Más, ¡ay, es sólo un espectáculo!

¿Por dónde te asiré naturaleza infinita?

Goethe

El universo es de los observadores…

¡Quién diría que nuestro escudo nacional es un símbolo iniciático universal! Una alada criatura, emblema de lo celeste, somete a la serpiente, animal asociado al inframundo.  Simbad el marino, antecesor de Odiseo, de Marco Polo y de todos los exploradores, históricos o míticos, encuentra en uno de sus viajes un gran pájaro que devora serpientes, es uno de los pasajes más importantes, porque llevan al héroe hasta un tesoro.  Los alquimistas también exploran el símbolo y sus dibujos son la escritura del inconsciente que revela, sin racionalizar, las aventuras interiores.

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Los griegos siempre supieron de imágenes iniciáticas: las dos serpientes entrelazadas del caduceo son el símbolo del equilibrio entre fuerzas antagónicas. Además, representan el eterno movimiento cósmico, base de regeneración y de infinito. Aunque en este caso las alas no pertenecen a un personaje antagonista de la serpiente, si no que  expresan la rapidez con la que el mensajero de los dioses se movía de un lugar a otro.

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Horus, importante  dios de la mitología egipcia, fue representado como un halcón, y como símbolo del héroe solar, derrotaba a diario a la serpiente Apofis, la oscuridad. En algunas regiones se le consideraba iniciador de la civilización en Egipto, ¡cuánta semejanza con el augurio sobre la fundación de Tenochtitlán!

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¡En el imperio romano bizantino existía ya un símbolo muy similar al de nuestro escudo!

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La India tiene a Garuda, pájaro mítico, considerado un dios menor (o semidiós) en el hinduismo y en el budismo. Generalmente su icono es el de un águila gigante y antropomorfa: cuerpo humano de color dorado, rostro blanco, pico de águila y grandes alas rojas. Es jefe de la raza de las aves y enemigo de la raza de las serpientes…

 

El águila que devora una serpiente es tan antigua como los inicios de la civilización. En Sumeria, hace cinco mil años, el héroe Marduk,  símbolo del nuevo orden, representado en ocasiones como un personaje con alas, derrotaba a la que antaño se consideró la diosa suprema, una serpiente.

En todas estas versiones que reúnen un personaje alado y una serpiente, hay mensajes universales que debemos interpretar desde un sistema mítico y no literal. Todo parece indicar que las primeras palabras nacieron como onomatopeyas (reproducciones fonéticas de los sonidos que la naturaleza produce), así mismo la escritura intentó al principio reproducir la realidad contemplada, la palabra de la naturaleza, el alfabeto del mundo se desplegó en un abanico exuberante de imágenes que le entregaban al hombre sus significantes prístinos, nacidos de su esencia. Así nace el lenguaje, espejo sonoro de la música que el hombre escucha a su alrededor, y la escritura, intento de su reproducción pictórica. Hoy estamos lejos de ese sistema debido al alfabeto fonético, ya totalmente descontextualizado de la naturaleza y el mundo. Por eso es que los símbolos, aunque conservan su poder, nos resultan herméticos y misteriosos. Este recorrido intenta mostrar cómo esa imagen que hondea con el viento en nuestro lábaro patrio es un mensaje universal para trasmitir el triunfo de un poder sobre otro.

En la religión cristiana la serpiente debe ser derrotada, como en Egipto, Mesopotamia, Grecia, América, etc. La mitología es mediadora de las verdades interiores y las formas externas que la reproducen, herramienta original para narrar las aventuras del hombre. Un águila es la palabra celeste, una serpiente la terrenal, o incluso infernal, pues recorre las entrañas de la tierra (la connotación negativa surge a partir de las posturas dominantes, durante milenios la serpiente fue considerada divina, la tierra y la naturaleza con todos sus misterios y alquimias interiores era sagrada). El águila y la serpiente son dos palabras de la naturaleza, onomatopéyicas en otro sentido: al ver un animal éste nos remite a su esencia, no a su sonido, accedemos en automático a su entorno, nos permeamos de su contexto. Digamos que hablan sin hablar, son y ya. En sí mismos contienen reminiscencias, ecos, pautas de conducta, son mucho más abarcantes que la palabra misma que los designa.

El águila devorando una serpiente tiene otras lecturas cuando nos llamamos ciudadanos del mundo, ya no habla sólo de México o los mexicanos, ni de una leyenda fundacional, habla del hombre, de un sistema celeste que domina a uno terrenal, o de una vinculación del mismo… de cómo demonizamos la otredad, del triunfo de unos sobre otros, del cambio de poderes, de los procesos alquímicos, espirituales, herméticos. Los misterios del águila y la serpiente están ahí para los exploradores valientes que se animan a la indagación profunda de las esencias de la vida.

 

Yolanda Ramírez Míchel

 

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