El poeta Rainer Maria Rilke, nacido el 4 de diciembre de 1875, en la República Checa, nos ha legado, entre varias obras de extraordinario valor, un libro formado por diez cartas, escritas entre 1903 y 1908 a un joven poeta que solicita consejo sobre la vocación a la cual se siente llamado. Aparentemente breve, como todas las cosas que valen la pena, el texto se niega a ser un tratado descomunal de términos eruditos que dejan al lector pasmado, pero ignorante; Rilke intenta sólo animar a su joven discípulo a seguir el llamado misterioso de esa vocación tremenda. En diez cartas que condensan el sentir de Rilke con respecto a varios temas, sentimos la fascinación de la palabra sencilla y profunda con la que un verdadero mago del lenguaje expresa: “Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Sólo hay un camino: entre en usted.”
En la actualidad la poesía permanece como influjo lumínico de sectores cada vez más reducidos, las grandes masas entienden por poesía una suerte de cancioncilla de las palabras y un sentimentalismo empalagoso. La verdadera poesía es más bien una manera de abordar lo más profundo y grave de la vida humana, aquello que interesa a todos y en todos encuentra cabida. Pero para estar a tono con la poesía es necesario abrir el corazón y contemplar la vida, y cito una frase de la primera carta del libro: “Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe, cúlpese usted de no ser lo bastante poeta como para encontrar sus riquezas”.
Es dado a todos el mundo, pero no todos lo contemplan con la gravedad, el gusto, el arrobo y profundidad del poeta. Sólo quien tiene el alma atenta a los signos que se manifiestan a diario es capaz de percibir la voz de las cosas más simples y pequeñas como mensajes divinos. Porque el poeta comprende que la voz de Dios es un gran poema. Y es en su segunda carta que Rilke se manifiesta lector de un libro total: “de todos mis libros pocos me son indispensables, dos de ellos van siempre conmigo dondequiera que esté: la Biblia y los libros del gran escritor danés Janes Peter Jacobson…”. Qué distinta esta pequeña bibliografía a la larga lista que un erudito maneja en una conferencia sobre alguna obra de arte, qué distinto a algunos cursos a los que asisten alumnos con hambre de un conocimiento profundo; cursos de los cuales salen con una admiración ciega hacia el recitar absurdo de autores y obras inaccesibles, sintiendo en lo profundo más lejana que nunca la poesía. En cambio Rilke casi ruega al aprendiz de poeta “lea lo menos posible textos de crítica estética. Las ideas vertidas en ellos suelen ser opiniones de escuela, petrificadas y carentes de sentido por su endurecimiento ya sin vida (…) las obras de arte son de una soledad infinita, y nada es tan poco apropiado para abordarlas como la crítica, sólo el amor puede comprenderlas, tratarlas y ser justo con ellas.”
Sólo el amor por la poesía la sacará del absurdo silencio en el cual nuestra generación la ahoga, sólo siendo lectores de estos y otros mensajes que los grandes autores han vertido en sus obras, podremos despertar el poeta que todos llevamos dentro, porque ser poeta, como lo dijo Rilke, es sólo: “dejar que cada impresión y que cada germen de sentimiento se completen totalmente en sí, en la oscuridad, en lo indecible, en lo inconsciente, y esperar con profunda humildad y paciencia la hora del nacimiento de una nueva claridad.”
La reina hada, poema épico de Edmund Spenser (¿1552/1553?–1599) , fue la primera obra con estas características en inglés, y la precursora de la tradición poética heroica en este idioma. Milton, figura también fundamental en el panorama de la poesía inglesa, le tenía una devoción inmensa. Comentamos esto porque es importante entender que los grandes espíritus siempre han sabido admirar a otros grandes genios, y en ello han demostrado su propia grandeza.
La poética de Spenser posee el poder de entregar con sus imágenes el conocimiento de lo profundo y espiritual. La musicalidad, y las retórica simbólica de La reina hada, ha deleitado durante décadas a nuestros más insignes poetas, y a dado gozo estético a los más exigentes lectores.
Los vates del siglo XVIII seguían las propuestas estéticas de Spenser ya con desenvoltura, Wordsworth, Keats y Tennyson estuvieron profundamente influenciados por la sensibilidad de su trabajo.
Seguramente Spenser se proponía ofrecer una renovación de los romances épicos de los poetas italianos Ariosto y Tasso. Se nota en su propuesta estética y temática que deseaba unificar el romance medieval y la épica renacentista. Una síntesis de los antiguos y los modernos que agradece quien desea renovación sin pérdida de los altos valores de la tradición.
Si vemos la tradición poética como una línea que se despliega desde la antigüedad Clásica, en Spenser la tradición alcanza un grado de originalidad y renovación que da pie a que los poetas posteriores no se desliguen de los veneros originales aunque propongan cada uno sus cuotas personales.
Es importante que al traducir el título de Spenser como “La reina hada”, se comprenda que la obra es una alegoría fantástica acerca de Isabel I, la llamada Reina Virgen, presente en el poema sólo como una luna sobre el reino al que gobierna.
El poema, entre otras cosas es una crítica -velada por el entramado mítico y la apariencia de cuento de hadas-, de la tergiversación de los valores por parte del gobierno y la iglesia. Publicado en 1590 celebra públicamente la victoria inglesa frente a la Armada Invencible de Felipe II. Y en el plano moral intenta inculcar valores cristianos.
La división del libro se da mediante la semejanza con el orden cósmico de la semana planetaria de Ptolomeo: •Sol •Luna •Marte •Mercurio •Júpiter •Venus •Saturno.
La reina hada se publicó en dos partes (la primera parte en 1590 y la segunda en 1596).
Aunque al inicio del poema manifiesta su intención de escribir doce libros, y por esto se infiere que la obra quedó inconclusa (sólo posee seis cantos y un fragmento), finalmente pudo parecerle a Spenser más idóneo el siete como referente de una temporalidad que une todos los tiempos en uno (recordar que el siete, los siete días de la semana, es un símbolo del tiempo que se renueva sin cesar).
Esperamos que esta pequeña reseña te despierte las ganas de conocer las grandes obras de la Literatura Universal, recuerda que tenemos talleres en línea donde las estudiamos, sigue nuestro canal y podrás enterarte:
Era como una alegoría de los primeros
pasos a través de la negra noche de la ignorancia en busca de la luz del
conocimiento.
