En el desván de una emoción

A veces uno siente que las cosas no están bien, y no es por nada en especial, no es que una tragedia haya tocado a la puerta, no es que algún mal nos lleve al insomnio, no es que haya lágrimas, no…

Pero algo no funciona, la alegría brilla por su ausencia, y es curioso porque si uno mira a su alrededor, las cosas están mejor que nunca, mucho mejor incluso de lo que estuvieron cuando había lágrimas.

Es que los hombres guardamos extrañas rabias que se acumulan por no atenderlas, frustraciones y artículos no resueltos en tiempo y forma salen con sus fauces abiertas cuando menos se les espera.

Criaturas curiosas y excéntricas que somos los seres humanos… un día cazamos mamuts con la euforia del reto, y comimos los despojos de la cacería con el contento del hambre que ha sido saciada. Y dormimos bajo las estrellas sin que hubiera ningún arrendador que nos cobrara renta por el uso de suelo.

Más nos valdría recordar aquello, y no lamentarnos de la lentitud del internet que nos mantiene en contacto con los seres queridos en cualquier parte del mundo, más nos valdría gozar los buenos frutos del progreso, alegrarnos ante la mesa puesta y el mantel limpio, gozar por las flores en el jarrón, el abrigo de un techo, la ventaja de una ciencia que cura muchas cosas, aunque tenga sus bemoles, cura muchas cosas. Muchos estaríamos muertos sin la penicilina o la anestesia.

A veces, cuando hay ruido dentro, es bueno ver las cosas bellas que insisten en mostrar sus rostros ante nuestra apatía. Es bueno entender que los males no pueden ser lo único que salió de la caja de Pandora. Es bueno escribir para intentar entendernos.

El mar primordial

Por Pepe Aguilera

Tenemos en nosotros todos los cuerpos y todas las palabras. Nos habita lo inhabitable, pareciera que nos escurrimos cuando queremos decir algo y no es posible pronunciar palabras. De los ojos brotamos como un mar primordial, nos volvemos un espejo de lo no dicho, de la posibilidad. Hemos nacido para pronunciar y ser pronunciados.

A veces el lenguaje no ajusta, no sirve para decir el silencio que nos embarga, el océano ya no puede reducirse a un cúmulo de signos, quiere desbordar, fluir en palabras por todo el mundo. A veces el mar inunda, nos vuelve agua, tanta agua que las ideas no ajustan, el lenguaje ya no dice nada, todo se lo traga en sus profundidades.  

Entonces Escribir ha de ser una suerte de flotar entre cuerpos, naufragar en medio de la nada, sentirse perdido en medio de símbolos, el impulso último antes de morir de sed rodeado de tanta agua.

Y a veces uno se cansa de flotar, de ser palabra y símbolo, de ser todos los cuerpos, de la masa irreductible de significados y sentidos que nos rodean y nos inundan. Uno se cansa de escribir y de la imposibilidad de escribir, del encuentro y la partida, del agua que fluye incesantemente. ¿Cuántos mares podemos soportar? ¿Cuántas palabras inundadas podemos cargar? ¿Cuántos silencios? A veces uno se cansa de las vacuidades de la vida, de las modas, de las insufribles ideas del ser y su nada absoluta.

Entonces resulta necesario olvidarse en la palabra y de la palabra, resulta necesario volverse sobre sí mismo, adentrarse para voltear la mirada hacia lo pequeño, lo insignificante, lo trivial de la vida, un sonido, un rastrillo para arar tirado en el pasto, un ave que se para en la reja, un insecto que camina recto desde su hogar hasta el árbol del cual recoge su alimento, una mota de polvo entrando por la ventana. Resulta necesario dejar de escribir. Pero sólo cuando uno se ha dado cuenta que navega en un mar primordial.

Pepe Aguilera tiene la buena costumbra de escribir al finalizar cada clase de Fundamentos Literarios. Siempre es un gozo leer su poetización de la teoría. Por eso compartimos, para que otros gocen junto con nosotros.

Memorias de una pandemia: la nueva actividad extrema

Entre pandemia y botón rojo, surtir la despensa es una práctica de alto riesgo: no toques, no huelas, es peligroso; no compares, invertirás más tiempo y estarás más expuesta.

Las escenas de la nueva normalidad en mercados y tiendas de autoservicio pasan por la mirada aguda, la escritura entrenada y la ironía de alumnas del taller de Periodismo y Literatura.

Escriben de cómo salir a las compras de la canasta básica, algo tan cotidiano, tradicionalmente libre, sin restricciones ni horarios, y casi, casi, paseo familiar de fin de semana o quincena, es ahora una práctica un tanto reglamentada: una sola persona, no adultos mayores, sin aglomeraciones…

Sus crónicas son el testimonio del tiempo que les está tocando vivir. Escriben porque hay que contarle a los que vienen.

El dolor de no tocar, oler, escoger y comparar

Por Vania Coria Libenson

A muy corta edad supe que no siempre hay comida en la mesa. Que las raciones se hacen grandes o chicas según el día del mes. Que es diferente lo que comes en el recreo en comparación con lo que comen los que se sientan al lado de ti. A veces más, a veces menos. Y de manera inconsciente vas entendiendo el mundo a través de cantidades de salchicha, galletas de marca, termos con agua o jugos preempacados y dinero para un extra en la cooperativa escolar.

Todos deberían poder comer igual. Todos deberían poder elegir y paladear. Y quizá por eso una gran rebanada de mí ser lo he dedicado a la comida. A preparar. A jugar con los sabores y retarme a ver en los rostros aquella inequívoca señal de placer y saciedad. Una mano que alimenta delicioso, tiene un poder celestial. O así me siento yo al menos cuando lo hago.

Y existe un momento sublime, antes de poder iniciar la magia al cocinar: las compras.

Tenía quizá poco más de 4 años, cuando visité por primera vez el Mercado de Abastos de la mano de mi madre. Un mundo terroso de olores magistrales y colores vivos. Pequeñas islas divididas por fierros mugrosos te ofrecían frutas de nombre desconocido, pero exquisitas. Grandes ruedas de quesos añejos al alcance de mis deditos, y un señor subido de peso que al verme cortaba una rebanada y me la entregaba orgulloso en un plástico circular. Al lado de Lety, nuestra distribuidora de fruta del pequeño restaurante que mi mamá tuvo durante mi infancia, está probablemente el local más pequeño de todos, donde vendían jugos y licuados. El de chocolate era siempre mi elección. Nunca entendí cómo se hacía tan espumoso en ese aparato verde metálico que sostenía un vaso de acero y cuyas aspas chillaban como un tren quejumbroso a todo vapor. Convenía pedirlo en vaso, para que te rellenaran con lo que había quedado en el aparato y no se merecía desperdiciar.

Pollos, cabras, reces, cerdo, pescados y mariscos muy muertos, colgados boca abajo, que lejos estaban de ser grotescos, si los veías en su potencial. El aroma a cilantro fresco, a naranja dulce, el menudo de Doña Chela al final de la pesquisa como premio por haber sabido esperar. Sabores, texturas, formas y tamaños todos. Todos están ahí.

