Madre Perla

En este espacio compartimos los textos que el taller del Libro Rojo de Jung ha inspirado. En esta ocasión les presentamos el texto de Selene Cázares, Madre Perla.

Captura de pantalla del grupo Libro Rojo de Jung 2021

Al reventar de cada ola se escuchaba el rugir del océano; al contacto con las rocas el agua era regalo permanente que yo no podía dejar de admirar. Imaginé cuánto tiempo desde los inicios de la vida esas aguas habían irrumpido en la esencia de la piedra para terminar dándole la forma caprichosa de un risco. Así vi nacer esa noche en el vasto cielo la luna llena más grande y redonda que mi mirar jamás percibió, me abracé a los hilos de la nostalgia…, poco a poco, me arrulló la brisa y mis sentidos fueron cediendo a la vigilia.

          De lo profundo emergió una gran ostra, fue arrojada por el oleaje a la playa. Iluminada por aquella noche de luna llena pude ver con claridad cómo la ostra cedía ante la fuerza de los vientos y cómo regresaba al mar una y otra vez. Finalmente quedó varada en la arena.

Corrí tras la luz que salía de su interior. Al acercarme a ella descubrí que en sus entrañas había una creatura que parecía despertar de un largo sueño; a su lado vi una madre perla que la criatura rápidamente tomó entre sus manos, intentando protegerla.

          La cabeza de la creatura se mecía de un lado a otro, yo entendí que me observaba con tanta curiosidad como yo a ella. Apretó la perla contra su regazo y luego me la entregó. Entonces, por primera vez, pronunció palabra:

Hay sueños antiquísimos de la humanidad, uno nunca puede escapar de ellos, y tú me has llamado esta noche de plenilunio, porque intuyes que hay mas realidades, porque no te son suficiente las apariencias, quiero regalarte un mundo de palabras sin censura, porque me cansé de las líneas rectas, quiero entregarte mi imperfecta verdad para que conozcas las gamas de claro obscuros de que estoy hecha, es necesaria la curvatura para encontrar la raíz de la aparente razón. Yo formo parte de ti y a pesar de ser uno en la conciencia, en la psique nos confrontamos, por eso es necesario hurgar en las profundidades para separar la cizaña y dejar solo la mata que proveerá la vaina que nutre los sueños y transforma la vida.

                    Al alba me descubrí tendida sobre la arena, entre mis manos una pequeña ostra. Volví sobre mis pisadas hasta la casa del  risco y me hundí en mis pensamientos, desde entonces escribo lo que siento, mi pensar, lo que me provoca cuestionar, creo que llevo una perla dentro.

¿Qué implica ser Doula?

En este espacio reproducimos una entrevista realizada por Maya Navarro a Adriana Peregrina en el 2016, antes de que Adriana publicara su libro “Nacer, una experiencia trascendente”. Hoy, 6 de febrero del 2021 el libro ha recorrido el mundo y ha enseñado a muchos (hombres y mujeres) otra manera de vivir el embarazo y el parto.

¿Por qué lo compartimos en este espacio? Porque Adriana se acercó a las aulas de Trithemius con el sueño de escribir un libro, sueño que finalmente se convirtió en realidad.

Aquí la entrevista, al final te dejamos algunas ligas por si quieres dar seguimiento a esta información.

*Maya: Adriana Peregrina es educadora perinatal y doula, a ver, Adriana, ¿qué significan estos términos?

La educación perinatal implica la preparación para tener un parto “humanizado”, y la doula (término griego), significa mujer que acompaña a otra mujer en su parto.

El parto humanizado, como término, nace porque el parto ya se había convertido en un proceso hospitalario, relacionado más bien con la hospitalización de un “paciente” (estar embarazada es un acto intrínseco a la naturaleza de la mujer, no una enfermedad). Por eso, tratamos de rescatar las prácticas que se han llevado a cabo desde hace tiempo por nuestros ancestros, intentamos que la mujer contacte con su sabiduría interior, que no se convierta en víctima de un sistema que ha convertido el parto en un procedimiento médico. No estamos en contra de la intervención médica cuando ésta es necesaria y urgente; los médicos, enfermeras y pediatras, están ahí, pero sólo como apoyo para una complicación.

*Y la doula, ¿qué hace?