E. R. Burroughs
¿Quién ha sido capaz de aprender a leer por sí mismo? Ante esta pregunta es inevitable visualizar nuestros primeros años en la escuela. Algunos tienen un recuerdo claro del hecho, otros lo imaginan apoyados por referencias de quienes los adelantan en edad. El caso es que, para la gran mayoría, aprender a leer es algo que se logra a través de un maestro; no imaginan que pueda ser de otro modo, no hasta que leen Tarzán…
En la novela Tarzán de los monos, publicada en 1914 por el autor Edgar Rice Burroughs, se narra la historia de un personaje que, por azares del destino, debe crecer en un ambiente salvaje y ser criado por un grupo de monos. En el capítulo VII de la novela (capítulo titulado “La luz del conocimiento”), Tarzán aprende a leer gracias al hallazgo de varios libros, unos cuantos llenos de ilustraciones, y un gran diccionario.
Quiero
creer que el éxito de la obra se debió, entre otras cosas, a que en el
imaginario colectivo el símbolo del hombre salvaje guarda los ecos de una edad que,
a pesar de haber quedado fuera de la historia oficial, es una edad añorada;
edad en la que el hombre vivía en estado de libertad, en un paisaje que
imaginamos terriblemente prístino. Y sin embargo, a pesar de ese atractivo por
lo primitivo, en el capítulo donde Tarzán halla los libros, se puede ver al hombre salvaje cuando
se encuentra con la lectura. La imagen del pequeño niño criado por monos, inclinado sobre los
libros, contiene y abarca los siglos que llevaron a las primeras civilizaciones
emergentes a desarrollar el medio escrito por el que ahora nos manifestamos y comunicamos,
expresa el momento misterioso y mágico en que el hombre vio en los signos y su
vinculación articulada, un elemento importante para el desarrollo de la
conciencia, una herramienta para una mejor interpretación del mundo, un camino
por el que se eleva de la condición de hombre mono a la de ser humano.
Ciertamente mucho tendrían que argumentar los lingüistas contra este pasaje,
hay evidencias de que un niño que crece en un medio salvaje, que no aprende a
hablar desde pequeño, difícilmente logra hacerlo siendo adulto (mucho menos
lograría leer), parece ser que el lenguaje es una capacidad que todos tenemos,
pero que debe desarrollarse en los primeros años.
Afortunadamente,
la ficción no pretende ser una exacta copia de la realidad, sino reproducir condiciones
para el símbolo. En Tarzán, el símbolo del personaje que explorando encuentra
unos libros, y observando aprende a descifrar los signos que en él aparecen, no
es sino una imagen del hombre que encuentra en el mundo una serie de datos que
debe interpretar. Datos que posteriormente le ayudarán a pasar de un entorno
salvaje y violento, donde la fuerza determina el éxito o el fracaso en la vida,
a uno civilizado, donde la comprensión profunda de los hechos contiene la clave
de la evolución personal.
El periodismo y la literatura nacieron para contar historias.
¿Hay fronteras entre el periodismo y la literatura? El argentino Tomás Eloy Martínez decía que ambos universos se necesitan mutuamente. El colombiano Gabriel García Márquez defendía que en algunas de sus novelas cada línea era verdadera y apegada al rigor periodístico.
Si hay algo que está claro para el periodismo y la literatura es que ambos nacieron para contar historias. El periodismo lo hace desde la objetividad que demanda apegarse a los hechos, aunque intenta una mejor narrativa; la literatura presenta una realidad con mucho más detalles, rellena todos los huecos que puede dejar una noticia o un reportaje y recurre a la ficción sin que por ello la historia narrada deje de ser honesta.
Alumnos de Trithëmius exploran esta simbiosis a través del taller Introducción a la Relación entre el Periodismo y la Literatura. Los siguientes textos son el resultado de su propia amalgama: se ponen en los zapatos de un periodista para consignar lo que sucede en este curso y convierten el hecho en una oportunidad para la escritura creativa.
REALIDAD Y FICCIÓN
Por Angelina Rodríguez Arévalo
Yolanda Ramírez Michel, escritora, editora y directora de Trithëmius Talleres Literarios, con su espíritu innovador invitó a la periodista Mireya Espinosa a diseñar e impartir el taller Introducción a la Relación entre Periodismo y Literatura.
La nueva propuesta inició con un viaje por las lecturas de Gabriel García Márquez, Ryszard Kapuscinski y Tomás Eloy Martínez, entre otros autores. Además, acercó a la experiencia en la línea de fuego de Arturo Pérez-Revente y a las reseñas literarias de Rafael Pérez Gay. En esta travesía, los alumnos pudieron descubrir el enlace entre la realidad periodística y la ficción literaria.
En este espacio académico se motiva a los tejedores de historias a leer y revisar textos literarios que han surgido de una nota periodística: “A sangre Fría”, de Truman Capote; “Crónica de una Muerte Anunciada”, de Gabriel García Márquez; “Olinka”, de Antonio Ortuño, y “Diario del Año de la Peste”, de Daniel Defoe, por citar algunas novelas.
“Muchas veces, es la noticia perdida en las páginas interiores de un diario lo que da origen a una gran novela”, decía Carlos Fuentes, por ello, la expositora sugirió a los magos de lengua escrita explorar los diarios, descubrir los detalles, dejarse llevar por una noticia que despierte su creatividad y atreverse a escribir un texto literario, inspirados en los hechos reales, pero con una narrativa que conmueva al lector.
La visión de implementar el taller de Periodismo y Literatura en la comunidad Trithëmius permitirá formar escritores comprometidos con el poder de la palabra que transforma la vida.
Angelina Rodríguez Arévalo
PERIODISMO Y LITERATURA DE LA MANO
Por Graciela Soto
Trayectorias, historias e intereses concurren en el Taller Introducción a la Relación entre el Periodismo y Literatura, coordinado por Mireya Espinosa, periodista con trayectoria en los diarios MURAL, NTR Guadalajara y el Sol de Tampico, entre otros.
La directora de Trithemius, Yolanda Ramírez Michel, amplía la oferta de la escuela de escritura con esta propuesta que reúne a personas con diferentes perfiles, pero con un propósito común: aprender de las letras.
El tiempo es propicio, la pandemia ha brindado algunas oportunidades como esta coincidencia virtual de los miércoles a las 5:00 de la tarde, a partir de julio de 2020 con la plataforma de Zoom. En tiempos como éste, fue cuando Daniel Defoe documentó el “Diario del Año de la Peste”, a partir de los detalles que escribió su tío acerca de la epidemia que azotó Londres en 1665.
El taller acerca a figuras como Tomás Eloy Martínez, el periodista-escritor irreverente cuyo deseo era que las letras no solo fueran datos sino que trasmitieran fuerza, que construyeran y comunicaran relatos que condujeran a los lectores de noticias a un texto literario.
