Testimonios de una pandemia: infancia 2020

Vania Coria Libenson*

Si te pidiera que me hablaras de cuando eras niño, de unos 7 u 8 años, ¿qué me dirías? Atrás de ese suspiro profundo que acabas de exhalar, lleno de colores, sonidos, aromas y personas, ¿por dónde empezarías a narrar? ¿Qué sientes con lo que recuerdas?

Quizá las tardes en casa de la abuela que te cuidaba mientras tus padres trabajaban, las salidas al parque con la nana, correr riendo por nada con los amigos de la cuadra, el sabor del helado que trae un señor en un carrito simpático al compás de una campana, o esas clases obligadas de baile, pintura o música que tomabas a disgusto, pero convencido por tus padres de que serías una mejor persona mientras más habilidades tuvieras. ¿A qué ritmo te movías? ¿Con cuánta gente interactuabas? ¿Dónde y cómo aprendías mientras crecías?

Milagros tiene 8 años. Los cumplió el 28 de marzo. A tan sólo una semana del arranque de la cuarentena obligada por el virus que hoy detiene economías completas y se ha llevado millones de vidas en tan solo unos cuantos meses.

Todos los días se despierta a las 7:30 horas con un beso que le da su mamá, se lava la cara, se cambia el pijama por ropa cómoda, desayuna un licuado cargado de vitaminas y nutrientes, y camina 12 pasos al escritorio del pequeño estudio en su casa, para iniciar sus clases virtuales. 15 minutos en total.

Las escuelas no abren aún. Y “eso es bueno”, dice con un gesto de miedo y discurso de grande:  “Porque los niños son más difíciles de controlar en cuestiones de limpieza, y podrían llevar el virus más rápido a sus casa y así a toda la ciudad”. Y cuando termina esta frase, baja un poco la mirada y completa: “extraño a mis amigos, y ver la calle, y poder caminar rápido, o correr y no tener mi cara tapada. Siento que me ahogo…”.

Y es que tras la indicación del gobierno estatal de suspender las clases temporalmente, sobrevino una rápida e improvisada implantación de modelo educativo para todos los niveles, que constaría de salones virtuales; en plataformas varias, los profesores y alumnos intentarían retomar aquello en lo que se quedaron en los ciclos escolares tradicionales. Para este problema que requería de solución más que solo temporal, se ajustaron los programas académicos, se capacitó a los maestros, se flexibilizaron los materiales, se modificaron 360 grados las formas de enseñar y aprender. Se ha hecho lo que se ha podido, se han visto voluntades y vocaciones genuinas, pero también inútiles. Nos hemos destapado en todas y cada una de nuestras miserias como país y población, y ha quedado evidenciado el enorme hueco de nuestro sistema educativo y cómo éste no es ni igual, ni suficiente para todos.

Si bien las generaciones actuales tendrán un rezago académico importante, hay un tema todavía más delicado del que no hemos podido ocuparnos ni subrayar en rojo por lo impactante de la situación de salud y desempleo: el desarrollo psicosocial y emocional de los niños.

La estructura que hoy nos forma a los adultos, se compone de una larga cadena de acontecimientos intelectuales, sociales y biológicos que en conjunto dispusieron forma y fondo de nuestro carácter y manera de ser. Nos formamos con la suma de maestros, reglas, normas, recursos y directrices que fueron tomados por nosotros al menos los primeros años de nuestras vidas. Hasta que de manera adulta pudimos elegir a voluntad nuestros criterios y deseos, que dieran dirección a nuestras vidas.

Independientemente de la clase social, económica, cultural, la etnia o religión, la mayoría de nosotros contó con la posibilidad de aprender según la etapa de la vida que estuviésemos cruzando; en el piso gateando, tocando y probando, imitando sonidos, desprendiéndonos del super yo, y desarrollando nuestros talentos a prueba y error. Y a nuestros 7 u 8 años, como se puede constatar en la teoría del desarrollo y evolución psicosensorial del niño, en contacto con el mundo y los demás.

