Lilith, la primera mujer

Del arquetipo al personaje

Por Yolanda Ramírez Michel

No somos sólo un cuerpo y sus constantes biológicas, estamos conformados además y en gran medida, por un sistema energético de información que alimenta nuestro cosmos psíquico.

Existe una memoria congénita, latente y muda. Su silencio no evita que accione en nosotros patrones de comportamiento a veces incomprensibles.

En esa memoria está la clave para comprender muchos de los misterios que persistentemente nos rondan… Pulsar la tecla que contiene la información adecuada equivale a abrir una puerta: desde el sótano de la casa del alma sale, como arrojado por una potencia ineludible, el origen de una creencia. A ello le llamaremos creencia prehistórica.

Vamos por su revelación, para analizarla y reformular paradigmas.

El curso “Lilith, la primera mujer, del arquetipo al personaje” inició este jueves 22 de julio con muy buena(s) estrella(s). En el firmamento nos sonrieron los astros, bien dispuestos para la comunicación del tema, y en la tierra asistió una comunidad interesada en explorar el linaje psíquico que nos conforma.Después de la clase, much@s nos quedamos reposando sobre una nube (ahí nuestro aparato imaginario se repone del corsé, y vuela y conecta con el saber del alma…) Pasadas unas horas de haber concluido la clase, Adi Rivera, inspirada en lo que les conté acerca de la aparición de Lilith en textos sumerios muy antiguos, donde se le describe como una deidad primordial que vive en el árbol Huluppu, con una serpiente habitando sus raíces, y el nido del gran pájaro Apsu en su follaje, me mandó esta imagen como regalo precioso, y quiero compartirlo.

Entender nuestras raíces psíquicas funda conciencia.

Collage de la pintora Adriana Rivera (México)

El linaje psíquico se trasmite a través de la cultura. En cada cultura hay mitos fundacionales, cuentos que reflejan el sentir de lo humano. Cada cultura genera sus monstruos con las cosas temidas o negadas. Pero los tiempo cambian, y necesitamos revisar paradigmas disfuncionales.

Trabajar el Arquetipo, Re-pensarlo, Re-escribirlo, Re-decirlo, e Incluirlo nos permitirá Reconciliarnos con su Historia.

Te convocamos para realizar en comunidad un “ENTRAÑABLE TRABAJO SISTÉMICO”.

Si deseas unirte hay dos opciones.

Curso en vivo los jueves a las 5:00 p.m. (hora de México) $1,200 MXN/$52 USD

Acceso a las grabaciones del curso $750 MXN /$38 USD

Trithemius sesiones online

Por Yolanda Ramírez Michel

Acá te regalamos la imagen de algunas sonrisas que irremediablemente aparecen cuando tenemos clases donde la fantasía allana caminos a la verdad interior:

Entre los muchos cambios, generados por la dinámica de cambio mundial, algunos fueron definitivamente buenos. La mudanza de nuestros talleres al reino virtual no provocó que perdiéramos el contacto que ya nutría nuestra comunidad, sino que ganáramos en encuentros, antes inimaginables por la distancia, sumando voces afines desde otros países. Así confirmamos que, compartir desde la médula de lo que nos hace humanos, aún a través de un micrófono y una pantalla, aviva una llama interior que pensábamos sólo capaz de encenderse desde el abrazo físico. ¿Somos sólo un cuerpo como para darle al abrazo físico semejante autoridad? No. Somos más, y en cada sesión de Trithemius confirmamos que la mirada y la sonrisa de los participantes en las sesiones, aunque lleguen a través de una pantalla, son evidencia de una fuerza vital que anima la materia, fuerza seguramente presente en el empuje de los tallos que atraviesan tercamente el asfalto citadino. Así nosotros, tercos tallos atravesando los kilómetros y los protocolos de la contingencia mundial, hemos encontrado caminos alternos para la reunión de voces afines.

