No sé qué aroma tiene o a que huele la lealtad, pero sé muy bien que empieza con la letra L, la misma letra con la que inicia el nombre de mi amiga Lucy, mi amiga y ¡qué digo mi amiga!, es más que eso, somos hermanas por elección, desde hace 45 años es la persona más leal que he conocido hasta el momento.
Y digo que es leal porque siempre he contado con ella en los buenos, malos y regulares momentos de la vida, también digo que es leal porque aunque no siempre estamos de acuerdo (al contrario nosotras discutimos y es porque pensamos en algunos aspectos muy diferente), no es de esas personas que por ser leales a todo te dicen que sí, es una persona que me ha permitido ser auténtica sin miedo al juicio o a la crítica, es una amiga que te dice las cosas de frente y sin rodeos, jamás me ha hecho daño y es de esas amigas que no necesitan saber de ti todo el tiempo, ni te hostigan con llamadas o mensajes, pero sabes perfectamente que a una llamada están ahí para ti.
Es leal porque es tan sana que la toxicidad no se asoma en nuestra relación, lo que sí se asoma es el reír a carcajadas hasta que nos duele el estómago, el regalo de estar a gusto la una con la otra, hablar por horas y horas hasta que se seca la garganta sin que asome el cansancio por escucharnos.
Una amiga leal porque nos fascina cantar y, aunque yo soy desafinada hasta el tope y ella no, nos acoplamos como buen dueto miseria. Su lealtad se muestra con hechos y no con palabras bonitas. Con ella se han multiplicado mis bendiciones y se ha hecho más fácil llevar los tragos amargos que todos tenemos en esta vida.
Hoy es su cumpleaños, algo que casi compartimos, yo soy del cinco de marzo y ella del 6, somos de la cotorrisa de marzo por lo tanto celebramos la vida casi al mismo tiempo, Lucy es positiva en este caminar por la vida, y no porque su vida sea siempre miel sobre hojuelas, sino porque sus valores y la forma en que ella entiende este mundo es que, con una fe inquebrantable, Dios la acompaña y guía su destino. Un destino que se cruzó con el mío y que yo agradeceré infinitamente.
No sabemos que nos deparará el futuro, aunque soñamos con estar juntas en un asilo y seguir riendo con todas las anécdotas que hemos juntado en todos estos años, yo no he necesitado de su ausencia para valórala, por aquello de que nadie sabe lo que tiene hasta que lo ha perdido, yo no, tengo la fortuna de que la confianza prevalece en nuestras vidas y seguro algo he hecho bien en esta vida porque sin merecimiento me saqué la lotería al tener y mantener una hermosa y leal amistad.
Gracias por siempre mi amada Locy.
Este entrtañable texto acerca de la amistad surge en el taller de Biográficas, es inevitable pensar que una amistad así es un don del cielo, y que este tipo de testimonios lleguen a nuestras aulas es también un regalo invaluable.
“En esta vida hay que bailar al son que nos toquen, y si no te gusta, pues elige tu propia música, pero de este baile nadie se va hasta que termine.”
Dios nunca se equivoca mijita, hay un plan perfecto para cada uno, usted tenga fe.
Y bajo esa premisa, existía una certeza para mí:
“La vida vale la pena ser vivida en cualquier circunstancia”.
Ahora me doy cuenta que fui educada por dos mujeres que a pesar del contexto y la época en la que les tocó vivir, lucharon siempre por no perder su voz y se aseguraron de encontrar su propio ritmo.
No lo voy a negar, es verdad que he bailado al son de otros, pero bajo la premisa de mi abuela todo tiene sentido, hay un motivo y un aprendizaje implícito.
Llevo dentro mi propia música, única y perfecta, aunque reconocerlo no ha sido tarea fácil, he viajado a las profundidades de mi alma para extraer recuerdos y rescatar el sonido de mi voz, he tenido que desaprender melodías ajenas que me había adjudicado como propias, y he tenido que aprender a reconocer la musicalidad que sí me pertenece.
Bailemos pues, me digo cada mañana, porque en mi mente y en mi corazón traigo presente los rostros de esas mujeres que habitarán en mi memoria por siempre, los rostros de esas mujeres que con su vida me mostraron la grandeza del espíritu femenino.
Ellas, las que nunca dejaron de bailar su propia música, jóvenes, viejas, exitosas, lastimadas, traicionadas, cansadas, viejas, enfermas, adoloridas, pero viviendo hasta que el baile terminó para ellas.
