La casa vieja de los abuelos

Autora María de Jesús Anaya Corona

Ilustración Andrea Aguirre de la Torre

Ilustración de Andrea Aguirre de la Torre

Mis padres se casaron con muchas ilusiones en la maleta, y un carro viejo. Ese era todo su patrimonio. Vivimos gran parte de la niñez en una casa que mi abuelo nos prestaba, era una casa pequeña, y siempre nos hacía falta espacio, sobre todo en la sala, cuando había invitados estábamos todos amontonados. Nuestro sueño era tener una casa grande, con una recámara para cada uno y espacios para la convivencia. Eran tiempos difíciles, eran tiempos de jóvenes. Pasaron los años, mis padres ascendieron en sus trabajos, la situación fue mejorando.  

Un día de noviembre, mis padres nos reunieron para darnos la buena noticia:

-¡Estrenaremos casa! será más amplia, -dijo mi padre- cada quien tendrá su propia habitación, habrá un patio trasero y una sala más amplia. Ahí sí podremos tener un gran árbol navideño. A partir de mañana iniciamos la mudanza.

“¿Qué dejaremos en esta vieja casa? ¿Qué nos llevaremos?”

La nueva casa era hermosa, entraba la luz sin recato, papá compró muebles nuevos. Pronto todo quedó en su sitio: los libros de mi madre, el fonógrafo del bisabuelo que deambuló por años en los rincones; el reloj, regalo de la tía abuela (que no marcaba bien las horas, pero se veía elegante colgado en la pared).

Llegó diciembre, no podíamos esperar para comprar el árbol. Lo elegimos enorme, lo llenamos de luces y esferas. Todo estaba listo, seguramente la familia completa preferiría pasar Navidad con nosotros, no en la casa vieja de los abuelos. Compramos regalos para todos, los pusimos bajo el árbol.

Días antes de la cena, uno a uno, se fueron disculpando, pasarían Navidad en casa de los abuelos. No entendíamos por qué, ¡nuestra casa era más bonita, más nueva y más grande!

-Nosotros cenaremos aquí- insistimos.

Llegó la noche del 24 de diciembre, la cena estaba lista, pero en la mesa había demasiado espacio. A todos nos entró una gran nostalgia… ¿Quién pediría posada? ¿Y los cantos? ¿Y las piñatas? ¿Y los abrazos al sonar la última campanada?

No podíamos pasar la noche así.

Entre todos recogimos la cena y los regalos, y nos fuimos a la casa de los abuelos, que salieron a recibirnos emocionados. Mi abuelo dijo a mi padre:

-Algún día tú serás el alma de la Navidad para tus hijas, por ahora, disfruten del amor añejo de los abuelos y la casa que en sus paredes guardan las risas y la alegría de estos momentos. Fue un largo abrazo el que se dieron.

Han pasado los años. Hoy estamos en la casa de mis padres, mi abuelo se ha ido. Tal como predijo, mis padres son el alma de nuestras navidades, y nuestras hijas disfrutan de este amor añejo y además disfrutan de esta casa, que en un tiempo fue nueva, y que ahora es “la casa vieja de los abuelos”.  

Compras pandémicas

Magdalena Dueñas

Inimaginable hace solamente un año el panorama que las cifras de hoy (8 de noviembre de 2020), arrojan sobre los casos de personas contagiadas del virus del siglo, Covid-19: según la Organización Mundial de la Salud han sido confirmados 49 millones 578 mil 590, incluyendo un millón 245 mil 717 defunciones, y actualmente existen rebrotes en países que aparentemente habían pasado ya por el periodo de mayor contagio.

En México, los reportes oficiales indican 972 mil 785 casos acumulados y 95 mil 225 fallecidos, lo cual nos coloca entre uno de los primeros lugares en índice de mortalidad. Un campeonato en el que no hubiésemos querido participar.

La pandemia nos ha traído un cambio en la forma de vida que ni en el género fantástico habríamos imaginado, pues la malignidad del microscópico bicho ha obligado a los habitantes del mundo entero a adoptar medidas que afectan casi la totalidad de las actividades que normalmente llevamos a cabo, desde las esenciales como el trabajo, la movilidad, el cuidado de la salud, la educación, la convivencia social y la recreación, hasta las más simples como el aseo personal y del hogar.

