Tierra Colorada

Desde el 2012, Trithëmius Talleres Literarios ha sido casa de quienes albergan la esperanza de convertir sus palabras en libro. El amor por la literatura los ha llamado para dejar su huella en el papel, saben que la danza creadora de un lápiz no es inocente, y cada elemento de un texto, en el lugar adecuado, puede lograr lo que todo el que se dedica a contar historias desea: no dejar al lector indiferente.

Hoy, la comunidad vuelve a ser testigo del alumbramiento de otro hijo de papel con la
publicación de Tierra Colorada, de Iván Alatorre Orozco, como parte de la colección de
historias que Trithemius aporta a la editorial Salto Mortal.

Por aquí te dejamos toda la información de Tierra Colorada, que podrás adquirir próximamente en la tienda en línea de la editorial Salto Mortal:
https://www.editorialsaltomortal.com/tienda

Sinopsis
Para Leonor sus primeros ocho años de vida fueron un reino de dicha. Hasta que se enteró
de la enfermedad terminal de su madre. Aquel acontecimiento abrió la puerta a un
sombrío futuro, que la obligó a enfrentar una lucha contra ella misma y sus circunstancias.

Con el paso del tiempo, los libros, que habían sido ya en su infancia amigos entrañables,
volvieron a ella y la llevaron a sus reinos como a una tierra que promete curar las heridas.

La tierra prometida de la protagonista se ubica dentro de los terrenos de una granja en
Arandas, ahí el amanecer y el ocaso juegan en total armonía, ahí el frío se acurruca con el
cobijo del primer rayo de sol de la mañana; ahí no se le escatimaron a Leonor las palabras
de aliento, ni el abrazo de la tierra colorada de los Altos de Jalisco, que se encargó de hacer
el resto.

Sobre el autor
Iván Alatorre Orozco (Zamora, Michoacán, 1975) demostró desde muy temprana edad su
interés por la lectura y la escritura. Ha escrito poesía, cuento y ensayo. Ha publicado en
una veintena de países. Ha sido galardonado en Uruguay y Argentina por dos de sus
trabajos en certámenes literarios internacionales. Con notable entusiasmo se ha dedicado a
contar historias, dirigidas tanto a niños como a jóvenes y adultos. Tierra Colorada es su
primera incursión en el mundo de la novela.

Tanto para Iván como para la protagonista (Leonor), los libros significaron una especie de
salvavidas, una oportunidad para sacar a flote su propia voz, que al ser escuchada logra
reconocerse en el espejo del otro, descubriendo así su propia humanidad.

Yolanda Ramírez Michel y su trayectoria por las letras

¿Te has preguntado quién está detrás de Trithemius?

Detrás de Trithemius hay una poeta, ensayista, narradora, maestra, editora y promotora de lectura. Nuestra directora, Yolanda Ramírez Michel, tiene 13 obras publicadas por varias editoriales, nacionales e internacionales, que abarcan literatura para jóvenes y niños, poesía, ensayo, cuento y novela.

Aquí te compartimos su sorprendente trayectoria. También puedes navegar en su página: http://www.yolandaramirezmichel.com o checar su CV




Yolanda es poeta, ensayista y narradora mexicana; Doctora Honoris Causa en Ciencias de la Educación por la Universidad Santander. Especialista en Mitología Comparada y Hermenéutica. Es una entusiasta promotora de lectura, conferencista y docente. Fue becaria del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes en 2011, Maestra de Mitología y Clásicos en SOGEM durante varios años; fundadora de la comunidad cultural Trithemius Talleres Literarios, y directora de publicaciones de la editorial Salto Mortal.

Sus obras publicadas son: El gran niño, electrones de un sueño, (El viaje ediciones 2005/ Progreso 2008); Jacinta, (La Zonámbula 2008); La maestra Milagros (Progreso 2010/ Panamericana 2015); Palingenesia (C&F ediciones 2011); Los mitos del alba, (CECA 2011); Grimori Mundi (Salto Mortal 2013); Litterae (Salto Mortal 2014); Todos somos Magos (Edelvives Progreso 2014); El Tarot de don Quijote (Salto Mortal 2015); El Oráculo de don Quijote (Salto Mortal 2016); el Manifiesto Luminista (Salto Mortal 2017); Crónica de una reparación vital (Salto Mortal 2018); y Nimué la dama de los cuentos (Panamericana 2019). Coordinó la antología de cuentos para jóvenes y niños Submarinos de papel I y II (2009 y 2010 respectivamente), Actus Magno, los conejos también escriben (2011), Los cuentos de la calle Lux (2012), Fiestas de Yule (2013) y Nuevas Fiestas de Yule (2016).

Entre sus propuestas más lúdicas está El Tarot de don Quijote, un libro-juego para acercar a los lectores, mediante la vía del Tarot, a la sabiduría del Quijote. En Litterae leemos la poética de la autora, y su homenaje al verbo. Los mitos del alba es un poemario resultado de la integración de sus investigaciones en torno a la mitología comparada; Grimori Mundi nos lleva de la mano por versos que exploran imágenes desde la primera explosión cósmica hasta la mitología judeocristiana que se asentó en el imaginario colectivo de nuestra civilización, ambos poemarios nacen a partir de la constante investigación que Ramírez Michel realiza en mitología comparada desde el 2007. Jacinta y Palingenesia, suman un tratado hermético en prosa poética acerca de la regeneración cíclica del ser humano. El Manifiesto Luminista (2017), ensayo poético, conmina a todos a entregar su granito de arena para la renovación mundial. Crónica de una reparación vital (2018) refiere la etapa donde la autora se enfrenta a una enfermedad y sale renovada de la experiencia.

En su obra para el público joven Yolanda no deja sus temas favoritos, pero los enriquece con imágenes nuevas, El gran niño, electrones de un sueño, es una historia que intenta mostrar a los lectores (de cualquier edad) que la literatura es una patria para sembrar los sueños; Todos somos magos es un libro-álbum que cuenta, en forma alegórica, acerca del mago que mora en cada uno de nosotros; y lo hace mediante un viaje simbólico por la aventura cotidiana. La maestra Milagros nos muestra esa misma patria (la de los libros) de la mano de una maestra mágica que vuelve cada clase una aventura en el interior de un libro; Nimué, la dama de los cuentos da seguimiento a la dinámica de acercar al joven a los contenidos académicos mediante la “vivencia” literaria y cómo la lectura es un reino propicio para el reconocimiento personal y colectivo.

En el área laboral se ha desempeñado como maestra de Mitología y Clásicos en la Escuela de Escritores (SOGEM) de Guadalajara (México) del 2006 al 2013. Desde el 2008 también dirige el proyecto Trithemius Talleres Literarios (www.trithemius.mx). Actualmente es directora del proyecto editorial Trithemius (www.trithemius.mx), y funge como directora de publicaciones de la editorial Salto Mortal (www.editorialsaltomortal.com).

Yolanda ha sembrado en muchas generaciones el amor por la lectura y la escritura, ha mostrado a sus alumnos el camino para realizar los sueños. La siguen niños, jóvenes y adultos, entusiasmados todos ante la patria de las letras que ella con tanta generosidad enseña. No se dedica sólo a escribir lo suyo, apoya también a sus alumnos para que publiquen y sigan por esa misma senda que a ella le ha dado tanto bien. Dedica su tiempo libre a fortalecer a los promotores de lectura con talleres, y con la publicación de antologías pensadas para los que se inician en la lectura.