La doula acompaña el embarazo y asiste el parto, su función es la de apoyar a la mujer, el parto es una experiencia trascendente y es una oportunidad para que la mujer se de a luz a sí misma. No sólo está naciendo su hijo, también nace ella como madre. La doula apoya a la mujer para que deje de ser una víctima de las contracciones, y se yerga como una guerrera que logra cumplir con el sagrado destino de ser madre. Básicamente la doula ayuda a que se de el empoderamiento de la mujer en base a su naturaleza.

*¿Y todo esto cómo  lo aprendiste tú?

Tuve la fortuna de aprender todo esto gracias a que me formé con los pioneros en el psicoprofilaxis en México. El doctor Santibañez y el doctor Fuentes Calvo.

*Y, concretamente, ¿en qué consiste esta propuesta del parto humanizado?

Primero, en dar a la madre la oportunidad de conocer los procesos de su embarazo y lactancia -porque la lactancia es una parte fundamental del embarazo, aunque hubo un tiempo en que dejó de darse pecho al bebé, y se fomentó más el uso de fórmulas, la lactancia es el complemento ideal del parto humanizado pues una vez que se recibe al bebé, se le acoge en los brazos y se le entrega el mejor alimento del mundo: la leche de mamá.

*Pero volvamos a la educación perinatal, Adriana, ¿qué otras implicaciones tiene esta propuesta?

Pues algo básico, Maya: la inclusión de la pareja es importantísima, Incluir al compañero y hacerlo partícipe del acto trascendental que van a compartir. Hay que informar a la pareja de los cambios que van a vivir, de los procesos y las opciones del alumbramiento.

*Entonces, ¿el punto central es la información?

Sí, la información, orientada a que la futura mamá DECIDA en conciencia si quiere dar a luz en casa, o en el hospital; si durante el trabajo de parto desea estar sentada, acostada, caminando, en fin que ella escuche a su cuerpo, porque su cuerpo posee la sabiduría ancestral de ese acto tan natural como es dar la vida. Yo, como doula, procuro que la mamá se sienta cómoda, a veces con un masaje, o con visualizaciones, hidratación, acompañando y apoyando en lo que decida ella en cada momento. Porque en ese momento ella puede decidir si quiere tener al bebé en casa, en el hospital o en agua…

*¿Cómo, cuéntanos eso?

El parto humanizado incluye la posibilidad de dar a luz en el agua. Durante el trabajo de parto le facilitamos a la madre una tina para que se relaje, sucede que muchas veces se sienten tan bien en el agua que deciden quedarse ahí y dar a luz al bebé en ese contexto relajante.

*Oye, Adriana, y ¿cómo pueden los demás enterarse de todo esto más ampliamente?

Estoy por publicar un libro: “Nacer, una experiencia trascendente”.

Cuando se realizó esta entrevista, el libro todavía no era publicado, actualmente puedes conseguir el libro con la propia autora, contáctala en la página de FB Ser mamá con Adriana Peregrina.

Tres reyes magos, tres reinas mágicas

Los tres reyes magos, ¿y qué tal si recreamos la versión y contamos que tres reinas se acercaron con sus dones al regazo de una madre?

De tanto en tanto los nuevos paradigmas cambian sus figuras míticas, y en el cambio se impone otra sustancia a la creencia, y se suplantan visiones. Hubo un tiempo, anterior al rapto de figuras míticas conectados a la vida, como lo fue en la prehistoria una madre (entonces nuestra raza corría peligro de extinción, seguramente una madre dando a luz representaba la inmortalidad).

Mujer cargando a un niño | (2000-1600 BC) Este de Europa | Museo Louvre | Paris

La idea de una virgen dando a luz data de tiempos en que el hombre entendía el símbolo como un lenguaje del interior. Las excavaciones en Catal Huyuk abundan en evidencias de comunidades adoradoras de lo femenino como un poder vivificador del ser humano y su entorno. En aquella época, anterior a la formación de paradigmas de dominio y autoritarismo, la virginidad en las figuras míticas no implicaba ausencia de relaciones, sino una fórmula para mantener el reino interior aislado de influencias externas que pudieran dañarlo. Que una virgen diera a luz implicaba reconocer el milagro de los frutos que cada uno puede engendrar.

Siria figuras de divinidades femeninas

Tres reyes, tres reinas, lo fundamental está en que traigan dones a nuestro regazo de seres que dan a luz milagros cotidianos.

