¿Epidemia…? Epidemia.

Sólo un cuento

Por Yolanda Ramírez Michel

I

“Doctor, aquí están los resultados: ¡Tierra está muriéndose!”, dijo una estrella que cargaba un montón de exámenes bajo uno de sus cinco brazos.

              Un equipo de rescate había depositado a Tierra en la sala de emergencias de Galaxia Asclepios, el mejor hospital del Universo. Las estrellas la habían encontrado desmayada sobre su órbita, cubierta por megakilómetros de llagas y pus.

              “Qué terrible, pobre Tierra”, dijo el doctor muy triste. “Era una de las chicas más hermosas, muchos planetas estaban loquitos por ella; si la vieran ahora…”

              En efecto, lucía muy mal.

              “¡Ay, me duele!”, gemía ella con un hilito de voz…

              La recostaron con mucho cuidado sobre polvo de estrellas, y fue cubierta con largos velos de gas. Le inyectaron suero con vía láctea y le dieron unas pastillitas de clorofila concentrada.

              El doctor la examinó detenidamente. Sus lagos estaban sucios y malolientes, parecían más bien pantanos… y los pantanos, cloacas. Sus bosques: ¡calvos y secos! El mar parecía un hervoroso caldo de ostras putrefactas, y tenía fiebre, mucha fiebre. ¡Pobrecita!

              “Luces muy mal, muy mal…”, repetía el doctor compungido, rascándose los asteroides, cuando descubrió tremendo hueco en la capa de ozono de la enferma.

              “¡Mira nada más!, qué terrible, ¿cómo te hiciste esto?”

              Pero Tierra no pudo responder, se había desmayado…

II

              “¡Don Cosmos, don Cosmos, tenemos una mala noticia!”

              “¿Qué pasa, niñas?, me deslumbran con tanta luz”, dijo don Cosmos a las estrellas. No le gustaba que lo interrumpieran mientras leía los astros.

              “Es su hija… Tierra.”

              “¿Qué le pasa a esa chiquilla?”

              “Es que… está… está…”, las estrellas titubearon y don Cosmos se dio cuenta que algo malo sucedía.

              “¿Dónde está?”, inquirió preocupado.

              “En Asclepios; está muy grave…”, dijeron las estrellas llorando.

III

              “¡Ya vuelve en sí, doctor!” dijo la enfermera “pregúntele cómo le ha sucedido esto, es tan extraño…”

              Ningún planeta había presentado aquellos síntomas, todo indicaba que estaban ante una nueva clase de mal. Nadie sabía qué hacer.

              Don Cosmos llegó a donde estaba su hija, preocupado y solícito, y se acercó a ella con mucha ternura. Tierra lo miró, una profunda tristeza emanaba de sus lagos turbios.

              “Papá, ayúdame”, susurró Tierra.

              “Ojalá no sea tarde, hija”, dijo don Cosmos, y le acarició las nubes. 

              “Tengo comezón, ráscame por favor, papá…”

              “No…” advirtió el médico a ambos, “nada de rascarse, voy a examinar primero estas vejiguillas”. El doctor se puso los guantes y comenzó a explorar las llagas.

.

              “Enfermera, traiga el microscopio, quiero analizar más de cerca…”

              Con un tubo solar, en cuyo extremo brillaba una luna de cristal, un enfermero apuntó directamente a las pústulas.  Parecían vivas.

              “Sobre ésta, por favor”, dijo el doctor a sus ayudantes señalando una que parecía crecer justo en esos momentos.

              El enfermero enfocó el lente como se lo indicaron. El médico alzó algo parecido a unas cejas (de gas…), nunca antes había encontrado un mal tan avanzado. ¿Sería culpa de Tierra, por no acudir temprano a revisión y tratamiento?

              “Querida amiga” dijo tierno, “esto no será fácil; debimos haberla atendido antes, ¿cómo sucedió?”

              Tierra cerró sus ojos. Recordaba… ¿Cuándo comenzó todo? ¿Cuando sus pequeñas pecas -de las que estaba tan orgullosa- aparecieron? No. ¡Fue cuando crecieron! Primero hubo unos brotes en el sureste, luego éstos emigraron a otras zonas de su cuerpo… Hasta ahí no había ni dolor, ni problema, le gustaban; parecía que su piel era un lienzo con estrellas negras sobre las estepas. Se acostumbró a ello, incluso favoreció que se multiplicaran. Pasado algún tiempo (mucho, o poco, todo depende del observador) sintió una extraña comezón, luego aquello ardió; después sintió un dolor intensísimo. Y de ahí ya todo sucedió a una velocidad vertiginosa: los lunares engordaban, se hinchaban hasta convertirse en llagas, cambiaban de color, se multiplicaban. Aparecían en nuevas zonas de su cuerpo. El caos.

              Se secaron muchos de sus lagos, los glóbulos negros de su sangre se agotaron, sus extensos pulmones desaparecieron…

              No supo qué hacer, tuvo pánico de las inyecciones, asco de las medicinas y horror de ir al doctor. Esos métodos curativos la espantaban más que la enfermedad misma. Se aguantó. Y las cosas avanzaron…

              “¡Mire doctor, en el microscopio!, acérquese y vea.”

              A través del microscopio el médico vio dentro aldeas geométricas que se multiplicaban sin control. En cada grano dichas geometrías crecían no sólo hacia los lados, las había que crecían hacia el cielo, y algunas echaban oscuras fumarolas sobre el paisaje. Un montón de estructuras metálicas con ruedas de caucho se apisonaban en ciertas venas de asfalto inflamándolas grotescamente. Extensos gusanos de metal succionaban el agua limpia y la devolvían negra y contaminada. Los encargados de filtrar el aire habían sido talados, los desechos se acumulaban formando islotes de material tóxico.

              Al parecer los responsables eran unos pequeños organismos multicelulares. Parecía increíble, tan pequeños y tan voraces. Y tan contagiosos (algo le indicó al doctor que aquello estaba a punto de contaminar las zonas aledañas a la enferma).

              “Santo Universo, esto parece expandirse sin control… tenemos que declarar cuarentena, aíslen a los planetas cercanos. ¡Salga de aquí, don Cosmos! ¡Y ustedes, los tapabocas! Pónganse todos capas extras de ozono, ésta puede convertirse en una terrible epidemia.”

              Tierra escuchaba aterrada (don Cosmos había salido llorando como un niño). Se sintió muy sola…

              “Prepárense; tal vez no todo este perdido, pidan a don Cosmos autorización para operar de emergencia.”

