La casa vieja de los abuelos

Autora María de Jesús Anaya Corona

Ilustración Andrea Aguirre de la Torre

Ilustración de Andrea Aguirre de la Torre

Mis padres se casaron con muchas ilusiones en la maleta, y un carro viejo. Ese era todo su patrimonio. Vivimos gran parte de la niñez en una casa que mi abuelo nos prestaba, era una casa pequeña, y siempre nos hacía falta espacio, sobre todo en la sala, cuando había invitados estábamos todos amontonados. Nuestro sueño era tener una casa grande, con una recámara para cada uno y espacios para la convivencia. Eran tiempos difíciles, eran tiempos de jóvenes. Pasaron los años, mis padres ascendieron en sus trabajos, la situación fue mejorando.  

Un día de noviembre, mis padres nos reunieron para darnos la buena noticia:

-¡Estrenaremos casa! será más amplia, -dijo mi padre- cada quien tendrá su propia habitación, habrá un patio trasero y una sala más amplia. Ahí sí podremos tener un gran árbol navideño. A partir de mañana iniciamos la mudanza.

“¿Qué dejaremos en esta vieja casa? ¿Qué nos llevaremos?”

La nueva casa era hermosa, entraba la luz sin recato, papá compró muebles nuevos. Pronto todo quedó en su sitio: los libros de mi madre, el fonógrafo del bisabuelo que deambuló por años en los rincones; el reloj, regalo de la tía abuela (que no marcaba bien las horas, pero se veía elegante colgado en la pared).

Llegó diciembre, no podíamos esperar para comprar el árbol. Lo elegimos enorme, lo llenamos de luces y esferas. Todo estaba listo, seguramente la familia completa preferiría pasar Navidad con nosotros, no en la casa vieja de los abuelos. Compramos regalos para todos, los pusimos bajo el árbol.

Días antes de la cena, uno a uno, se fueron disculpando, pasarían Navidad en casa de los abuelos. No entendíamos por qué, ¡nuestra casa era más bonita, más nueva y más grande!

-Nosotros cenaremos aquí- insistimos.

Llegó la noche del 24 de diciembre, la cena estaba lista, pero en la mesa había demasiado espacio. A todos nos entró una gran nostalgia… ¿Quién pediría posada? ¿Y los cantos? ¿Y las piñatas? ¿Y los abrazos al sonar la última campanada?

No podíamos pasar la noche así.

Entre todos recogimos la cena y los regalos, y nos fuimos a la casa de los abuelos, que salieron a recibirnos emocionados. Mi abuelo dijo a mi padre:

-Algún día tú serás el alma de la Navidad para tus hijas, por ahora, disfruten del amor añejo de los abuelos y la casa que en sus paredes guardan las risas y la alegría de estos momentos. Fue un largo abrazo el que se dieron.

Han pasado los años. Hoy estamos en la casa de mis padres, mi abuelo se ha ido. Tal como predijo, mis padres son el alma de nuestras navidades, y nuestras hijas disfrutan de este amor añejo y además disfrutan de esta casa, que en un tiempo fue nueva, y que ahora es “la casa vieja de los abuelos”.  

Una Navidad sin capitalismo

Autora Julieta López Godoy

Ilustración Camila Schmidt Hernández

Ilustración de Camila Schmidt Hernández

Fue en Oaxaca, en un pueblo indígena, y sucedió durante una fecha muy especial. Un amigo la invitó a que pasara ahí la Navidad.

Cuando llegó, a medio día, algo en la actividad del pueblo le pareció extraño: los hombres iban de casa en casa. Su curiosidad la llevó a preguntarle a una niña que andaba por ahí (esperaba que hablara español…)

-Disculpa… ¿Por qué los señores van de casa en casa?

-Lo que pasa es que no hay padrino- respondió, y se fue corriendo con sus trenzas saltando al viento.

La mujer se quedó en las mismas. No, mejor dicho: se quedó peor.

