Tradicionalmente la celebración del hecho histórico pone sobre la mesa a los héroes, a los protagonistas que ocupan ya un lugar en la historia. Estamos acostumbrados a celebrarlos y repetir una y otra vez sus proezas, sus hazañas, sus anécdotas. Hablamos de ellos y de las condiciones en que llevaron a cabo los hechos y nos permitimos reflexionar en las consecuencias de sus acciones en el presente.
Conocer nuestra historia es ocasión de conocernos como humanidad y conocernos implica ser lo más objetivo posible, es por eso que se hace tan importante el trabajo del historiador, del informador que registra los hechos con apego a la verdad. Pero no es tarea fácil, después de todo los seres humanos tendemos a tomar partido a emitir juicios.
La conmemoración de la Revolución Mexicana en nuestro país da pie a la revisión del trabajo del periodista John Reed como muestra para reflexionar acerca de la estructura de la crónica periodística; sin embargo, ha sido también un disparador para ir más allá del simple análisis de sus textos. Aquí se pretende mencionar la importancia de este trabajo porque olvidamos que para que la historia llegase a nuestras manos debió existir alguien que se ocupara de registrar los hechos, de investigarlos, documentarlos.
Es una clase de héroes que omitimos o pasamos por alto: los que se encuentran detrás de una lente o siguen a los protagonistas pretendiendo obtener los datos fidedignos de lo que está pasando a veces exponiendo su propia vida. En esta ocasión recordamos a John Reed, el reportero estadounidense que decidió registrar los hechos de la revolución mexicana a partir de su estancia en el norte.
John Reed
La figura de John Reed está ligada a la historia de la revolución mexicana a través de su trabajo periodístico que documentó principalmente esa parte del mosaico histórico donde el principal protagonista fue Francisco Villa. No vamos a repetir aquí los hechos que se encuentran ya registrados en “México Insurgente”, la obra resultante de los afanes de Reed, pero sí mencionar la importancia de su trabajo porque su interés en la información veraz lo llevó a estar en el lugar de los hechos.
Recorrió los caminos igual que los campesinos que seguían a Villa; estuvo cerca del Centauro del Norte conociendo de primera mano sus acciones y retratando para la posteridad un personaje que muchos juzgan mítico y otros consideran bandido.
Ser objetivo es una tarea ardua, se tienen que abandonar los juicios propios y Reed trató de narrar los hechos con una objetividad tal que al leerlo nos parece estar viviendo el hecho. No se necesita ir a mirar las escenas de las batallas filmadas por la compañía cinematográfica con la que Villa hizo acuerdos porqe Reed, con su excelente manejo de la crónica, nos sitúa en el mismo campo de batalla y nos permite tener una idea de las escenas muy apegadas a la realidad. Eso es algo admirable en su trabajo periodístico.
Valorar a estos personajes que permanecen tras bambalinas es hacerles justicia. El oficio del informador suele ser poco valorado. Los reporteros de a pie casi nunca reciben todo el crédito que debieran. A veces ni siquiera leemos el nombre del autor de una nota. El autor de un reportaje, un documental o una crónica ha hecho un recorrido, se ha informado, investigado, dedicado tiempo. Merece que revaloremos su quehacer sobre todo ahora cuando hay una crisis de credibilidad de los medios. Conociendo las peripecias de John Reed tal vez seamos capaces de cambiar nuestra percepción del oficio del periodista.
*María Elena Espinosa M. es alumna del Taller de Periodismo y Literatura en Trithemius.
Durante toda la historia de la humanidad han existido héroes, personajes que han roto con lo establecido y cambiado las formas. Por milenios, los seres humanos han admirado a estos y han intentado incluso apropiarse de su esencia de sus poderes. Robert Graves en “La Diosa Blanca” relata cómo en las leyendas antiguas aparece la figura de un Hércules, un rey sagrado pastoral cuyos poderes tienen que ver con los ciclos de las estaciones, la lluvia, los alimentos originados en la naturaleza, etc.
Graves dice que: “En el solsticio de verano y luego de un reinado de medio año, se le emborracha con hidromiel y conduce al centro de un círculo de doce piedras…alrededor de un roble y frente a las cuales hay un altar de piedra…” ahí tiene lugar un ritual en el que aquel héroe es sacrificado, su sangre es recogida y usada para rociar a todos los miembros de la tribu y hacerlos vigorosos y fecundos. Partes del cuerpo son consumidas por los 12 sacerdotes que participan en la ceremonia.
La ingestión de los restos de este Hércules tiene qué ver con la sucesión. El siguiente Hércules reinará durante la segunda mitad del año y a éste lo sucederá el Hércules del Año Nuevo. Es evidente que el mito enuncia la sucesión de las estaciones del año; sin embargo, la idea del héroe y la intención de apropiarse de su fuerza subyacen en el imaginario colectivo.
Actualmente no tenemos que realizar estas prácticas, pero, sin duda, en alguna etapa de nuestra existencia podemos anhelar apropiarnos de las características o las fortalezas de nuestros héroes con el deseo de corregir lo que a nuestro juicio es corregible o para instaurar, como en el tiempo de los Hércules, las condiciones para que la vida continúe de la mejor manera, para que el ciclo no se trunque o el camino no se pierda entre los obstáculos.
Probablemente si hurgamos en la Psicología encontremos referencias a esto en nuestro desarrollo, pero si hemos vivido lo suficiente podemos dar cuenta de que en alguna parte de nuestra existencia hemos anhelado ser como algún personaje, cercano o lejano, real o ficticio. Pienso que los primeros héroes son nuestros padres, tratamos de imitarlos, nos ponemos su ropa, sus zapatos en un intento de parecernos a ellos o, en otras ocasiones, se convierten en el modelo negativo que nos induce a decir: “yo no quiero ser como él o ella” y, entonces, en nuestra vida hay un hito y decidimos convertirnos en el que rompe con lo establecido, la oveja negra que se sale del rebaño.