Con la mirada siempre puesta en el mejor rostro del ser humano, hemos seguido adelante en la tarea de compartir lo que amamos. Suscríbete al canal de You Tube, donde subimos sesiones gratuitas, para que recibas notificación de nuestros contenidos cada vez que se sube algún video, aquí la liga para que te suscribas:

https://www.youtube.com/channel/UC3tcJM2Su7aTJgoalK168lQ

Un viaje inevitable

Por Mines Pernuzzi

Cayó la semilla del roble, cayó del bolsillo despreocupado del caminante, que la había arrebatado de su serena pertenencia al árbol para llevarla sin permiso a su oscuro e inquietante viaje por el bosque.

La semilla fue el imprevisto recurso que le permitió tener las manos ocupadas para liberar la mente de las marañas tenebrosas.

En ese apretujar y soltar, la semilla se incomoda. Maltratada, violentada… quiso escapar, pero fue imposible.

Casi sin aire, en esas manos agrietadas, sucias y cansadas pudo pensar y preguntarse: ¿por qué estaba ahí?

Sus planes habían sido seguir el rumbo de todas las semillas, hermanadas por milenios, para formar parte de cientos de bosques de robles, que pintarían paisajes hermosos, centinelas de camino, entregando sombra fresca a los viajeros. Había pensado soltarse de la rama en el momento preciso, danzar por el aire del otoño para ser recibida por el colchón de hojas marrones, amarillas y naranjas, las que una a una, según exigía el registro del reino, debían emprender el viaje del ciclo de muerte y transformación.

Las hojas primero.

Las semillas después.

Así fue siempre, por los siglos de los siglos…

Llegar al suelo y desarmarse en diminutas partículas labradoras y facilitadoras de gestación.

Cuando sintió acercarse su final, la película del alma de la familia de los robles se proyectó en todas su células en un solo destello.

Esa fracción de segundo concentró una eternidad.

Un movimiento imperativo, preciso y determinante la sacó de su ensueño.

El caminante la desligó de la carga de sus manos mentales y se desplomó en el bolsillo… que no estaba preparado para acunarla por el resto del viaje.

Entonces, sin saber cómo, una fuerza mayúscula, absorbente e inexcusable… la desprende, la succiona, la empuja, y la acompaña a su destino inminente.

Giró y giró a través de un canal de luz invisible y fue escondida en el Recinto Sagrado, ubicado en el hueco entre la piedra y el camino.

La semilla necesitó repararse del viaje maltratado y de toda la energía que no era suya.

Cuando el reloj temporal dijo: “AHORA”, tuvo la certeza de que ese era el momento de su viaje de descubrimiento para ser lo que vino a ser.

En su estadía en el refugio sagrado de agua y oscuridad de soledad necesaria y silencio, donde permaneció el tiempo justo, ni un minuto antes, ni un minuto después, cuando creía que ya no tendría oportunidad, se le fue revelado, que así como una fuerza mayúscula, la llevó hasta ahí, una fuerza mayúscula tal vez la misma (no lo sabía), la sacaría de ahí.

Cuando la chispa divina la tomó por completo…

Cuando se sintió preparada de fuerza y osadía para la vida abriéndose camino en la grieta…

Cuando todas su células ya no entraban en su tegumento…

Supo que era el momento de la entrega confiada en lo inevitable.

Cuentan los átomos de esa escena que se escuchó en notas vibrantes de infinito, la siguiente melodía:

“Oh madre piedra, yo te amo, aquí estoy tendido, acurrucado en tu cálido cuerpo, tu hijo tardío, Bendita seas tú madre primordial.”

Cuentan los viajeros del cosmos, que en ese instante único, se sintió mover el Universo.

Este texto fue presentado por Mines Pernuzzi el 3 de marzo de 2021 como producto de reflexión poética en el taller del Libro Rojo de Jung de Trithemius Talleres Literarios.