No sé como terminé envuelta en este pensamiento, yo solo trataba de hilar la emoción que me provoca un huapango cuando pienso en la vida misma.
En verdad desearía que la vida terminara entre aplausos, como si hubiéramos interpretado la mejor de las melodías, irnos con ramos de recuerdos en nuestras manos y una gran sonrisa…
Que contar tu historia estaba prohibido, pero ya ves, el silencio no es mi virtud, me lo han reprochado incansablemente.
Ahí en mis sueños nos hemos encontrado a través de los siglos, ahí tu luz azul me inunda las entrañas.
No sé qué, no se quien, pero siempre te reconozco.
A veces me encuentras y otras te encuentro, dicen las voces que somos una promesa rota, dicen que la rompí yo.
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Este texto de Sandra Valencia Villegas llegó a la clase de Biográficas como llega un bálsamo para las heridas. Gracias, Sandra, por poner palabras a sentimientos que flotan en sutil consistencia dentro de los seres humanos que se asoman a su interior con valentía y honestidad.
Lorenza Verea ha escrito desde hace años, pero hoy se acerca a Trithemius Talleres Literarios porque quiere seguir en la avenrtura acompañada de quienes amamos la patria de los libros. ¡Gracias por este poema, Lorenza!
Todos los días, cuando cae la noche, tengo un encuentro con mi alma al interior de mi universo. Un hombre agazapado atrás de la puerta observándome, un coche a toda velocidad y un camino incontrolable. Un autobús, y en el último asiento: yo, joven, observando tranquilamente el paisaje, el mundo abierto ante esos ojos… Abrazo, reconciliación.
A lo lejos la inmensidad del mar, mis pies descalzos nunca llegan a la orilla.
Un campo lleno de maleza, el hombre fuerte promete fertilidad.
Despegar del suelo, atravesar ciudades, universos, cruzar la puerta, antesala del cielo.
Un campo limpio, verde florecido, frutos gigantes.
Mi casa, llegué al mar, toqué sus aguas, el suelo ya no me quema, el agua me acaricia.
Una vida resumida en unas cuantas imágenes.
Este texto surge en una de las sesiones de Biográficas, en Trithemius Talleres Literarios. Lo maravilloso es que María acaba de ingresar, y ya su pluma nos asombra y encanta con la narración de este mundo onírico.
Gracias, Maria Consuelo Alcázar Yepez. Un fuerte abrazo.
Si pudiera tener en mí la grandeza de los animales sería grande entre los grandes. Con su humildad y sencillez cotidiana, con su poderío implícito su majestuosidad civilizada… sería paquidermo que no olvida lo aprendido, tigre de bengala gracil y poderoso alma de águila fidelidad de cóndor, paternidad de pingüino inteligencia de delfín poderío de jaguar nobleza de perro
curiosidad de gato libertad de ave Grandeza de alce
pelaje de oso polar garras de león piel de armiño, vista de Alcón, olfato de sabueso, esqueleto de serpiente sexo de zorra atracción de pantera negra nostalgia de búho excentricidad de koala… Sería mujer – animal Animal – mujer…
Este poema pertenece a la autora Ana María Villegas Nungaray, nace después de una sesión de Biográficas. Las sesiones online del taller de Biográficas consiguen inspirarnos. A veces no llevamos texto al salón, pero luego de haber escuchado los textos de cada integrante del grupo, algo se mueve dentro y así, en un impulso de inspiración, aparece la palabra. Gracias, Ana María.
Eso quiere decir que pronto será Navidad. Mi primo compra una olla de barro y con papel plata forramos los conos de cartón con los que hacemos los picos de la piñata. Recortamos las tarjetas de Navidad del año anterior y las convertimos en farolitos. En la calle los vecinos atan unos cordones de lado a lado y cuelgan hebras de heno para fingir un bosque que hace mucho se fue de la ciudad.
Regreso a los chorizos, el proceso empieza con mi mamá y mi tía yendo al rastro a elegir la carne.
Es curioso, pensando en eso recuerdo el sonido del mugir y los cencerros de las vacas cuando regresaban al establo en la tarde.
La ordeña, que aún era manual, empezaba a las 7 de la mañana con sus cuidadores sentados en un banco, pellizcando una a una las ubres plenas de cada animal hasta llenar las cubetas de un líquido tibio y espumoso. La cola de vecinos se formaba poco a poco, porque si llegabas tarde ya no alcanzabas leche. Mii primo iba con el bote de latón gris y cuando llegaba a la casa mi mamá con ojo clínico dictaminaba:
-Ya viene bautizada.