Romper lo establecido significa desatar una revolución, palabra que según el diccionario de la RAE significa entre otras cosas:
1.- Acción y efecto de revolver o revolverse.
2.-Cambio rápido y profundo en cualquier cosa.
La primera revolución ocurre dentro de uno mismo. Cambios profundos se gestan a medida que vamos cruzando los diferentes estadios de nuestro desarrollo. Por lo general no los percibimos, pero suceden continuamente. Piaget diría que vamos “acomodando” nuestras estructuras.
Algunos nunca dejamos de romper con lo establecido. ¿Espíritus de contradicción? ¿Inconformes? Puede ser, según los ojos que juzguen, pero el inconforme siempre tendrá una justificación que lo mueve.
Precisamente estamos atravesando un ciclo de convulsión. Solo es menester echar una mirada a los actos que a diario se suceden en todo el mundo y encontraremos una o más formas en que los seres humanos manifiestan deseos de cambio, necesidad de romper las estructuras actuales con la consabida respuesta de aquellos que desean seguir en la comodidad y placidez de lo establecido.
En nuestro país celebramos un aniversario más de la Revolución que marcó un hito. Al recordar a tantos hombres y mujeres que participaron en ella durante un largo periodo del cual, al parecer, no se tiene una fecha exacta que pueda establecer cuándo terminó, la pregunta es ¿y yo qué he hecho por este país?
Esta pregunta sale del ámbito exclusivamente personal porque involucra la participación como parte de una sociedad, pero al mismo tiempo tiene que ver con ese impulso latente al cual me referí líneas arriba.
Somos seres sociales, obedecemos reglas de convivencia que nos permiten transitar dentro de esta sociedad, sin embargo, eso no quiere decir que todos obedecemos a ciegas o seguimos perpetuando lo que es erróneo, lo que ya no funciona.
Podemos incidir de muchas maneras en nuestra sociedad, ni siquiera es necesario ir tan lejos. Desde el humilde sitio como habitante de cierto lugar podemos hacer las cosas necesarias para provocar los cambios que se requieren para una mejor convivencia, desde ahí ya estamos revolucionando algo. También lo podemos hacer como profesionistas, sobre todo cuando se tiene un trabajo que incide en otros seres humanos.
A veces se puede ser revolucionario sin llegar a violentar el estado de cosas, mediante el razonamiento, el convencimiento, el ejemplo. Por desgracia sabemos que no siempre ocurre así. La mayoría de las veces hay una férrea resistencia al cambio sobre todo cuando se afectan intereses creados.
Uno puede ser inconforme nato, otras veces oveja del rebaño. La elección es nuestra porque saltar las normas no es tan fácil, pero tampoco es imposible. Las primeras batallas son las individuales. Ganarse a pulso la identidad, el ser, aunque eso involucre romper con los que amas. Asumir los errores y ganarse el respeto de uno mismo y ya estamos en dos pies, firmes para esgrimir la espada y lanzarnos al mundo.
¿Ser un sujeto de cambio está en los genes? ¿Por qué no conformarse con lo que nos tocó vivir? Hay un gusanito que horada la conciencia y nos dice al oído: ¡Dilo! Y ahí vas a enfrentarte con tus padres, con tus maestros, con tus compañeros, con tus líderes o tus gobernantes para hacer un cambio.
¿Qué nos anima? ¿Para qué preocuparse por lo que no te atañe? dice en la otra oreja el diablillo malévolo del conformismo. Pero ahí estás exigiendo un cambio, respeto a tus derechos, iniciando un movimiento para beneficio de tus vecinos, de tus compañeros, de tus alumnos. Al final de cuentas siembras para los que vienen detrás, para las generaciones que, sin darnos cuenta, ya están aquí y luchan sus propias batallas, inician sus propias revoluciones. Entonces dices: ¡así era yo! y hay un brillo en los ojos, el reflejo de aquella llama que se apagara contigo cuando cruces el umbral de tu existencia.
*María Elena Espinosa M. Es alumna del taller de Periodismo y Literatura.
Era 1921. Se le consideraba el año del renacimiento mexicano. La línea política marcaba los tiempos para la construcción del Estado posrevolucionario, enfatizando su cercanía al pueblo. No hubo mejor oportunidad que el centenario de la consumación de la Independencia.
Con Álvaro Obregón en la Presidencia, la estrategia era mostrar al pueblo y vincular al Estado y su propuesta nacionalista con los pueblos indígenas. Esto, según los historiadores, marcó el inicio del Estado cultural, es decir que las políticas públicas también pusieran atención a las artes y la cultura. Fue así como el arte popular se visibilizó y obtuvo su reconocimiento.
Esta parte de la historia del arte popular de México la conoce muy bien Margarita Barajas Zendejas, gestora cultural especializada en la riqueza artesanal del país. A través de una exposición en el taller de Periodismo y Literatura, la también socióloga acercó a las alumnas a ese legado que es mucho más que barro moldeado y que es urgente revalorar.
El 110 aniversario de la Revolución mexicana es ocasión adecuada para mostrar cuatro lecturas de una misma herencia viva hechas a partir de los conocimientos compartidos por Barajas Zendejas.
Conel alma en las manos
Mara Espinosa
¿Conocemos en verdad nuestro país? ¿Qué tanto sabemos acerca de los usos y costumbres de cada uno de sus pueblos, de sus habitantes, de sus tradiciones, de su cultura? Nuestra patria es un extenso mosaico donde cada rincón tiene su colorido propio. Cada uno de sus estados ofrece tal riqueza cultural que a veces no es posible conocerla por completo. Y es que conocer tiene que ver con cosas tales como: conocer a su gente, escucharlos hablar, probar sus riquezas culinarias, pasear, pero no para tomar fotografías sino para vivir cada lugar y luego recrear esas vivencias que se quedan en la memoria. Adueñarse con todos los sentidos del colorido, los olores, los sonidos, los sabores, el ambiente de cada lugar no es algo que podamos hacer tan fácil a menos que tengamos la suerte de permanecer lo suficiente.