              “Guantes, bisturí, anestesia… Rayo infrarrojo hacia mancha principal. Preparados, listos…”

              Después de lanzar el rayo, el médico detectó cambios, aquello había surtido algún efecto. Aún no se sabía si favorable o desfavorable. De cualquier modo, haría falta mantener a la paciente en terapia intensiva, y en observación. Si no mejoraba habría que administrar algún remedio más fuerte, de esos que suelen ser peores que la enfermedad. O…

              Don Cosmos esperaba afuera del quirófano, ansioso y muy preocupado por su pobre hija. Recordaba con ternura sus primeros pasos, cuando la envió a formar parte del sistema solar; su emoción adolescente, su alegría y su belleza. Era su pequeña princesa, poseía paisajes llenos de magia, la bienvenida cálida de un sol majestuoso, agua pura, metales preciosos, plantas que alimentaban, que sanaban, que jugaban; en ella habitaban muchas y bellas especies.

IV

              Pasadas las primeras radiaciones la enfermera se acercó a la paciente para registrar sus signos vitales.

              “Algo pasa, doctor”, dijo angustiada, “mire aquí, el noroeste, una erupción extraña indica que el problema no está resuelto, parece que el microorganismo está transformándose”.

              “Sellen la sala, enciendan la alarma, estamos ante un virus en estado latente, creciendo y a punto de expandirse”, dijo el médico y…

V

              Pasaron los años…  Tierra tenía ahora una hermosa sonrisa y otras muchas renovadas gracias: Montañas de cumbres brillantes. Bosques pletóricos de nuevas aves exóticas. Cielos sonrosados, azules, y de muchos colores. Mares con cetáceos que cantaban. Lagos y lagunas acunando peces felices. Manantiales espejeando los secretos escondidos en las entrañas del planeta. Plantas dulces que murmuraban sus dones a una nueva humanidad que creía en los sueños de los niños, en las empresas de los artistas, en los negocios de los idealistas.

              ¿Cómo lo lograron?

              Cuando todo parecía perdido, y las cosas apuntaban a un final trágico, apareció la Gran Madre Universal.

              “¿Cuándo pensabas avisarme de lo mal que estaba mi niña?”, preguntó a don Cosmos.

              Sirio se había dado cuenta de la urgencia, y había activado su código Morse para que Ella se enterara de la situación, todos sabían que las medidas que la Gran Madre Universal tomaba ante situaciones de emergencia solían ser drásticas, más drásticas que cualquier intervención quirúrgica, por eso preferían intentarlo por su cuenta antes de enterarla. Y es que Ella cambiaba los paradigmas que no hacían prosperar la vida verdadera, y eso a algunos les dolía mucho. Además… cuando ella tomaba las riendas, don Cosmos pasaba a segundo plano, y también el doctor, y los enfermeros y todo un corpus de sistemas racionales en los que se confiaba sin cuestionamientos.

              El caso es que Ella terminó enterándose, y, con mano amorosa, llevó a su pequeña hacia los profundos abismos de un hoyo negro. En los hoyos negros suceden cosas extrañas, todo se disuelve, las formas se desvanecen, alcanzan el tamaño y el poder de un pensamiento humano, y de ahí, con el prodigioso poder de una idea, pueden volver a reconstruir la realidad…

              Besando amorosamente cada una de las llagas de su hija, la Madre Universal procedió a trasformar los males en bienes dentro de aquella negritud cósmica. La nueva epidemia, ahora amorosa, hizo saltar chispas de luz en la abismal hondonada gravitacional, y de ahí emergió una Tierra renovada.

              “Gracias, querida…” murmuró don Cosmos un poco avergonzado.

              Ella sonrió… y, los planetas, las estrellas, los astros, los asteroides, las galaxias y todo aquello que está ahí (aunque no haya sido aún nombrado por quienes estas crónicas escriben), escucharon su canto mágico:

              Bienaventurada la edad de oro, donde los hombres no saben la palabra tuyo y mío, donde sólo saben la palabra nuestro. Bienaventurados los hombres que reconocen el regalo de los frutos y desprecian los bienes engañosos. Bienaventurados los gobernantes que protegen a las ondinas en los lagos. Bienaventurados las madres que no juzgan a los niños que ven duendes en los jardines. Bienaventuradas las mujeres sabias amigas de las plantas. Bienaventurados los artistas que saben el lenguaje de los trinos. Bienaventurada tú, Tierra, patria donde los animales, las plantas y los hombres son hermanos. Bienaventurado el Cosmos, con su orden, los hoyos negros en su desorden, y las estrellas con su santa energía luminosa, porque la luz ilumina siempre toda oscuridad y sana todo mal. Bienaventurada la palabra que entra al hoyo negro y sale de ahí escurriendo la tinta de los nuevos y benévolos paradigmas.

Escribí este cuento hace ya varios años. Lo envié al que entonces era mi editor, no hubo respuesta. Tal vez porque este cuento no era para ser publicado en una editorial, sino aquí, al alcance de todos.

Un abrazo

YRM

VOLVER A CASA

Otra vez me ha dado por imaginar, imaginar que el cuerpo es una nave espacial en la que viajamos desde algún otro universo hasta la vida, imaginar que el cuerpo es el vehículo, y algo dentro (yo), el conductor.
Mi cuerpo-nave me lleva de un lado a otro descubriendo el mundo al que he llegado. Casi todo lo miro a través de las ventanas de mis ojos, y de mis sentidos, que dan información a los controles principales: el pensamiento (invisible energía creadora); el sentimiento (sólo perceptible para quien te conoce y sabe los mínimos movimientos de tu rostro), y algo MÁS, algo que guía, algo que algunos llaman instinto (no en su forma degradante, sino en su sagrado sistema de conexión con otras realidades, realidades superiores…).

Y en ese viaje mental, gracias a la “vera imaginatio”, veo que la nave es el instrumento para la experiencia, que la vida -a la que he llegado por mediación del cuerpo- es toda ella un alto contenedor de sensaciones (agradables o desagradables, y con esto se ganan a pulso el adjetivo de bueno o malo, porque o las quiero o las rechazo), sensaciones y experiencias que se viven gracias al intrincado sistema de vasos comunicantes entre lo que soy y la nave espacial.
El articulado puente entre mi nave y yo hace que a veces me confunda y funda con la nave, incluso ese fundirse es parte del sistema de avance por el mundo… Un sistema de avance arriesgado para la tranquilidad del piloto, que no debería olvidar (pero olvida) que si se estrella la nave, no se pierde él mismo, sólo pierde la nave. Porque no somos la nave. No hay que olvidarlo, no somos la nave, y la muerte de la nave no es nuestra muerte, ni siquiera es muerte, la nave vuelve a su casa de elementos, y a nosotros nos rescata del encontronazo una mano que nos devuelve intactos al universo del que veníamos, aunque… he dicho mal, no volvemos intactos, volvemos con el cargamento de experiencia lleno (o medio lleno, o vacío si nos hemos creído más nave que piloto).