Ficción de las antípodas

Por Alejandro Balaam

No existe respuesta final a la escritura, o no que yo conozca. La entiendo simplemente como un acto de libertad. Aquello implica una contradicción, si bien lo considero: una paradoja. Algo así como un efecto doble y como quien viene y va. Surge en pos de esto una hipótesis: la de la palabra que te lleva a escribir como es que la piedra cae si la sueltas. En el descenso, siendo frase o piedra, se une a la ley que la envuelve, a sus constantes y algoritmos; a sus condiciones. Y es la caída, en contraposición a Ícaro, un ascenso.

Ninguna escritura, y por el solo hecho de ser eso,  nace muerta. Ninguna boquea. Todas resuman vida. En su letargo, antes de que alguien golpee la tierra y brote el maná, la palabra sabe que ha sido de una y mil formas despierta. Pero has de saber que de eso se trata: de hilvanar el enunciado no obstante se repita. El reflejo de la idea, su prolongación, es un mérito para la lengua, parte de su naturaleza. El supuesto de que tú las escribas, por la fuerza que te empuja, constata, a propósito, y pese a la formulación de una misma idea, lo que es consabido entre hombres y siglos: nadie enunciará las palabras como es que se forman hoy, en este instante apartado de todo, en este momento donde el signo se escribe; aproximaciones sí, esbozos sí, diálogos paralelos que en sus arrebatos se rozan, pero nadie ha dicho lo mismo, de la misma manera, en la hoja en blanco, dos veces.

              No se escribe para el lector. No tiene caso ni lógica. Para qué si, como expone Barthes[1], es un suceso posterior al momento que es hoy por hoy escritura. El lector a la hora de escribir carece de forma, de sustancia. Y no es. Nos basta y nos sobra el discurso que es un alejamiento y un tocar los fondos. La escritura es la experiencia inefable. El autor deja una parte de lo intrínseco a cambio. Es el pago por los diablos y los genios; el sacrifico por vivir, una vez cuando menos, la hora dormida de las cosas. Escribir es, en objeto de ello, un acto voraz. El que escribe sabe que come, y como dice Turguéniev, “se come a sí mismo”. Hacerlo, resume existir para la literatura (no para ti). Para el lenguaje (no para ti). Para el deseo vehemente, para el impulso febril. Para el signo que todo lo expone. Y has de saber que las palabras llega una vez y jamás vuelven. Y has de saber que sí: desaparecen.

No es esta, ya lo ves, una actividad de domingo. Sólo los imbéciles conciben en la escritura un pasatiempo. Reducirla a ello es como menospreciar el átomo y decir que por pequeño, por diminuto, no es capaz de nada, y ya sabrás que en Fukushima es el átomo, a manera de enunciado, un manantial de proporciones: el tren que avanza, el balar de la máquina, la bombilla que alumbra el mustio taller. Que se ve al átomo como una égida es una certeza en Fukushima. La palabra, como el átomo, es égida. Uno y otro, un templo. Con sus leyes y liturgias. Con sus admoniciones. Justamente por su constatación entre cielo y tierra, hay que tener voluntad para juntar sus hebras. Revolver las heces. Hacer de la pluma y la página, entre chispas y pavesas, la forja.

A la palabra, como al átomo, se le ha de tomar en serio. Posee su física. Su justa dignidad. No me gustan por ello los obreros de la letra que a final de quincena, y como quien marca su tarjeta, tienden a pasarle la factura. Son a los que apremia sentir que sirven para algo y ponerse ellos mismos, cuando nadie más lo hace, la corona de olivo. Mejor harían salvando tortugas o a los niños desvalidos. Que saneen las aguas o hablen con su madre. La escritura no es centro de asistencia social. Que quien busque lavar el culo del mundo y volverse samaritano, que lo haga, pero que no vaya con su libro en alto, se siente a la mesa y quiera reproducir los panes. Considero yo: es más consciente del mundo uno de esos que ayuda a un perro que quien escribe una oda y lo impone y te dice: “ya verás cómo se te caen la liendres”. No es ningún secreto el hecho de que se requiera de gente que cuide a los perros, incluyendo a los que sufren de roña, pero en la escritura, que tendrá su propia roña, sólo son indispensables los que ven en el lenguaje el medio por el cual decir lo que se ha de decir, sin aguardar que el planeta se transforme y que al cabo, irremisiblemente agradecido, aplauda. Porque de eso no se trata. Y qué bueno que no.

Aun así hay quien cree haber dado con la fórmula, dentro de la hoja en blanco, para la felicidad y la paz. ¿Qué le vamos a hacer? Que escriba su libro, que lo cuide y lo riegue, que lo presente a los magos quienes tendrán libros igual de magníficos guardados en el vientre y hablarán desenrollando sus espiritrompas y le dirán: “¡El elegido!”. Y será una farsa, porque esos magos de cuarta estarán hechos de cartón y no se habrán leído sino entre ellos como quien encuentra maravillas en la barba del vecino. Y si esa persona llega a mi casa, si toca y me pide su opinión, y si con ello me insta a que le diga la fantástica escritura que ha logrado, las bonitas construcciones que apiló con esmero, los innumerables castillos, los fuegos y las góndolas, le diré que mejor se ponga a cuidar perros. Y es que un perro es un animal noble y jamás un mago de cuarta, es sincero y mal que bien ama a los estúpidos.

La escritura no existe exclusivamente para alinear al mundo. Para exponerlo sí. Para reflejarlo y colocar de modo que sean visibles sus cúspides y subterráneos, sus paradigmas y quebradas ánforas. Para eso nace. De esto se nutre. De tal fuente abreva. Quien piense que el escritor es un ser luminoso en consecuencia, un santo y un ser de las estrellas, ya puede abrir los ojos y sacarse los fantasmas del ombligo. Y no es que sea necesariamente falso. O siempre falso, lo de que hay gente impresionante, quiero decir: verdaderos hallazgos que se arrancan de la humanidad como quien encuentra perlas en los campos de col. En la escritura, y sólo eventualmente, con sujetos como Tolstoi o Rilke, doy por caso (pero habrá más), suceda una clase aproximada de ignición. Y no porque provengan de las estrellas, sino de las vastas y mansas profundidades. Y no porque vislumbre en ellos su capacidad de dios, sino lo que es allí, en virtud de lo imperfecto, humano.

El escritor es en tanto persona, como cualquier otro. Tiene ojos y boca. Posee sangre y corazón. Igual que tú y que yo, con nuestros remanentes y expectativas, con nuestros aciertos y nuestros equívocos, luchan, se pierden y también se rinden. La diferencia sucede en la hoja en blanco: para el escritor es imposible no trabajar en ella. De un momento a otro sucede: escucha el tañido. Y como es quien es, responde a los mandobles. Lucha, pues, con la frase. Le otorga un punto de referencia, la extiende y la amolda y siempre (y si es verdadero en lo que enuncia) se une a ella. Y luego, cuando la escritura acaba y la anábasis termina y se cierra el poema, concluye el cuento, y en la diáspora y en la ordalía se coloca el punto final, aquél será entonces persona otra vez y no, como mal se supone, extensión de la frase.