Mines Pernuzzi

Si deseas escuchar la sesión, aquí el video:

La poeta y el fuego

Por Pepe Aguilera

En una clase de esas que uno se queda sin palabras, porque en el interior revolotean las ideas sin control, escuché que hablaban de una filósofa, una adivina, una religiosa, una científica, una poeta. En su voz, la de Hildegarda, vivían las edades ciegas del futuro y las visiones eternas del pasado. Escuché que su pensamiento no tenía límites, podía hablar de la composición de la materia y de los beneficios de consumir esta o aquella planta, hablaba de lo Divino y de lo terrenal, pero lo que más llamó mi atención fue la forma en que volvía divino lo carnal a través de su pensamiento poético, en ella lo humano se hacía presente como una forma de tender hacia lo divino, una especie de comunión entre los dioses y los mortales. En su voz la palabra se erotizaba, se transformaba en sustancia. En la filósofa habitaba un ir a lo divino, pero  lo divino femenino, como origen, principio y fin.

La poeta y filosofa observaba al tiempo y sus eras, entendía que tendemos al retorno como seres cíclicos  que necesitan volver al origen para encontrar nuestro basamento, daba vida  a la idea del eterno retorno que posteriormente retomarán muchos filósofos abismales. Hildegarda es el abismo:  espacio abierto donde todo germina en su humedad, no me refiero a la capacidad de procrear vida, sino a su capacidad de crear, su capacidad de ser abismo y puente al mismo tiempo.

Observaba el futuro en los espacios abiertos, en las formas del mundo que la rodeaban, leía los signos de la tierra y del viento y del agua, percibía con otros ojos y otros oídos, percibía al mundo con esa parte cósmica que nos habita y que pocos pueden contactar y escuchar. Vivía despierta al mundo y sus formas. Vivía para decir las cosas, para comunicar la palabra, entendida como algo divino, como regalo de los dioses para elevar el pensamiento hacia lo sublime. En ella habitaba el ser resplandeciente que ve a través de los velos del pensamiento y logra unirse al mundo y sus ideas.

Figuras augurales

La poeta puede observar a través  de las palabras lo que el mundo no dice, lo que resguarda en sus orificios y grietas, recoge los símbolos de todo lo oculto y los transforma en figuras de lo posible real. El proceso de transformación de la realidad en suprarealidad es complejo, requiere de un contacto profundo con la vida y con el mundo, requiere de una capacidad de asombro ante la realidad que la rodea, así como una sensibilidad para descifrar aquellos signos que se la presentan a cada segundo: el viento  y sus formas, el trino de las aves, el olor que sale expulsado de las casas y de la naturaleza, las imágenes que se revuelven  en su cabeza y quieren salir a toda costa. Eso son las visiones de la poeta, una especie de entrar en el mundo, son puente y estancia, lugar que habita y expulsa de sí misma para que el mundo tome otro rumbo.

Sus visiones no le vienen del cielo o de un espacio divino extraterrenal. Sus visiones le vienen de adentro de ella, de sus ideas y pensamientos, de sus percepciones interiorizadas. Ha adentrado el mundo en ella y ahora lo extroyecta, y en este acto de expulsión destruye toda su experiencia y la del mundo para crear nuevos símbolos, nuevas significaciones que están más allá  de lo real, porque lo real es una figuración del interior.

Al ir hacia dentro de sí misma para extraer de ahí sus visiones la poeta está haciendo una declaración al mundo: está diciendo que lo divino es femenino. En la configuración de sus visiones los elementos paganos o naturales son la regla, se hacen evidentes a cada paso. La poeta nos acerca a la idea de divinidad femenina, incluso incluye elementos que remiten a su capacidad creadora. Lo femenino es el ombligo del mundo en las culturas prehispánicas, para la poeta lo femenino es el origen de todo, caos primero, big bang, centro del universo y del conocimiento universal.

Esta es otra de las reflexiones del filósofo, poeta y amigo Pepe Aguilera, a quien agradecemos que, después de cada sesión, consigne con palabras célebres su exposición a un cierto tema.

