Tres reyes magos, tres reinas mágicas

Los tres reyes magos, ¿y qué tal si recreamos la versión y contamos que tres reinas se acercaron con sus dones al regazo de una madre?

De tanto en tanto los nuevos paradigmas cambian sus figuras míticas, y en el cambio se impone otra sustancia a la creencia, y se suplantan visiones. Hubo un tiempo, anterior al rapto de figuras míticas conectados a la vida, como lo fue en la prehistoria una madre (entonces nuestra raza corría peligro de extinción, seguramente una madre dando a luz representaba la inmortalidad).

Mujer cargando a un niño | (2000-1600 BC) Este de Europa | Museo Louvre | Paris

La idea de una virgen dando a luz data de tiempos en que el hombre entendía el símbolo como un lenguaje del interior. Las excavaciones en Catal Huyuk abundan en evidencias de comunidades adoradoras de lo femenino como un poder vivificador del ser humano y su entorno. En aquella época, anterior a la formación de paradigmas de dominio y autoritarismo, la virginidad en las figuras míticas no implicaba ausencia de relaciones, sino una fórmula para mantener el reino interior aislado de influencias externas que pudieran dañarlo. Que una virgen diera a luz implicaba reconocer el milagro de los frutos que cada uno puede engendrar.

Siria figuras de divinidades femeninas

Tres reyes, tres reinas, lo fundamental está en que traigan dones a nuestro regazo de seres que dan a luz milagros cotidianos.

Yolanda Ramírez Michel

Si te agradan estos temas, puede interesarte este taller: https://www.yolandaramirezmichel.com/mitolog%C3%ADa?fbclid=IwAR0KeiDrXj9Evu6hy9GqVU1onqXn6X4cezXq0Gp4n27iTTrywSFz6_hVw7I

Sesión del taller de Mitología impartida por la maestra Yolanda Ramírez Michel

Y hablando de estas nuevas versiones, o recreaciones, mi amiga Grace Miranda me mandó este texto que creo conveniente compartir:

Las Tres Reinas Magas*
-por Florentino Ulibarri-


Y aunque no lo digan las crónicas,
también llegaron mujeres sabias
desde los cuatro puntos cardinales.
El fuego ardía en su seno
mucho antes de ver la estrella en el cielo.
Caminaban en oscuridad fiándose
de que la tierra se iluminara cada noche
con la luz de las lucernas más humanas.
Llegaron mujeres sabias
libremente y por propia autoridad,
sin ocultarse y desafiando las costumbres,
sin pedir permiso a ningún rey,
siguiendo sus intuiciones y sueños
su anhelo y el ritmo de su corazón,
cantando canciones de esperanza
y abriendo camino a la dignidad.
Llegaron en silencio, de puntillas,
sin ruido, sin parafernalia,
sin provocar altercados ni miedos,
sonriendo a todos los peregrinos.
Llegaron de forma contracultural,
no les quedaba otro remedio.
Nadie levantó acta con sus nombres,
pero dejaron huella y recuerdo imborrable.
Llegaron y trajeron regalos útiles:
agua que limpia, fuego que ilumina,
pan de la tierra y leche de sus pechos.
Llegaron con mantas para envolver,
frutos secos para compartir,
aceites para curar y ungir
y nanas tiernas en sus gargantas
para alegrar y dormir al que iba a nacer.
Ayudaron a María a dar a luz,
y cuando gemía con dolores de parto
le susurraban bendiciones de su pueblo.
Se quedaron en Belén muchas lunas,
y encontraron para la familia un lugar digno.
Y enseñaron a otras su arte y oficio,
con paciencia, ternura y tino
hasta que surgió una red de solidaridad.
Llegaron mujeres sabias
y alzaron su voz, sus brazos,
su sabiduría, su cuerpo, su espíritu
contra la matanza de inocentes.
Y se marcharon por otro camino,
igual que lo hacen siempre,
sin prestar atención a los cantos triunfales,
para proteger a los hijos más débiles.
Se marcharon a su tierra.
Pero vuelven una y otra vez en esta época
y en todos los momentos importantes,
cargadas de dones, risas, besos
de vida, canciones y paciencia
Dicen que es su trabajo y oficio;
pero no, son nuestro sacramento
y nuestros sueños mágicos despiertos.
Vestidas sin llamar la atención
están ahí, al borde del camino,
en los cruces y duelos de la vida,
en los oasis y en los desiertos,
en el límite de nuestro tiempo,
en los campos de refugiados,
en el umbral de la conciencia,
ofreciéndonos lo que más necesitamos.
Danos ojos para verlas ahora,
antes de que se marchen por otro camino,
y sólo sean sombra para nosotros.
Déjanos sentir el aroma de su presencia,
la sonrisa de su rostro, la leche de sus senos,
el calor de su espíritu y de su regazo
y toda la ternura de sus corazones vivos.
Déjanos abrazarlas para no olvidarlas.
Siempre llegan mujeres sabias,
oportuna y solícitamente,
a Belén y al reverso de la historia,
y son los mejores reyes magos
de las crónicas evangélicas no escritas.