El caso es que, aunque el “afuera” parezca tan poderoso, sólo es el dador de realidades, que en la nave pueden ser trasformadas y, en el mejor de los casos, si el piloto ve que viene una tempestad, asegura las velas; si llega la calma, pone el sistema automático; si se anuncian paisajes de ensueño, aplicadamente los sueña; si sabe que vienen horrores, suspira muy hondo para retener al alma dentro, (que tanto horror puede llevarse al alma, no hay que dejar escapar al alma, si se aleja nos quedaremos solos, sin rumbo, el alma es rumbo, es el radar que el piloto no debe olvidar en su viaje por estas latitudes), y con el aire de la vida adentro, el piloto atraviesa las oscuras distancias por las que su nave avanza.

El caso es comprender que todo ese “afuera” que contemplamos desde la hondura de nuestro asiento de conductores (que lo mejor es no dejar que otros piloteen desde quién sabe qué rincón del mundo NUESTRA nave), todo ese afuera provee la materia prima para la experiencia, es el surtidor de imágenes por las que avanza la nave.

Que la nave es un prodigio, ni quién lo dude, un prodigio de ingeniería celeste, obra sólo posible por algún tremendo y gran artesano que algunos llamamos Dios. Pero la nave no es sino un vehículo de lo que hondamente somos, nos contiene sí, y mucho del trabajo de la vida está en discernir eso que parece que somos porque el espejo nos insisten en que la superficie y lo visible son certezas, contra lo que en la hondura es inmortal y anhela volver a casa, a la casa de la que salió un día, hace mucho, cuando quién sabe qué destino nos subió a la nave.

Yolanda Ramírez Michel

SEM

Por Iván Alatorre Orozco

Al pie de la cama de Don Salvador, se encontraba echado un joven gato de  pelaje anaranjado llamado Sem, era una noche calurosa de verano, las gruesas gotas de lluvia caían sobre las desgastadas tejas de la casa de adobe que a cuestas, sumaba más de un siglo de historias acumuladas. Sem despertó, lamió sus patas delanteras, trepó por la pared hasta llegar a la ventana, contempló el  canto de los grillos y las codornices en armonía con la pertinaz lluvia, observó la claridad plateada que proyectaba la luna llena, las siniestras nubes negras que parecían confabular algún plan perverso, la autoridad del rayo y la hipnótica fragancia que emergía a través de la húmeda tierra colorada que dibuja el paisaje de los altos de Jalisco.

Años atrás, Sem escapó de su anterior morada, deambulaba entre los espesos sembradíos de la población de Arandas, escuchó un sonido extraño que llamó su atención. Pese a su corta edad, Sem se diferenciaba de los demás por tener un espíritu libre y  un corazón tan grande como las verdes montañas que custodiaban a lo lejos las plantaciones de agave, maíz, chile y frijol. Sem encontró un estanque de cristalinas aguas, en ellas, las hojas de los árboles flotaban como pequeñas embarcaciones, advirtió la presencia de siete patos que  jugaban batiendo con ligereza sus blancas alas y una gallina, que junto a sus polluelos bebían alegremente.

Un resplandeciente reflejo en la superficie del estanque, fue lo que obligó a Sem a estirar al máximo su cuello, observó una extraña imagen que ascendía, un par de pupilas color ámbar lo siguieron en cada movimiento, retrajo las garras, dio un paso hacia atrás, pensó en huir, sin embargo, su curiosidad era aún mayor, avanzó con sigilo, el reflejo esta vez no le causó ningún temor, giró de un lado a otro su cabeza, trataba de entender la situación, sus largos bigotes blancos  tocaron la superficie y la figura creó ondas ante su mirada, se aproximó, con sus patas intentó alcanzar el rostro que se alejaba, perdió el equilibrio y cayó. Sem comenzó a patalear, chapoteando con desesperación sobre las desconocidas aguas, pero sus esfuerzos fueron inútiles, estaba exhausto, percibió como la luz del día desaparecía y dejó de luchar.

Don Salvador  y su hija Sofía regresaban del pueblo cuando se percataron de la presencia del gato dentro del estanque, tomaron una rama, accedieron a él  y lo rescataron justo a tiempo, lo envolvieron en una sucia pero seca frazada, lo llevaron presurosos a casa, le calentaron leche y lo alimentaron hasta poder reanimarlo, desde entonces, Sem se convirtió en el tercer integrante de la familia.

Sofía se encargaba de atender las necesidades  de Don Salvador, quien cercano a los cien años,  había superado por mucho su expectativa de vida. Sofía procuraba una dieta sana para su padre, así como también el cuidado de  su aseo personal, la toma de sus medicamentos y aunque no siempre lo lograba, de mantener la calma para evitar explotar y desquitar su frustración con Don Salvador. Sem acompañaba con frecuencia a Don Salvador,  quien sentado en el patio, con su inconfundible sombrero de charro, frente al sol de mediodía, en su silla de madera tejida con tule, rodeado de antiguas masetas de barro con margaritas, bugambilias, rosales y lavandas, acariciaba el peludo lomo  del gato quien ronroneaba acostado en su regazo mientras él le narraba, con un dulce brillo en sus profundos ojos verdes, las historias de su juventud durante la revolución y la guerra cristera.

Sem era un cazador implacable de los roedores, pequeños reptiles  e insectos que osaban acceder a la casa. En las noches oscuras, solía subir con determinación a los tejados y maullar casi sin descanso, era respetado tanto por los perros como por  otros gatos y el ganado mismo, proteger a Don Salvador y Sofía se transformó en el objetivo principal de su existencia.

Esa lluviosa noche, la luz de Don Salvador se extinguió, a sus 101 años, había cumplido con todos sus deberes, su muerte llegó sin que Don Chava se hubiese guardado una sola sonrisa, un solo abrazo, un solo relato o una sola tierna mirada. Sofía  y Sem lo acompañaron hasta su último respiro. El gato de pelaje anaranjado se acercó a él, sus hondos ojos color ámbar se humedecieron cuando no encontraron la calidez de su viejo amigo. Se acurrucó a su lado, afloró la primer y única lágrima de su vida, esta se resguardo en el pecho de Salvador, entonces se generaron ondas en los mares de una eternidad que recorrerían juntos, Sem tampoco vería el amanecer, estaba ligado a él, no lo podía dejar solo.

Jacinta

Compartimos el inicio de Jacinta, de la autora Yolanda Ramírez Michel.

Prolegómeno

 La vida es un viaje en paracaídas,

[ y no lo que tú quieres creer.

Mi paracaídas comenzó a caer vertiginosamente.

Tal es la fuerza de atracción de la muerte

y del sepulcro abierto.

Vicente Huidobro

Hace algunos soles nació Jacinta. En cuna de besos creció primogénita. Protegida por hadas y duendes exploró los bosques de la infancia. Tuvo el buen tino de ser feliz entonces, tan feliz, que confundía los presagios de tormenta con tiernos gruñidos del cielo.

Sin embargo, su risa brilló…, brilló, y atrajo la oscuridad. Un feroz colmillo aterrizó justo en su yugular, y las moscas rodearon el pastel de cumpleaños.

INTRODUCCIÓN


Nos merecemos todo lo que podemos soportar.