A mí ese pensamiento me confundía. No entendía que clase de pecado original podían haber cometido las vacas. Por supuesto mi mamá se refería a que a la leche le habían añadido un buen porcentaje de agua, el cual estaba bien siempre y cuando no pasara de la mitad. Sea como fuera, sin pasteurizar y sin envases desechables ella se encargaba de hervir la leche, proceso de esterilización primitivo pero eficaz que además tenía el efecto colateral de formar una costra de nata a veces hasta de 2 cm de grosor. Ir a escondidas y meter el dedo en aquella especie de mantequilla para inmediatamente llevármela a la boca formaba parte de ese pequeño placer que da a los niños hacer algo que los adultos desaprueban.
Los establos se modernizaron y también fueron expulsados de la ciudad, la leche llegaba en frascos de cristal con una tapita de aluminio. Creo que por ahí en alguna tienda de Delicatessen sigue llegando así, pero yo ya solo la he visto en alguna película vieja.
Y dirá el lector, ¿y los chorizos?, le pido que disculpe mi desvío, pero el bosque de los recuerdos es así, y a veces hay que detenerse a medio camino porque se oye un ruido, o nos encontramos una fuente de la que hay que beber y…
Sí ya sé, ya sé, los chorizos…
Después de elegida la carne, era importante el pimentón en polvo, dulce y picante, siempre fresco, recién traído por alguien que acaba de llegar de “Allá”. Al abrir la lata mi mamá daba su diagnóstico según el color y el olor, para terminar dando su aprobación metiendo la yema del dedo en aquel polvo rojizo y ponerlo en la punta de la lengua.
Con la carne picada en minúsculos pedacitos, combinaba ajo, cebolla, grasa, sal y pimentón, hasta que la mezcla tenía el tono y el aroma que hacían de su receta algo único e irrepetible.
La mezcla se dejaba macerar en el refrigerador por lo menos una semana, pero cada día se freía un poco de aquella mezcla que en el “Alla” se llamaba “zorza” para ir probando como se iban combinando los sabores. ¡Qué rico era pisar las papas con el tenedor y mezclarlas con un poco de aquella mezcla!
Y si además me daban un poco de refresco… Uno para todos los niños, nada nos daba asco, nos pasábamos la botella sin pensar en virus, ni bacterias, lo importante era el líquido y la corcholata. ¡Ah la corcholata!, mis primos iban a la fondita de enfrente y cuando juntaban una bolsa hacían montañas, una enfrente de otra y como enemigos cruzados jugaban a ver quién destruía primero la del vecino con canicas lanzadas por una resortera. Yo siempre quise jugar con ellos porque lo de las muñecas no se me daba, pero las niñas no podían andar por ahí jugando a la guerra.
Pero en qué estábamos, ah sí, los chorizos.
Después de la semana en el refrigerador, de mezclarla dos veces al día la “zorza” se convertía en el relleno de los chorizos. Las tripas de cerdo lavadas hasta dejarlas transparentes, esperaban en un plato con ajo, las delgadas para el chorizo de carne y las gruesas para el de cebolla, dos o tres chorizos grandes y sustanciosos que por raros eran mis favoritos.
En el proceso trabajábamos todas, mi mamá con un embudo rellenando la tripa, mi tía, mis primas y yo calculando el tamaño del chorizo, para atarlo con dos nudos, siempre dos, para poder cortar en medio de los nudos y no romper el chorizo.
¡Extraño tanto ese trabajo comunitario! En las tardes todas salíamos al rellano de las escaleras, a bordar, tejer o remendar. Lo qué se hacía era importante, pero más importante era el intercambio diario de penas y alegrías que liberadas en el aire evitaban su concentración en el alma.
El reconocimiento que ahora se anhela, se encontraba allí, enseñando una puntada a quien no la sabía, de la labor terminada para estrenar “Algún día” y por qué no decirlo de la eterna competencia por ver quién era la que más sufría. Debo reconocer que había un equilibrio en el reconocimiento de agravios y dolencias, y todas tenían por lo menos un día de ganadoras en el sufrimiento mensual.
¡Esto es para “Algún día”! Decían. Esa frase que ahora se considera hueca, pero que conlleva el valor de la paciencia, el aprecio por el trabajo bien hecho y sobre todo la esperanza de “Algún día” será mi día, brillaré con mi obra y seré reconocida.
Mil disculpas paciente lector, estábamos en la mesa de los chorizos. Se cuentan y se colocan en una tina para llevarlos a ahumar. Todos los días por lo menos 2 veces, mi mamá hace una fogata tronando los dedos, bueno eso me parecía, todavía me asombra que haya alguien capaz de hacer fuego con un puñado de carbón y un pedazo de papel.