Algunos de los sitios de mayor interés son los mercados, pues por lo regular es ahí donde se encuentra la mayor riqueza. Pasear por sus establecimientos es una delicia, sobre todo cuando el lugar es rico en manifestaciones típicas. Hay que adentrarse en sus pasillos hasta dar con esos puestos llenos de colorido y de la creatividad de nuestros pueblos.
Conocer la artesanía de un lugar es conocer a su gente. Los mexicanos somos un pueblo que se aferra a sus costumbres aunque hay que reconocer que muchas veces nos son por completo desconocidas.
Por eso se valora la conservación que se hace, sobre todo al interior del país, de esa parte cultural, ligada sobre todo a los usos y costumbres de cada pueblo, a su identidad. En ellos es donde se encuentra más vivo el uso y la creación de artesanías a diferencia del norte del país, donde la cercanía con los Estados Unidos ha permeado en las costumbres de muchos de los habitantes de esta región. Hay una marcada penetración mercantilista y una tendencia al consumo de productos y costumbres ajenas a las nuestras.
Al centro del país esta aculturación, por llamarla de algún modo, todavía encuentra algo de resistencia. En esos pueblos es más nuestro México con sus tradiciones y eso se nota hasta en la fabricación y consumo de gran variedad de productos artesanales.
Mientras para nosotros la artesanía pasa casi desapercibida o no es algo a lo que le demos la importancia necesaria porque “no son cosas que necesitemos” debido a nuestra forma de vida”, para los visitantes de otros países son objetos dignos de aprecio, incluso los consideran verdaderas obras de arte que gustosos exhiben como tesoros encontrados en sus viajes.
De acuerdo con Margarita Barajas, socióloga inmersa en el conocimiento de las artesanías del estado de Jalisco, es importante revalorar estas manifestaciones toda vez que contienen en sí mismas importantes valores intangibles. Más allá del valor utilitario como objetos, nos hablan de identidad, formas de vida, inspiración, técnica. Representan no sólo un objeto sino a sus creadores y amplifican el conocimiento que podemos tener de su historia y su presente.
No siempre se le dio su verdadera dimensión a la artesanía. Apenas en los años 20 se le reconoció como arte popular y se le confirió valor artístico. En los años 50 pasó a ser objeto de estudio antropológico. Personajes representativos de la vida cultural del México de esos años como Gerardo Murillo, mejor conocido como Doctor Atl, Jorge Enciso y Roberto Montenegro se ocuparon de la revalorización del arte popular.
La creación de una pieza de artesanía es un conocimiento que se transmite de padres a hijos. Hay comunidades enteras dedicadas a crear determinado tipo de artesanía. Aún los mismos utensilios tienen su sello característico, su técnica particular. Es así como nos enteramos que hay diferentes clases de, por ejemplo, utensilios de barro. Sí, porque hay que saber distinguir entre ramas y familias de artesanías. La forma en que se elaboran hace la diferencia, de tal modo que no es simplemente una olla de barro, sino que puede ser de barro bruñido, canelo o bandera y que ese nombre determinará la técnica para su elaboración así como el acabado que tiene la pieza. También hay que saber si está hecho con greda o esmaltado y si ese esmaltado está libre de plomo.
La conservación de estas técnicas es una especie de resistencia cultural. Los artesanos siguen utilizando las mismas formas de hacer que sus ancestros a pesar de los intentos por industrializar su producción. Al decir industrializar pensamos en procesos de fabricación de piezas destinadas a surtir un mercado cada vez más demandante, procesos en los que las piezas perderán su integridad, su personalidad, su autenticidad. No es lo mismo fabricar en serie que acariciar el barro para moldear una pieza. Aunque ésta sea igual a las otras en su forma, o esté destinada para los mismos usos, algo de la creatividad, de los sueños o del ludismo del artesano queda plasmada en la obra dándole un carácter único porque el proceso de construcción es, al mismo tiempo que un trabajo, un goce y le confiere a la pieza esa gracia que no tienen otros productos que sirven para lo mismo.
Y es que usted tome en sus manos cualquier artesanía, un jarro, una taza, una cuchara de madera, un juguete, etc., aunque esté junto a otros semejantes a él siempre encontrará un rasgo distintivo que, me atrevo a decir, es el alma de la pieza y esa alma, no se logra con una máquina que fabrique en serie. Tener en las manos una artesanía es tocar el alma del artesano. Tocar sus sueños, sentir vibrar en la pieza la pasión puesta en ella, el amor con que fue creada.
Fotografía de Pablo Márquez Cervantes
Guardiana de un legado
Vania Coria Libenson
A través del arte y sus expresiones nos vemos, nos narramos, alcanzamos la inmortalidad. Es en el hacer estético elaborado con técnica, que alcanzamos lo sublime y nuestra terrestre identidad. Y con el paso del tiempo, como les pasa a las calles, a los edificios, a los rostros y a la naturaleza misma, hay rasgos que simplemente se pierden, se van.
Quien custodia el arte, asegura nuestra prevalencia. Quien estudia, conoce, difunde y conserva el ADN de las piezas artesanales, nos mantiene vivos después de muertos. Y para la artesanía jalisciense, Margarita Barajas es más que solo una defensora y promotora; ella es guardiana y portavoz de la lucha por preservar el legado de cientos y cientos de años de tradición, con la visión y transformación de procesos necesarios, para avanzar junto a las nuevas formas, y asegurar su futura permanencia.