Otro acercamiento es a Truman Capote y su obra maestra “A Sangre Fría”, historia basada en una nota roja y con la cual se comprometió por 10 años para detallar cada hecho, motivo, causa o consecuencia de un asesinato. La obra lo dejaría marcado para siempre.
El taller se desliza hacia el campo maravilloso de la escritura, a la redacción de la noticia con elementos literarios y por qué no, a la creación de cuentos, novelas, biografías o relatos del diario vivir y que son inmortalizadas por las palabras escritas.
Graciela Soto
EL PERIODISMO, LOS ÁRBOLES YLA LITERATURA
Por Jonás L. Laya
Hay ocasiones en que uno quisiera narrar lo que vive, y hay otras en que uno quisiera vivir lo que lee. Como si fuésemos reporteros de nuestra propia experiencia, nos adentramos de a poco en el denso follaje de las letras, tratando de entrever donde surge la rama de una historia “real”, o bien una ficción, que a golpes de inventiva entreteje su liana con lo que bien pudo ser cierto, de manera que ya no se distingue del todo dónde termina el arribista parásito vegetal, y dónde comienza el árbol de lo verídico.
Eso es, en contadas palabras nuestro taller: el intento de entresacar historias de las historias. Un ejercicio de deconstruir y reedificar los andamios de la realidad, para llegar (quizá) a un acercamiento más prístino a la verdad, esa salamandra escurridiza que se pierde entre las ramas, y a la que poco o nada le importa si las ideas que la persiguen, lo hacen desde los “hechos duros” o desde nuestra pretendida (y pretenciosa) fantasía. He pues aquí un intento de asir lo inasible: la tarea incansable del hombre desde que se piensa hombre, sobre la cáscara de esta Gran Manzana, a vuelta tras vuelta, mordiendo con preguntas el inmenso vacío…
Jonás L. Laya
TRITHËMIUS, LICEO DONDE SE CUENTAN Y SE CREAN HISTORIAS
Por Maik Granados
La convergencia del ejercicio periodístico y la literatura tiene lugar en un sitio especial, los miércoles del verano, en el año de la gran cuarentena (2020).
El reloj me apresura quince minutos antes de la esperada cita. Repaso los apuntes de la anterior reunión y descubro en ellos una simbiosis perfecta entre contar historias y crearlas.
Es una aventura que inicia en la sana distancia, como la mayoría de las reuniones en el presente de la historia humana. Quienes coincidimos semanalmente, ahí en ese liceo virtual, lo hacemos con el entusiasmo de los antiguos peripatéticos de Aristóteles. Amamos los paseos por los ciber jardines de la escuela de escritores de Yolanda Ramírez, bautizada con el nombre del monje creado por Umberto Eco en su obra sobre La Búsqueda de la Lengua Perfecta: Trithëmius.
De la mano de la experiencia de Mireya Espinosa, revisamos el extenso repertorio de destacados periodistas – escritores o escritores – periodistas, como Tomás Eloy Martínez, Daniel Defoe, Edgar Allan Poe, Truman Capote, Harper Lee, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez Reverte, entre otros muchos más.
Y en lo personal, el autor que se ha robado mi simpatía en este periplo, es el polaco Ryszard Kapuscinski, con su prosa insurgente, poniendo los reflectores en los hechos que deben ver la luz, a través del lenguaje poético, construyendo una deliciosa narrativa de lo real.
Así es como espero encontrar el estilo de mi propia prosa, teniendo como semillero de mis textos a la realidad que nos acontece, para contar y crear historias que atrapen a quien me lee.
¿Te has preguntado quién está detrás de Trithemius?
Detrás de Trithemius hay una poeta, ensayista, narradora, maestra, editora y promotora de lectura. Nuestra directora, Yolanda Ramírez Michel, tiene 13 obras publicadas por varias editoriales, nacionales e internacionales, que abarcan literatura para jóvenes y niños, poesía, ensayo, cuento y novela.
Yolanda es poeta, ensayista y narradora mexicana; Doctora Honoris Causa en Ciencias de la Educación por la Universidad Santander. Especialista en Mitología Comparada y Hermenéutica. Es una entusiasta promotora de lectura, conferencista y docente. Fue becaria del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes en 2011, Maestra de Mitología y Clásicos en SOGEM durante varios años; fundadora de la comunidad cultural Trithemius Talleres Literarios, y directora de publicaciones de la editorial Salto Mortal.
Sus obras publicadas son: El gran niño, electrones de un sueño, (El viaje ediciones 2005/ Progreso 2008); Jacinta, (La Zonámbula 2008); La maestra Milagros (Progreso 2010/ Panamericana 2015); Palingenesia (C&F ediciones 2011); Los mitos del alba, (CECA 2011); Grimori Mundi (Salto Mortal 2013); Litterae (Salto Mortal 2014); Todos somos Magos (Edelvives Progreso 2014); El Tarot de don Quijote (Salto Mortal 2015); El Oráculo de don Quijote (Salto Mortal 2016); el Manifiesto Luminista (Salto Mortal 2017); Crónica de una reparación vital (Salto Mortal 2018); y Nimué la dama de los cuentos (Panamericana 2019). Coordinó la antología de cuentos para jóvenes y niños Submarinos de papel I y II (2009 y 2010 respectivamente), Actus Magno, los conejos también escriben (2011), Los cuentos de la calle Lux (2012), Fiestas de Yule (2013) y Nuevas Fiestas de Yule (2016).
Entre sus propuestas más lúdicas está El Tarot de don Quijote, un libro-juego para acercar a los lectores, mediante la vía del Tarot, a la sabiduría del Quijote. En Litterae leemos la poética de la autora, y su homenaje al verbo. Los mitos del alba es un poemario resultado de la integración de sus investigaciones en torno a la mitología comparada; Grimori Mundi nos lleva de la mano por versos que exploran imágenes desde la primera explosión cósmica hasta la mitología judeocristiana que se asentó en el imaginario colectivo de nuestra civilización, ambos poemarios nacen a partir de la constante investigación que Ramírez Michel realiza en mitología comparada desde el 2007. Jacinta y Palingenesia, suman un tratado hermético en prosa poética acerca de la regeneración cíclica del ser humano. El Manifiesto Luminista (2017), ensayo poético, conmina a todos a entregar su granito de arena para la renovación mundial. Crónica de una reparación vital (2018) refiere la etapa donde la autora se enfrenta a una enfermedad y sale renovada de la experiencia.
