Ficción de las antípodas

Por Alejandro Balaam

No existe respuesta final a la escritura, o no que yo conozca. La entiendo simplemente como un acto de libertad. Aquello implica una contradicción, si bien lo considero: una paradoja. Algo así como un efecto doble y como quien viene y va. Surge en pos de esto una hipótesis: la de la palabra que te lleva a escribir como es que la piedra cae si la sueltas. En el descenso, siendo frase o piedra, se une a la ley que la envuelve, a sus constantes y algoritmos; a sus condiciones. Y es la caída, en contraposición a Ícaro, un ascenso.

Ninguna escritura, y por el solo hecho de ser eso,  nace muerta. Ninguna boquea. Todas resuman vida. En su letargo, antes de que alguien golpee la tierra y brote el maná, la palabra sabe que ha sido de una y mil formas despierta. Pero has de saber que de eso se trata: de hilvanar el enunciado no obstante se repita. El reflejo de la idea, su prolongación, es un mérito para la lengua, parte de su naturaleza. El supuesto de que tú las escribas, por la fuerza que te empuja, constata, a propósito, y pese a la formulación de una misma idea, lo que es consabido entre hombres y siglos: nadie enunciará las palabras como es que se forman hoy, en este instante apartado de todo, en este momento donde el signo se escribe; aproximaciones sí, esbozos sí, diálogos paralelos que en sus arrebatos se rozan, pero nadie ha dicho lo mismo, de la misma manera, en la hoja en blanco, dos veces.

              No se escribe para el lector. No tiene caso ni lógica. Para qué si, como expone Barthes[1], es un suceso posterior al momento que es hoy por hoy escritura. El lector a la hora de escribir carece de forma, de sustancia. Y no es. Nos basta y nos sobra el discurso que es un alejamiento y un tocar los fondos. La escritura es la experiencia inefable. El autor deja una parte de lo intrínseco a cambio. Es el pago por los diablos y los genios; el sacrifico por vivir, una vez cuando menos, la hora dormida de las cosas. Escribir es, en objeto de ello, un acto voraz. El que escribe sabe que come, y como dice Turguéniev, “se come a sí mismo”. Hacerlo, resume existir para la literatura (no para ti). Para el lenguaje (no para ti). Para el deseo vehemente, para el impulso febril. Para el signo que todo lo expone. Y has de saber que las palabras llega una vez y jamás vuelven. Y has de saber que sí: desaparecen.

No es esta, ya lo ves, una actividad de domingo. Sólo los imbéciles conciben en la escritura un pasatiempo. Reducirla a ello es como menospreciar el átomo y decir que por pequeño, por diminuto, no es capaz de nada, y ya sabrás que en Fukushima es el átomo, a manera de enunciado, un manantial de proporciones: el tren que avanza, el balar de la máquina, la bombilla que alumbra el mustio taller. Que se ve al átomo como una égida es una certeza en Fukushima. La palabra, como el átomo, es égida. Uno y otro, un templo. Con sus leyes y liturgias. Con sus admoniciones. Justamente por su constatación entre cielo y tierra, hay que tener voluntad para juntar sus hebras. Revolver las heces. Hacer de la pluma y la página, entre chispas y pavesas, la forja.

A la palabra, como al átomo, se le ha de tomar en serio. Posee su física. Su justa dignidad. No me gustan por ello los obreros de la letra que a final de quincena, y como quien marca su tarjeta, tienden a pasarle la factura. Son a los que apremia sentir que sirven para algo y ponerse ellos mismos, cuando nadie más lo hace, la corona de olivo. Mejor harían salvando tortugas o a los niños desvalidos. Que saneen las aguas o hablen con su madre. La escritura no es centro de asistencia social. Que quien busque lavar el culo del mundo y volverse samaritano, que lo haga, pero que no vaya con su libro en alto, se siente a la mesa y quiera reproducir los panes. Considero yo: es más consciente del mundo uno de esos que ayuda a un perro que quien escribe una oda y lo impone y te dice: “ya verás cómo se te caen la liendres”. No es ningún secreto el hecho de que se requiera de gente que cuide a los perros, incluyendo a los que sufren de roña, pero en la escritura, que tendrá su propia roña, sólo son indispensables los que ven en el lenguaje el medio por el cual decir lo que se ha de decir, sin aguardar que el planeta se transforme y que al cabo, irremisiblemente agradecido, aplauda. Porque de eso no se trata. Y qué bueno que no.

Aun así hay quien cree haber dado con la fórmula, dentro de la hoja en blanco, para la felicidad y la paz. ¿Qué le vamos a hacer? Que escriba su libro, que lo cuide y lo riegue, que lo presente a los magos quienes tendrán libros igual de magníficos guardados en el vientre y hablarán desenrollando sus espiritrompas y le dirán: “¡El elegido!”. Y será una farsa, porque esos magos de cuarta estarán hechos de cartón y no se habrán leído sino entre ellos como quien encuentra maravillas en la barba del vecino. Y si esa persona llega a mi casa, si toca y me pide su opinión, y si con ello me insta a que le diga la fantástica escritura que ha logrado, las bonitas construcciones que apiló con esmero, los innumerables castillos, los fuegos y las góndolas, le diré que mejor se ponga a cuidar perros. Y es que un perro es un animal noble y jamás un mago de cuarta, es sincero y mal que bien ama a los estúpidos.

La escritura no existe exclusivamente para alinear al mundo. Para exponerlo sí. Para reflejarlo y colocar de modo que sean visibles sus cúspides y subterráneos, sus paradigmas y quebradas ánforas. Para eso nace. De esto se nutre. De tal fuente abreva. Quien piense que el escritor es un ser luminoso en consecuencia, un santo y un ser de las estrellas, ya puede abrir los ojos y sacarse los fantasmas del ombligo. Y no es que sea necesariamente falso. O siempre falso, lo de que hay gente impresionante, quiero decir: verdaderos hallazgos que se arrancan de la humanidad como quien encuentra perlas en los campos de col. En la escritura, y sólo eventualmente, con sujetos como Tolstoi o Rilke, doy por caso (pero habrá más), suceda una clase aproximada de ignición. Y no porque provengan de las estrellas, sino de las vastas y mansas profundidades. Y no porque vislumbre en ellos su capacidad de dios, sino lo que es allí, en virtud de lo imperfecto, humano.

El escritor es en tanto persona, como cualquier otro. Tiene ojos y boca. Posee sangre y corazón. Igual que tú y que yo, con nuestros remanentes y expectativas, con nuestros aciertos y nuestros equívocos, luchan, se pierden y también se rinden. La diferencia sucede en la hoja en blanco: para el escritor es imposible no trabajar en ella. De un momento a otro sucede: escucha el tañido. Y como es quien es, responde a los mandobles. Lucha, pues, con la frase. Le otorga un punto de referencia, la extiende y la amolda y siempre (y si es verdadero en lo que enuncia) se une a ella. Y luego, cuando la escritura acaba y la anábasis termina y se cierra el poema, concluye el cuento, y en la diáspora y en la ordalía se coloca el punto final, aquél será entonces persona otra vez y no, como mal se supone, extensión de la frase.