Hay un cuarto en la azotea, es oscuro como tiro de chimenea y huele a años de humo, allí como si fueran piezas de ropa se cuelgan los chorizos para ahumarlos ¡Sí consiguiéramos un poco de laurel como el “de Allá”, Todo es como el “de Allá”. “Allá” se mueve en la perfección de lo mítico.
Este año tocan hierbas de olor, eso sí con mucho laurel que no es como el de ”Allá. Enciende el ramo y cual chamana invocadora acerca el aromático humo a los chorizos que gotean, tic, tic, tic, hasta que deshidratados se convierten en deliciosas momias de sí mismos.
Un día fui al “Allá” y en la casa de mi abuela, había un cuarto igual, igual de oscuro, igual de ahumado, igual de oloroso.
Me sorprende el poder del recuerdo en las mujeres, trasplantadas de su infancia, llevan con ellas la memoria de su historia en el sabor de la comida, en la puntada del tejido, en las historias con las que arrullan a sus hijos.
Los hombres solo se llevan a ellos mismos, pero ellas en su delantal, llevan caminos de vida.
Trithemius comparte con orgullo los talentos que se acercan a la comunidad. Este es otro ejercicio acerca de los sueños y su portentoso despliegue de fantasías (¿o acaso de verdad?).
Imagen Mafe Izaguirre
Cinco Monstruos en la gruta
Por Mafe Izaguirre
Yo no sé el porqué sueño. Sin embargo, sueño siempre. Voy despierta. Voy dormida. Sueño siempre que imagino, con los sucesos pasados, con diálogos inconclusos, con las personas que quiero. Sueño también con nostalgia, volver a ver a los míos, abrazarnos, cantar juntos, como lo hacíamos antes, sin excusas, los domingos. Sueño cosas increíbles. Cuando cierro los ojos. Sueño. A veces duermo profundo. A veces viajo a otros mundos. Otros tiempos. Otras versiones. Otros yo. Otras formas de realidad.
Sueño como una película, con sonido y en colores. Sueño que vuelo. Sueño instrucciones para volar. Sueño que soy: pájaro, robot, gigantes. Sueño también con mis monstruos, son horrendos, conocidos. Quizás demasiado famosos. Quizás demasiado monstruosos. Ellos salen de una gruta, saludándome a lo lejos. No se parecen a nada. Son míos, los recuerdo.
Sueño con seres abstractos, que me muestran sus verdades. Sueño con mis propios retos, mis rituales, mis procesos. Cuando sueño estoy despierta. Trato de memorizar. El último sueño que tuve, repetía cinco cosas, una cosa en cada dedo. Repetía y repetía, como sabiendo el olvido. Sueño que libro batallas, que me escapo, que trasciendo. Sueño mucho y no descanso. Abro los ojos y sueño. Traigo cosas a este mundo, las construyo, las escribo. Los sueños se me desbordan.
Sueño con un mundo suave, con sanar, con mis lobos. Sueño que tengo herramientas, códigos, playas y claves. Sueño con el inframundo, con el mal, con el vacío. Soñar ha sido una fuerza, un laberinto, un refugio. Sueño casi todo el tiempo. Despierto poco. Me aburro. Sueño con mi paz interna, con un jardín, con un perro. Con la mirada trasera, completa, satisfecha. Sueño con todas mis vidas. Con la posibilidad. Sueño mucho, sueño y sueño. Sueño con mi libertad, sueño.
Mafe Izaguirre
Puedes conocer más acerca de esta autora en su página: mafeizaguirre.com
Este poema fue otro de los ejercicios de Trithemius Talleres Literarios que realizamos en la clase de Biográficas. En base a la lectura del libro Willy sueña, de Anthony Browne, se les solicitó que dieran seguimiento a su propia secuencia onírica, cada texto fue una gratísima sorpresa de talento. Aprendemos acompañados por los grandes, seguimos sus pasos como un homenaje. Seguiremos compartiendo.
Acá te dejamos el cuento con que dimos seguimiento a este ejercicio.
En Trithemius Talleres Literarios nos gusta que los grandes nos provoquen a escribir. Les compartimos hoy uno de los textos escrito por Maritza Flores Hernández a raíz de un ejercicio juguetón con el libro Willy el Soñador, de Anthony Browne, gran clásico del género Libro Álbum.
A veces sueño que estoy despierta en un espacio malva