Los años pasarían y caminar a empujones entre los pasillos me era natural. Ropa cómoda, dinero en la bolsa del pantalón delantera, y mi amigo Toño que cuidaba en su local mis bolsas de asa roja y cuadrícula de plástico, para no cargar y poder comprar y comprar. Caras que se hicieron familia. El pedacito de queso que se me entregaba con la misma calidad tersa y cremosa que la leche entera da, ahora me lo entregaba el hijo de aquel señor que murió de pronto, pero el queso se quedó. La manzana limpiada en un mandil de flores ofrecida a mí en una mezcla de camaradería y apapacho al corazón. El escuchar ¿cómo esta mi amiguita, hoy te tocó a ti? ¿Qué vas a llevar? Seguido de nombres que me eran tan familiares como decir agua; un kilo de diezmillo, espalda sin limpiar, costillar, entrecot fresco que lo voy a hornear, bonillo, picaña, bogavante y nata de montar… Nuestro lenguaje delicioso. MI propio mundo seguro. El viaje al país de las maravillas.

Los niños suelen recordar tardes con los primos, las idas al campo, correr en la tierra o salir a acampar. Yo recuerdo las grandes bodegas de semillas, las tiendas de dulces, los pisos negros bordeados por los colores más vivos y sabores más extraordinarios que la madre tierra da. Mis mejores salidas, mis momentos más dichosos, eran salir a comprar los ingredientes para cocinar.

Al morir mi madre creí que ese placer extremo acabaría. Su recuerdo, las preguntas por ella, su ausencia en la silla del menudo a mi lado, y su manera de hacerse notar y querer por todos me hicieron un hueco en el estómago que de vez en cuando me cura el omeprazol pasado con el mismo licuado. Pero el gozo, el éxtasis, la libertad de mi olfato y al carrusel de alta velocidad de mi imaginación sobre qué podría cocinar, sobrevivieron a mi gran perdida y se quedaron conmigo. Año con año, mes a mes, temporada a temporada, mi vida avanzó al compás de las familias que atienden el Mercado de Abastos. Mi adolescencia, mi adultez prematura, mis enfermedades se acompañaron de la mano de productos de importación, de nuevos cereales, de verduras orgánicas, de cortes magros y el mismo menudo. Sentirme en casa es hacer el mandado en la central.

Mi pasión se trasladó a las grandes cadenas de super mercados. Sentir la misma fascinación en los pasillos con altos anaqueles y empaques con etiquetas que siempre he sabido revisar. Enseñe desde pequeños a mis hijos a amar la posibilidad de ir a llenar el carrito e imaginar y soñar. Ninguna sensación ha sido jamás tan placentera como cerrar la cajuela, manejar a casa, bajar las compras, y ver el refrigerador y la despensa a reventar. Te hace sentir que todo está bien. Que todo estará bien.

La cocina se me convirtió en arte a muy corta edad. Jugando en el piso del restaurante de la familia con un anafre en miniatura con carbón encendido real y cacerolas de barro de juguete que insistí me compraran en el tianguis. Las cocineras las llenaban de la comida que vendíamos, y yo me sentía realizada. Fui una y mil veces por aceite, sal de grano, enormes cantidades de carne, semillas, vegetales… Nunca fui más feliz, nunca me sentí más segura.

Y así, de golpe, como cuando te dicen “ya no te amo” y se van, así duele hoy no poder salir a comprar. Tocar, oler, escoger o comparar, es un riesgo y una falta a la nueva normalidad. Esos pasillos estrechos donde todos somos iguales, hoy son un riesgo por la proximidad. Vaya osadía, creernos iguales sin importar la clase social, ya es visto como una cercanía potencialmente mortal.

Me pusieron horarios. Restringieron los días. Debemos usar cubre bocas, pasar un arco de desinfección, la gente se aleja de ti en automático, te miran con desconfianza, una desconfianza jamás vivida en mis más de 35 años asistiendo cada domingo sin excepción. El tiempo de permanencia es breve. Haces fila si se satura el flujo de visitantes. ¿Desayunar ahí? Meses estuvo prohibido, hoy de nuevo cancelaron la participación de los locales de comida como prioridad.

No puedes detenerte, ni tocar y regresar. Ese mundo fantástico dónde el espíritu creativo se recargaba, está actualmente en demolición.

Hoy pienso en ir por la despensa, cubierta de pies a cabeza y de prisa, como algo parecido al cavernícola que va de caza con miedo a ser devorado en lugar de recolectar. Qué valiente aquél que levanta la mano, un poco presa del encierro, pero de estómago fuerte para ir al supermercado. Las compras de pánico son un reflejo desesperado por tener lo que se necesita para vivir. Porque queremos vivir. Porque tememos lo que la pandemia traiga a cuestas con el resultado de los que aún creen que es una teoría conspirativa.

No me juzguen, lo entiendo, y no corro riesgos ni quiero que los demás los corran por mi obsesión. La supervivencia se jacta de extrema, así que una manzana hoy deberá pasar por cloro y detergente antes de poderla siquiera meter a mi refrigerador.

No puedo olfatear las especias ni platicar recetas antiguas con la esposa del carnicero que me vio crecer. Hoy es solo un trámite veloz, como artículo de primera necesidad y establecimiento prioridad 1, para el permiso de seguir operando. Después de todo, se come para vivir.

Es tal el riesgo y el miedo, que dejé de ir. Mando un mensaje a un astuto joven que te hace las compras en Abastos y me las deja en la puerta del jardín, sobre una mesa dispuesta con litros de cloro, jabón, agua y todo un protocolo de seguridad. Las tiendas en línea, a su vez, te facilitan hacer tus pedidos en aplicaciones con coloridos dibujos de frutillas y un simpático carrito de compras que va dibujando el número de artículos que has escogido. Puedes agendar tu entrega ese mismo día, con horarios escalonados y llamadas antes para confirmar si hay sustitutos en caso de que hayan faltantes de lo que pediste en la lista inicial. Es más, no hay que ir ni a la tienda. Aplicaciones como Cornershop, Rappi, Uber Eats o un Rappi Favor, te llevan en menos de 30 minutos las cositas que te faltaron en el pedido grande semanal.

Hay formas de reducir el contagio y la exposición al riesgo, sí. Hay mecanismos que cada día funcionan mejor y conforman la nueva realidad. No hay fecha para el regreso a clases, para la apertura de toda categoría de comercios, y durante dos fines de semana, debido al botón rojo que implementó el gobierno, los supermercados ni abren.

Una mezcla de virus impredecible y ciudadanos desafiantes de la autoridad han hecho esto más largo y más caótico. No hay lugar seguro, no hay país de las maravillas, no hay momentos de recreación ni gastronómica ni lúdica ni espiritual. Estamos confinados hasta que algo o alguien pase y regrese el tiempo a donde se podía salir a respirar. Habremos de convertirnos en seres resilientes y rogamos por la supervivencia nuestra y de nuestros seres amados. Hacer las compras es hoy una de varias actividades extremas que solían ser de lo más normal. Esperemos que la inteligencia y hambre de una buena vida nos permitan pronto, volver a ver de cerca, tocar, olfatear y paladear.

