Por Yolanda Ramírez Michel

Kristina Trejo, artista de Axixic, pueblo de coloridos muros, y empedradas calles a la orilla del lago de Chapala, posee el don de que sus padres le hablen a través del arte, o en sueños. Sus padres ya no están con ella, primero partió Ernesto Trejo, luego de algunos años Dianne. Partieron, pero no se fueron, extrañezas que sólo podemos aceptar cuando le pedimos a la razón que no subestime nuestros dones. Hay razones del corazón que la razón no entiende, dijo Pascal.

Me encontré a Kristina en Casa Linda, un restaurante al que acostumbro a ir a desayunar y leer el domingo por la mañana. Ella toca el piano ahí, se sumerge en las notas olvidando el ruido de cubiertos, licuadoras rugientes, vasos que chocan en la barra, murmullo o carcajadas de comensales. Las notas la llevan a un mundo donde la magia es posible, donde la poesía marca ritmos en la vida, reino sagrado para la reconciliación de lo cotidiano con lo trascendente.

Desde hace varios domingos, Kristina llega una hora antes para desayunar, y de paso para charlar conmigo.

Hace unas semanas me contó acerca de sus padres, y de cómo volvieron del más allá, para decirle algo muy necesario y puntual.

Como celebramos el Día de lo Muertos, pensé que sería bueno que recordemos que hay muchas cosas posibles, desechadas por nuestra suma de racionalismo, y que, igual que los excesos de carbohidratos, nos alejan de la salud, así los exceso de razones nos alejan de la magia de la vida, la magia de la vida es la salud del alma.

Les cuento.

Ernesto Trejo era poeta, su pequeña hija lo admiraba mucho, le parecía que esa labor del padre era sagrada. Sabia niña.

Ejemplar publicado por el Fondo de Cultura Económica

Un día se anunció una enfermedad grave para Ernesto Trejo, Kristina era pequeña, tendría entre ocho y nueve años. Nadie le dio muchas explicaciones.

Pasaron los meses… Kristina tendría diez años cuando su padre murió, tampoco hubo explicaciones para la repentina ausencia. En palabras de Kristina: “A esa edad, cuando no te explican qué sucede, y simplemente te dicen que tu padre murió, las cosas no son nada claras, la palabra muerte a esa edad es bastante abstracta… y tú construyes en torno a la pérdida un montón de explicaciones. Mi madre y mi hermano estaban atravesando su propio duelo, yo quedé al margen, y en silencio, imaginando que muerte era una especie de viaje del que mi padre podía volver algún día.”

Kristina creció, no obstante la ausencia, creció muy cerca de aquel padre porque los recuerdos la colmaban, y porque leía constantemente sus poemas.

Ernesto Trejo

A los doce años una inquietud comenzó a torturarla. ¿Qué pasa con papá, por qué no vuelve? ¿Por qué no me dice algo?, necesito escucharlo. Ernesto Trejo había dejado varios casetes, con sus poemas publicados, grabados por él mismo. Kristina fue a la caja donde estaban.

Aquí viene la magia, que no es un espectáculo con bombillas de neón, sino un fuego interior que anuncia verdaderas maravillas: Kristina encontró en la caja con casetes uno que no había visto antes, decía Poema a mi hija. El poema había sido escrito cuando ella era muy niña. Pero era extraño, nadie conocía aquel poema, ni su madre, ni los muchos seguidores de su padre, era un poema inédito y desconocido. Aquel día, ante la insistencia de su alma por respuestas, algo más allá de ella misma la había llevado hasta esa caja…

Encendió la grabadora para escucharlo, entonces, seguramente, la niña de doce años supo con certeza que su padre le hablaba desde una dimensión encantada, y más, que su padre no estaba realmente muerto aunque no pudiera verla ya nunca más.

Les dejo el poema y en otra entrada les contaré la manera en que la madre de Kristina volvió de la muerte para cumplir una promesa hecha en vida.

Algunos emigran, y con la lengua de otros lares cuentan las cosas del alma, lo que importa es eso, que las cosas del alma son comunes y universales.

Ernesto Trejo

Vivió su niñez en Mexicali, Baja California, antes de radicar en California. Estudió letras y economía. Publicó poemas en Vuelta, sábado, El Zaguán, Papeles de Son Armadans, La Vida Literari, Chicago Rreview, The Nation, Partisan Review, Kayak, Green House y Pie de Página. Es cofundador, junto con Carlos Isla, de la Editorial Latitudes. Es autor de los poemarios Instrucciones y señales (1977), Los nombres propios (1978), El día entre las hojas (FCE, 1984) y The day of vendors (1977). En 1987 publicó, junto con Luis Omar Salinas, Piecework:19 Fresno poets.

Kristina Trejo

Nació en el año 1980, en México DF. Sus primeros inicios en el arte Batik fueron a la edad de 18 años en la ciudad de San Francisco, California de manera autodidacta. A la edad de 19 años, toma un curso de batik con la Maestra Monica Kesslar en Belice. En el año 2006, toma un curso del prestigiado profesor Francisco Sorensic en el taller Batik Tulis, en México DF. Kristina ha expuesto su obra en varios lugares en la Ciudad de México, Oaxaca, Jalisco, y California. Es pianista de profesión, compositora, y soñadora. En 2020 salió su primer disco Parvada, con composiciones propias de piano.

Kristina Trejo

La otra historia que me contó Kristina es la de su madre… si te interesa aquí está la entrada:

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