Cuando en marzo nuestro país registró los primeros casos y las autoridades de salud determinaron el paro de actividades laborales acompañado de las medidas sanitarias, en la mayoría de los hogares se presentó una mezcla de asombro e incredulidad.

Aún no llegaba de cerca la realidad, de tal suerte que parecía hasta novedoso el tener que prevenirse, y la idea generalizada apuntaba a que sería un periodo corto, a lo más uno o dos meses en los que habría contagios, casos graves sobre todo en población con factores de riesgo, pero no llegaría a mayores si se cumplía con las indicaciones.

Así pues, las amas de casa pusieron manos a la obra adquiriendo cloro, desinfectantes, guantes y todo aquello que pudieran conseguir en esos primeros días para defender a la familia. Ahí empezó el Vía Crucis. Todas pensaron lo mismo, propiciando una escasez de los artículos más elementales como alcohol, toallas desinfectantes etc. Para colmo, las restricciones para acudir a los supermercados, la imposibilidad de muchos para salir por su edad o por padecer alguna enfermedad, y la indicación de no visitarse en los hogares, agudizó la situación.

Las casas empezaron a oler a desinfectante, hubo quienes llevaron el asunto a niveles de compulsión y por supuesto, también los que no creían que fuera para tanto y trataron de seguir con su vida, pero los días pasaron, los contagiados se multiplicaron, las lamentables defunciones se anunciaban diariamente, y las medidas parecían insuficientes.

Así llegó noviembre. Para una gran parte de la población, ocho meses sin poder asistir a trabajar en forma presencial, o a la escuela. Ocho meses sin convivir con la familia, los amigos, sin paseos para disfrutar de la naturaleza, sin vacaciones.

Para algunos, la inmensa tristeza de no poder estar con sus seres queridos en sus últimos momentos, o no poder acompañar a los que los perdieron en el funeral.

La vida en los hogares ha cambiado, en algunos para bien, propiciando el acercamiento entre padres e hijos al tener que apoyar a los más pequeños en su aprendizaje en línea, fomentando la cooperación en las tareas domésticas, comiendo en familia.

En otros, los problemas ya existentes se han exacerbado: la violencia, el alcoholismo, el abuso emocional. Ahí el virus es más letal.

Sin embargo, hay aspectos de la vida en común que son elementales, sin importar la buena o mala relación entre los miembros de la familia, o el nivel socioeconómico. Como la necesidad de contar con productos para elaborar la comida, para limpiar la casa, o artículos de higiene personal. Eso tan simple, que anteriormente no requería otra cosa que planear el día para la compra, hoy en día también se ha visto trastocado por las disposiciones sanitarias: Para empezar, hay que utilizar un cubrebocas si se pretende visitar el supermercado, el tianguis o la tiendita de la esquina, y se acabaron las compras en compañía pues hay que ir de uno en uno, guardando la sana distancia aunque esto implique hacer fila al rayo del sol para entrar. Después, hay que pasar por la estación de higiene, al estilo de cada establecimiento, donde un aburrido personaje vestido con bata quirúrgica, careta y cubre bocas, toma la temperatura a los clientes en la muñeca (lo cual al parecer no es confiable, además de que los encargados de semejante tarea ya ni ven lo que marca el termómetro) obsequiando un disparo de gel antibacterial. Aquí es pertinente anotar que, si por casualidad las compras requieren acudir a varios establecimientos, no hay que olvidar adquirir una buena crema que repare las grietas de las multi- desinfectadas manos.

Tampoco se pueden manipular los productos, ni olerlos, ni probarlos como era costumbre.

En primer lugar, porque pueden estar recubiertos de virus, y en segundo lugar porque se está usando el cubre- bocas, artículo que se ha convertido en parte del atuendo a pesar de su controvertida utilidad para evitar el contagio.

Una vez librado el asunto de la selección, habrá que pasar al pago de las compras.

Nuevamente un chorro de gel antibacterial y, dependiendo del establecimiento, hacer una rápida evaluación mental para decidir si pagar con tarjeta de crédito, que podría contaminarse al cambiar de manos, o con dinero en efectivo. Si no se tiene la cantidad exacta, el cambio puede ser una peor opción, pues al ponerlo en la cartera, su dudosa higiene representará una nueva preocupación.