Este texto es producto del taller de Literatura y Periodismo que imparte en Trithemius Talleres Literarios la maestra Mireya Espinosa, periodista con amplia trayectoria en el tema.

Obras de Yolanda Ramírez Michel

Si te gustó la charla con Yolanda Ramírez Michel y su libro “Conversaciones entre Lilith y el Ángel”, por aquí otras de sus obras publicadas con la editorial Salto Mortal. Encuéntralas aquí.

Imagen interactiva. Haz clic en los símbolos para ver más.

Conversaciones entre Lilith y el Ángel

Éste es el recuento de los tiempos únicamente divisados por las intuiciones del alma, los tiempos en que todo estaba inmóvil, los tiempos en que no había ni hombres, ni palabras, ni tiempo. Este es el principio de todas las historias, la página en blanco donde un día todo estuvo en silencio, todo en calma…

Litterae

Un homenaje al verbo, la poética del libro, el lenguaje, la lengua, el poeta, la lectura… imprescindible para los que aman cualquier libro que hable de la palabra, los libros, la poesía, el lenguaje.

Luz en Pueblo Pequeño

Relato surrealista acerca de la inquietante llegada de un personaje que altera la vida de un pequeño y apacible pueblo.

Cuentos de cuarentena 2020 (coordinadora)

Esta antología es el encuentro de voces heterogéneas en su manera de contar la vida. El único punto de semejanza ante la diversidad fue narrar la cuarentena con los recursos propios.

El gran niño

¿Quieres conocer un país donde tus sueños pueden convertirse en realidad? No estoy hablando de los sueños que dejas por la mañana llenos de salivita en la almohada, sino de los sueños del corazón, esos sueños locos, aventureros, fantásticos y maravillosos que te acompañan en todo el día… y a veces durante toda tu vida. Esta es la historia de un niño, Sebastián, que desea intensamente construir… ¡un robot gigante del tamaño de un edificio!

Jacinta

Jacinta narra en imágenes simbólicas el viaje de liberación personal de
una prisión elegida en amor y obsesión.

Manifiesto Luminista

Una llamada apasionada al encuentro de nuestros dones y nuestro poder creador.

El Tarot de Don Quijote

Un libro-juego, contiene un paquete con cartas, oráculo y libro teórico. Es ideal para
regalarlo a quien ama los Clásicos, y muy especialmente a quien ama al Quijote. Pero también es un buen regalo para los amantes del Tarot y la magia. El libro busca la amalgama perfecta entre la sabiduría ancestral, las reflexiones contemporáneas y el juego.

Crónica de una reparación vital

En este libro se reporta la travesía de la enfermedad a la salud mediante un misterioso viaje de alegorías existenciales.

Grimori Mundi

 Un recorrido poético por las eras cósmicas, según la mitología judeocristiana.

Fiestas de Yule (coordinadora).

Fiestas de Yule es un libro ideal para regalar esta Navidad. Dieciocho cuentos en pasta dura, a todo color, con ilustraciones de varios ilustradores serán la delicia de los hogares lectores, que a la manera de siempre, se reúnen en torno al fuego del hogar para compartir la palabra que trae la estrella de Belén.

Nuevas Fiestas de Yule (coordinadora)

Nuevas Fiestas de Yule es el segundo ejemplar de la colección navideña.

Raúl Aceves nos cuenta acerca de “Conversaciones entre Lilith y el Ángel”

Raúl Aceves, noviembre de 2020.

En su libro más reciente, titulado “El evangelio del universo, conversaciones entre Lilith y el Ángel”, Yolanda Ramírez Michel nos da su recreación personal del Génesis, y nos pone como actores principales al Amor y a la Nada, el Origen y la Unidad, la Materia y el Pensamiento, el Sueño y la Imaginación, el Caos y el Hogar Universal, el Gran Pensador y los Niños Secretos, Ella (La Gran Madre) y los Ángeles (los primogénitos), hasta llegar al hijo inasible e infinito: el Tiempo.

El impulso de desentrañar el misterio de nuestro ser despertó la curiosidad del “ángel más joven” y lo hizo desafiar los límites establecidos al conocimiento y romper los tabúes del Padre. Así nació la tentación de probar “el primer fruto prohibido del mundo”. Y de ahí resultó “el espanto, el desasosiego, la confusión”, la extrañeza de “aquel primer vértigo llamado Libertad”, y la polaridad de los opuestos llamados Bien y Mal.

El Padre y la Madre habitaban en la aldea primordial, en aquella casa de los Destinos, y para no alterar la unidad original, el ángel rebelde optó por exiliarse acompañado de la Madre por “una escalera que nace rumbo a la profundidad, por aquel laberíntico tronco – del Árbol de la Vida – hacia lo más denso de la carne cósmica”. Ese fue el origen de los Ángeles caídos.

“La Gran Madre -Materia- estaba lista para que naciera Vida, hija bella y sagrada, Miríadas de hijos emergieron del vientre de la Tierra. Los ángeles exiliados tomaron nuevas formas y se convirtieron en hadas, elfos, gnomos, sirenas, ondinas, ninfas… y a los más rebeldes se les llamó demonios.”

Extrañando a la Madre, la “Ella” primordial, el Padre también descendió al mundo material por el tronco del Árbol de la Vida, recorriendo los 22 senderos de las 10 esferas refulgentes (como lo señala el Kábala). En este mundo el Padre reconoció las letras invisibles de su nombre detrás de todas las cosas creadas como un espejo donde podía verse a sí mismo (como lo señala el Zohar, libro místico judío).

A pesar de la disonancia que había en el mundo material , el Padre respetó la libre elección de sus hijos y la posibilidad de convertir el caos en un orden nuevo. Y así quedó sembrada la semilla de la utopía. El Padre entregó un último don a las nuevas criaturas: un ADN estelar fundador de su linaje, un código genético hecho a semejanza del código cósmico.

Luego de la Madre nació la primera pareja humana, el varón llamado Adán, y la hembra llamada Lilith, y fueron instalados en un lugar paradisiaco, donde no les faltaba nada, y el Padre les dio además e don del Verbo, la palabra que da nombre a todo lo creado, que da identidad a todas las cosas, que da forma a las esencias. La palabra que es al mismo tiempo puente y abismo.

En esta recreación mitológica – situada a medio camino entre la ficción y la prosa poética sin faltar la reflexión filosófica y los aforismos – la figura central de Lilith suplanta a Eva como primera mujer de Adán, y a semejanza del primer ángel rebelde, se auto-exilia del aburrido Edén y abandona a Adán, para ir a hacer compañía a los “Ángeles caídos”, y convertirse ella misma en símbolo de la primera mujer emancipada, libre del dominio masculino, rebelde, pero hambrienta del conocimiento que fue negado en el Edén.

En pocas palabras, Lilith se convierte así en la primera feminista de la historia, según nos propone Yolanda Ramírez en este libro, que sin duda resultará polémico y heterodoxo para muchos, y propositivo para otros. Sea como sea, creo que es un libro que reúne las mejores cualidades de Yolanda como narradora, pensadora y poeta, que ojalá tenga la recepción que se merece.