Si desean acceder a una de las sesiones aquí un link:

2020: más que la suma de sus partes

Un año es ¿muchos meses, muchos días, muchas horas? ¿O sólo la síntesis de lo vivido y sobre todo lo que magnifica la memoria? En una ecuación de síntesis facilista muchas cosas se olvidan: pequeños logros, risas, alegrías minúsculas se vuelven polvo… Ciegos por el imantaje de la “tendencia” miramos sólo un lado de la moneda. Pero… ¿A dónde van las chispas de intensa comunión con la vida, silenciadas por el gran monstruo que se come lo bueno con su cara tremenda y su brutal gigantismo?

Dejar que los pequeños pasos en el avance guarden silencio es como negar que los niños gritan y corren en el parque, ¡los niños gritan y corren, y juegan y ríen, y sus pequeñas perfectas risas son un recordatorio de que la tormenta no silencia lo trascendente, de que el cielo gris no es por siempre gris y hay soles imponiendo su rostro cálido a innumerables mediodías!

Decir que todo estuvo mal es tan extremo como decir que todo estuvo bien. El año fue mundialmente original en su sustancia, y hubo un dolor de humanidad, un dolor de raza, un dolor que a muchos hizo ver claramente dónde colocar el corazón, en qué parcela sembrar los dones, en qué inversión depositar el tiempo.

Quien no lo vio, por la fuerte atracción del abismo y la negritud de muchos acontecimientos, puede verlo ahora, nunca es tarde. El año se llevó a muchos seres queridos, pero vemos la muerte como algo horrendo porque no creemos en que somos inmortales; el año se llevó un trabajo seguro para algunos, cayeron muchas empresas y con las empresas cayeron sobre todo muchos empleados que debieron reinventar la vida desde cero. Tan literal fue la propuesta del 2020: un nuevo mundo (muchísima gente debió inventarse un nuevo mundo) un mejor mundo.

Tuvimos que experimentar formas nuevas para seguir en el trabajo de siempre, mudarnos a un sistema virtual que habíamos rechazado, pero el sistema virtual sostuvo a muchos. Como un gran cuerpo que tiene en sí la noche y el día, un gran cuerpo de oportunidades que tú decides si lo usas para perder el tiempo y embotar tu cerebro, o para aprender y circular con el cambio, y aprovechar la tecnología, como un día se aprovechó la imprenta.

El año ha sido una sumatoria de alegrías que brillaron como estrellas en la noche del encierro, y conocimos gente a través de cuadritos en la pantalla, y supimos cómo sienten, cómo piensan, y la distancia nos los trajo al hogar, aunque no pudimos tocarlos.

Si tocar el cuerpo es todo entonces sí, alá, a quejarnos, porque nos quitaron esa cercanía de piel y abrazo y beso, y risas cercanas y reuniones familiares, y congresos, y ferias y mil cosas que sin embargo supieron ser otras cosas, cosas nuevas.

Algún día este tiempo será pasado, y de este tiempo se dirá algo bello, es una regla dada por la constante nostalgia de los “tiempos mejores” (recordamos el pasado a nuestra conveniencia). ¿Por qué no ver el presente también nosotros bajo la lupa de la conveniencia del bien?, los que estamos en el ojo del huracán, en el centro del cambio, en el protagonismo de un momento histórico tenemos el botón rojo o la bandera de la paz en el aquí y ahora. Es ahora que se puede dar la “actualización” de los valores, generar comunidades gilánicas, solidarias, pensadas en el bien común. Ahora que debimos tocar fondo, es urgente rechazar el término “víctimas”, para volvernos agentes del cambio.

Desde cada casa, cada célula familiar, pequeña o grande, desde cada empresa, desde cada conversación, cada anhelo, cada sueño, cada elección responsable o irresponsable, ahí está el cambio, no lo busquemos afuera, los políticos son un reflejo de nuestras corrupciones interiores, no podemos reclamarles si seguimos corrompiendo nuestro cuerpo, nuestra mente, si relajamos nuestra responsabilidad, nuestras costumbres, si seguimos dando una palabra que luego vale nada, una palabra que no respetamos ni nosotros, ¿cómo pedir que cumplan los otros, si no cumplimos cada quien en su pequeña viña?

