Por Yolanda Ramírez Michel

Desde hace cinco mil años la literatura ha servido como reflejo de nuestras más profundas inquietudes. La narración más antigua de la historia, el Poema épico de Gilgamés, tiene como eje central la inquietud del hombre ante la muerte. Quedó constancia de ello en doce tablillas de arcilla, descubiertas bajo las arenas del desierto, en 1847, con el hallazgo de la biblioteca del Rey Asurbanipal.

La literatura es hechizo infalible para alcanzar una especie de triunfo sobre la muerte. No sólo para el autor, sino para los personajes de los libros. Gilgamés, protagonista del poema sumerio que asombró a los estudiosos del tema cuando se descifró, fue inmortalizado mediante la escritura cuneiforme. Tal vez dentro de la historia no se cuenta que logró alcanzar la inmortalidad, pero el hecho de que hoy lo recordemos implica en mucho que sigue vivo. Una vez atravesado el umbral por donde las almas se convierten en recuerdo, sólo la literatura salva del olvido.

El vinculo literatura-muerte parecería forzado a simple vista, quienes leemos sentimos más bien que sumamos vida a nuestra vida. Quienes amamos los libros no dudaríamos en defender la literatura como un vitalísimo monumento humano, y sin embrago, la mayoría de esos libros amados son voces que nos llegan de lejanos días y distantes reinos, los más, silenciados para siempre por la muerte, aunque sean cantados con insistencia por los vivos.

Como evidencia de eso que, siendo muerte, es vida, les dejo un fragmento de un escriba de la antigua Bablionia, Sîn-lēqi-unninni que hoy podemos conocer gracias a que la literatura ha vencido a la muerte una y otra vez:

¿Hacia dónde estás corriendo [Gilgames]?

¡La vida que persigues no la encontrarás (jamás)!

Cuando los dioses crearon a la humanidad

ellos reservaron la muerte para el hombre,

la vida (eterna) conservaron en sus manos.

Por lo que a ti respecta, ¡llena tu estómago!

diviértete día y noche […]

¡Contempla tiernamente al niño que te coge de la mano

y que tu esposa no deje de gozar sobre tu pecho!

¡Este es el destino [de la humanidad]![1]


[1] Gilgamesh o la conquista de la inmortalidad, Franco D’ Agostino. pp. 161

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