              Pero si el lector, que sale de su concha y corre por el mundo, se empeña en ver en los escritores, demiurgos; si se obstina en concebir genios y hadas de azúcar, seguramente en algún momento se decepcionará. Y ha de jalar de las barbas al autor, al que ha investido de corona y cetro, con la esperanza de que se le caiga la máscara y surja el dios. “¿Es que no eres una estrella?”, irá a preguntarle cuando en lugar de artificio se dé cuenta que es aquello que rasga y araña un rostro. Por respuesta aquél ha de enseñarle sus manos. Y no habrá en ellas nada que no posea el otro. “¿Cómo entonces lograste lo que has escrito? ¿Cómo fue que cayó sobre ti?”. El escritor no sabrá qué responder. Y es que hay en él tanta consternación y miedo, tanta ruina, tanta duda y tanta futilidad como la hay en el resto de la gente. Y es así porque cuanto escribe es el compromiso invariable con ese miedo, esa ruina, esa duda, esa futilidad. Y ninguno, que yo sepa, y pese a las enérgicas expectativas, proveerá de luz como para encender nada. Y es que el lector que crea dioses se equivoca, no ve bien, califica con el dedo y apunta a lo alto. Mas, ¿dónde se ha encontrado a un escritor luminiscente? ¿Dónde, que irrumpa con un estruendo y compita con las reacciones nucleares? Nadie. Sólo personas y huellas. A la escritura debemos calificarla de manera distinta. A diferencia del autor, la obra enuncia su luminosidad. Crepita y muerde. Se expande en sus ondas. Alimenta el abismo.

Y un día sin que lo esperes, te encuentras un libro. Curioso. Amigable… Quién dijera que exponía tantas cosas por dentro. Embustes y confesiones. Y otro montón de figurines. Con ninguno se puede comprar la leche ni encender la podadora, y si se precipita la lluvia y cae un rayo en la casa vecina y ves cómo se incendia, tampoco es que nos sirva haber leído a Camus, salvo para ver el fuego y amar el fuego y la casa que se incendia amarla con paciente fatalidad. Luego, ésta caerá por sí misma. Y quedará a nuestros ojos, humo, ruinas. Nada.

Aún con eso, y pese a los marasmos, a la desazón, al eterno vacío, leer nos evoca algo útil. Nos son necesarias las arengas que allí encontramos. Bebemos de la frase como el impala del lago. Con los laboriosos y nutridos discursos, con su locura y sus coloquios, con sus ágoras y cornucopias, a través del enunciado aprendemos a identificar el ser.

Y cuánto queremos los libros una vez se les comprende algo, por mínimo que sea. Y cuánto odio les tenemos a partir de lo que, así, con abrasiva facultad, nos revelan. Se les quema y se les lee. Y se les seguirá leyendo y quemando cuando no es que se queden guardados en un esquinero. Allí dormirán algún tiempo y tendrán en gran medida la suerte del olvido. Pero no todos, cabe decir. Alguien descubrirá uno al menos y será marcado. A partir de entonces, el individuo adquiere la impronta de la frase y será, tanto más, tanto menos, semejante a los hombres-libro de Bradbury que cargan un cuerpo y una boca y una obra dentro de su memoria. Mas esa es la particularidad, si bien indirecta, de la lectura: transforma al lector, lo empeora a veces, ni quién lo dude, pero por regla común lo hace pensar. Y no es una obligación del libro, que quede claro, a lo mucho del lector; eso: pensar. Y eso también: transformarse. Los libros, como los autores, carecen de la obligación con la persona que lee, y a menos que el escritor quiera tomar la responsabilidad y darse golpes de pecho, las acciones realizadas dependen únicamente de aquél otro, el tercero en el proceso final donde el libro, libro se vuelve.

Así, la joven que tomó la soga y se colgó debido a Goethe, y que aun oscilando, a modo de espectro, parecía llevar en su pecho y semblante el libro de Goethe, no llevó a cabo su muerte en verdad por Goethe, ni se colgó en razón de las tristezas de Werther, que fue al fin una invención de Goethe, sino por el reflejo absoluto que había allí, como un remanente del alma, cubierto de velos y herrumbre, y que brillaba, pálido, en las palabras[2]. Y si ese reflejo era ella, si caía sobre sí el peso inconmensurable de la obra, y la poseía y le hacía ver bosques y estrellas y la muerte como un cuenco, pero sobre todo: la muerte, a Goethe le iba a tener muy sin cuidado porque (y a expensas de que se le califique de cruel), no iba a dejar la pluma por la posibilidad de que alguien se cuelgue tan pronto leer su novela. Y si con esto todavía no se queda uno conforme, baste decir que un libro no te pone la soga en el cuello. Contigo es suficiente. Contigo y tus ansias de matarte. Consigue una cuerda, una viga, un banquito, arrójate si es que quieres y no le eches la culpa a Goethe.

Para el caso nos queda en resumen, y no por Goethe ni por Werther, sino por la escritura y su posterior lectura, una constante: el que las acciones del lector, son las acciones del lector, y que los reflejos con los que topa en los libros se resumen no tanto en las voces que se revelan dentro, sino, por el contrario, y como la luz que declina, en los silencios que cada cual posee.

El hombre es porque sabe que debe contarse. La palabra está para él. La inventa, la usa. Y la palabra a su vez, en un acto recíproco, insufla vida al hombre. Ha sido un acto mutuo de invención. El símbolo y el ser. La humanidad sin enunciación (me atrevo a decir) no sería tal. Y la frase sin enunciador, estaría en el vacío. Es una dualidad la palabra y el sujeto que la emite. Entre frase e individuo, mimetizados, surge la revelación: el acto de existir. Ante el fuego, diez mil años antes de hoy, y diez mil años antes aún, el pueblo se narraba a sí mismo. Rostro a la par del rostro. Luz y calima. Sin esto, una fórmula sustancial faltaría; algo se iba a echar de menos entre las eras. ¿Cómo vivir sin describirnos? ¿Cómo actuar en esa nada, en este mar sin lenguas? Es difícil imaginar. Lo que se revela como aprehensible y lógico es que al pueblo falto de palabras le surja la necesidad del símbolo. De descubrirlo, de ponerlo en una roca; de, con la punta del dedo, plasmarlo en la arena.

De aquí en adelante nace el lector como destinatario de esa fuerza. Frente a sí el enunciado produce el choque. El lector es el ente que no estaba antes y que hoy, quién lo dijera, ocurre. Para ello lo único que realiza es la lectura. Esa, su gran virtud. El lector se legitima desde el primer momento en que traduce y bebe de la extensión del otro. El lector es el complemento y esa argéntea y nueva realidad es la lectura.

A diferencia del escritor, que lleva dentro de sí la enunciación, porque la ha absorbido del mundo, y la explora y transforma dentro de sus facultades y hasta la hoja en blanco, al lector le basta codificar esa doble experiencia para darle sentido, lo cual será invariablemente uno particular. El lector traduce y esa es su razón de su ser lo mismo que el escritor vive en razón de escribir. Ni uno ni otro trabajan para la consideración mutua. Y ni uno ni otro debe de interferir en el trabajo de su contraparte. Maurice Blanchot comenta aludiendo a Franz Kafka[3], y desde luego a su obra, que aquél que escribe para el público (y precisamente Kafka no entraría en ese círculo), escribe la obra del público y no la suya. Hay una necesaria separación entre ambos para la concreción de lo verdadero. Un mar, si se puede, en donde la única conexión sean las botellas con mensajes que pernotan en el interior, a la manera de diablos o de genios, y que se han dejado a la deriva. El lector comprometido libera al efrit y una vez que se presenta ante él, lo indaga: ¿qué deseos, qué respuestas y qué reinos tiene para obsequiar? El genio que es la escritura se expone, entonces, con todo lo que en la lejana isla se le ha dado. El otro analiza, ingiere, acomoda la frase; llega a amarla o a renegar de ella. La vuelve nula o divina. Pero jamás obliga al autor a escribir por él.