Este año fue muchas cosas, lo resumimos y le damos una sola consistencia, inmerecida, porque tiene muchos rostros, y es una moneda al aire que giró dando en sus giros los rostros del dolor y la alegría. Pasaron más cosas que el COVID, no todo fue el virus, también tuvimos que lidiar con graves problemas familiares, con ajustes de presupuesto, con decepciones que parecen bofetadas, pero hubo muchos dones, el punto está en verlos, la mirada sobre los dones hará que broten frutos dulces.

Este es Kairós, el tiempo sagrado. Esta es la Navidad, la celebración del nacimiento de los grandes dones en el interior de nuestra entraña, cargamos en el cuerpo el milagro, las contracciones lo anuncian.

Un abrazo navideño.  

Yolanda Ramírez Michel y la Comunidad Trithemius

La visita

Por Vania Coria Libenson

              La noche se antojaba deliciosa. La luna amenizaba el concierto de estrellas, los copos de nieve se derretían sobre el pavimento y corrían como cascada hacia la coladera.

              Avanza rápidamente. Tiene el color de la canela. El pasto de una casa ya en silencio refleja una sinfonía de colores en el ángulo del gran ventanal. Parece que dejaron prendidas las luces. Busca por dónde colarse… Un hueco en la madera de la puerta trasera hace que su corazón brinque de alegría.

-¡Casa! ¡Casa! -chilla.

              Su cuerpo agradece el calor del interior, y sus descalzos pies la tibieza y suavidad del mosaico. Qué fácil se camina ahí.

              Apenas entró a la cocina detectó el olor a caramelo. Había sido tarde de hornear. Se apresuró hacia la alacena en búsqueda del esperado pastel. Una hilera de hormigas le lleva la delantera. ¡Vaya, bribonas!, bien dice el dicho, “si el río suena es que…”

¿Y el pastel? ¿Se habría acabado?

¡El molde: vacío! Alguien se llevó aquella esponjosa y perfumada última rebanada. Ni hablar, que inicie la cacería, ¡vamos a buscar sus restos…!

              La velocidad de sus pasos cortos la llevó en pocos minutos a la sala de estar…Y ahí vio con gozo. No una, sino varias rebanadas de postre. Sublime… esto era más de lo esperado.  ¡Madre mía, la gloria misma!

Pero… shhhh… están dormidos.

Los asaltos perfectos no son gratificantes sólo por el premio, sino por el arte de la invisibilidad. Eso lo aprendió de Santa.

Ilustración de Andrea Aguirre de la Torre

Este cuento fue publicado en el periódico Mural el día 24 de diciembre, y es otro de los productos literarios de la comunidad Trithemius.

Si deseas información acerca de nuestra comunidad, por aquí te dejamos un video que habla de quiénes somos:

Los colores del invierno

Escrito por

Angelina Rodríguez Arévalo

Ilustración de Camila Schmidt Hernández

Todo lo que un día se esconde es semilla

                                                                            que el tiempo riega y trasforma”

                                                                                     Yolanda Ramírez Michel

Soy enfermera en una casa de descanso. Aquí la vida nos descubre historias inolvidables en los colores y el aroma del “invierno”.

Les comparto una de esas historias:

 Enrique sufrió un evento cerebral a sus sesenta años, esto le dejó imposibilitado para caminar. Cuando llegó a vivir a la casa de descanso, no quería salir de su habitación. Permanecía en silencio y con los brazos cruzados todo el día, mirando fijamente el suelo. Era un ermitaño, encerrado en su muralla oscura y fría.

Un día, durante la comida, un compañero de noventa y tres años, Boni, que padecía demencia senil y dificultad para hablar, pronunció como pudo ante Enrique:

-Quiiii…queee, Qui…queeeee.