Fue apenas en los años 20, cuando se rescató la producción indígena y se revalorizó la estética popular. En ella se imprimían desde el inicio la historia, identidad, ideales, formas de vida, pueblos enteros y valores culturales intangibles que la hicieron herencia viva. Son los años 50 quienes verían logrado el valor antropológico del arte popular en una exposición de los trabajos de poblaciones indígenas, el valor histórico se les sería reconocido, y su difusión internacional vería la puerta. Son estas décadas, a manos de personajes como el Dr. Atl, las que darían el foco correcto a la alfarería, artesanía y cerámica mexicanas.
Las artesanías nos hablan de nosotros. De quiénes fuimos, de dónde venimos. Son más que un trabajo hecho a mano; son un producto de identidad cultural comunitaria que transmite de generación en generación no solo imágenes y utilidad, sino beneficios de índole psicológico, de relajación y trascendencia.
Según la región del país de donde vengan las piezas y las técnicas, los trabajos artísticos se distinguen. Arte wirrárika, vidrio soplado, barro horneado, alfarería y hasta el sincretismo tras la Conquista, cada pieza lleva en su más diminuta arena el ser de los pueblos y etnias mexicanas. Pinceles hechos de cabellos de mascotas y pinturas hechas con tierra. La tierra de la que vienen estos grandes maestros del arte popular.
Dentro de este recuento de antepasados y olor a tierra mojada, habita un triste peligro: la extinción. Varias transformaciones han sufrido los procesos de elaboración de las piezas artesanales sin renunciar a su integridad y valor: implementación de materiales de poco peso, grecas en los dibujos, regulación de temperaturas y nuevos moldes, técnicas de oriente adaptadas, cerámicas tipo corcho y hornos que dan texturas de madera. Todo esto buscando una gama más amplia de comercialización, que dé a conocer mundialmente nuestras creaciones y genere un modelo sustentable para las familias que por generaciones, desde los abuelos hasta los niños, se dedican a esta labor. Pero no ha sido fácil, ni suficiente para mantener la competitividad que les permita seguir.
Las grandes demandas no pueden ser abastecidas con los procesos manufactureros actuales, y el ceder ante la propuesta de maquinarias y estandarización de métodos, asustan a los fabricantes actuales por miedo a perderse en la tecnología y dejar de tener en cada pieza una pincelada de legado ancestral. ¿Pero, qué hacer entonces? ¿Cómo preservar parte del proceso creativo y las técnicas, y al mismo tiempo adaptarse a los cambios y necesidades de un mercado en constante movimiento y necesidades evolutivas, incluso en piezas no sólo funcionales sino decorativas?
Margarita lo sabe. Está alerta y trabajando en mantener estos bienes intangibles tanto como las cualidades útiles y funcionales. Conoce las historias y la importancia de mantener vivas las tradiciones y legados. Pero también ve el mundo y es consciente de la imperante llamada a la modernización y evolución, para no quedarse atrás. Para evitar un suicidio colectivo so pretexto de preservar las más orgánicas formas de hacer las cosas.
La Dirección de Fomento Artesanal del estado de Jalisco registró cerca de 10 mil 700 artesanos, y en ello va la apuesta de ayudarles a mantenerse vigentes, seguros y parte de la historia de nuestro México. Y hay mucho más que se debe hacer. El reto no es sencillo. La apuesta es alta. Y necesitaremos más que solo visitar Tonalá o Tlaquepaque los fines de semana. Nuestra parte deberá incluir la valoración de las piezas, el conocimiento de las técnicas e historias, y la difusión y defensa de lo que como pueblo hemos creado. La guardiana necesitará un ejército de custodios comprometidos, promotores orgullosos y representantes conocedores del origen y fin de nuestra grandiosa y vasta artesanía mexicana.
Fotografía de Pablo Márquez Cervantes
Las artesanías y las manos creativas que le dan vida
Graciela Soto
El talento creativo permanece latente hasta que hay manos y mentes inspiradas que le dan vida.
En paredes, vitrinas y anaqueles de los pueblos artísticos se encuentran las obras de los artesanos; son productos con una historia para contar que se remonta a un pasado en el que la creación tuvo su origen entre piedras, barro, textiles, cuentas, hilos, madera, pintura y otros materiales del entorno.
Benditos los pies de quienes recorrieron este país para ir conociendo la riqueza cultural de cada sitio y encontraron sus emblemas. Roberto Montenegro, el Dr. Atl y Jorge Enciso, promotores del arte popular, sabían lo que valía cada objeto, lo que había costado su elaboración, el tiempo necesario para darle vida. Así, con sus propios ojos y tocando, sintieron la textura y percibieron el calor de los sarapes o admiraron las pinturas en las lozas y cerámicas de Puebla, percibieron la fragilidad de las jarras y vasos de vidrio soplado, enmudecieron con la forma de los objetos del barro negro o de los minúsculos diseños de filigrana de plata en Taxco.
Fueron muchos días y noches para construir un testimonio vivo del inventario artesanal de este gran país. Había que dejar atrás una dictadura que pesaba sobre los hombres, había que dejar atrás la pobreza de ser jornalero endeudado o sin futuro. Es después de la Revolución que se quiere recuperar el arte popular y eran los años 20. La tarea de Montenegro, Atl y Enciso era formar una exposición de arte popular con motivo de los festejos del Centenario de la consumación de la Independencia.