Al llegar a casa, el protocolo sanitario entra nuevamente en acción, desinfectando los zapatos en el tapete bañado en cloro que se tuvo que adquirir desde el inicio de la epidemia, o cambiando de zapatos en la puerta por unos que ya solamente se usan dentro. Al menos los japoneses no encuentran en este punto dificultad para aplicarlo.

El proceso continúa, hay que desinfectar las bolsas de la compra y después, artículo por artículo recibirá un masaje alcoholizado para poder formar parte de la despensa. Los artículos perecederos como frutas y verduras se lavan con agua y jabón antes de otorgarles la residencia, y solo entonces, después de lavarse nuevamente las manos, se puede pensar que no hay peligro.

Ahora que si usted es una persona mayor, o tiene alguna enfermedad que la ponga en riesgo, probablemente su familia no le permitirá poner un pie en la calle. En el mejor de los casos algún miembro del clan hará las compras, y no hay modo de pedir que los aguacates estén en diferente grado de madurez para irlos usando a lo largo de la semana, o qué las toronjas sean rositas y de cáscara delgada. Esas manías hay que guardarlas en el baúl de los recuerdos y adaptarse a la “nueva normalidad”.

También existe el recurso de pedir las cosas en línea. La tecnología resuelve todo. Pero si la presentación no es la solicitada, o la fecha de caducidad está próxima, o los jitomates están demasiado maduros y la piña verde, haga un ejercicio de resignación y continúe viviendo, al menos hasta que la ansiada vacuna llegue, lo cual hasta el momento es incierto, pero al menos es una esperanza para la humanidad.

En tanto, las peripecias para abastecer la despensa son lo de menos si los últimos ocho meses se ha conservado la salud, el techo y el ingreso familiar.

*Este texto surge dentro del marco de la clase de Literatura y Periodismo, impartido por Mireya Espinosa.

Una Navidad sin capitalismo

Autora Julieta López Godoy

Ilustración Camila Schmidt Hernández

Ilustración de Camila Schmidt Hernández

Fue en Oaxaca, en un pueblo indígena, y sucedió durante una fecha muy especial. Un amigo la invitó a que pasara ahí la Navidad.

Cuando llegó, a medio día, algo en la actividad del pueblo le pareció extraño: los hombres iban de casa en casa. Su curiosidad la llevó a preguntarle a una niña que andaba por ahí (esperaba que hablara español…)

-Disculpa… ¿Por qué los señores van de casa en casa?

-Lo que pasa es que no hay padrino- respondió, y se fue corriendo con sus trenzas saltando al viento.

La mujer se quedó en las mismas. No, mejor dicho: se quedó peor.

Avanzó por las calles de aquel pueblo árido rumbo a su destino. Percibió una paz y una tranquilidad como no había experimentado nunca en su ciudad natal, Guadalajara. Aquella paz en el ambiente no era común, y menos un 24 de diciembre. El pueblo no lucía las tradicionales luces que en esas fechas abundan en la ciudad, no había adornos navideños, y sobre todo, lo que más llamó su atención: ¡no había tiendas en donde comprar los regalos para Nochebuena!   

Se quedó helada, no llevaba regalo para su amigo… ¡Aún no le había comprado nada!

Por la noche su amigo le informó que la celebración no sería en su casa, irían al templo para conmemorar el nacimiento del Niño Dios.

¡Ahí sí que había luces! El templo estaba lleno de adornos muy coloridos, y foquitos panzones que iluminaban el altar. Los asistentes permanecían en silencio, ni siquiera los niños ahí presentes hacían ruido, lo único que se escuchaba era la tonada navideña que emitía la serie de focos de colores.

     El capellán tomó la palabra. Dijo que, por primera vez, no había un padrino para el Niño Dios, y que cada familia podía llevar, después de la celebración, algo para compartir.

Por eso los hombres andaban de un lado a otro, de casa en casa…

La celebración dio inicio con los cantos de las mujeres, después otro grupo comenzó a rezar. Luego de un primer tiempo muy emotivo de cantos y rezos, salieron del templo.