 Al escuchar su nombre, Enrique alzó la vista, miró a Boni, y por primera vez lo vimos sonreír. Aquellas fueron palabras milagrosas que lo impulsaron a derrumbar su muralla y ver la luz que había a su alrededor. Luego de aquella sonrisa, platicó con sus compañeros, participó en las actividades. Su sentido del humor, antes guardado bajo llave, animaba a la comunidad.

 A partir de aquel día, “Quique” nos pedía a toda hora estar cerca de Boni. Con sonrisas, miradas profundas, el contacto de sus manos, y algunas contadas palabras, establecieron una entrañable amistad.

Los días pasaron como saetas veloces. Las fiestas decembrinas llegaron. La puesta del Nacimiento y el montaje del árbol despertó en Enrique el espíritu navideño. 

Su hermana solía visitarlo, una tarde él le pidió:

-¿Puedes traerme la chamarra que me heredó papá envuelta como regalo de Navidad? Está en el clóset de la que fue mi recámara.

Ella cumplió su deseo   

El día de Navidad, Quique volvió a pedirme que lo sentaran al lado de Boni.  Acomodé a los amigos frente a frente, a un lado del Nacimiento. Sus rostros brillaban con las luces del árbol.  Se miraron en silencio… Enrique colocó el regalo sobre las piernas de Boni.

Gracias amigo, por ti volví a tener esperanza, paz en la vida y alegría en mi corazón.

Con sus ojos nublados de lágrimas, Boni acarició las manos de su amigo. Con los ojos también húmedos, Enrique, besó las manos del anciano.

Angelina Rodríguez Arévalo escribe “Los colores del invierno”, un cuento de la vida real.

Por mediación de la voz de una enfermera de la casa de descanso EMAC, Angelina nos muestra cómo la vida siempre tiene sorpresas y encantamientos. “Los colores del invierno” se publicó en el periódico Mural el 23 de diciembre del 2020. Aquí tenemos a los personajes escuchando la narración. Boni y Enrique (Quique para Boni) hacen que a uno se le salga una lágrima…

Los personajes del cuanto en vivo, escuchando el cuento que trata acerca de ellos.

NUEVA TALLA

Cada Navidad el consabido pretexto: ¡hay tantas fiestas, y se come tan rico en ellas…!

Pero… este año no puedo culpar a la Navidad. Aumenté de peso porque insisto en cargar mis espaldas con tremenda lista de supuestas afrentas. Insisto aplicadamente en que los males me persiguen y cada mirada revela un inminente juicio sobre mi persona. Sean conocidos o desconocidos, todos a mi alrededor aumentan con su cercanía mi miedo, debo protegerme de ellos, de todos, del mundo.

Por eso tengo exceso de peso, porque no hay día en que no me atragante con locas imaginerías que van creciendo como pulpos inflados a través de mis entrañas. Me alimento compulsivamente con videos de consumo masivo y artículos de superficialidad comprobada que inflaman mis articulaciones entorpeciendo mi vitalidad. Con tanto “alimento” chatarra no hay hambre para los proyectos que esperan pacientemente sobre mi escritorio.   

Sería tan fácil otra vez culpar a la Navidad, sus comilonas, y sus posadas, pero he llegado hasta aquí sin asistir a ningún banquete, me he mantenido en casa, en el encierro obligado por mi precaución excesiva, alimentado principalmente por las noticias que devoro como palomitas de maíz en un cine cuyos algoritmos controlan mi cartelera, enmascarada dictadura mediática.

He perdido la cintura en algún rincón del tiempo, igual que perdemos la mirada del asombro, ¿cómo maravillarnos cuando todo se desplaza a velocidad de trenes citadinos, de arriba hacia abajo, ante nuestros, ojos abducidos por un engaño colectivo?