Son los materiales de la región los que se transforman con la mística de una cultura para dar identidad a través de múltiples objetos que no son manualidades, son arte elaborado con la herencia ancestral de generaciones. Representan a ojos que aprendieron observando a los ancianos, a manos que fueron guiadas buscando la originalidad y el perfeccionamiento del proceso. Ese arte simboliza a los cuerpos inclinados sobre el barro que moldea al hombre y lo hace más fuerte, lo hace inclinarse sobre la tierra y recibir su energía, y a su vez, este hombre moldea la figura del cántaro o la vasija que saciará su sed y más tarde podrá ser una pieza de museo que hable de cómo fue toda su historia.
Estamos llamados a ver atrás de la pieza, en donde se encuentre, ya sea en un lugar en el que se pone a la venta o en una exhibición. Detrás de ella hay un artesano y artista que puso tiempo de vida para ello, sus cualidades mágicas nos enseñan que la producción es muchas cosas a la vez:
Identidad y cultura.
Símbolos que hablan de sus valores y sueños.
Ironía que comunica.
Inspiración sublime reflejada en la obra.
Utilidad en la vida práctica.
Decoración de los espacios cotidianos.
Es una mirada del entorno ya que reproduce alguno de sus elementos.
En Jalisco existe riqueza en su inventario artístico y es una mujer, Margarita Barajas Zendejas, gestora museográfica, colaboradora del ex Instituto de la Artesanía Jalisciense, pide resaltar el arte como parte de las cotidianeidades, luchar por recuperar historia, enseñar a los niños para que conozcan y aprecien lo que vale en vida y en tiempo el trabajo que se hace con las manos y la corazón, para que opongan resistencia cuando un gobierno estatal desaparece así como así un instituto como este, para que el arte sea parte vital y no accesorio utilitario y mercantilista.
Fotografía de Pablo Márquez Cervantes
Sobre la artesanía en Jalisco
Magdalena Dueñas
Asomarse al mundo de las artesanías es como dar un paseo por la historia y cultura de cada región de un país. Y cuando se hace de la mano de un conocedor y apasionado del tema, es como sentirse “iniciado” en el descubrimiento de la riqueza de materiales y técnicas utilizadas para crear esos artículos que admiramos, aún sin saber lo que hay atrás, pero sobre todo para valorar más a los artesanos, verdaderos artistas, cuyo trabajo es producto de conocimientos ancestrales.
Margarita Barajas Zendejas, licenciada en Sociología, y con amplia experiencia en gestión cultural y museográfica, actualmente enfocada al análisis del impacto de programas sociales, culturales y de políticas públicas, desde la perspectiva del modelo de ecosistema de innovación social, comparte algunos de sus conocimientos y experiencias sobre la artesanía jalisciense, en una charla amena y magníficamente documentada.
¿Artesanía o Manualidad?
No por ser fabricado a mano entra en la categoría artesanal, pues para ello se requiere que el objeto tenga una identidad cultural comunitaria, cuyo proceso manual sea auxiliado con implementos rudimentarios y con materiales generalmente obtenidos en la región donde habita el artesano. Es un oficio, una industria creativa.
Un poco de historia
En México, como producto del primer Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en 1940, se determinó salvaguardar y perpetuar las culturas indígenas del continente creándose lo que a la postre se convirtió en el Instituto Nacional Indigenista. Finalmente, en 1951 surge el Museo Nacional de Artes e Industrias Populares, de gran importancia para la artesanía, pues además de albergar colecciones de arte popular, se iniciaron diversos programas para promocionar comercialmente los productos, así como orientación respecto a técnicas para reducir el tiempo invertido en la fabricación, tomando en cuenta que los artesanos obtienen el sustento económico de su trabajo.
En Jalisco, abre en 1954 el Museo Regional de la Cerámica de Tlaquepaque, y en 1963 inicia la construcción de la Casa de las Artesanías de Jalisco, buscando el desarrollo y perfeccionamiento de productos y herramientas.
Margarita Barajas es coautora y coordinadora editorial de un magnífico libro, titulado “Artesanías, una fusión de vida y cultura”, publicado en 2009 por el entonces Instituto de la Artesanía Jalisciense, con motivo del 45 aniversario de la Casa de las Artesanías, en el cual podemos encontrar no solamente información sobre el origen, desarrollo y técnicas artesanales de nuestro Estado, sino estupendas fotografías de diversas colecciones, además de una interesante descripción del proyecto y construcción de la Casa de las Artesanías, en el que se cuidó de forma especial la utilización de materiales representativos del trabajo artesanal.
Panorama actual
La experta comenta que actualmente existen 10 mil 700 artesanos registrados en 30 municipios productores. Jalisco se destaca en diferentes técnicas como la cerámica, metalistería, lapidaria, arte indígena y textiles.
Detallar cada una de estas especialidades y las diferentes regiones del Estado en las que se trabajan sería tema para un artículo mucho más extenso. Aquí nos limitamos a algunos datos interesantes de la exposición.
Por ejemplo: Todos sabemos que Tlaquepaque es famoso por artesanía; sin embargo, desconocemos que antes de la Colonia, era considerada tierra de brujos. Al llegar la influencia colonial se crea un sincretismo cultural, y de ahí surgen formas tan originales en las que se mezclan figuras fantasmagóricas de animales-hombres y otros símbolos que el artesano plasma en sus creaciones.
Un ejemplo podría ser la obra de Candelario Medrano (1918-1986) de quién se cuenta que sus figuras de leones o nahuales con cara de hombre, eran producto de sus sueños. Para esas figuras se utilizaba la técnica del barro betus, decorado con mezcla de huevo y aceite de pino. Actualmente ya no se usa esa técnica, sustituyéndose por otros materiales, pero el trabajo de Don Candelario continua vigente en sus hijos y nietos, quienes siguen elaborando objetos surrealistas.