Yolanda Ramírez Michel

Si te agradan estos temas, puede interesarte este taller: https://www.yolandaramirezmichel.com/mitolog%C3%ADa?fbclid=IwAR0KeiDrXj9Evu6hy9GqVU1onqXn6X4cezXq0Gp4n27iTTrywSFz6_hVw7I

Sesión del taller de Mitología impartida por la maestra Yolanda Ramírez Michel

Y hablando de estas nuevas versiones, o recreaciones, mi amiga Grace Miranda me mandó este texto que creo conveniente compartir:

Las Tres Reinas Magas*
-por Florentino Ulibarri-


Y aunque no lo digan las crónicas,
también llegaron mujeres sabias
desde los cuatro puntos cardinales.
El fuego ardía en su seno
mucho antes de ver la estrella en el cielo.
Caminaban en oscuridad fiándose
de que la tierra se iluminara cada noche
con la luz de las lucernas más humanas.
Llegaron mujeres sabias
libremente y por propia autoridad,
sin ocultarse y desafiando las costumbres,
sin pedir permiso a ningún rey,
siguiendo sus intuiciones y sueños
su anhelo y el ritmo de su corazón,
cantando canciones de esperanza
y abriendo camino a la dignidad.
Llegaron en silencio, de puntillas,
sin ruido, sin parafernalia,
sin provocar altercados ni miedos,
sonriendo a todos los peregrinos.
Llegaron de forma contracultural,
no les quedaba otro remedio.
Nadie levantó acta con sus nombres,
pero dejaron huella y recuerdo imborrable.
Llegaron y trajeron regalos útiles:
agua que limpia, fuego que ilumina,
pan de la tierra y leche de sus pechos.
Llegaron con mantas para envolver,
frutos secos para compartir,
aceites para curar y ungir
y nanas tiernas en sus gargantas
para alegrar y dormir al que iba a nacer.
Ayudaron a María a dar a luz,
y cuando gemía con dolores de parto
le susurraban bendiciones de su pueblo.
Se quedaron en Belén muchas lunas,
y encontraron para la familia un lugar digno.
Y enseñaron a otras su arte y oficio,
con paciencia, ternura y tino
hasta que surgió una red de solidaridad.
Llegaron mujeres sabias
y alzaron su voz, sus brazos,
su sabiduría, su cuerpo, su espíritu
contra la matanza de inocentes.
Y se marcharon por otro camino,
igual que lo hacen siempre,
sin prestar atención a los cantos triunfales,
para proteger a los hijos más débiles.
Se marcharon a su tierra.
Pero vuelven una y otra vez en esta época
y en todos los momentos importantes,
cargadas de dones, risas, besos
de vida, canciones y paciencia
Dicen que es su trabajo y oficio;
pero no, son nuestro sacramento
y nuestros sueños mágicos despiertos.
Vestidas sin llamar la atención
están ahí, al borde del camino,
en los cruces y duelos de la vida,
en los oasis y en los desiertos,
en el límite de nuestro tiempo,
en los campos de refugiados,
en el umbral de la conciencia,
ofreciéndonos lo que más necesitamos.
Danos ojos para verlas ahora,
antes de que se marchen por otro camino,
y sólo sean sombra para nosotros.
Déjanos sentir el aroma de su presencia,
la sonrisa de su rostro, la leche de sus senos,
el calor de su espíritu y de su regazo
y toda la ternura de sus corazones vivos.
Déjanos abrazarlas para no olvidarlas.
Siempre llegan mujeres sabias,
oportuna y solícitamente,
a Belén y al reverso de la historia,
y son los mejores reyes magos
de las crónicas evangélicas no escritas.

Imagen : We the Three Queens of Orient Are, por Maya Telford


2020: más que la suma de sus partes

Un año es ¿muchos meses, muchos días, muchas horas? ¿O sólo la síntesis de lo vivido y sobre todo lo que magnifica la memoria? En una ecuación de síntesis facilista muchas cosas se olvidan: pequeños logros, risas, alegrías minúsculas se vuelven polvo… Ciegos por el imantaje de la “tendencia” miramos sólo un lado de la moneda. Pero… ¿A dónde van las chispas de intensa comunión con la vida, silenciadas por el gran monstruo que se come lo bueno con su cara tremenda y su brutal gigantismo?

