Desde aquí arriba se ve todo diferente

Por Maritza García Plata

Desde aquí arriba se ve todo diferente…
Nada es tan grande como parece de hecho se reduce a puntos de colores, brillantes y movedizos.
Admiro apacible los movimientos y me maravillo de poder observar las nuevas formas que se hacen de tiempo en tiempo.

Desde aquí arriba se ve todo diferente…

El ruido impresionante cuando truena la ola, se desvanece y me envuelvo en el apacible regreso del agua al mar.

Desde aquí arriba se ve todo diferente…
Me maravilla el sonido del silencio, es un bucle con ritmos y formas donde flotas en todos los sentidos… y de pronto despierto de mi ensoñación.

Maritza García Plata es alumna del curso de escritura creativa

Seis variaciones sobre una tienda de sombreros

Por Jorge Nájera

I

Kal Dabara extendía las manos hacía arriba mientras hablaba. Una de ellas
sostenía el sombrero que describía, otra hacía pantomima al respecto y las dos
restantes se levantaban hacia el techo, como si quisieran sostener en ellas la
transparencia del Domo de Observación, que mostraba estrellas brillantes,
acumuladas sobre el disco galáctico, en movimiento aparente, como si flotaran
sobre un río oscuro.
Uno de los jóvenes alzó su propia mano. Kal detuvo sus palabras. El
muchacho preguntó: ¿qué es una vaca?
Una sonrisa amplia, una pausa. Kal puso el sombrero sobre su propia
cabeza, tratando de que sus formas encajaran en el hueco del centro, a pesar de
que el sombrero no había sido pensado para ellas cuando lo hicieron, setecientos
años antes. Uso la extensión completa de tres brazos para trazar el contorno de una
bestia enorme y con la cuarta mano simbolizó los cuernos que coronaban la silueta.
Una vaca era un animal que nuestros ancestros criaban en la Tierra-que-fue.
De ellas se alimentaban. Los vaqueros eran quienes las cuidaban y las llevaban de
un lugar a otro, durante semanas y meses, acampando en las llanuras.
El joven guardó silencio. Kal Dabara reconoció en sus facciones la expresión
de quien ha comenzado a imaginar otra época y otro lugar. Miro de reojo el saco a
su lado, donde guardaba las reproducciones de los sombreros que presentaba.
Estuvo seguro entonces de que en esta nave podría vender varios, antes de pasar a
otra en la gigantesca caravana que era la Flota Migratoria.

II

Sarra-Ukin, Rey Legítimo de Akkad, contempló curioso los actos de su
invitado. El embajador de los reyes de Awan paseaba entre las vastas filas de
estantes que cargaban la colección de los sombreros reales. Oro, plata, gemas
preciosas, maderas fragantes, pieles de animales traídas de las cuatro esquinas de
su imperio. Sarra-Ukin se preciaba de nunca haber repetido el uso de uno en todas
las ceremonias y banquetes que había precedido durante los treinta años de su
reinado. Los había preservado en este gran salón, como si en ellos se guardaran las
memorias de lo que habían atestiguado, y habían sido tesoro sólo de sus ojos hasta
que uno de sus consejeros había sugerido, sin pensarlo realmente, que serían mejor
aprovechados como regalos para los embajadores de otros reinos que visitaban la
capital.
Sarra-Ukin, sabio entre los sabios, había tomado la idea, la había devorado,
como un halcón del desierto, y en su mente se había transformado. Cada sombrero

era, ahora, no un obsequio, sino un contrato. Un símbolo de la sumisión
inconsciente pero manifiesta de los visitantes, que regresaban a sus tierras portando
sobre sus cabezas las glorias de su imperio. Cuando, finalmente, el embajador de
Awan escogió uno y regresó orgulloso con él cubriendo sus cabellos rizados, Sarra-
Ukin, Rey Legítimo de Akkad, sonrió satisfecho.

III

Entre las muchas enciclopedias escritas sobre todos los aspectos de la vida
galáctica, destaca por el contraste entre lo mínimo de su origen y la inmensidad de
su producción el “Absoluto catálogo de los sombreros y adornos semejantes a
través de los cinco brazos y veintitrés nebulosas de la Vía Láctea, ilustrado”, que
inicialmente era un servicio de venta por la Hiperred, dedicado a transmitir a los
mundos periféricos las modas de los planetas centrales. Con el pago de una mínima
cuota por miliciclo galáctico estándar, los suscriptores podían construir en casa
diseños creados a miles de años luz de distancia; lo cual probablemente resultaba
reconfortante en los primeros milenios de colonización, cuando las posibilidades de
viajes interestelares para el ciudadano promedio eran escasas.
Con el tiempo, el Catálogo evolucionó. De simplemente mostrar modelos y
sus patrones, pasó a incorporar descripciones, breves al principio, después más y
más elaboradas, hasta convertirse en auténticos artículos de investigación que
detallaban todos los pormenores de los mundos, épocas y culturas que originaban
cada sombrero. Ahí están desde los inmensos asteroides excavados que usan los
metacetáceos cislunares para proteger sus cráneos mientras orbitan gigantes
gaseosos, hasta las así llamadas “gorras de pecado” de los subterráneos en Tau
Ceti, que viven ciegos en sus túneles y acumulan las culpas de su existencia en sus
sombreros, los cuales sólo pueden tocar y conocer aquellos con los que acuerdan
compartir su vida. Todo esto en un mero catálogo de venta de sombreros.