Raúl Aceves 30/11/2020

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El Evangelio del Universo: Conversaciones entre Lilith y el Ángel

“Éste es el recuento de los tiempos únicamente divisados por las intuiciones del alma, los tiempos en que todo estaba inmóvil, los tiempos en que no había ni hombres, ni palabras, ni tiempo. Este es el principio de todas las historias, la página en blanco donde un día todo estuvo en silencio, todo en calma…

            En el corazón de aquel vacío primordial dormía y soñaba Amor. Ahí, el menor brote de un sueño es siempre susceptible de volverse real. Por ello, las palabras de este génesis pretenden ser un homenaje a los sueños, siendo que todo inicia casi siempre así, con un sueño (aunque sea uno tan mínimo como una mota de polvo…).

Si a la perfección de aquel momento prístino nos remitiésemos, Amor hubiera podido seguir durmiendo eternamente, el abrazo de Nada lo contenía como una cuna confortable y perfecta.

No sabemos qué sucedió, el caso es que, en un momento dado, mientras Amor dormía profundamente, irrumpió en su sueño una chispa, como la de un cerillo con su pequeño sol a cuestas. Igual que el capullo de una rosa es llamado a la luz por algo más allá de sí, igualmente a Amor aquella chispa le anunció la inminencia de un día sobrenatural.

            ¡Es hora de despertar!

            Amor se estremeció en el regazo de Nada —parecido a un niño a quien despierta su madre, cuando él quiere seguir soñando—, no quería olvidar aquel sueño: Amor soñaba universos.

Hoy y entonces los sueños han de ser sostenidos al despertar, para que no se olviden, para que no se pierda su trama, ni se rompa el hilo que los conectará con la vida. Por eso Amor sostuvo su sueño, como a un amigo de humo al que se jala de su inasible mano cuando tenemos que mudarnos a otros paraísos, los que le darán consistencia. Cuando Amor sintió que aquel reino de sueño lo acompañaba, abrió enteramente sus ojos y vio flotando ante sí un puntito minúsculo, algo parecido a esas pelusas que danzan en el aire, y se vuelven visibles sólo gracias a la luz y a la mirada.  Amor observó aquel pequeño círculo cerrado como el punto de un lápiz. Aún con todo y sus diminutas dimensiones, en esa pequeña causa, como memorias del porvenir,  estaban ya todas las galaxias, los soles, los mundos; todos reinos animales y vegetales, todas las razas, las familias, las patrias; todos los silencios hundidos en el albornoz de los que atravesarían los desiertos, y los muchos cantos de los que cabalgarían gozosos las olas; todos los cambios sobre la faz de la tierra; todas las ideologías, las religiones, los gobiernos… todos los murmullos que en lo futuro poblarían los cafés del mundo; todas las lágrimas en las salas de espera de los hospitales y los panteones; todas las risas de los chiquillos felices; todas las caricias de los amantes; todos los amores y todos los odios (miles de siglos después se nos invitaría a recordar aquello con insistencia: todos somos hermanos, todos somos uno).”

Si te ha gustado este fragmento, te invitamos a que sigas la presentación del libro en el marco de la Feria Internacional del Libro edición especial 2020, este LUNES 30 DE NOVIEMBRE a las 18:00 (horario de México) en esta liga: https://www.youtube.com/watch?v=xaMZDRz_twY&ab_channel=YolandaRam%C3%ADrezMichel

Aquí te compartimos otro fragmento:

“Un séquito de doce diablos se acercaron a recibir a Lilith. La miraban con curiosidad e insistencia, girando en torno a ella como palomillas en la lámpara de un lector noctámbulo. No la tocaban, sentían un extraño recato ante sus formas, aunque hervían sus sentidos, heridos por una íntima felicidad, podía más el asombro que su apetito por poseerla.  Muchos dicen que el pecado está en la carne, y le dan a la carne todo el peso de una maldición, pero cuántas veces la carne pasa a segundo plano, y lo que más impacta al hombre es algo vital e íntimo. Donde se gestan las obsesiones no es en la piel, sino dentro; la piel es sólo el receptáculo, la piel es el puro cristal de la lámpara. Por eso, lo primero que se impuso en aquel encuentro fueron las ganas de hacerla suya, pero de un modo trascendente, no físico (no olvidemos que los demonios vienen de un reino superior, con más exigencias que las nuestras). Por esas cualidades que no habían perdido era más imperiosa la necesidad de que formara parte, de que se integrara a esa sombría patria; la integración es una forma más fina de lujuria, una clase de lujuria espiritual. Para ello, lo primero fue mostrarle el extraño esplendor de aquel adolorido imperio, e invitarla a vivir ahí con ellos, en aquel destierro había tierras vírgenes donde aún era posible construir un hogar.”

Feria Internacional del Libro 2020

No nos vamos a quejar, la queja implica que somos víctimas, implica que nos negamos a usar el libre albedrío, que no es otra cosa que elegir la actitud con la que atiendo el implacable destino.

Por eso no nos vamos a quejar de que la Feria Internacional del Libro no sea presencial y se pierda ese contacto directo con lo tangible y material, más bien vamos a ver que esta FIL será mucho más democrática que antaño, puedes entrar a escuchar las conferencias desde cualquier dispositivo, sin aglomeración, sin el excesivo pago por el estacionamiento, o las colas kilométricas para entrar, o los perversos costos por tener un stand para que las ventas apenas sirvan para lo que se invirtió, pero nunca para anotarse una ganancia. Viéndolo bien, ahora no será pertinente ya quejarnos de los acarreados, ni lamentar que no pudieron venir a nuestra presentación los amigos que viven lejos de Guadalajara, ni resentir que muchos de los que viven en la ciudad se niegan a la tortura del ingreso sólo para sentarse 45 minutos en un salón a escuchar al amigo que escribe, ni habrá ya quejas rondando a los que amamos la feria porque los pasillos son como el metro de la Ciudad de México a la hora pico. Tampoco pondremos cara de mártir porque dos conferencias están a la misma hora, la FIL guardará el reporte y podrás acceder a ellas en otro momento.

Ya sé, para muchos la FIL es como la Navidad, la amamos entrañablemente, pero en el fondo lo que amamos es esa acumulación de libros que alimenta nuestra obsesión de lectores. No obstante, ¿quién puede comprar todo lo que se oferta?, la sobreabundancia de títulos que terminan mareando a cualquiera, el no saber si gastaste tus ahorros en los libros correctos. Y si esperabas la FIL para buscar ciertos libros… luego pasa que los libros que buscas ni siquiera están ahí.

Además, los libros hoy pueden llegar hasta la puerta de tu casa con un click, las editoriales se han sumado a la venta en línea. Hay que aprovechar los bienes ocultos ante el inevitable avance que luego en siglos venideros será Historia.

Por eso les dejamos por aquí:

1.- Un link para que ingresen este próximo lunes 30 de noviembre a las 18:00 horas de México a una presentación que esperamos disfruten El Evangelio del Universo: Conversaciones entre Lilith y el Ángel, presentan:

Raúl Aceves y la autora.

