En el desván de una emoción

A veces uno siente que las cosas no están bien, y no es por nada en especial, no es que una tragedia haya tocado a la puerta, no es que algún mal nos lleve al insomnio, no es que haya lágrimas, no…

Pero algo no funciona, la alegría brilla por su ausencia, y es curioso porque si uno mira a su alrededor, las cosas están mejor que nunca, mucho mejor incluso de lo que estuvieron cuando había lágrimas.

Es que los hombres guardamos extrañas rabias que se acumulan por no atenderlas, frustraciones y artículos no resueltos en tiempo y forma salen con sus fauces abiertas cuando menos se les espera.

Criaturas curiosas y excéntricas que somos los seres humanos… un día cazamos mamuts con la euforia del reto, y comimos los despojos de la cacería con el contento del hambre que ha sido saciada. Y dormimos bajo las estrellas sin que hubiera ningún arrendador que nos cobrara renta por el uso de suelo.

Más nos valdría recordar aquello, y no lamentarnos de la lentitud del internet que nos mantiene en contacto con los seres queridos en cualquier parte del mundo, más nos valdría gozar los buenos frutos del progreso, alegrarnos ante la mesa puesta y el mantel limpio, gozar por las flores en el jarrón, el abrigo de un techo, la ventaja de una ciencia que cura muchas cosas, aunque tenga sus bemoles, cura muchas cosas. Muchos estaríamos muertos sin la penicilina o la anestesia.

A veces, cuando hay ruido dentro, es bueno ver las cosas bellas que insisten en mostrar sus rostros ante nuestra apatía. Es bueno entender que los males no pueden ser lo único que salió de la caja de Pandora. Es bueno escribir para intentar entendernos.

El mar primordial

Por Pepe Aguilera

Tenemos en nosotros todos los cuerpos y todas las palabras. Nos habita lo inhabitable, pareciera que nos escurrimos cuando queremos decir algo y no es posible pronunciar palabras. De los ojos brotamos como un mar primordial, nos volvemos un espejo de lo no dicho, de la posibilidad. Hemos nacido para pronunciar y ser pronunciados.

A veces el lenguaje no ajusta, no sirve para decir el silencio que nos embarga, el océano ya no puede reducirse a un cúmulo de signos, quiere desbordar, fluir en palabras por todo el mundo. A veces el mar inunda, nos vuelve agua, tanta agua que las ideas no ajustan, el lenguaje ya no dice nada, todo se lo traga en sus profundidades.  

Entonces Escribir ha de ser una suerte de flotar entre cuerpos, naufragar en medio de la nada, sentirse perdido en medio de símbolos, el impulso último antes de morir de sed rodeado de tanta agua.

Y a veces uno se cansa de flotar, de ser palabra y símbolo, de ser todos los cuerpos, de la masa irreductible de significados y sentidos que nos rodean y nos inundan. Uno se cansa de escribir y de la imposibilidad de escribir, del encuentro y la partida, del agua que fluye incesantemente. ¿Cuántos mares podemos soportar? ¿Cuántas palabras inundadas podemos cargar? ¿Cuántos silencios? A veces uno se cansa de las vacuidades de la vida, de las modas, de las insufribles ideas del ser y su nada absoluta.

Entonces resulta necesario olvidarse en la palabra y de la palabra, resulta necesario volverse sobre sí mismo, adentrarse para voltear la mirada hacia lo pequeño, lo insignificante, lo trivial de la vida, un sonido, un rastrillo para arar tirado en el pasto, un ave que se para en la reja, un insecto que camina recto desde su hogar hasta el árbol del cual recoge su alimento, una mota de polvo entrando por la ventana. Resulta necesario dejar de escribir. Pero sólo cuando uno se ha dado cuenta que navega en un mar primordial.

Pepe Aguilera tiene la buena costumbra de escribir al finalizar cada clase de Fundamentos Literarios. Siempre es un gozo leer su poetización de la teoría. Por eso compartimos, para que otros gocen junto con nosotros.

Relatos a partir de la verdad

El periodismo y la literatura nacieron para contar historias.

¿Hay fronteras entre el periodismo y la literatura? El argentino Tomás Eloy Martínez decía que ambos universos se necesitan mutuamente. El colombiano Gabriel García Márquez defendía que en algunas de sus novelas cada línea era verdadera y apegada al rigor periodístico.

Si hay algo que está claro para el periodismo y la literatura es que ambos nacieron para contar historias. El periodismo lo hace desde la objetividad que demanda apegarse a los hechos, aunque intenta una mejor narrativa; la literatura presenta una realidad con mucho más detalles, rellena todos los huecos que puede dejar una noticia o un reportaje y recurre a la ficción sin que por ello la historia narrada deje de ser honesta.

Alumnos de Trithëmius exploran esta simbiosis a través del taller Introducción a la Relación entre el Periodismo y la Literatura. Los siguientes textos son el resultado de su propia amalgama: se ponen en los zapatos de un periodista para consignar lo que sucede en este curso y convierten el hecho en una oportunidad para la escritura creativa. 

 

REALIDAD Y FICCIÓN

Por Angelina Rodríguez Arévalo

Yolanda Ramírez Michel, escritora, editora y directora de Trithëmius Talleres Literarios, con su espíritu innovador invitó a la periodista Mireya Espinosa a diseñar e impartir el taller Introducción a la Relación entre Periodismo y Literatura.

La nueva propuesta inició con un viaje por las lecturas de Gabriel García Márquez, Ryszard Kapuscinski y Tomás Eloy Martínez, entre otros autores. Además, acercó a la experiencia en la línea de fuego de Arturo Pérez-Revente y a las reseñas literarias de Rafael Pérez Gay. En esta travesía, los alumnos pudieron descubrir el enlace entre la realidad periodística y la ficción literaria.

En este espacio académico se motiva a los tejedores de historias a leer y revisar textos literarios que han surgido de una nota periodística: “A sangre Fría”, de Truman Capote; “Crónica de una Muerte Anunciada”, de Gabriel García Márquez; “Olinka”, de Antonio Ortuño, y “Diario del Año de la Peste”, de Daniel Defoe, por citar algunas novelas.

“Muchas veces, es la noticia perdida en las páginas interiores de un diario lo que da origen a una gran novela”, decía Carlos Fuentes, por ello, la expositora sugirió a los magos de lengua escrita explorar los diarios, descubrir los detalles, dejarse llevar por una noticia que despierte su creatividad y atreverse a escribir un texto literario, inspirados en los hechos reales, pero con una narrativa que conmueva al lector.

La visión de implementar el taller de Periodismo y Literatura en la comunidad Trithëmius permitirá formar escritores comprometidos con el poder de la palabra que transforma la vida.

Angelina Rodríguez Arévalo

PERIODISMO Y LITERATURA DE LA MANO

Por Graciela Soto

Trayectorias, historias e intereses concurren en el Taller Introducción a la Relación entre el  Periodismo y Literatura, coordinado por Mireya Espinosa, periodista con trayectoria en los diarios MURAL, NTR Guadalajara y el Sol de Tampico, entre otros.

La directora de Trithemius, Yolanda Ramírez Michel, amplía la oferta de la escuela de escritura con esta propuesta que reúne a personas con diferentes perfiles, pero con un propósito común: aprender de las letras. 