Es así que entre escritor y lector sucede una relación gravitacional. Y de igual forma, dos dimensiones que jamás se tocan. Si el lector quiere sujetar cada cabo, cada aguja, cada cable  y andamio de lo que el escritor se propuso a decir, se verá en una empresa imposible, porque si bien ocurre una verdad ahí (y si el autor ha sido sincero, la verdad se hallará en algún punto) los meandros de la lectura serán siempre distintos a los de la creación.

Considero también: un lector bien alimentado e instruido, sabrá hacer de su trabajo lo que es, bajo mi experiencia, una labor proporcional al de la escritura. El lector que completa el enunciado, tiene, de tal modo, una enorme y significativa tarea. Es de sí y sólo para sí el surcar el camino que dejó el escritor, en la revelación de la idea, con migas de pan. Lector y autor están de tal forma, a ambos lados del sendero, pero también, y por así decirlo, en las antípodas. Ni una de las partes podrá saber qué les hace caminar en yuxtaposición al otro. Pero hay algo contundente: representan una misma línea entre la frase y su destino. Ocurre una experiencia de poltergeist aquí. Un salto al otro lado del espejo, sin que esta transposición nos deje más que un leve brillo y su subsecuente perplejidad.

Desde luego leer tiene su mérito. De la misma manera que el que escribe experimenta una facultad del lenguaje, el lector así también recibe una clase de particular ungimiento. El individuo se representa también por lo que lee. La palabra le otorga otro sentido. Explora algo en él. El lector podrá darse cuenta de ello o no, pero en algún momento el enunciado lo inviste con sus fórmulas. Y si se ha logrado así, el acto gravitacional habrá llegado a buen puerto. Y será aquello más que la eventual comprensión de la obra, su individual sincretismo.

Lo anterior sea quizá el último y más grande obsequio posterior a la escritura. De ahí que en tanto lectores tampoco habría que congratularnos por los libreros que se han consumido y que tienen la mañosa facultad de agrandarnos la cabeza. Cabe el supuesto de que no sea uno otra cosa que un gran devorador y nada más. Al glotón de libros se le ha dado el estigma de erudito y tal vez no lo merece. ¿Leer a atracones, sin constancia, sin amor, no es una forma de hincharse no ya con literatura, sino con aire? ¿Quién va a fiarse de ese que acude al estante como quien ordena en la caja de un Burger King? Una persona que va de una obra a otra sin detenerse, que degusta sin el tiempo mínimo para considerar qué es lo que come, conoce poco lo que lee. Y se atraganta con los libros. No los digiere en su expresión ni primera ni última y no le sientan bien.

Para el reportero Ryszard Kapuscinski la lectura implica un compromiso lo mismo que es compromiso su creación[4]. El autor, al escribir, intenta sacar en claro algún asunto que lo ronda. La creación del texto es la búsqueda de la respuesta a aquello que le causa inquietud, que lo llama y ahoga. Nunca, llanamente, la respuesta es total. Sucede una posibilidad. Un supuesto. El libro que creamos es una vertiente de esa respuesta que, sorda a los deseos, jamás llega. Entonces bien, el autor que se desvela, que trabaja y se cuece los ojos, crea algo que no necesariamente entiende por completo. Hace falta de aquél otro que lee para que el acto tenga una reciprocidad. Si la obra se devora con premura, cuánto de aquello que se dice cae por los suelos, cuánto se vuelve humo antes siquiera de mostrar cualquier forma. La lectura irresponsable no puede validar las ciudades y los siglos que logra almacenar, en su proporcional construcción, un párrafo. No aprecia la tesis que llena de raíces el texto. No la ve. Es imprescindible, por ello, entender la naturaleza de las lecturas y aceptarlas como se aceptan los individuos, las naciones y las razas: con su propia marca y su personal historia. Y como tal, al acercarnos al texto, nos es posible acceder sólo a una parte de él: un resquicio de la frase que descansa allí, pero que de manera envolvente se magnifica una vez la hemos encontrado. El lector incapaz arrojará partes sustanciales al olvido. Devolveremos el tomo al estante y será como quien imagina que ha bebido de una fuente cuando es verdad que el agua jamás estuvo en los labios, sino que en el camino, resbaló sin esplendor ni razón, ni valor alguno.

              Bajo este matiz, los lectores, como el autor, no serán individualmente un escenario completo: no podrá leerlo todo el primero, como no podrá  saberlo y escribirlo todo el segundo. Y esto sea, acaso, parte de su consagración con el mundo: la rotunda imposibilidad del absoluto. Porque ninguna escritura hecha cierra en verdad. Y ninguna lectura está completa tampoco. Y a veces ni siquiera, y pese a los esfuerzos, se ha iniciado. Yo leí el Ulises. Y no leí en verdad nada. Los tantos esfuerzos realizados a lo largo de semanas por lograr un trabajo consciente de él, por desentrañar frases y por experimentar las aproximaciones a todo lo que allí es postergación y mito, me dejaron tan sólo, y en el mejor de los casos, sensaciones vagas; manchas, muecas, sombras chinas. Que mi rotunda humillación ante este libro me persiga aún, me es penoso, pero comprendo que una obra suele expresar más de lo que el lector es capaz de ver. Y siendo así, y recordando una entrevista de Borges que debía encontrar tales casos muy graciosos, la lectura fue para mí, en el caso de Ulises, una derrota. Mas es de esta manera como al final, y para ser sinceros, pueden acabar nuestras más dedicadas lecturas y nuestros más cuidadosos escritos: como desastres. Ruinas. Y aún con ello, siempre cabe la suerte de que algo resplandezca en el desastre. En este mar de espejos. En esta ficción de antípodas. Y porque creación y lectura están llenos de eso más que nada. A saber: de notables y hermosos fracasos.


[1] “…el escritor moderno nace a la vez que su texto (…) no existe otro tiempo que el de la enunciación, y todo texto está escrito eternamente aquí y ahora”. Barthes, R. (2009) La muerte del autor. Recuperado de https://teorialiteraria2009.files.wordpress.com/2009/06/barthes-la-muerte-del-autor.pdf

[2] A partir de la publicación del libro Las penas del joven Wether, de Johann Wolfgang von Goethe, se produjeron diversos suicidios entre sus lectores. Esto llegó a calificarse como Efecto Werther, término que se debe al psicólogo David Phillips, y que tenía por objeto identificar y estudiar “la relación entre el aumento de casos de suicidio y la publicación de noticias de este tipo de sucesos”. Debido a las muertes ocurridas a partir de las lecturas, la novela fue prohibida en Italia, Alemania y Dinamarca. Un segundo autor, Fiedrich Nicolai, con la esperanza, presumo, de detener los decesos, escribió una versión apócrifa donde Werther sobrevivía a sus aflicciones, situación que a Goethe debió parecerle una necedad y, en cuanto al uso y apropiación de su historia, una tórrida putada. La información que presento es una paráfrasis del artículo: El efecto Werther, literatura y suicidio. Adjunto la referencia: Álamo, A. (2019) El efecto Werther, literatura y suicidio. Lecturalia. Recuperado de: http://www.lecturalia.com/blog/2019/05/08/el-efecto-werther-literatura-y-suicidio/

[3] Blanchot, Maurice. (1981) De Kafka a Kafka. México. Fondo de Cultura Económica

[4] “Luego, de pronto, encontramos a alguien que ha leído un libro nuestro en una hora. Eso significa que no lo ha leído, porque ese libro estaba destinado a durar una semana, un mes, sólo para llegar entender algo del mismo”. De: Kapuscinski, Ryszard. Los cínicos no sirven para este oficio. España. Anagrama. 2002. Página 124

La mujer sin nombre de Adán

La mayoría de nosotros conocemos de sobra a la famosa Eva, aparentemente responsable de todos los males de la humanidad según un mito hebreo ampliamente extendido. Pocos conocen a Lilith, su primera mujer, hecha igual que Adán de barro, demonizada luego por las tribus patriarcales que vieron en su requerimiento de igualdad una amenaza. Pero estoy segura de que muy pocos, realmente muy pocos, conocen a otra antecesora de Eva, la mujer sin nombre… Hoy quiero rescatar el relato de su creación, relato perdido en los siglos y en la marea siempre amenazante del olvido.

