sé que llegará bien y volverá a casa a la hora de costumbre, por la tarde.  Mientras evoco esa época se me hace un nudo en el estómago al pensar todos los riesgos que pudo haber corrido en ese trayecto, pero en aquellos años no estaban las cosas como ahora. Hoy en día duelen las mujeres buscando a sus hijas, a sus hijos. Pienso en las madres de esas chicas, en los hijos que muchas han dejado y doy gracias porque cruzamos a salvo por esa necesidad de dejar ir solas a las nuestras  a la escuela o al trabajo, cuando todavía ni siquiera había un teléfono desde el cual mantenerse en contacto, tan solo la confianza en no saber que afuera cada mujer sola podía ser una posible víctima como registran ahora las noticias de mujeres victimadas por sus novios, sus parejas, sus esposos o extraños nomás por el simple hecho de ser mujeres, o de estar en el lugar equivocado o vestirse de modo provocativo según la mentalidad del otro  y quizá, por estar en desventaja física o porque han sido minadas de la voluntad de reconocer como agresor a aquél que aman.

6:30 Llega la hora de empezar con lo mío, apenas sí queda el tiempo justo para un baño y arreglarme, pero primero he de levantar a la otra hija, quien por suerte va conmigo a la escuela. Debo tomar mi tiempo porque hay que peinarla y no es cosa fácil por su pelo abundante, largo y rizado.

7:15 Le hago dos gruesas trenzas que ato con moños de colores y le ordeno que se vista mientras ooootra vez, voy a la cocina a preparar su desayuno y el mío, ya con más calma nos sentamos a desayunar.  Por fortuna en ese tiempo trabajo cerca de casa.

7:40 Salimos rumbo a la escuela, por el camino vamos riendo disfrutando de la mañana, jugamos en el trayecto juegos de palabras; ella va, como siempre, saltando. Se adelanta, se vuelve, me insta a caminar más rápido, me espera. Seguimos.

7:45 Llegamos a la escuela, empieza mi jornada. Me dirijo al salón y de las 8:00 am, a la 1:30 pm no volveré a pensar en que soy madre, una esposa, la cocinera… solamente soy la maestra.

13:00 Suena el timbre, termino de entregar los cuadernos y dejo salir a los niños cuyas madres los esperan en la entrada. Qué suerte, llegarán al hogar donde la sopa caliente los espera porque hay una madre que “no trabaja”.

13:15 Debo darme prisa, el turno vespertino ya viene y me urgen a salir para asear el aula. Qué más da. Cierro el locker, tomo mis cosas, recuerdo entonces que tengo ahí una hija. Por fortuna ya me está esperando (porque he de contarles que alguna vez se me olvidó en la escuela)  y nos vamos.

13:20 De pasada hay que comprar algo para la comida, llegamos a la carnicería, vuelvo a ser la madre, pienso en el menú y llevo las cosas necesarias.

13:30 Otra vez en casa. Hay que hacer la comida. Como si fuera un ballet largamente ensayado voy preparando las cosas: primero la carne al sartén para que se fría, ahora lava el arroz, ponlo a freír que no se queme, mueve la carne, muele el recaudo, menea el arroz  que ya casi se tuesta, agrega el recaudo a la sopa, pica las zanahorias, agrega a la carne, pela las papas y corta en cubitos vierte el recaudo a la carne, tapa, agrega las papas, tapa de nuevo, prueba el sazón, ¡listo!

13:50 La comida en la lumbre, empiezo a recoger la casa, a poner orden en la recámara, apenas alcancé a tender la cama, voy al cuarto de mis hijas, doblo las mantas tiendo las camas también. Hasta ahora no he pensado ni una vez que soy una esclava ni siquiera una criada, solo soy una mujer con una familia que atender.

14:00 La comida está lista, mi hija tiene hambre. Comemos juntas, ella contenta de poder disfrutar la comida caliente recién hecha y yo contenta de poder cumplir con ese rito de amor de alimentarla.

Miro el reloj, ya son las 2 y media, no tarda en llegar su hermana. Lo bueno que la comida ya está lista porque llegará hambrienta.  A la distancia me pregunto cuánto de lo que hacíamos como algo normal ahora es cuestionado a la luz de tantos asegunes, como decía mi abuela. Y ya que la menciono,  hago una reflexión acerca de las generaciones que representamos mi abuela, mi madre, yo y mis hijas. Sin duda somos especímenes de épocas diferentes. Mi abuela silenciosa en su quehacer, guardiana de sus secretos y de tantos saberes ancestrales que todavía conservo; mi madre, precursora de las mujeres que empezaron a romper los moldes. Ella es una mujer de transición, fue madre, pero también empresaria, fue el tronco y nosotros las ramas que crecimos hasta irnos muy lejos, envalentonados por las alas que se esmeró en construirnos. De ella aprendí la independencia, el no depender del hombre para solucionar las problemáticas, la idea de realizarme como persona. Aquí estoy yo, apegada al estudio, rebelde, independiente y al mismo tiempo al pie de mis hijas. Si mi madre fue el inicio, yo soy la transición. Mis hijas son dos seres independientes, una nueva generación con otras ideas y ambas con hijas que de seguro no serán lo que fuimos las que estamos antes de ellas.