Imagen : We the Three Queens of Orient Are, por Maya Telford


2020: más que la suma de sus partes

Un año es ¿muchos meses, muchos días, muchas horas? ¿O sólo la síntesis de lo vivido y sobre todo lo que magnifica la memoria? En una ecuación de síntesis facilista muchas cosas se olvidan: pequeños logros, risas, alegrías minúsculas se vuelven polvo… Ciegos por el imantaje de la “tendencia” miramos sólo un lado de la moneda. Pero… ¿A dónde van las chispas de intensa comunión con la vida, silenciadas por el gran monstruo que se come lo bueno con su cara tremenda y su brutal gigantismo?

Dejar que los pequeños pasos en el avance guarden silencio es como negar que los niños gritan y corren en el parque, ¡los niños gritan y corren, y juegan y ríen, y sus pequeñas perfectas risas son un recordatorio de que la tormenta no silencia lo trascendente, de que el cielo gris no es por siempre gris y hay soles imponiendo su rostro cálido a innumerables mediodías!

Decir que todo estuvo mal es tan extremo como decir que todo estuvo bien. El año fue mundialmente original en su sustancia, y hubo un dolor de humanidad, un dolor de raza, un dolor que a muchos hizo ver claramente dónde colocar el corazón, en qué parcela sembrar los dones, en qué inversión depositar el tiempo.

Quien no lo vio, por la fuerte atracción del abismo y la negritud de muchos acontecimientos, puede verlo ahora, nunca es tarde. El año se llevó a muchos seres queridos, pero vemos la muerte como algo horrendo porque no creemos en que somos inmortales; el año se llevó un trabajo seguro para algunos, cayeron muchas empresas y con las empresas cayeron sobre todo muchos empleados que debieron reinventar la vida desde cero. Tan literal fue la propuesta del 2020: un nuevo mundo (muchísima gente debió inventarse un nuevo mundo) un mejor mundo.

Tuvimos que experimentar formas nuevas para seguir en el trabajo de siempre, mudarnos a un sistema virtual que habíamos rechazado, pero el sistema virtual sostuvo a muchos. Como un gran cuerpo que tiene en sí la noche y el día, un gran cuerpo de oportunidades que tú decides si lo usas para perder el tiempo y embotar tu cerebro, o para aprender y circular con el cambio, y aprovechar la tecnología, como un día se aprovechó la imprenta.

El año ha sido una sumatoria de alegrías que brillaron como estrellas en la noche del encierro, y conocimos gente a través de cuadritos en la pantalla, y supimos cómo sienten, cómo piensan, y la distancia nos los trajo al hogar, aunque no pudimos tocarlos.

Si tocar el cuerpo es todo entonces sí, alá, a quejarnos, porque nos quitaron esa cercanía de piel y abrazo y beso, y risas cercanas y reuniones familiares, y congresos, y ferias y mil cosas que sin embargo supieron ser otras cosas, cosas nuevas.

Algún día este tiempo será pasado, y de este tiempo se dirá algo bello, es una regla dada por la constante nostalgia de los “tiempos mejores” (recordamos el pasado a nuestra conveniencia). ¿Por qué no ver el presente también nosotros bajo la lupa de la conveniencia del bien?, los que estamos en el ojo del huracán, en el centro del cambio, en el protagonismo de un momento histórico tenemos el botón rojo o la bandera de la paz en el aquí y ahora. Es ahora que se puede dar la “actualización” de los valores, generar comunidades gilánicas, solidarias, pensadas en el bien común. Ahora que debimos tocar fondo, es urgente rechazar el término “víctimas”, para volvernos agentes del cambio.