Elfriede Jelinek

Sucedió que un día Jacinta conoció un Ogro… él quedó deslumbrado por sus ojos de miel, y sin dudarlo la invitó a vivir en su palacio.             

Para convencerla le habló del aliento florido que cercaba los muros, de las semillas blancas y lanudas que los álamos de su bosque esparcían al viento, del reflejo musical en el riachuelo.  

Jacinta aceptó la invitación. Llegó ataviada con un vestido de azucenas, portando una nube de tul en sus perfumados cabellos. Cruzó el umbral de la mano del Ogro. Altos ventanales filtraban rayos de luz sobre los tapices de los muros, los salones repetían engañosos ecos de bienvenida. Una larga mesa rectangular presidía el comedor, la cabecera parecía tan lejana e inaccesible como un trono. Más allá, tras una portezuela, la cocina monologaba susurros de agua y leña. En las paredes colgaban imágenes de ilustres antepasados, y en cada puerta abrían su boca cerraduras donde dormían llaves de truculentos dientes.

A cada paso del Ogro la madera crujía, perezosa y sumisa, unida a los acordes de una lira que mansamente los acompañaba por los mudos corredores. Todo lucía suspendido en una dimensión incierta, en espera de órdenes precisas. El Ogro guiaba a Jacinta con orgullo a través de sus dominios.

Conforme avanzaban, el castillo se hundía con gemidos de aire en irrefrenable descenso, los cimientos penetraban la tierra rumbo al averno. El Ogro, inmutable, aseguraba las puertas franqueadas con pesados aldabones de oro.

Jacinta no se percató de nada. Su andar hipnótico, siguiendo un íntimo canto de huso, la sumergía por hundidos corredores hacia la cámara nupcial. En el último trayecto las azucenas de su cauda se marchitaron de pronto, y la nube de tul que ondeaba sobre sus cabellos se tornó gris, borrascosa.

Cuando Jacinta llegó a la habitación del Ogro, los muros ya habían perdido todo rastro de luz. Ahí, él cerró de pronto, con un puntapié, esa última puerta. Jacinta se sobresaltó y salió de su ensueño. Luego él la arrojó al gran lecho, –la cabecera de ébano tenía grabado un escudo donde una serpiente agonizaba en las fauces de un león. Entonces, sin miramientos, el Ogro le arrancó el vestido… y ya jirones, sobre impávidas lozas de hielo, unos pétalos ajados emitieron secos crujidos de otoño.

Cuando el Ogro terminó de morderla, su vientre trazó el perfil de una lágrima roja sobre las antes inmaculadas sábanas de seda.

Capítulo I

Sé que estamos atados a nuestros enemigos, y que ellos tampoco pueden escapar de nosotros

Sándor Márai

Jacinta toma veneno todas las noches; en silencio clava su colmillo un vampiro que vomita en sus venas.

Jacinta amaneció rodeada de barrotes. El Ogro le prohibió visitar a los duendes que la esperan en el bosque. ¿Qué sucede?, se preguntó atónita al darse cuenta que se habían fundido sus pies al suelo de la jaula.

Y es que a Jacinta no le han salido las uvas dulces…

Y qué oscura la estrella que recoge las lágrimas de Jacinta. A su alrededor los murciélagos rondan en ávida danza mientras ella alza sus pupilas al cielo con súplicas en la piel. Le duele el zarpazo de la fiera que la acaba de llevar a su lecho. Jacinta sabe, desde siempre, que es un error exponerse a la mordida de Adán, pero una dulce víbora se enroscó en su vientre, perdió el sentido de las prioridades, y se rindió.

¡Qué cruel castigo por perder la lucidez! Jacinta regaló su entraña y un esqueleto la disfrazó de novia para que se confundiera, desde entonces, con un fantasma, y ni su sombra dejara ya huellas de su paso.

¡Jacinta, no te reconozco! ¡¿Dónde quedó el arrojo de tu lengua, la rabia de tu justicia, la soberbia en tu frente altiva?! Ahora te ocultas en la cripta de sábanas que vistes por las noches hasta convertirte en polvo. Olvidas tu voz en una caja de música que sólo responde a la cuerda de “su” mano. El exilio te envuelve cada mañana en su laguna Estigia.

Los que antes te admiraban, ahora enmudecen ante la mueca de tu sonrisa.

Entraste a la aventura con las llagas puestas; bajo los azahares un cardo, entre los pliegues de tul, la niebla. En el altar del sacrificio tu corazón fue inmolado.

Desde ese día recorres la alameda sin llegar nunca al hogar. Tus raíces se secaron y las arrastras labrando surcos. Abres y riegas la zanja, pero no hay semilla, así es tu recorrido de prisionera.

Me dueles mucho, Jacinta, porque aún guardo el recuerdo de la que serías, porque todavía te veo soñadora de un destino triunfal, no sometida a la mediocridad, al miedo.

Abrazo mis piernas, me escondo en mi ombligo… debo parecer un ovillo cubierto por telarañas de llanto, un cuerpo encorvado, encogido…, mecido por espasmos. Una mariposa abortada antes de extender sus alas.

Dicen, Jacinta, que la esperanza es lo último en perderse, esa es precisamente tu maldición: creer que vendrán días mejores y todo cambiará. Pasas de largo ante los retornos persiguiendo un atajo de espinas. Parecería que Hipnos te somete y una mano trascendental te guía. Caminas atraída hacia la rueca, te deshojas como un árbol en otoño y te siembras en un hondo invierno con paciencia y precaución. A tu lado palidecen los destinos que rechazas con altanera mirada de mártir. Una corona cierra y cerca tus pensamientos. Te vendiste a los sueños que una niña con tu nombre creyó cuando todo se creía. Ahora que la realidad te desafía prefieres ignorarla y construir tu torre de cinabrio.

¡Quién diría, Jacinta, que serías juzgada por tu propia quimera, que te verías a ti misma recorrer el camino hacia el Hades, y no sabrías advertir la trampa! Fuiste raptada a la incordura, ¡alumbra lo poco que aún queda de ti, Jacinta! ¡Despierta! La vida te llama desde una escuálida grieta. Escucha su voz y utiliza el miedo para enfrentar los abismos, no para las rutas que prometen felicidad y gozo.

¿Recuerdas, Jacinta, que un tiempo solías construir nubes a la medida de tu sueño? No tenías entonces miedo de caer, pensabas que el suelo era el techo del cielo. Estabas por encima de todo y de todos. Eras dueña de tu pobreza y de tu dolor, e incluso podías volverlos tus siervos. Te enfrentabas a las noches de juventud con la sonrisa y el suspiro de una reina. Reposabas en la piel de tu almohada con la confortable recomendación del sueño y el cansancio. Tu jornada no te dejaba espacios para sufrir porque la llenabas de trabajo. El insomnio era un lejano pariente político que vivía lejos y aislado. No sabías del descanso, pero tampoco tenías tiempo para llorar. Eran días cargados de labores, pero tú sonreías orgullosa, bien plantada en el camino, como quien recibe la libertad y constata que es una gran responsabilidad ser libre. Entonces, tu sonrisa era blanda y apacible. Un poco melancólica pues añorabas, como siempre sucede, lo que admirado a distancia luce refulgente y áureo. Te acercaste tanto a esa luz… que primero se incendiaron tus ojos y ahora tus alas se derriten por olvidar las sabias recomendaciones de la cordura. ¡¿Por qué te enamoraste de Orkus, Jacinta?!