15:00 Llega el esposo, hay que dejar lo que esté haciendo para servirle la comida caliente y, mientras come, aprovechar para: limpiar la cocina, lavar la loza, ordenar un poco, después desaparecerá ocupado en no sé cuántas cosas misteriosas y asuntos que los hombres tienen fuera de casa.  Cuando termine y quede libre la mesa pasará a ser escritorio para hacer las tareas de la escuela.

Nos darán las 17:00 en estos menesteres y yo me seguiré de largo leyendo los textos que corresponden a mis tareas de la licenciatura que trabajo durante toda la semana y presento los sábados. Es ese el espacio donde voy colocando los peldaños de mi superación.  Paso de la lectura a la escritura, a mano porque todavía ni soñar con tener una computadora. Escribo mientras mis hijas ¿qué harán? La mayor todavía sigue haciendo tareas y la menor juega mientras afuera, el sol empieza a descender, casi oscurece.

19:00 Dejo pendiente mi tarea y reviso el plan de trabajo de mi grupo, preparo lo necesario para el siguiente día y luego dejo libre la mesa para servir la cena. De nuevo voy a la cocina, pienso qué hacer. Preparo un poco de masa, hago unas tortillas, una salsa. Las entomatadas a todos nos gustan.

21:00 Es hora de dormir porque mañana habrá que volver a madrugar. Cierro los ojos. Estoy tan cansada que ni siquiera sueño, me da flojera. Mañana me subiré de nuevo a la rueda como el hámster mientras en la mente de una, cien, mil, millones de mujeres se gesta una nueva realidad para nosotras, para ellas y las generaciones que vienen.

*Mara Espinosa es alumna del taller de Periodismo y Literatura que se imparte en Trithemius Talleres Literarios.

Diálogos con José Clemente Orozco

Alumnas del taller de Periodismo y Literatura nos cuentan acerca del muralista jalisciense que hizo del arte mural un instrumento para la denuncia e impresionó por la representación de la miseria humana.

A través de una entrevista ficticia y lúdica, Magdalena Dueñas, Graciela Soto y Vania Coria exploraron en la vida y obra de José Clemente Orozco; después hicieron su propia investigación para redactar los textos.

Compartimos los trabajos a propósito del aniversario del nacimiento del artista, el 23 de noviembre de 1883:

Originalidad y grandeza

Magdalena Dueñas G.

Orgullo jalisciense, cuya denuncia a través del arte trasciende en el tiempo, como claro ejemplo de que el objeto estético se convierte también en documento social.

ORÍGENES

Su infancia transcurrió entre Jalisco y la Ciudad de México; él mismo relataba que fue un niño serio y más bien introvertido, quién diariamente al regresar de la escuela pasaba por un taller de litografía, donde casualmente conoció los grabados de José Guadalupe Posada y comenzó a interesarse por la pintura, al grado de inscribirse a clases vespertinas en la  Academia de San Carlos. Su inclinación por  el pincel se puede  decir que fue innata ya que en su familia no tuvo acercamiento a este arte. Su padre era fabricante de jabones y su madre se ocupaba de la familia a la vez que disfrutaba tocar el piano.

Siendo muy joven cursó estudios de agronomía por decisión de sus padres, pero la vocación artística prevaleció, trabajando al principio como caricaturista de los periódicos “El hijo del Ahuizote” y “La Vanguardia”, al tiempo que realizaba acuarelas y dibujos ambientados en los barrios bajos de la capital mexicana. Ya su obra de entonces impresiona por la forma de representar a los personajes con su miseria humana.

Sorprende saber que en 1904 le amputaron la mano izquierda a consecuencia de un accidente con pólvora, y no obstante, determinó dedicarse a la pintura, llegando a ser uno de los mexicanos más reconocidos por la originalidad y grandeza de su obra.

La falta de su extremidad no lo limitó para abordar el muralismo como principal oficio, pero la obsesión por pintar manos lo acompaño siempre.

TRAYECTORIA

En 1922 se unió a Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros en un sindicato de pintores y escultores que buscaba recuperar el arte de la pintura mural.

