Este año no habrá Navidad

Autora Cristina Flores Villaseñor

Ilustración Irlett Yeraldy

Ilustración de Irlett Yeraldy

Doña Navidad había decidido cancelar la celebración navideña en casa. Ya había trabajado lo suficiente los años anteriores y este año estaba agotada. Se sentía frustrada pues con el transcurso de los años se había dado cuenta que las fiestas decembrinas eran un caos familiar y todo se trataba de compras y regalos. Este no era el sentido de la celebración cuando comenzó la tradición; pero el consumismo lo había cambiado todo.

Eran finales de noviembre y doña Navidad no tenía otra actividad más que tirarse en el sofá con sus pantuflas y su bata aterciopelada a ver televisión. Gracias al Internet podía ver todas las películas navideñas y así sentir un poco de consuelo.

Sus hijos, preocupados, se reunieron para hablar de la situación. No podían creer que después de tantos años su mamá decidiera romper la tradición. Y no solo sería en su casa, sino en el mundo entero. La Navidad no llegaría.

 Después de una larga plática entre los hermanos, se dieron cuenta de que mamá siempre hacía todo. Organizaba, planeaba, decoraba y al final lograba una obra maestra que todos disfrutaban. Pero este año estaba renuente a mover un dedo.

Si querían continuar la tradición era su turno. Cada hijo se hizo cargo de una tarea. El más grande tenía que lograr que la temperatura estuviera perfecta para comenzar a sentir un poco de frío y que las personas tuvieran la necesidad de resguardarse. El segundo se encargaría de hacer brillar con fuerza la estrella de Belén y acomodar a las demás para emitir un brillo especial. El tercero fue a los bosques de pino y despertó a los árboles para que su aroma se esparciera. La cuarta, siendo bastante entonada comenzó a tararear villancicos y melodías navideñas. La quinta horneó galletas de vainilla y canela y abrió las ventanas para que el olor viajara muy lejos. El sexto hijo se encargó de ir a las montañas para comenzar las nevadas y se esmeró en hacer los copos de nieve. La séptima y última hija que era la más inquieta, se disfrazó de duende y comenzó a visitar los hogares, haciendo travesuras y dejando polvos de fantasía por todos lados.

Entre los siete hermanos, ya agotados habían logrado dejar todo listo a principios de diciembre. Se reunieron con su mamá y le dieron la noticia. Doña Navidad les agradeció su ayuda y les dijo que desde ese día en adelante cada uno haría esa tarea para la fiesta de navidad. El trabajo en equipo es importante para que esta celebración se lleve a cabo.

Después de que cada uno hiciera su parte, la fiesta estaba lista. Este año sí habrá navidad y mamá también podrá celebrar.

Como cada Navidad, Trithemius Talleres Literarios comparte cuentos en el periódico Mural, sigue los cuentos desde temprano con una rica taza de café de olla.

La casa vieja de los abuelos

Autora María de Jesús Anaya Corona

Ilustración Andrea Aguirre de la Torre

Ilustración de Andrea Aguirre de la Torre

Mis padres se casaron con muchas ilusiones en la maleta, y un carro viejo. Ese era todo su patrimonio. Vivimos gran parte de la niñez en una casa que mi abuelo nos prestaba, era una casa pequeña, y siempre nos hacía falta espacio, sobre todo en la sala, cuando había invitados estábamos todos amontonados. Nuestro sueño era tener una casa grande, con una recámara para cada uno y espacios para la convivencia. Eran tiempos difíciles, eran tiempos de jóvenes. Pasaron los años, mis padres ascendieron en sus trabajos, la situación fue mejorando.  

Un día de noviembre, mis padres nos reunieron para darnos la buena noticia:

-¡Estrenaremos casa! será más amplia, -dijo mi padre- cada quien tendrá su propia habitación, habrá un patio trasero y una sala más amplia. Ahí sí podremos tener un gran árbol navideño. A partir de mañana iniciamos la mudanza.

“¿Qué dejaremos en esta vieja casa? ¿Qué nos llevaremos?”

La nueva casa era hermosa, entraba la luz sin recato, papá compró muebles nuevos. Pronto todo quedó en su sitio: los libros de mi madre, el fonógrafo del bisabuelo que deambuló por años en los rincones; el reloj, regalo de la tía abuela (que no marcaba bien las horas, pero se veía elegante colgado en la pared).

Llegó diciembre, no podíamos esperar para comprar el árbol. Lo elegimos enorme, lo llenamos de luces y esferas. Todo estaba listo, seguramente la familia completa preferiría pasar Navidad con nosotros, no en la casa vieja de los abuelos. Compramos regalos para todos, los pusimos bajo el árbol.

Días antes de la cena, uno a uno, se fueron disculpando, pasarían Navidad en casa de los abuelos. No entendíamos por qué, ¡nuestra casa era más bonita, más nueva y más grande!

-Nosotros cenaremos aquí- insistimos.