Aun cuando el origen de la alfarería se remonta a la época prehispánica, tomando en cuenta que surgió a partir de que el hombre requirió cocer los alimentos, trabajándola para satisfacer necesidades domésticas, al paso del tiempo tuvo , como otros oficios, una evolución al buscar mayor dureza y resistencia para sus utensilios, y por la misma naturaleza creativa del ser humano, pasó a decorarlos, a buscar nuevos estilos , razón por la que existen en la actualidad tan interesantes variables como la “loza de agua”, cerámica brillante y tersa que todos conocemos de vista sin saber que se llama “barro bruñido” ( tallado con pirita y agua), “barro canelo” (piedra de río y cebo), “barro bandera” (se distingue por sus colores) o que el “barro engretado” lo trajeron los españoles y la técnica incluía metales pesados, lo cual se ha resuelto en la cerámica gracias a materiales que no causan daño a la salud al utilizarlos como artículos de uso cotidiano.
Otra técnica muy famosa es el “petatillo” estilo tonalteca, elaborado con fuego, barniz, o engretado. Es un trabajo delicado, y se denomina así por la fina y milimétrica retícula la que sedecora el fondo. Las piezas son muy apreciadas por las hermosas figuras de animales y plantas decoradas con puntillismo, y requieren una gran maestría para su fabricación.
La cerámica moderna ha tenido influencia de artistas innovadores que han dejado su huella en el estilo de decorar, como el Ingeniero Ortiz que, en los años 50, con la introducción de la cerámica tipo “corcho”, dio un toque distintivo a las piezas de alta temperatura, logrando inclusive una mayor ligereza.
Instalado en Tonalá en los sesentas, el neolonés Jorge Wilmot comenzó a experimentar con nuevas formas de cerámica como objetos de ornato, con la idea de mezclar diferentes influencias, preservando las tradiciones, pero con realmente valiosas en la técnica y el estilo. A él se debe la introducción del gres y la utilización de hornos de gas a gran escala. En su trabajo se distinguen pájaros, flores, águilas de dos cabezas y soles multicolores. Su influencia ha sido enorme en ceramistas mexicanos y extranjeros.
Sería imposible conocer en una charla la variedad de artesanía que Jalisco aporta al arte mexicano, pero es reconfortante saber que existen expertos como Margarita Barajas con ese interés por preservarla, apoyando procesos de innovación que permitan a los artesanos continuar con su oficio y lograr la permanencia de los productos elaborados por ellos en la vida cotidiana de la sociedad.
Esta charla ha sido no solamente instructiva, sino la oportunidad de abrir una ventana más al asombro por la creatividad del ser humano.
“El escritor reconoce la literatura como un destino”, a ella debe llegar irremediablemente, sus caminos son todos los caminos y todas las palabras; le sirve y se sirve de ella, camina por sus significados y sus signos. Las palabras le van dando vida hasta colmarlo, y de ese estado de plenitud brota, crea.
El interior lo nutre, lo aviva, le otorga movimiento, lo hace oscilar entre recuerdo e idea. Dentro de él se remueve la palabra y sus significados todos. Ahí se va gestando la obra como la vida, ya lo decía Artaud que la vida y la obra son la misma cosa. Para ser debe dejarse “Fluir en ríos metafísicos”, ser agua, dejar que las formas líquidas de los pensamientos y las ideas vayan dando cauce a su vida, hasta que el cuerpo ya no pueda contener nada, ser presa del desasosiego. Crear implica dejar de ser uno para ser todo.
El escritor debe habitar “La casa de los semejantes”, encontrarse en ella como en un espejo, saber que existen coordenadas parecidas a las de él, vislumbrar paralelismos de ideas y emociones, reconocerse en los otros que habitan espacios similares. Debe saberse como un igual, ahí radica la unicidad, el ser único, en el descubrimiento de lo similar con el mundo.
El-ser-dentro es un movimiento perpetuo, uno debe ir constantemente al adentro, dejarse caer al fondo de sí mismo, buscar en el río de palabras y símbolos que corre en nuestro interior, ser río y fluir hacia esos abismos a veces irreconocibles, a veces intestinales, y salir de ahí siendo UNO.
En el-ser-dentro la vida se revuelve, se enloda, y de esa masa de idea y vida surge la palabra. La mirada del escritor ya no será la misma, ahora sabe cómo ver entre la espesura, sabe como caminar entre los pantanos de significados, ahora sabe cómo desenterrar la palabra de su pozo acuoso y dejarla fluir en el mundo, sabe que ha de servirle (a la palabra) porque es su destino irremediable.
Este texto surge de la clase en línea “La mística de la escritura”, como parte del taller de Fundamentos Literarios:
Ante la reciente noticia de que mi amigo Raúl Aceves ganó el premio Jalisco de Literatura 2020, podría enlistar su abundante obra poética, ensayística y de investigación, como referente irrefutable para tal nominación, pero seguramente muchos se encargarán de hacer esta lista con lujo de detalle, yo prefiero contar del gozo de su amistad, y de la magia que su presencia derrama.
Conocí a Raúl en los albores del siglo XXI. Nuestra amistad fue alimentada por incontables tertulias en un café entonces llamado “La Selva”. Los miércoles, un grupo variopinto de inquietos artistas nos reuníamos en torno a Raúl, que parecía un sol imantando con su bonhomía, su sapiencia y su alegría. Fueron varios años en que Raúl no faltó a la cita, llegaba casi siempre con un morral lleno de tesoros, libros que repartía con alegría de niño perenne. Le debo, no sólo su acompañamiento en mi aprendizaje literario, gracias a nuestras charlas o a los libros que me regaló; le debo el ejemplo que me dio su prudencia, su cuidado en la palabra, la ausencia de juicio en sus comentarios, y la sencillez entrañable con la que atiende a todos los que se le acercan.
Raúl Aceves y Yolanda Ramírez Michel en el café La Selva de Guadalajara
La Selva cerró, yo me mudé a Ajijic, y las tertulias se cambiaron a otro café. Si hay algo que extraño en medio de este paraíso que es la ribera, son esas tardes cerca de él.