              Pero si el lector, que sale de su concha y corre por el mundo, se empeña en ver en los escritores, demiurgos; si se obstina en concebir genios y hadas de azúcar, seguramente en algún momento se decepcionará. Y ha de jalar de las barbas al autor, al que ha investido de corona y cetro, con la esperanza de que se le caiga la máscara y surja el dios. “¿Es que no eres una estrella?”, irá a preguntarle cuando en lugar de artificio se dé cuenta que es aquello que rasga y araña un rostro. Por respuesta aquél ha de enseñarle sus manos. Y no habrá en ellas nada que no posea el otro. “¿Cómo entonces lograste lo que has escrito? ¿Cómo fue que cayó sobre ti?”. El escritor no sabrá qué responder. Y es que hay en él tanta consternación y miedo, tanta ruina, tanta duda y tanta futilidad como la hay en el resto de la gente. Y es así porque cuanto escribe es el compromiso invariable con ese miedo, esa ruina, esa duda, esa futilidad. Y ninguno, que yo sepa, y pese a las enérgicas expectativas, proveerá de luz como para encender nada. Y es que el lector que crea dioses se equivoca, no ve bien, califica con el dedo y apunta a lo alto. Mas, ¿dónde se ha encontrado a un escritor luminiscente? ¿Dónde, que irrumpa con un estruendo y compita con las reacciones nucleares? Nadie. Sólo personas y huellas. A la escritura debemos calificarla de manera distinta. A diferencia del autor, la obra enuncia su luminosidad. Crepita y muerde. Se expande en sus ondas. Alimenta el abismo.

Y un día sin que lo esperes, te encuentras un libro. Curioso. Amigable… Quién dijera que exponía tantas cosas por dentro. Embustes y confesiones. Y otro montón de figurines. Con ninguno se puede comprar la leche ni encender la podadora, y si se precipita la lluvia y cae un rayo en la casa vecina y ves cómo se incendia, tampoco es que nos sirva haber leído a Camus, salvo para ver el fuego y amar el fuego y la casa que se incendia amarla con paciente fatalidad. Luego, ésta caerá por sí misma. Y quedará a nuestros ojos, humo, ruinas. Nada.

Aún con eso, y pese a los marasmos, a la desazón, al eterno vacío, leer nos evoca algo útil. Nos son necesarias las arengas que allí encontramos. Bebemos de la frase como el impala del lago. Con los laboriosos y nutridos discursos, con su locura y sus coloquios, con sus ágoras y cornucopias, a través del enunciado aprendemos a identificar el ser.

Y cuánto queremos los libros una vez se les comprende algo, por mínimo que sea. Y cuánto odio les tenemos a partir de lo que, así, con abrasiva facultad, nos revelan. Se les quema y se les lee. Y se les seguirá leyendo y quemando cuando no es que se queden guardados en un esquinero. Allí dormirán algún tiempo y tendrán en gran medida la suerte del olvido. Pero no todos, cabe decir. Alguien descubrirá uno al menos y será marcado. A partir de entonces, el individuo adquiere la impronta de la frase y será, tanto más, tanto menos, semejante a los hombres-libro de Bradbury que cargan un cuerpo y una boca y una obra dentro de su memoria. Mas esa es la particularidad, si bien indirecta, de la lectura: transforma al lector, lo empeora a veces, ni quién lo dude, pero por regla común lo hace pensar. Y no es una obligación del libro, que quede claro, a lo mucho del lector; eso: pensar. Y eso también: transformarse. Los libros, como los autores, carecen de la obligación con la persona que lee, y a menos que el escritor quiera tomar la responsabilidad y darse golpes de pecho, las acciones realizadas dependen únicamente de aquél otro, el tercero en el proceso final donde el libro, libro se vuelve.

Así, la joven que tomó la soga y se colgó debido a Goethe, y que aun oscilando, a modo de espectro, parecía llevar en su pecho y semblante el libro de Goethe, no llevó a cabo su muerte en verdad por Goethe, ni se colgó en razón de las tristezas de Werther, que fue al fin una invención de Goethe, sino por el reflejo absoluto que había allí, como un remanente del alma, cubierto de velos y herrumbre, y que brillaba, pálido, en las palabras[2]. Y si ese reflejo era ella, si caía sobre sí el peso inconmensurable de la obra, y la poseía y le hacía ver bosques y estrellas y la muerte como un cuenco, pero sobre todo: la muerte, a Goethe le iba a tener muy sin cuidado porque (y a expensas de que se le califique de cruel), no iba a dejar la pluma por la posibilidad de que alguien se cuelgue tan pronto leer su novela. Y si con esto todavía no se queda uno conforme, baste decir que un libro no te pone la soga en el cuello. Contigo es suficiente. Contigo y tus ansias de matarte. Consigue una cuerda, una viga, un banquito, arrójate si es que quieres y no le eches la culpa a Goethe.

Para el caso nos queda en resumen, y no por Goethe ni por Werther, sino por la escritura y su posterior lectura, una constante: el que las acciones del lector, son las acciones del lector, y que los reflejos con los que topa en los libros se resumen no tanto en las voces que se revelan dentro, sino, por el contrario, y como la luz que declina, en los silencios que cada cual posee.

El hombre es porque sabe que debe contarse. La palabra está para él. La inventa, la usa. Y la palabra a su vez, en un acto recíproco, insufla vida al hombre. Ha sido un acto mutuo de invención. El símbolo y el ser. La humanidad sin enunciación (me atrevo a decir) no sería tal. Y la frase sin enunciador, estaría en el vacío. Es una dualidad la palabra y el sujeto que la emite. Entre frase e individuo, mimetizados, surge la revelación: el acto de existir. Ante el fuego, diez mil años antes de hoy, y diez mil años antes aún, el pueblo se narraba a sí mismo. Rostro a la par del rostro. Luz y calima. Sin esto, una fórmula sustancial faltaría; algo se iba a echar de menos entre las eras. ¿Cómo vivir sin describirnos? ¿Cómo actuar en esa nada, en este mar sin lenguas? Es difícil imaginar. Lo que se revela como aprehensible y lógico es que al pueblo falto de palabras le surja la necesidad del símbolo. De descubrirlo, de ponerlo en una roca; de, con la punta del dedo, plasmarlo en la arena.

De aquí en adelante nace el lector como destinatario de esa fuerza. Frente a sí el enunciado produce el choque. El lector es el ente que no estaba antes y que hoy, quién lo dijera, ocurre. Para ello lo único que realiza es la lectura. Esa, su gran virtud. El lector se legitima desde el primer momento en que traduce y bebe de la extensión del otro. El lector es el complemento y esa argéntea y nueva realidad es la lectura.

A diferencia del escritor, que lleva dentro de sí la enunciación, porque la ha absorbido del mundo, y la explora y transforma dentro de sus facultades y hasta la hoja en blanco, al lector le basta codificar esa doble experiencia para darle sentido, lo cual será invariablemente uno particular. El lector traduce y esa es su razón de su ser lo mismo que el escritor vive en razón de escribir. Ni uno ni otro trabajan para la consideración mutua. Y ni uno ni otro debe de interferir en el trabajo de su contraparte. Maurice Blanchot comenta aludiendo a Franz Kafka[3], y desde luego a su obra, que aquél que escribe para el público (y precisamente Kafka no entraría en ese círculo), escribe la obra del público y no la suya. Hay una necesaria separación entre ambos para la concreción de lo verdadero. Un mar, si se puede, en donde la única conexión sean las botellas con mensajes que pernotan en el interior, a la manera de diablos o de genios, y que se han dejado a la deriva. El lector comprometido libera al efrit y una vez que se presenta ante él, lo indaga: ¿qué deseos, qué respuestas y qué reinos tiene para obsequiar? El genio que es la escritura se expone, entonces, con todo lo que en la lejana isla se le ha dado. El otro analiza, ingiere, acomoda la frase; llega a amarla o a renegar de ella. La vuelve nula o divina. Pero jamás obliga al autor a escribir por él.

