Por Yolanda Ramírez Michel

Las fronteras no existieron siempre, son cosas de los hombres y su separatismo, pero qué le vamos a hacer, hoy por hoy necesitamos pasaporte y visa para cruzar por el gran cuerpo de nuestra tierra.

Cada cruce de aduana trae consigo aparejada también otra lengua. Kristina Trejo habla español con un levísimo acento, el acento nos da gracia, es como escuchar nuestra palabra cotidiana en otra clave musical. Kristina pasó muchos años en California, de ahí que el inglés quedó como un eco perceptible en la dulzura de su español perfecto. Su corazón, a mi manera de ver, ya integró dos patrias.

Ya les había hablado con anterioridad de Kristina (al final de esta entrada les dejo el link) converso con ella los domingos antes de que toque el piano para los comensales del restaurante Casa Linda.

Kristina Trejo y su piano portátil

Uno de esos domingos me contó que su madre había vuelto del más allá para cumplir una promesa hecha en vida.

Hoy es Día de Muertos, y estas cosas valen la pena contarse cuando tenemos muy presentes las fronteras entre el más allá y el más acá. Son fronteras que a veces se cruzan sin visa ni pasaporte…

Cuando Kristina tenía ocho años, encontró una caja con instrumentos curiosos. Por aquella época, en California, la técnica del batik estaba en boga. La caja contenía cera, algunos cazos para derretirla, extraños “pinceles” y otras curiosidades que sólo los amantes del batik conocen.

Dianne, la madre de Kristina, había dejado de hacer batik cuando ella nació, quiero imaginar que fue la precaución… (el batik es una técnica de teñido por reserva, se derrite la cera y la parafina, con ello se cubren los espacios que deseamos apartar del color, la mezcla debe estar hirviendo, es un proceso que requiere mucha concentración y cuidado). No voy a explicar la técnica, sólo lo necesario para que se entienda cuán mágico es el cumplimiento de una promesa.

Batik

Kristina fue entonces semejante a esos niños que descubren cofres con tesoros en armarios de un desván o un ático. Dianne ya no hacía batik, pero los muros de la casa lucían varias de sus antiguas obras de arte. Kristina creció mirando esas paredes cubiertas con tapices de colores y formas craqueladas que le invitaban a mundos de simetrías inquietantes.

El caso es que, ante la caja, lo que se anunció al contemplar el revoltijo de herramientas polvorientas, fue un sueño muy concreto, algo se elevó entonces, como el humo de una cazuela donde burbujea la cera, y penetró en el alma de Kristina. Deseaba aprender, deseaba usar aquellas herramientas para pintar también paisajes a la medida de un sueño. Quien ha conocido la ilusión que detona un sueño, quien ha sabido de repente que ahí está algo a lo que quiere dedicarse toda la vida, comprenderá el estupor de aquella niña ante una brillante promesa de creatividad sin límites.

Pero era muy pequeña, tendría ocho años, y aunque nunca es temprano para descubrir un sueño, ni hay edad paradigmática para que la vida nos presente la vocación (que generalmente nos la presenta muy pronto, pero no le hacemos caso…), Dianne dijo a su hija:

-Ahora no puedo enseñarte, pero te prometo hacerlo cuando cumplas dieciocho años.

Y fue una promesa de esas que escuchan los ángeles.

El tiempo pasó, Kristina perdió a su padre (ya les conté de ello en otra entrada). Kristina dejó de ser una niña, pero aún era muy joven, cuando el mismo mal de Ernesto Trejo cayó como un negro agüero sobre Dianne.

Y de nuevo: el silencio y la ausencia de explicaciones claras para la joven. Ante un diagnóstico terminal Dianne sólo dijo a Kristina: “encontraron algo en mi cabeza.”

¿Cuántas cosas pueden encontrarse en la cabeza? Ni cuando era niña, ni ahora que era una joven, la gente quería hablar directamente de los males. Parecían creer que el ocultarlos podría hacerlos desaparecer. Quien ha vivido ese desasosiego, el de no saber, el de inventarse historias a la medida del rostro demacrado de los seres amados, sabe que es aún peor el secretismo, que la verdad.

Dianne partió cuando Kristina tenía diecisiete años. ¿Cómo iba a cumplir aquella antigua promesa?

El tiempo comenzó a ser un fardo, un peso, un desasosiego, Kristina había perdido la sonrisa, la chispa que nos hace saltar de la cama para vivir el nuevo día como un cervatillo despreocupado.

Hasta que, cumplidos los dieciocho, Kristina tuvo un sueño muy vívido: soñó su taller para pintar batik, soñó todos y cada uno de los implementos necesarios para volverse profesional en el arte de pintar con cera, y no era sólo lo soñado, sino lo sentido en el sueño, era volver a los fuegos artificiales que de niña sintió cuando encontró los materiales de su madre, era encontrar esa chispa, esa certeza que te dice: por aquí, esto te dará felicidad, podrás pasar horas en ello y sentirás que vives, esto te ayudará a sortear los días aciagos, en esta labor encontrarás la manera de sublimar los dolores.

Kristina llevaba varios años en que ella sólo sentía que “sobrevivía”. No vivía, sobrevivía.  

Cuando despertó tomó la firme decisión de volver realidad aquel sueño, sabía que hacer batik era algo a lo que deseaba dedicarse, y sabía que aquello le daría felicidad. Un mensaje de su prima llegó a confirmar su decisión: prima, me va bien en el negocio, pensé que estos 100 dólares te servirán más a ti. Con aquel donativo inesperado Kristina compró cera, parafina, pinceles, distintos tipos de “tjanting”.

Hoy, el calendario 2022 de artistas de Ajijic, muestra en el mes de diciembre la imagen de una flor de la vida realizada en batik por Kristina. Sus manos no sólo avanzan por el piano gestando música, también avanzan sobre la tela, creando, con la cera de laboriosas abejas, extraordinarios diseños.

Su madre cumplió la promesa.

Acá te dejo la otra entrada:

3 comentarios en “Una promesa que vence la muerte

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