Su alta estampa me impresionó, aunque desde nuestros primeros pasos juntos aplastó sin piedad mis sueños con su pie.

Ah, Jacinta, tú querías construir una cabaña de madera a orillas de un río tierno y tranquilo, en las cercanías del mar. Deseabas contemplar atardeceres y crepúsculos entre sus brazos. El pan no sería importante si no estaba él sentado a la mesa, la alcoba los refugiaría del mundo y dormirían compartiendo el mismo hueco en la almohada. Esperabas que el amanecer trajera cada día ternura restaurada, besos de mil colores, besos hondos, unidad… y ahí donde sus pisadas estuvieran, estarían también las tuyas, siguiéndolo. Pero no fue así, ¿verdad, Jacinta? Él te dejó atrás, ignoró los muros de tu pequeña cabaña, y se concentró en la búsqueda de un arcón henchido de oro. Sus sueños de grandeza no dejaron mucho espacio para tu contemplación del universo, fuiste un juguete nuevo, un objeto hermoso, o útil, que se coloca en el baúl, que se saca sólo cuando hay visitas, cuando es necesario; o un abrigo si el frío cala los huesos…

Su voz se alejó, sus oídos dejaron de comprender tu lenguaje de sonrisas. Le cansaron los besos, ¡cómo te dolía ver que los arrojaba a la basura apenas brotaban de tus labios! Quisiste recuperarlo, pero cuanto más reclamaste su desvío más lejano se volvía, y ya no supiste qué hacer. Pensaste que el silencio podría ser la solución…

…y el silencio se ha comido tus labios, y tu boca ya no sabe decir palabras de amor, y así, amordazada, ya no sabe tampoco reclamarle nada.

Ante tanta indiferencia guardas tu confesión como algo sagrado, en espera de que él pregunte: ¿qué te pasa?

Lloras, de vez en cuando… esto le indica que estás triste… Pero ¡qué incómodo para él soportar tu llanto!

Un día, al fin, dejaste de llorar, y callaste. ¡Mas cómo deseas que regrese el que construía contigo lugares maravillosos para fincar el futuro y la vejez!

Jacinta… ¿Tienes miedo de ir a dormir? ¿Porque los sueños se tropiezan con tu insomnio? ¿Porque él está ahí, en la cama, a tu lado, tan lejos y tan cerca… con un extraño odio? ¿Porque no sabes cómo sortear el camino hacia su sonrisa? ¿Te das cuenta de que hace mucho que no sonríe? Su gesto es una máscara de dolor que tú no has logrado transformar.

¡Ogro mío!, permite que te bese, no evadas mis caricias. No opongas resistencia, no destruyas lo nuestro… no sigas devorando mis entrañas. ¡Mira: tengo hierbas curativas en mis manos! sé cómo rescatar tu sombra errante de las garras de Satán; puedo reivindicarte, entender el niño herido que ocultas con vergüenza. ¡Puedo incluso, si tú quieres, ser tu madre… una sirena, o un hada benigna, y desaparecer los golpes y trastocarlos por besos! ¡Puedo alejar el destierro que hirió tu infancia, y devolverte una patria!

¡Qué patética es Jacinta! No puede consolar al hombre que ama. Qué triste verla verlo hundirse en la depresión y que esto los llene de distancia.

De venta en Amazon:https://www.amazon.com.mx/Jacinta-Yolanda-Ram%C3%ADrez-M%C3%ADchel/dp/1499531060

Si deseas el libro, Jacinta está a la venta en la tienda en línea de la editorial Salto Mortal, esta es la cuarta edición: https://www.editorialsaltomortal.com/product-page/jacinta?fbclid=IwAR02s20-BWh173CLpN-OT3bU1Z4GaxZ3uWzrRX6CnLBt9XJKNv9TqQbK8H8

Gloria Torres y Mario R. Gasca, dos magos de la literatura

Mario R. Gasca

Por Jimena Aguirre de la Torre

Magusplús y Magusnovus tienen otro nombre cuando se trata de dos magos que conjuran la literatura: Gloria Torres y Mario R. Gasca. Con la publicación del libro álbum El mago resfriado, de la editorial Salto Mortal, la escritora y el ilustrador entregan una obra en la que las palabras y las imágenes esconden un hechizo lleno de símbolos, metáforas, pero, sobre todo, de una buena historia.

Gloria Torres

“¡Cataplunminus! “¡Cataplunmagnus!” dijo Magusplús agitando su varita. Con su nariz puntiaguda y su prominente barba, este hombre fue elegido por el Consejo de Magos para que los barcos cambiaran su tamaño y pudieran pasar por el pequeño puerto de la ciudad. Pero, cuando éste enferma, Magusnovus, un hechicero inexperto, aunque entusiasta, llega a encargarse de esta importante labor, ¿podrá hacerse cargo? Esa es la premisa del libro álbum, que, con un cuidado entre las ilustraciones a blanco y negro y el texto, se teje una narración que conmoverá al lector.

El mago resfriado, publicado por la editorial Salto Mortal

A Magusplús lo escogió un Consejo de Magos. Pero, Gloria Torres se convirtió en una hechicera de la palabra cuando seis años atrás, la autora, madre de familia, recibió la noticia de que tendría que pasar seis semanas en casa cuando se rompió un pie, “¡¿Seis semanas?!” se dijo, “¿qué voy a hacer?”. Así que Gloria tomó su lápiz a manera de varita y comenzó a escribir.

El cuento que la escritora trajo a Trithemius se revisó y pulió junto con la ayuda de Yolanda Ramírez Michel, directora y fundadora de los talleres literarios.  La publicación iría de la mano del ilustrador Mario R. Gasca, quien puedo traducir la historia en imágenes tal como la imaginaba: “cuando Mario me mandó la muestra, yo supe que ese era el mago, no tuve la menor duda”, comenta Gloria.

Para Gasca, la importancia de narrar con ilustraciones tiene que ver con la capacidad de observación de los lectores, quienes interpretan no nada más las palabras, sino también la manera gráfica de plasmarlas. Aunque la gente no suele tomarla en cuenta, este tipo de narración forma parte de un lenguaje distinto, pero que se puede usar para contar una historia del mismo modo que con las letras: “con metáforas, con símbolos y con elementos ocultos que pueden complementar al texto perfectamente”, explica.

De derecha a izquierda: Yolanda Ramírez Michel, directora de Trithemius Talleres Literarios, Mario R. Gasca, ilustrador, y Gloria Torres, autora.