Los primeros murales los realizó entre 1923 y 1926 en el Colegio de San Ildefonso en la Ciudad de México con temas relacionados con el origen del México mestizo, la crítica a las fuerzas negativas, y la tragedia humana de la Revolución.

Otros artistas trabajaron también en San Ildefonso en esa época y fueron duramente cuestionados  por diferentes grupos, incluidos los estudiantes del recinto, que ya para entonces  era la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM. Se dice que incluso hubo necesidad de que Orozco y otros pintores   rehicieran segmentos de su obra,  debido a  los  daños causados por los inconformes.

El muralismo tenía entonces la idea de educar a las masas, construyendo imágenes que representaran algo para quienes las contemplaban. Eran patrocinadas generalmente por el gobierno, aunque obviamente reflejaban las ideas y filosofía de los  artistas, como en el caso de Orozco cuyas convicciones e ironía están siempre presentes  en su pintura. Cuando se observa alguno de sus murales, sabiendo a quienes representa, no hay forma de no  asombrarse,   o admirar, no solamente su técnica, sino la imaginación para mezclar personajes tan disímbolos que forman parte de nuestra  historia.

Al respecto escribió: “La más alta, la más lógica y la más fuerte forma de pintura es la mural. Sólo en esta forma es una con las otras  artes, con todas  las  otras. Es la forma  más desinteresada, porque no puede hacerse de ella asunto de ganancia privada; no puede ser ocultada para beneficio de unos cuantos privilegiados. Es para el pueblo. Es para todos”.

El arte del siglo 20 está ineludiblemente influido por las diferentes corrientes de pensamiento surgidas del periodo entre guerras, y en el caso de México, también por la revolución de 1910, de la que el artista deja innumerables testimonios en sus murales. No solamente representó la historia, la confrontó, dejando para la posteridad una aguda crítica.

Orozco es uno de los principales protagonistas del muralismo que se inscribe ya en el denominado modernismo, al romper con los métodos, técnicas y temática del arte tradicional.

Por  obvias razones, un artista de su talla no pasaba desapercibido, por lo que entre 1927 y 1934 vivió en Estados Unidos realizando principalmente murales  con temas como  la esclavitud, el trabajo, la cultura del maíz, la evangelización y otros temas  sociales.

De regreso en México, su trazo lo plasmó en el Castillo de Chapultepec, el Hospital de Jesús, la Suprema Corte de Justicia, el Palacio de Bellas Artes entre otros, llegando al clímax de su carrera artística con los cuarenta frescos de la Capilla del Instituto Cultural Cabañas abordando el tema de la fisonomía histórica de México.

Tuvo la fortuna de recibir en vida reconocimientos y premios, y al morir, en 1949, fue velado en el Palacio de Bellas Artes; sus restos descansan en la rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de Dolores en la Ciudad de México, siendo el primer pintor en recibir dicho homenaje. Así mismo, en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres de Jalisco, hay un monumento en su memoria. 

De la  obra  de Orozco se han escrito infinidad  de  textos  especializados, en los  que  seguramente  se analiza y se hace honor a su arte y a la  trascendencia que  en el ámbito pictórico  ha tenido.

Aquí pretendemos únicamente dar una pincelada que provoque el  interés  por  acercarse  a  visitar alguno de tantos  emblemáticos  lugares  de México en los  que  singular artista  nos compartió  su  arte  y su  filosofía  de la  vida.

Genio crítico

Graciela Soto

El Instituto Cultural Cabañas es el hogar de murales que transmiten la grandeza y visión de un luchador social que plasmó la realidad desigual. Paredes antes vacías fueron para José Clemente Orozco grandes lienzos que le permitieron representar una visión del México y su lucha por la vida. Filosofía, conquista e independencia se configuran en su arte.

El pintor de grandes extensiones, que con diversos simbolismos, líneas, sombras y colores comunicaba su forma de pensar, se las ingenió para integrar la visión del genio crítico que fue.

Formó parte del grupo de los muralistas que buscaban mostrar las injusticias sociales. Con grandes brochas y pinceladas de denuncia, en andamios y cúpulas plasmó lo que le encargaban, pero también su propia visión crítica. El gobierno apoyaba muy poco el arte, por lo que este grupo recurría a la huelga y a la pintura para denunciar los abusos.

El artista nacido en Ciudad Guzmán, hoy Zapotlán El Grande,  se volcó por este medio de expresión, decepcionando a sus padres que querían que tuviera otra profesión. Pero él ya llevaba en el alma su gusto por el arte. Cuando vivió en Guadalajara, aprendió al mirar trabajar a Posadas. El creador de La Catrina hacía los grabados y el niño de 8 años que entonces era Orozco, veía la magia de un dibujo y de la imprenta. Su estancia en la escuela Nacional de Agricultura en la Ciudad de México lo llevarían después a confirmar su vocación en la Academia de San Carlos. Con esta acción aprendemos de este artista a defender la vocación del alma, a escuchar el llamado interior, a no dejarnos llevar por las expectativas de los padres y lo que otros desean para ti.