Desde cada casa, cada célula familiar, pequeña o grande, desde cada empresa, desde cada conversación, cada anhelo, cada sueño, cada elección responsable o irresponsable, ahí está el cambio, no lo busquemos afuera, los políticos son un reflejo de nuestras corrupciones interiores, no podemos reclamarles si seguimos corrompiendo nuestro cuerpo, nuestra mente, si relajamos nuestra responsabilidad, nuestras costumbres, si seguimos dando una palabra que luego vale nada, una palabra que no respetamos ni nosotros, ¿cómo pedir que cumplan los otros, si no cumplimos cada quien en su pequeña viña?

Este año fue muchas cosas, lo resumimos y le damos una sola consistencia, inmerecida, porque tiene muchos rostros, y es una moneda al aire que giró dando en sus giros los rostros del dolor y la alegría. Pasaron más cosas que el COVID, no todo fue el virus, también tuvimos que lidiar con graves problemas familiares, con ajustes de presupuesto, con decepciones que parecen bofetadas, pero hubo muchos dones, el punto está en verlos, la mirada sobre los dones hará que broten frutos dulces.

Este es Kairós, el tiempo sagrado. Esta es la Navidad, la celebración del nacimiento de los grandes dones en el interior de nuestra entraña, cargamos en el cuerpo el milagro, las contracciones lo anuncian.

Un abrazo navideño.  

Yolanda Ramírez Michel y la Comunidad Trithemius

La visita

Por Vania Coria Libenson

              La noche se antojaba deliciosa. La luna amenizaba el concierto de estrellas, los copos de nieve se derretían sobre el pavimento y corrían como cascada hacia la coladera.

              Avanza rápidamente. Tiene el color de la canela. El pasto de una casa ya en silencio refleja una sinfonía de colores en el ángulo del gran ventanal. Parece que dejaron prendidas las luces. Busca por dónde colarse… Un hueco en la madera de la puerta trasera hace que su corazón brinque de alegría.

-¡Casa! ¡Casa! -chilla.

              Su cuerpo agradece el calor del interior, y sus descalzos pies la tibieza y suavidad del mosaico. Qué fácil se camina ahí.

              Apenas entró a la cocina detectó el olor a caramelo. Había sido tarde de hornear. Se apresuró hacia la alacena en búsqueda del esperado pastel. Una hilera de hormigas le lleva la delantera. ¡Vaya, bribonas!, bien dice el dicho, “si el río suena es que…”

¿Y el pastel? ¿Se habría acabado?

¡El molde: vacío! Alguien se llevó aquella esponjosa y perfumada última rebanada. Ni hablar, que inicie la cacería, ¡vamos a buscar sus restos…!

              La velocidad de sus pasos cortos la llevó en pocos minutos a la sala de estar…Y ahí vio con gozo. No una, sino varias rebanadas de postre. Sublime… esto era más de lo esperado.  ¡Madre mía, la gloria misma!

Pero… shhhh… están dormidos.

Los asaltos perfectos no son gratificantes sólo por el premio, sino por el arte de la invisibilidad. Eso lo aprendió de Santa.

Ilustración de Andrea Aguirre de la Torre

Este cuento fue publicado en el periódico Mural el día 24 de diciembre, y es otro de los productos literarios de la comunidad Trithemius.

Si deseas información acerca de nuestra comunidad, por aquí te dejamos un video que habla de quiénes somos:

Los colores del invierno

Escrito por

Angelina Rodríguez Arévalo

Ilustración de Camila Schmidt Hernández

Todo lo que un día se esconde es semilla

                                                                            que el tiempo riega y trasforma”

                                                                                     Yolanda Ramírez Michel

Soy enfermera en una casa de descanso. Aquí la vida nos descubre historias inolvidables en los colores y el aroma del “invierno”.

Les comparto una de esas historias:

 Enrique sufrió un evento cerebral a sus sesenta años, esto le dejó imposibilitado para caminar. Cuando llegó a vivir a la casa de descanso, no quería salir de su habitación. Permanecía en silencio y con los brazos cruzados todo el día, mirando fijamente el suelo. Era un ermitaño, encerrado en su muralla oscura y fría.

Un día, durante la comida, un compañero de noventa y tres años, Boni, que padecía demencia senil y dificultad para hablar, pronunció como pudo ante Enrique:

-Quiiii…queee, Qui…queeeee.

 Al escuchar su nombre, Enrique alzó la vista, miró a Boni, y por primera vez lo vimos sonreír. Aquellas fueron palabras milagrosas que lo impulsaron a derrumbar su muralla y ver la luz que había a su alrededor. Luego de aquella sonrisa, platicó con sus compañeros, participó en las actividades. Su sentido del humor, antes guardado bajo llave, animaba a la comunidad.