Avanzó por las calles de aquel pueblo árido rumbo a su destino. Percibió una paz y una tranquilidad como no había experimentado nunca en su ciudad natal, Guadalajara. Aquella paz en el ambiente no era común, y menos un 24 de diciembre. El pueblo no lucía las tradicionales luces que en esas fechas abundan en la ciudad, no había adornos navideños, y sobre todo, lo que más llamó su atención: ¡no había tiendas en donde comprar los regalos para Nochebuena!   

Se quedó helada, no llevaba regalo para su amigo… ¡Aún no le había comprado nada!

Por la noche su amigo le informó que la celebración no sería en su casa, irían al templo para conmemorar el nacimiento del Niño Dios.

¡Ahí sí que había luces! El templo estaba lleno de adornos muy coloridos, y foquitos panzones que iluminaban el altar. Los asistentes permanecían en silencio, ni siquiera los niños ahí presentes hacían ruido, lo único que se escuchaba era la tonada navideña que emitía la serie de focos de colores.

     El capellán tomó la palabra. Dijo que, por primera vez, no había un padrino para el Niño Dios, y que cada familia podía llevar, después de la celebración, algo para compartir.

Por eso los hombres andaban de un lado a otro, de casa en casa…

La celebración dio inicio con los cantos de las mujeres, después otro grupo comenzó a rezar. Luego de un primer tiempo muy emotivo de cantos y rezos, salieron del templo.

Algunas familias estaban esperando en la explanada, llevaban pan y café. Ella comió y cenó de aquel pan sencillo y simple.

Después volvieron a entrar al templo. El Niño Dios ya estaba en el altar, representado por un muñeco de yeso. Los hombres y mujeres se acomodaron a su alrededor con respeto. Lo adoraron y lo cuidaron toda la noche.

Ella aprendió que no siempre los regalos se compran, el primer regalo que recibió ese día fue la hospitalidad y el cariño de las personas de aquel pueblo. Pero el mejor regalo fue que Dios (a través de los chinantecos) le dijo que la amaba.

Nieve

Autora Arminda Eugenia Iturriaga Castillo

Ilustración Irlett Yeraldy

Ilustración de Irlett Yeraldy

Es invierno.

Afuera, los copos de nieve revolotean por el aire.

Los viejísimos árboles se yerguen hacia los cielos, buscando la luz ausente.

La luz invernal no suele durar mucho, se quiebra en la suavidad de la nieve, solo alcanza a reflejarse en mil diáfanos cristales que levitan en figuras planas o ensortijadas, de vida leve y brillos cortos. Pronto se convertirán en hielo. Prístino y atrevido espejo donde con urgentes desvaríos atisban sus amores las almas puras.

En la tarde ambigua irrumpen en el paisaje dos amantes. Se acercan resueltos, hasta tocarse con manos enguantadas y corazones aturdidos.

Toman los rincones… entre oquedades se conceden uno al otro. Revelan un aura tan amorosa que derrite todo el hielo a sus espaldas.

Es el milagro de la vida que tiñe los alrededores, es un nuevo día. Es el alma inmortal que lo ha visto todo.

Es la esencia inmutable de un milenario Niño Divino.

Lo sobrenatural humano

Pepe Aguilera, poeta filósofo, egresado de Letras Hispánicas, forma parte de la familia Trithemius, las sesiones online lo inspiran y después de cada clase nos entrega sus palabras. En esta ocasión la Maestra Yolanda Ramírez Michel impartió una sesión para mostrar cómo a lo largo de la literatura muchos autores fundamentales han manifestado en su obra una relación mística con una entidad femenina analizada por Elemire Zolla en su libro La amante invisible, estas son las palabras que nos regala Pepe.

Lo sobrenatural humano

Escuché las palabras de la maestra, la escuché hablar acerca de la amante sobrenatural, de la esencia de lo no humano y la decadencia de la Natura en la vida Humana. Esto me llevó a pensar en la separación entre la vida del hombre y la vida de la naturaleza. Pude ver cómo lo sobrenatural se va desprendiendo de la piel y se vuelve palabra sola; cómo lo pagano se va volviendo profano, poco a poco; cómo le van imponiendo ropajes, y ya sin la desnudez de su esencia se va deformando. Sentí cómo de la piel se me desprendían las palabras y se iban a un lugar lejano, un espacio dedicado mayormente a sus “significados”, y me sentí tan perdido como el Poeta-Filósofo griego que en su imposibilidad de poseer la palabra la condena, me sentí como se ha de sentir el amante desposeído de la carne, imposibilitado para amar.