2.- El link del programa general para que donde quiera que estén visiten esta FIL sui géneris: https://www.fil.com.mx/prog/resultados.asp?r=6&idsr=0&f=0&n=&a=&c=&e=2020&pg=4&b=

3.- El link para la compra del libro que presentamos en FIL: https://www.editorialsaltomortal.com/product-page/conversaciones-entre-lilith-y-el-%C3%A1ngel

Un día agitado

En esta crónica, a partir de la jornada de una sola mujer, millones se ven retratadas.

Mara Espinosa*

Es conocido el chiste de aquel hombre al que le preguntaron si su mujer trabajaba y respondió enfático: “No, ella no trabaja, se queda en casa”. Quedarse en casa equivale, según esta expectativa, a estar echada en el sofá con el control de la televisión en la mano viendo películas o cualquier otra cosa durante todo el día. ¡Ajá! Nada más alejado de la realidad. Bueno, creo que al menos para la gran mayoría de las mujeres.

Durante muchos años ni siquiera me cuestioné los malabares que hacía para cumplir con mis dos turnos de trabajo, es más, lo hacía con gusto a sabiendas que de esa manera mantenía las cosas en control y mis responsabilidades cumplidas.

Ahora, en esta etapa de  la vida y con una mente menos alienada (¡ja!) vengo a darme cuenta que estuve dominada por un sistema en el que mi realización como mujer fue coartada, que estuve ciega y nunca vi la explotación de que era objeto; que  trabajé sin recibir un sueldo por realizar las labores del hogar, que mi pareja debió contribuir en la misma medida que yo a mantener el orden y no solamente aportar en lo económico y esperar a tener, por obra de magia, la casa limpia, la comida en la mesa, la ropa lavada, planchada y pulcramente ordenada en los cajones para su comodidad,  que mis hijos no eran solo responsabilidad mía y un largo etcétera que aún me cuesta reconocer como parte de aquella opresión.

Pero todo cae por su propio peso. De pronto me doy cuenta que puedo razonar sobre las acciones que realizo y tomar conciencia de que, aunque esto pueda mover a risa a muchas personas, no es un chiste sino una problemática que las mujeres de hoy pugnan por resolver.  No es una lucha con un solo frente.  Son tantas cosas que han mantenido a las mujeres en desigualdad que se ha hecho una amalgama de causas formando una bola de nieve que va rodando cuesta abajo pues hemos pasado de ser consideradas, convenientemente,  brujas a finales de la edad media, el género ninguneado, omitido, explotado sexual y laboralmente a ser el género que exige el derecho al voto desde 1789 en la Revolución Francesa aunque no se haya conseguido, ni pronto ni de manera universal, el que se mantiene, hoy más que nunca, en  esa lucha para exigir se respete su derecho a elegir ser madres, a no ser agredidas, explotadas, secuestradas, violadas, victimadas.

Desde mi espacio personal empiezo a tomar conciencia, pero a pesar de ser consciente de lo que mueve a esas frenéticas jóvenes que ahora irrumpen los espacios ante el escándalo de unos y la aprobación de otros, algo dentro de mí todavía actúa como en cámara lenta. Soy consciente de la brecha generacional, sé que aún respondo y a veces razono inducida por  la forma en que fui educada y el tiempo que me tocó vivir.

Pienso que ellas, las que ahora gritan, vociferan, rompen vidrios y toman todo aquello que huela a sistema como lienzo para plantear sus protestas tal vez ni siquiera han experimentado lo que las mujeres de mi generación vivimos con los ojos cerrados. Yo todavía necesito un piso desde donde tomar esa conciencia, la cual implica ser analítica,  reflexiva, despojarse de patrones mentales que mantienen el estado de cosas, pero ¿para quién? Esa es la pregunta.

 Hago  este ejercicio desde un día cualquiera, un día normal dentro de una rutina normal en la vida de una mujer (yo) que aunque tiene un trabajo, devenga un salario, se prepara académicamente, también está inmersa en una sociedad tradicional, es parte de una familia tradicional o normal y tiene un papel como esposa, madre, ama de casa ( entendido este último rol como la que barre, trapea, lava, plancha, cocina, cuida los hijos, educa, protege y les procura, o al menos lo intenta, estabilidad emocional) aparte de ser una inconforme  que busca seguir avanzando en su superación personal y que, además, tiene la peregrina idea de que algún día publicará sus poemas.

EL DÍA CUALQUIERA

Son las 5:00 de la mañana. El despertador insiste, es hora de levantarse, hacer el lonche para que el hombre se vaya a trabajar. Mientras yo me afano en la cocina guisando la comida que llevará, él se levanta, se baña y se prepara para ¡almorzar!  Entonces mi tarea es doble, guisar y al mismo tiempo prepararle un almuerzo.

5:45 Se fue.  Ahora debo preparar el almuerzo para la hija que se va a la escuela a las 6:00.

─ ¡Levántate que se te hace tarde! ─ grito mientras voy de nuevo a la cocina y me afano en preparar algo rápido para que no se vaya en blanco. La oigo trajinar preparando sus libros, sus cuadernos. A la carrera come algo y recoge el envoltorio que le he preparado con un tentempié porque la jornada es larga. Sale con su mochila al hombro, en la mente recorro con ella el trayecto de ir caminando hasta la parada del autobús, tomarlo y hacer el viaje de casi una hora hasta la ciudad vecina.  No volveré a pensar más en ella porque sé que llegará bien y volverá a casa a la hora de costumbre, por la tarde.  Mientras evoco esa época se me hace un nudo en el estómago al pensar todos los riesgos que pudo haber corrido en ese trayecto, pero en aquellos años no estaban las cosas como ahora. Hoy en día duelen las mujeres buscando a sus hijas, a sus hijos. Pienso en las madres de esas chicas, en los hijos que muchas han dejado y doy gracias porque cruzamos a salvo por esa necesidad de dejar ir solas a las nuestras  a la escuela o al trabajo, cuando todavía ni siquiera había un teléfono desde el cual mantenerse en contacto, tan solo la confianza en no saber que afuera cada mujer sola podía ser una posible víctima como registran ahora las noticias de mujeres victimadas por sus novios, sus parejas, sus esposos o extraños nomás por el simple hecho de ser mujeres, o de estar en el lugar equivocado o vestirse de modo provocativo según la mentalidad del otro  y quizá, por estar en desventaja física o porque han sido minadas de la voluntad de reconocer como agresor a aquél que aman.

6:30 Llega la hora de empezar con lo mío, apenas sí queda el tiempo justo para un baño y arreglarme, pero primero he de levantar a la otra hija, quien por suerte va conmigo a la escuela. Debo tomar mi tiempo porque hay que peinarla y no es cosa fácil por su pelo abundante, largo y rizado.

7:15 Le hago dos gruesas trenzas que ato con moños de colores y le ordeno que se vista mientras ooootra vez, voy a la cocina a preparar su desayuno y el mío, ya con más calma nos sentamos a desayunar.  Por fortuna en ese tiempo trabajo cerca de casa.