En su obra para el público joven Yolanda no deja sus temas favoritos, pero los enriquece con imágenes nuevas, El gran niño, electrones de un sueño, es una historia que intenta mostrar a los lectores (de cualquier edad) que la literatura es una patria para sembrar los sueños; Todos somos magos es un libro-álbum que cuenta, en forma alegórica, acerca del mago que mora en cada uno de nosotros; y lo hace mediante un viaje simbólico por la aventura cotidiana. La maestra Milagros nos muestra esa misma patria (la de los libros) de la mano de una maestra mágica que vuelve cada clase una aventura en el interior de un libro; Nimué, la dama de los cuentos da seguimiento a la dinámica de acercar al joven a los contenidos académicos mediante la “vivencia” literaria y cómo la lectura es un reino propicio para el reconocimiento personal y colectivo.
En el área laboral se ha desempeñado como maestra de Mitología y Clásicos en la Escuela de Escritores (SOGEM) de Guadalajara (México) del 2006 al 2013. Desde el 2008 también dirige el proyecto Trithemius Talleres Literarios (www.trithemius.mx). Actualmente es directora del proyecto editorial Trithemius (www.trithemius.mx), y funge como directora de publicaciones de la editorial Salto Mortal (www.editorialsaltomortal.com).
Yolanda ha sembrado en muchas generaciones el amor por la lectura y la escritura, ha mostrado a sus alumnos el camino para realizar los sueños. La siguen niños, jóvenes y adultos, entusiasmados todos ante la patria de las letras que ella con tanta generosidad enseña. No se dedica sólo a escribir lo suyo, apoya también a sus alumnos para que publiquen y sigan por esa misma senda que a ella le ha dado tanto bien. Dedica su tiempo libre a fortalecer a los promotores de lectura con talleres, y con la publicación de antologías pensadas para los que se inician en la lectura.
No existe respuesta final a la escritura, o no que yo conozca. La entiendo simplemente como un acto de libertad. Aquello implica una contradicción, si bien lo considero: una paradoja. Algo así como un efecto doble y como quien viene y va. Surge en pos de esto una hipótesis: la de la palabra que te lleva a escribir como es que la piedra cae si la sueltas. En el descenso, siendo frase o piedra, se une a la ley que la envuelve, a sus constantes y algoritmos; a sus condiciones. Y es la caída, en contraposición a Ícaro, un ascenso.
Ninguna escritura, y por el solo hecho de ser eso, nace muerta. Ninguna boquea. Todas resuman vida. En su letargo, antes de que alguien golpee la tierra y brote el maná, la palabra sabe que ha sido de una y mil formas despierta. Pero has de saber que de eso se trata: de hilvanar el enunciado no obstante se repita. El reflejo de la idea, su prolongación, es un mérito para la lengua, parte de su naturaleza. El supuesto de que tú las escribas, por la fuerza que te empuja, constata, a propósito, y pese a la formulación de una misma idea, lo que es consabido entre hombres y siglos: nadie enunciará las palabras como es que se forman hoy, en este instante apartado de todo, en este momento donde el signo se escribe; aproximaciones sí, esbozos sí, diálogos paralelos que en sus arrebatos se rozan, pero nadie ha dicho lo mismo, de la misma manera, en la hoja en blanco, dos veces.
No se escribe para el lector. No tiene caso ni lógica. Para qué si, como expone Barthes[1], es un suceso posterior al momento que es hoy por hoy escritura. El lector a la hora de escribir carece de forma, de sustancia. Y no es. Nos basta y nos sobra el discurso que es un alejamiento y un tocar los fondos. La escritura es la experiencia inefable. El autor deja una parte de lo intrínseco a cambio. Es el pago por los diablos y los genios; el sacrifico por vivir, una vez cuando menos, la hora dormida de las cosas. Escribir es, en objeto de ello, un acto voraz. El que escribe sabe que come, y como dice Turguéniev, “se come a sí mismo”. Hacerlo, resume existir para la literatura (no para ti). Para el lenguaje (no para ti). Para el deseo vehemente, para el impulso febril. Para el signo que todo lo expone. Y has de saber que las palabras llega una vez y jamás vuelven. Y has de saber que sí: desaparecen.
No es esta, ya lo ves, una actividad de domingo. Sólo los imbéciles conciben en la escritura un pasatiempo. Reducirla a ello es como menospreciar el átomo y decir que por pequeño, por diminuto, no es capaz de nada, y ya sabrás que en Fukushima es el átomo, a manera de enunciado, un manantial de proporciones: el tren que avanza, el balar de la máquina, la bombilla que alumbra el mustio taller. Que se ve al átomo como una égida es una certeza en Fukushima. La palabra, como el átomo, es égida. Uno y otro, un templo. Con sus leyes y liturgias. Con sus admoniciones. Justamente por su constatación entre cielo y tierra, hay que tener voluntad para juntar sus hebras. Revolver las heces. Hacer de la pluma y la página, entre chispas y pavesas, la forja.
A la palabra, como al átomo, se le ha de tomar en serio. Posee su física. Su justa dignidad. No me gustan por ello los obreros de la letra que a final de quincena, y como quien marca su tarjeta, tienden a pasarle la factura. Son a los que apremia sentir que sirven para algo y ponerse ellos mismos, cuando nadie más lo hace, la corona de olivo. Mejor harían salvando tortugas o a los niños desvalidos. Que saneen las aguas o hablen con su madre. La escritura no es centro de asistencia social. Que quien busque lavar el culo del mundo y volverse samaritano, que lo haga, pero que no vaya con su libro en alto, se siente a la mesa y quiera reproducir los panes. Considero yo: es más consciente del mundo uno de esos que ayuda a un perro que quien escribe una oda y lo impone y te dice: “ya verás cómo se te caen la liendres”. No es ningún secreto el hecho de que se requiera de gente que cuide a los perros, incluyendo a los que sufren de roña, pero en la escritura, que tendrá su propia roña, sólo son indispensables los que ven en el lenguaje el medio por el cual decir lo que se ha de decir, sin aguardar que el planeta se transforme y que al cabo, irremisiblemente agradecido, aplauda. Porque de eso no se trata. Y qué bueno que no.
Aun así hay quien cree haber dado con la fórmula, dentro de la hoja en blanco, para la felicidad y la paz. ¿Qué le vamos a hacer? Que escriba su libro, que lo cuide y lo riegue, que lo presente a los magos quienes tendrán libros igual de magníficos guardados en el vientre y hablarán desenrollando sus espiritrompas y le dirán: “¡El elegido!”. Y será una farsa, porque esos magos de cuarta estarán hechos de cartón y no se habrán leído sino entre ellos como quien encuentra maravillas en la barba del vecino. Y si esa persona llega a mi casa, si toca y me pide su opinión, y si con ello me insta a que le diga la fantástica escritura que ha logrado, las bonitas construcciones que apiló con esmero, los innumerables castillos, los fuegos y las góndolas, le diré que mejor se ponga a cuidar perros. Y es que un perro es un animal noble y jamás un mago de cuarta, es sincero y mal que bien ama a los estúpidos.