Es así que entre escritor y lector sucede una relación gravitacional. Y de igual forma, dos dimensiones que jamás se tocan. Si el lector quiere sujetar cada cabo, cada aguja, cada cable  y andamio de lo que el escritor se propuso a decir, se verá en una empresa imposible, porque si bien ocurre una verdad ahí (y si el autor ha sido sincero, la verdad se hallará en algún punto) los meandros de la lectura serán siempre distintos a los de la creación.

Considero también: un lector bien alimentado e instruido, sabrá hacer de su trabajo lo que es, bajo mi experiencia, una labor proporcional al de la escritura. El lector que completa el enunciado, tiene, de tal modo, una enorme y significativa tarea. Es de sí y sólo para sí el surcar el camino que dejó el escritor, en la revelación de la idea, con migas de pan. Lector y autor están de tal forma, a ambos lados del sendero, pero también, y por así decirlo, en las antípodas. Ni una de las partes podrá saber qué les hace caminar en yuxtaposición al otro. Pero hay algo contundente: representan una misma línea entre la frase y su destino. Ocurre una experiencia de poltergeist aquí. Un salto al otro lado del espejo, sin que esta transposición nos deje más que un leve brillo y su subsecuente perplejidad.

Desde luego leer tiene su mérito. De la misma manera que el que escribe experimenta una facultad del lenguaje, el lector así también recibe una clase de particular ungimiento. El individuo se representa también por lo que lee. La palabra le otorga otro sentido. Explora algo en él. El lector podrá darse cuenta de ello o no, pero en algún momento el enunciado lo inviste con sus fórmulas. Y si se ha logrado así, el acto gravitacional habrá llegado a buen puerto. Y será aquello más que la eventual comprensión de la obra, su individual sincretismo.

Lo anterior sea quizá el último y más grande obsequio posterior a la escritura. De ahí que en tanto lectores tampoco habría que congratularnos por los libreros que se han consumido y que tienen la mañosa facultad de agrandarnos la cabeza. Cabe el supuesto de que no sea uno otra cosa que un gran devorador y nada más. Al glotón de libros se le ha dado el estigma de erudito y tal vez no lo merece. ¿Leer a atracones, sin constancia, sin amor, no es una forma de hincharse no ya con literatura, sino con aire? ¿Quién va a fiarse de ese que acude al estante como quien ordena en la caja de un Burger King? Una persona que va de una obra a otra sin detenerse, que degusta sin el tiempo mínimo para considerar qué es lo que come, conoce poco lo que lee. Y se atraganta con los libros. No los digiere en su expresión ni primera ni última y no le sientan bien.

Para el reportero Ryszard Kapuscinski la lectura implica un compromiso lo mismo que es compromiso su creación[4]. El autor, al escribir, intenta sacar en claro algún asunto que lo ronda. La creación del texto es la búsqueda de la respuesta a aquello que le causa inquietud, que lo llama y ahoga. Nunca, llanamente, la respuesta es total. Sucede una posibilidad. Un supuesto. El libro que creamos es una vertiente de esa respuesta que, sorda a los deseos, jamás llega. Entonces bien, el autor que se desvela, que trabaja y se cuece los ojos, crea algo que no necesariamente entiende por completo. Hace falta de aquél otro que lee para que el acto tenga una reciprocidad. Si la obra se devora con premura, cuánto de aquello que se dice cae por los suelos, cuánto se vuelve humo antes siquiera de mostrar cualquier forma. La lectura irresponsable no puede validar las ciudades y los siglos que logra almacenar, en su proporcional construcción, un párrafo. No aprecia la tesis que llena de raíces el texto. No la ve. Es imprescindible, por ello, entender la naturaleza de las lecturas y aceptarlas como se aceptan los individuos, las naciones y las razas: con su propia marca y su personal historia. Y como tal, al acercarnos al texto, nos es posible acceder sólo a una parte de él: un resquicio de la frase que descansa allí, pero que de manera envolvente se magnifica una vez la hemos encontrado. El lector incapaz arrojará partes sustanciales al olvido. Devolveremos el tomo al estante y será como quien imagina que ha bebido de una fuente cuando es verdad que el agua jamás estuvo en los labios, sino que en el camino, resbaló sin esplendor ni razón, ni valor alguno.

              Bajo este matiz, los lectores, como el autor, no serán individualmente un escenario completo: no podrá leerlo todo el primero, como no podrá  saberlo y escribirlo todo el segundo. Y esto sea, acaso, parte de su consagración con el mundo: la rotunda imposibilidad del absoluto. Porque ninguna escritura hecha cierra en verdad. Y ninguna lectura está completa tampoco. Y a veces ni siquiera, y pese a los esfuerzos, se ha iniciado. Yo leí el Ulises. Y no leí en verdad nada. Los tantos esfuerzos realizados a lo largo de semanas por lograr un trabajo consciente de él, por desentrañar frases y por experimentar las aproximaciones a todo lo que allí es postergación y mito, me dejaron tan sólo, y en el mejor de los casos, sensaciones vagas; manchas, muecas, sombras chinas. Que mi rotunda humillación ante este libro me persiga aún, me es penoso, pero comprendo que una obra suele expresar más de lo que el lector es capaz de ver. Y siendo así, y recordando una entrevista de Borges que debía encontrar tales casos muy graciosos, la lectura fue para mí, en el caso de Ulises, una derrota. Mas es de esta manera como al final, y para ser sinceros, pueden acabar nuestras más dedicadas lecturas y nuestros más cuidadosos escritos: como desastres. Ruinas. Y aún con ello, siempre cabe la suerte de que algo resplandezca en el desastre. En este mar de espejos. En esta ficción de antípodas. Y porque creación y lectura están llenos de eso más que nada. A saber: de notables y hermosos fracasos.


[1] “…el escritor moderno nace a la vez que su texto (…) no existe otro tiempo que el de la enunciación, y todo texto está escrito eternamente aquí y ahora”. Barthes, R. (2009) La muerte del autor. Recuperado de https://teorialiteraria2009.files.wordpress.com/2009/06/barthes-la-muerte-del-autor.pdf

[2] A partir de la publicación del libro Las penas del joven Wether, de Johann Wolfgang von Goethe, se produjeron diversos suicidios entre sus lectores. Esto llegó a calificarse como Efecto Werther, término que se debe al psicólogo David Phillips, y que tenía por objeto identificar y estudiar “la relación entre el aumento de casos de suicidio y la publicación de noticias de este tipo de sucesos”. Debido a las muertes ocurridas a partir de las lecturas, la novela fue prohibida en Italia, Alemania y Dinamarca. Un segundo autor, Fiedrich Nicolai, con la esperanza, presumo, de detener los decesos, escribió una versión apócrifa donde Werther sobrevivía a sus aflicciones, situación que a Goethe debió parecerle una necedad y, en cuanto al uso y apropiación de su historia, una tórrida putada. La información que presento es una paráfrasis del artículo: El efecto Werther, literatura y suicidio. Adjunto la referencia: Álamo, A. (2019) El efecto Werther, literatura y suicidio. Lecturalia. Recuperado de: http://www.lecturalia.com/blog/2019/05/08/el-efecto-werther-literatura-y-suicidio/