Luego de que Adán es abandonado por Lilith, su primera compañera, Dios intentó de nuevo darle una mujer (qué complaciente luce el dios de esta historia), así que lo dejó observar cómo formaba la anatomía femenina: primero puso en su lugar cuidadosamente las entrañas, los órganos; luego, con extraordinaria maestría, Dios colocó las venas, los músculos, la piel, los cabellos. Utilizó para ello huesos, secreciones glandulares, sangre, tejidos… La escena produjo en Adán tal repugnancia que cuando la primera Eva se alzó ante él con toda su belleza, sintió un profundo asco. Entonces Dios, dándose cuenta de que había fracasado, se llevó a la primera Eva lejos, nadie sabe con certeza a dónde[1].

Y dicen que la tercera es la vencida… por eso Dios decidió dormir a Adán mientras hacía a la Eva que todos conocemos, y decidió tomar una de sus costillas para que no la rechazara por ser carne de su carne.

Me parece una historia tan triste. Imagino a esa mujer sin nombre vagando por los renglones de la historia, buscando un Adán que pueda ver su interior sin repugnancia y aceptarla con todos los entramados maravillosos del gran milagro que es.


[1] Esta historia se tomó del libro de Robert Graves y Raphael Patai y éstos a su vez dan las siguientes referencias: Gen.Rab 158, 163-64; Mid. Abrir 133, 135;Abot. Dir. Nathan 24; B. Sanedrín 39ª.

Tres mujeres tuvo Adán

Tranquila como el cielo nocturno (versión español e inglés)

Por Luna Tarheni Hernández González

Soy la hija de la oscuridad.

El viento aúlla a mi alrededor

mientras me dice que me vaya a casa.

La luna me mece,

mientras siento todo el resplandor fuera de mí.

Y podría tranquilamente irme a dormir

soñando con mi destino y el despertar de todos los caballeros oscuros.  

El cielo está oscuro como siempre

y hace que mi corazón se vuelva negro.

El cielo oscuro es mi hogar

y la oscuridad es lo que me hace más fuerte.  

Cuando llega la siguiente mañana oscura,

hay un grito de miedo…

Y me hace despertar

tan pacíficamente como lo hice, cuando me fui a dormir.  

Todo está oscuro 

excepto por un lugar.  

Es una pesadilla.

Un punto brillante…

Un punto brillante no es una buena señal,

pero la curiosidad se acumula dentro de mí.

 

Cuando me acerco para tocarlo ...

Hay un cosquilleo de dolor alrededor de mis dedos.

Aunque duele….. Sigo tocándolo, sin ningún miedo.  

Ahora...

Estoy sosteniendo el brillo.

Y aunque tengo dolor,

todavía lo sigo sosteniendo.  

Mientras me observo

veo que me estoy quemando.  

Estoy asustada.

Por primera vez en mi vida

estaba asustada.

Sentía que el miedo se elevaba dentro de mí.  

Pronto...

me encontré cerrando los ojos.

Y mientras tomo mi último… último aliento…

Digo: “una vez fui oscuridad. Pero ahora… Soy la hija del sol.

Y disfrutaré esta última parte de mi vida “.  

Cierro los ojos una vez más.

Y nunca los volveré a abrir.

I am the daughter of the darkness.

The wind howls all around me,

as it tells me to go on home.

The moon rocks me, 

as I feel all the brightness out of me

and I could peacefully go to sleep, 

dreaming about my doom and all the dark lords awakening.

The sky is dark as always

and makes my heart go black.

The dark sky is my home

and the dark is what makes me stronger.

As the next dark morning arrives,

it makes a yell of fear…

and makes me wake up

as peacefully as I had, when I went to sleep.

All is dark

except for one spot.

It is a nightmare.

A bright spot…

a bright spot is not a good sign,

but curiosity builds up inside of me.

As I reach forward to touch it…

there is a tingle of pain around my fingers.

Although it hurts…I keep touching it, without any fear.

Now…

I am holding the brightness.

And although I’m in pain,

I still keep holding it.

As I look at myself

I see that I am burning.

I am scared.

For the first time in my life.

I was scared.

I was sensing fear rise inside of me.

Soon enough…

I was closing my eyes.

And as I take my last… And final breath…

I say “I was once darkness. But now… I am the daughter of the sun.

And I will enjoy this last part of my living life.”

I close my eyes once more.

And I will never open them again.

Luna Tarheni Hernández González

Trithemius Talleres Literarios se complace en promover los jóvenes talentos.

¡¡¡Felicidades por este comienzo en las letras, Luna!!!

Esmeraldas secas

Esmeraldas secas

Ana Jazmín Sossa González

Lo encontré tirado sobre la superficie del lago de cemento congelado. Su cuerpo de noche estaba cubierto por una dulce jalea pegajosa, que en un pasado le dio vida. Yo, a usted le tengo que recalcar que nunca lo busqué, pero sin duda, a su manera, él descubrió la forma de encontrarme, y yo, como siempre lo he hecho, lloré su muerte para después enterrarlo en el papel, porque era lo único que me quedaba, es lo único que siempre me queda. 

Sucedió una tarde de este año, mientras esperábamos ansiosos la llegada de la primavera, y antes de que los monarcas locales decretaran bajar todas las cortinas. Fue una tarde en la que, como llevo tanto tiempo haciendo, dejé de ahogarme en vasos de agua, para reemplazarlos por café. Cappuccino con doble carga del establecimiento más cercano para gastar la noche en vela.

Cual caramelo mordido y tirado al suelo, llegaban pensamientos en forma de hormigas a hacer vibrar mi cerebro. Pasos largos y presurosos en el corto camino a casa.

Ensimismada, en-mi-mis-ma-daaaa. Caminaba ciegamente aún con los párpados de par en par. Entonces, antes de doblar la primera esquina, un intenso aroma, que sin embargo no llegaba a la pestilencia, comenzó a invadir el ambiente. No tardé mucho en darme cuenta de que fuera de una de las casas que se desvanecían ante mis ansiosos pasos, yacía el cuerpo de un gato negro. Me detuve un momento, hasta que un extraño impulso me invitó a acercarme a él. Nunca he sido muy cercana a los gatos, pero el solo hecho de verlo ahí me llenó de tristeza, sentimiento con el que siempre tendí a firmar contrato y compromiso apenas lo sentía. Al observar su cuerpo con mayor detenimiento, vislumbré numerosas líneas disparejas en sentido vertical y horizontal. Piquetes de tenedor para corroborar el cocimiento de la masa, puñaladas mortíferas y cobardes. ¿Qué mereció ese mísero animal, sin duda mucho menos mísero que muchos humanos para haber sido víctima de semejante martirio? Me resistía a ver su rostro. Volteé a los alrededores intentando buscar pistas que me indicaran el motivo de su muerte. Al no encontrar resultados y como por obra de la inercia volví mi vista a la escena del crimen: lo primero que vi fueron sus ojos. Entonces todo, al menos para mí, comenzó a tener sentido.