Las palabras de la maestra me hicieron volver, y me dieron las posibilidades de lo mítico, del mundo mágico que se esconde en las palabras. Yo sólo podía pensar en la Zambrano hablando de cómo la carne se vuelve sustancia en la palabra; sólo podía pensar en cómo, a través de ésta, la carne se eterniza y adquiere una significación universal. Entonces recordé las ideas que giraban en mi cabeza cuando estudiaba Letras, recordé que había un hueco imposible de llenar por la razón, que había un espacio oscuro y sin forma en las ideas que me eran dadas, recordé que el entrelineas de los libros siempre contiene una significación más profunda, casi inaccesible a la razón. Recordé que las palabras son mágicas, y nos permiten unirnos con esa sustancia ancestral que nos habita.  Recordé que escribir es situarse en el origen, en el génesis de todas las cosas. Recordé que la Academia se olvida de lo sobrenatural humano para dedicarse a la palabra llana, aquella que es sólo exterior.  

Sesión del taller Fundamentos literarios, viernes de 10:30 am a 12:30 pm. Inscripciones abiertas.

Pepe Aguilera

Guadalajara (1984) Profesor de preparatoria en la U de G, Promotor de Lectura y Creación Literaria. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara, y ha trabajado como mesero, laqueador, vendedor de artesanías en el Tianguis de Tonalá, ayudante de cocina en restaurantes sin importancia, intendente en tiendas departamentales. La visión del mundo desde esas situaciones laborales le ha permitido saber cuáles deberían ser los intereses del artista, no los que persigue y se afana en conseguir, sino los que debería tener como principio existencial, esos que se esconden detrás de las palabras y sus símbolos. Renegado de las formas se reúsa a creer en la poesía actual, sin embargo la prefiere a las formas precarias del modernismo.

Un taller y el “estanque”

Por José Aguilera

Hay conceptos que se vuelven lugares habitados, estancias en las que debemos detenernos un instante. Uno de estos lugares fundamentales es el estanque, espacio de vida y muerte, zona fangosa que nos llama, su fondo oscuro y confuso resulta atractivo a la vez que genera una especie de repulsión, un miedo a dejarse caer porque no sabemos cómo salir de su espesura.

En el estanque nuestros músculos se tensan, la respiración asfixia, estamos ante la presencia de todas las angustias. Estar estancado significa estar detenidos, estáticos, como si la vida afuera siguiera mientras nosotros permanecemos atorados. Y pensamos que en este espacio oscuro todo se queda para morir, pensamos que ahí la luz difícilmente entra y eso puede generar un estado de oscuridad perpetua. Por eso tememos al “estanque”, por eso su presencia nos genera angustia, porque la palabra se sumerge en él y se confunde con las demás palabras que han caído  ahí  a lo largo del tiempo.

El estanque ha estado ahí pareciera que, por siempre. Su composición es mítica, tanto que parece contener al tiempo y lo suprime, hace que las cosas leviten en su interior esperando a que todo se acabe.   Parece ser eterno, sin inicio ni final. Por eso decimos que es fundamento, punto de partida. No es el lugar al que las cosas llegan a morir, sino el lugar del cual las cosas surgen después de haber caído al fondo de sí mismas.

En la literatura los estanques han sido fundamentales para la consolidación del héroe, para encontrar el destino, o para encontrarse a uno mismo. Narciso se descubrió hermoso en el reflejo oscuro de un estanque, las almas  debían pasar por un estanque  a fin de llegar al lugar del descanso eterno, el héroe griego debió sumergirse en las profundidades del estanque del inframundo para recuperar a su amada. Aquiles debió ser bañado en las aguas del Estigia, una especie de ciénaga (terreno pantanoso) para ser inmortal y así cumplir su destino. El estanque es fuente de vida eterna. 

