Autora María de Jesús Anaya Corona

Ilustración Andrea Aguirre de la Torre

Ilustración de Andrea Aguirre de la Torre

Mis padres se casaron con muchas ilusiones en la maleta, y un carro viejo. Ese era todo su patrimonio. Vivimos gran parte de la niñez en una casa que mi abuelo nos prestaba, era una casa pequeña, y siempre nos hacía falta espacio, sobre todo en la sala, cuando había invitados estábamos todos amontonados. Nuestro sueño era tener una casa grande, con una recámara para cada uno y espacios para la convivencia. Eran tiempos difíciles, eran tiempos de jóvenes. Pasaron los años, mis padres ascendieron en sus trabajos, la situación fue mejorando.  

Un día de noviembre, mis padres nos reunieron para darnos la buena noticia:

-¡Estrenaremos casa! será más amplia, -dijo mi padre- cada quien tendrá su propia habitación, habrá un patio trasero y una sala más amplia. Ahí sí podremos tener un gran árbol navideño. A partir de mañana iniciamos la mudanza.

“¿Qué dejaremos en esta vieja casa? ¿Qué nos llevaremos?”

La nueva casa era hermosa, entraba la luz sin recato, papá compró muebles nuevos. Pronto todo quedó en su sitio: los libros de mi madre, el fonógrafo del bisabuelo que deambuló por años en los rincones; el reloj, regalo de la tía abuela (que no marcaba bien las horas, pero se veía elegante colgado en la pared).

Llegó diciembre, no podíamos esperar para comprar el árbol. Lo elegimos enorme, lo llenamos de luces y esferas. Todo estaba listo, seguramente la familia completa preferiría pasar Navidad con nosotros, no en la casa vieja de los abuelos. Compramos regalos para todos, los pusimos bajo el árbol.

Días antes de la cena, uno a uno, se fueron disculpando, pasarían Navidad en casa de los abuelos. No entendíamos por qué, ¡nuestra casa era más bonita, más nueva y más grande!

-Nosotros cenaremos aquí- insistimos.

Llegó la noche del 24 de diciembre, la cena estaba lista, pero en la mesa había demasiado espacio. A todos nos entró una gran nostalgia… ¿Quién pediría posada? ¿Y los cantos? ¿Y las piñatas? ¿Y los abrazos al sonar la última campanada?

No podíamos pasar la noche así.

Entre todos recogimos la cena y los regalos, y nos fuimos a la casa de los abuelos, que salieron a recibirnos emocionados. Mi abuelo dijo a mi padre:

-Algún día tú serás el alma de la Navidad para tus hijas, por ahora, disfruten del amor añejo de los abuelos y la casa que en sus paredes guardan las risas y la alegría de estos momentos. Fue un largo abrazo el que se dieron.

Han pasado los años. Hoy estamos en la casa de mis padres, mi abuelo se ha ido. Tal como predijo, mis padres son el alma de nuestras navidades, y nuestras hijas disfrutan de este amor añejo y además disfrutan de esta casa, que en un tiempo fue nueva, y que ahora es “la casa vieja de los abuelos”.  

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