Usted va a pensar que yo estoy loca, que se me están botando los tornillos e incluso es posible que cuestione la veracidad de mi experiencia, pero desde aquella tarde todo a mi alrededor tuvo más sentido. El par de esmeraldas abiertas, ahora secas y mosqueadas, con que aquél pobre animal llegó a descifrar el mundo, lo he visto en muchas otras ocasiones, y seguramente usted también. Su resplandor es el mismo que se desprende de los ojos de todos aquellos que viven con fulgor y levantan su estandarte por las calles día a día. Su brillo es aquél que se extingue cuando la censura extingue también todo aliento de vida. Su brillo también es el de la inocencia y el de la osadía, que se ven apagados diariamente por huestes de violencia. Brillo que se derrite en forma de lágrimas ante las hordas del silencio.

En ese momento, no pude evitar imaginar a mi flagelado compañero portando en vida, ya fuera rosario, pañuelo verde, blanco, morado, naranja o celeste, ya fuera viajando, caminando, trabajando o estudiando, ya fuera danzando, corriendo, comiendo, creyendo y refutando, sabiendo e ignorando, siempre viviendo e intentando sobrevivir. De pronto, en medio de mi dolorosa maraña de reflexiones, observé que su vientre comenzó a moverse de arriba abajo. Tal vez lo imaginé, tomando en cuenta la sensación de vértigo y pesadez que todo aquello encendió. Onduló poco más de 7 veces y finalmente descansó.

Quiero creer que formularme alguna idea de su historia y traerla a este cuarto oscuro, fue la sepultura que le pude dar. Quiero creer que en ese gato estamos nosotros dentro de la marcha continua de supervivencia. Quiero creer que en él hay riqueza y pobreza, limpieza e inmundicia, sensibilidad y hostilidad, humanidad y deshumanización expresas en una danza pura y constante. 

Ana Jazmín Sossa es alumna del curso de escritura creativa

Trithemius online y una nueva maestra

Dadas las particulares circunstancias que vivimos en este 2020 los talleres online de Trithemius nos han dado la oportunidad grandiosa de incorporar a nuestra comunidad alumnos y maestros de otras latitudes.

Así Luisa Ruiz puede vincularse desde lejos para impartir la clase de Terapia Narrativa.

Luisa asistió al cierre de la última sesión del mes de mayo y escuchó, desde el silencio de su micrófono en mute, la lectura del material de cada alumno.

Cuando todos hubieron compartido sus textos, ella vinculó cada una de las palabras de todos en un solo texto y leyó lo siguiente:

“Magda anunció con bombo y platillo que todos los asistentes a la fiesta eran un pan de Dios y esto era muy fácil de creer por el comportamiento tan silencioso que imperaba desde que anocheció. Pasada la media noche, Lucía, como los alcohólicos anónimos que no hicieron la tarea, se echó un trago de tequila, subió el volumen del radio y empezó a cantar.  Maik le hizo segunda, agitó las manos y gritó ¡se prendió el cerro! y empezó a zapatear.

Los más serenos se apresuraron para unirse al fiestero grupo, Thania fue la última, nada extraño en ella, como siempre, estaba en Belén con los pastores. De pronto el sol pintó de luces el patio, Itzel miró el reloj en la pared “¡el tiempo pasa volando!”, nunca le había sucedido antes, asustada salió corriendo y derrapó en medio de los que bailaban, no traía zapatos y tampoco recordaba a qué hora se los quitó. Arminda, con toda cordura, se acercó y le tendió la mano, anda, levántate a bailar o te perderás de toda la fiesta recuerda que no pierde el que se cae, sino el que no se levanta.

Eugenia sabe de qué se trata todo, ha estado observando desde la barda en la casa de junto y sabe que pronto llegará la lluvia, los asistentes no se han percatado de ello; las nubes de la mañana se acumulan arriba de sus cabezas.

Luis, que permaneció pensativo toda la noche, se sacudió un par de gotas de lluvia de los hombros, ¡Vámonos antes que nos agarre la tormenta! –les dijo– es que a esta hora “hasta el viento tiene miedo” Perturbada, Vania, perdió el sentido del tiempo mientras aplaudía con emoción, es que esos monstruos bailaban muy bien juntos.”

La palabra siempre es un gozo en Trithemius, aunque los cuentos nos hagan derramar una que otra lágrima.

Esta imagen es de otro grupo, estos son los que estudian Clásicos.

Desde aquí arriba se ve todo diferente

Por Maritza García Plata

Desde aquí arriba se ve todo diferente…
Nada es tan grande como parece de hecho se reduce a puntos de colores, brillantes y movedizos.
Admiro apacible los movimientos y me maravillo de poder observar las nuevas formas que se hacen de tiempo en tiempo.

Desde aquí arriba se ve todo diferente…

El ruido impresionante cuando truena la ola, se desvanece y me envuelvo en el apacible regreso del agua al mar.

Desde aquí arriba se ve todo diferente…
Me maravilla el sonido del silencio, es un bucle con ritmos y formas donde flotas en todos los sentidos… y de pronto despierto de mi ensoñación.

Maritza García Plata es alumna del curso de escritura creativa

CON RESPECTO A LAS TEORÍAS DE LA CONSPIRACIÓN

MI OPINIÓN

Por Yolanda Ramírez Michel


Hace una semana aproximadamente leí un post en face con una propuesta muy agresiva instando a la gente a rebelarse al “quédate en casa”. Pensé que ya de por sí la situación que se vive mundialmente es terrible, como para que le sumen lo que vendría a partir de un enfrentamiento civil (que lo más probable es que esta instigación maquiavélica esté orquestada en cada país por la oposición, que no buscan el bien común, sino aprovechar la crisis para sus propios fines partidistas). Se me ocurrió entonces contrarrestar el veneno de aquel post con otro hablando de las posibilidades que tenemos para adquirir consciencia gracias a la cuarentena:

  • Quédate en casa…
  • Si puedes, quédate en casa, así ya no te estresará el tráfico incesante de tantos ires y venires, verás que el ahorro de gasolina es bueno para todos, para el aire y para el presupuesto.
  • Quédate en casa, que hace bien extrañar a los padres, a los tíos, los abuelos, los hijos, los nietos, los hermanos, los amigos, extrañarlos nos hace valorarlos.
  • Quédate en casa, pero no por Fobos, el miedo loco que a nadie hace bien, sino por Deimos, el miedo que es precaución y cuidado de ti, y de los demás. Y no veas tantas noticias en redes, porque son una feria de vanidades, y no te enteras al fin de nada, la verdad más fiel está en ti mismo, tú sabes qué cosas te hacen daño, qué cosas te hacen bien…
  • Quédate en casa para que no te deprima que por tener tanto trabajo no tienes tiempo de estar con los tuyos. Abraza a tu pareja, a la que casi nunca abrazas porque llegas cansado(a) del trabajo que te quita media vida. Verás que hay muchas cosas que puedes arreglar desde la intimidad de tus pantuflas.
  • Quédate en casa y prepárate un té para calmar esa ansiedad que es natural, el mundo está cambiando y todo cambio nos pone nerviosos, nos sentimos inseguros de lo que vendrá, pero mira, ¿te parecía que las cosas estaban bien? ¿No estabas ya nervioso y ansioso con las cosas como estaban?
  • Quédate en casa y atiende a quien comparte recetas naturales y gratuitas de cómo cambiar nuestra alimentación, te ayudarán a dejar de consumir en la farmacia las drogas que no curan. Hay por ahí mucha gente sabia que ayuda a otros porque sabe que ayudar a otro es ayudarse a sí mismo, el mundo entero es una red de inter conexiones, y la cadena de favores es un milagro simple y sencillo.
  • Quédate en casa, así, mientras lo haces, los animales descansan de nuestro abuso y prepotencia, ellos se preparan para contarnos de su vida mágica y de cómo podemos imitar sus sencillas rutinas de felicidad.
  • Sí, quedarse en casa pareciera que es entrar en una cárcel, pero no, para nada, en la cárcel no está el retrato del abuelo, en la cárcel no hay un colchón con la huella de nuestros sueños, en la cárcel no está nuestro armario, lleno de maravillas olvidadas, ni nuestros pequeños goces diarios, si te quedas en casa puede ser que los descubras y brillen como estrellas.
  • Sí, se cerrarán carreteras, y no podrás ir de vacaciones, pero tienes un mundo adentro, y, ¿cuántas veces las vacaciones sólo fueron un medio de escapar de algo que no deseabas enfrentar? Llegó la hora: te toca mirar de frente el problema y tratarlo con pinzas porque no hay a dónde ir, no puedes salir corriendo, ahora te toca ser diplomático, y usar la buena voluntad que está tan arrinconada por el estrés tremendo en que te has metido por mantener una “calidad” de vida que en el fondo sabes que no tiene nada de calidad.
  • Quédate en casa, no será mucho tiempo, sólo el necesario para que respire el planeta, ¿se te hace que respiraba?
  • Quédate en casa, si puedes, y por favor, no critiques a los que no pueden tener este lujo, el de quedarse en casa, que no todos pueden, así que tú, a ver qué haces, a ver a quién ayudas, que es mejor ponerse a ayudar que ser parte del conflicto.