Con motivo de desmitificar la idea de que el libro álbum es únicamente para niños, ambos autores mencionan que cualquier persona puede leerlo: niños, jóvenes y adultos.

Mario Gasca (ilustrador), Yolanda Ramírez Michel (poeta y editora)

Hay que perderle miedo a la ilustración, de manera que se elimine el prejuicio hacia el libro álbum, dice Gasca, y así aceptarlo como una forma valiosa de la literatura: “un libro infantil puede cambiar la manera en la que un niño, cualquier persona, ve el mundo”. Quizás con esta obra cada lector pueda encontrar en sí mismo a un mago.

En la presentación de El Mago Resfriado en la librería Gandhi de Guadalajara, Jalisco.
Izquierda, Gloria Torres, derecha Mario R. Gasca.

En este video la autora Gloria Torres y la editora Yolanda Ramírez conversan acerca de ello en el programa de Sonia Serrano.

“La poesía es una intimidad encapsulada”: Jonás L. Laya

Por Jimena Aguirre de la Torre

Quitarse los zapatos y caminar por las veredas con lodo. Meterse a bañar al río, mientras se cierran los ojos para escuchar el sonido de las chicharras y las risas de los niños a lo lejos. Abrirlos nuevamente y ver las pupilas de la gente. Pasar la página… y encontrar Yogope.  Esa es la invitación de Jonás L. Laya para quienes tienen entre sus manos un pueblo de San Juan Lalana, Oaxaca, la cuna de algunos poemas ingenuos… y otros no tanto.

Publicado bajo el sello editorial Salto Mortal, Yogope recoge “poemas ingenuos”, como se titula una sección de la obra, en la que el autor plasma entre sus páginas parte de sus experiencias al vivir en la localidad con el mismo nombre del poemario durante año y medio.

El autor se inició en la literatura como muchos otros: leyendo. Desde que era niño y su papá le contaba los cuentos de Grimm, su amor por los libros solo aumentaba. Para cuando Jonás comenzó a escribir, ir cargando con pluma y papel ya se había convertido en una necesidad: “el hombre precisa de la poesía para explicar la pequeñez, así inicié yo”, explica.

 Pero, aunque haya empezado como muchos otros escritores, lo que diferencia al poeta, es que éste se ha ganado su nombre: Jonás L. Laya.

̶  Los chavos que están aquí al frente, vénganse a las gradas junto al altar – dijo Andrés Carrasco, sacerdote misionero del Espíritu Santo.

Un joven poeta de entre 20 y 25 años, que estaba por recibir su nombre sin aún saberlo, había decidido acudir a una misa, de la cual le habían comentado que “las homilías eran más cercanas”. El muchacho, acercándose, terminó al frente, a punto de que se comenzara con la lectura de ese día, la del profeta Jonás.

Cuando el sacerdote estaba por iniciar con sus ejemplos, exclamó – ¡Hagan de cuenta que yo soy Dios y…  –  buscó entre la multitud – uno que se vea medio rebelde… ¡Tú! – dijo señalando al chico cuando su mirada por fin lo había encontrado – Tú serás Jonás.

Sin conocerlo, el padre contó la historia del profeta en primera persona. El impacto del escritor fue tan grande, que decidió enviarle una carta . La amistad entre ambos creció y, para el sacerdote, el poeta siempre se llamó así: Jonás.

A Jonás le gusta estar en contacto y ver las reacciones de la gente. Durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el escritor se acercaba a las personas reunidas en torno a los stands de la Expo, y, con trozos de papel en la mano que contenían fragmentos de sus poemas, leía a las personas y esperaba para ver su expresión. Quizás otra manera de compartir la literatura y la pequeñez a la que se enfrenta el ser humano.

Para Laya, la poesía tiene la capacidad para nombrar las cosas de una manera no literal, sino encapsulando pensamientos muy íntimos: “yo sé que cuando estoy leyendo, estoy leyendo algo muy íntimo, pero cada uno lee su intimidad propia. Está en clave, pero es cada lector quien la descifra”.

Para conocer al poeta no es necesario saber el nombre que no aparece en las portadas, sino encontrándolo en esa intimidad encapsulada en Yogope.     

Yolanda Ramírez Michel, la escritora que usó la literatura para salvar sueños

Por Jimena Aguirre de la Torre

“¿Cuál es tu sueño?”, pregunta Yolanda Ramírez Michel, mientras que con una pluma y el libro Todos somos magos entre sus manos, le devuelve una mirada de ojos verdes a un niño de pestañas largas. Recargado sobre el mostrador de la editorial Edelvives durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, sin quitar la vista de la obra que está por llevarse a casa, le responde: “Quiero ser futbolista profesional”.

Tras conocer un poco al lector que se irá pronto con uno de sus “hijos de papel”, la escritora del vestido color turquesa y labios color rosa, le dice al pequeño antes de irse: “este libro te va a ayudar a que no olvides tus sueños”. Cuando el niño sonríe y se va mientras abraza a su nuevo amigo, Yolanda, con satisfacción, revela el secreto de la razón de su escritora: las sonrisas.

Todos somos magos, editado por Edelvives, es un cuento que explora la necesidad de cuidar los sueños para no dejarlos morir. Este libro álbum, que no está dirigido únicamente a los niños, como se ha creído de las obras que van acompañadas por ilustraciones, es para cualquier persona que quiera adentrarse en una historia. No hay edad para la lectura, menciona la autora, especialmente cuando se trata de una obra que recupera lo simbólico para la creación de lectores exigentes.  

Ramírez Michel, que ama a cada uno de sus libros, explica que, a pesar de que el proceso creativo es el mismo para sus distintas obras, el momento en el que lo escribe sí cambia, dando resultado una temática para un libro álbum o un relato para una publicación como Jacinta; sin embargo, hay algo seguro: escribir salva.

Jacinta, novela editada por el sello Salto Mortal, narra, de manera alegórica, un viaje de liberación personal de una prisión elegida por amor y obsesión. “Es la violencia que padecemos: puede ser un esposo, un padre, un jefe, un hijo, una sociedad, un gobierno… el ogro es una figura simbólica que va a representar muchas cosas”, dice la escritora, incluso cuando uno mismo es el monstruo.

“¿Cómo sabes lo que siento?”, se le acercaba la gente a Yolanda tras la lectura de Jacinta: “yo solo escribo lo que estoy viviendo”, respondía ella, dándose cuenta de la conexión que el libro tenía con sus lectores: “es triste, porque éste habla de la violencia, y eso quiere decir que muchos la vivimos”. (ver video) https://www.facebook.com/EditorialSaltoMortal/videos/442870383306222/UzpfSTIxMzY1MzE1MjA0NzA3MjoyNjEzMDg2MjE1NDM3MDc1/

Ya sea por medio de una obra como Jacinta o de la capacidad de cada persona para ser un mago, la escritura de la autora tiene una intención: recuperar sonrisas. Escribir con una pluma que funciona como varita mágica… cambiar relatos por sueños.