Perdió su mano izquierda muy joven por una explosión con pólvora y fue con una sola mano que pintó esas paredes blancas, no solo de Jalisco sino también de California, Nueva York, Veracruz, sitios en los que se encuentra el testimonio de su creación. Aprendemos con esto que un pintor de una sola mano trasciende porque no solo se pinta con la mano sino con todas las células del cuerpo, con la mente, con la imaginación, con el rostro y con la determinación.

Orozco fue un visionario; percibió que la tecnología sería parte de la vida y eso lo incluyó en sus imágenes. Su amor por la naturaleza del hombre se puede percibir en el Hombre de Fuego, obra cumbre que está en la cúpula de la capilla del Cabañas. La tierra, el aire, el agua y el fuego se encuentran en ese ser en llamas.

Arte puro y derecho

Vania Coria Libenson

Pocos pueden jactarse de hacer murales y caricaturas con una sola mano.

 Interesado por los colores, José Clemente Orozco fue voz de la injusticia y opresión social, a través del lienzo.

Dejó su visión plasmada en sitios como la Nueva Escuela de Investigación Social, en Nueva York; en el tablero rectangular de Bellas Artes, en la Ciudad de México, y en nuestro icónico y amado Hospicio Cabañas.

Si bien su primera exposición individual fue en una librería llamada Biblos de la capital del país, en 1916, Orozco fue el primero en hacer un verdadero fresco en Nueva York.

En su paso por Estados Unidos, perfeccionó la técnica del muralismo, lo que incluso lo llevaría a dar clases en el Darmouth College de Hanover, en New Hampshire, en 1934.

A su regreso a México, Orozco tendría su máxima culminación artística decorando la cúpula y muros del Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, haciendo hincapié en los beneficios de la educación y de la investigación artística. También dejó su arte en el enorme Hidalgo que se yergue en la escalinata del Palacio de Gobierno, obra en la que se expresa, en una especie de tríptico, la lucha por la liberación de México. Desde luego son emblemáticos el hombre envuelto en llamas en la cúpula del Hospicio Cabañas, junto con otros 40 grandes frescos en las distintas secciones de todo el conjunto.

Orozco fue un pintor comprometido con las causas sociales. Su estilo realista tenía como fin hacer un arte puro y derecho para que el pueblo lo viera y lo confrontara. Retrató la condición humana de forma apolítica; interesado en los valores universales comunicaba a través de sus imágenes la capacidad del hombre de controlar su destino y su libertad ante los efectos determinantes de la historia, la religión y la tecnología.

El ser-dentro

José Aguilera

“El escritor reconoce la literatura como un destino”, a ella debe llegar irremediablemente, sus caminos son todos los caminos y todas las palabras; le sirve y se sirve de ella, camina por sus significados y sus signos. Las palabras le van dando vida hasta colmarlo, y de ese estado de plenitud brota, crea.

El interior lo nutre, lo aviva, le otorga movimiento, lo hace oscilar entre recuerdo e idea. Dentro de él se remueve la palabra y sus significados todos. Ahí se va gestando la obra como la vida, ya lo decía Artaud que la vida y la obra son la misma cosa. Para ser debe dejarse “Fluir en ríos metafísicos”, ser agua, dejar que las formas líquidas de los pensamientos y las ideas vayan dando cauce a su vida, hasta que el cuerpo ya no pueda contener nada, ser presa del desasosiego. Crear implica dejar de ser uno para ser todo.

El escritor debe habitar “La casa de los semejantes”, encontrarse en ella como en un espejo, saber que  existen coordenadas parecidas a las de él, vislumbrar paralelismos de ideas y emociones, reconocerse en los otros que habitan espacios similares. Debe saberse como un igual, ahí radica la unicidad, el ser único, en el descubrimiento de lo similar con el mundo.

El-ser-dentro es un movimiento perpetuo, uno debe ir constantemente al adentro, dejarse caer al fondo de sí mismo, buscar en el río de palabras y símbolos que corre en nuestro interior, ser río y fluir hacia esos abismos a veces irreconocibles, a veces intestinales, y salir de ahí siendo UNO.

En el-ser-dentro la vida se revuelve, se enloda, y de esa masa de idea y vida surge la palabra. La mirada del escritor ya no será la misma, ahora sabe cómo ver entre la espesura, sabe como caminar entre los pantanos de significados, ahora sabe cómo desenterrar la palabra de su pozo acuoso y dejarla fluir en el mundo, sabe que ha de servirle (a la palabra) porque es su destino irremediable.