La escritura no existe exclusivamente para alinear al mundo. Para exponerlo sí. Para reflejarlo y colocar de modo que sean visibles sus cúspides y subterráneos, sus paradigmas y quebradas ánforas. Para eso nace. De esto se nutre. De tal fuente abreva. Quien piense que el escritor es un ser luminoso en consecuencia, un santo y un ser de las estrellas, ya puede abrir los ojos y sacarse los fantasmas del ombligo. Y no es que sea necesariamente falso. O siempre falso, lo de que hay gente impresionante, quiero decir: verdaderos hallazgos que se arrancan de la humanidad como quien encuentra perlas en los campos de col. En la escritura, y sólo eventualmente, con sujetos como Tolstoi o Rilke, doy por caso (pero habrá más), suceda una clase aproximada de ignición. Y no porque provengan de las estrellas, sino de las vastas y mansas profundidades. Y no porque vislumbre en ellos su capacidad de dios, sino lo que es allí, en virtud de lo imperfecto, humano.
El escritor es en tanto persona, como cualquier otro. Tiene ojos y boca. Posee sangre y corazón. Igual que tú y que yo, con nuestros remanentes y expectativas, con nuestros aciertos y nuestros equívocos, luchan, se pierden y también se rinden. La diferencia sucede en la hoja en blanco: para el escritor es imposible no trabajar en ella. De un momento a otro sucede: escucha el tañido. Y como es quien es, responde a los mandobles. Lucha, pues, con la frase. Le otorga un punto de referencia, la extiende y la amolda y siempre (y si es verdadero en lo que enuncia) se une a ella. Y luego, cuando la escritura acaba y la anábasis termina y se cierra el poema, concluye el cuento, y en la diáspora y en la ordalía se coloca el punto final, aquél será entonces persona otra vez y no, como mal se supone, extensión de la frase.
Pero si el lector, que sale de su concha y corre por el mundo, se empeña en ver en los escritores, demiurgos; si se obstina en concebir genios y hadas de azúcar, seguramente en algún momento se decepcionará. Y ha de jalar de las barbas al autor, al que ha investido de corona y cetro, con la esperanza de que se le caiga la máscara y surja el dios. “¿Es que no eres una estrella?”, irá a preguntarle cuando en lugar de artificio se dé cuenta que es aquello que rasga y araña un rostro. Por respuesta aquél ha de enseñarle sus manos. Y no habrá en ellas nada que no posea el otro. “¿Cómo entonces lograste lo que has escrito? ¿Cómo fue que cayó sobre ti?”. El escritor no sabrá qué responder. Y es que hay en él tanta consternación y miedo, tanta ruina, tanta duda y tanta futilidad como la hay en el resto de la gente. Y es así porque cuanto escribe es el compromiso invariable con ese miedo, esa ruina, esa duda, esa futilidad. Y ninguno, que yo sepa, y pese a las enérgicas expectativas, proveerá de luz como para encender nada. Y es que el lector que crea dioses se equivoca, no ve bien, califica con el dedo y apunta a lo alto. Mas, ¿dónde se ha encontrado a un escritor luminiscente? ¿Dónde, que irrumpa con un estruendo y compita con las reacciones nucleares? Nadie. Sólo personas y huellas. A la escritura debemos calificarla de manera distinta. A diferencia del autor, la obra enuncia su luminosidad. Crepita y muerde. Se expande en sus ondas. Alimenta el abismo.
Y un día sin que lo esperes, te encuentras un libro. Curioso. Amigable… Quién dijera que exponía tantas cosas por dentro. Embustes y confesiones. Y otro montón de figurines. Con ninguno se puede comprar la leche ni encender la podadora, y si se precipita la lluvia y cae un rayo en la casa vecina y ves cómo se incendia, tampoco es que nos sirva haber leído a Camus, salvo para ver el fuego y amar el fuego y la casa que se incendia amarla con paciente fatalidad. Luego, ésta caerá por sí misma. Y quedará a nuestros ojos, humo, ruinas. Nada.
Aún con eso, y pese a los marasmos, a la desazón, al eterno vacío, leer nos evoca algo útil. Nos son necesarias las arengas que allí encontramos. Bebemos de la frase como el impala del lago. Con los laboriosos y nutridos discursos, con su locura y sus coloquios, con sus ágoras y cornucopias, a través del enunciado aprendemos a identificar el ser.
Y cuánto queremos los libros una vez se les comprende algo, por mínimo que sea. Y cuánto odio les tenemos a partir de lo que, así, con abrasiva facultad, nos revelan. Se les quema y se les lee. Y se les seguirá leyendo y quemando cuando no es que se queden guardados en un esquinero. Allí dormirán algún tiempo y tendrán en gran medida la suerte del olvido. Pero no todos, cabe decir. Alguien descubrirá uno al menos y será marcado. A partir de entonces, el individuo adquiere la impronta de la frase y será, tanto más, tanto menos, semejante a los hombres-libro de Bradbury que cargan un cuerpo y una boca y una obra dentro de su memoria. Mas esa es la particularidad, si bien indirecta, de la lectura: transforma al lector, lo empeora a veces, ni quién lo dude, pero por regla común lo hace pensar. Y no es una obligación del libro, que quede claro, a lo mucho del lector; eso: pensar. Y eso también: transformarse. Los libros, como los autores, carecen de la obligación con la persona que lee, y a menos que el escritor quiera tomar la responsabilidad y darse golpes de pecho, las acciones realizadas dependen únicamente de aquél otro, el tercero en el proceso final donde el libro, libro se vuelve.
Así, la joven que tomó la soga y se colgó debido a Goethe, y que aun oscilando, a modo de espectro, parecía llevar en su pecho y semblante el libro de Goethe, no llevó a cabo su muerte en verdad por Goethe, ni se colgó en razón de las tristezas de Werther, que fue al fin una invención de Goethe, sino por el reflejo absoluto que había allí, como un remanente del alma, cubierto de velos y herrumbre, y que brillaba, pálido, en las palabras[2]. Y si ese reflejo era ella, si caía sobre sí el peso inconmensurable de la obra, y la poseía y le hacía ver bosques y estrellas y la muerte como un cuenco, pero sobre todo: la muerte, a Goethe le iba a tener muy sin cuidado porque (y a expensas de que se le califique de cruel), no iba a dejar la pluma por la posibilidad de que alguien se cuelgue tan pronto leer su novela. Y si con esto todavía no se queda uno conforme, baste decir que un libro no te pone la soga en el cuello. Contigo es suficiente. Contigo y tus ansias de matarte. Consigue una cuerda, una viga, un banquito, arrójate si es que quieres y no le eches la culpa a Goethe.