Arjé, esa búsqueda inevitable del origen

Queremos compartir con el público la entrevista que realizó Trithemius a la poeta Ana María Vargas con motivo de la reciente publicación de su poemario Arjé.

Trithemius es un espacio cultural especialmente acondicionado para el desarrollo de la palabra y sus dones a los que la poeta Ana María Vargas Vázquez se acercó en el 2016.

Ana María es una persona que prefiere la palabra escrita por encima de la palabra oral –aunque también la disfruta–. Prefiere más escribir una carta que platicar, porque sólo escribiendo es más ella misma.

Ana María siempre encuentra el mundo distinto. Se despierta, y descubre que otra vez el mundo es nuevo, y todas las cosas abren en ella preguntas, la inquietud, la sorpresa, el entusiasmo, una nueva pasión y una nueva intención por conocer, descubrir y aprender. Si algo ama Ana María es el conocimiento, el aprendizaje y el estudio del mundo. A veces lamenta profundamente padecer el descubrimiento de la muerte, porque sólo eso le anuncia que no va a tener tanto tiempo para aprender todo cuanto quiere aprender.

Ana María prefiere la soledad por encima del bullicio, y es posible encontrarla caminando por una calle vacía, en la biblioteca o en un parque con el violoncello al lomo, un libro de poesía, filosofía o matemáticas en las manos y una preciosa niña llamada Paloma entre sus brazos. Ese es su mundo perfecto. En el mundo en el que convive con otros, Ana María es franca y sincera. Sabe sonreír, saludar, preguntar o compartir, platicar o guardar silencio y escuchar, pero siempre prefiere más su propio universo.

¿De qué trata Arjé, Ana María?

Arjé trata sobre una emoción. Una sensación percibida durante toda mi vida.

Hay una cosa en mí que despierta a cada instante. Cuando camino, cuando recorro calles o mientras estoy en soledad, en los diálogos que invento con personajes imaginarios o al hacer cosas cotidianas que me permiten la dicha de pensar o el placer de la observación. En esos momentos,  percibo una cercanía, un hilo muy íntimo y personal que me une o que me dirige irremediablemente al origen, a la búsqueda y a las preguntas primigenias, es decir, ¿de dónde vengo?, ¿de dónde venimos cada uno?, y ¿de dónde viene todo lo que nos rodea en el universo?

De manera ordinaria, yo tiendo a creer que cada cosa que está en mi entorno tiene una voz muy antigua que celebra algún secreto, o el mensaje de un ancestro que vuelve en silencio cada día para revelar un mundo distinto.

Aquí está el hombre.

Su tiempo es este origen:

Ahí donde la carne es polvo,

ahí donde el polvo

es un trago de agua universal.

Ana María Vargas

¿Y.. cómo nacieron los versos que habitan tu libro?

La parte “escrita” de Arjé nació en Trithemius. La poeta Yolanda Ramírez Michel nos propuso en algún momento a un grupo de poetas y a mí, una serie de elementos que funcionaban como una gota de fuego inicial que incendiaba el papel con la llama de un poema. En cada encuentro, ella nos daba la gota primera, que bien podía ser una imagen o una palabra. En base a la imagen o la palabra, nosotros desarrollábamos un poema, y yo encaminé cada uno de esos poemas a la sensación del origen y el universo.

¿Qué parte de ti goza con la escritura y qué parte de ti la padece?

La parte que gozo de la escritura es el momento en el que surge la idea. El momento en el que comienza a sentirse el desarrollo de algo que crece en el interior. Es una sensación incluso física que se mueve entre la sensibilidad y el trabajo del intelecto. Parte de la escritura es emocional y llega de la experiencia vital del ser humano y de la sensación y la emoción que uno encuentra en el estudio y en la lectura. Pero hay otra parte que llega de la labor del cerebro al gestar la idea, al relacionar conceptos, al pulir algo que comienza a ser un poema.

La parte del desarrollo de la idea es muy íntima para mí, creo que es genuinamente literaria, además de funcionar como una magia seductora que surge sólo en el acto creativo. Además, esta  parte es muy plástica, porque yo puedo ir construyendo la idea del libro en completa soledad, o entre  la gente. En el silencio de la calle vacía o en medio del gentío. Ya en el acto de la escritura, el trabajo es aún más profundo e íntimo. Y esa es la mejor parte, porque es un gran placer estar frente al papel con un lápiz, un borrador, un sacapuntas y yo misma.La parte que padezco con la escritura es la línea que divide la intimidad de la creación y la literatura con el mundo real, en el que la obra literaria visita el bullicio, la relación pública, la difusión, la gestión y la política.

Qué ha sido lo más difícil de la aventura de escribir. ¿Y de publicar?

La parte más difícil de la aventura de escribir ha sido imaginar la forma de un libro y pensar su final, y encontrar que el final de esa obra se intrinca, y que la idea del final puede no llegar jamás. Es como entrar en un libro infinito que no termina, un libro que recorres  y que por más que buscas una conclusión, ella tiende al infinito, como si fuera un fractal.

Respecto a la parte más difícil de publicar tiene que ver con encontrar la voz que te escuche y que crea en ti. Encontrar los bellos ojos que te lean y que coincidan contigo desde la humanidad, antes que desde la poesía.

En este caso, la poeta encontró a la editora ideal, Yolanda Ramírez Michel, quien comprendió Arjé desde que escuchó el primer verso. La obra ha sido publicada en la colección de poesía que coordina Ramírez Michel en la editorial Salto Mortal.

Y por último, le preguntamos a Vargas Vászques el porqué del título. Aquí su respuesta:

Elegí el título Arjé porque en él hubo un punto de encuentro, un modo de coincidir en el tiempo con una sensación, una intuición, una definición del mundo. Ya platiqué líneas arriba de esa sensación que he tenido por siempre, ese fuerte vínculo con el origen, con el significado de lo primigenio.

 A lo largo de las lecturas, como podemos comprobar, cada lector  va encontrando siempre amigos entrañables, personas que pensaron o sintieron lo mismo que uno siente, y yo tuve la fortuna de encontrar amados amigos en las fuentes que existen sobre los filósofos presocráticos. Sentí que en ellos estaban las mismas preocupaciones que yo había tenido, que ellos ya habían pensado y habían coincido con las mismas preguntas que yo me he hecho, las mismas inquietudes. Así que al leer los fragmentos y las referencias que los grandes filósofos de la Grecia antigua hacen sobre ellos, no pude más que sentirme en mi casa, conmovida y acompañada en la búsqueda, en la inquietud y el deseo por encontrar el sentido de todo lo que existe. En los presocráticos, este concepto de arjé, hace alusión al primer principio, a la sustancia primigenia de la que han surgido las cosas. Cada filósofo presocrático encontraba una respuesta distinta a lo que podía ser ese primer principio. Para Tales de Mileto, por ejemplo, la sustancia primigenia era el agua; para Anaximandro, lo ilimitado del ápeiron; para Anaxímenes, el aire; para Pitágoras, el número; para Heráclito, el fuego; para Parménides, el Ser; para Empédocles, los cuatro elementos; para Anaxágoras, las semillas; para Demócrito, los átomos.