El tiempo es propicio, la pandemia ha brindado algunas oportunidades como esta coincidencia virtual de los miércoles a las 5:00 de la tarde, a partir de julio de 2020 con la plataforma de Zoom. En tiempos como éste, fue cuando Daniel Defoe documentó el “Diario del Año de la Peste”, a partir de los detalles que escribió su tío acerca de la epidemia que azotó Londres en 1665.

El taller acerca a figuras como Tomás Eloy Martínez, el periodista-escritor irreverente cuyo deseo era que las letras no solo fueran datos sino que trasmitieran fuerza, que construyeran y comunicaran relatos que condujeran a los lectores de noticias a un texto literario.

Otro acercamiento es a Truman Capote y su obra maestra “A Sangre Fría”, historia basada en una nota roja y con la cual se comprometió por 10 años para detallar cada hecho, motivo, causa o consecuencia de un asesinato. La obra lo dejaría marcado para siempre.

El taller se desliza hacia el campo maravilloso de la escritura, a la redacción de la noticia con elementos literarios y por qué no, a la creación de cuentos, novelas, biografías o relatos del diario vivir y que son inmortalizadas por las palabras escritas.

Graciela Soto

EL PERIODISMO, LOS ÁRBOLES Y LA LITERATURA

Por Jonás L. Laya

Hay ocasiones en que uno quisiera narrar lo que vive, y hay otras en que uno quisiera vivir lo que lee.  Como si fuésemos reporteros de nuestra propia experiencia, nos adentramos de a poco en el denso follaje de las letras, tratando de entrever donde surge la rama de una historia “real”, o bien una ficción, que a golpes de inventiva entreteje su liana con lo que bien pudo ser cierto, de manera que ya no se distingue del todo dónde termina el arribista parásito vegetal, y dónde comienza el árbol de lo verídico.

Eso es, en contadas palabras nuestro taller:  el intento de entresacar historias de las historias. Un ejercicio de deconstruir y reedificar los andamios de la realidad, para llegar (quizá) a un acercamiento más prístino a la verdad, esa salamandra escurridiza que se pierde entre las ramas, y a la que poco o nada le importa si las ideas que la persiguen, lo hacen desde los “hechos duros” o desde nuestra pretendida (y pretenciosa) fantasía.  He pues aquí un intento de asir lo inasible: la tarea incansable del hombre desde que se piensa hombre, sobre la cáscara de esta Gran Manzana, a vuelta tras vuelta, mordiendo con preguntas el inmenso vacío…

Jonás L. Laya

TRITHËMIUS, LICEO DONDE SE CUENTAN Y SE CREAN HISTORIAS

Por Maik Granados

La convergencia del ejercicio periodístico y la literatura tiene lugar en un sitio especial, los miércoles del verano, en el año de la gran cuarentena (2020).

El reloj me apresura quince minutos antes de la esperada cita. Repaso los apuntes de la anterior reunión y descubro en ellos una simbiosis perfecta entre contar historias y crearlas.

Es una aventura que inicia en la sana distancia, como la mayoría de las reuniones en el presente de la historia humana. Quienes coincidimos semanalmente, ahí en ese liceo virtual, lo hacemos con el entusiasmo de los antiguos peripatéticos de Aristóteles. Amamos los paseos por los ciber jardines de la escuela de escritores de Yolanda Ramírez, bautizada con el nombre del monje creado por Umberto Eco en su obra sobre La Búsqueda de la Lengua Perfecta: Trithëmius.

De la mano de la experiencia de Mireya Espinosa, revisamos el extenso repertorio de destacados periodistas – escritores o escritores – periodistas, como Tomás Eloy Martínez, Daniel Defoe, Edgar Allan Poe, Truman Capote, Harper Lee, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez Reverte, entre otros muchos más.

Y en lo personal, el autor que se ha robado mi simpatía en este periplo, es el polaco Ryszard Kapuscinski, con su prosa insurgente, poniendo los reflectores en los hechos que deben ver la luz, a través del lenguaje poético, construyendo una deliciosa narrativa de lo real.

Así es como espero encontrar el estilo de mi propia prosa, teniendo como semillero de mis textos  a la realidad que nos acontece, para contar y crear historias que atrapen a quien me lee.

Maik Granados

Ficción de las antípodas

Por Alejandro Balaam

No existe respuesta final a la escritura, o no que yo conozca. La entiendo simplemente como un acto de libertad. Aquello implica una contradicción, si bien lo considero: una paradoja. Algo así como un efecto doble y como quien viene y va. Surge en pos de esto una hipótesis: la de la palabra que te lleva a escribir como es que la piedra cae si la sueltas. En el descenso, siendo frase o piedra, se une a la ley que la envuelve, a sus constantes y algoritmos; a sus condiciones. Y es la caída, en contraposición a Ícaro, un ascenso.

Ninguna escritura, y por el solo hecho de ser eso,  nace muerta. Ninguna boquea. Todas resuman vida. En su letargo, antes de que alguien golpee la tierra y brote el maná, la palabra sabe que ha sido de una y mil formas despierta. Pero has de saber que de eso se trata: de hilvanar el enunciado no obstante se repita. El reflejo de la idea, su prolongación, es un mérito para la lengua, parte de su naturaleza. El supuesto de que tú las escribas, por la fuerza que te empuja, constata, a propósito, y pese a la formulación de una misma idea, lo que es consabido entre hombres y siglos: nadie enunciará las palabras como es que se forman hoy, en este instante apartado de todo, en este momento donde el signo se escribe; aproximaciones sí, esbozos sí, diálogos paralelos que en sus arrebatos se rozan, pero nadie ha dicho lo mismo, de la misma manera, en la hoja en blanco, dos veces.

              No se escribe para el lector. No tiene caso ni lógica. Para qué si, como expone Barthes[1], es un suceso posterior al momento que es hoy por hoy escritura. El lector a la hora de escribir carece de forma, de sustancia. Y no es. Nos basta y nos sobra el discurso que es un alejamiento y un tocar los fondos. La escritura es la experiencia inefable. El autor deja una parte de lo intrínseco a cambio. Es el pago por los diablos y los genios; el sacrifico por vivir, una vez cuando menos, la hora dormida de las cosas. Escribir es, en objeto de ello, un acto voraz. El que escribe sabe que come, y como dice Turguéniev, “se come a sí mismo”. Hacerlo, resume existir para la literatura (no para ti). Para el lenguaje (no para ti). Para el deseo vehemente, para el impulso febril. Para el signo que todo lo expone. Y has de saber que las palabras llega una vez y jamás vuelven. Y has de saber que sí: desaparecen.

No es esta, ya lo ves, una actividad de domingo. Sólo los imbéciles conciben en la escritura un pasatiempo. Reducirla a ello es como menospreciar el átomo y decir que por pequeño, por diminuto, no es capaz de nada, y ya sabrás que en Fukushima es el átomo, a manera de enunciado, un manantial de proporciones: el tren que avanza, el balar de la máquina, la bombilla que alumbra el mustio taller. Que se ve al átomo como una égida es una certeza en Fukushima. La palabra, como el átomo, es égida. Uno y otro, un templo. Con sus leyes y liturgias. Con sus admoniciones. Justamente por su constatación entre cielo y tierra, hay que tener voluntad para juntar sus hebras. Revolver las heces. Hacer de la pluma y la página, entre chispas y pavesas, la forja.