Es fundamental en esta etapa del desarrollo, la posibilidad de socializar, agrandar la conciencia del entorno y los límites espaciales e impacto en las acciones o actividades de otros que se relacionan conmigo. Así se aprende, así se evoluciona en la etapa cognitiva de los individuos de entre 6 y 9 años, la tercera etapa de la niñez, y casi antesala de la adolescencia. Es a través de la actividad física, dinámica, social, emocional y de conjunto, que se desarrollan las habilidades necesarias para poder vivir después en sociedad con adecuada conciencia y responsabilidad sobre la interconectividad de los seres humanos y los grupos sociales. En contacto con las cosas, recorriendo espacios, filtrando imágenes y experiencias sensoriales se confirman muchos de los conceptos aprendidos en la primera infancia y se les da el valor de componentes ineludibles del mundo que nos rodea y el cual habitamos e impactamos.

Un mundo que Milagros, en 80 metros cuadrados, no alcanza a absorber y dimensionar del todo. Como aquél que nada por primera vez en el mar y, al no tocar el fondo, se impacta de lo profundo y grande que es ese otro reino, que en hojas de papel solo abarca hasta las orillas.

Milagros no sabe qué le falta. Venía viviendo una vida normal, en tiempo y forma pudiéramos aventurarnos a afirmar que era una vida adecuada a su edad. Con estímulos y contención adecuada. Su desarrollo era completo y feliz. Hoy no es falta de cariño, o ganas, ni tampoco las de por sí desafiantes modernidades del milenio y los atajos en los procesos tecnológicos, lo que hacen que su crecimiento esté en pausa, semi aplastado entre paredes. Es una realidad, como las ha habido en otros siglos y momentos, que escapa del control de absolutamente todos. Que nos obliga a redirigir nuestros pasos y adaptar las conductas. Es un momento en el que se resuelven las supervivencias por encima de las urgencias, y donde hay recursos limitados en muchas áreas de la vida. Se hace lo mejor que se puede.

También tendrá que venir la resignificación del crecimiento, de la socialización sana y digna, de la infancia feliz y los adultos capaces de cuidar de sí, de los otros y de un planeta que por el momento no pueden salir a conocer ni a admirar.

*Vania Coria Libenson es alumna del Taller de Periodismo y Literatura impartido en Trithemius por Mireya Espinosa.

Diálogos con José Clemente Orozco

Alumnas del taller de Periodismo y Literatura nos cuentan acerca del muralista jalisciense que hizo del arte mural un instrumento para la denuncia e impresionó por la representación de la miseria humana.

A través de una entrevista ficticia y lúdica, Magdalena Dueñas, Graciela Soto y Vania Coria exploraron en la vida y obra de José Clemente Orozco; después hicieron su propia investigación para redactar los textos.

Compartimos los trabajos a propósito del aniversario del nacimiento del artista, el 23 de noviembre de 1883:

Originalidad y grandeza

Magdalena Dueñas G.

Orgullo jalisciense, cuya denuncia a través del arte trasciende en el tiempo, como claro ejemplo de que el objeto estético se convierte también en documento social.

ORÍGENES

Su infancia transcurrió entre Jalisco y la Ciudad de México; él mismo relataba que fue un niño serio y más bien introvertido, quién diariamente al regresar de la escuela pasaba por un taller de litografía, donde casualmente conoció los grabados de José Guadalupe Posada y comenzó a interesarse por la pintura, al grado de inscribirse a clases vespertinas en la  Academia de San Carlos. Su inclinación por  el pincel se puede  decir que fue innata ya que en su familia no tuvo acercamiento a este arte. Su padre era fabricante de jabones y su madre se ocupaba de la familia a la vez que disfrutaba tocar el piano.

Siendo muy joven cursó estudios de agronomía por decisión de sus padres, pero la vocación artística prevaleció, trabajando al principio como caricaturista de los periódicos “El hijo del Ahuizote” y “La Vanguardia”, al tiempo que realizaba acuarelas y dibujos ambientados en los barrios bajos de la capital mexicana. Ya su obra de entonces impresiona por la forma de representar a los personajes con su miseria humana.