Este texto surge de la clase en línea “La mística de la escritura”, como parte del taller de Fundamentos Literarios:

Lo sobrenatural humano

Pepe Aguilera, poeta filósofo, egresado de Letras Hispánicas, forma parte de la familia Trithemius, las sesiones online lo inspiran y después de cada clase nos entrega sus palabras. En esta ocasión la Maestra Yolanda Ramírez Michel impartió una sesión para mostrar cómo a lo largo de la literatura muchos autores fundamentales han manifestado en su obra una relación mística con una entidad femenina analizada por Elemire Zolla en su libro La amante invisible, estas son las palabras que nos regala Pepe.

Lo sobrenatural humano

Escuché las palabras de la maestra, la escuché hablar acerca de la amante sobrenatural, de la esencia de lo no humano y la decadencia de la Natura en la vida Humana. Esto me llevó a pensar en la separación entre la vida del hombre y la vida de la naturaleza. Pude ver cómo lo sobrenatural se va desprendiendo de la piel y se vuelve palabra sola; cómo lo pagano se va volviendo profano, poco a poco; cómo le van imponiendo ropajes, y ya sin la desnudez de su esencia se va deformando. Sentí cómo de la piel se me desprendían las palabras y se iban a un lugar lejano, un espacio dedicado mayormente a sus “significados”, y me sentí tan perdido como el Poeta-Filósofo griego que en su imposibilidad de poseer la palabra la condena, me sentí como se ha de sentir el amante desposeído de la carne, imposibilitado para amar.

Las palabras de la maestra me hicieron volver, y me dieron las posibilidades de lo mítico, del mundo mágico que se esconde en las palabras. Yo sólo podía pensar en la Zambrano hablando de cómo la carne se vuelve sustancia en la palabra; sólo podía pensar en cómo, a través de ésta, la carne se eterniza y adquiere una significación universal. Entonces recordé las ideas que giraban en mi cabeza cuando estudiaba Letras, recordé que había un hueco imposible de llenar por la razón, que había un espacio oscuro y sin forma en las ideas que me eran dadas, recordé que el entrelineas de los libros siempre contiene una significación más profunda, casi inaccesible a la razón. Recordé que las palabras son mágicas, y nos permiten unirnos con esa sustancia ancestral que nos habita.  Recordé que escribir es situarse en el origen, en el génesis de todas las cosas. Recordé que la Academia se olvida de lo sobrenatural humano para dedicarse a la palabra llana, aquella que es sólo exterior.  

Sesión del taller Fundamentos literarios, viernes de 10:30 am a 12:30 pm. Inscripciones abiertas.

Pepe Aguilera

Guadalajara (1984) Profesor de preparatoria en la U de G, Promotor de Lectura y Creación Literaria. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara, y ha trabajado como mesero, laqueador, vendedor de artesanías en el Tianguis de Tonalá, ayudante de cocina en restaurantes sin importancia, intendente en tiendas departamentales. La visión del mundo desde esas situaciones laborales le ha permitido saber cuáles deberían ser los intereses del artista, no los que persigue y se afana en conseguir, sino los que debería tener como principio existencial, esos que se esconden detrás de las palabras y sus símbolos. Renegado de las formas se reúsa a creer en la poesía actual, sin embargo la prefiere a las formas precarias del modernismo.

El pícaro mexicano

La cultura popular a través del refrán y el doble sentido.

Por Vania Coria Libenson*

Nada protege tanto y tan bien a un mexicano como nuestra Virgen de Guadalupe, la bendita ignorancia y el peculiar sentido del humor.

Como México no hay dos. Somos un pueblo rico en ideas y recursos naturales. Generoso y solidario ante las tragedias, pero bueno para dar pretextos y salirse con la suya.

Los mexicanos, para librarla, nos pintamos solos. Hemos sobrevivido impensables caos gracias a lo fácil que nos sabemos adaptar… o conformar y a lo dispuestos que estamos para reírnos de nosotros mismos y hasta de la misma muerte. Nada se nos atora.

Si nos azota el huracán, sacamos el inflable y las chelas. Si la crisis nos arranca el pan de la boca, nos ponemos a dieta. Y si un virus nos encierra a piedra y lodo, hacemos de la piedra un muro para el pizarrón de clases y, con el lodo, guerritas en traje de baño.

¡Ah, que dicha es ser mexicano! Aquí no se va al baño, aquí se hace del uno y del dos. Las mujeres no tienen períodos menstruales, navegan con bandera comunista, y lo mejor es que  pa’ pendejo no se estudia.