A la palabra, como al átomo, se le ha de tomar en serio. Posee su física. Su justa dignidad. No me gustan por ello los obreros de la letra que a final de quincena, y como quien marca su tarjeta, tienden a pasarle la factura. Son a los que apremia sentir que sirven para algo y ponerse ellos mismos, cuando nadie más lo hace, la corona de olivo. Mejor harían salvando tortugas o a los niños desvalidos. Que saneen las aguas o hablen con su madre. La escritura no es centro de asistencia social. Que quien busque lavar el culo del mundo y volverse samaritano, que lo haga, pero que no vaya con su libro en alto, se siente a la mesa y quiera reproducir los panes. Considero yo: es más consciente del mundo uno de esos que ayuda a un perro que quien escribe una oda y lo impone y te dice: “ya verás cómo se te caen la liendres”. No es ningún secreto el hecho de que se requiera de gente que cuide a los perros, incluyendo a los que sufren de roña, pero en la escritura, que tendrá su propia roña, sólo son indispensables los que ven en el lenguaje el medio por el cual decir lo que se ha de decir, sin aguardar que el planeta se transforme y que al cabo, irremisiblemente agradecido, aplauda. Porque de eso no se trata. Y qué bueno que no.

Aun así hay quien cree haber dado con la fórmula, dentro de la hoja en blanco, para la felicidad y la paz. ¿Qué le vamos a hacer? Que escriba su libro, que lo cuide y lo riegue, que lo presente a los magos quienes tendrán libros igual de magníficos guardados en el vientre y hablarán desenrollando sus espiritrompas y le dirán: “¡El elegido!”. Y será una farsa, porque esos magos de cuarta estarán hechos de cartón y no se habrán leído sino entre ellos como quien encuentra maravillas en la barba del vecino. Y si esa persona llega a mi casa, si toca y me pide su opinión, y si con ello me insta a que le diga la fantástica escritura que ha logrado, las bonitas construcciones que apiló con esmero, los innumerables castillos, los fuegos y las góndolas, le diré que mejor se ponga a cuidar perros. Y es que un perro es un animal noble y jamás un mago de cuarta, es sincero y mal que bien ama a los estúpidos.

La escritura no existe exclusivamente para alinear al mundo. Para exponerlo sí. Para reflejarlo y colocar de modo que sean visibles sus cúspides y subterráneos, sus paradigmas y quebradas ánforas. Para eso nace. De esto se nutre. De tal fuente abreva. Quien piense que el escritor es un ser luminoso en consecuencia, un santo y un ser de las estrellas, ya puede abrir los ojos y sacarse los fantasmas del ombligo. Y no es que sea necesariamente falso. O siempre falso, lo de que hay gente impresionante, quiero decir: verdaderos hallazgos que se arrancan de la humanidad como quien encuentra perlas en los campos de col. En la escritura, y sólo eventualmente, con sujetos como Tolstoi o Rilke, doy por caso (pero habrá más), suceda una clase aproximada de ignición. Y no porque provengan de las estrellas, sino de las vastas y mansas profundidades. Y no porque vislumbre en ellos su capacidad de dios, sino lo que es allí, en virtud de lo imperfecto, humano.

El escritor es en tanto persona, como cualquier otro. Tiene ojos y boca. Posee sangre y corazón. Igual que tú y que yo, con nuestros remanentes y expectativas, con nuestros aciertos y nuestros equívocos, luchan, se pierden y también se rinden. La diferencia sucede en la hoja en blanco: para el escritor es imposible no trabajar en ella. De un momento a otro sucede: escucha el tañido. Y como es quien es, responde a los mandobles. Lucha, pues, con la frase. Le otorga un punto de referencia, la extiende y la amolda y siempre (y si es verdadero en lo que enuncia) se une a ella. Y luego, cuando la escritura acaba y la anábasis termina y se cierra el poema, concluye el cuento, y en la diáspora y en la ordalía se coloca el punto final, aquél será entonces persona otra vez y no, como mal se supone, extensión de la frase.

              Pero si el lector, que sale de su concha y corre por el mundo, se empeña en ver en los escritores, demiurgos; si se obstina en concebir genios y hadas de azúcar, seguramente en algún momento se decepcionará. Y ha de jalar de las barbas al autor, al que ha investido de corona y cetro, con la esperanza de que se le caiga la máscara y surja el dios. “¿Es que no eres una estrella?”, irá a preguntarle cuando en lugar de artificio se dé cuenta que es aquello que rasga y araña un rostro. Por respuesta aquél ha de enseñarle sus manos. Y no habrá en ellas nada que no posea el otro. “¿Cómo entonces lograste lo que has escrito? ¿Cómo fue que cayó sobre ti?”. El escritor no sabrá qué responder. Y es que hay en él tanta consternación y miedo, tanta ruina, tanta duda y tanta futilidad como la hay en el resto de la gente. Y es así porque cuanto escribe es el compromiso invariable con ese miedo, esa ruina, esa duda, esa futilidad. Y ninguno, que yo sepa, y pese a las enérgicas expectativas, proveerá de luz como para encender nada. Y es que el lector que crea dioses se equivoca, no ve bien, califica con el dedo y apunta a lo alto. Mas, ¿dónde se ha encontrado a un escritor luminiscente? ¿Dónde, que irrumpa con un estruendo y compita con las reacciones nucleares? Nadie. Sólo personas y huellas. A la escritura debemos calificarla de manera distinta. A diferencia del autor, la obra enuncia su luminosidad. Crepita y muerde. Se expande en sus ondas. Alimenta el abismo.

Y un día sin que lo esperes, te encuentras un libro. Curioso. Amigable… Quién dijera que exponía tantas cosas por dentro. Embustes y confesiones. Y otro montón de figurines. Con ninguno se puede comprar la leche ni encender la podadora, y si se precipita la lluvia y cae un rayo en la casa vecina y ves cómo se incendia, tampoco es que nos sirva haber leído a Camus, salvo para ver el fuego y amar el fuego y la casa que se incendia amarla con paciente fatalidad. Luego, ésta caerá por sí misma. Y quedará a nuestros ojos, humo, ruinas. Nada.

Aún con eso, y pese a los marasmos, a la desazón, al eterno vacío, leer nos evoca algo útil. Nos son necesarias las arengas que allí encontramos. Bebemos de la frase como el impala del lago. Con los laboriosos y nutridos discursos, con su locura y sus coloquios, con sus ágoras y cornucopias, a través del enunciado aprendemos a identificar el ser.

Y cuánto queremos los libros una vez se les comprende algo, por mínimo que sea. Y cuánto odio les tenemos a partir de lo que, así, con abrasiva facultad, nos revelan. Se les quema y se les lee. Y se les seguirá leyendo y quemando cuando no es que se queden guardados en un esquinero. Allí dormirán algún tiempo y tendrán en gran medida la suerte del olvido. Pero no todos, cabe decir. Alguien descubrirá uno al menos y será marcado. A partir de entonces, el individuo adquiere la impronta de la frase y será, tanto más, tanto menos, semejante a los hombres-libro de Bradbury que cargan un cuerpo y una boca y una obra dentro de su memoria. Mas esa es la particularidad, si bien indirecta, de la lectura: transforma al lector, lo empeora a veces, ni quién lo dude, pero por regla común lo hace pensar. Y no es una obligación del libro, que quede claro, a lo mucho del lector; eso: pensar. Y eso también: transformarse. Los libros, como los autores, carecen de la obligación con la persona que lee, y a menos que el escritor quiera tomar la responsabilidad y darse golpes de pecho, las acciones realizadas dependen únicamente de aquél otro, el tercero en el proceso final donde el libro, libro se vuelve.

