Por Jimena Aguirre de la Torre

Quitarse los zapatos y caminar por las veredas con lodo. Meterse a bañar al río, mientras se cierran los ojos para escuchar el sonido de las chicharras y las risas de los niños a lo lejos. Abrirlos nuevamente y ver las pupilas de la gente. Pasar la página… y encontrar Yogope.  Esa es la invitación de Jonás L. Laya para quienes tienen entre sus manos un pueblo de San Juan Lalana, Oaxaca, la cuna de algunos poemas ingenuos… y otros no tanto.

Publicado bajo el sello editorial Salto Mortal, Yogope recoge “poemas ingenuos”, como se titula una sección de la obra, en la que el autor plasma entre sus páginas parte de sus experiencias al vivir en la localidad con el mismo nombre del poemario durante año y medio.

El autor se inició en la literatura como muchos otros: leyendo. Desde que era niño y su papá le contaba los cuentos de Grimm, su amor por los libros solo aumentaba. Para cuando Jonás comenzó a escribir, ir cargando con pluma y papel ya se había convertido en una necesidad: “el hombre precisa de la poesía para explicar la pequeñez, así inicié yo”, explica.

 Pero, aunque haya empezado como muchos otros escritores, lo que diferencia al poeta, es que éste se ha ganado su nombre: Jonás L. Laya.

̶  Los chavos que están aquí al frente, vénganse a las gradas junto al altar – dijo Andrés Carrasco, sacerdote misionero del Espíritu Santo.

Un joven poeta de entre 20 y 25 años, que estaba por recibir su nombre sin aún saberlo, había decidido acudir a una misa, de la cual le habían comentado que “las homilías eran más cercanas”. El muchacho, acercándose, terminó al frente, a punto de que se comenzara con la lectura de ese día, la del profeta Jonás.

Cuando el sacerdote estaba por iniciar con sus ejemplos, exclamó – ¡Hagan de cuenta que yo soy Dios y…  –  buscó entre la multitud – uno que se vea medio rebelde… ¡Tú! – dijo señalando al chico cuando su mirada por fin lo había encontrado – Tú serás Jonás.

Sin conocerlo, el padre contó la historia del profeta en primera persona. El impacto del escritor fue tan grande, que decidió enviarle una carta . La amistad entre ambos creció y, para el sacerdote, el poeta siempre se llamó así: Jonás.

A Jonás le gusta estar en contacto y ver las reacciones de la gente. Durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el escritor se acercaba a las personas reunidas en torno a los stands de la Expo, y, con trozos de papel en la mano que contenían fragmentos de sus poemas, leía a las personas y esperaba para ver su expresión. Quizás otra manera de compartir la literatura y la pequeñez a la que se enfrenta el ser humano.

Para Laya, la poesía tiene la capacidad para nombrar las cosas de una manera no literal, sino encapsulando pensamientos muy íntimos: “yo sé que cuando estoy leyendo, estoy leyendo algo muy íntimo, pero cada uno lee su intimidad propia. Está en clave, pero es cada lector quien la descifra”.

Para conocer al poeta no es necesario saber el nombre que no aparece en las portadas, sino encontrándolo en esa intimidad encapsulada en Yogope.     

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