Por Iván Alatorre Orozco

Al pie de la cama de Don Salvador, se encontraba echado un joven gato de  pelaje anaranjado llamado Sem, era una noche calurosa de verano, las gruesas gotas de lluvia caían sobre las desgastadas tejas de la casa de adobe que a cuestas, sumaba más de un siglo de historias acumuladas. Sem despertó, lamió sus patas delanteras, trepó por la pared hasta llegar a la ventana, contempló el  canto de los grillos y las codornices en armonía con la pertinaz lluvia, observó la claridad plateada que proyectaba la luna llena, las siniestras nubes negras que parecían confabular algún plan perverso, la autoridad del rayo y la hipnótica fragancia que emergía a través de la húmeda tierra colorada que dibuja el paisaje de los altos de Jalisco.

Años atrás, Sem escapó de su anterior morada, deambulaba entre los espesos sembradíos de la población de Arandas, escuchó un sonido extraño que llamó su atención. Pese a su corta edad, Sem se diferenciaba de los demás por tener un espíritu libre y  un corazón tan grande como las verdes montañas que custodiaban a lo lejos las plantaciones de agave, maíz, chile y frijol. Sem encontró un estanque de cristalinas aguas, en ellas, las hojas de los árboles flotaban como pequeñas embarcaciones, advirtió la presencia de siete patos que  jugaban batiendo con ligereza sus blancas alas y una gallina, que junto a sus polluelos bebían alegremente.

Un resplandeciente reflejo en la superficie del estanque, fue lo que obligó a Sem a estirar al máximo su cuello, observó una extraña imagen que ascendía, un par de pupilas color ámbar lo siguieron en cada movimiento, retrajo las garras, dio un paso hacia atrás, pensó en huir, sin embargo, su curiosidad era aún mayor, avanzó con sigilo, el reflejo esta vez no le causó ningún temor, giró de un lado a otro su cabeza, trataba de entender la situación, sus largos bigotes blancos  tocaron la superficie y la figura creó ondas ante su mirada, se aproximó, con sus patas intentó alcanzar el rostro que se alejaba, perdió el equilibrio y cayó. Sem comenzó a patalear, chapoteando con desesperación sobre las desconocidas aguas, pero sus esfuerzos fueron inútiles, estaba exhausto, percibió como la luz del día desaparecía y dejó de luchar.

Don Salvador  y su hija Sofía regresaban del pueblo cuando se percataron de la presencia del gato dentro del estanque, tomaron una rama, accedieron a él  y lo rescataron justo a tiempo, lo envolvieron en una sucia pero seca frazada, lo llevaron presurosos a casa, le calentaron leche y lo alimentaron hasta poder reanimarlo, desde entonces, Sem se convirtió en el tercer integrante de la familia.

Sofía se encargaba de atender las necesidades  de Don Salvador, quien cercano a los cien años,  había superado por mucho su expectativa de vida. Sofía procuraba una dieta sana para su padre, así como también el cuidado de  su aseo personal, la toma de sus medicamentos y aunque no siempre lo lograba, de mantener la calma para evitar explotar y desquitar su frustración con Don Salvador. Sem acompañaba con frecuencia a Don Salvador,  quien sentado en el patio, con su inconfundible sombrero de charro, frente al sol de mediodía, en su silla de madera tejida con tule, rodeado de antiguas masetas de barro con margaritas, bugambilias, rosales y lavandas, acariciaba el peludo lomo  del gato quien ronroneaba acostado en su regazo mientras él le narraba, con un dulce brillo en sus profundos ojos verdes, las historias de su juventud durante la revolución y la guerra cristera.

Sem era un cazador implacable de los roedores, pequeños reptiles  e insectos que osaban acceder a la casa. En las noches oscuras, solía subir con determinación a los tejados y maullar casi sin descanso, era respetado tanto por los perros como por  otros gatos y el ganado mismo, proteger a Don Salvador y Sofía se transformó en el objetivo principal de su existencia.

Esa lluviosa noche, la luz de Don Salvador se extinguió, a sus 101 años, había cumplido con todos sus deberes, su muerte llegó sin que Don Chava se hubiese guardado una sola sonrisa, un solo abrazo, un solo relato o una sola tierna mirada. Sofía  y Sem lo acompañaron hasta su último respiro. El gato de pelaje anaranjado se acercó a él, sus hondos ojos color ámbar se humedecieron cuando no encontraron la calidez de su viejo amigo. Se acurrucó a su lado, afloró la primer y única lágrima de su vida, esta se resguardo en el pecho de Salvador, entonces se generaron ondas en los mares de una eternidad que recorrerían juntos, Sem tampoco vería el amanecer, estaba ligado a él, no lo podía dejar solo.

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