Así, la joven que tomó la soga y se colgó debido a Goethe, y que aun oscilando, a modo de espectro, parecía llevar en su pecho y semblante el libro de Goethe, no llevó a cabo su muerte en verdad por Goethe, ni se colgó en razón de las tristezas de Werther, que fue al fin una invención de Goethe, sino por el reflejo absoluto que había allí, como un remanente del alma, cubierto de velos y herrumbre, y que brillaba, pálido, en las palabras[2]. Y si ese reflejo era ella, si caía sobre sí el peso inconmensurable de la obra, y la poseía y le hacía ver bosques y estrellas y la muerte como un cuenco, pero sobre todo: la muerte, a Goethe le iba a tener muy sin cuidado porque (y a expensas de que se le califique de cruel), no iba a dejar la pluma por la posibilidad de que alguien se cuelgue tan pronto leer su novela. Y si con esto todavía no se queda uno conforme, baste decir que un libro no te pone la soga en el cuello. Contigo es suficiente. Contigo y tus ansias de matarte. Consigue una cuerda, una viga, un banquito, arrójate si es que quieres y no le eches la culpa a Goethe.

Para el caso nos queda en resumen, y no por Goethe ni por Werther, sino por la escritura y su posterior lectura, una constante: el que las acciones del lector, son las acciones del lector, y que los reflejos con los que topa en los libros se resumen no tanto en las voces que se revelan dentro, sino, por el contrario, y como la luz que declina, en los silencios que cada cual posee.

El hombre es porque sabe que debe contarse. La palabra está para él. La inventa, la usa. Y la palabra a su vez, en un acto recíproco, insufla vida al hombre. Ha sido un acto mutuo de invención. El símbolo y el ser. La humanidad sin enunciación (me atrevo a decir) no sería tal. Y la frase sin enunciador, estaría en el vacío. Es una dualidad la palabra y el sujeto que la emite. Entre frase e individuo, mimetizados, surge la revelación: el acto de existir. Ante el fuego, diez mil años antes de hoy, y diez mil años antes aún, el pueblo se narraba a sí mismo. Rostro a la par del rostro. Luz y calima. Sin esto, una fórmula sustancial faltaría; algo se iba a echar de menos entre las eras. ¿Cómo vivir sin describirnos? ¿Cómo actuar en esa nada, en este mar sin lenguas? Es difícil imaginar. Lo que se revela como aprehensible y lógico es que al pueblo falto de palabras le surja la necesidad del símbolo. De descubrirlo, de ponerlo en una roca; de, con la punta del dedo, plasmarlo en la arena.

De aquí en adelante nace el lector como destinatario de esa fuerza. Frente a sí el enunciado produce el choque. El lector es el ente que no estaba antes y que hoy, quién lo dijera, ocurre. Para ello lo único que realiza es la lectura. Esa, su gran virtud. El lector se legitima desde el primer momento en que traduce y bebe de la extensión del otro. El lector es el complemento y esa argéntea y nueva realidad es la lectura.

A diferencia del escritor, que lleva dentro de sí la enunciación, porque la ha absorbido del mundo, y la explora y transforma dentro de sus facultades y hasta la hoja en blanco, al lector le basta codificar esa doble experiencia para darle sentido, lo cual será invariablemente uno particular. El lector traduce y esa es su razón de su ser lo mismo que el escritor vive en razón de escribir. Ni uno ni otro trabajan para la consideración mutua. Y ni uno ni otro debe de interferir en el trabajo de su contraparte. Maurice Blanchot comenta aludiendo a Franz Kafka[3], y desde luego a su obra, que aquél que escribe para el público (y precisamente Kafka no entraría en ese círculo), escribe la obra del público y no la suya. Hay una necesaria separación entre ambos para la concreción de lo verdadero. Un mar, si se puede, en donde la única conexión sean las botellas con mensajes que pernotan en el interior, a la manera de diablos o de genios, y que se han dejado a la deriva. El lector comprometido libera al efrit y una vez que se presenta ante él, lo indaga: ¿qué deseos, qué respuestas y qué reinos tiene para obsequiar? El genio que es la escritura se expone, entonces, con todo lo que en la lejana isla se le ha dado. El otro analiza, ingiere, acomoda la frase; llega a amarla o a renegar de ella. La vuelve nula o divina. Pero jamás obliga al autor a escribir por él.

Es así que entre escritor y lector sucede una relación gravitacional. Y de igual forma, dos dimensiones que jamás se tocan. Si el lector quiere sujetar cada cabo, cada aguja, cada cable  y andamio de lo que el escritor se propuso a decir, se verá en una empresa imposible, porque si bien ocurre una verdad ahí (y si el autor ha sido sincero, la verdad se hallará en algún punto) los meandros de la lectura serán siempre distintos a los de la creación.

Considero también: un lector bien alimentado e instruido, sabrá hacer de su trabajo lo que es, bajo mi experiencia, una labor proporcional al de la escritura. El lector que completa el enunciado, tiene, de tal modo, una enorme y significativa tarea. Es de sí y sólo para sí el surcar el camino que dejó el escritor, en la revelación de la idea, con migas de pan. Lector y autor están de tal forma, a ambos lados del sendero, pero también, y por así decirlo, en las antípodas. Ni una de las partes podrá saber qué les hace caminar en yuxtaposición al otro. Pero hay algo contundente: representan una misma línea entre la frase y su destino. Ocurre una experiencia de poltergeist aquí. Un salto al otro lado del espejo, sin que esta transposición nos deje más que un leve brillo y su subsecuente perplejidad.

Desde luego leer tiene su mérito. De la misma manera que el que escribe experimenta una facultad del lenguaje, el lector así también recibe una clase de particular ungimiento. El individuo se representa también por lo que lee. La palabra le otorga otro sentido. Explora algo en él. El lector podrá darse cuenta de ello o no, pero en algún momento el enunciado lo inviste con sus fórmulas. Y si se ha logrado así, el acto gravitacional habrá llegado a buen puerto. Y será aquello más que la eventual comprensión de la obra, su individual sincretismo.

Lo anterior sea quizá el último y más grande obsequio posterior a la escritura. De ahí que en tanto lectores tampoco habría que congratularnos por los libreros que se han consumido y que tienen la mañosa facultad de agrandarnos la cabeza. Cabe el supuesto de que no sea uno otra cosa que un gran devorador y nada más. Al glotón de libros se le ha dado el estigma de erudito y tal vez no lo merece. ¿Leer a atracones, sin constancia, sin amor, no es una forma de hincharse no ya con literatura, sino con aire? ¿Quién va a fiarse de ese que acude al estante como quien ordena en la caja de un Burger King? Una persona que va de una obra a otra sin detenerse, que degusta sin el tiempo mínimo para considerar qué es lo que come, conoce poco lo que lee. Y se atraganta con los libros. No los digiere en su expresión ni primera ni última y no le sientan bien.