Sorprende saber que en 1904 le amputaron la mano izquierda a consecuencia de un accidente con pólvora, y no obstante, determinó dedicarse a la pintura, llegando a ser uno de los mexicanos más reconocidos por la originalidad y grandeza de su obra.

La falta de su extremidad no lo limitó para abordar el muralismo como principal oficio, pero la obsesión por pintar manos lo acompaño siempre.

TRAYECTORIA

En 1922 se unió a Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros en un sindicato de pintores y escultores que buscaba recuperar el arte de la pintura mural.

Los primeros murales los realizó entre 1923 y 1926 en el Colegio de San Ildefonso en la Ciudad de México con temas relacionados con el origen del México mestizo, la crítica a las fuerzas negativas, y la tragedia humana de la Revolución.

Otros artistas trabajaron también en San Ildefonso en esa época y fueron duramente cuestionados  por diferentes grupos, incluidos los estudiantes del recinto, que ya para entonces  era la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM. Se dice que incluso hubo necesidad de que Orozco y otros pintores   rehicieran segmentos de su obra,  debido a  los  daños causados por los inconformes.

El muralismo tenía entonces la idea de educar a las masas, construyendo imágenes que representaran algo para quienes las contemplaban. Eran patrocinadas generalmente por el gobierno, aunque obviamente reflejaban las ideas y filosofía de los  artistas, como en el caso de Orozco cuyas convicciones e ironía están siempre presentes  en su pintura. Cuando se observa alguno de sus murales, sabiendo a quienes representa, no hay forma de no  asombrarse,   o admirar, no solamente su técnica, sino la imaginación para mezclar personajes tan disímbolos que forman parte de nuestra  historia.

Al respecto escribió: “La más alta, la más lógica y la más fuerte forma de pintura es la mural. Sólo en esta forma es una con las otras  artes, con todas  las  otras. Es la forma  más desinteresada, porque no puede hacerse de ella asunto de ganancia privada; no puede ser ocultada para beneficio de unos cuantos privilegiados. Es para el pueblo. Es para todos”.

El arte del siglo 20 está ineludiblemente influido por las diferentes corrientes de pensamiento surgidas del periodo entre guerras, y en el caso de México, también por la revolución de 1910, de la que el artista deja innumerables testimonios en sus murales. No solamente representó la historia, la confrontó, dejando para la posteridad una aguda crítica.

Orozco es uno de los principales protagonistas del muralismo que se inscribe ya en el denominado modernismo, al romper con los métodos, técnicas y temática del arte tradicional.

Por  obvias razones, un artista de su talla no pasaba desapercibido, por lo que entre 1927 y 1934 vivió en Estados Unidos realizando principalmente murales  con temas como  la esclavitud, el trabajo, la cultura del maíz, la evangelización y otros temas  sociales.

De regreso en México, su trazo lo plasmó en el Castillo de Chapultepec, el Hospital de Jesús, la Suprema Corte de Justicia, el Palacio de Bellas Artes entre otros, llegando al clímax de su carrera artística con los cuarenta frescos de la Capilla del Instituto Cultural Cabañas abordando el tema de la fisonomía histórica de México.

Tuvo la fortuna de recibir en vida reconocimientos y premios, y al morir, en 1949, fue velado en el Palacio de Bellas Artes; sus restos descansan en la rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de Dolores en la Ciudad de México, siendo el primer pintor en recibir dicho homenaje. Así mismo, en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres de Jalisco, hay un monumento en su memoria. 

De la  obra  de Orozco se han escrito infinidad  de  textos  especializados, en los  que  seguramente  se analiza y se hace honor a su arte y a la  trascendencia que  en el ámbito pictórico  ha tenido.

Aquí pretendemos únicamente dar una pincelada que provoque el  interés  por  acercarse  a  visitar alguno de tantos  emblemáticos  lugares  de México en los  que  singular artista  nos compartió  su  arte  y su  filosofía  de la  vida.