Llegó la noche del 24 de diciembre, la cena estaba lista, pero en la mesa había demasiado espacio. A todos nos entró una gran nostalgia… ¿Quién pediría posada? ¿Y los cantos? ¿Y las piñatas? ¿Y los abrazos al sonar la última campanada?

No podíamos pasar la noche así.

Entre todos recogimos la cena y los regalos, y nos fuimos a la casa de los abuelos, que salieron a recibirnos emocionados. Mi abuelo dijo a mi padre:

-Algún día tú serás el alma de la Navidad para tus hijas, por ahora, disfruten del amor añejo de los abuelos y la casa que en sus paredes guardan las risas y la alegría de estos momentos. Fue un largo abrazo el que se dieron.

Han pasado los años. Hoy estamos en la casa de mis padres, mi abuelo se ha ido. Tal como predijo, mis padres son el alma de nuestras navidades, y nuestras hijas disfrutan de este amor añejo y además disfrutan de esta casa, que en un tiempo fue nueva, y que ahora es “la casa vieja de los abuelos”.  

Una Navidad sin capitalismo

Autora Julieta López Godoy

Ilustración Camila Schmidt Hernández

Ilustración de Camila Schmidt Hernández

Fue en Oaxaca, en un pueblo indígena, y sucedió durante una fecha muy especial. Un amigo la invitó a que pasara ahí la Navidad.

Cuando llegó, a medio día, algo en la actividad del pueblo le pareció extraño: los hombres iban de casa en casa. Su curiosidad la llevó a preguntarle a una niña que andaba por ahí (esperaba que hablara español…)

-Disculpa… ¿Por qué los señores van de casa en casa?

-Lo que pasa es que no hay padrino- respondió, y se fue corriendo con sus trenzas saltando al viento.

La mujer se quedó en las mismas. No, mejor dicho: se quedó peor.

Avanzó por las calles de aquel pueblo árido rumbo a su destino. Percibió una paz y una tranquilidad como no había experimentado nunca en su ciudad natal, Guadalajara. Aquella paz en el ambiente no era común, y menos un 24 de diciembre. El pueblo no lucía las tradicionales luces que en esas fechas abundan en la ciudad, no había adornos navideños, y sobre todo, lo que más llamó su atención: ¡no había tiendas en donde comprar los regalos para Nochebuena!   

Se quedó helada, no llevaba regalo para su amigo… ¡Aún no le había comprado nada!

Por la noche su amigo le informó que la celebración no sería en su casa, irían al templo para conmemorar el nacimiento del Niño Dios.

¡Ahí sí que había luces! El templo estaba lleno de adornos muy coloridos, y foquitos panzones que iluminaban el altar. Los asistentes permanecían en silencio, ni siquiera los niños ahí presentes hacían ruido, lo único que se escuchaba era la tonada navideña que emitía la serie de focos de colores.

     El capellán tomó la palabra. Dijo que, por primera vez, no había un padrino para el Niño Dios, y que cada familia podía llevar, después de la celebración, algo para compartir.

Por eso los hombres andaban de un lado a otro, de casa en casa…

La celebración dio inicio con los cantos de las mujeres, después otro grupo comenzó a rezar. Luego de un primer tiempo muy emotivo de cantos y rezos, salieron del templo.

Algunas familias estaban esperando en la explanada, llevaban pan y café. Ella comió y cenó de aquel pan sencillo y simple.

Después volvieron a entrar al templo. El Niño Dios ya estaba en el altar, representado por un muñeco de yeso. Los hombres y mujeres se acomodaron a su alrededor con respeto. Lo adoraron y lo cuidaron toda la noche.

Ella aprendió que no siempre los regalos se compran, el primer regalo que recibió ese día fue la hospitalidad y el cariño de las personas de aquel pueblo. Pero el mejor regalo fue que Dios (a través de los chinantecos) le dijo que la amaba.

Nieve

Autora Arminda Eugenia Iturriaga Castillo

Ilustración Irlett Yeraldy

Ilustración de Irlett Yeraldy

Es invierno.

Afuera, los copos de nieve revolotean por el aire.

Los viejísimos árboles se yerguen hacia los cielos, buscando la luz ausente.

La luz invernal no suele durar mucho, se quiebra en la suavidad de la nieve, solo alcanza a reflejarse en mil diáfanos cristales que levitan en figuras planas o ensortijadas, de vida leve y brillos cortos. Pronto se convertirán en hielo. Prístino y atrevido espejo donde con urgentes desvaríos atisban sus amores las almas puras.

En la tarde ambigua irrumpen en el paisaje dos amantes. Se acercan resueltos, hasta tocarse con manos enguantadas y corazones aturdidos.

Toman los rincones… entre oquedades se conceden uno al otro. Revelan un aura tan amorosa que derrite todo el hielo a sus espaldas.

Es el milagro de la vida que tiñe los alrededores, es un nuevo día. Es el alma inmortal que lo ha visto todo.

Es la esencia inmutable de un milenario Niño Divino.