Estamos dotados de una única y mágica manera de hablar sin explicitar, sin comprometernos demasiado, pero no dejando cabos sueltos, ni duda alguna.

Aquí en México, “en casa del jabonero, el que no cae, resbala”, “nadie experimenta en cabeza ajena” y nos queda claro que “más sabe el diablo por viejo, que por diablo”. Sí, “al buen entendedor, pocas palabras”.

Estamos conscientes y sin pena admitimos que “al nopal sólo se le arriman cuando tiene tunas”, porque “el que nace pa’ tamal, del cielo le caen hojas”. Sabemos que lo ideal sería ir “caminando y miando, pa’ no hacer charco”, porque no se puede “chiflar y comer pinole”, aunque “el que es perico, donde quiera es verde”.

La picardía mexicana es rica en metáforas, albures, chistes, alusiones sexuales, sociales y políticas. La hay para todas las edades: en dichos, refranes y moralejas. Fluye en el fresa de Polanco y en el ñero de Santa María la Ribera.

En esta casa donde vivimos todos, la picardía es un lenguaje claro, divertido, que nos une e identifica. Y sí, también nos salva. Nos aligera la carga diaria.

Así que, “a ver a un velorio y a divertirse a un fandango”. ¡Feliz mes patrio, orgullosos hijos del nopal, del buen chile y de la mujer de a de veras! ¡Que viva México, cabrones!

*Alumna del taller de Periodismo y Literatura.

LA PATRIA VIVA

¿Qué es hoy en día el nacionalismo? No sólo es comprar los productos mexicanos, es reconocer las diferencias que hoy por hoy nos marcan y distinguen.

Por Graciela Soto Martínez*


¡Celebro mi patria!
¡Celebro la vida!
Celebro que con el México independiente inició el camino de los que vendríamos después.

Celebro la existencia de este país que, con y sin nosotros, se pone de pie cada mañana, aunque desfallezca al atardecer porque no puede más.

La patria, la casa de todos. En la que se piensa y siente diferente. Con su gente que da la mano para rescatarte de escombros en un sismo, aunque también exista la del ladrón que invade tu casa y se lleva tus pertenencias.
Es la nación hecha de claroscuros: de soles brillantes, mares azules, altas montañas, pero también la de mujeres violentadas, desaparecidos, trasiego de droga, oscuros poderes, calabozos y noches en prisiones.

Dolor y contradicción es mi patria.

Esta es la patria y nación de los que huyen de su destino y buscan en el norte una vida distinta. Y allá, lejos, atesorarán el recuerdo, evocarán con amor a su país, y anhelarán el día del regreso.

Esta patria es también de los que escriben, en periódicos, cuadernos, redes sociales o libros, esas planas completas o párrafos acerca del México que es y el que debería ser. Cada línea es una expresión que grita y dice algo.
México es la patria desgarrada, y la que se teje desde el campo cultivando alimentos, desde la fábrica y la industria, desde la escuela y el hogar, desde la oficina y el comercio. La tejen las manos de los que trabajan y de los que consumen.

Es la patria que alberga corruptos que se sirvieron del poder para hacer su empresa privada para los ilícitos y, también, la que con honestidad lucha por formar una cultura distinta.

Es la patria en constante aprendizaje, la que parece no terminar de construirse, la que en estos tiempos intenta redefinir su nacionalismo.

Nacionalismo, ¿qué es hoy en día el nacionalismo? No es pelear o denostar a los otros, a esos que obran mal, es demostrar con los hechos que este país importa.

Nacionalismo y patria son también el México de los 72 mil 179 muertos por el COVID-19 (y subiendo); el de los que quedan vivos para atestiguar el paso de una pandemia que se niega a irse, que cobra víctimas entre los ancianos del pueblo; el de los médicos que luchan por la vida sin las armas suficientes y aguantando a quienes piensan que en los hospitales matan a las personas.

Nacionalismo no sólo es comprar los productos mexicanos, es reconocer las diferencias que hoy por hoy nos marcan y distinguen. Es la identidad en un país donde abunda la diversidad de ideas, personas, sentimientos y pensamientos que  inspiran a la aceptación de lo que hoy somos como parte de nuestras historias.

En él caben los nativos y los que nos conquistaron para luego quedarse. Caben franceses, italianos, alemanes, chinos, coreanos, estadounidenses, sudamericanos, árabes… El mestizaje no terminó en la Colonia, continúa para  convertirnos en ciudadanos del mundo con sangre mexicana.

*Alumna del taller de Periodismo y Literatura

Entrevista a la Patria

En este diálogo ficticio se muestra a un país cuyo sentido patrio es agitar banderitas, matracas y sombreros cada septiembre.

