Por Magdalena Dueñas

No nos cansemos de escribir sobre lo bueno que hemos visto, después del sismo, en nuestra Patria. Cansados estábamos de lamentarnos, casi dándonos por vencidos ante la injusticia, la violencia, la impunidad.

Algunos de los que ya tuvimos oportunidad de trabajar muchos años, dejando lo poco o lo mucho que teníamos para dar, no estábamos plenamente conscientes de que los que vienen atrás, los muy jóvenes, heredaron el hartazgo, pero tienen la fuerza, y, hacia dónde se encauce ésta, es lo que importa.

 

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Parecen indolentes, desaliñados, dicen “guey”a cada instante como si el lenguaje estuviera mutilado, no se interesan mayormente por la historia oficial, parecen ajenos al mundo adulto, en casa no se distinguen por ser los más acomedidos para ayudar en las tareas del hogar, pareciera que habitan en otra dimensión cuando escuchan algo ajeno a sus aficiones, porque la era de la tecnología los atrapó de lleno y viven para ella, inclinados hacia algún artefacto, con audífonos en vez de orejas, y con una velocidad en los dedos para teclear, que la mejor mecanógrafa de otros tiempos envidiaría.

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Los hay de todas clases sociales y económicas.No suelen aceptarse entre ellos fácilmente pues manejan códigos distintos para la convivencia según los grupos de pertenencia. Si alguien hubiese querido organizar una gran campaña para reunirlos, no habría sabido por dónde empezar.

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Algo pasó. Bastó que la tierra se moviera en Oaxaca y Chiapas primero, en Morelos, Puebla, y en la Ciudad de México después, para que los mexicanos, todos, quisiéramos tender nuestras manos para ayudar. Y justamente han sido los más jóvenes quienes han dado ejemplo de lo que significa ser solidario: He visto escenas de jovencitos acarreando piedras, repartiendo agua, café, tortas, llevando lo que pueden a las zonas de desastre. He visto adolescentes que se organizan y alquilan un camión para ir personalmente a ayudar a los más pobres; otros que están ayudando con sus manos, a levantar las humildes casas de los damnificados en Oaxaca, adoptando mascotas perdidas, trabajando en centros de acopio, tratando de ser útiles sin importar el cansancio o la lluvia.

Alguien comentó un hecho que retrata al buen mexicano :” Cuando pasó el sismo y se vieron los primeros edificios desplomados, la gente no corrió alejándose de ellos, corrió hacia ellos en un movimiento sincronizado”.

Después, fue descubrir quién perdió a sus seres queridos, o el patrimonio familiar, o el trabajo, o todo. En ese recuento de las pérdidas nos percatamos de que, junto con la tierra, se cimbró la consciencia, se encendió una luz con la certidumbre de que unidos podemos ayudar y exigir que los recursos públicos se usen en la población , no en la auto promoción de políticos. Al conocerse que la ayuda enviada por la sociedad estaba siendo aprovechada por “buitres”, el rechazo fue general, tuvieron que devolverla ante la exhibición pública que se hizo a través de las redes sociales.

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Una vez más , los jóvenes nos demostraron que pueden organizarse, son amables pero se indignan ante la rapiña o la injusticia; solidarios, más no acarreados; incansables cuando es necesario, inteligentes en sus iniciativas, y sobre todo, que México cuenta con ellos. ¡Hay esperanza!

  • Este texto nació en el corazón de Trithemius Tallertes Literarios. Aquí queremos también reconstruir nuestro mundo, y lo hacemos con lo que tenemos: las palabras.

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