Para el caso nos queda en resumen, y no por Goethe ni por Werther, sino por la escritura y su posterior lectura, una constante: el que las acciones del lector, son las acciones del lector, y que los reflejos con los que topa en los libros se resumen no tanto en las voces que se revelan dentro, sino, por el contrario, y como la luz que declina, en los silencios que cada cual posee.
El hombre es porque sabe que debe contarse. La palabra está para él. La inventa, la usa. Y la palabra a su vez, en un acto recíproco, insufla vida al hombre. Ha sido un acto mutuo de invención. El símbolo y el ser. La humanidad sin enunciación (me atrevo a decir) no sería tal. Y la frase sin enunciador, estaría en el vacío. Es una dualidad la palabra y el sujeto que la emite. Entre frase e individuo, mimetizados, surge la revelación: el acto de existir. Ante el fuego, diez mil años antes de hoy, y diez mil años antes aún, el pueblo se narraba a sí mismo. Rostro a la par del rostro. Luz y calima. Sin esto, una fórmula sustancial faltaría; algo se iba a echar de menos entre las eras. ¿Cómo vivir sin describirnos? ¿Cómo actuar en esa nada, en este mar sin lenguas? Es difícil imaginar. Lo que se revela como aprehensible y lógico es que al pueblo falto de palabras le surja la necesidad del símbolo. De descubrirlo, de ponerlo en una roca; de, con la punta del dedo, plasmarlo en la arena.
De aquí en adelante nace el lector como destinatario de esa fuerza. Frente a sí el enunciado produce el choque. El lector es el ente que no estaba antes y que hoy, quién lo dijera, ocurre. Para ello lo único que realiza es la lectura. Esa, su gran virtud. El lector se legitima desde el primer momento en que traduce y bebe de la extensión del otro. El lector es el complemento y esa argéntea y nueva realidad es la lectura.
A diferencia del escritor, que lleva dentro de sí la enunciación, porque la ha absorbido del mundo, y la explora y transforma dentro de sus facultades y hasta la hoja en blanco, al lector le basta codificar esa doble experiencia para darle sentido, lo cual será invariablemente uno particular. El lector traduce y esa es su razón de su ser lo mismo que el escritor vive en razón de escribir. Ni uno ni otro trabajan para la consideración mutua. Y ni uno ni otro debe de interferir en el trabajo de su contraparte. Maurice Blanchot comenta aludiendo a Franz Kafka[3], y desde luego a su obra, que aquél que escribe para el público (y precisamente Kafka no entraría en ese círculo), escribe la obra del público y no la suya. Hay una necesaria separación entre ambos para la concreción de lo verdadero. Un mar, si se puede, en donde la única conexión sean las botellas con mensajes que pernotan en el interior, a la manera de diablos o de genios, y que se han dejado a la deriva. El lector comprometido libera al efrit y una vez que se presenta ante él, lo indaga: ¿qué deseos, qué respuestas y qué reinos tiene para obsequiar? El genio que es la escritura se expone, entonces, con todo lo que en la lejana isla se le ha dado. El otro analiza, ingiere, acomoda la frase; llega a amarla o a renegar de ella. La vuelve nula o divina. Pero jamás obliga al autor a escribir por él.
Es así que entre escritor y lector sucede una relación gravitacional. Y de igual forma, dos dimensiones que jamás se tocan. Si el lector quiere sujetar cada cabo, cada aguja, cada cable y andamio de lo que el escritor se propuso a decir, se verá en una empresa imposible, porque si bien ocurre una verdad ahí (y si el autor ha sido sincero, la verdad se hallará en algún punto) los meandros de la lectura serán siempre distintos a los de la creación.
Considero también: un lector bien alimentado e instruido, sabrá hacer de su trabajo lo que es, bajo mi experiencia, una labor proporcional al de la escritura. El lector que completa el enunciado, tiene, de tal modo, una enorme y significativa tarea. Es de sí y sólo para sí el surcar el camino que dejó el escritor, en la revelación de la idea, con migas de pan. Lector y autor están de tal forma, a ambos lados del sendero, pero también, y por así decirlo, en las antípodas. Ni una de las partes podrá saber qué les hace caminar en yuxtaposición al otro. Pero hay algo contundente: representan una misma línea entre la frase y su destino. Ocurre una experiencia de poltergeist aquí. Un salto al otro lado del espejo, sin que esta transposición nos deje más que un leve brillo y su subsecuente perplejidad.
Desde luego leer tiene su mérito. De la misma manera que el que escribe experimenta una facultad del lenguaje, el lector así también recibe una clase de particular ungimiento. El individuo se representa también por lo que lee. La palabra le otorga otro sentido. Explora algo en él. El lector podrá darse cuenta de ello o no, pero en algún momento el enunciado lo inviste con sus fórmulas. Y si se ha logrado así, el acto gravitacional habrá llegado a buen puerto. Y será aquello más que la eventual comprensión de la obra, su individual sincretismo.
Lo anterior sea quizá el último y más grande obsequio posterior a la escritura. De ahí que en tanto lectores tampoco habría que congratularnos por los libreros que se han consumido y que tienen la mañosa facultad de agrandarnos la cabeza. Cabe el supuesto de que no sea uno otra cosa que un gran devorador y nada más. Al glotón de libros se le ha dado el estigma de erudito y tal vez no lo merece. ¿Leer a atracones, sin constancia, sin amor, no es una forma de hincharse no ya con literatura, sino con aire? ¿Quién va a fiarse de ese que acude al estante como quien ordena en la caja de un Burger King? Una persona que va de una obra a otra sin detenerse, que degusta sin el tiempo mínimo para considerar qué es lo que come, conoce poco lo que lee. Y se atraganta con los libros. No los digiere en su expresión ni primera ni última y no le sientan bien.