Dejar que los pequeños pasos en el avance guarden silencio es como negar que los niños gritan y corren en el parque, ¡los niños gritan y corren, y juegan y ríen, y sus pequeñas perfectas risas son un recordatorio de que la tormenta no silencia lo trascendente, de que el cielo gris no es por siempre gris y hay soles imponiendo su rostro cálido a innumerables mediodías!

Decir que todo estuvo mal es tan extremo como decir que todo estuvo bien. El año fue mundialmente original en su sustancia, y hubo un dolor de humanidad, un dolor de raza, un dolor que a muchos hizo ver claramente dónde colocar el corazón, en qué parcela sembrar los dones, en qué inversión depositar el tiempo.

Quien no lo vio, por la fuerte atracción del abismo y la negritud de muchos acontecimientos, puede verlo ahora, nunca es tarde. El año se llevó a muchos seres queridos, pero vemos la muerte como algo horrendo porque no creemos en que somos inmortales; el año se llevó un trabajo seguro para algunos, cayeron muchas empresas y con las empresas cayeron sobre todo muchos empleados que debieron reinventar la vida desde cero. Tan literal fue la propuesta del 2020: un nuevo mundo (muchísima gente debió inventarse un nuevo mundo) un mejor mundo.

Tuvimos que experimentar formas nuevas para seguir en el trabajo de siempre, mudarnos a un sistema virtual que habíamos rechazado, pero el sistema virtual sostuvo a muchos. Como un gran cuerpo que tiene en sí la noche y el día, un gran cuerpo de oportunidades que tú decides si lo usas para perder el tiempo y embotar tu cerebro, o para aprender y circular con el cambio, y aprovechar la tecnología, como un día se aprovechó la imprenta.

El año ha sido una sumatoria de alegrías que brillaron como estrellas en la noche del encierro, y conocimos gente a través de cuadritos en la pantalla, y supimos cómo sienten, cómo piensan, y la distancia nos los trajo al hogar, aunque no pudimos tocarlos.

Si tocar el cuerpo es todo entonces sí, alá, a quejarnos, porque nos quitaron esa cercanía de piel y abrazo y beso, y risas cercanas y reuniones familiares, y congresos, y ferias y mil cosas que sin embargo supieron ser otras cosas, cosas nuevas.

Algún día este tiempo será pasado, y de este tiempo se dirá algo bello, es una regla dada por la constante nostalgia de los “tiempos mejores” (recordamos el pasado a nuestra conveniencia). ¿Por qué no ver el presente también nosotros bajo la lupa de la conveniencia del bien?, los que estamos en el ojo del huracán, en el centro del cambio, en el protagonismo de un momento histórico tenemos el botón rojo o la bandera de la paz en el aquí y ahora. Es ahora que se puede dar la “actualización” de los valores, generar comunidades gilánicas, solidarias, pensadas en el bien común. Ahora que debimos tocar fondo, es urgente rechazar el término “víctimas”, para volvernos agentes del cambio.

Desde cada casa, cada célula familiar, pequeña o grande, desde cada empresa, desde cada conversación, cada anhelo, cada sueño, cada elección responsable o irresponsable, ahí está el cambio, no lo busquemos afuera, los políticos son un reflejo de nuestras corrupciones interiores, no podemos reclamarles si seguimos corrompiendo nuestro cuerpo, nuestra mente, si relajamos nuestra responsabilidad, nuestras costumbres, si seguimos dando una palabra que luego vale nada, una palabra que no respetamos ni nosotros, ¿cómo pedir que cumplan los otros, si no cumplimos cada quien en su pequeña viña?

Este año fue muchas cosas, lo resumimos y le damos una sola consistencia, inmerecida, porque tiene muchos rostros, y es una moneda al aire que giró dando en sus giros los rostros del dolor y la alegría. Pasaron más cosas que el COVID, no todo fue el virus, también tuvimos que lidiar con graves problemas familiares, con ajustes de presupuesto, con decepciones que parecen bofetadas, pero hubo muchos dones, el punto está en verlos, la mirada sobre los dones hará que broten frutos dulces.

Este es Kairós, el tiempo sagrado. Esta es la Navidad, la celebración del nacimiento de los grandes dones en el interior de nuestra entraña, cargamos en el cuerpo el milagro, las contracciones lo anuncian.