Por Magdalena Dueñas García*

No existe registro de que el personaje de esta entrevista haya accedido antes a hablar para un medio impreso, al menos no en este siglo.

Logré comunicarme con ella sin mayor problema, y la única condición que puso fue que la charla se llevara a cabo en diferentes sitios, respetando su ubicuidad.

La primera cita tuvo lugar en el Zócalo de la Ciudad de México, en consideración a que una parte de la población suele reunirse ahí el 15 de septiembre para recordarla.

Para mí es un honor poder entrevistarla, me dirijo a ella con respeto y le pregunto si puedo tutearla.

        —Por supuesto, siéntete como en tu casa.

Y así inicia nuestra conversación, rodeadas de edificios históricos, sentadas en un portal por donde cientos de personas caminan sin imaginar siquiera que la Patria habla conmigo.

       ¿Cómo es representar a tantos millones de habitantes?

       —Pues mira, es una gran responsabilidad y, como bien sabes, nada fácil, pues me han zarandeado bien y bonito desde que nací.

        —Sin embargo, en este tu mes, siempre recordamos a través de libros, programas televisivos y medios modernos de comunicación, a aquellos que lucharon para que existieras en forma independiente. ¿Crees que valió la pena?

        —Indudablemente que sí, pero no deja de preocuparme que hay muchos que no saben ni lo que soy. Fíjate bien, ¿cuántos de los que me festejan hoy con la banderita, la matraca y el sombrero, si les preguntas qué han hecho por mí, te contestan que eso le toca al gobierno? Yo aparezco poco en su diario vivir, y no es extraño que apenas me conozcan, si las únicas referencias que tienen son los libros de texto gratuitos de las etapas escolares, las estampitas que había que pegar en una cartulina para aprobar Historia, y la fiesta que hay en este y otros zócalos. Bueno, sé que actualmente ya hay medios más modernos para investigar por tu cuenta sobre cualquier tema, pero no estoy entre los más buscados.

          —¿Te sientes abandonada?

          —No, afortunadamente no, pero tampoco puedo olvidar que he sido traicionada muchas veces, despedazada, vendida. Hay territorios que fueron míos en manos extranjeras, y pocos jóvenes conocen esa parte de mi historia. Obvio, no comprenderían aquello que López Velarde dijo: “Patria, tu mutilado territorio se viste de percal y de abalorio”…

          —Tienes razón, hay hechos históricos que cambian el destino de un país y al cabo del tiempo ni siquiera se recuerdan…

          —De hecho, sin ir más lejos, hace pocos años sufrí las famosas “reformas estructurales”, equiparables a que, sin preguntarte, te sometan a una cirugía, después de la cual descubres que te cortaron las venas y comienzas a desangrarte. A pesar de la resistencia de los que veían lo que significaría para mi futuro, no pudieron evitarlo, y las consecuencias siguen causándome daño.

        —¿Cómo percibes en general a tus habitantes?  

        —­Hay de todo. Ya te iré mostrando. Los más, son trabajadores, aguantadores, solidarios, con gran sentido del humor, y como suelen decir: “ahí la llevan”. Otros, aprovechados o indiferentes. En las últimas décadas he visto demasiado sufrimiento como resultado de la ambición desmedida de algunos. Eso duele.

         ¿Qué es lo que más resientes?

         —La desigualdad.

         —¿O sea?

         —Recuerda que fui proclamada para unir a todos los que me conforman bajo un mismo nombre, con los mismos ideales de libertad, en un territorio donde todos tuvieran oportunidad de una vida digna. Y al paso del tiempo, no resultó así. La gran mayoría sigue padeciendo hambre, a pesar de mis grandes riquezas.

         —Pero dices no sentirte abandonada…

         —Claro. Afortunadamente también cuento con aquellos que de corazón se sienten parte de mí. Nunca pierdo la esperanza.

        —¿Qué opinas de los que te ven tercermundista a pesar de vivir a tus costillas?

        —Pues que no tienen madre. Para ponerlo en adecuado contexto semántico, son apátridas. Esos son los más nefastos, miran a sus hermanos como inferiores, les viene bien la ignorancia de los que no tienen acceso a la educación, a la salud…

        —Ya que tocas el tema, esto de la pandemia te ha afectado mucho, ¿verdad?

        —Tanto, que te sugiero que nos traslademos a otro sitio, como habíamos acordado, para poder contestar tu pregunta.

Entonces, la Patria me tomó de la mano y en pocos segundos nos encontrábamos frente a un gran hospital, confundidas entre la gente que intentaba traspasar una reja para solicitar informes de algún familiar o amigo internado por padecer Covid-19.

Su semblante era triste.