Y, sin embargo, el exceso de peso, no ha sumado a mi vida protección real, más bien he sumado lentitud a mis pasos, ya no me interesa lanzarme a los planes que antes nutría con sueños. ¡Que me cuelguen en la seguridad de una rama! Y que al final de las fiestas (a las que asistiré bajo la guardia fiel de mi celular) me guarden con el cuidado de los excesivos mimos en mi caja de celofán hasta el siguiente año.

Me siento frágil como una esfera que, si cayera del árbol, caería irremediablemente sobre el suelo convertida en mil pedazos. Sería bueno que la redondez de mis curvas tuviera que ver con un aumento de gracia y no con la pérdida de medidas que la moda asienta como validación estética.

Esta Navidad no me queda más remedio que mirar hacia dentro, dejar de echar culpas, asumir responsabilidad por los males que no he atendido como debiera, entender que los centímetros que me han dado nueva talla deben ser eso: una nueva talla, la de la conciencia.

Nunca es tarde para dejar de culpar al mundo y entender que tengo todos los poderes, que tengo los dones y la posibilidad del cambio. Nunca es tarde para dejar de consumir tanta desinformación y volverme selectiva, y dejar que el perro y el gato con sus correrías hagan que el árbol navideño se incline tanto que yo caiga de la rama, y una de dos: o ruede gracias a mi redondez, y en el rodar encuentre otros rumbos, o que me rompa, finalmente, y convertida en pedazos llegue a conocer la comunidad de un basurero lleno de rotos felices, ¿quién dijo que permanecer colgada en la rama era la felicidad?

Autora Yolanda Ramírez Michel/ Ilustración Sebastián Okami

Las esferas que habitamos

Por Pepe Aguilera

En su teoría sobre las esferas, Sloterdijk nos habla de las posibilidades de habitar lo divino, y nos acerca a ese “algo” perdido en el tiempo. Pero llegar a esta idea no es fácil, uno debe enfrentarse a conceptos densos y profundos, uno debe olvidarse un poco del lenguaje, dejar caer el velo que a veces nos impide acceder al conocimiento, que para este caso le llamaremos mundo.

La teoría de las esferas nos habla de esos espacios en los que nos adentramos para lograr tres cosas fundamentales: entrar-en-el-mundo, ser-en-el-mundo, y ser-con-el-mundo. Se trata de una especie de trayectoria, desde el instante en que nacemos, hasta que llegamos al desierto. Y en ese transcurso habitaremos esferas, algunas pequeñas y efímeras, otras con una magnitud incalculable. Como sea, una vez dentro de esas esferas, ya no seremos los mismos, algo en nosotros habrá cambiado, hasta que llegue el momento de salir de ella, y dejar esa esfera para poder habitar otra, una de mayores proporciones, una que pueda soportar eso en lo que nos vamos transformando.

Las esferas son “contenientes” que nos reciben y nos cobijan en su centro, ahí sentimos una certeza, no sabemos cómo ni por qué, pero sentimos que las cosas toman su justa medida, y sentimos que comenzamos a comprender el mundo. Esa es la función de las esferas, brindarnos un espacio en el que podamos ser.

Pero ¿cuáles son esas esferas que podemos habitar?

Las esferas habitables son todos aquellos “espacios” que estamos destinados a ocupar. Así, una palabra puede ser una esfera. Una idea, la casa donde vivimos, el camión rumbo al trabajo, la oficina, los sueños, todo ello puede ser una esfera. Estos son espacios que de una u otra manera habitamos, algunos de forma transitoria, otros de manera permanente. Hay los que nos sirven solo para “transcurrir”, para ir de un lugar a otro y transferir nuestras experiencias; otros nos contienen, están ahí para que lleguemos a ellos y tomemos todo lo que necesitemos, son espacios que nos acogen, nos envuelven, se vuelven espacios interiores, nos fundimos con ellos, sean palabras, ideas, o lugares físicos. 