Cada suceso puede ser bueno y malo a la vez, porque somos nosotros quienes hondamente damos sentido o contrasentido a lo vivido. Cada mal tiene en sus entrañas alguna enseñanza, que nos cuesta ver porque somos perezosos para el aprendizaje de lo interior (como nadie sabe de esos demonios que traigo adentro, me pondré a pelear con los de afuera).
Algunas teorías de la conspiración me han llamado la atención, no lo voy a negar, porque cada una de ellas es una gran metáfora que deriva de los males del mundo, o de los sueños del mundo. Pero vamos a ver, hagamos un ejercicio de imaginación, imaginemos que sí, que todo esto es un gran complot mundial, ¿y entonces? vamos contra los molinos de viento, ¿no? Mi maestro siempre ha sido el Quijote, y ante esta situación, queda como anillo al dedo. Vamos a suponer que los molinos (el virus), no son molinos, que son gigantes (una estratagema mundial para la manipulación del mundo), la metáfora del libro es que en realidad don Quijote veía de más, no de menos, y que en los molinos quería enfrentar al sistema, bueno ya saben lo que pasó, molinos o gigantes lo derriban. Que tenemos que enfrentarlos, sí, nadie ha dicho que nos quedemos en casa como una estatua sin vida, o que no sentiremos muchas y distintas emociones que nos llevarán a inframundos horrendos y personales.


Lo confieso, soy parcial, a mí el encierro me gusta, mis esfuerzos van por adaptarme a otras cosas, así que me disculpo si en un primer momento parece no contemplo que para algunos esto es una verdadera afrenta contra sus costumbres. Mi intención es apoyar con una reflexión para que entren a la maravillosa tierra del sí mismo, hay un libro (lo menciona Borges en El Aleph) Viaje alrededor de mi cuarto, el libro es breve, y va de lo que cuenta un noble que se vio obligado a permanecer en su habitación cuarenta y dos días. Todo un viaje a través del sí mismo.


¿Por qué no guardemos esas fuerzas de revolución para un cambio de paradigmas, y no para apoyar una revolución externa que sólo servirá para seguir girando en el mismo carrusel de violencia? Quienes andan por ahí sugiriendo que la gente se rebele, ¿no han pensado mejor guardar esta energía para la reconstrucción después de la catástrofe?


Ya sé, puede que sí, que sean gigantes, y que debamos decir muy alto que son gigantes, y que más gente tenga la mirada del Quijote, pero mientras es posible hacerlo sin violencia tenemos una opción, sí que la tenemos, y es encontrar el suprasentido (estoy leyendo el Libro Rojo), ¿qué es? A ver si le entendí a Jung: el suprasentido es ir más allá de lo que tiene o no tiene sentido en este mundo, es ir hacia el sentido superior de cada situación vital, que es un sentido personal que cada quien encuentra cuando aceptamos que somos impotentes, y entonces en esa especie de aceptación de pérdida aparece un tesoro.

Digamos que sí, que nos encierran para manipularnos, que todo esto es una conspiración mundial, vamos a ver, qué puedo y qué no puedo hacer: si me encierran para tenerme estresado ¿yo, como borrego sigo el juego y me estreso?, en lugar de buscar opciones creativas para el aislamiento, El Quijote se gestó en una cárcel; Ana Frank maduró en un cuartito sin internet; Viktor Frankl estuvo en campos de concentración y de ahí salió El hombre en busca de sentido; Xavier de Maistre escribió su obra más célebre durante y por el confinamiento, Viaje alrededor de mi habitación. Si no eres escritor, no importa, lo más valioso es que vayas a tu propio sueño y veas qué puedes hacer por él desde el encierro.


No dejes que fuerzas externas puedan contra algo que es mayor y más poderoso, tu fuerza interna, es una verdadera oportunidad de crecimiento, de que salgamos de aquí para ser ciudadanos de otro planeta, que no cambiará si no cambiamos todos y cada uno desde nuestro centro.


Ya sé, todo es más complejo, están pasando muchas cosas que se salen de control: perdiste tu trabajo (ese que odiabas), perdiste tus ahorros (menos mal que los tenías, hay muchos que ni siquiera tenían ahorros para enfrentar este revés, y es un poco bueno que los comprendas, la empatía te hace más humano) que tu matrimonio tronó por el encierro (ya estaba mal, no te engañes si estuvieran bien serían ambos apoyo en esta contingencia y no peso sobre las espaldas del otro), que tus hijos están todo el día encerrados, ¡pobrecitos? (les hará bien, ya se habían acostumbrado a ser dictadores tuyos y del que no caía a sus pies ante un berrinche, los niños son fuertes, y sabios, dejémoslos ser fuertes y sabios), que tu negocio está a punto de quebrar (no es sólo el tuyo, es el negocio de muchos, y habrá que replantear eso que llamamos negocio). Incluso si por causa del encierro sucediera lo más grave, que es la muerte… dime ¿alguien es inmortal?


Esta es la oportunidad para revisar el termómetro vital cada día, entendiendo qué monstruos nos habitan… los acallábamos saliendo. Esta es la oportunidad de entender qué necesidades están creciendo hasta enfermarnos, saber de qué va la verdadera vida, que no es afuera, es adentro.


Mi punto es, que hay cosas que no podemos cambiar y están fuera de nuestro alcance y nos desgasta intentar ese cambio, perdemos la energía creadora en pelear y argumentar contra imposibles. Hay cosas que sí podemos cambiar y están al alcance de una toma de conciencia y un cambio de hábitos. Cierto, esto que sí podemos es en realidad MÁS DIFÍCIL, por eso preferimos lanzar todos nuestros perros contra los que según nosotros nos hacen daño, todo antes que tomar consciencia y cambiar nuestros malos hábitos de vida.


La semilla se entierra, y da frutos, ¿no podemos entender que somos naturaleza, que mucho de nuestro mágico sistema interior se parece a los árboles (los pulmones), a los ríos (la sangre), a las estaciones (la vida misma)? Y entonces si somos naturaleza, ¿qué nos cuesta volvernos un tiempo semilla enterrada en la propagación de un tallo y unas flores que esperan aparecer tras el encierro?