 El estanque es fundamento.

Estar estancado ha sido sinónimo de perdición, quien se estanca está acabado, le hemos transferido una connotación peyorativa, restamos el valor de su función social, al grado que en la civilización actual los estanques han desaparecido, han sido cubiertos con arena y asfalto, sin embargo su interior acuoso sigue vivo, las estructuras construidas sobre estanques se hunden irremediablemente, es la vida eterna del estanque la que habla y reclama su lugar en el mundo. Vivir estancados es encontrarse en un estado permanente de gestación, es saber que la vida dentro, la que pretende nacer, es tan inmensa que su alumbramiento es difícil de concebir. No estamos listos para el descubrimiento, el hado pesa más que la vida. Hemos de aprender a vivir el estanque, debemos reconocer sus formas y sus leyes. Dentro de él las palabras no van a mil bytes por segundo, en su interior las cosas se mezclan y se revuelven lentamente, nos permiten contemplarlas para poder entender sus dimensiones.  La palabra en el estanque pierde su significación  social, se aleja de la realidad para ponernos frente a su significación mágica, mística y mítica, la palabra se vuelve símbolo y universo.

Vivir el estanque significa vivir el verdadero valor de la palabra, no aquel signico que proviene de la razón, éste lo único que pretende es adueñarse de la palabra.  No, el verdadero valor de la palabra se encuentra en su símbolo, en la emoción que alberga y la alberga. Para entender la palabra no debemos pensarla sino sentirla, entenderla como carne y probar su sabor, saber su forma significa saber a qué sabe la palabra.

El estanque es origen de vida y muerte.

El pícaro mexicano

La cultura popular a través del refrán y el doble sentido.

Por Vania Coria Libenson*

Nada protege tanto y tan bien a un mexicano como nuestra Virgen de Guadalupe, la bendita ignorancia y el peculiar sentido del humor.

Como México no hay dos. Somos un pueblo rico en ideas y recursos naturales. Generoso y solidario ante las tragedias, pero bueno para dar pretextos y salirse con la suya.

Los mexicanos, para librarla, nos pintamos solos. Hemos sobrevivido impensables caos gracias a lo fácil que nos sabemos adaptar… o conformar y a lo dispuestos que estamos para reírnos de nosotros mismos y hasta de la misma muerte. Nada se nos atora.

Si nos azota el huracán, sacamos el inflable y las chelas. Si la crisis nos arranca el pan de la boca, nos ponemos a dieta. Y si un virus nos encierra a piedra y lodo, hacemos de la piedra un muro para el pizarrón de clases y, con el lodo, guerritas en traje de baño.

¡Ah, que dicha es ser mexicano! Aquí no se va al baño, aquí se hace del uno y del dos. Las mujeres no tienen períodos menstruales, navegan con bandera comunista, y lo mejor es que  pa’ pendejo no se estudia.

Estamos dotados de una única y mágica manera de hablar sin explicitar, sin comprometernos demasiado, pero no dejando cabos sueltos, ni duda alguna.

Aquí en México, “en casa del jabonero, el que no cae, resbala”, “nadie experimenta en cabeza ajena” y nos queda claro que “más sabe el diablo por viejo, que por diablo”. Sí, “al buen entendedor, pocas palabras”.

Estamos conscientes y sin pena admitimos que “al nopal sólo se le arriman cuando tiene tunas”, porque “el que nace pa’ tamal, del cielo le caen hojas”. Sabemos que lo ideal sería ir “caminando y miando, pa’ no hacer charco”, porque no se puede “chiflar y comer pinole”, aunque “el que es perico, donde quiera es verde”.

La picardía mexicana es rica en metáforas, albures, chistes, alusiones sexuales, sociales y políticas. La hay para todas las edades: en dichos, refranes y moralejas. Fluye en el fresa de Polanco y en el ñero de Santa María la Ribera.

En esta casa donde vivimos todos, la picardía es un lenguaje claro, divertido, que nos une e identifica. Y sí, también nos salva. Nos aligera la carga diaria.