Genio crítico

Graciela Soto

El Instituto Cultural Cabañas es el hogar de murales que transmiten la grandeza y visión de un luchador social que plasmó la realidad desigual. Paredes antes vacías fueron para José Clemente Orozco grandes lienzos que le permitieron representar una visión del México y su lucha por la vida. Filosofía, conquista e independencia se configuran en su arte.

El pintor de grandes extensiones, que con diversos simbolismos, líneas, sombras y colores comunicaba su forma de pensar, se las ingenió para integrar la visión del genio crítico que fue.

Formó parte del grupo de los muralistas que buscaban mostrar las injusticias sociales. Con grandes brochas y pinceladas de denuncia, en andamios y cúpulas plasmó lo que le encargaban, pero también su propia visión crítica. El gobierno apoyaba muy poco el arte, por lo que este grupo recurría a la huelga y a la pintura para denunciar los abusos.

El artista nacido en Ciudad Guzmán, hoy Zapotlán El Grande,  se volcó por este medio de expresión, decepcionando a sus padres que querían que tuviera otra profesión. Pero él ya llevaba en el alma su gusto por el arte. Cuando vivió en Guadalajara, aprendió al mirar trabajar a Posadas. El creador de La Catrina hacía los grabados y el niño de 8 años que entonces era Orozco, veía la magia de un dibujo y de la imprenta. Su estancia en la escuela Nacional de Agricultura en la Ciudad de México lo llevarían después a confirmar su vocación en la Academia de San Carlos. Con esta acción aprendemos de este artista a defender la vocación del alma, a escuchar el llamado interior, a no dejarnos llevar por las expectativas de los padres y lo que otros desean para ti.

Perdió su mano izquierda muy joven por una explosión con pólvora y fue con una sola mano que pintó esas paredes blancas, no solo de Jalisco sino también de California, Nueva York, Veracruz, sitios en los que se encuentra el testimonio de su creación. Aprendemos con esto que un pintor de una sola mano trasciende porque no solo se pinta con la mano sino con todas las células del cuerpo, con la mente, con la imaginación, con el rostro y con la determinación.

Orozco fue un visionario; percibió que la tecnología sería parte de la vida y eso lo incluyó en sus imágenes. Su amor por la naturaleza del hombre se puede percibir en el Hombre de Fuego, obra cumbre que está en la cúpula de la capilla del Cabañas. La tierra, el aire, el agua y el fuego se encuentran en ese ser en llamas.

Arte puro y derecho

Vania Coria Libenson

Pocos pueden jactarse de hacer murales y caricaturas con una sola mano.

 Interesado por los colores, José Clemente Orozco fue voz de la injusticia y opresión social, a través del lienzo.

Dejó su visión plasmada en sitios como la Nueva Escuela de Investigación Social, en Nueva York; en el tablero rectangular de Bellas Artes, en la Ciudad de México, y en nuestro icónico y amado Hospicio Cabañas.

Si bien su primera exposición individual fue en una librería llamada Biblos de la capital del país, en 1916, Orozco fue el primero en hacer un verdadero fresco en Nueva York.

En su paso por Estados Unidos, perfeccionó la técnica del muralismo, lo que incluso lo llevaría a dar clases en el Darmouth College de Hanover, en New Hampshire, en 1934.

A su regreso a México, Orozco tendría su máxima culminación artística decorando la cúpula y muros del Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, haciendo hincapié en los beneficios de la educación y de la investigación artística. También dejó su arte en el enorme Hidalgo que se yergue en la escalinata del Palacio de Gobierno, obra en la que se expresa, en una especie de tríptico, la lucha por la liberación de México. Desde luego son emblemáticos el hombre envuelto en llamas en la cúpula del Hospicio Cabañas, junto con otros 40 grandes frescos en las distintas secciones de todo el conjunto.

Orozco fue un pintor comprometido con las causas sociales. Su estilo realista tenía como fin hacer un arte puro y derecho para que el pueblo lo viera y lo confrontara. Retrató la condición humana de forma apolítica; interesado en los valores universales comunicaba a través de sus imágenes la capacidad del hombre de controlar su destino y su libertad ante los efectos determinantes de la historia, la religión y la tecnología.