Para el reportero Ryszard Kapuscinski la lectura implica un compromiso lo mismo que es compromiso su creación[4]. El autor, al escribir, intenta sacar en claro algún asunto que lo ronda. La creación del texto es la búsqueda de la respuesta a aquello que le causa inquietud, que lo llama y ahoga. Nunca, llanamente, la respuesta es total. Sucede una posibilidad. Un supuesto. El libro que creamos es una vertiente de esa respuesta que, sorda a los deseos, jamás llega. Entonces bien, el autor que se desvela, que trabaja y se cuece los ojos, crea algo que no necesariamente entiende por completo. Hace falta de aquél otro que lee para que el acto tenga una reciprocidad. Si la obra se devora con premura, cuánto de aquello que se dice cae por los suelos, cuánto se vuelve humo antes siquiera de mostrar cualquier forma. La lectura irresponsable no puede validar las ciudades y los siglos que logra almacenar, en su proporcional construcción, un párrafo. No aprecia la tesis que llena de raíces el texto. No la ve. Es imprescindible, por ello, entender la naturaleza de las lecturas y aceptarlas como se aceptan los individuos, las naciones y las razas: con su propia marca y su personal historia. Y como tal, al acercarnos al texto, nos es posible acceder sólo a una parte de él: un resquicio de la frase que descansa allí, pero que de manera envolvente se magnifica una vez la hemos encontrado. El lector incapaz arrojará partes sustanciales al olvido. Devolveremos el tomo al estante y será como quien imagina que ha bebido de una fuente cuando es verdad que el agua jamás estuvo en los labios, sino que en el camino, resbaló sin esplendor ni razón, ni valor alguno.

              Bajo este matiz, los lectores, como el autor, no serán individualmente un escenario completo: no podrá leerlo todo el primero, como no podrá  saberlo y escribirlo todo el segundo. Y esto sea, acaso, parte de su consagración con el mundo: la rotunda imposibilidad del absoluto. Porque ninguna escritura hecha cierra en verdad. Y ninguna lectura está completa tampoco. Y a veces ni siquiera, y pese a los esfuerzos, se ha iniciado. Yo leí el Ulises. Y no leí en verdad nada. Los tantos esfuerzos realizados a lo largo de semanas por lograr un trabajo consciente de él, por desentrañar frases y por experimentar las aproximaciones a todo lo que allí es postergación y mito, me dejaron tan sólo, y en el mejor de los casos, sensaciones vagas; manchas, muecas, sombras chinas. Que mi rotunda humillación ante este libro me persiga aún, me es penoso, pero comprendo que una obra suele expresar más de lo que el lector es capaz de ver. Y siendo así, y recordando una entrevista de Borges que debía encontrar tales casos muy graciosos, la lectura fue para mí, en el caso de Ulises, una derrota. Mas es de esta manera como al final, y para ser sinceros, pueden acabar nuestras más dedicadas lecturas y nuestros más cuidadosos escritos: como desastres. Ruinas. Y aún con ello, siempre cabe la suerte de que algo resplandezca en el desastre. En este mar de espejos. En esta ficción de antípodas. Y porque creación y lectura están llenos de eso más que nada. A saber: de notables y hermosos fracasos.


[1] “…el escritor moderno nace a la vez que su texto (…) no existe otro tiempo que el de la enunciación, y todo texto está escrito eternamente aquí y ahora”. Barthes, R. (2009) La muerte del autor. Recuperado de https://teorialiteraria2009.files.wordpress.com/2009/06/barthes-la-muerte-del-autor.pdf

[2] A partir de la publicación del libro Las penas del joven Wether, de Johann Wolfgang von Goethe, se produjeron diversos suicidios entre sus lectores. Esto llegó a calificarse como Efecto Werther, término que se debe al psicólogo David Phillips, y que tenía por objeto identificar y estudiar “la relación entre el aumento de casos de suicidio y la publicación de noticias de este tipo de sucesos”. Debido a las muertes ocurridas a partir de las lecturas, la novela fue prohibida en Italia, Alemania y Dinamarca. Un segundo autor, Fiedrich Nicolai, con la esperanza, presumo, de detener los decesos, escribió una versión apócrifa donde Werther sobrevivía a sus aflicciones, situación que a Goethe debió parecerle una necedad y, en cuanto al uso y apropiación de su historia, una tórrida putada. La información que presento es una paráfrasis del artículo: El efecto Werther, literatura y suicidio. Adjunto la referencia: Álamo, A. (2019) El efecto Werther, literatura y suicidio. Lecturalia. Recuperado de: http://www.lecturalia.com/blog/2019/05/08/el-efecto-werther-literatura-y-suicidio/

[3] Blanchot, Maurice. (1981) De Kafka a Kafka. México. Fondo de Cultura Económica

[4] “Luego, de pronto, encontramos a alguien que ha leído un libro nuestro en una hora. Eso significa que no lo ha leído, porque ese libro estaba destinado a durar una semana, un mes, sólo para llegar entender algo del mismo”. De: Kapuscinski, Ryszard. Los cínicos no sirven para este oficio. España. Anagrama. 2002. Página 124

Esmeraldas secas

Esmeraldas secas

Ana Jazmín Sossa González

Lo encontré tirado sobre la superficie del lago de cemento congelado. Su cuerpo de noche estaba cubierto por una dulce jalea pegajosa, que en un pasado le dio vida. Yo, a usted le tengo que recalcar que nunca lo busqué, pero sin duda, a su manera, él descubrió la forma de encontrarme, y yo, como siempre lo he hecho, lloré su muerte para después enterrarlo en el papel, porque era lo único que me quedaba, es lo único que siempre me queda. 

Sucedió una tarde de este año, mientras esperábamos ansiosos la llegada de la primavera, y antes de que los monarcas locales decretaran bajar todas las cortinas. Fue una tarde en la que, como llevo tanto tiempo haciendo, dejé de ahogarme en vasos de agua, para reemplazarlos por café. Cappuccino con doble carga del establecimiento más cercano para gastar la noche en vela.

Cual caramelo mordido y tirado al suelo, llegaban pensamientos en forma de hormigas a hacer vibrar mi cerebro. Pasos largos y presurosos en el corto camino a casa.

Ensimismada, en-mi-mis-ma-daaaa. Caminaba ciegamente aún con los párpados de par en par. Entonces, antes de doblar la primera esquina, un intenso aroma, que sin embargo no llegaba a la pestilencia, comenzó a invadir el ambiente. No tardé mucho en darme cuenta de que fuera de una de las casas que se desvanecían ante mis ansiosos pasos, yacía el cuerpo de un gato negro. Me detuve un momento, hasta que un extraño impulso me invitó a acercarme a él. Nunca he sido muy cercana a los gatos, pero el solo hecho de verlo ahí me llenó de tristeza, sentimiento con el que siempre tendí a firmar contrato y compromiso apenas lo sentía. Al observar su cuerpo con mayor detenimiento, vislumbré numerosas líneas disparejas en sentido vertical y horizontal. Piquetes de tenedor para corroborar el cocimiento de la masa, puñaladas mortíferas y cobardes. ¿Qué mereció ese mísero animal, sin duda mucho menos mísero que muchos humanos para haber sido víctima de semejante martirio? Me resistía a ver su rostro. Volteé a los alrededores intentando buscar pistas que me indicaran el motivo de su muerte. Al no encontrar resultados y como por obra de la inercia volví mi vista a la escena del crimen: lo primero que vi fueron sus ojos. Entonces todo, al menos para mí, comenzó a tener sentido.