Así que, “a ver a un velorio y a divertirse a un fandango”. ¡Feliz mes patrio, orgullosos hijos del nopal, del buen chile y de la mujer de a de veras! ¡Que viva México, cabrones!

*Alumna del taller de Periodismo y Literatura.

LA PATRIA VIVA

¿Qué es hoy en día el nacionalismo? No sólo es comprar los productos mexicanos, es reconocer las diferencias que hoy por hoy nos marcan y distinguen.

Por Graciela Soto Martínez*


¡Celebro mi patria!
¡Celebro la vida!
Celebro que con el México independiente inició el camino de los que vendríamos después.

Celebro la existencia de este país que, con y sin nosotros, se pone de pie cada mañana, aunque desfallezca al atardecer porque no puede más.

La patria, la casa de todos. En la que se piensa y siente diferente. Con su gente que da la mano para rescatarte de escombros en un sismo, aunque también exista la del ladrón que invade tu casa y se lleva tus pertenencias.
Es la nación hecha de claroscuros: de soles brillantes, mares azules, altas montañas, pero también la de mujeres violentadas, desaparecidos, trasiego de droga, oscuros poderes, calabozos y noches en prisiones.

Dolor y contradicción es mi patria.

Esta es la patria y nación de los que huyen de su destino y buscan en el norte una vida distinta. Y allá, lejos, atesorarán el recuerdo, evocarán con amor a su país, y anhelarán el día del regreso.

Esta patria es también de los que escriben, en periódicos, cuadernos, redes sociales o libros, esas planas completas o párrafos acerca del México que es y el que debería ser. Cada línea es una expresión que grita y dice algo.
México es la patria desgarrada, y la que se teje desde el campo cultivando alimentos, desde la fábrica y la industria, desde la escuela y el hogar, desde la oficina y el comercio. La tejen las manos de los que trabajan y de los que consumen.

Es la patria que alberga corruptos que se sirvieron del poder para hacer su empresa privada para los ilícitos y, también, la que con honestidad lucha por formar una cultura distinta.

Es la patria en constante aprendizaje, la que parece no terminar de construirse, la que en estos tiempos intenta redefinir su nacionalismo.

Nacionalismo, ¿qué es hoy en día el nacionalismo? No es pelear o denostar a los otros, a esos que obran mal, es demostrar con los hechos que este país importa.

Nacionalismo y patria son también el México de los 72 mil 179 muertos por el COVID-19 (y subiendo); el de los que quedan vivos para atestiguar el paso de una pandemia que se niega a irse, que cobra víctimas entre los ancianos del pueblo; el de los médicos que luchan por la vida sin las armas suficientes y aguantando a quienes piensan que en los hospitales matan a las personas.

Nacionalismo no sólo es comprar los productos mexicanos, es reconocer las diferencias que hoy por hoy nos marcan y distinguen. Es la identidad en un país donde abunda la diversidad de ideas, personas, sentimientos y pensamientos que  inspiran a la aceptación de lo que hoy somos como parte de nuestras historias.

En él caben los nativos y los que nos conquistaron para luego quedarse. Caben franceses, italianos, alemanes, chinos, coreanos, estadounidenses, sudamericanos, árabes… El mestizaje no terminó en la Colonia, continúa para  convertirnos en ciudadanos del mundo con sangre mexicana.

*Alumna del taller de Periodismo y Literatura

Las enseñanzas de Trithemius

Experiencia en un taller de Teoría Literaria que no se da en Letras Hispánicas

Por José Aguilera

Abordar la composición de las obras textuales es el quehacer de la Teoría Literaria, eso lo medio aprendí en mi paso por la facultad de Letras Hispánicas de la Universidad de Guadalajara (UdeG). Lo que no aprendí fue a acercarme a los textos desde las múltiples ópticas que existen para interpretarlos y descifrar su composición; no vimos cómo desde lo pagano se puede entender lo sacro del texto. Tampoco vimos la manera en que los astros influyen en la composición de tal o cual obra, o cómo Escorpio se vuelve agua y hace que todo fluya en el texto. No, allá nos encargábamos de juzgar desde los ojos estructuralistas, desde las arcaicas escuelas de la Europa agria y cuadrada. Ni siquiera nos acercamos al texto desde las visiones femeninas o de género.

