Por Yolanda Ramírez Michel

¿Qué aprendimos en la sesión de Literatura Infantil y Juvenil? Aprendimos a contar la realidad desplazándonos suavemente por una imagen inicial que impacta por su extrañeza y su imposibilidad, una metáfora inserta en lo real, que servirá para contar más hondamente la vida. Me refiero al libro Konrad o el niño que salió de una lata de conservas, de Christine Nostlinger, una de las autoras más importantes de la literatura infantil y juvenil del siglo XX, nació y murió en Austria (1936-2018).

Vamos a hablar primero de Christine y luego de este libro particular y divertido.

La autora nace en una familia de pocos recursos, condición humilde y claro rechazo al fascismo. De pequeña veía a su padre despotricando contra las injusticias, mientras se inclinaba sobre relojes destripados, y arreglaba los misteriosos engranajes de tiempo encapsulado, era relojero. Por otro lado, su madre se dedicaba a dar clases a los niños con estrategias muy personales y creativas que usaba también para acercar a su propia hija al mundo del arte y la ciencia. Eran una familia trabajadora y humilde muy cercana a intereses artísticos.

La joven Christine supo desde muy joven que deseaba estar cerca de ese mundo que trasforma la vida y sus cuitas en productos artísticos, tenía facilidad para el dibujo, y esto la llevó a estudiar en la Academia de Bellas Artes en Viena. Al comienzo de su carrera profesional escribía para algunos diarios y revistas, además trabajó en proyectos publicitarios y en medios de comunicación. En ese mundo descubrió el poder inmenso de la palabra y las formas en que impacta a la comunidad una historia. Todos estos antecedentes alimentaron su destino, gestaron a la escritora y también fueron el ambiente propicio para que conociera a su esposo, el periodista Ernst Nöstlinger, con él tuvo dos hijas que seguramente alimentaron las tramas de sus libros con sus inevitables aventuras cotidianas.

Sus impulsos creativos surgen de observar problemáticas de la vida real, tales como la discriminación, la doble moral social, el racismo, la violencia de género, y trata estos temas sin melodrama, más bien entendida de que el buen humor y la ironía son sus aliados a la hora de un entendimiento profundo de la realidad. Suele incluir numerosas ilustraciones en sus libros, que en un principio realizaba ella misma.

Fue a partir de 1970 se dedicó a escribir para niños y jóvenes. Su obra produjo una cierta polémica que sigue vigente, porque su ideología claramente liberal y muy progresista es resentida por algunos grupos de la sociedad pasada y aún de la nuestra. Sus puntos de vista sobre las relaciones familiares, la escuela y la educación, las relaciones entre jóvenes —desde la amistad al erotismo—, la marginación, la intolerancia o la liberación de la mujer son temas que todavía se cuestionan diversos educadores como adecuados para jóvenes lectores.

Seguramente las conversaciones familiares entre la maestra de niños y el relojero abrieron los ojos a su hija Christine desde pequeña con respecto a problemas fundamentales de la sociedad, y por eso mismo no quiso ella hurtar a los niños la posibilidad de que enfrentaran estas irregularidades sin el apoyo de la ficción, medio que nos permite entrar al campo de batalla parapetados tras las páginas del libro, como observadores curiosos y luego como críticos de las fallas que perviven en una sociedad que debiera servir para el amor y el apoyo, y en cambio sirve para reprimir en mucho la inquieta alma de niños (y adultos).

Pero su obra no es grande sólo porque trate temas sociales adaptando sus tramas para los niños y jóvenes. Nadie discute sus cualidades literarias ni su papel innovador en la tendencia realista de la literatura europea infantil y juvenil del último tercio del siglo XX, que en sus manos se convierte en realismo crítico, con influencias de obras fundamentales como La Montaña Mágica, de Thomas Mann. En la obra de Christine Nostlinger el bildungsroman (novela de aprendizaje) se transforma en cuento de iniciación con el uso de un lenguaje sencillo, lleno de humor y ternura, para atraer y atrapar a los lectores. 

Acaparó los premios más importantes de Literatura Infantil y Juvenil, como el Christian Andersen (Premio Nobel de Literatura Infantil), en 1984 y el Memorial Astrid Lindgren 2003. Además, obtuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil de Austria y Alemania en dos ocasiones en cada uno de estos países. Su obra narrativa es muy extensa. Publicó más de 100 obras.

Hoy sólo hablaremos de Konrad, o el chico que salió de una lata de conservas. El libro narra el caso de la señora Bartolotti, una mujer que no tiene hijos, pero que un día recibe por correo un niño de siete años dentro de una lata. Si bien al principio no sale de su admiración, se verá envuelta en varias situaciones emocionantes con Konrad.

Los vecinos, que ayudan, pero cotillean cuanto pueden, y Kitti, la hija de los vecinos, que se convierte en la mejor amiga de Konrad e incluso, su primer amor infantil, son el resto de los personajes esenciales en la historia. Con ellos Nöstlinger construye el mundo al que se tiene que adaptar Konrad y que resume a la perfección el mundo en el que vivimos. La escuela, el vecindario, los amigos, la familia, las convenciones sociales, lo que se espera de cada miembro de la estructura social, de la mujer, de la madre, del padre y de los hijos, de los amigos y de los profesores.

Y para hablar de este libro nada mejor que leerles un fragmento:

La Señora Berti Bartolotti vivía sola. Tejía alfombras de vivos colores para ganarse la vida. Su marido hacía tiempo que se había ido a vivir a otra parte.

La Señora Bartolotti se llamaba a sí misma “criatura”, que era como la llamaba su madre de pequeña para ordenarle que hiciera cualquier cosa, y una vez ya fue mayor, como la llamaba su marido cuando le pedía que le preparase la comida. Como ahora ya no tenía con ella ni a su madre ni a su marido, la Señora Bartolotti se había acostumbrado a seguir diciéndose “criatura” a sí misma: “criatura: ahora vas a lavarte y a vestirte como es debido y a ponerte a trabajar, ¡pero rápido!”. 

Tenía la manía de comprar por catálogo cualquier cosa, la necesitara o no. Si encontraba un cupón de pedido no podía resistirse y lo enviaba. Por eso una mañana cuando el cartero le trajo un gran paquete no se extrañó. Lo miró con curiosidad porque pesaba mucho y ella no recordaba haber pedido algo que pesara tanto. Su asombro fue mucho mayor cuando por fin abrió el paquete y encontró una lata de conservas de la que salió un niño pequeño, de unos siete años. Junto al niño y la lata, una carta le informaba de que aquello era su pedido de un hijo en conserva y que esperaba que reuniera todo lo necesario y le aseguraban que el niño cumplía con todas las condiciones de un buen hijo como se anunciaba en la publicidad. Aquel niño se llamaba Konrad y era, simplemente, el hijo perfecto. 

Por aquí pueden ver un poco de la sesión:

Taller de Literatura Infantil y Juvenil, lunes de 5:00 a 7:00 pm. Inscripciones abiertas.

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