 A partir de aquel día, “Quique” nos pedía a toda hora estar cerca de Boni. Con sonrisas, miradas profundas, el contacto de sus manos, y algunas contadas palabras, establecieron una entrañable amistad.

Los días pasaron como saetas veloces. Las fiestas decembrinas llegaron. La puesta del Nacimiento y el montaje del árbol despertó en Enrique el espíritu navideño. 

Su hermana solía visitarlo, una tarde él le pidió:

-¿Puedes traerme la chamarra que me heredó papá envuelta como regalo de Navidad? Está en el clóset de la que fue mi recámara.

Ella cumplió su deseo   

El día de Navidad, Quique volvió a pedirme que lo sentaran al lado de Boni.  Acomodé a los amigos frente a frente, a un lado del Nacimiento. Sus rostros brillaban con las luces del árbol.  Se miraron en silencio… Enrique colocó el regalo sobre las piernas de Boni.

Gracias amigo, por ti volví a tener esperanza, paz en la vida y alegría en mi corazón.

Con sus ojos nublados de lágrimas, Boni acarició las manos de su amigo. Con los ojos también húmedos, Enrique, besó las manos del anciano.

Angelina Rodríguez Arévalo escribe “Los colores del invierno”, un cuento de la vida real.

Por mediación de la voz de una enfermera de la casa de descanso EMAC, Angelina nos muestra cómo la vida siempre tiene sorpresas y encantamientos. “Los colores del invierno” se publicó en el periódico Mural el 23 de diciembre del 2020. Aquí tenemos a los personajes escuchando la narración. Boni y Enrique (Quique para Boni) hacen que a uno se le salga una lágrima…

Los personajes del cuanto en vivo, escuchando el cuento que trata acerca de ellos.

Este año no habrá Navidad

Autora Cristina Flores Villaseñor

Ilustración Irlett Yeraldy

Ilustración de Irlett Yeraldy

Doña Navidad había decidido cancelar la celebración navideña en casa. Ya había trabajado lo suficiente los años anteriores y este año estaba agotada. Se sentía frustrada pues con el transcurso de los años se había dado cuenta que las fiestas decembrinas eran un caos familiar y todo se trataba de compras y regalos. Este no era el sentido de la celebración cuando comenzó la tradición; pero el consumismo lo había cambiado todo.

Eran finales de noviembre y doña Navidad no tenía otra actividad más que tirarse en el sofá con sus pantuflas y su bata aterciopelada a ver televisión. Gracias al Internet podía ver todas las películas navideñas y así sentir un poco de consuelo.

Sus hijos, preocupados, se reunieron para hablar de la situación. No podían creer que después de tantos años su mamá decidiera romper la tradición. Y no solo sería en su casa, sino en el mundo entero. La Navidad no llegaría.

 Después de una larga plática entre los hermanos, se dieron cuenta de que mamá siempre hacía todo. Organizaba, planeaba, decoraba y al final lograba una obra maestra que todos disfrutaban. Pero este año estaba renuente a mover un dedo.

Si querían continuar la tradición era su turno. Cada hijo se hizo cargo de una tarea. El más grande tenía que lograr que la temperatura estuviera perfecta para comenzar a sentir un poco de frío y que las personas tuvieran la necesidad de resguardarse. El segundo se encargaría de hacer brillar con fuerza la estrella de Belén y acomodar a las demás para emitir un brillo especial. El tercero fue a los bosques de pino y despertó a los árboles para que su aroma se esparciera. La cuarta, siendo bastante entonada comenzó a tararear villancicos y melodías navideñas. La quinta horneó galletas de vainilla y canela y abrió las ventanas para que el olor viajara muy lejos. El sexto hijo se encargó de ir a las montañas para comenzar las nevadas y se esmeró en hacer los copos de nieve. La séptima y última hija que era la más inquieta, se disfrazó de duende y comenzó a visitar los hogares, haciendo travesuras y dejando polvos de fantasía por todos lados.

Entre los siete hermanos, ya agotados habían logrado dejar todo listo a principios de diciembre. Se reunieron con su mamá y le dieron la noticia. Doña Navidad les agradeció su ayuda y les dijo que desde ese día en adelante cada uno haría esa tarea para la fiesta de navidad. El trabajo en equipo es importante para que esta celebración se lleve a cabo.

Después de que cada uno hiciera su parte, la fiesta estaba lista. Este año sí habrá navidad y mamá también podrá celebrar.