Pero la amistad y la admiración es algo que no se acaba con la distancia, y menos cuando los amigos siguen sembrando sus parcelas con bienes.
Hay en Raúl un chamán, un poeta, un sabio, un visionario, un místico, un maestro alegre y comprometido, un filatelista entusiasta, un lector incansable, un investigador comprometido con sus obsesiones, un amigo fiel, un hijo que honra, un niño eterno, un risueño contertulio, un creativo periquetero, un consejero lúcido, un psicólogo natural, un referente de las letras que son fieles al numen. Quien no conozca a Raúl podrá pensar equivocadamente que exagero. Quien lo conoce sabe que me he quedado corta.
Para terminar, quiero contar una anécdota que podría parecer salida de un cuento de hadas, pero que me sucedió a mí, y que no dejo nunca de narrar con la alegría que da el milagro:
Impartía mis primeras clases de mitología, y para cada tema debía contar con material bibliográfico que sustentara mi clase. Me habían pedido que incluyera en el currículo mitología africana, pero no tenía suficiente información y preferí negarme. Sin embargo, la espinita quedó… y fui al Fondo de Cultura Económica, a ver si encontraba algo… (en toda la librería andavete del tema). No obstante, ahí estaba Raúl, sentado en el café del Fondo. No era día de tertulia, ni lugar para el encuentro semanal. Me alegró verlo, lo saludé con entusiasmo y me dispuse a acompañarlo mientras se tomaba su café. En su regazo reposaba, como siempre, su morral mágico.
-Traigo aquí algo que pienso que podría gustarte- me dijo con una sonrisa curiosa, mientras sacaba un libro con el lomo quemado. -Es un libro que se salvó de un incendio, por eso está quemado.
Tomé el libro, en la portada rezaba: Tchicaya U Tam Si, Leyendas Africanas.
Sí, Raúl también es un mago.
Página interior del libro que me regaló Raúl Aceves
Desde hace cinco mil años la literatura ha servido como reflejo de nuestras más profundas inquietudes. La narración más antigua de la historia, el Poema épico de Gilgamesh, tiene como eje central la inquietud del hombre ante la muerte. Quedó constancia de ello en doce tablillas de arcilla, descubiertas bajo las arenas del desierto, en 1847, con el hallazgo de la biblioteca del Rey Asurbanipal.
La literatura es hechizo infalible para alcanzar una especie de triunfo sobre la muerte. No sólo para el autor, sino para los personajes de los libros. Gilgamesh, protagonista del poema sumerio que asombró a los estudiosos del tema cuando se descifró, fue inmortalizado mediante la escritura cuneiforme. Tal vez dentro de la historia no se cuenta que logró alcanzar la inmortalidad, pero el hecho de que hoy lo recordemos implica en mucho que sigue vivo. Una vez atravesado el umbral por donde las almas se convierten en recuerdo, sólo la literatura salva del olvido.
El vinculo literatura-muerte parecería forzado a simple vista, quienes leemos sentimos más bien que sumamos vida a nuestra vida. Quienes amamos los libros no dudaríamos en defender la literatura como un vitalísimo monumento humano, y sin embrago, la mayoría de esos libros amados son voces que nos llegan de lejanos días y distantes reinos, los más, silenciados para siempre por la muerte, aunque sean cantados con insistencia por los vivos.
Como evidencia de eso que, siendo muerte, es vida, les dejo un fragmento de un escriba de la antigua Bablionia, Sîn-lēqi-unninni que hoy podemos conocer gracias a que la literatura ha vencido a la muerte una y otra vez:
¿Hacia dónde estás corriendo [Gilgamesh]?
¡La vida que persigues no la encontrarás (jamás)!
Cuando los dioses crearon a la humanidad
ellos reservaron la muerte para el hombre,
la vida (eterna) conservaron en sus manos.
Por lo que a ti respecta, ¡llena tu estómago!
diviértete día y noche […]
¡Contempla tiernamente al niño que te coge de la mano
La palabra se revuelve dentro, va conformándose poco a poco, sus signos se unifican hasta formar una masa cargada de símbolos que la dotan de sentido. En su interior se enfrentan significado y símbolo. Hemos entendido que el significado vive fuera de nosotros, es un ente social que pareciera tener vida propia; el símbolo, por lo contrario, nos habita, se aloja dentro y nos confronta con lo social, nos jala hacia nuestro fondo para comprender. De ahí surge el sentido, de una “no comunión” entre lo que se piensa (significado) y lo que se siente (sentido). Esta confrontación nos hace elegir.
La palabra se vuelve idea que poco a poco va poblando todo, nos llena el cuerpo para luego derramarse por las calles. Transformar en símbolo la palabra es una metamorfosis necesaria para entender la muerte y la vida. Vida que transcurrimos sin sentirla. En realidad, es la muerte la que nos permite dotar de sentido todas las cosas que nos rodean, gracias a una especie de relación de posesión-desposesión. Cuando nos sentimos faltos de, desposeídos de la materia y de la sustancia, es ahí que todo comienza a cobrar sentido, comenzamos a sentir la urgencia de tener, de poseer. Cuando escuchamos la palabra muerte aflora nuestra falta de vida, comenzamos a dotar de sentido a lo que nos rodea debido al miedo a perder o no estar en situación de posesión.
Entonces, la idea comienza a separarnos de la palabra y su sustancia, la palabra en el origen era divina, contenía a la carne y a la sustancia, se mezclaba entre los dioses y los mortales, era puente que nos permitía conectar con el fundamento, la palabra fue génesis al entenderse como símbolo de todo lo que existe y se piensa. Quien aprende a conciliar el significado con el símbolo aprende a habitar la palabra, aprende a perder el miedo a la muerte y su hado impecable. Aprende a vivir según los símbolos y la carne.