Algunas familias estaban esperando en la explanada, llevaban pan y café. Ella comió y cenó de aquel pan sencillo y simple.

Después volvieron a entrar al templo. El Niño Dios ya estaba en el altar, representado por un muñeco de yeso. Los hombres y mujeres se acomodaron a su alrededor con respeto. Lo adoraron y lo cuidaron toda la noche.

Ella aprendió que no siempre los regalos se compran, el primer regalo que recibió ese día fue la hospitalidad y el cariño de las personas de aquel pueblo. Pero el mejor regalo fue que Dios (a través de los chinantecos) le dijo que la amaba.

Nieve

Autora Arminda Eugenia Iturriaga Castillo

Ilustración Irlett Yeraldy

Ilustración de Irlett Yeraldy

Es invierno.

Afuera, los copos de nieve revolotean por el aire.

Los viejísimos árboles se yerguen hacia los cielos, buscando la luz ausente.

La luz invernal no suele durar mucho, se quiebra en la suavidad de la nieve, solo alcanza a reflejarse en mil diáfanos cristales que levitan en figuras planas o ensortijadas, de vida leve y brillos cortos. Pronto se convertirán en hielo. Prístino y atrevido espejo donde con urgentes desvaríos atisban sus amores las almas puras.

En la tarde ambigua irrumpen en el paisaje dos amantes. Se acercan resueltos, hasta tocarse con manos enguantadas y corazones aturdidos.

Toman los rincones… entre oquedades se conceden uno al otro. Revelan un aura tan amorosa que derrite todo el hielo a sus espaldas.

Es el milagro de la vida que tiñe los alrededores, es un nuevo día. Es el alma inmortal que lo ha visto todo.

Es la esencia inmutable de un milenario Niño Divino.

NUEVA TALLA

Cada Navidad el consabido pretexto: ¡hay tantas fiestas, y se come tan rico en ellas…!

Pero… este año no puedo culpar a la Navidad. Aumenté de peso porque insisto en cargar mis espaldas con tremenda lista de supuestas afrentas. Insisto aplicadamente en que los males me persiguen y cada mirada revela un inminente juicio sobre mi persona. Sean conocidos o desconocidos, todos a mi alrededor aumentan con su cercanía mi miedo, debo protegerme de ellos, de todos, del mundo.

Por eso tengo exceso de peso, porque no hay día en que no me atragante con locas imaginerías que van creciendo como pulpos inflados a través de mis entrañas. Me alimento compulsivamente con videos de consumo masivo y artículos de superficialidad comprobada que inflaman mis articulaciones entorpeciendo mi vitalidad. Con tanto “alimento” chatarra no hay hambre para los proyectos que esperan pacientemente sobre mi escritorio.   

Sería tan fácil otra vez culpar a la Navidad, sus comilonas, y sus posadas, pero he llegado hasta aquí sin asistir a ningún banquete, me he mantenido en casa, en el encierro obligado por mi precaución excesiva, alimentado principalmente por las noticias que devoro como palomitas de maíz en un cine cuyos algoritmos controlan mi cartelera, enmascarada dictadura mediática.

He perdido la cintura en algún rincón del tiempo, igual que perdemos la mirada del asombro, ¿cómo maravillarnos cuando todo se desplaza a velocidad de trenes citadinos, de arriba hacia abajo, ante nuestros, ojos abducidos por un engaño colectivo?

Y, sin embargo, el exceso de peso, no ha sumado a mi vida protección real, más bien he sumado lentitud a mis pasos, ya no me interesa lanzarme a los planes que antes nutría con sueños. ¡Que me cuelguen en la seguridad de una rama! Y que al final de las fiestas (a las que asistiré bajo la guardia fiel de mi celular) me guarden con el cuidado de los excesivos mimos en mi caja de celofán hasta el siguiente año.

Me siento frágil como una esfera que, si cayera del árbol, caería irremediablemente sobre el suelo convertida en mil pedazos. Sería bueno que la redondez de mis curvas tuviera que ver con un aumento de gracia y no con la pérdida de medidas que la moda asienta como validación estética.