Un abrazo navideño.  

Yolanda Ramírez Michel y la Comunidad Trithemius

La visita

Por Vania Coria Libenson

              La noche se antojaba deliciosa. La luna amenizaba el concierto de estrellas, los copos de nieve se derretían sobre el pavimento y corrían como cascada hacia la coladera.

              Avanza rápidamente. Tiene el color de la canela. El pasto de una casa ya en silencio refleja una sinfonía de colores en el ángulo del gran ventanal. Parece que dejaron prendidas las luces. Busca por dónde colarse… Un hueco en la madera de la puerta trasera hace que su corazón brinque de alegría.

-¡Casa! ¡Casa! -chilla.

              Su cuerpo agradece el calor del interior, y sus descalzos pies la tibieza y suavidad del mosaico. Qué fácil se camina ahí.

              Apenas entró a la cocina detectó el olor a caramelo. Había sido tarde de hornear. Se apresuró hacia la alacena en búsqueda del esperado pastel. Una hilera de hormigas le lleva la delantera. ¡Vaya, bribonas!, bien dice el dicho, “si el río suena es que…”

¿Y el pastel? ¿Se habría acabado?

¡El molde: vacío! Alguien se llevó aquella esponjosa y perfumada última rebanada. Ni hablar, que inicie la cacería, ¡vamos a buscar sus restos…!

              La velocidad de sus pasos cortos la llevó en pocos minutos a la sala de estar…Y ahí vio con gozo. No una, sino varias rebanadas de postre. Sublime… esto era más de lo esperado.  ¡Madre mía, la gloria misma!

Pero… shhhh… están dormidos.

Los asaltos perfectos no son gratificantes sólo por el premio, sino por el arte de la invisibilidad. Eso lo aprendió de Santa.

Ilustración de Andrea Aguirre de la Torre

Este cuento fue publicado en el periódico Mural el día 24 de diciembre, y es otro de los productos literarios de la comunidad Trithemius.

Si deseas información acerca de nuestra comunidad, por aquí te dejamos un video que habla de quiénes somos:

Los colores del invierno

Escrito por

Angelina Rodríguez Arévalo

Ilustración de Camila Schmidt Hernández

Todo lo que un día se esconde es semilla

                                                                            que el tiempo riega y trasforma”

                                                                                     Yolanda Ramírez Michel

Soy enfermera en una casa de descanso. Aquí la vida nos descubre historias inolvidables en los colores y el aroma del “invierno”.

Les comparto una de esas historias:

 Enrique sufrió un evento cerebral a sus sesenta años, esto le dejó imposibilitado para caminar. Cuando llegó a vivir a la casa de descanso, no quería salir de su habitación. Permanecía en silencio y con los brazos cruzados todo el día, mirando fijamente el suelo. Era un ermitaño, encerrado en su muralla oscura y fría.

Un día, durante la comida, un compañero de noventa y tres años, Boni, que padecía demencia senil y dificultad para hablar, pronunció como pudo ante Enrique:

-Quiiii…queee, Qui…queeeee.

 Al escuchar su nombre, Enrique alzó la vista, miró a Boni, y por primera vez lo vimos sonreír. Aquellas fueron palabras milagrosas que lo impulsaron a derrumbar su muralla y ver la luz que había a su alrededor. Luego de aquella sonrisa, platicó con sus compañeros, participó en las actividades. Su sentido del humor, antes guardado bajo llave, animaba a la comunidad.

 A partir de aquel día, “Quique” nos pedía a toda hora estar cerca de Boni. Con sonrisas, miradas profundas, el contacto de sus manos, y algunas contadas palabras, establecieron una entrañable amistad.

Los días pasaron como saetas veloces. Las fiestas decembrinas llegaron. La puesta del Nacimiento y el montaje del árbol despertó en Enrique el espíritu navideño. 

Su hermana solía visitarlo, una tarde él le pidió:

-¿Puedes traerme la chamarra que me heredó papá envuelta como regalo de Navidad? Está en el clóset de la que fue mi recámara.

Ella cumplió su deseo   

El día de Navidad, Quique volvió a pedirme que lo sentaran al lado de Boni.  Acomodé a los amigos frente a frente, a un lado del Nacimiento. Sus rostros brillaban con las luces del árbol.  Se miraron en silencio… Enrique colocó el regalo sobre las piernas de Boni.