Ahora que estoy en un reencuentro con la literatura y sus procesos, descubro, inmerso en una marea de voces, muchas visiones del mundo que nos acercan a los textos y sus autores desde los astros, la magia, los silencios y la carne. Lo esotérico se vuelve regla y ley cuando la lectura de los astros coincide con la biografía de los escritores, cuando las casas y sus ascendentes son mapas para entender la forma de ser del texto y del poeta, y nos guían por el puente tendido entre la obra y las palabras, que flotan en un éter seductor.

No. Esto no lo aprendí en Letras, lo estoy descubriendo en un taller lleno de “brujas” -dicho por ellas mismas-, un taller en el que se acercan a los textos con la curiosidad de un niño que sólo quiere saber qué se siente caer al fondo de las cosas.

Lo aprendí en un taller de Trithemius mientras la cuarentena pasa lenta y contundente.

La butaca vacía

Por Vania C. Libenson

“La capacidad de crear es paralela a la capacidad de sobrevivir”.

Viktor Ullman

Las butacas están vacías. Cientos de producciones y grandes espectáculos han sido cancelados, pospuestos o desarmados. Los empleos que generaban los foros se perdieron. La sorprendente realidad que hoy intentamos digerir nos separa, al menos temporalmente, del arte y la cultura en escena. ¿Qué va a pasar con las taquillas cerradas, compañías teatrales en quiebra y grupos artísticos en paro?

El arte acompaña al hombre desde antes de que se escribiera la historia. De generación en generación, comunicamos y transmitimos lo que somos, mediante la pintura, la danza, el cine, la literatura y el teatro. Transformamos en belleza estética la cruda realidad, para poder verle a la cara, e inmortalizamos lo indecible, para perpetuarlo como recurso de esperanza.

Sí, el mundo está en crisis, en pausa, y necesitamos arte. Como dijo Diego Sánchez Meca, en un diálogo imaginario con Friedrich Nietzsche: “Tenemos arte para no morir de la verdad”.  Lo artístico pone un velo sobre la realidad y proyecta o revela lo más interno de nuestros pensamientos; si bien tranquiliza y sana sólo momentáneamente, empuja internamente al hombre lo suficiente como para trabajar en una mejora real de sus condiciones de vida.

Guadalajara siempre ha sido una ciudad icónica por su movimiento cultural, su legado histórico y su extensa red de instituciones artísticas, pero la extinción del teatro amenaza su lugar como fuerza cultural del país.

Ya antes se sufría por las producciones comerciales masivas a las que sólo se asiste para ver y ser visto por la sociedad, aunque el teatro no es sólo un recurso filantrópico, también es terapéutico, evolutivo y da identidad a nuestra Perla Tapatía como cuna de dramaturgos y artistas internacionalmente reconocidos.

Los tapatíos nos tomamos las expresiones artísticas muy en serio, por eso hoy más que nunca necesitamos recuperar el equilibrio entre crear y vivir el arte.

Hace falta el teatro. Nuestra preservación intelectual y estabilidad anímica lo necesitan. Requerimos leerlo, estudiarlo, recordarlo, vivirlo y admirarlo. Queremos dejarnos envolver por sus engaños, sus trampas, sus misterios y sus relatos.

El teatro nos deja ser quienes siempre fuimos, probar lo que a ratos salivamos y permite dejar ir aquello que se carga junto con las risas que soltamos. El teatro nos muestra el pasado y el futuro; nos dice quiénes somos y a dónde vamos. Así pues, que las butacas no permanezcan vacías mucho tiempo más; que se escuche la tercera llamada.

Esmeraldas secas

Esmeraldas secas

Ana Jazmín Sossa González

Lo encontré tirado sobre la superficie del lago de cemento congelado. Su cuerpo de noche estaba cubierto por una dulce jalea pegajosa, que en un pasado le dio vida. Yo, a usted le tengo que recalcar que nunca lo busqué, pero sin duda, a su manera, él descubrió la forma de encontrarme, y yo, como siempre lo he hecho, lloré su muerte para después enterrarlo en el papel, porque era lo único que me quedaba, es lo único que siempre me queda. 