Esta Navidad no me queda más remedio que mirar hacia dentro, dejar de echar culpas, asumir responsabilidad por los males que no he atendido como debiera, entender que los centímetros que me han dado nueva talla deben ser eso: una nueva talla, la de la conciencia.

Nunca es tarde para dejar de culpar al mundo y entender que tengo todos los poderes, que tengo los dones y la posibilidad del cambio. Nunca es tarde para dejar de consumir tanta desinformación y volverme selectiva, y dejar que el perro y el gato con sus correrías hagan que el árbol navideño se incline tanto que yo caiga de la rama, y una de dos: o ruede gracias a mi redondez, y en el rodar encuentre otros rumbos, o que me rompa, finalmente, y convertida en pedazos llegue a conocer la comunidad de un basurero lleno de rotos felices, ¿quién dijo que permanecer colgada en la rama era la felicidad?

Autora Yolanda Ramírez Michel/ Ilustración Sebastián Okami

Cuando surtir la despensa está en chino

Mara Espinosa

¿Por qué no inventan un señor al que no se le tenga que explicar una y cien veces cuál es la marca de frijoles que siempre compramos? Uno al que decidir entre tres o cuatro marcas de atunes no implique toda una retórica sobre por qué no todos son iguales.

Nunca hubiera imaginado que El asunto de ir a la tienda y surtir la despensa pudiera ser objeto de sesudas reflexiones hasta que llegó la bendita edad en que esta actividad se puede hacer juntos porque no hay otra cosa en que se pueda uno entretener en tiempos del coronavirus… Pero poco duró el gusto.

Con el incremento de riesgo sanitario para los adultos mayores hubo que reducir la afluencia de compradores en los supermercados y fue así como el gozo se fue al pozo. Ni siquiera lo pensamos. De buenas a primera el caballero asumió su tarea proteccionista y de proveedor. Yo voy a traer la despensa. Craso error.

El primer intento fue sin lista, asumiendo que sabría qué traer ya que tantas veces habíamos ido juntos. Pues no.  El menú de huevos, salsas y manzanas no era lo que se puede decir una despensa, así que se cambió de estrategia: “Hazme una lista”. ¡Buena idea!.. pero no funcionó, había que explicar qué marca específicamente debía comprar porque “luego dices que no te gusta”. No hubo más remedio que tomar el toro por los cuernos.

¿Acaso surtir la despensa es asunto de mujeres? Nosotras sabemos lo que necesitamos sin tener que recurrir a una lista; solo con recorrer los pasillos va una haciendo mentalmente los menús y tomando lo que se necesita o ya trae en mente qué cosas le hacen falta, de qué marca las compra y, además, en qué pasillo está. Dato importante sobre todo ahora que debes minimizar el tiempo en los espacios con riesgo de contagio. 

Ahora decimos algo así como ir de compras a.c y d.c (antes del coronavirus y después del coronavirus) y después de estar tanto tiempo saliendo solo a lo necesario, la ida a la tienda, sin importar lo tedioso y el riesgo, es como el gusto de una salida al cine o un paseo.

Se asume la tarea con resignada calma. Llegar a la puerta, limpiar los zapatos, permitir que chequen la temperatura, limpiar las manos con gel y dejar que saneen el carrito (o al menos hacernos la ilusión de que se corre menos riesgo de pillar el virus).

 El recorrido empieza por los perecederos. Revisar los cajones a ojo y escoger lo más rápido posible las verduras y las frutas que consideramos están buenas antes que alguien olvide la sana distancia y casi se suba sobre uno para alcanzar las mismas cosas. Huir rápidamente a un espacio menos congestionado o dar vuelta en otro pasillo tomando otras cosas que no se pensaba comprar, pero si ya estamos ahí, pues de una vez: los nopales, las manzanas, los plátanos, pepinos, calabacitas van cayendo al carrito, envueltas en una orgía de bolsas plásticas, sí, de esas que apenas empezábamos a eliminar en un intento de ayudar a reducir la contaminación y que ahora aparecieron de nuevo… 

En el espacio de las lechugas, una mujer toca cada pieza, la toma le da vuelta y la regresa de nuevo. Me voy sin lechuga. Hay que mantener la calma y tomar decisiones. Esta vez no se deambula por los pasillos mirando, comparando marcas o precios, se llega, se elige lo más conocido y punto. Solo lo necesario —digo— porque ya vi que los precios han subido.  Ahora no solo hay que cuidarnos del coronavirus dichoso, también de los comerciantes voraces.