7:40 Salimos rumbo a la escuela, por el camino vamos riendo disfrutando de la mañana, jugamos en el trayecto juegos de palabras; ella va, como siempre, saltando. Se adelanta, se vuelve, me insta a caminar más rápido, me espera. Seguimos.

7:45 Llegamos a la escuela, empieza mi jornada. Me dirijo al salón y de las 8:00 am, a la 1:30 pm no volveré a pensar en que soy madre, una esposa, la cocinera… solamente soy la maestra.

13:00 Suena el timbre, termino de entregar los cuadernos y dejo salir a los niños cuyas madres los esperan en la entrada. Qué suerte, llegarán al hogar donde la sopa caliente los espera porque hay una madre que “no trabaja”.

13:15 Debo darme prisa, el turno vespertino ya viene y me urgen a salir para asear el aula. Qué más da. Cierro el locker, tomo mis cosas, recuerdo entonces que tengo ahí una hija. Por fortuna ya me está esperando (porque he de contarles que alguna vez se me olvidó en la escuela)  y nos vamos.

13:20 De pasada hay que comprar algo para la comida, llegamos a la carnicería, vuelvo a ser la madre, pienso en el menú y llevo las cosas necesarias.

13:30 Otra vez en casa. Hay que hacer la comida. Como si fuera un ballet largamente ensayado voy preparando las cosas: primero la carne al sartén para que se fría, ahora lava el arroz, ponlo a freír que no se queme, mueve la carne, muele el recaudo, menea el arroz  que ya casi se tuesta, agrega el recaudo a la sopa, pica las zanahorias, agrega a la carne, pela las papas y corta en cubitos vierte el recaudo a la carne, tapa, agrega las papas, tapa de nuevo, prueba el sazón, ¡listo!

13:50 La comida en la lumbre, empiezo a recoger la casa, a poner orden en la recámara, apenas alcancé a tender la cama, voy al cuarto de mis hijas, doblo las mantas tiendo las camas también. Hasta ahora no he pensado ni una vez que soy una esclava ni siquiera una criada, solo soy una mujer con una familia que atender.

14:00 La comida está lista, mi hija tiene hambre. Comemos juntas, ella contenta de poder disfrutar la comida caliente recién hecha y yo contenta de poder cumplir con ese rito de amor de alimentarla.

Miro el reloj, ya son las 2 y media, no tarda en llegar su hermana. Lo bueno que la comida ya está lista porque llegará hambrienta.  A la distancia me pregunto cuánto de lo que hacíamos como algo normal ahora es cuestionado a la luz de tantos asegunes, como decía mi abuela. Y ya que la menciono,  hago una reflexión acerca de las generaciones que representamos mi abuela, mi madre, yo y mis hijas. Sin duda somos especímenes de épocas diferentes. Mi abuela silenciosa en su quehacer, guardiana de sus secretos y de tantos saberes ancestrales que todavía conservo; mi madre, precursora de las mujeres que empezaron a romper los moldes. Ella es una mujer de transición, fue madre, pero también empresaria, fue el tronco y nosotros las ramas que crecimos hasta irnos muy lejos, envalentonados por las alas que se esmeró en construirnos. De ella aprendí la independencia, el no depender del hombre para solucionar las problemáticas, la idea de realizarme como persona. Aquí estoy yo, apegada al estudio, rebelde, independiente y al mismo tiempo al pie de mis hijas. Si mi madre fue el inicio, yo soy la transición. Mis hijas son dos seres independientes, una nueva generación con otras ideas y ambas con hijas que de seguro no serán lo que fuimos las que estamos antes de ellas.

15:00 Llega el esposo, hay que dejar lo que esté haciendo para servirle la comida caliente y, mientras come, aprovechar para: limpiar la cocina, lavar la loza, ordenar un poco, después desaparecerá ocupado en no sé cuántas cosas misteriosas y asuntos que los hombres tienen fuera de casa.  Cuando termine y quede libre la mesa pasará a ser escritorio para hacer las tareas de la escuela.

Nos darán las 17:00 en estos menesteres y yo me seguiré de largo leyendo los textos que corresponden a mis tareas de la licenciatura que trabajo durante toda la semana y presento los sábados. Es ese el espacio donde voy colocando los peldaños de mi superación.  Paso de la lectura a la escritura, a mano porque todavía ni soñar con tener una computadora. Escribo mientras mis hijas ¿qué harán? La mayor todavía sigue haciendo tareas y la menor juega mientras afuera, el sol empieza a descender, casi oscurece.

19:00 Dejo pendiente mi tarea y reviso el plan de trabajo de mi grupo, preparo lo necesario para el siguiente día y luego dejo libre la mesa para servir la cena. De nuevo voy a la cocina, pienso qué hacer. Preparo un poco de masa, hago unas tortillas, una salsa. Las entomatadas a todos nos gustan.

21:00 Es hora de dormir porque mañana habrá que volver a madrugar. Cierro los ojos. Estoy tan cansada que ni siquiera sueño, me da flojera. Mañana me subiré de nuevo a la rueda como el hámster mientras en la mente de una, cien, mil, millones de mujeres se gesta una nueva realidad para nosotras, para ellas y las generaciones que vienen.

*Mara Espinosa es alumna del taller de Periodismo y Literatura que se imparte en Trithemius Talleres Literarios.

Testimonios de una pandemia: infancia 2020

Vania Coria Libenson*

Si te pidiera que me hablaras de cuando eras niño, de unos 7 u 8 años, ¿qué me dirías? Atrás de ese suspiro profundo que acabas de exhalar, lleno de colores, sonidos, aromas y personas, ¿por dónde empezarías a narrar? ¿Qué sientes con lo que recuerdas?

Quizá las tardes en casa de la abuela que te cuidaba mientras tus padres trabajaban, las salidas al parque con la nana, correr riendo por nada con los amigos de la cuadra, el sabor del helado que trae un señor en un carrito simpático al compás de una campana, o esas clases obligadas de baile, pintura o música que tomabas a disgusto, pero convencido por tus padres de que serías una mejor persona mientras más habilidades tuvieras. ¿A qué ritmo te movías? ¿Con cuánta gente interactuabas? ¿Dónde y cómo aprendías mientras crecías?

Milagros tiene 8 años. Los cumplió el 28 de marzo. A tan sólo una semana del arranque de la cuarentena obligada por el virus que hoy detiene economías completas y se ha llevado millones de vidas en tan solo unos cuantos meses.

Todos los días se despierta a las 7:30 horas con un beso que le da su mamá, se lava la cara, se cambia el pijama por ropa cómoda, desayuna un licuado cargado de vitaminas y nutrientes, y camina 12 pasos al escritorio del pequeño estudio en su casa, para iniciar sus clases virtuales. 15 minutos en total.

Las escuelas no abren aún. Y “eso es bueno”, dice con un gesto de miedo y discurso de grande:  “Porque los niños son más difíciles de controlar en cuestiones de limpieza, y podrían llevar el virus más rápido a sus casa y así a toda la ciudad”. Y cuando termina esta frase, baja un poco la mirada y completa: “extraño a mis amigos, y ver la calle, y poder caminar rápido, o correr y no tener mi cara tapada. Siento que me ahogo…”.