Sucedió una tarde de este año, mientras esperábamos ansiosos la llegada de la primavera, y antes de que los monarcas locales decretaran bajar todas las cortinas. Fue una tarde en la que, como llevo tanto tiempo haciendo, dejé de ahogarme en vasos de agua, para reemplazarlos por café. Cappuccino con doble carga del establecimiento más cercano para gastar la noche en vela.

Cual caramelo mordido y tirado al suelo, llegaban pensamientos en forma de hormigas a hacer vibrar mi cerebro. Pasos largos y presurosos en el corto camino a casa.

Ensimismada, en-mi-mis-ma-daaaa. Caminaba ciegamente aún con los párpados de par en par. Entonces, antes de doblar la primera esquina, un intenso aroma, que sin embargo no llegaba a la pestilencia, comenzó a invadir el ambiente. No tardé mucho en darme cuenta de que fuera de una de las casas que se desvanecían ante mis ansiosos pasos, yacía el cuerpo de un gato negro. Me detuve un momento, hasta que un extraño impulso me invitó a acercarme a él. Nunca he sido muy cercana a los gatos, pero el solo hecho de verlo ahí me llenó de tristeza, sentimiento con el que siempre tendí a firmar contrato y compromiso apenas lo sentía. Al observar su cuerpo con mayor detenimiento, vislumbré numerosas líneas disparejas en sentido vertical y horizontal. Piquetes de tenedor para corroborar el cocimiento de la masa, puñaladas mortíferas y cobardes. ¿Qué mereció ese mísero animal, sin duda mucho menos mísero que muchos humanos para haber sido víctima de semejante martirio? Me resistía a ver su rostro. Volteé a los alrededores intentando buscar pistas que me indicaran el motivo de su muerte. Al no encontrar resultados y como por obra de la inercia volví mi vista a la escena del crimen: lo primero que vi fueron sus ojos. Entonces todo, al menos para mí, comenzó a tener sentido.

Usted va a pensar que yo estoy loca, que se me están botando los tornillos e incluso es posible que cuestione la veracidad de mi experiencia, pero desde aquella tarde todo a mi alrededor tuvo más sentido. El par de esmeraldas abiertas, ahora secas y mosqueadas, con que aquél pobre animal llegó a descifrar el mundo, lo he visto en muchas otras ocasiones, y seguramente usted también. Su resplandor es el mismo que se desprende de los ojos de todos aquellos que viven con fulgor y levantan su estandarte por las calles día a día. Su brillo es aquél que se extingue cuando la censura extingue también todo aliento de vida. Su brillo también es el de la inocencia y el de la osadía, que se ven apagados diariamente por huestes de violencia. Brillo que se derrite en forma de lágrimas ante las hordas del silencio.

En ese momento, no pude evitar imaginar a mi flagelado compañero portando en vida, ya fuera rosario, pañuelo verde, blanco, morado, naranja o celeste, ya fuera viajando, caminando, trabajando o estudiando, ya fuera danzando, corriendo, comiendo, creyendo y refutando, sabiendo e ignorando, siempre viviendo e intentando sobrevivir. De pronto, en medio de mi dolorosa maraña de reflexiones, observé que su vientre comenzó a moverse de arriba abajo. Tal vez lo imaginé, tomando en cuenta la sensación de vértigo y pesadez que todo aquello encendió. Onduló poco más de 7 veces y finalmente descansó.

Quiero creer que formularme alguna idea de su historia y traerla a este cuarto oscuro, fue la sepultura que le pude dar. Quiero creer que en ese gato estamos nosotros dentro de la marcha continua de supervivencia. Quiero creer que en él hay riqueza y pobreza, limpieza e inmundicia, sensibilidad y hostilidad, humanidad y deshumanización expresas en una danza pura y constante. 

Ana Jazmín Sossa es alumna del curso de escritura creativa