El hacedor de sueños

Por Yolanda Ramírez Michel

El hacedor de sueños está agotado… desde hace siglos llegan hasta él los sueños de los hombres, y desde entonces no ha dejado de teclear en su máquina las historias que ellos cuentan, cada palabra dicha por los hombres sube como vapor de nube hasta el hacedor de sueños y él se encarga de escribir en su máquina de teclas fijas cada vocal y cada consonante.

Pero hoy está cansado, le dijeron hace mucho que escribir las historias de los hombres en la Historia era una labor magna y admirable, le dejaron en esa montaña de soledad, escribiendo cada cosa que ellos cuentan, y al principio, cuando vio florecer sus palabras en la tierra, y cumplirse cada oración como una profecía de flores fieles a la primavera, sintió que aquello era importante.

Le dijeron que quien se dedica a darles vida a las palabras es una especie de dios, y la palabra dios caló muy hondo en él. Era una palabra muy grande.

Anotarás en el libro de la Vida todo lo que pronuncien, cada cuento, cada verdad, cada deseo, incluso las mentiras, anotarás todo lo que salga de sus bocas. Si lo haces bien tendrás luego el poder de anotar también lo que piensen, podrás escribir cada sueño, cada esperanza y cada miedo, y volverás sus palabras ciudades reales, y te sentirás muy poderoso.

Le brillaron los ojos al hacedor de sueños. Y sintió entonces algo que nunca había sentido, sintió que era importante, sintió que tenía un destino, una razón de estar ahí, sintió que valía la pena haber nacido…

Tendrás además el poder de que el silencio de los hombres borre algunas verdades, verás que tienes en la palma de tu mano desaparecer cualquier mundo, cualquier estrella que ellos olviden y con su olvido quede silenciada, podrás tú borrarla para siempre e incluso llenar el hueco, que haya dejado la verdad, con mentiras…, verás cuánto poder alcanzarás, el de la vida y el de la muerte. Desaparecer lo no dicho, aunque haya sido un día verdadero, te irá volviendo dueño del mundo, ser dueño del mundo es algo muy grande, muy grande…

Será tal el alcance de tu magia que si las palabras no están respaldadas por lo que el hombre siente, lo que se manifestará será lo interior, así verás que tu imperio es sobre lo visible e invisible.

Podrás cuando seas un experto hacer que convivan juntos varios mundos, podrás hacer que la voz de unos y de otros parezca verdad a ambos, aunque digan cosas contrarias, y será el decir de cada cual su verdad absoluta. Entonces sabrás lo que es engendrar universos paralelos dentro de un mismo planeta. No hay poder más grande que el del hacedor de sueños.

El hacedor de sueños estaba eufórico, no midió los alcances de aquella encomienda, antes se vio como un elegido, alguien a quien se le regalaba un don terrible y bello, imposible de rechazar. El hacedor de sueños se irguió como quien recibe una buena calificación, y agradeció la deferencia del cargo, y la aceptó con un juramento de fidelidad.

Escribiré en la historia cada palabra dicha por los hombres, hasta ver condensados sus discursos como ciudades visibles y concretas sobre su hermosa y formidable tierra.

No discriminaré a nadie, reproduciré con equidad los versos del pobre, los discursos del rico, haré que el tiempo les muestre ante la puerta de sus casas cada cosa que alcanzó su palabra, cada cosa que en el silencio de la noche pensaron alcanzará también mi reino de propagación viral. No discriminaré risas o lágrimas, les daré a cada uno de los extremos igual atención. Seré fiel a las cuitas y alegrías, a los miedos y esperanzas, al valor y cobardía de los hombres, no seré censor de nada a fin de que ellos conozcan a través de mi poder su poder.

Lo prometo.

Pero el hacedor de sueños no sabía lo cansada que sería su labor de escriba… ni que al paso del tiempo se volvería para él tan importante el silencio, el no decir, el cuidar cada dicho, cada pensamiento. Cada oración que las emociones de los hombres lanzan como juego de agua regando una semilla lo tienen agotado. Está agotado, pero no necesariamente de escribir sobre el libro de la vida, está agotado de su invisibilidad, de que nadie se de cuenta de su poder, siente que se ha vuelto más bien un siervo que un dios, un esclavo que un rey.

Y no puede renunciar, cuando le dieron el poder se lo advirtieron: el verbo se hace carne y no hay marcha atrás. Puedes borrar lo que caiga en el olvido y el silencio, puedes hacer nacer lo que imaginen con suficiente intensidad, pero no puedes renunciar a ser el hacedor de sueños, estarás ahí por los siglos de los siglos mientras ellos existan, y seguirás haciendo que sus palabras adquieran consistencia de realidad.

Imagen del Libro Rojo de Jung

Cuando el cabello se cae el corazón se engrandece

Grace Miranda

Mi oncóloga fue muy clara al decirme que con el tratamiento de quimioterapia mi cabello se iba a caer por completo y  que sería más cómodo irlo cortando muy pequeño para evitar dolor en el cuero cabelludo cuando lo perdiera por completo . En el fondo tenía la ligera esperanza de que no se me cayera, creía que mi optimismo me alcanzaría para retener mi cabellera intacta; pero no fue así. Recuerdo fue un viernes cuando me metí a bañar y mi cabello comenzó a caerse considerablemente, al salir del baño compartí esta experiencia con Sara mi hija; las dos derramamos algunas lágrimas sin más palabras que las que emite el latir del corazón en un abrazo rodeado de amor, ternura y comprensión. 

Ya sola en mi habitación, tuve una sensación extraña, triste, siguieron derramándose más lágrimas al darme cuenta que mi esperanza y fe no fueron suficientes para evitar este suceso. En este momento al recordarlo, mis lágrimas ruedan por mis mejillas, y confieso que no se debe a la vanidad, sino a contactar con mi fragilidad ante este proceso de  “curación” a través de un método tan agresivo a mi organismo como son las quimioterapias, también se debe a la incesante necesidad de soltar todas mis creencias respecto a mi optimismo, a mi control de las cosas, al concepto de mi bienestar físico, a mi entendimiento de la Fe, a la vulnerabilidad que sentí frente al escenario de no tener otra salida aparente y sólo poder seguir este camino de curación. El cabello fue la gota que derramó el vaso y me rendí con conciencia ante esta realidad que estaba enfrentando. Ya no había escapatoria, estaba completamente inmersa en un tratamiento al que meses anteriores me había resistido por completo… Tenía que decidir ser valiente y aventarme del trampolín de 10 metros y seguir nadando o quedarme temblando y aferrarme a permanecer atrapada en las alturas del miedo y la desesperanza. Decidí saltar con una gran valentía, pero también temblando de miedo, con toda mi fragilidad encima y tomando conciencia de que yo sola no podía, que tenía que tomarme fuertemente de la mano de mi Sabiduría interior, de mi poder Superior, de mi Maestro y de mi fuerza interior Divina y con ello; todo cambió!


Ese mismo día viernes, tocó la reunión en mi casa de un círculo de lectura que organicé entre amigas que invité quincenalmente a acompañarme a vivir mi proceso de curación, les compartí mi sentir, mis lágrimas y también mi reflexión mencionada anteriormente… fue un momento muy emotivo, lloramos juntas y definitivamente sanamos juntas. Ellas han sido un bálsamo de ternura,  han significado para mi una red de contención amorosa que me han ayudado a verme con aceptación a través de sus historias y experiencias compartidas, cada una es para mi un reflejo de Luz y esperanza. Seguimos caminando juntas porque todavía hay mucho amor para darnos,  una gran cantidad de sabiduría para compartir y entre nuestras carcajadas bañadas de simpleza y alegría, untarnos la dicha del encanto de la vida cotidiana, esa que nos confirma que definitivamente sí hay otra manera de vivir y de gozar.