Usted va a pensar que yo estoy loca, que se me están botando los tornillos e incluso es posible que cuestione la veracidad de mi experiencia, pero desde aquella tarde todo a mi alrededor tuvo más sentido. El par de esmeraldas abiertas, ahora secas y mosqueadas, con que aquél pobre animal llegó a descifrar el mundo, lo he visto en muchas otras ocasiones, y seguramente usted también. Su resplandor es el mismo que se desprende de los ojos de todos aquellos que viven con fulgor y levantan su estandarte por las calles día a día. Su brillo es aquél que se extingue cuando la censura extingue también todo aliento de vida. Su brillo también es el de la inocencia y el de la osadía, que se ven apagados diariamente por huestes de violencia. Brillo que se derrite en forma de lágrimas ante las hordas del silencio.

En ese momento, no pude evitar imaginar a mi flagelado compañero portando en vida, ya fuera rosario, pañuelo verde, blanco, morado, naranja o celeste, ya fuera viajando, caminando, trabajando o estudiando, ya fuera danzando, corriendo, comiendo, creyendo y refutando, sabiendo e ignorando, siempre viviendo e intentando sobrevivir. De pronto, en medio de mi dolorosa maraña de reflexiones, observé que su vientre comenzó a moverse de arriba abajo. Tal vez lo imaginé, tomando en cuenta la sensación de vértigo y pesadez que todo aquello encendió. Onduló poco más de 7 veces y finalmente descansó.

Quiero creer que formularme alguna idea de su historia y traerla a este cuarto oscuro, fue la sepultura que le pude dar. Quiero creer que en ese gato estamos nosotros dentro de la marcha continua de supervivencia. Quiero creer que en él hay riqueza y pobreza, limpieza e inmundicia, sensibilidad y hostilidad, humanidad y deshumanización expresas en una danza pura y constante. 

Ana Jazmín Sossa es alumna del curso de escritura creativa

Trithemius online y una nueva maestra

Dadas las particulares circunstancias que vivimos en este 2020 los talleres online de Trithemius nos han dado la oportunidad grandiosa de incorporar a nuestra comunidad alumnos y maestros de otras latitudes.

Así Luisa Ruiz puede vincularse desde lejos para impartir la clase de Terapia Narrativa.

Luisa asistió al cierre de la última sesión del mes de mayo y escuchó, desde el silencio de su micrófono en mute, la lectura del material de cada alumno.

Cuando todos hubieron compartido sus textos, ella vinculó cada una de las palabras de todos en un solo texto y leyó lo siguiente:

“Magda anunció con bombo y platillo que todos los asistentes a la fiesta eran un pan de Dios y esto era muy fácil de creer por el comportamiento tan silencioso que imperaba desde que anocheció. Pasada la media noche, Lucía, como los alcohólicos anónimos que no hicieron la tarea, se echó un trago de tequila, subió el volumen del radio y empezó a cantar.  Maik le hizo segunda, agitó las manos y gritó ¡se prendió el cerro! y empezó a zapatear.

Los más serenos se apresuraron para unirse al fiestero grupo, Thania fue la última, nada extraño en ella, como siempre, estaba en Belén con los pastores. De pronto el sol pintó de luces el patio, Itzel miró el reloj en la pared “¡el tiempo pasa volando!”, nunca le había sucedido antes, asustada salió corriendo y derrapó en medio de los que bailaban, no traía zapatos y tampoco recordaba a qué hora se los quitó. Arminda, con toda cordura, se acercó y le tendió la mano, anda, levántate a bailar o te perderás de toda la fiesta recuerda que no pierde el que se cae, sino el que no se levanta.

Eugenia sabe de qué se trata todo, ha estado observando desde la barda en la casa de junto y sabe que pronto llegará la lluvia, los asistentes no se han percatado de ello; las nubes de la mañana se acumulan arriba de sus cabezas.

Luis, que permaneció pensativo toda la noche, se sacudió un par de gotas de lluvia de los hombros, ¡Vámonos antes que nos agarre la tormenta! –les dijo– es que a esta hora “hasta el viento tiene miedo” Perturbada, Vania, perdió el sentido del tiempo mientras aplaudía con emoción, es que esos monstruos bailaban muy bien juntos.”

La palabra siempre es un gozo en Trithemius, aunque los cuentos nos hagan derramar una que otra lágrima.

Esta imagen es de otro grupo, estos son los que estudian Clásicos.

Las infinitas posibilidades de una editorial independiente

Por Jimena Aguirre de la Torre

Las sillas alrededor de la larga mesa de madera se encuentran todas ocupadas. La puerta está abierta y la ventana deja pasar unos leves rayos de sol que iluminan los tomos de la Enciclopedia Británica y las pequeñas figuras de Don Quijote que descansan en el librero. El sonido de pasos indica la llegada de los alumnos, que, al poner un pie en la entrada, perciben el aroma a café y a libros viejos. Manos que sostienen un conjunto de historias y una paciente pluma a su lado que espera iniciar su danza creadora, forman parte de Trithemius talleres literarios, ubicados en la calle Pegaso #5776.

En la cabecera, una mujer de ojos verdes observa a su alrededor, mientras un libro descansa a su lado y la taza de té sube constantemente hacia sus labios rojos. Yolanda Ramírez Michel es editora, escritora y promotora de lectura y, como coordinadora del sello Salto Mortal, ha ahondado en la posibilidad de las editoriales independientes para publicar a nuevos autores y construir lectores exigentes.

Yolanda Ramírez Michel. Fotografía: Abigail Gurr

“Damos la oportunidad a autores que no interesan a un gran consorcio porque no saben si van a vender”, dice Yolanda que, bajo  Salto Mortal, ha publicado diversas obras que considera valiosas, muchas incluso, que han salido de Trithemius, sus talleres literarios con sede en Guadalajara y Chapala.

Se entiende por editorial independiente, a aquellas empresas pequeñas o domésticas que no tienen una finalidad lucrativa expresa, sino que les han dado atención a aquellos espacios que los grandes grupos de la industria han descuidado. Para Yolanda, esta es la principal diferencia con una gran casa editora, que, también teniendo ventajas al darle una mayor difusión y distribución a sus autores, ha dejado de lado la atención personalizada y se ha centrado en la comercialización del libro.

Roberto García, director de Salto Mortal, explica que la necesidad de publicar aquellas obras que reúnen características de literatura de gran nivel llevó a la creación de este sello en abril de 2013: “Nuestra prioridad son las obras que dejen algún valor literario, una marca en los lectores, por eso procuramos que nuestros autores tengan ese compromiso, que sepan que no es un proceso en el que uno se aventura simplemente para ver qué sale, es un trabajo con disciplina que tiene sus riesgos”.

La filosofía de sus colaboradores es entregar un producto valioso y con las mayores atenciones posibles a quienes publican con ellos: desde una revisión exhaustiva, pasando por la maquetación, el diseño y la producción, hasta la distribución y promoción del libro, cada paso del proceso editorial busca un servicio personalizado que explora el fondo de la obra para plasmarlo en su forma.

Fotogragía: Abigail Gurr.

Aunque cuenta con puntos de venta, esto forma parte de uno de los mayores problemas de las pequeñas editoriales: la falta de canales de distribución, que se relacionan con los bajos fondos para producir más ejemplares.