Como cada Navidad, Trithemius Talleres Literarios comparte cuentos en el periódico Mural, sigue los cuentos desde temprano con una rica taza de café de olla.

La casa vieja de los abuelos

Autora María de Jesús Anaya Corona

Ilustración Andrea Aguirre de la Torre

Ilustración de Andrea Aguirre de la Torre

Mis padres se casaron con muchas ilusiones en la maleta, y un carro viejo. Ese era todo su patrimonio. Vivimos gran parte de la niñez en una casa que mi abuelo nos prestaba, era una casa pequeña, y siempre nos hacía falta espacio, sobre todo en la sala, cuando había invitados estábamos todos amontonados. Nuestro sueño era tener una casa grande, con una recámara para cada uno y espacios para la convivencia. Eran tiempos difíciles, eran tiempos de jóvenes. Pasaron los años, mis padres ascendieron en sus trabajos, la situación fue mejorando.  

Un día de noviembre, mis padres nos reunieron para darnos la buena noticia:

-¡Estrenaremos casa! será más amplia, -dijo mi padre- cada quien tendrá su propia habitación, habrá un patio trasero y una sala más amplia. Ahí sí podremos tener un gran árbol navideño. A partir de mañana iniciamos la mudanza.

“¿Qué dejaremos en esta vieja casa? ¿Qué nos llevaremos?”

La nueva casa era hermosa, entraba la luz sin recato, papá compró muebles nuevos. Pronto todo quedó en su sitio: los libros de mi madre, el fonógrafo del bisabuelo que deambuló por años en los rincones; el reloj, regalo de la tía abuela (que no marcaba bien las horas, pero se veía elegante colgado en la pared).

Llegó diciembre, no podíamos esperar para comprar el árbol. Lo elegimos enorme, lo llenamos de luces y esferas. Todo estaba listo, seguramente la familia completa preferiría pasar Navidad con nosotros, no en la casa vieja de los abuelos. Compramos regalos para todos, los pusimos bajo el árbol.

Días antes de la cena, uno a uno, se fueron disculpando, pasarían Navidad en casa de los abuelos. No entendíamos por qué, ¡nuestra casa era más bonita, más nueva y más grande!

-Nosotros cenaremos aquí- insistimos.

Llegó la noche del 24 de diciembre, la cena estaba lista, pero en la mesa había demasiado espacio. A todos nos entró una gran nostalgia… ¿Quién pediría posada? ¿Y los cantos? ¿Y las piñatas? ¿Y los abrazos al sonar la última campanada?

No podíamos pasar la noche así.

Entre todos recogimos la cena y los regalos, y nos fuimos a la casa de los abuelos, que salieron a recibirnos emocionados. Mi abuelo dijo a mi padre:

-Algún día tú serás el alma de la Navidad para tus hijas, por ahora, disfruten del amor añejo de los abuelos y la casa que en sus paredes guardan las risas y la alegría de estos momentos. Fue un largo abrazo el que se dieron.

Han pasado los años. Hoy estamos en la casa de mis padres, mi abuelo se ha ido. Tal como predijo, mis padres son el alma de nuestras navidades, y nuestras hijas disfrutan de este amor añejo y además disfrutan de esta casa, que en un tiempo fue nueva, y que ahora es “la casa vieja de los abuelos”.  

Compras pandémicas

Magdalena Dueñas

Inimaginable hace solamente un año el panorama que las cifras de hoy (8 de noviembre de 2020), arrojan sobre los casos de personas contagiadas del virus del siglo, Covid-19: según la Organización Mundial de la Salud han sido confirmados 49 millones 578 mil 590, incluyendo un millón 245 mil 717 defunciones, y actualmente existen rebrotes en países que aparentemente habían pasado ya por el periodo de mayor contagio.

En México, los reportes oficiales indican 972 mil 785 casos acumulados y 95 mil 225 fallecidos, lo cual nos coloca entre uno de los primeros lugares en índice de mortalidad. Un campeonato en el que no hubiésemos querido participar.

La pandemia nos ha traído un cambio en la forma de vida que ni en el género fantástico habríamos imaginado, pues la malignidad del microscópico bicho ha obligado a los habitantes del mundo entero a adoptar medidas que afectan casi la totalidad de las actividades que normalmente llevamos a cabo, desde las esenciales como el trabajo, la movilidad, el cuidado de la salud, la educación, la convivencia social y la recreación, hasta las más simples como el aseo personal y del hogar.