Después de mi primer quimioterapia fui al día siguiente a hacerme un corte de cabello super chiquito y muy moderno. Recuerdo que acudí a una barber shop y justo el chico que me atendió había vivido un proceso con su mamá similar al mío; pero él, en aquel momento, no pudo cortarle el cabello porque emocionalmente se sentía muy vulnerable y le dio mucho gusto poder contribuir conmigo en una situación parecida a la de su mamá. Disfruté mucho esa primer etapa de soltar mi cabello largo, me divertí escogiendo el corte. Fue como una señal de aceptación, de  decidir confiar por completo en este nuevo proceso de quimioterapias. Dejar este proceso en un Poder Infinito, al que yo le llamo Dios, me permitió sentirme segura y fortalecida para poner la importancia en lo que realmente Soy y no en la fragilidad del cuerpo, definitivamente esto cambió mi perspectiva y por ende, mi experiencia de lo que viví en lo sucesivo con el tratamiento.Justo cuando estaba en la CDMX para recibir la segunda quimioterapia, por la mañana al bañarme, se cayeron mechones completos de cabello. Me quedé medio calva en la parte delantera de mi cabeza pero en ese momento me dio mucha risa hasta me saqué fotos de lo chistosa que me veía porque al secarme el cabello se me hizo una honda rara que en la siguiente secada esa honda de pelo terminó tirada en el piso y otro tanto en la toalla; mi mayor preocupación fue por las chicas de limpieza ya que dejé un reguero de cabello por todo el baño pero ya no sufrí por ello, había tomado una decisión de soltar lo que tuviera que soltar y esto me hacía sentirme liberada. 

Al día siguiente de la segunda quimioterapia fui con el mismo estilista y me peló a rapa, creo que para los dos fue un momento catártico, nos sacamos fotos para que él pudiera enseñárselas a su mamá y yo para el recuerdo. Por otra parte me encantó que Marcos mi hijo me acompañó y también se cortó su cabello casi a rapa, para mi fue una manera de decirme aquí estoy contigo mamá, te acompaño en tu proceso, yo suelto contigo lo que tengamos que soltar, sí se puede! Decidí andar con mi pelona al aire, sin taparme mi cabeza excepto un gorrito cuando me daba frío. Cuando me veía al espejo, me gustaba como me veía. En mi imagen reflejada me veía más allá de una mujer sin cabello, una mujer valiente, consciente de mi proceso, fortalecida en mi Ser más profundo, decidida a enfrentar este proceso viéndome a mi misma hermosa, sabiéndome bonita y valiosa más allá de mi cabeza pelona, reconociendo todo el profundo aprendizaje que tenía en puerta para crecer en mi humildad, en mi sencillez, en la confianza, en reconocer mi  riqueza interior, echarme un clavado a mi espiritualidad y sumergirme en las verdades que sostienen como pilares mi sentido de vida y el propósito de mi existencia.  

Debo reconocer que Roberto, mi esposo, ha sido parte importante en mi proceso de autoaceptación de esta etapa, su mirada amorosa me motiva a verme a mi misma con su ternura y aceptación; saberme acariciada por su paciencia y su amor incondicional me comprometen a sacar lo mejor de mi en este aspecto y de verdad que ni me cuestiono si he perdido el glamour de una mujer con melena larga porque sus ojos me reflejan el gusto de saberme querida y aceptada… por otra parte que mejor belleza que la de celebrar la dicha de seguir con vida. 


Después de 15 días de mi primer rapada, me rasuré yo sola la cabeza y después cada semana durante todo el proceso de las quimioterapias porque el cabello me salía muy escaso. Todo esto llegó a ser divertido sin pasar por alto que los primeros días viví un proceso de adaptación por el cambio de temperatura en mi cráneo sin la cobijita del cabello y por discernir entre taparme la cabeza para no espantar a los demás o sentirme libre de vivir esta experiencia como yo lo decidiera … es entonces cuando elegí soltar mi cabello, mi imagen y engrandecer mi corazón!

Grace Miranda

Lilia Morales y las trescientas formas de ponerse un rebozo

“Ponte el rebozo”, dice Lilia Morales en el stand de Salto Mortal durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. “Ponte el rebozo”, repite quitándose el accesorio color negro del hombro izquierdo, mientras lo pasa para observar. ¿Cuántas formas existen de usar esta prenda? Para la psicoterapeuta, más de trescientas; sin embargo, la importancia no se encuentra en cómo ponérselo, sino en el modo de quitarlo.

Lilia Morales en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2019

El día que Lilia Morales, Doctora en Psicoterapia Gestalt, escuchó a una de sus pacientes quejarse por cómo estaba harta de ver a su madre “poniéndose el rebozo”, decidió escribir. Tras años de trabajar con mujeres de la República Mexicana y Latinoamérica, su libro El Rebozo, publicado por la editorial Salto Mortal, explora las distintas maneras en las que las mujeres se han puesto esta prenda metafóricamente, con el sentido de hacerse las víctimas para manipular.

Ya sea el de la Adelita, el de seducción, el de la chica buena o el del “club de la rodilla ensangrentada”, a lo largo de nueve capítulos, Morales ahonda en qué es ser víctima,  la historia del rebozo y en los modos de vestirlo: “todos manipulamos, nada más es hacer consciencia de qué tipo de rebozo aprendiste de tu mamá, de tus tías, o abuelas”, explica la autora.

Darse cuenta de cómo se usa el rebozo es todo un proceso, menciona Lilia, ya que hacerse la víctima se ha desarrollado de una manera inconsciente. Y, aunque este no se pueda desprender totalmente, saber que una lo está usando es el primer paso para dejar de manipular, para ser más feliz.

En una sociedad en la que la parte comercial ha vendido el estereotipo de mujer, o incluso en donde los mismos miembros de la familia dicen cómo se tiene que vivir como una, la escritora comenta la necesidad de que se acepten a sí mismas para vivir plenamente, incluyendo la menstruación, la menopausia… etapas que no tendrían por qué ser ningún tabú ni un motivo para avergonzarse: vivir el sexo libremente.

Para Lilia, desde jóvenes ellas han crecido con un doble mensaje: “en mi taller del rebozo les digo a quienes asisten que escriban lo que hayan recibido de ‘sus viejas’, ¡es impresionante!, las mismas mujeres son las que les dicen “cierra las piernas, pareces piruja…”. Por lo tanto, es importante para la psicoterapeuta que se recupere “a nuestras modelos”, aquella parte sabia que, como mexicanas está llena de riqueza, pero que sea de una manera en la que se vaya construyendo una identidad propia, plena, como cada una decida vivirla.

Cuando Lilia Morales comenzó a  escribir, este estudio lo tenía pensado para formar parte de su tesis doctoral; sin embargo, cuando un conocido le preguntó a dónde quería que su escritura llegara, si a la cabeza o al corazón, ella respondió lo segundo. De este modo, la autora busca esto en sus publicaciones, como también se ve en su último título Memorias inevitables, el cual explora la relación de una chica con su padre.

El rebozo tiene la intención de plantar una semilla en la que las mujeres puedan sentirse plenas, “¡no le tienen que demostrar nada a nadie!”, dice Lilia. La felicidad de la mujer: una obra que la autora espera que llegue al corazón.

La obra de Lilia Morales está a la venta en la editorial Salto Mortal a través del siguiente enlace: https://www.editorialsaltomortal.com/tienda