“Los fondos de una editorial independiente son siempre reducidos. Estamos trabajando con las ventas y, como hay pocas, el flujo de la economía es muy lento, ofrecemos material de valor, pero no podemos distribuir mayor cantidad”, dice Yolanda ante el reto de la difusión de sus obras.

La Ley de fomento para la lectura y el libro establece en el artículo 4 que se tiene por objeto propiciar políticas, programas, proyectos y acciones dirigidos a la promoción de la lectura, así como fomentar y estimular la edición, distribución y comercialización del libro y las publicaciones periódicas.

En opinión de Yolanda, el gobierno debería tomar cartas en el asunto; sin embargo, para ella, que una editorial independiente sea realmente independiente, tiene que ver con la capacidad de sostenerse a sí misma. La apuesta es a través de la búsqueda de soluciones creativas y por medio de las nuevas tecnologías, que han abierto una serie de posibilidades.

Por otro lado, a Roberto García no le gusta referirse a sí mismos como “independientes”: “somos empresas culturales, no somos independientes porque estamos relacionados con muchos otros actores”.

Salto Mortal en la FIL Guadalajara 2019. Fotografía: Abigail Gurr

“Está por acontecer un gran cambio” comenta la editora que pone sus esperanzas en las plataformas en línea como canales de distribución, un medio por el cual se podría igualar en capacidad a los grandes grupos editoriales.

En la encuesta de Módulo de Lectura (MOLEC) realizada por el INEGI en 2018, se muestra que en una población de entre 18 y más años, el 84.9% prefiere libros impresos; no obstante, el porcentaje sobre el uso del formato digital se ha incrementado de 5.1% a 10.7% entre 2015 y 2018.

Yolanda se mantiene con apertura ante este nuevo panorama, pero cree en el valor agregado de las editoriales independientes al seguir ofreciendo el libro en su calidad de objeto, ya que más que un archivo, un libro también es un objeto tangible, los dedos de los lectores pasan las páginas, buscan las ilustraciones, mientras que el aroma del papel inunda sus fosas nasales haciéndolo experimentar una sensación muy especial.

Fotografía: Abigail Gurr

Las editoriales independientes no han sido únicamente un medio para la publicación de voces diversas, sino que la búsqueda de lo valioso ha impactado en la exigencia de los lectores, explica Yolanda. Por medio de nuevos formatos explorados como el libro álbum, la profundización en la literatura infantil, así como la atención en las nuevas generaciones, se ha permitido contar con una oferta variada, además del acceso a buena literatura, detonante de lectores exigentes que no se conformarán con materiales superficiales.

Para Roberto García, que Salto Mortal vaya de la mano con talleres literarios ha contribuido a forjar no solo a buenos lectores, sino a escritores responsables para que entiendan el compromiso que tienen con la literatura, “este amor y pasión que termina siendo para toda la vida, es importante a aprender a respetar este oficio”.

Autores como Virginia Woolf, Juan Rulfo y Jorge Luis Borges comenzaron así, dice Yolanda. Esta escritora y editora, junto con Roberto García, busca la publicación y la enseñanza de la literatura. Desde el inicio de sus talleres, sus grandes ojos verdes ven la oportunidad que hay en cada uno de sus alumnos, lectores y escritores que, cada vez que abren un libro, conjuran un hechizo donde las palabras se vuelven historias.

SEM

Por Iván Alatorre Orozco

Al pie de la cama de Don Salvador, se encontraba echado un joven gato de  pelaje anaranjado llamado Sem, era una noche calurosa de verano, las gruesas gotas de lluvia caían sobre las desgastadas tejas de la casa de adobe que a cuestas, sumaba más de un siglo de historias acumuladas. Sem despertó, lamió sus patas delanteras, trepó por la pared hasta llegar a la ventana, contempló el  canto de los grillos y las codornices en armonía con la pertinaz lluvia, observó la claridad plateada que proyectaba la luna llena, las siniestras nubes negras que parecían confabular algún plan perverso, la autoridad del rayo y la hipnótica fragancia que emergía a través de la húmeda tierra colorada que dibuja el paisaje de los altos de Jalisco.

Años atrás, Sem escapó de su anterior morada, deambulaba entre los espesos sembradíos de la población de Arandas, escuchó un sonido extraño que llamó su atención. Pese a su corta edad, Sem se diferenciaba de los demás por tener un espíritu libre y  un corazón tan grande como las verdes montañas que custodiaban a lo lejos las plantaciones de agave, maíz, chile y frijol. Sem encontró un estanque de cristalinas aguas, en ellas, las hojas de los árboles flotaban como pequeñas embarcaciones, advirtió la presencia de siete patos que  jugaban batiendo con ligereza sus blancas alas y una gallina, que junto a sus polluelos bebían alegremente.

Un resplandeciente reflejo en la superficie del estanque, fue lo que obligó a Sem a estirar al máximo su cuello, observó una extraña imagen que ascendía, un par de pupilas color ámbar lo siguieron en cada movimiento, retrajo las garras, dio un paso hacia atrás, pensó en huir, sin embargo, su curiosidad era aún mayor, avanzó con sigilo, el reflejo esta vez no le causó ningún temor, giró de un lado a otro su cabeza, trataba de entender la situación, sus largos bigotes blancos  tocaron la superficie y la figura creó ondas ante su mirada, se aproximó, con sus patas intentó alcanzar el rostro que se alejaba, perdió el equilibrio y cayó. Sem comenzó a patalear, chapoteando con desesperación sobre las desconocidas aguas, pero sus esfuerzos fueron inútiles, estaba exhausto, percibió como la luz del día desaparecía y dejó de luchar.

Don Salvador  y su hija Sofía regresaban del pueblo cuando se percataron de la presencia del gato dentro del estanque, tomaron una rama, accedieron a él  y lo rescataron justo a tiempo, lo envolvieron en una sucia pero seca frazada, lo llevaron presurosos a casa, le calentaron leche y lo alimentaron hasta poder reanimarlo, desde entonces, Sem se convirtió en el tercer integrante de la familia.

Sofía se encargaba de atender las necesidades  de Don Salvador, quien cercano a los cien años,  había superado por mucho su expectativa de vida. Sofía procuraba una dieta sana para su padre, así como también el cuidado de  su aseo personal, la toma de sus medicamentos y aunque no siempre lo lograba, de mantener la calma para evitar explotar y desquitar su frustración con Don Salvador. Sem acompañaba con frecuencia a Don Salvador,  quien sentado en el patio, con su inconfundible sombrero de charro, frente al sol de mediodía, en su silla de madera tejida con tule, rodeado de antiguas masetas de barro con margaritas, bugambilias, rosales y lavandas, acariciaba el peludo lomo  del gato quien ronroneaba acostado en su regazo mientras él le narraba, con un dulce brillo en sus profundos ojos verdes, las historias de su juventud durante la revolución y la guerra cristera.

Sem era un cazador implacable de los roedores, pequeños reptiles  e insectos que osaban acceder a la casa. En las noches oscuras, solía subir con determinación a los tejados y maullar casi sin descanso, era respetado tanto por los perros como por  otros gatos y el ganado mismo, proteger a Don Salvador y Sofía se transformó en el objetivo principal de su existencia.