Gracias amigo, por ti volví a tener esperanza, paz en la vida y alegría en mi corazón.

Con sus ojos nublados de lágrimas, Boni acarició las manos de su amigo. Con los ojos también húmedos, Enrique, besó las manos del anciano.

Angelina Rodríguez Arévalo escribe “Los colores del invierno”, un cuento de la vida real.

Por mediación de la voz de una enfermera de la casa de descanso EMAC, Angelina nos muestra cómo la vida siempre tiene sorpresas y encantamientos. “Los colores del invierno” se publicó en el periódico Mural el 23 de diciembre del 2020. Aquí tenemos a los personajes escuchando la narración. Boni y Enrique (Quique para Boni) hacen que a uno se le salga una lágrima…

Los personajes del cuanto en vivo, escuchando el cuento que trata acerca de ellos.

NUEVA TALLA

Cada Navidad el consabido pretexto: ¡hay tantas fiestas, y se come tan rico en ellas…!

Pero… este año no puedo culpar a la Navidad. Aumenté de peso porque insisto en cargar mis espaldas con tremenda lista de supuestas afrentas. Insisto aplicadamente en que los males me persiguen y cada mirada revela un inminente juicio sobre mi persona. Sean conocidos o desconocidos, todos a mi alrededor aumentan con su cercanía mi miedo, debo protegerme de ellos, de todos, del mundo.

Por eso tengo exceso de peso, porque no hay día en que no me atragante con locas imaginerías que van creciendo como pulpos inflados a través de mis entrañas. Me alimento compulsivamente con videos de consumo masivo y artículos de superficialidad comprobada que inflaman mis articulaciones entorpeciendo mi vitalidad. Con tanto “alimento” chatarra no hay hambre para los proyectos que esperan pacientemente sobre mi escritorio.   

Sería tan fácil otra vez culpar a la Navidad, sus comilonas, y sus posadas, pero he llegado hasta aquí sin asistir a ningún banquete, me he mantenido en casa, en el encierro obligado por mi precaución excesiva, alimentado principalmente por las noticias que devoro como palomitas de maíz en un cine cuyos algoritmos controlan mi cartelera, enmascarada dictadura mediática.

He perdido la cintura en algún rincón del tiempo, igual que perdemos la mirada del asombro, ¿cómo maravillarnos cuando todo se desplaza a velocidad de trenes citadinos, de arriba hacia abajo, ante nuestros, ojos abducidos por un engaño colectivo?

Y, sin embargo, el exceso de peso, no ha sumado a mi vida protección real, más bien he sumado lentitud a mis pasos, ya no me interesa lanzarme a los planes que antes nutría con sueños. ¡Que me cuelguen en la seguridad de una rama! Y que al final de las fiestas (a las que asistiré bajo la guardia fiel de mi celular) me guarden con el cuidado de los excesivos mimos en mi caja de celofán hasta el siguiente año.

Me siento frágil como una esfera que, si cayera del árbol, caería irremediablemente sobre el suelo convertida en mil pedazos. Sería bueno que la redondez de mis curvas tuviera que ver con un aumento de gracia y no con la pérdida de medidas que la moda asienta como validación estética.

Esta Navidad no me queda más remedio que mirar hacia dentro, dejar de echar culpas, asumir responsabilidad por los males que no he atendido como debiera, entender que los centímetros que me han dado nueva talla deben ser eso: una nueva talla, la de la conciencia.

Nunca es tarde para dejar de culpar al mundo y entender que tengo todos los poderes, que tengo los dones y la posibilidad del cambio. Nunca es tarde para dejar de consumir tanta desinformación y volverme selectiva, y dejar que el perro y el gato con sus correrías hagan que el árbol navideño se incline tanto que yo caiga de la rama, y una de dos: o ruede gracias a mi redondez, y en el rodar encuentre otros rumbos, o que me rompa, finalmente, y convertida en pedazos llegue a conocer la comunidad de un basurero lleno de rotos felices, ¿quién dijo que permanecer colgada en la rama era la felicidad?