Lo que Sloterdijk nos quiere decir es que somos sujetos transitorios que vamos en  espera del encuentro con nosotros mismos, y ese encuentro se logrará una vez que lleguemos al desierto, una vez que nos demos cuenta que  hemos nacido para habitar el mundo y sus esferas hasta que ya no nos contengan, entonces habremos de salir y ser UNO con la esfera primordial.

 Pero, mientras lleguemos debemos habitar esferas grandes y pequeñas, que nos irán conformando, que moldearán cada  una de nuestras formas de ser en y con el mundo. Habremos de habitar las palabras en el recorrido; palabras como amor, odio, pasión, deseo, instante, permanencia, memoria, habitaremos el hastío y el placer, iremos de un lugar a otro tratando de encontrarnos o de huir de nosotros mismos. 

La esfera primigenia y primordial será  siempre la brújula que inconscientemente  nos haga mudar de habitáculo en busca de uno mayor, uno donde volvamos a sentirnos seguros y plenos, y de no ser así continuaremos con la mudanza.

Algunas personas serán  esferas, y nos adentraremos en ellas, las poseeremos y en un acto de reciprocidad dejaremos que nos posean, porque es necesario llenar los vacíos que va dejando la vida, o que nos dejó aquel instante primero en que venimos al mundo.

Seguiremos el recorrido, porque, como dijo Sloterdijk, somos sujetos abocados al camino. Amamos el trayecto, deambulamos por la ciudad, a veces a placer, otras llevados por la corriente que fluye cada día. Caminamos siendo atraídos por la circunferencia y sus formas exactas, su centro, origen de todo, nos atrae, nos llama, quiere que recordemos el inicio de todo, el origen del mundo y del tiempo, ambos contenidos en nosotros, que también somos esferas y desierto.

Hemos venido al mundo para llegar a las tierras áridas del pensamiento, nacimos para caer irremediablemente al fondo de nosotros mismos. En nosotros hay designios y hados marcados en la piel que nos dicen: el camino ya está dado. Sólo debemos aceptarlos, aceptar el comenzar a estar minados, decir sí  a la hora del gran gesto. Aceptar el desierto dentro de nosotros, es aceptarnos a nosotros fluyendo en un mar de ideas. Hemos venido a habitar múltiples esferas que nos han de acercar al primer instante antes de haber nacido.

Pepe Aguilera

Si deseas escuchar la sesión donde se explicó el tema, aquí está la liga:

En el desván de una emoción

A veces uno siente que las cosas no están bien, y no es por nada en especial, no es que una tragedia haya tocado a la puerta, no es que algún mal nos lleve al insomnio, no es que haya lágrimas, no…

Pero algo no funciona, la alegría brilla por su ausencia, y es curioso porque si uno mira a su alrededor, las cosas están mejor que nunca, mucho mejor incluso de lo que estuvieron cuando había lágrimas.

Es que los hombres guardamos extrañas rabias que se acumulan por no atenderlas, frustraciones y artículos no resueltos en tiempo y forma salen con sus fauces abiertas cuando menos se les espera.

Criaturas curiosas y excéntricas que somos los seres humanos… un día cazamos mamuts con la euforia del reto, y comimos los despojos de la cacería con el contento del hambre que ha sido saciada. Y dormimos bajo las estrellas sin que hubiera ningún arrendador que nos cobrara renta por el uso de suelo.

Más nos valdría recordar aquello, y no lamentarnos de la lentitud del internet que nos mantiene en contacto con los seres queridos en cualquier parte del mundo, más nos valdría gozar los buenos frutos del progreso, alegrarnos ante la mesa puesta y el mantel limpio, gozar por las flores en el jarrón, el abrigo de un techo, la ventaja de una ciencia que cura muchas cosas, aunque tenga sus bemoles, cura muchas cosas. Muchos estaríamos muertos sin la penicilina o la anestesia.

A veces, cuando hay ruido dentro, es bueno ver las cosas bellas que insisten en mostrar sus rostros ante nuestra apatía. Es bueno entender que los males no pueden ser lo único que salió de la caja de Pandora. Es bueno escribir para intentar entendernos.