Y es que tras la indicación del gobierno estatal de suspender las clases temporalmente, sobrevino una rápida e improvisada implantación de modelo educativo para todos los niveles, que constaría de salones virtuales; en plataformas varias, los profesores y alumnos intentarían retomar aquello en lo que se quedaron en los ciclos escolares tradicionales. Para este problema que requería de solución más que solo temporal, se ajustaron los programas académicos, se capacitó a los maestros, se flexibilizaron los materiales, se modificaron 360 grados las formas de enseñar y aprender. Se ha hecho lo que se ha podido, se han visto voluntades y vocaciones genuinas, pero también inútiles. Nos hemos destapado en todas y cada una de nuestras miserias como país y población, y ha quedado evidenciado el enorme hueco de nuestro sistema educativo y cómo éste no es ni igual, ni suficiente para todos.

Si bien las generaciones actuales tendrán un rezago académico importante, hay un tema todavía más delicado del que no hemos podido ocuparnos ni subrayar en rojo por lo impactante de la situación de salud y desempleo: el desarrollo psicosocial y emocional de los niños.

La estructura que hoy nos forma a los adultos, se compone de una larga cadena de acontecimientos intelectuales, sociales y biológicos que en conjunto dispusieron forma y fondo de nuestro carácter y manera de ser. Nos formamos con la suma de maestros, reglas, normas, recursos y directrices que fueron tomados por nosotros al menos los primeros años de nuestras vidas. Hasta que de manera adulta pudimos elegir a voluntad nuestros criterios y deseos, que dieran dirección a nuestras vidas.

Independientemente de la clase social, económica, cultural, la etnia o religión, la mayoría de nosotros contó con la posibilidad de aprender según la etapa de la vida que estuviésemos cruzando; en el piso gateando, tocando y probando, imitando sonidos, desprendiéndonos del super yo, y desarrollando nuestros talentos a prueba y error. Y a nuestros 7 u 8 años, como se puede constatar en la teoría del desarrollo y evolución psicosensorial del niño, en contacto con el mundo y los demás.

Es fundamental en esta etapa del desarrollo, la posibilidad de socializar, agrandar la conciencia del entorno y los límites espaciales e impacto en las acciones o actividades de otros que se relacionan conmigo. Así se aprende, así se evoluciona en la etapa cognitiva de los individuos de entre 6 y 9 años, la tercera etapa de la niñez, y casi antesala de la adolescencia. Es a través de la actividad física, dinámica, social, emocional y de conjunto, que se desarrollan las habilidades necesarias para poder vivir después en sociedad con adecuada conciencia y responsabilidad sobre la interconectividad de los seres humanos y los grupos sociales. En contacto con las cosas, recorriendo espacios, filtrando imágenes y experiencias sensoriales se confirman muchos de los conceptos aprendidos en la primera infancia y se les da el valor de componentes ineludibles del mundo que nos rodea y el cual habitamos e impactamos.

Un mundo que Milagros, en 80 metros cuadrados, no alcanza a absorber y dimensionar del todo. Como aquél que nada por primera vez en el mar y, al no tocar el fondo, se impacta de lo profundo y grande que es ese otro reino, que en hojas de papel solo abarca hasta las orillas.

Milagros no sabe qué le falta. Venía viviendo una vida normal, en tiempo y forma pudiéramos aventurarnos a afirmar que era una vida adecuada a su edad. Con estímulos y contención adecuada. Su desarrollo era completo y feliz. Hoy no es falta de cariño, o ganas, ni tampoco las de por sí desafiantes modernidades del milenio y los atajos en los procesos tecnológicos, lo que hacen que su crecimiento esté en pausa, semi aplastado entre paredes. Es una realidad, como las ha habido en otros siglos y momentos, que escapa del control de absolutamente todos. Que nos obliga a redirigir nuestros pasos y adaptar las conductas. Es un momento en el que se resuelven las supervivencias por encima de las urgencias, y donde hay recursos limitados en muchas áreas de la vida. Se hace lo mejor que se puede.

También tendrá que venir la resignificación del crecimiento, de la socialización sana y digna, de la infancia feliz y los adultos capaces de cuidar de sí, de los otros y de un planeta que por el momento no pueden salir a conocer ni a admirar.

*Vania Coria Libenson es alumna del Taller de Periodismo y Literatura impartido en Trithemius por Mireya Espinosa.

Diálogos con José Clemente Orozco

Alumnas del taller de Periodismo y Literatura nos cuentan acerca del muralista jalisciense que hizo del arte mural un instrumento para la denuncia e impresionó por la representación de la miseria humana.

A través de una entrevista ficticia y lúdica, Magdalena Dueñas, Graciela Soto y Vania Coria exploraron en la vida y obra de José Clemente Orozco; después hicieron su propia investigación para redactar los textos.

Compartimos los trabajos a propósito del aniversario del nacimiento del artista, el 23 de noviembre de 1883:

Originalidad y grandeza

Magdalena Dueñas G.

Orgullo jalisciense, cuya denuncia a través del arte trasciende en el tiempo, como claro ejemplo de que el objeto estético se convierte también en documento social.

ORÍGENES

Su infancia transcurrió entre Jalisco y la Ciudad de México; él mismo relataba que fue un niño serio y más bien introvertido, quién diariamente al regresar de la escuela pasaba por un taller de litografía, donde casualmente conoció los grabados de José Guadalupe Posada y comenzó a interesarse por la pintura, al grado de inscribirse a clases vespertinas en la  Academia de San Carlos. Su inclinación por  el pincel se puede  decir que fue innata ya que en su familia no tuvo acercamiento a este arte. Su padre era fabricante de jabones y su madre se ocupaba de la familia a la vez que disfrutaba tocar el piano.

Siendo muy joven cursó estudios de agronomía por decisión de sus padres, pero la vocación artística prevaleció, trabajando al principio como caricaturista de los periódicos “El hijo del Ahuizote” y “La Vanguardia”, al tiempo que realizaba acuarelas y dibujos ambientados en los barrios bajos de la capital mexicana. Ya su obra de entonces impresiona por la forma de representar a los personajes con su miseria humana.

Sorprende saber que en 1904 le amputaron la mano izquierda a consecuencia de un accidente con pólvora, y no obstante, determinó dedicarse a la pintura, llegando a ser uno de los mexicanos más reconocidos por la originalidad y grandeza de su obra.

La falta de su extremidad no lo limitó para abordar el muralismo como principal oficio, pero la obsesión por pintar manos lo acompaño siempre.

TRAYECTORIA

En 1922 se unió a Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros en un sindicato de pintores y escultores que buscaba recuperar el arte de la pintura mural.

Los primeros murales los realizó entre 1923 y 1926 en el Colegio de San Ildefonso en la Ciudad de México con temas relacionados con el origen del México mestizo, la crítica a las fuerzas negativas, y la tragedia humana de la Revolución.