Para el reportero Ryszard Kapuscinski la lectura implica un compromiso lo mismo que es compromiso su creación[4]. El autor, al escribir, intenta sacar en claro algún asunto que lo ronda. La creación del texto es la búsqueda de la respuesta a aquello que le causa inquietud, que lo llama y ahoga. Nunca, llanamente, la respuesta es total. Sucede una posibilidad. Un supuesto. El libro que creamos es una vertiente de esa respuesta que, sorda a los deseos, jamás llega. Entonces bien, el autor que se desvela, que trabaja y se cuece los ojos, crea algo que no necesariamente entiende por completo. Hace falta de aquél otro que lee para que el acto tenga una reciprocidad. Si la obra se devora con premura, cuánto de aquello que se dice cae por los suelos, cuánto se vuelve humo antes siquiera de mostrar cualquier forma. La lectura irresponsable no puede validar las ciudades y los siglos que logra almacenar, en su proporcional construcción, un párrafo. No aprecia la tesis que llena de raíces el texto. No la ve. Es imprescindible, por ello, entender la naturaleza de las lecturas y aceptarlas como se aceptan los individuos, las naciones y las razas: con su propia marca y su personal historia. Y como tal, al acercarnos al texto, nos es posible acceder sólo a una parte de él: un resquicio de la frase que descansa allí, pero que de manera envolvente se magnifica una vez la hemos encontrado. El lector incapaz arrojará partes sustanciales al olvido. Devolveremos el tomo al estante y será como quien imagina que ha bebido de una fuente cuando es verdad que el agua jamás estuvo en los labios, sino que en el camino, resbaló sin esplendor ni razón, ni valor alguno.
Bajo este matiz, los lectores, como el autor, no serán individualmente un escenario completo: no podrá leerlo todo el primero, como no podrá saberlo y escribirlo todo el segundo. Y esto sea, acaso, parte de su consagración con el mundo: la rotunda imposibilidad del absoluto. Porque ninguna escritura hecha cierra en verdad. Y ninguna lectura está completa tampoco. Y a veces ni siquiera, y pese a los esfuerzos, se ha iniciado. Yo leí el Ulises. Y no leí en verdad nada. Los tantos esfuerzos realizados a lo largo de semanas por lograr un trabajo consciente de él, por desentrañar frases y por experimentar las aproximaciones a todo lo que allí es postergación y mito, me dejaron tan sólo, y en el mejor de los casos, sensaciones vagas; manchas, muecas, sombras chinas. Que mi rotunda humillación ante este libro me persiga aún, me es penoso, pero comprendo que una obra suele expresar más de lo que el lector es capaz de ver. Y siendo así, y recordando una entrevista de Borges que debía encontrar tales casos muy graciosos, la lectura fue para mí, en el caso de Ulises, una derrota. Mas es de esta manera como al final, y para ser sinceros, pueden acabar nuestras más dedicadas lecturas y nuestros más cuidadosos escritos: como desastres. Ruinas. Y aún con ello, siempre cabe la suerte de que algo resplandezca en el desastre. En este mar de espejos. En esta ficción de antípodas. Y porque creación y lectura están llenos de eso más que nada. A saber: de notables y hermosos fracasos.
[2] A partir de la publicación del libro Las penas del joven Wether, de Johann Wolfgang von Goethe, se produjeron diversos suicidios entre sus lectores. Esto llegó a calificarse como Efecto Werther, término que se debe al psicólogo David Phillips, y que tenía por objeto identificar y estudiar “la relación entre el aumento de casos de suicidio y la publicación de noticias de este tipo de sucesos”. Debido a las muertes ocurridas a partir de las lecturas, la novela fue prohibida en Italia, Alemania y Dinamarca. Un segundo autor, Fiedrich Nicolai, con la esperanza, presumo, de detener los decesos, escribió una versión apócrifa donde Werther sobrevivía a sus aflicciones, situación que a Goethe debió parecerle una necedad y, en cuanto al uso y apropiación de su historia, una tórrida putada. La información que presento es una paráfrasis del artículo: El efecto Werther, literatura y suicidio. Adjunto la referencia: Álamo, A. (2019) El efecto Werther, literatura y suicidio. Lecturalia. Recuperado de: http://www.lecturalia.com/blog/2019/05/08/el-efecto-werther-literatura-y-suicidio/
[3] Blanchot, Maurice. (1981) De Kafka a Kafka. México. Fondo de Cultura Económica
[4] “Luego, de pronto, encontramos a alguien que ha leído un libro nuestro en una hora. Eso significa que no lo ha leído, porque ese libro estaba destinado a durar una semana, un mes, sólo para llegar entender algo del mismo”. De: Kapuscinski, Ryszard. Los cínicos no sirven para este oficio. España. Anagrama. 2002. Página 124
La mayoría de nosotros conocemos de sobra a la famosa Eva, aparentemente responsable de todos los males de la humanidad según un mito hebreo ampliamente extendido. Pocos conocen a Lilith, su primera mujer, hecha igual que Adán de barro, demonizada luego por las tribus patriarcales que vieron en su requerimiento de igualdad una amenaza. Pero estoy segura de que muy pocos, realmente muy pocos, conocen a otra antecesora de Eva, la mujer sin nombre… Hoy quiero rescatar el relato de su creación, relato perdido en los siglos y en la marea siempre amenazante del olvido.
Luego de que Adán es abandonado por Lilith, su primera compañera, Dios intentó de nuevo darle una mujer (qué complaciente luce el dios de esta historia), así que lo dejó observar cómo formaba la anatomía femenina: primero puso en su lugar cuidadosamente las entrañas, los órganos; luego, con extraordinaria maestría, Dios colocó las venas, los músculos, la piel, los cabellos. Utilizó para ello huesos, secreciones glandulares, sangre, tejidos… La escena produjo en Adán tal repugnancia que cuando la primera Eva se alzó ante él con toda su belleza, sintió un profundo asco. Entonces Dios, dándose cuenta de que había fracasado, se llevó a la primera Eva lejos, nadie sabe con certeza a dónde[1].
Y dicen que la tercera es la vencida… por eso Dios decidió dormir a Adán mientras hacía a la Eva que todos conocemos, y decidió tomar una de sus costillas para que no la rechazara por ser carne de su carne.
Me parece una historia tan triste. Imagino a esa mujer sin nombre vagando por los renglones de la historia, buscando un Adán que pueda ver su interior sin repugnancia y aceptarla con todos los entramados maravillosos del gran milagro que es.
[1] Esta historia se tomó del libro de Robert Graves y Raphael Patai y éstos a su vez dan las siguientes referencias: Gen.Rab 158, 163-64; Mid. Abrir 133, 135;Abot. Dir. Nathan 24; B. Sanedrín 39ª.