Cuando en marzo nuestro país registró los primeros casos y las autoridades de salud determinaron el paro de actividades laborales acompañado de las medidas sanitarias, en la mayoría de los hogares se presentó una mezcla de asombro e incredulidad.

Aún no llegaba de cerca la realidad, de tal suerte que parecía hasta novedoso el tener que prevenirse, y la idea generalizada apuntaba a que sería un periodo corto, a lo más uno o dos meses en los que habría contagios, casos graves sobre todo en población con factores de riesgo, pero no llegaría a mayores si se cumplía con las indicaciones.

Así pues, las amas de casa pusieron manos a la obra adquiriendo cloro, desinfectantes, guantes y todo aquello que pudieran conseguir en esos primeros días para defender a la familia. Ahí empezó el Vía Crucis. Todas pensaron lo mismo, propiciando una escasez de los artículos más elementales como alcohol, toallas desinfectantes etc. Para colmo, las restricciones para acudir a los supermercados, la imposibilidad de muchos para salir por su edad o por padecer alguna enfermedad, y la indicación de no visitarse en los hogares, agudizó la situación.

Las casas empezaron a oler a desinfectante, hubo quienes llevaron el asunto a niveles de compulsión y por supuesto, también los que no creían que fuera para tanto y trataron de seguir con su vida, pero los días pasaron, los contagiados se multiplicaron, las lamentables defunciones se anunciaban diariamente, y las medidas parecían insuficientes.

Así llegó noviembre. Para una gran parte de la población, ocho meses sin poder asistir a trabajar en forma presencial, o a la escuela. Ocho meses sin convivir con la familia, los amigos, sin paseos para disfrutar de la naturaleza, sin vacaciones.

Para algunos, la inmensa tristeza de no poder estar con sus seres queridos en sus últimos momentos, o no poder acompañar a los que los perdieron en el funeral.

La vida en los hogares ha cambiado, en algunos para bien, propiciando el acercamiento entre padres e hijos al tener que apoyar a los más pequeños en su aprendizaje en línea, fomentando la cooperación en las tareas domésticas, comiendo en familia.

En otros, los problemas ya existentes se han exacerbado: la violencia, el alcoholismo, el abuso emocional. Ahí el virus es más letal.

Sin embargo, hay aspectos de la vida en común que son elementales, sin importar la buena o mala relación entre los miembros de la familia, o el nivel socioeconómico. Como la necesidad de contar con productos para elaborar la comida, para limpiar la casa, o artículos de higiene personal. Eso tan simple, que anteriormente no requería otra cosa que planear el día para la compra, hoy en día también se ha visto trastocado por las disposiciones sanitarias: Para empezar, hay que utilizar un cubrebocas si se pretende visitar el supermercado, el tianguis o la tiendita de la esquina, y se acabaron las compras en compañía pues hay que ir de uno en uno, guardando la sana distancia aunque esto implique hacer fila al rayo del sol para entrar. Después, hay que pasar por la estación de higiene, al estilo de cada establecimiento, donde un aburrido personaje vestido con bata quirúrgica, careta y cubre bocas, toma la temperatura a los clientes en la muñeca (lo cual al parecer no es confiable, además de que los encargados de semejante tarea ya ni ven lo que marca el termómetro) obsequiando un disparo de gel antibacterial. Aquí es pertinente anotar que, si por casualidad las compras requieren acudir a varios establecimientos, no hay que olvidar adquirir una buena crema que repare las grietas de las multi- desinfectadas manos.

Tampoco se pueden manipular los productos, ni olerlos, ni probarlos como era costumbre.

En primer lugar, porque pueden estar recubiertos de virus, y en segundo lugar porque se está usando el cubre- bocas, artículo que se ha convertido en parte del atuendo a pesar de su controvertida utilidad para evitar el contagio.

Una vez librado el asunto de la selección, habrá que pasar al pago de las compras.

Nuevamente un chorro de gel antibacterial y, dependiendo del establecimiento, hacer una rápida evaluación mental para decidir si pagar con tarjeta de crédito, que podría contaminarse al cambiar de manos, o con dinero en efectivo. Si no se tiene la cantidad exacta, el cambio puede ser una peor opción, pues al ponerlo en la cartera, su dudosa higiene representará una nueva preocupación.