Por fortuna ya no hay que preocuparse por el desabasto como ocurrió al inicio de la pandemia y las compras de pánico, al menos no en este lugar donde se ha priorizado la actividad comercial para mantener la economía a flote y los empleos de mucha gente. Se agradece de cualquier forma, aunque es sabido que muchas familias están viviendo tiempos muy difíciles para proveerse. 

Con este pensamiento tomo nota de que llevo las cosas que necesito y me encamino a las cajas. Última parte de la aventura, aunque no la menos riesgosa.  Hay que mantener la sana distancia y esperar pacientemente.

No hay paqueteros. Muchas cosas han cambiado, tenemos que descargar el carro, vigilar lo que nos marcan, pagar, acomodar de nuevo las cosas en el carrito… ¡sí que nos habíamos mal acostumbrado! Todavía no salgo de la tienda y ya voy pensando en la tarea que me espera al llegar a casa: lavar cada cosa, limpiar cada empaque…Todo porque surtir la despensa está en chino para el compañero.

*Este texto surge como parte del taller de Literatura y Periodismo de Trithemius Talleres Literarios, que es impartido por Mireya Espinosa, quien enseña a las alumnas que hay mucho de la vida cotidiana, y más en estos tiempos, que espera convertirse en una buena historia.

Las esferas que habitamos

Por Pepe Aguilera

En su teoría sobre las esferas, Sloterdijk nos habla de las posibilidades de habitar lo divino, y nos acerca a ese “algo” perdido en el tiempo. Pero llegar a esta idea no es fácil, uno debe enfrentarse a conceptos densos y profundos, uno debe olvidarse un poco del lenguaje, dejar caer el velo que a veces nos impide acceder al conocimiento, que para este caso le llamaremos mundo.

La teoría de las esferas nos habla de esos espacios en los que nos adentramos para lograr tres cosas fundamentales: entrar-en-el-mundo, ser-en-el-mundo, y ser-con-el-mundo. Se trata de una especie de trayectoria, desde el instante en que nacemos, hasta que llegamos al desierto. Y en ese transcurso habitaremos esferas, algunas pequeñas y efímeras, otras con una magnitud incalculable. Como sea, una vez dentro de esas esferas, ya no seremos los mismos, algo en nosotros habrá cambiado, hasta que llegue el momento de salir de ella, y dejar esa esfera para poder habitar otra, una de mayores proporciones, una que pueda soportar eso en lo que nos vamos transformando.

Las esferas son “contenientes” que nos reciben y nos cobijan en su centro, ahí sentimos una certeza, no sabemos cómo ni por qué, pero sentimos que las cosas toman su justa medida, y sentimos que comenzamos a comprender el mundo. Esa es la función de las esferas, brindarnos un espacio en el que podamos ser.

Pero ¿cuáles son esas esferas que podemos habitar?

Las esferas habitables son todos aquellos “espacios” que estamos destinados a ocupar. Así, una palabra puede ser una esfera. Una idea, la casa donde vivimos, el camión rumbo al trabajo, la oficina, los sueños, todo ello puede ser una esfera. Estos son espacios que de una u otra manera habitamos, algunos de forma transitoria, otros de manera permanente. Hay los que nos sirven solo para “transcurrir”, para ir de un lugar a otro y transferir nuestras experiencias; otros nos contienen, están ahí para que lleguemos a ellos y tomemos todo lo que necesitemos, son espacios que nos acogen, nos envuelven, se vuelven espacios interiores, nos fundimos con ellos, sean palabras, ideas, o lugares físicos. 

Lo que Sloterdijk nos quiere decir es que somos sujetos transitorios que vamos en  espera del encuentro con nosotros mismos, y ese encuentro se logrará una vez que lleguemos al desierto, una vez que nos demos cuenta que  hemos nacido para habitar el mundo y sus esferas hasta que ya no nos contengan, entonces habremos de salir y ser UNO con la esfera primordial.