Lo encontré tirado sobre la superficie del lago de cemento congelado. Su cuerpo de noche estaba cubierto por una dulce jalea pegajosa, que en un pasado le dio vida. Yo, a usted le tengo que recalcar que nunca lo busqué, pero sin duda, a su manera, él descubrió la forma de encontrarme, y yo, como siempre lo he hecho, lloré su muerte para después enterrarlo en el papel, porque era lo único que me quedaba, es lo único que siempre me queda.
Sucedió una tarde de este año, mientras esperábamos ansiosos la llegada de la primavera, y antes de que los monarcas locales decretaran bajar todas las cortinas. Fue una tarde en la que, como llevo tanto tiempo haciendo, dejé de ahogarme en vasos de agua, para reemplazarlos por café. Cappuccino con doble carga del establecimiento más cercano para gastar la noche en vela.
Cual caramelo mordido y tirado al suelo, llegaban pensamientos en forma de hormigas a hacer vibrar mi cerebro. Pasos largos y presurosos en el corto camino a casa.
Ensimismada, en-mi-mis-ma-daaaa. Caminaba ciegamente aún con los párpados de par en par. Entonces, antes de doblar la primera esquina, un intenso aroma, que sin embargo no llegaba a la pestilencia, comenzó a invadir el ambiente. No tardé mucho en darme cuenta de que fuera de una de las casas que se desvanecían ante mis ansiosos pasos, yacía el cuerpo de un gato negro. Me detuve un momento, hasta que un extraño impulso me invitó a acercarme a él. Nunca he sido muy cercana a los gatos, pero el solo hecho de verlo ahí me llenó de tristeza, sentimiento con el que siempre tendí a firmar contrato y compromiso apenas lo sentía. Al observar su cuerpo con mayor detenimiento, vislumbré numerosas líneas disparejas en sentido vertical y horizontal. Piquetes de tenedor para corroborar el cocimiento de la masa, puñaladas mortíferas y cobardes. ¿Qué mereció ese mísero animal, sin duda mucho menos mísero que muchos humanos para haber sido víctima de semejante martirio? Me resistía a ver su rostro. Volteé a los alrededores intentando buscar pistas que me indicaran el motivo de su muerte. Al no encontrar resultados y como por obra de la inercia volví mi vista a la escena del crimen: lo primero que vi fueron sus ojos. Entonces todo, al menos para mí, comenzó a tener sentido.
Usted va a pensar que yo estoy loca, que se me están botando los tornillos e incluso es posible que cuestione la veracidad de mi experiencia, pero desde aquella tarde todo a mi alrededor tuvo más sentido. El par de esmeraldas abiertas, ahora secas y mosqueadas, con que aquél pobre animal llegó a descifrar el mundo, lo he visto en muchas otras ocasiones, y seguramente usted también. Su resplandor es el mismo que se desprende de los ojos de todos aquellos que viven con fulgor y levantan su estandarte por las calles día a día. Su brillo es aquél que se extingue cuando la censura extingue también todo aliento de vida. Su brillo también es el de la inocencia y el de la osadía, que se ven apagados diariamente por huestes de violencia. Brillo que se derrite en forma de lágrimas ante las hordas del silencio.
En ese momento, no pude evitar imaginar a mi flagelado compañero portando en vida, ya fuera rosario, pañuelo verde, blanco, morado, naranja o celeste, ya fuera viajando, caminando, trabajando o estudiando, ya fuera danzando, corriendo, comiendo, creyendo y refutando, sabiendo e ignorando, siempre viviendo e intentando sobrevivir. De pronto, en medio de mi dolorosa maraña de reflexiones, observé que su vientre comenzó a moverse de arriba abajo. Tal vez lo imaginé, tomando en cuenta la sensación de vértigo y pesadez que todo aquello encendió. Onduló poco más de 7 veces y finalmente descansó.
Quiero creer que formularme alguna idea de su historia y traerla a este cuarto oscuro, fue la sepultura que le pude dar. Quiero creer que en ese gato estamos nosotros dentro de la marcha continua de supervivencia. Quiero creer que en él hay riqueza y pobreza, limpieza e inmundicia, sensibilidad y hostilidad, humanidad y deshumanización expresas en una danza pura y constante.
Ana Jazmín Sossa es alumna del curso de escritura creativa
Dadas las particulares circunstancias que vivimos en este 2020 los talleres online de Trithemius nos han dado la oportunidad grandiosa de incorporar a nuestra comunidad alumnos y maestros de otras latitudes.
Así Luisa Ruiz puede vincularse desde lejos para impartir la clase de Terapia Narrativa.
Luisa asistió al cierre de la última sesión del mes de mayo y escuchó, desde el silencio de su micrófono en mute, la lectura del material de cada alumno.
Cuando todos hubieron compartido sus textos, ella vinculó cada una de las palabras de todos en un solo texto y leyó lo siguiente:
“Magda anunció con bombo y platillo que todos los asistentes a la fiesta eran un pan de Dios y esto era muy fácil de creer por el comportamiento tan silencioso que imperaba desde que anocheció. Pasada la media noche, Lucía, como los alcohólicos anónimos que no hicieron la tarea, se echó un trago de tequila, subió el volumen del radio y empezó a cantar. Maik le hizo segunda, agitó las manos y gritó ¡se prendió el cerro! y empezó a zapatear.
Los más serenos se apresuraron para unirse al fiestero grupo, Thania fue la última, nada extraño en ella, como siempre, estaba en Belén con los pastores. De pronto el sol pintó de luces el patio, Itzel miró el reloj en la pared “¡el tiempo pasa volando!”, nunca le había sucedido antes, asustada salió corriendo y derrapó en medio de los que bailaban, no traía zapatos y tampoco recordaba a qué hora se los quitó. Arminda, con toda cordura, se acercó y le tendió la mano, anda, levántatea bailar o te perderás de toda la fiesta recuerda que no pierde el que se cae, sino el que no se levanta.
Eugenia sabe de qué se trata todo, ha estado observando desde la barda en la casa de junto y sabe que pronto llegará la lluvia, los asistentes no se han percatado de ello; las nubes de la mañana se acumulan arriba de sus cabezas.
Luis, que permaneció pensativo toda la noche, se sacudió un par de gotas de lluvia de los hombros, ¡Vámonos antes que nos agarre la tormenta! –les dijo– es que a esta hora “hasta el viento tiene miedo” Perturbada, Vania, perdió el sentido del tiempo mientras aplaudía con emoción, es que esos monstruos bailaban muy bien juntos.”
La palabra siempre es un gozo en Trithemius, aunque los cuentos nos hagan derramar una que otra lágrima.
Esta imagen es de otro grupo, estos son los que estudian Clásicos.