Autora Yolanda Ramírez Michel/ Ilustración Sebastián Okami

Las esferas que habitamos

Por Pepe Aguilera

En su teoría sobre las esferas, Sloterdijk nos habla de las posibilidades de habitar lo divino, y nos acerca a ese “algo” perdido en el tiempo. Pero llegar a esta idea no es fácil, uno debe enfrentarse a conceptos densos y profundos, uno debe olvidarse un poco del lenguaje, dejar caer el velo que a veces nos impide acceder al conocimiento, que para este caso le llamaremos mundo.

La teoría de las esferas nos habla de esos espacios en los que nos adentramos para lograr tres cosas fundamentales: entrar-en-el-mundo, ser-en-el-mundo, y ser-con-el-mundo. Se trata de una especie de trayectoria, desde el instante en que nacemos, hasta que llegamos al desierto. Y en ese transcurso habitaremos esferas, algunas pequeñas y efímeras, otras con una magnitud incalculable. Como sea, una vez dentro de esas esferas, ya no seremos los mismos, algo en nosotros habrá cambiado, hasta que llegue el momento de salir de ella, y dejar esa esfera para poder habitar otra, una de mayores proporciones, una que pueda soportar eso en lo que nos vamos transformando.

Las esferas son “contenientes” que nos reciben y nos cobijan en su centro, ahí sentimos una certeza, no sabemos cómo ni por qué, pero sentimos que las cosas toman su justa medida, y sentimos que comenzamos a comprender el mundo. Esa es la función de las esferas, brindarnos un espacio en el que podamos ser.

Pero ¿cuáles son esas esferas que podemos habitar?

Las esferas habitables son todos aquellos “espacios” que estamos destinados a ocupar. Así, una palabra puede ser una esfera. Una idea, la casa donde vivimos, el camión rumbo al trabajo, la oficina, los sueños, todo ello puede ser una esfera. Estos son espacios que de una u otra manera habitamos, algunos de forma transitoria, otros de manera permanente. Hay los que nos sirven solo para “transcurrir”, para ir de un lugar a otro y transferir nuestras experiencias; otros nos contienen, están ahí para que lleguemos a ellos y tomemos todo lo que necesitemos, son espacios que nos acogen, nos envuelven, se vuelven espacios interiores, nos fundimos con ellos, sean palabras, ideas, o lugares físicos. 

Lo que Sloterdijk nos quiere decir es que somos sujetos transitorios que vamos en  espera del encuentro con nosotros mismos, y ese encuentro se logrará una vez que lleguemos al desierto, una vez que nos demos cuenta que  hemos nacido para habitar el mundo y sus esferas hasta que ya no nos contengan, entonces habremos de salir y ser UNO con la esfera primordial.

 Pero, mientras lleguemos debemos habitar esferas grandes y pequeñas, que nos irán conformando, que moldearán cada  una de nuestras formas de ser en y con el mundo. Habremos de habitar las palabras en el recorrido; palabras como amor, odio, pasión, deseo, instante, permanencia, memoria, habitaremos el hastío y el placer, iremos de un lugar a otro tratando de encontrarnos o de huir de nosotros mismos. 

La esfera primigenia y primordial será  siempre la brújula que inconscientemente  nos haga mudar de habitáculo en busca de uno mayor, uno donde volvamos a sentirnos seguros y plenos, y de no ser así continuaremos con la mudanza.

Algunas personas serán  esferas, y nos adentraremos en ellas, las poseeremos y en un acto de reciprocidad dejaremos que nos posean, porque es necesario llenar los vacíos que va dejando la vida, o que nos dejó aquel instante primero en que venimos al mundo.

Seguiremos el recorrido, porque, como dijo Sloterdijk, somos sujetos abocados al camino. Amamos el trayecto, deambulamos por la ciudad, a veces a placer, otras llevados por la corriente que fluye cada día. Caminamos siendo atraídos por la circunferencia y sus formas exactas, su centro, origen de todo, nos atrae, nos llama, quiere que recordemos el inicio de todo, el origen del mundo y del tiempo, ambos contenidos en nosotros, que también somos esferas y desierto.

Hemos venido al mundo para llegar a las tierras áridas del pensamiento, nacimos para caer irremediablemente al fondo de nosotros mismos. En nosotros hay designios y hados marcados en la piel que nos dicen: el camino ya está dado. Sólo debemos aceptarlos, aceptar el comenzar a estar minados, decir sí  a la hora del gran gesto. Aceptar el desierto dentro de nosotros, es aceptarnos a nosotros fluyendo en un mar de ideas. Hemos venido a habitar múltiples esferas que nos han de acercar al primer instante antes de haber nacido.

