Por Yolanda Ramírez Michel

Ante la reciente noticia de que mi amigo Raúl Aceves ganó el premio Jalisco de Literatura 2020, podría enlistar su abundante obra poética, ensayística y de investigación, como referente irrefutable para tal nominación, pero seguramente muchos se encargarán de hacer esta lista con lujo de detalle, yo prefiero contar del gozo de su amistad, y de la magia que su presencia derrama.

Conocí a Raúl en los albores del siglo XXI. Nuestra amistad fue alimentada por incontables tertulias en un café entonces llamado “La Selva”. Los miércoles, un grupo variopinto de inquietos artistas nos reuníamos en torno a Raúl, que parecía un sol imantando con su bonhomía, su sapiencia y su alegría. Fueron varios años en que Raúl no faltó a la cita, llegaba casi siempre con un morral lleno de tesoros, libros que repartía con alegría de niño perenne. Le debo, no sólo su acompañamiento en mi aprendizaje literario, gracias a nuestras charlas o a los libros que me regaló; le debo el ejemplo que me dio su prudencia, su cuidado en la palabra, la ausencia de juicio en sus comentarios, y la sencillez entrañable con la que atiende a todos los que se le acercan.

Raúl Aceves y Yolanda Ramírez Michel en el café La Selva de Guadalajara

La Selva cerró, yo me mudé a Ajijic, y las tertulias se cambiaron a otro café. Si hay algo que extraño en medio de este paraíso que es la ribera, son esas tardes cerca de él.

Pero la amistad y la admiración es algo que no se acaba con la distancia, y menos cuando los amigos siguen sembrando sus parcelas con bienes.

Hay en Raúl un chamán, un poeta, un sabio, un visionario, un místico, un maestro alegre y comprometido, un filatelista entusiasta, un lector incansable, un investigador comprometido con sus obsesiones, un amigo fiel, un hijo que honra, un niño eterno, un risueño contertulio, un creativo periquetero, un consejero lúcido, un psicólogo natural, un referente de las letras que son fieles al numen.  Quien no conozca a Raúl podrá pensar equivocadamente que exagero. Quien lo conoce sabe que me he quedado corta.

Para terminar, quiero contar una anécdota que podría parecer salida de un cuento de hadas, pero que me sucedió a mí, y que no dejo nunca de narrar con la alegría que da el milagro:

Impartía mis primeras clases de mitología, y para cada tema debía contar con material bibliográfico que sustentara mi clase. Me habían pedido que incluyera en el currículo mitología africana, pero no tenía suficiente información y preferí negarme. Sin embargo, la espinita quedó… y fui al Fondo de Cultura Económica, a ver si encontraba algo… (en toda la librería andavete del tema). No obstante, ahí estaba Raúl, sentado en el café del Fondo. No era día de tertulia, ni lugar para el encuentro semanal. Me alegró verlo, lo saludé con entusiasmo y me dispuse a acompañarlo mientras se tomaba su café. En su regazo reposaba, como siempre, su morral mágico.

-Traigo aquí algo que pienso que podría gustarte- me dijo con una sonrisa curiosa, mientras sacaba un libro con el lomo quemado. -Es un libro que se salvó de un incendio, por eso está quemado.

Tomé el libro, en la portada rezaba: Tchicaya U Tam Si, Leyendas Africanas.

Sí, Raúl también es un mago.

Página interior del libro que me regaló Raúl Aceves

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