Al llegar a casa, el protocolo sanitario entra nuevamente en acción, desinfectando los zapatos en el tapete bañado en cloro que se tuvo que adquirir desde el inicio de la epidemia, o cambiando de zapatos en la puerta por unos que ya solamente se usan dentro. Al menos los japoneses no encuentran en este punto dificultad para aplicarlo.

El proceso continúa, hay que desinfectar las bolsas de la compra y después, artículo por artículo recibirá un masaje alcoholizado para poder formar parte de la despensa. Los artículos perecederos como frutas y verduras se lavan con agua y jabón antes de otorgarles la residencia, y solo entonces, después de lavarse nuevamente las manos, se puede pensar que no hay peligro.

Ahora que si usted es una persona mayor, o tiene alguna enfermedad que la ponga en riesgo, probablemente su familia no le permitirá poner un pie en la calle. En el mejor de los casos algún miembro del clan hará las compras, y no hay modo de pedir que los aguacates estén en diferente grado de madurez para irlos usando a lo largo de la semana, o qué las toronjas sean rositas y de cáscara delgada. Esas manías hay que guardarlas en el baúl de los recuerdos y adaptarse a la “nueva normalidad”.

También existe el recurso de pedir las cosas en línea. La tecnología resuelve todo. Pero si la presentación no es la solicitada, o la fecha de caducidad está próxima, o los jitomates están demasiado maduros y la piña verde, haga un ejercicio de resignación y continúe viviendo, al menos hasta que la ansiada vacuna llegue, lo cual hasta el momento es incierto, pero al menos es una esperanza para la humanidad.

En tanto, las peripecias para abastecer la despensa son lo de menos si los últimos ocho meses se ha conservado la salud, el techo y el ingreso familiar.

*Este texto surge dentro del marco de la clase de Literatura y Periodismo, impartido por Mireya Espinosa.

Una Navidad sin capitalismo

Autora Julieta López Godoy

Ilustración Camila Schmidt Hernández

Ilustración de Camila Schmidt Hernández

Fue en Oaxaca, en un pueblo indígena, y sucedió durante una fecha muy especial. Un amigo la invitó a que pasara ahí la Navidad.

Cuando llegó, a medio día, algo en la actividad del pueblo le pareció extraño: los hombres iban de casa en casa. Su curiosidad la llevó a preguntarle a una niña que andaba por ahí (esperaba que hablara español…)

-Disculpa… ¿Por qué los señores van de casa en casa?

-Lo que pasa es que no hay padrino- respondió, y se fue corriendo con sus trenzas saltando al viento.

La mujer se quedó en las mismas. No, mejor dicho: se quedó peor.

Avanzó por las calles de aquel pueblo árido rumbo a su destino. Percibió una paz y una tranquilidad como no había experimentado nunca en su ciudad natal, Guadalajara. Aquella paz en el ambiente no era común, y menos un 24 de diciembre. El pueblo no lucía las tradicionales luces que en esas fechas abundan en la ciudad, no había adornos navideños, y sobre todo, lo que más llamó su atención: ¡no había tiendas en donde comprar los regalos para Nochebuena!   

Se quedó helada, no llevaba regalo para su amigo… ¡Aún no le había comprado nada!

Por la noche su amigo le informó que la celebración no sería en su casa, irían al templo para conmemorar el nacimiento del Niño Dios.

¡Ahí sí que había luces! El templo estaba lleno de adornos muy coloridos, y foquitos panzones que iluminaban el altar. Los asistentes permanecían en silencio, ni siquiera los niños ahí presentes hacían ruido, lo único que se escuchaba era la tonada navideña que emitía la serie de focos de colores.

     El capellán tomó la palabra. Dijo que, por primera vez, no había un padrino para el Niño Dios, y que cada familia podía llevar, después de la celebración, algo para compartir.

Por eso los hombres andaban de un lado a otro, de casa en casa…

La celebración dio inicio con los cantos de las mujeres, después otro grupo comenzó a rezar. Luego de un primer tiempo muy emotivo de cantos y rezos, salieron del templo.

Algunas familias estaban esperando en la explanada, llevaban pan y café. Ella comió y cenó de aquel pan sencillo y simple.

Después volvieron a entrar al templo. El Niño Dios ya estaba en el altar, representado por un muñeco de yeso. Los hombres y mujeres se acomodaron a su alrededor con respeto. Lo adoraron y lo cuidaron toda la noche.

Ella aprendió que no siempre los regalos se compran, el primer regalo que recibió ese día fue la hospitalidad y el cariño de las personas de aquel pueblo. Pero el mejor regalo fue que Dios (a través de los chinantecos) le dijo que la amaba.