IV

La vida de Manuel Zúñiga está dedicada por completo a la elaboración de
sombreros. El origen de esta pasión, según narra, estuvo en las horas de su infancia
que pasó jugando con sus soldaditos, a los cuáles, siempre sintió, les faltaban
gorros adecuados a todos los grados y pompa de su Ejército imaginario. Fue así
que Manuel comenzó a dedicar más tiempo a crear dichos sombreros que a jugar
con las figuras que los portaban. De ese entretenimiento infantil, siguió un
pasatiempo de juventud y finalmente, una profesión de adulto.
Manuel, habiendo descubierto que sus miniaturas eran apreciadas por los
coleccionistas, decidió dedicarse de lleno a ellas y abrió su primer taller formal hace
veinte años, taller que ha crecido hasta su tamaño actual, dándole trabajo a casi
cien artesanos de múltiples nacionalidades. Pero, como todo maestro, Zúñiga nunca
se ha detenido en la perfección de su arte, sino que la ha continuado, esforzándose
temporada tras temporada por sacar sombreros cada vez más pequeños pero más

detallados. Hace mucho que en el taller deben fabricar sus propias herramientas y
lentes, a la par que elaborar los sombreros. Actualmente se enorgullece de que su
grupo de avanzada está acercándose a romper la barrera del nanómetro, lo cual
pondría sus últimas creaciones al nivel de microprocesadores en cuanto a tamaño y
detalle. Pero, según declara, el mayor de sus orgullos es saber que sus hijos han
encontrado también la belleza en lo mínimo, Miguel, el mayor, se prepara a tomar
las riendas del taller una vez que su padre decida retirarse. Luis, el menor, por otro
lado, acaba de graduarse como físico especializado en partículas subatómicas. Con
alegría, confiesa temer que la profecía de su padre se descubra cierta durante sus
investigaciones: que Dios se le adelantó y la más pequeña partícula que constituye
el Universo sea un ínfimo sombrero.

V

Ha sido una cuestión intrigante para los historiadores durante la última década la
obsesión que mantuvo el Comité de la Segunda Revolución con los sombreros. El
hecho conocido por todos es que el día después de que sus fuerzas tomarán la
Ciudad Estado de Nueva Shangai, el primer acto de la Segunda Revolución fue
prohibir la portación de sombreros a los cincuenta millones de habitantes de la
ciudad. Se han propuesto varias teorías, desde el mero capricho revolucionario
hasta algún personaje con sombrero que hubiera marcado la vida del Director del
Comité. Por supuesto, nada se ha comprobado. Lo único que se tiene documentado
es la propaganda que pintaba al sombrero como un símbolo de ocultamiento. Un
muestra de que los enemigos de la Revolución querían esconder sus ideas.
También están los cientos de artículos publicados por los admiradores del poder
que defendían la prohibición aduciendo las cualidades opresoras, burguesas y
aristocráticas de los sombreros. Es bien sabido que si bien ningún símbolo empieza
siendo político, los opositores pronto se dieron a la labor de darle estos atributos a
los sombreros en sus famosas “tiendas invisibles”, fiestas privadas donde se
reunían a describir los más exóticos y exagerados gorros que podían y se prometían
conseguirlos y lucirlos en la celebración a la caída del Comité. Resulta irónico que
cuando el régimen radicalizó a la oposición reprimiendo estas “tiendas”, fue
precisamente la falta de cascos de sus soldados lo que le dio la ventaja definitiva a
los francotiradores rebeldes.

VI

1096 Verbos de Compasión, deidad sublime de la Casa de K, sostuvo entre su
millón de brazos el sombrero que 333 Adjetivos de Perfección, sastre de
divinidades, había colocado. Era el sombrero un pequeño universo completo, de
solo cuatro dimensiones, pero primorosamente labrado, hecho según 333 para tener
sólo un propósito: era este un universo dedicado a elaborar sombreros. Todos sus
tiempos, mundos y habitantes tenían en su interior una fuerza motriz que los
empujaba inexorable a tejer, a bordar, a ensamblar, a forjar billones, trillones de
sombreros distintos ¿Y cómo podría ser de otra forma, si hasta sus partículas más
ínfimas eran sombreros indivisibles? 1096 contempló todo este detalle durante un

breve kalpa y decidió que había encontrado el adorno perfecto para la celebración
de la Superconstante Atemporal.
333 Adjetivos de Perfección, sastre de divinidades, sonrió con satisfacción.