Otros artistas trabajaron también en San Ildefonso en esa época y fueron duramente cuestionados  por diferentes grupos, incluidos los estudiantes del recinto, que ya para entonces  era la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM. Se dice que incluso hubo necesidad de que Orozco y otros pintores   rehicieran segmentos de su obra,  debido a  los  daños causados por los inconformes.

El muralismo tenía entonces la idea de educar a las masas, construyendo imágenes que representaran algo para quienes las contemplaban. Eran patrocinadas generalmente por el gobierno, aunque obviamente reflejaban las ideas y filosofía de los  artistas, como en el caso de Orozco cuyas convicciones e ironía están siempre presentes  en su pintura. Cuando se observa alguno de sus murales, sabiendo a quienes representa, no hay forma de no  asombrarse,   o admirar, no solamente su técnica, sino la imaginación para mezclar personajes tan disímbolos que forman parte de nuestra  historia.

Al respecto escribió: “La más alta, la más lógica y la más fuerte forma de pintura es la mural. Sólo en esta forma es una con las otras  artes, con todas  las  otras. Es la forma  más desinteresada, porque no puede hacerse de ella asunto de ganancia privada; no puede ser ocultada para beneficio de unos cuantos privilegiados. Es para el pueblo. Es para todos”.

El arte del siglo 20 está ineludiblemente influido por las diferentes corrientes de pensamiento surgidas del periodo entre guerras, y en el caso de México, también por la revolución de 1910, de la que el artista deja innumerables testimonios en sus murales. No solamente representó la historia, la confrontó, dejando para la posteridad una aguda crítica.

Orozco es uno de los principales protagonistas del muralismo que se inscribe ya en el denominado modernismo, al romper con los métodos, técnicas y temática del arte tradicional.

Por  obvias razones, un artista de su talla no pasaba desapercibido, por lo que entre 1927 y 1934 vivió en Estados Unidos realizando principalmente murales  con temas como  la esclavitud, el trabajo, la cultura del maíz, la evangelización y otros temas  sociales.

De regreso en México, su trazo lo plasmó en el Castillo de Chapultepec, el Hospital de Jesús, la Suprema Corte de Justicia, el Palacio de Bellas Artes entre otros, llegando al clímax de su carrera artística con los cuarenta frescos de la Capilla del Instituto Cultural Cabañas abordando el tema de la fisonomía histórica de México.

Tuvo la fortuna de recibir en vida reconocimientos y premios, y al morir, en 1949, fue velado en el Palacio de Bellas Artes; sus restos descansan en la rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de Dolores en la Ciudad de México, siendo el primer pintor en recibir dicho homenaje. Así mismo, en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres de Jalisco, hay un monumento en su memoria. 

De la  obra  de Orozco se han escrito infinidad  de  textos  especializados, en los  que  seguramente  se analiza y se hace honor a su arte y a la  trascendencia que  en el ámbito pictórico  ha tenido.

Aquí pretendemos únicamente dar una pincelada que provoque el  interés  por  acercarse  a  visitar alguno de tantos  emblemáticos  lugares  de México en los  que  singular artista  nos compartió  su  arte  y su  filosofía  de la  vida.

Genio crítico

Graciela Soto

El Instituto Cultural Cabañas es el hogar de murales que transmiten la grandeza y visión de un luchador social que plasmó la realidad desigual. Paredes antes vacías fueron para José Clemente Orozco grandes lienzos que le permitieron representar una visión del México y su lucha por la vida. Filosofía, conquista e independencia se configuran en su arte.

El pintor de grandes extensiones, que con diversos simbolismos, líneas, sombras y colores comunicaba su forma de pensar, se las ingenió para integrar la visión del genio crítico que fue.

Formó parte del grupo de los muralistas que buscaban mostrar las injusticias sociales. Con grandes brochas y pinceladas de denuncia, en andamios y cúpulas plasmó lo que le encargaban, pero también su propia visión crítica. El gobierno apoyaba muy poco el arte, por lo que este grupo recurría a la huelga y a la pintura para denunciar los abusos.

El artista nacido en Ciudad Guzmán, hoy Zapotlán El Grande,  se volcó por este medio de expresión, decepcionando a sus padres que querían que tuviera otra profesión. Pero él ya llevaba en el alma su gusto por el arte. Cuando vivió en Guadalajara, aprendió al mirar trabajar a Posadas. El creador de La Catrina hacía los grabados y el niño de 8 años que entonces era Orozco, veía la magia de un dibujo y de la imprenta. Su estancia en la escuela Nacional de Agricultura en la Ciudad de México lo llevarían después a confirmar su vocación en la Academia de San Carlos. Con esta acción aprendemos de este artista a defender la vocación del alma, a escuchar el llamado interior, a no dejarnos llevar por las expectativas de los padres y lo que otros desean para ti.

Perdió su mano izquierda muy joven por una explosión con pólvora y fue con una sola mano que pintó esas paredes blancas, no solo de Jalisco sino también de California, Nueva York, Veracruz, sitios en los que se encuentra el testimonio de su creación. Aprendemos con esto que un pintor de una sola mano trasciende porque no solo se pinta con la mano sino con todas las células del cuerpo, con la mente, con la imaginación, con el rostro y con la determinación.

Orozco fue un visionario; percibió que la tecnología sería parte de la vida y eso lo incluyó en sus imágenes. Su amor por la naturaleza del hombre se puede percibir en el Hombre de Fuego, obra cumbre que está en la cúpula de la capilla del Cabañas. La tierra, el aire, el agua y el fuego se encuentran en ese ser en llamas.

Arte puro y derecho

Vania Coria Libenson

Pocos pueden jactarse de hacer murales y caricaturas con una sola mano.

 Interesado por los colores, José Clemente Orozco fue voz de la injusticia y opresión social, a través del lienzo.

Dejó su visión plasmada en sitios como la Nueva Escuela de Investigación Social, en Nueva York; en el tablero rectangular de Bellas Artes, en la Ciudad de México, y en nuestro icónico y amado Hospicio Cabañas.

Si bien su primera exposición individual fue en una librería llamada Biblos de la capital del país, en 1916, Orozco fue el primero en hacer un verdadero fresco en Nueva York.

En su paso por Estados Unidos, perfeccionó la técnica del muralismo, lo que incluso lo llevaría a dar clases en el Darmouth College de Hanover, en New Hampshire, en 1934.

A su regreso a México, Orozco tendría su máxima culminación artística decorando la cúpula y muros del Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, haciendo hincapié en los beneficios de la educación y de la investigación artística. También dejó su arte en el enorme Hidalgo que se yergue en la escalinata del Palacio de Gobierno, obra en la que se expresa, en una especie de tríptico, la lucha por la liberación de México. Desde luego son emblemáticos el hombre envuelto en llamas en la cúpula del Hospicio Cabañas, junto con otros 40 grandes frescos en las distintas secciones de todo el conjunto.

Orozco fue un pintor comprometido con las causas sociales. Su estilo realista tenía como fin hacer un arte puro y derecho para que el pueblo lo viera y lo confrontara. Retrató la condición humana de forma apolítica; interesado en los valores universales comunicaba a través de sus imágenes la capacidad del hombre de controlar su destino y su libertad ante los efectos determinantes de la historia, la religión y la tecnología.