Saber el sentido de la vida significa saberse en completa desposesión, saberse parte de la palabra; habitante y habitáculo. Somos la palabra y fuera de ella. Somos origen y muerte, en la palabra está contenido el símbolo, y es éste el que la soporta, basamento de todo lo que se entiende.
Nos hemos alejado de la palabra y es hora de regresar a ella a través de los símbolos que fluyen entre nosotros.
Después de leer el clásico infantil “La sirenita”, del autor Hans Christian Andersen, reflexioné sobre los cambios que Walt Disney hizo a la versión original del cuento. Asombrada, encontré una curiosa relación entre la sirenita de Andersen y las jóvenes anoréxicas de nuestro siglo. La protagonista de este cuento bien podría ser hoy en día una de las esqueléticas damitas que desesperadamente, y a costa de lo que sea, comercian con lo más valioso que poseen: su salud. Así como la joven con piernas de pez entregó su voz a cambio de mutar la forma original de su cuerpo, ellas pierden su vida en el altar de la moda.
Si recurriéramos más a menudo a las versiones originales, los niños y jóvenes no se verían privados de los mensajes que tales obras contienen. La heroína del cuento de Andersen, mas no la de Walt Disney, no consigue el amor del príncipe, él quiere a la sirenita como a una hermana, pero está enamorado de una joven princesa. El final es totalmente distinto al que la mayoría de nosotros conocemos gracias a la pantalla grande: la sirenita, al ver que no podrá conseguir el amor del príncipe lamenta su destino recargada en la baranda del barco donde se acaba de celebrar la boda de los jóvenes enamorados. Al salir el primer rayo de sol ella morirá; como no posee un alma inmortal se perderá en la nada. Entonces, sus hermanas aparecen y le entregan un cuchillo con el que debe matar al príncipe para seguir viva. Sin embargo, la sirenita no puede matar al hombre que ama y prefiere morir; esta buena acción la convierte en una hija del aire que al paso de 300 años obtendrá, al fin, un alma inmortal, fruto notablemente superior. Esta versión tiene un contenido simbólico que nos lleva a reflexionar: si la mujer sacrifica su salud para conseguir un fin estético, saldrá perdiendo. El final de Walt Disney, a mi modo de ver, crea una imagen irreal y fantástica que favorece el desarrollo de las falsas ilusiones en muchas niñas y jóvenes. La sirenita cinematográfica rechaza su forma original, como las jovencitas, y entrega a la bruja su voz (su fortaleza), esto hace que consiga el amor. En cambio, para Andersen, es importante mostrar una heroína que, al aceptar su fracaso, alcance un mayor nivel de conciencia… para la hermosa pelirroja de caricatura, no existe experiencia enriquecedora.
El final para las sirenitas de nuestro siglo es parecido al de la hija del mar de Andersen, y al igual que ella, su salvación no se encuentra en alterar su imagen, sino en encontrar la manera de aceptarse a sí mismas.
Sería bueno leer nuevamente esas entrañables historias que ayudaron a otras generaciones a superar muchos procesos de crecimiento, la pantalla grande tiene una limitación, no puede contarlo todo, y nosotros debemos rescatar los tesoros hundidos en el fondo del mar.
No nos lo esperábamos, que los niños iban a dejar el salón de clase, que ya no podrían platicar entre ellos armando escándalo o distrayéndose de lo que la maestra intenta explicarles tan esforzadamente. No nos lo esperábamos. No sé qué bienes y qué males se esconden en la modernidad, sé que siempre hay estrellas en la noche y que siempre hay dones tras alguna calamidad. Pero los niños…
Los niños que ya de por sí no salían a jugar, raptados por las diversas pantallas abductoras, ahora ni siquiera hay recreo, ni clase de arte ensuciándote las manos, ni cantos corales.
Hace tiempo que muchos padres de familia habían intentado el Home School. Inconformes con las limitaciones de un sistema de enseñanza basado en el encierro en un salón, y en la imposición de contenidos que no logran enteramente contactar con los niños. Algunos lo lograron, y se volvieron responsables directos de los contenidos académicos, y de su asimilación para el entendimiento de un mundo más pleno. No obstante, esos padres que enseñaban en casa no lo hacían para meter a sus hijos en la pantalla, sino para que contactaran con el mundo y la ciencia vital más directamente que a través de libros de texto o de programas académicos obsoletos. Quiero suponer que Home School no intentaba ser sinónimo de clases en línea, y que más bien era: hacerse cargo de la educación cuando no se está de acuerdo con las limitaciones del sistema escolarizado.
En estos tiempos, la escuela se ha mudado a las aulas virtuales, pero aunque le llamen Home School, no lo es; los contenidos llegan a través de una pantalla… ¿Es posible que nuestros niños conozcan el mundo así? No lo sé, yo soy amante de los libros, y he conocido el mundo a través de sus páginas, y también lo he conocido ahora por la mucha información disponible en internet, pero algo me huele mal en esto de que los niños sientan que sus compañeros son cuadritos en la pantalla…
Hoy, platicando con mi hija acerca de este tema, me comentó que ciertamente hay mucho por lo cual podríamos quejarnos, pero que también hay cosas buenas, uno de los bienes que ella ha descubierto es que se ha podido dar cuenta de cómo es su hijo a la hora de clase. Lo observa trabajar y relacionarse con sus compañeros, aunque sea a través de este salón virtual las maneras de cada niño salen a la luz.
Los hijos nos hacen ver la vida de otro modo, se rebelan contra atavismos y traumas ancestrales, resuelven de manera distinta sus contratiempos, y si tenemos suerte, intentan ver los bienes, en lugar de concentrarse en los males, que de todos modos son inevitables.