Esa lluviosa noche, la luz de Don Salvador se extinguió, a sus 101 años, había cumplido con todos sus deberes, su muerte llegó sin que Don Chava se hubiese guardado una sola sonrisa, un solo abrazo, un solo relato o una sola tierna mirada. Sofía  y Sem lo acompañaron hasta su último respiro. El gato de pelaje anaranjado se acercó a él, sus hondos ojos color ámbar se humedecieron cuando no encontraron la calidez de su viejo amigo. Se acurrucó a su lado, afloró la primer y única lágrima de su vida, esta se resguardo en el pecho de Salvador, entonces se generaron ondas en los mares de una eternidad que recorrerían juntos, Sem tampoco vería el amanecer, estaba ligado a él, no lo podía dejar solo.

Gloria Torres y Mario R. Gasca, dos magos de la literatura

Mario R. Gasca

Por Jimena Aguirre de la Torre

Magusplús y Magusnovus tienen otro nombre cuando se trata de dos magos que conjuran la literatura: Gloria Torres y Mario R. Gasca. Con la publicación del libro álbum El mago resfriado, de la editorial Salto Mortal, la escritora y el ilustrador entregan una obra en la que las palabras y las imágenes esconden un hechizo lleno de símbolos, metáforas, pero, sobre todo, de una buena historia.

Gloria Torres

“¡Cataplunminus! “¡Cataplunmagnus!” dijo Magusplús agitando su varita. Con su nariz puntiaguda y su prominente barba, este hombre fue elegido por el Consejo de Magos para que los barcos cambiaran su tamaño y pudieran pasar por el pequeño puerto de la ciudad. Pero, cuando éste enferma, Magusnovus, un hechicero inexperto, aunque entusiasta, llega a encargarse de esta importante labor, ¿podrá hacerse cargo? Esa es la premisa del libro álbum, que, con un cuidado entre las ilustraciones a blanco y negro y el texto, se teje una narración que conmoverá al lector.

El mago resfriado, publicado por la editorial Salto Mortal

A Magusplús lo escogió un Consejo de Magos. Pero, Gloria Torres se convirtió en una hechicera de la palabra cuando seis años atrás, la autora, madre de familia, recibió la noticia de que tendría que pasar seis semanas en casa cuando se rompió un pie, “¡¿Seis semanas?!” se dijo, “¿qué voy a hacer?”. Así que Gloria tomó su lápiz a manera de varita y comenzó a escribir.

El cuento que la escritora trajo a Trithemius se revisó y pulió junto con la ayuda de Yolanda Ramírez Michel, directora y fundadora de los talleres literarios.  La publicación iría de la mano del ilustrador Mario R. Gasca, quien puedo traducir la historia en imágenes tal como la imaginaba: “cuando Mario me mandó la muestra, yo supe que ese era el mago, no tuve la menor duda”, comenta Gloria.

Para Gasca, la importancia de narrar con ilustraciones tiene que ver con la capacidad de observación de los lectores, quienes interpretan no nada más las palabras, sino también la manera gráfica de plasmarlas. Aunque la gente no suele tomarla en cuenta, este tipo de narración forma parte de un lenguaje distinto, pero que se puede usar para contar una historia del mismo modo que con las letras: “con metáforas, con símbolos y con elementos ocultos que pueden complementar al texto perfectamente”, explica.

De derecha a izquierda: Yolanda Ramírez Michel, directora de Trithemius Talleres Literarios, Mario R. Gasca, ilustrador, y Gloria Torres, autora.

Con motivo de desmitificar la idea de que el libro álbum es únicamente para niños, ambos autores mencionan que cualquier persona puede leerlo: niños, jóvenes y adultos.

Mario Gasca (ilustrador), Yolanda Ramírez Michel (poeta y editora)

Hay que perderle miedo a la ilustración, de manera que se elimine el prejuicio hacia el libro álbum, dice Gasca, y así aceptarlo como una forma valiosa de la literatura: “un libro infantil puede cambiar la manera en la que un niño, cualquier persona, ve el mundo”. Quizás con esta obra cada lector pueda encontrar en sí mismo a un mago.

En la presentación de El Mago Resfriado en la librería Gandhi de Guadalajara, Jalisco.
Izquierda, Gloria Torres, derecha Mario R. Gasca.

En este video la autora Gloria Torres y la editora Yolanda Ramírez conversan acerca de ello en el programa de Sonia Serrano.

¿Cómo nace una obra literaria?

Yolanda Ramírez Michel

Cada género literario, cada libro, cada proyecto tiene su particularidad desde el momento en que se me manifiesta. Cada uno de mis libros ha sido único en su forma de gestarse dentro de mí. 

La poesía, por ejemplo, es la más extraña. La poesía me la puede dar un petirrojo, un té de menta con limón y miel, un objeto no identificado en lo alto del cielo… o una mariposa que se derrumba ante un aguacero intempestivo. Así es la poesía, se apodera de mí y no me queda más remedio que escucharla…

De todos modos, aunque cada libro de poesía haya sido distinto desde su gestación, hay algo que comparten casi todos: la mayoría de sus páginas se escriben en vacaciones, o me despiertan a las tres de la mañana, o me despierto con un verso fresco en la almohada, parece que la poesía tuviera desconfianza o celos de la rutina. Nunca he podido escribir poesía como un acto de voluntad propia, siempre ha sido un acto de voluntad de la poesía misma, que es ajena a mí, aunque se presta a sí misma con generosidad cuando estoy atenta y sensible a su voz.

¿Cómo nace una obra literaria?


La prosa es distinta, necesita un motivo, un tema y un plan… aunque el plan nunca es definitivo, y puede ir cambiando conforme avanzo sobre el libro. Sucede siempre, que, conforme escribo, cambio yo y va cambiando mi escritura, el plan original es sólo el big bang, no permanece, pero se expande, y da de sí multitud de posibilidades. Pero esto no quiere decir que yo no tenga el control total de la obra, la obra es como un iceberg, tengo el control del extremo que emerge, mientras que, en lo profundo, algo más sucede… y eso que sucede “me crea” al tiempo que “yo creo”, es una creación mutua.

Yolanda Ramírez Michel

(Morelia, Michoacán, 1965). Poeta, ensayista y narradora mexicana; Doctora Honoris Causa en Ciencias de la Educación por la Universidad Santander. Se ha especializado en Mitología Comparada y Hermenéutica, es promotora de lectura, conferencista y docente; fundadora de la comunidad cultural Trithemius Talleres Literarios, y directora de publicaciones de la editorial Salto Mortal. Sus obras publicadas son: El gran niño, electrones de un sueño, (El viaje ediciones 2005/ Progreso 2008); Jacinta, (La Zonámbula 2008); La maestra Milagros (Progreso 2010/ Panamericana 2015); Palingenesia (C&F ediciones 2011); Los mitos del alba, (CECA 2011); Grimori Mundi (Salto Mortal 2013); Litterae (Salto Mortal 2014); Todos somos Magos (Edelvives Progreso 2014); El Tarot de don Quijote (Salto Mortal 2015); El Oráculo de don Quijote (Salto Mortal 2016); el Manifiesto Luminista (Salto Mortal 2017); Crónica de una reparación vital (Salto Mortal 2018); y Nimué la dama de los cuentos (Panamericana 2019).

http://www.yolandaramirezmichel.com