[3] Blanchot, Maurice. (1981) De Kafka a Kafka. México. Fondo de Cultura Económica

[4] “Luego, de pronto, encontramos a alguien que ha leído un libro nuestro en una hora. Eso significa que no lo ha leído, porque ese libro estaba destinado a durar una semana, un mes, sólo para llegar entender algo del mismo”. De: Kapuscinski, Ryszard. Los cínicos no sirven para este oficio. España. Anagrama. 2002. Página 124

La mujer sin nombre de Adán

La mayoría de nosotros conocemos de sobra a la famosa Eva, aparentemente responsable de todos los males de la humanidad según un mito hebreo ampliamente extendido. Pocos conocen a Lilith, su primera mujer, hecha igual que Adán de barro, demonizada luego por las tribus patriarcales que vieron en su requerimiento de igualdad una amenaza. Pero estoy segura de que muy pocos, realmente muy pocos, conocen a otra antecesora de Eva, la mujer sin nombre… Hoy quiero rescatar el relato de su creación, relato perdido en los siglos y en la marea siempre amenazante del olvido.

Luego de que Adán es abandonado por Lilith, su primera compañera, Dios intentó de nuevo darle una mujer (qué complaciente luce el dios de esta historia), así que lo dejó observar cómo formaba la anatomía femenina: primero puso en su lugar cuidadosamente las entrañas, los órganos; luego, con extraordinaria maestría, Dios colocó las venas, los músculos, la piel, los cabellos. Utilizó para ello huesos, secreciones glandulares, sangre, tejidos… La escena produjo en Adán tal repugnancia que cuando la primera Eva se alzó ante él con toda su belleza, sintió un profundo asco. Entonces Dios, dándose cuenta de que había fracasado, se llevó a la primera Eva lejos, nadie sabe con certeza a dónde[1].

Y dicen que la tercera es la vencida… por eso Dios decidió dormir a Adán mientras hacía a la Eva que todos conocemos, y decidió tomar una de sus costillas para que no la rechazara por ser carne de su carne.

Me parece una historia tan triste. Imagino a esa mujer sin nombre vagando por los renglones de la historia, buscando un Adán que pueda ver su interior sin repugnancia y aceptarla con todos los entramados maravillosos del gran milagro que es.


[1] Esta historia se tomó del libro de Robert Graves y Raphael Patai y éstos a su vez dan las siguientes referencias: Gen.Rab 158, 163-64; Mid. Abrir 133, 135;Abot. Dir. Nathan 24; B. Sanedrín 39ª.

Tres mujeres tuvo Adán

Tranquila como el cielo nocturno (versión español e inglés)

Por Luna Tarheni Hernández González

Soy la hija de la oscuridad.

El viento aúlla a mi alrededor

mientras me dice que me vaya a casa.

La luna me mece,

mientras siento todo el resplandor fuera de mí.

Y podría tranquilamente irme a dormir

soñando con mi destino y el despertar de todos los caballeros oscuros.  

El cielo está oscuro como siempre

y hace que mi corazón se vuelva negro.

El cielo oscuro es mi hogar

y la oscuridad es lo que me hace más fuerte.  

Cuando llega la siguiente mañana oscura,

hay un grito de miedo…

Y me hace despertar

tan pacíficamente como lo hice, cuando me fui a dormir.  

Todo está oscuro 

excepto por un lugar.  

Es una pesadilla.

Un punto brillante…

Un punto brillante no es una buena señal,

pero la curiosidad se acumula dentro de mí.

 

Cuando me acerco para tocarlo ...

Hay un cosquilleo de dolor alrededor de mis dedos.

Aunque duele….. Sigo tocándolo, sin ningún miedo.  

Ahora...

Estoy sosteniendo el brillo.

Y aunque tengo dolor,

todavía lo sigo sosteniendo.  

Mientras me observo

veo que me estoy quemando.  

Estoy asustada.

Por primera vez en mi vida

estaba asustada.

Sentía que el miedo se elevaba dentro de mí.  

Pronto...

me encontré cerrando los ojos.

Y mientras tomo mi último… último aliento…

Digo: “una vez fui oscuridad. Pero ahora… Soy la hija del sol.

Y disfrutaré esta última parte de mi vida “.  

Cierro los ojos una vez más.

Y nunca los volveré a abrir.

I am the daughter of the darkness.

The wind howls all around me,

as it tells me to go on home.

The moon rocks me, 

as I feel all the brightness out of me

and I could peacefully go to sleep, 

dreaming about my doom and all the dark lords awakening.

The sky is dark as always

and makes my heart go black.

The dark sky is my home

and the dark is what makes me stronger.

As the next dark morning arrives,

it makes a yell of fear…

and makes me wake up

as peacefully as I had, when I went to sleep.

All is dark

except for one spot.

It is a nightmare.

A bright spot…

a bright spot is not a good sign,

but curiosity builds up inside of me.

As I reach forward to touch it…

there is a tingle of pain around my fingers.

Although it hurts…I keep touching it, without any fear.

Now…

I am holding the brightness.

And although I’m in pain,

I still keep holding it.

As I look at myself

I see that I am burning.

I am scared.

For the first time in my life.

I was scared.

I was sensing fear rise inside of me.

Soon enough…

I was closing my eyes.

And as I take my last… And final breath…

I say “I was once darkness. But now… I am the daughter of the sun.

And I will enjoy this last part of my living life.”

I close my eyes once more.

And I will never open them again.

Luna Tarheni Hernández González

Trithemius Talleres Literarios se complace en promover los jóvenes talentos.

¡¡¡Felicidades por este comienzo en las letras, Luna!!!

Esmeraldas secas

Esmeraldas secas

Ana Jazmín Sossa González

Lo encontré tirado sobre la superficie del lago de cemento congelado. Su cuerpo de noche estaba cubierto por una dulce jalea pegajosa, que en un pasado le dio vida. Yo, a usted le tengo que recalcar que nunca lo busqué, pero sin duda, a su manera, él descubrió la forma de encontrarme, y yo, como siempre lo he hecho, lloré su muerte para después enterrarlo en el papel, porque era lo único que me quedaba, es lo único que siempre me queda. 

Sucedió una tarde de este año, mientras esperábamos ansiosos la llegada de la primavera, y antes de que los monarcas locales decretaran bajar todas las cortinas. Fue una tarde en la que, como llevo tanto tiempo haciendo, dejé de ahogarme en vasos de agua, para reemplazarlos por café. Cappuccino con doble carga del establecimiento más cercano para gastar la noche en vela.

Cual caramelo mordido y tirado al suelo, llegaban pensamientos en forma de hormigas a hacer vibrar mi cerebro. Pasos largos y presurosos en el corto camino a casa.