      —Te traigo aquí porque en los últimos meses, éste y otros cientos de lugares similares, han sido una herida por la que perdí a muchos de mis hijos. Y aunque sé que lo han padecido todas las demás Patrias, no deja de dolerme. Aunque es también en los hospitales donde constato la compasión y la hermandad de los que se encargan de cuidar y curar a los enfermos, me siento muy orgullosa de ellos.

Salimos de ahí, caminamos por las calles y observamos el ir y venir de los transeúntes, la mayoría con cubrebocas, pero en plena actividad. Mi interlocutora me condujo hasta una zona bastante lujosa, contrastando con lo que durante el día habíamos visto.

Observamos el tráfico vehicular complicado a pesar de los valet parking que no se daban abasto,  los restaurantes en servicio, y las personas conviviendo sin la distancia recomendada, sin cubrebocas, excepto los meseros. Tal parecía que todos habían sido ya vacunados, pero contra el sentido común.

Patria los miró con ternura y, sonriendo, dijo: “Quizá se tomaron demasiado en serio eso de exhalar en mis aras su aliento”.

Acto seguido volteó hacia mí:

      —Ahora te invito a continuar con nuestra charla, mientras sobrevolamos mis territorios.

Y dicho esto, me vi a bordo de una especie de dron con la gran Patria que lucía embelesada mostrándome ciudades modernas, pueblos pintorescos, cúpulas de grandes iglesias, paisajes multicolores atravesados por montañas, ríos, cultivos donde los campesinos recogían las cosechas, niños jugando en las plazas, hasta llegar a avistar el Pacífico, después el Golfo de México, las ruinas de Chichen-Itzá, Palenque, Teotihuacán…

       —¿Ves la grandeza, la hermosura, las infinitas posibilidades?

Era de noche. Me dejó en mi casa, sin palabras. Justo a tiempo para ver la ceremonia del Grito de Independencia. No había público, pero estábamos todos celebrándola.

*Alumna del Taller de Periodismo y Literatura

La butaca vacía

Por Vania C. Libenson

“La capacidad de crear es paralela a la capacidad de sobrevivir”.

Viktor Ullman

Las butacas están vacías. Cientos de producciones y grandes espectáculos han sido cancelados, pospuestos o desarmados. Los empleos que generaban los foros se perdieron. La sorprendente realidad que hoy intentamos digerir nos separa, al menos temporalmente, del arte y la cultura en escena. ¿Qué va a pasar con las taquillas cerradas, compañías teatrales en quiebra y grupos artísticos en paro?

El arte acompaña al hombre desde antes de que se escribiera la historia. De generación en generación, comunicamos y transmitimos lo que somos, mediante la pintura, la danza, el cine, la literatura y el teatro. Transformamos en belleza estética la cruda realidad, para poder verle a la cara, e inmortalizamos lo indecible, para perpetuarlo como recurso de esperanza.

Sí, el mundo está en crisis, en pausa, y necesitamos arte. Como dijo Diego Sánchez Meca, en un diálogo imaginario con Friedrich Nietzsche: “Tenemos arte para no morir de la verdad”.  Lo artístico pone un velo sobre la realidad y proyecta o revela lo más interno de nuestros pensamientos; si bien tranquiliza y sana sólo momentáneamente, empuja internamente al hombre lo suficiente como para trabajar en una mejora real de sus condiciones de vida.

Guadalajara siempre ha sido una ciudad icónica por su movimiento cultural, su legado histórico y su extensa red de instituciones artísticas, pero la extinción del teatro amenaza su lugar como fuerza cultural del país.

Ya antes se sufría por las producciones comerciales masivas a las que sólo se asiste para ver y ser visto por la sociedad, aunque el teatro no es sólo un recurso filantrópico, también es terapéutico, evolutivo y da identidad a nuestra Perla Tapatía como cuna de dramaturgos y artistas internacionalmente reconocidos.

Los tapatíos nos tomamos las expresiones artísticas muy en serio, por eso hoy más que nunca necesitamos recuperar el equilibrio entre crear y vivir el arte.

Hace falta el teatro. Nuestra preservación intelectual y estabilidad anímica lo necesitan. Requerimos leerlo, estudiarlo, recordarlo, vivirlo y admirarlo. Queremos dejarnos envolver por sus engaños, sus trampas, sus misterios y sus relatos.

El teatro nos deja ser quienes siempre fuimos, probar lo que a ratos salivamos y permite dejar ir aquello que se carga junto con las risas que soltamos. El teatro nos muestra el pasado y el futuro; nos dice quiénes somos y a dónde vamos. Así pues, que las butacas no permanezcan vacías mucho tiempo más; que se escuche la tercera llamada.