Nieve

Autora Arminda Eugenia Iturriaga Castillo

Ilustración Irlett Yeraldy

Ilustración de Irlett Yeraldy

Es invierno.

Afuera, los copos de nieve revolotean por el aire.

Los viejísimos árboles se yerguen hacia los cielos, buscando la luz ausente.

La luz invernal no suele durar mucho, se quiebra en la suavidad de la nieve, solo alcanza a reflejarse en mil diáfanos cristales que levitan en figuras planas o ensortijadas, de vida leve y brillos cortos. Pronto se convertirán en hielo. Prístino y atrevido espejo donde con urgentes desvaríos atisban sus amores las almas puras.

En la tarde ambigua irrumpen en el paisaje dos amantes. Se acercan resueltos, hasta tocarse con manos enguantadas y corazones aturdidos.

Toman los rincones… entre oquedades se conceden uno al otro. Revelan un aura tan amorosa que derrite todo el hielo a sus espaldas.

Es el milagro de la vida que tiñe los alrededores, es un nuevo día. Es el alma inmortal que lo ha visto todo.

Es la esencia inmutable de un milenario Niño Divino.

NUEVA TALLA

Cada Navidad el consabido pretexto: ¡hay tantas fiestas, y se come tan rico en ellas…!

Pero… este año no puedo culpar a la Navidad. Aumenté de peso porque insisto en cargar mis espaldas con tremenda lista de supuestas afrentas. Insisto aplicadamente en que los males me persiguen y cada mirada revela un inminente juicio sobre mi persona. Sean conocidos o desconocidos, todos a mi alrededor aumentan con su cercanía mi miedo, debo protegerme de ellos, de todos, del mundo.

Por eso tengo exceso de peso, porque no hay día en que no me atragante con locas imaginerías que van creciendo como pulpos inflados a través de mis entrañas. Me alimento compulsivamente con videos de consumo masivo y artículos de superficialidad comprobada que inflaman mis articulaciones entorpeciendo mi vitalidad. Con tanto “alimento” chatarra no hay hambre para los proyectos que esperan pacientemente sobre mi escritorio.   

Sería tan fácil otra vez culpar a la Navidad, sus comilonas, y sus posadas, pero he llegado hasta aquí sin asistir a ningún banquete, me he mantenido en casa, en el encierro obligado por mi precaución excesiva, alimentado principalmente por las noticias que devoro como palomitas de maíz en un cine cuyos algoritmos controlan mi cartelera, enmascarada dictadura mediática.

He perdido la cintura en algún rincón del tiempo, igual que perdemos la mirada del asombro, ¿cómo maravillarnos cuando todo se desplaza a velocidad de trenes citadinos, de arriba hacia abajo, ante nuestros, ojos abducidos por un engaño colectivo?

Y, sin embargo, el exceso de peso, no ha sumado a mi vida protección real, más bien he sumado lentitud a mis pasos, ya no me interesa lanzarme a los planes que antes nutría con sueños. ¡Que me cuelguen en la seguridad de una rama! Y que al final de las fiestas (a las que asistiré bajo la guardia fiel de mi celular) me guarden con el cuidado de los excesivos mimos en mi caja de celofán hasta el siguiente año.

Me siento frágil como una esfera que, si cayera del árbol, caería irremediablemente sobre el suelo convertida en mil pedazos. Sería bueno que la redondez de mis curvas tuviera que ver con un aumento de gracia y no con la pérdida de medidas que la moda asienta como validación estética.

Esta Navidad no me queda más remedio que mirar hacia dentro, dejar de echar culpas, asumir responsabilidad por los males que no he atendido como debiera, entender que los centímetros que me han dado nueva talla deben ser eso: una nueva talla, la de la conciencia.

Nunca es tarde para dejar de culpar al mundo y entender que tengo todos los poderes, que tengo los dones y la posibilidad del cambio. Nunca es tarde para dejar de consumir tanta desinformación y volverme selectiva, y dejar que el perro y el gato con sus correrías hagan que el árbol navideño se incline tanto que yo caiga de la rama, y una de dos: o ruede gracias a mi redondez, y en el rodar encuentre otros rumbos, o que me rompa, finalmente, y convertida en pedazos llegue a conocer la comunidad de un basurero lleno de rotos felices, ¿quién dijo que permanecer colgada en la rama era la felicidad?

Autora Yolanda Ramírez Michel/ Ilustración Sebastián Okami