Así que, en cada parte del libro, he buscado las coincidencias, y he dedicado cada parte al presocrático con el que me encontrado y con el que he coincido sin importar la distancia de espacio o tiempo.

Aquí una liga donde podrán ver el gozo de la poeta al presentar su libro en FIL 2019 https://www.youtube.com/watch?v=-WepRbvR_1s&list=UUsb9-VZ2EK0wO0pN-3JsHgA&index=5

¿Cómo nace una obra literaria?

Yolanda Ramírez Michel

Cada género literario, cada libro, cada proyecto tiene su particularidad desde el momento en que se me manifiesta. Cada uno de mis libros ha sido único en su forma de gestarse dentro de mí. 

La poesía, por ejemplo, es la más extraña. La poesía me la puede dar un petirrojo, un té de menta con limón y miel, un objeto no identificado en lo alto del cielo… o una mariposa que se derrumba ante un aguacero intempestivo. Así es la poesía, se apodera de mí y no me queda más remedio que escucharla…

De todos modos, aunque cada libro de poesía haya sido distinto desde su gestación, hay algo que comparten casi todos: la mayoría de sus páginas se escriben en vacaciones, o me despiertan a las tres de la mañana, o me despierto con un verso fresco en la almohada, parece que la poesía tuviera desconfianza o celos de la rutina. Nunca he podido escribir poesía como un acto de voluntad propia, siempre ha sido un acto de voluntad de la poesía misma, que es ajena a mí, aunque se presta a sí misma con generosidad cuando estoy atenta y sensible a su voz.

¿Cómo nace una obra literaria?


La prosa es distinta, necesita un motivo, un tema y un plan… aunque el plan nunca es definitivo, y puede ir cambiando conforme avanzo sobre el libro. Sucede siempre, que, conforme escribo, cambio yo y va cambiando mi escritura, el plan original es sólo el big bang, no permanece, pero se expande, y da de sí multitud de posibilidades. Pero esto no quiere decir que yo no tenga el control total de la obra, la obra es como un iceberg, tengo el control del extremo que emerge, mientras que, en lo profundo, algo más sucede… y eso que sucede “me crea” al tiempo que “yo creo”, es una creación mutua.

Yolanda Ramírez Michel

(Morelia, Michoacán, 1965). Poeta, ensayista y narradora mexicana; Doctora Honoris Causa en Ciencias de la Educación por la Universidad Santander. Se ha especializado en Mitología Comparada y Hermenéutica, es promotora de lectura, conferencista y docente; fundadora de la comunidad cultural Trithemius Talleres Literarios, y directora de publicaciones de la editorial Salto Mortal. Sus obras publicadas son: El gran niño, electrones de un sueño, (El viaje ediciones 2005/ Progreso 2008); Jacinta, (La Zonámbula 2008); La maestra Milagros (Progreso 2010/ Panamericana 2015); Palingenesia (C&F ediciones 2011); Los mitos del alba, (CECA 2011); Grimori Mundi (Salto Mortal 2013); Litterae (Salto Mortal 2014); Todos somos Magos (Edelvives Progreso 2014); El Tarot de don Quijote (Salto Mortal 2015); El Oráculo de don Quijote (Salto Mortal 2016); el Manifiesto Luminista (Salto Mortal 2017); Crónica de una reparación vital (Salto Mortal 2018); y Nimué la dama de los cuentos (Panamericana 2019).

http://www.yolandaramirezmichel.com

Cartas a un joven poeta

También el arte, no es más que un modo de vida.

Rainer Maria Rilke

El poeta Rainer Maria Rilke, nacido el 4 de diciembre de 1875, en la República Checa, nos ha legado, entre varias obras de extraordinario valor,  un libro formado por diez cartas, escritas entre 1903 y 1908 a un joven poeta que solicita consejo sobre la vocación a la cual se siente llamado. Aparentemente breve, como todas las cosas que valen la pena, el texto se niega a ser un tratado descomunal de términos eruditos que dejan al lector pasmado, pero ignorante; Rilke intenta sólo animar a su joven discípulo a seguir el llamado misterioso de esa vocación tremenda. En diez cartas que condensan el sentir de Rilke con respecto a varios temas, sentimos la fascinación de la palabra sencilla y profunda con la que un verdadero mago del lenguaje expresa:

“Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Sólo hay un camino: entre en usted.”

En la actualidad la poesía permanece como influjo lumínico de sectores cada vez más reducidos, las grandes masas entienden por poesía una suerte de cancioncilla de las palabras y un sentimentalismo empalagoso. La verdadera poesía es más bien una manera de abordar lo más profundo y grave de la vida humana, aquello que interesa a todos y en todos encuentra cabida. Pero para estar a tono con la poesía  es necesario abrir el corazón y contemplar la vida, y cito una frase de la primera carta del libro:

“Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe, cúlpese usted de no ser lo bastante poeta como para encontrar sus riquezas”.  

Es dado a todos el mundo, pero no todos lo contemplan con la gravedad, el gusto, el arrobo  y profundidad del poeta. Sólo quien tiene el alma atenta a los signos que se manifiestan a diario es capaz de percibir la voz de las cosas más simples y pequeñas como mensajes divinos. Porque el poeta comprende que la voz de Dios es un gran poema. Y es en su segunda carta que Rilke se manifiesta lector de un libro total:  “de todos mis libros pocos me son indispensables, dos de ellos van siempre conmigo dondequiera que esté: la Biblia y los libros del gran escritor danés Janes Peter Jacobson…”. Qué distinta esta pequeña bibliografía a la larga lista que un erudito maneja en una conferencia sobre alguna obra de arte, qué distinto a algunos cursos a los que asisten alumnos con hambre de un conocimiento profundo; cursos de los cuales salen con una admiración ciega hacia el recitar absurdo de autores y obras inaccesibles, sintiendo en lo profundo más lejana que nunca la poesía. En cambio Rilke casi ruega al aprendiz de poeta :

“lea lo menos posible textos de crítica estética. Las ideas vertidas en ellos suelen ser opiniones de escuela, petrificadas y carentes de sentido por su endurecimiento ya sin vida (…) las obras de arte son de una soledad infinita, y nada es tan poco apropiado para abordarlas como la crítica, sólo el amor puede comprenderlas, tratarlas y ser justo con ellas.”

“dejar que cada impresión y que cada germen de sentimiento se completen totalmente en sí, en la oscuridad, en lo indecible, en lo inconsciente, y esperar con profunda humildad y paciencia la hora del nacimiento de una nueva claridad.”

Artículo publicado en la revista Portada en septiembre del 2012

Por Yolanda Ramírez Michel