Pepe Aguilera

Si deseas escuchar la sesión donde se explicó el tema, aquí está la liga:

En el desván de una emoción

A veces uno siente que las cosas no están bien, y no es por nada en especial, no es que una tragedia haya tocado a la puerta, no es que algún mal nos lleve al insomnio, no es que haya lágrimas, no…

Pero algo no funciona, la alegría brilla por su ausencia, y es curioso porque si uno mira a su alrededor, las cosas están mejor que nunca, mucho mejor incluso de lo que estuvieron cuando había lágrimas.

Es que los hombres guardamos extrañas rabias que se acumulan por no atenderlas, frustraciones y artículos no resueltos en tiempo y forma salen con sus fauces abiertas cuando menos se les espera.

Criaturas curiosas y excéntricas que somos los seres humanos… un día cazamos mamuts con la euforia del reto, y comimos los despojos de la cacería con el contento del hambre que ha sido saciada. Y dormimos bajo las estrellas sin que hubiera ningún arrendador que nos cobrara renta por el uso de suelo.

Más nos valdría recordar aquello, y no lamentarnos de la lentitud del internet que nos mantiene en contacto con los seres queridos en cualquier parte del mundo, más nos valdría gozar los buenos frutos del progreso, alegrarnos ante la mesa puesta y el mantel limpio, gozar por las flores en el jarrón, el abrigo de un techo, la ventaja de una ciencia que cura muchas cosas, aunque tenga sus bemoles, cura muchas cosas. Muchos estaríamos muertos sin la penicilina o la anestesia.

A veces, cuando hay ruido dentro, es bueno ver las cosas bellas que insisten en mostrar sus rostros ante nuestra apatía. Es bueno entender que los males no pueden ser lo único que salió de la caja de Pandora. Es bueno escribir para intentar entendernos.

El mar primordial

Por Pepe Aguilera

Tenemos en nosotros todos los cuerpos y todas las palabras. Nos habita lo inhabitable, pareciera que nos escurrimos cuando queremos decir algo y no es posible pronunciar palabras. De los ojos brotamos como un mar primordial, nos volvemos un espejo de lo no dicho, de la posibilidad. Hemos nacido para pronunciar y ser pronunciados.

A veces el lenguaje no ajusta, no sirve para decir el silencio que nos embarga, el océano ya no puede reducirse a un cúmulo de signos, quiere desbordar, fluir en palabras por todo el mundo. A veces el mar inunda, nos vuelve agua, tanta agua que las ideas no ajustan, el lenguaje ya no dice nada, todo se lo traga en sus profundidades.  

Entonces Escribir ha de ser una suerte de flotar entre cuerpos, naufragar en medio de la nada, sentirse perdido en medio de símbolos, el impulso último antes de morir de sed rodeado de tanta agua.

Y a veces uno se cansa de flotar, de ser palabra y símbolo, de ser todos los cuerpos, de la masa irreductible de significados y sentidos que nos rodean y nos inundan. Uno se cansa de escribir y de la imposibilidad de escribir, del encuentro y la partida, del agua que fluye incesantemente. ¿Cuántos mares podemos soportar? ¿Cuántas palabras inundadas podemos cargar? ¿Cuántos silencios? A veces uno se cansa de las vacuidades de la vida, de las modas, de las insufribles ideas del ser y su nada absoluta.

Entonces resulta necesario olvidarse en la palabra y de la palabra, resulta necesario volverse sobre sí mismo, adentrarse para voltear la mirada hacia lo pequeño, lo insignificante, lo trivial de la vida, un sonido, un rastrillo para arar tirado en el pasto, un ave que se para en la reja, un insecto que camina recto desde su hogar hasta el árbol del cual recoge su alimento, una mota de polvo entrando por la ventana. Resulta necesario dejar de escribir. Pero sólo cuando uno se ha dado cuenta que navega en un mar primordial.

Pepe Aguilera tiene la buena costumbra de escribir al finalizar cada clase de Fundamentos Literarios. Siempre es un gozo leer su poetización de la teoría. Por eso compartimos, para que otros gocen junto con nosotros.