Ensimismada, en-mi-mis-ma-daaaa. Caminaba ciegamente aún con los párpados de par en par. Entonces, antes de doblar la primera esquina, un intenso aroma, que sin embargo no llegaba a la pestilencia, comenzó a invadir el ambiente. No tardé mucho en darme cuenta de que fuera de una de las casas que se desvanecían ante mis ansiosos pasos, yacía el cuerpo de un gato negro. Me detuve un momento, hasta que un extraño impulso me invitó a acercarme a él. Nunca he sido muy cercana a los gatos, pero el solo hecho de verlo ahí me llenó de tristeza, sentimiento con el que siempre tendí a firmar contrato y compromiso apenas lo sentía. Al observar su cuerpo con mayor detenimiento, vislumbré numerosas líneas disparejas en sentido vertical y horizontal. Piquetes de tenedor para corroborar el cocimiento de la masa, puñaladas mortíferas y cobardes. ¿Qué mereció ese mísero animal, sin duda mucho menos mísero que muchos humanos para haber sido víctima de semejante martirio? Me resistía a ver su rostro. Volteé a los alrededores intentando buscar pistas que me indicaran el motivo de su muerte. Al no encontrar resultados y como por obra de la inercia volví mi vista a la escena del crimen: lo primero que vi fueron sus ojos. Entonces todo, al menos para mí, comenzó a tener sentido.

Usted va a pensar que yo estoy loca, que se me están botando los tornillos e incluso es posible que cuestione la veracidad de mi experiencia, pero desde aquella tarde todo a mi alrededor tuvo más sentido. El par de esmeraldas abiertas, ahora secas y mosqueadas, con que aquél pobre animal llegó a descifrar el mundo, lo he visto en muchas otras ocasiones, y seguramente usted también. Su resplandor es el mismo que se desprende de los ojos de todos aquellos que viven con fulgor y levantan su estandarte por las calles día a día. Su brillo es aquél que se extingue cuando la censura extingue también todo aliento de vida. Su brillo también es el de la inocencia y el de la osadía, que se ven apagados diariamente por huestes de violencia. Brillo que se derrite en forma de lágrimas ante las hordas del silencio.

En ese momento, no pude evitar imaginar a mi flagelado compañero portando en vida, ya fuera rosario, pañuelo verde, blanco, morado, naranja o celeste, ya fuera viajando, caminando, trabajando o estudiando, ya fuera danzando, corriendo, comiendo, creyendo y refutando, sabiendo e ignorando, siempre viviendo e intentando sobrevivir. De pronto, en medio de mi dolorosa maraña de reflexiones, observé que su vientre comenzó a moverse de arriba abajo. Tal vez lo imaginé, tomando en cuenta la sensación de vértigo y pesadez que todo aquello encendió. Onduló poco más de 7 veces y finalmente descansó.

Quiero creer que formularme alguna idea de su historia y traerla a este cuarto oscuro, fue la sepultura que le pude dar. Quiero creer que en ese gato estamos nosotros dentro de la marcha continua de supervivencia. Quiero creer que en él hay riqueza y pobreza, limpieza e inmundicia, sensibilidad y hostilidad, humanidad y deshumanización expresas en una danza pura y constante. 

Ana Jazmín Sossa es alumna del curso de escritura creativa

Trithemius online y una nueva maestra

Dadas las particulares circunstancias que vivimos en este 2020 los talleres online de Trithemius nos han dado la oportunidad grandiosa de incorporar a nuestra comunidad alumnos y maestros de otras latitudes.

Así Luisa Ruiz puede vincularse desde lejos para impartir la clase de Terapia Narrativa.

Luisa asistió al cierre de la última sesión del mes de mayo y escuchó, desde el silencio de su micrófono en mute, la lectura del material de cada alumno.

Cuando todos hubieron compartido sus textos, ella vinculó cada una de las palabras de todos en un solo texto y leyó lo siguiente:

“Magda anunció con bombo y platillo que todos los asistentes a la fiesta eran un pan de Dios y esto era muy fácil de creer por el comportamiento tan silencioso que imperaba desde que anocheció. Pasada la media noche, Lucía, como los alcohólicos anónimos que no hicieron la tarea, se echó un trago de tequila, subió el volumen del radio y empezó a cantar.  Maik le hizo segunda, agitó las manos y gritó ¡se prendió el cerro! y empezó a zapatear.

Los más serenos se apresuraron para unirse al fiestero grupo, Thania fue la última, nada extraño en ella, como siempre, estaba en Belén con los pastores. De pronto el sol pintó de luces el patio, Itzel miró el reloj en la pared “¡el tiempo pasa volando!”, nunca le había sucedido antes, asustada salió corriendo y derrapó en medio de los que bailaban, no traía zapatos y tampoco recordaba a qué hora se los quitó. Arminda, con toda cordura, se acercó y le tendió la mano, anda, levántate a bailar o te perderás de toda la fiesta recuerda que no pierde el que se cae, sino el que no se levanta.

Eugenia sabe de qué se trata todo, ha estado observando desde la barda en la casa de junto y sabe que pronto llegará la lluvia, los asistentes no se han percatado de ello; las nubes de la mañana se acumulan arriba de sus cabezas.

Luis, que permaneció pensativo toda la noche, se sacudió un par de gotas de lluvia de los hombros, ¡Vámonos antes que nos agarre la tormenta! –les dijo– es que a esta hora “hasta el viento tiene miedo” Perturbada, Vania, perdió el sentido del tiempo mientras aplaudía con emoción, es que esos monstruos bailaban muy bien juntos.”

La palabra siempre es un gozo en Trithemius, aunque los cuentos nos hagan derramar una que otra lágrima.

Esta imagen es de otro grupo, estos son los que estudian Clásicos.

Desde aquí arriba se ve todo diferente

Por Maritza García Plata

Desde aquí arriba se ve todo diferente…
Nada es tan grande como parece de hecho se reduce a puntos de colores, brillantes y movedizos.
Admiro apacible los movimientos y me maravillo de poder observar las nuevas formas que se hacen de tiempo en tiempo.

Desde aquí arriba se ve todo diferente…

El ruido impresionante cuando truena la ola, se desvanece y me envuelvo en el apacible regreso del agua al mar.

Desde aquí arriba se ve todo diferente…
Me maravilla el sonido del silencio, es un bucle con ritmos y formas donde flotas en todos los sentidos… y de pronto despierto de mi ensoñación.

Maritza García Plata es alumna del curso de escritura creativa

CON RESPECTO A LAS TEORÍAS DE LA CONSPIRACIÓN

MI OPINIÓN

Por Yolanda Ramírez Michel


Hace una semana aproximadamente leí un post en face con una propuesta muy agresiva instando a la gente a rebelarse al “quédate en casa”. Pensé que ya de por sí la situación que se vive mundialmente es terrible, como para que le sumen lo que vendría a partir de un enfrentamiento civil (que lo más probable es que esta instigación maquiavélica esté orquestada en cada país por la oposición, que no buscan el bien común, sino aprovechar la crisis para sus propios fines partidistas). Se me ocurrió entonces contrarrestar el veneno de aquel post con otro hablando de las posibilidades que tenemos para adquirir consciencia gracias a la cuarentena:

  • Quédate en casa…
  • Si puedes, quédate en casa, así ya no te estresará el tráfico incesante de tantos ires y venires, verás que el ahorro de gasolina es bueno para todos, para el aire y para el presupuesto.
  • Quédate en casa, que hace bien extrañar a los padres, a los tíos, los abuelos, los hijos, los nietos, los hermanos, los amigos, extrañarlos nos hace valorarlos.
  • Quédate en casa, pero no por Fobos, el miedo loco que a nadie hace bien, sino por Deimos, el miedo que es precaución y cuidado de ti, y de los demás. Y no veas tantas noticias en redes, porque son una feria de vanidades, y no te enteras al fin de nada, la verdad más fiel está en ti mismo, tú sabes qué cosas te hacen daño, qué cosas te hacen bien…
  • Quédate en casa para que no te deprima que por tener tanto trabajo no tienes tiempo de estar con los tuyos. Abraza a tu pareja, a la que casi nunca abrazas porque llegas cansado(a) del trabajo que te quita media vida. Verás que hay muchas cosas que puedes arreglar desde la intimidad de tus pantuflas.
  • Quédate en casa y prepárate un té para calmar esa ansiedad que es natural, el mundo está cambiando y todo cambio nos pone nerviosos, nos sentimos inseguros de lo que vendrá, pero mira, ¿te parecía que las cosas estaban bien? ¿No estabas ya nervioso y ansioso con las cosas como estaban?
  • Quédate en casa y atiende a quien comparte recetas naturales y gratuitas de cómo cambiar nuestra alimentación, te ayudarán a dejar de consumir en la farmacia las drogas que no curan. Hay por ahí mucha gente sabia que ayuda a otros porque sabe que ayudar a otro es ayudarse a sí mismo, el mundo entero es una red de inter conexiones, y la cadena de favores es un milagro simple y sencillo.
  • Quédate en casa, así, mientras lo haces, los animales descansan de nuestro abuso y prepotencia, ellos se preparan para contarnos de su vida mágica y de cómo podemos imitar sus sencillas rutinas de felicidad.
  • Sí, quedarse en casa pareciera que es entrar en una cárcel, pero no, para nada, en la cárcel no está el retrato del abuelo, en la cárcel no hay un colchón con la huella de nuestros sueños, en la cárcel no está nuestro armario, lleno de maravillas olvidadas, ni nuestros pequeños goces diarios, si te quedas en casa puede ser que los descubras y brillen como estrellas.
  • Sí, se cerrarán carreteras, y no podrás ir de vacaciones, pero tienes un mundo adentro, y, ¿cuántas veces las vacaciones sólo fueron un medio de escapar de algo que no deseabas enfrentar? Llegó la hora: te toca mirar de frente el problema y tratarlo con pinzas porque no hay a dónde ir, no puedes salir corriendo, ahora te toca ser diplomático, y usar la buena voluntad que está tan arrinconada por el estrés tremendo en que te has metido por mantener una “calidad” de vida que en el fondo sabes que no tiene nada de calidad.
  • Quédate en casa, no será mucho tiempo, sólo el necesario para que respire el planeta, ¿se te hace que respiraba?
  • Quédate en casa, si puedes, y por favor, no critiques a los que no pueden tener este lujo, el de quedarse en casa, que no todos pueden, así que tú, a ver qué haces, a ver a quién ayudas, que es mejor ponerse a ayudar que ser parte del conflicto.


Cada suceso puede ser bueno y malo a la vez, porque somos nosotros quienes hondamente damos sentido o contrasentido a lo vivido. Cada mal tiene en sus entrañas alguna enseñanza, que nos cuesta ver porque somos perezosos para el aprendizaje de lo interior (como nadie sabe de esos demonios que traigo adentro, me pondré a pelear con los de afuera).
Algunas teorías de la conspiración me han llamado la atención, no lo voy a negar, porque cada una de ellas es una gran metáfora que deriva de los males del mundo, o de los sueños del mundo. Pero vamos a ver, hagamos un ejercicio de imaginación, imaginemos que sí, que todo esto es un gran complot mundial, ¿y entonces? vamos contra los molinos de viento, ¿no? Mi maestro siempre ha sido el Quijote, y ante esta situación, queda como anillo al dedo. Vamos a suponer que los molinos (el virus), no son molinos, que son gigantes (una estratagema mundial para la manipulación del mundo), la metáfora del libro es que en realidad don Quijote veía de más, no de menos, y que en los molinos quería enfrentar al sistema, bueno ya saben lo que pasó, molinos o gigantes lo derriban. Que tenemos que enfrentarlos, sí, nadie ha dicho que nos quedemos en casa como una estatua sin vida, o que no sentiremos muchas y distintas emociones que nos llevarán a inframundos horrendos y personales.


Lo confieso, soy parcial, a mí el encierro me gusta, mis esfuerzos van por adaptarme a otras cosas, así que me disculpo si en un primer momento parece no contemplo que para algunos esto es una verdadera afrenta contra sus costumbres. Mi intención es apoyar con una reflexión para que entren a la maravillosa tierra del sí mismo, hay un libro (lo menciona Borges en El Aleph) Viaje alrededor de mi cuarto, el libro es breve, y va de lo que cuenta un noble que se vio obligado a permanecer en su habitación cuarenta y dos días. Todo un viaje a través del sí mismo.


¿Por qué no guardemos esas fuerzas de revolución para un cambio de paradigmas, y no para apoyar una revolución externa que sólo servirá para seguir girando en el mismo carrusel de violencia? Quienes andan por ahí sugiriendo que la gente se rebele, ¿no han pensado mejor guardar esta energía para la reconstrucción después de la catástrofe?


Ya sé, puede que sí, que sean gigantes, y que debamos decir muy alto que son gigantes, y que más gente tenga la mirada del Quijote, pero mientras es posible hacerlo sin violencia tenemos una opción, sí que la tenemos, y es encontrar el suprasentido (estoy leyendo el Libro Rojo), ¿qué es? A ver si le entendí a Jung: el suprasentido es ir más allá de lo que tiene o no tiene sentido en este mundo, es ir hacia el sentido superior de cada situación vital, que es un sentido personal que cada quien encuentra cuando aceptamos que somos impotentes, y entonces en esa especie de aceptación de pérdida aparece un tesoro.

Digamos que sí, que nos encierran para manipularnos, que todo esto es una conspiración mundial, vamos a ver, qué puedo y qué no puedo hacer: si me encierran para tenerme estresado ¿yo, como borrego sigo el juego y me estreso?, en lugar de buscar opciones creativas para el aislamiento, El Quijote se gestó en una cárcel; Ana Frank maduró en un cuartito sin internet; Viktor Frankl estuvo en campos de concentración y de ahí salió El hombre en busca de sentido; Xavier de Maistre escribió su obra más célebre durante y por el confinamiento, Viaje alrededor de mi habitación. Si no eres escritor, no importa, lo más valioso es que vayas a tu propio sueño y veas qué puedes hacer por él desde el encierro.


No dejes que fuerzas externas puedan contra algo que es mayor y más poderoso, tu fuerza interna, es una verdadera oportunidad de crecimiento, de que salgamos de aquí para ser ciudadanos de otro planeta, que no cambiará si no cambiamos todos y cada uno desde nuestro centro.


Ya sé, todo es más complejo, están pasando muchas cosas que se salen de control: perdiste tu trabajo (ese que odiabas), perdiste tus ahorros (menos mal que los tenías, hay muchos que ni siquiera tenían ahorros para enfrentar este revés, y es un poco bueno que los comprendas, la empatía te hace más humano) que tu matrimonio tronó por el encierro (ya estaba mal, no te engañes si estuvieran bien serían ambos apoyo en esta contingencia y no peso sobre las espaldas del otro), que tus hijos están todo el día encerrados, ¡pobrecitos? (les hará bien, ya se habían acostumbrado a ser dictadores tuyos y del que no caía a sus pies ante un berrinche, los niños son fuertes, y sabios, dejémoslos ser fuertes y sabios), que tu negocio está a punto de quebrar (no es sólo el tuyo, es el negocio de muchos, y habrá que replantear eso que llamamos negocio). Incluso si por causa del encierro sucediera lo más grave, que es la muerte… dime ¿alguien es inmortal?