SEM

Por Iván Alatorre Orozco

Al pie de la cama de Don Salvador, se encontraba echado un joven gato de  pelaje anaranjado llamado Sem, era una noche calurosa de verano, las gruesas gotas de lluvia caían sobre las desgastadas tejas de la casa de adobe que a cuestas, sumaba más de un siglo de historias acumuladas. Sem despertó, lamió sus patas delanteras, trepó por la pared hasta llegar a la ventana, contempló el  canto de los grillos y las codornices en armonía con la pertinaz lluvia, observó la claridad plateada que proyectaba la luna llena, las siniestras nubes negras que parecían confabular algún plan perverso, la autoridad del rayo y la hipnótica fragancia que emergía a través de la húmeda tierra colorada que dibuja el paisaje de los altos de Jalisco.

Años atrás, Sem escapó de su anterior morada, deambulaba entre los espesos sembradíos de la población de Arandas, escuchó un sonido extraño que llamó su atención. Pese a su corta edad, Sem se diferenciaba de los demás por tener un espíritu libre y  un corazón tan grande como las verdes montañas que custodiaban a lo lejos las plantaciones de agave, maíz, chile y frijol. Sem encontró un estanque de cristalinas aguas, en ellas, las hojas de los árboles flotaban como pequeñas embarcaciones, advirtió la presencia de siete patos que  jugaban batiendo con ligereza sus blancas alas y una gallina, que junto a sus polluelos bebían alegremente.

Un resplandeciente reflejo en la superficie del estanque, fue lo que obligó a Sem a estirar al máximo su cuello, observó una extraña imagen que ascendía, un par de pupilas color ámbar lo siguieron en cada movimiento, retrajo las garras, dio un paso hacia atrás, pensó en huir, sin embargo, su curiosidad era aún mayor, avanzó con sigilo, el reflejo esta vez no le causó ningún temor, giró de un lado a otro su cabeza, trataba de entender la situación, sus largos bigotes blancos  tocaron la superficie y la figura creó ondas ante su mirada, se aproximó, con sus patas intentó alcanzar el rostro que se alejaba, perdió el equilibrio y cayó. Sem comenzó a patalear, chapoteando con desesperación sobre las desconocidas aguas, pero sus esfuerzos fueron inútiles, estaba exhausto, percibió como la luz del día desaparecía y dejó de luchar.

Don Salvador  y su hija Sofía regresaban del pueblo cuando se percataron de la presencia del gato dentro del estanque, tomaron una rama, accedieron a él  y lo rescataron justo a tiempo, lo envolvieron en una sucia pero seca frazada, lo llevaron presurosos a casa, le calentaron leche y lo alimentaron hasta poder reanimarlo, desde entonces, Sem se convirtió en el tercer integrante de la familia.

Sofía se encargaba de atender las necesidades  de Don Salvador, quien cercano a los cien años,  había superado por mucho su expectativa de vida. Sofía procuraba una dieta sana para su padre, así como también el cuidado de  su aseo personal, la toma de sus medicamentos y aunque no siempre lo lograba, de mantener la calma para evitar explotar y desquitar su frustración con Don Salvador. Sem acompañaba con frecuencia a Don Salvador,  quien sentado en el patio, con su inconfundible sombrero de charro, frente al sol de mediodía, en su silla de madera tejida con tule, rodeado de antiguas masetas de barro con margaritas, bugambilias, rosales y lavandas, acariciaba el peludo lomo  del gato quien ronroneaba acostado en su regazo mientras él le narraba, con un dulce brillo en sus profundos ojos verdes, las historias de su juventud durante la revolución y la guerra cristera.

Sem era un cazador implacable de los roedores, pequeños reptiles  e insectos que osaban acceder a la casa. En las noches oscuras, solía subir con determinación a los tejados y maullar casi sin descanso, era respetado tanto por los perros como por  otros gatos y el ganado mismo, proteger a Don Salvador y Sofía se transformó en el objetivo principal de su existencia.

Esa lluviosa noche, la luz de Don Salvador se extinguió, a sus 101 años, había cumplido con todos sus deberes, su muerte llegó sin que Don Chava se hubiese guardado una sola sonrisa, un solo abrazo, un solo relato o una sola tierna mirada. Sofía  y Sem lo acompañaron hasta su último respiro. El gato de pelaje anaranjado se acercó a él, sus hondos ojos color ámbar se humedecieron cuando no encontraron la calidez de su viejo amigo. Se acurrucó a su lado, afloró la primer y única lágrima de su vida, esta se resguardo en el pecho de Salvador, entonces se generaron ondas en los mares de una eternidad que recorrerían juntos, Sem tampoco vería el amanecer, estaba ligado a él, no lo podía dejar solo.