Esta es la oportunidad para revisar el termómetro vital cada día, entendiendo qué monstruos nos habitan… los acallábamos saliendo. Esta es la oportunidad de entender qué necesidades están creciendo hasta enfermarnos, saber de qué va la verdadera vida, que no es afuera, es adentro.


Mi punto es, que hay cosas que no podemos cambiar y están fuera de nuestro alcance y nos desgasta intentar ese cambio, perdemos la energía creadora en pelear y argumentar contra imposibles. Hay cosas que sí podemos cambiar y están al alcance de una toma de conciencia y un cambio de hábitos. Cierto, esto que sí podemos es en realidad MÁS DIFÍCIL, por eso preferimos lanzar todos nuestros perros contra los que según nosotros nos hacen daño, todo antes que tomar consciencia y cambiar nuestros malos hábitos de vida.


La semilla se entierra, y da frutos, ¿no podemos entender que somos naturaleza, que mucho de nuestro mágico sistema interior se parece a los árboles (los pulmones), a los ríos (la sangre), a las estaciones (la vida misma)? Y entonces si somos naturaleza, ¿qué nos cuesta volvernos un tiempo semilla enterrada en la propagación de un tallo y unas flores que esperan aparecer tras el encierro?


Las infinitas posibilidades de una editorial independiente

Por Jimena Aguirre de la Torre

Las sillas alrededor de la larga mesa de madera se encuentran todas ocupadas. La puerta está abierta y la ventana deja pasar unos leves rayos de sol que iluminan los tomos de la Enciclopedia Británica y las pequeñas figuras de Don Quijote que descansan en el librero. El sonido de pasos indica la llegada de los alumnos, que, al poner un pie en la entrada, perciben el aroma a café y a libros viejos. Manos que sostienen un conjunto de historias y una paciente pluma a su lado que espera iniciar su danza creadora, forman parte de Trithemius talleres literarios, ubicados en la calle Pegaso #5776.

En la cabecera, una mujer de ojos verdes observa a su alrededor, mientras un libro descansa a su lado y la taza de té sube constantemente hacia sus labios rojos. Yolanda Ramírez Michel es editora, escritora y promotora de lectura y, como coordinadora del sello Salto Mortal, ha ahondado en la posibilidad de las editoriales independientes para publicar a nuevos autores y construir lectores exigentes.

Yolanda Ramírez Michel. Fotografía: Abigail Gurr

“Damos la oportunidad a autores que no interesan a un gran consorcio porque no saben si van a vender”, dice Yolanda que, bajo  Salto Mortal, ha publicado diversas obras que considera valiosas, muchas incluso, que han salido de Trithemius, sus talleres literarios con sede en Guadalajara y Chapala.

Se entiende por editorial independiente, a aquellas empresas pequeñas o domésticas que no tienen una finalidad lucrativa expresa, sino que les han dado atención a aquellos espacios que los grandes grupos de la industria han descuidado. Para Yolanda, esta es la principal diferencia con una gran casa editora, que, también teniendo ventajas al darle una mayor difusión y distribución a sus autores, ha dejado de lado la atención personalizada y se ha centrado en la comercialización del libro.

Roberto García, director de Salto Mortal, explica que la necesidad de publicar aquellas obras que reúnen características de literatura de gran nivel llevó a la creación de este sello en abril de 2013: “Nuestra prioridad son las obras que dejen algún valor literario, una marca en los lectores, por eso procuramos que nuestros autores tengan ese compromiso, que sepan que no es un proceso en el que uno se aventura simplemente para ver qué sale, es un trabajo con disciplina que tiene sus riesgos”.

La filosofía de sus colaboradores es entregar un producto valioso y con las mayores atenciones posibles a quienes publican con ellos: desde una revisión exhaustiva, pasando por la maquetación, el diseño y la producción, hasta la distribución y promoción del libro, cada paso del proceso editorial busca un servicio personalizado que explora el fondo de la obra para plasmarlo en su forma.

Fotogragía: Abigail Gurr.

Aunque cuenta con puntos de venta, esto forma parte de uno de los mayores problemas de las pequeñas editoriales: la falta de canales de distribución, que se relacionan con los bajos fondos para producir más ejemplares.

“Los fondos de una editorial independiente son siempre reducidos. Estamos trabajando con las ventas y, como hay pocas, el flujo de la economía es muy lento, ofrecemos material de valor, pero no podemos distribuir mayor cantidad”, dice Yolanda ante el reto de la difusión de sus obras.

La Ley de fomento para la lectura y el libro establece en el artículo 4 que se tiene por objeto propiciar políticas, programas, proyectos y acciones dirigidos a la promoción de la lectura, así como fomentar y estimular la edición, distribución y comercialización del libro y las publicaciones periódicas.

En opinión de Yolanda, el gobierno debería tomar cartas en el asunto; sin embargo, para ella, que una editorial independiente sea realmente independiente, tiene que ver con la capacidad de sostenerse a sí misma. La apuesta es a través de la búsqueda de soluciones creativas y por medio de las nuevas tecnologías, que han abierto una serie de posibilidades.

Por otro lado, a Roberto García no le gusta referirse a sí mismos como “independientes”: “somos empresas culturales, no somos independientes porque estamos relacionados con muchos otros actores”.

Salto Mortal en la FIL Guadalajara 2019. Fotografía: Abigail Gurr

“Está por acontecer un gran cambio” comenta la editora que pone sus esperanzas en las plataformas en línea como canales de distribución, un medio por el cual se podría igualar en capacidad a los grandes grupos editoriales.

En la encuesta de Módulo de Lectura (MOLEC) realizada por el INEGI en 2018, se muestra que en una población de entre 18 y más años, el 84.9% prefiere libros impresos; no obstante, el porcentaje sobre el uso del formato digital se ha incrementado de 5.1% a 10.7% entre 2015 y 2018.

Yolanda se mantiene con apertura ante este nuevo panorama, pero cree en el valor agregado de las editoriales independientes al seguir ofreciendo el libro en su calidad de objeto, ya que más que un archivo, un libro también es un objeto tangible, los dedos de los lectores pasan las páginas, buscan las ilustraciones, mientras que el aroma del papel inunda sus fosas nasales haciéndolo experimentar una sensación muy especial.

Fotografía: Abigail Gurr

Las editoriales independientes no han sido únicamente un medio para la publicación de voces diversas, sino que la búsqueda de lo valioso ha impactado en la exigencia de los lectores, explica Yolanda. Por medio de nuevos formatos explorados como el libro álbum, la profundización en la literatura infantil, así como la atención en las nuevas generaciones, se ha permitido contar con una oferta variada, además del acceso a buena literatura, detonante de lectores exigentes que no se conformarán con materiales superficiales.

Para Roberto García, que Salto Mortal vaya de la mano con talleres literarios ha contribuido a forjar no solo a buenos lectores, sino a escritores responsables para que entiendan el compromiso que tienen con la literatura, “este amor y pasión que termina siendo para toda la vida, es importante a aprender a respetar este oficio”.

Autores como Virginia Woolf, Juan Rulfo y Jorge Luis Borges comenzaron así, dice Yolanda. Esta escritora y editora, junto con Roberto García, busca la publicación y la enseñanza de la literatura. Desde el inicio de sus talleres, sus grandes ojos verdes ven la oportunidad que hay en cada uno de sus alumnos, lectores y escritores que, cada vez que abren un libro, conjuran un hechizo donde las palabras se vuelven historias.