 Pero, mientras lleguemos debemos habitar esferas grandes y pequeñas, que nos irán conformando, que moldearán cada  una de nuestras formas de ser en y con el mundo. Habremos de habitar las palabras en el recorrido; palabras como amor, odio, pasión, deseo, instante, permanencia, memoria, habitaremos el hastío y el placer, iremos de un lugar a otro tratando de encontrarnos o de huir de nosotros mismos. 

La esfera primigenia y primordial será  siempre la brújula que inconscientemente  nos haga mudar de habitáculo en busca de uno mayor, uno donde volvamos a sentirnos seguros y plenos, y de no ser así continuaremos con la mudanza.

Algunas personas serán  esferas, y nos adentraremos en ellas, las poseeremos y en un acto de reciprocidad dejaremos que nos posean, porque es necesario llenar los vacíos que va dejando la vida, o que nos dejó aquel instante primero en que venimos al mundo.

Seguiremos el recorrido, porque, como dijo Sloterdijk, somos sujetos abocados al camino. Amamos el trayecto, deambulamos por la ciudad, a veces a placer, otras llevados por la corriente que fluye cada día. Caminamos siendo atraídos por la circunferencia y sus formas exactas, su centro, origen de todo, nos atrae, nos llama, quiere que recordemos el inicio de todo, el origen del mundo y del tiempo, ambos contenidos en nosotros, que también somos esferas y desierto.

Hemos venido al mundo para llegar a las tierras áridas del pensamiento, nacimos para caer irremediablemente al fondo de nosotros mismos. En nosotros hay designios y hados marcados en la piel que nos dicen: el camino ya está dado. Sólo debemos aceptarlos, aceptar el comenzar a estar minados, decir sí  a la hora del gran gesto. Aceptar el desierto dentro de nosotros, es aceptarnos a nosotros fluyendo en un mar de ideas. Hemos venido a habitar múltiples esferas que nos han de acercar al primer instante antes de haber nacido.

Pepe Aguilera

Si deseas escuchar la sesión donde se explicó el tema, aquí está la liga:

En el desván de una emoción

A veces uno siente que las cosas no están bien, y no es por nada en especial, no es que una tragedia haya tocado a la puerta, no es que algún mal nos lleve al insomnio, no es que haya lágrimas, no…

Pero algo no funciona, la alegría brilla por su ausencia, y es curioso porque si uno mira a su alrededor, las cosas están mejor que nunca, mucho mejor incluso de lo que estuvieron cuando había lágrimas.

Es que los hombres guardamos extrañas rabias que se acumulan por no atenderlas, frustraciones y artículos no resueltos en tiempo y forma salen con sus fauces abiertas cuando menos se les espera.

Criaturas curiosas y excéntricas que somos los seres humanos… un día cazamos mamuts con la euforia del reto, y comimos los despojos de la cacería con el contento del hambre que ha sido saciada. Y dormimos bajo las estrellas sin que hubiera ningún arrendador que nos cobrara renta por el uso de suelo.

Más nos valdría recordar aquello, y no lamentarnos de la lentitud del internet que nos mantiene en contacto con los seres queridos en cualquier parte del mundo, más nos valdría gozar los buenos frutos del progreso, alegrarnos ante la mesa puesta y el mantel limpio, gozar por las flores en el jarrón, el abrigo de un techo, la ventaja de una ciencia que cura muchas cosas, aunque tenga sus bemoles, cura muchas cosas. Muchos estaríamos muertos sin la penicilina o la anestesia.

A veces, cuando hay ruido dentro, es bueno ver las cosas bellas que insisten en mostrar sus rostros ante nuestra apatía. Es bueno entender que los males no pueden ser lo único que salió de la caja de Pandora. Es bueno escribir para intentar entendernos.

El mar primordial

Por Pepe Aguilera

Tenemos en nosotros todos los cuerpos y todas las palabras. Nos habita lo inhabitable, pareciera que nos escurrimos cuando queremos decir algo y no es posible pronunciar palabras. De los ojos brotamos como un mar primordial, nos volvemos un espejo de lo no dicho, de la posibilidad. Hemos nacido para pronunciar y ser pronunciados.

A veces el lenguaje no ajusta, no sirve para decir el silencio que nos embarga, el océano ya no puede reducirse a un cúmulo de signos, quiere desbordar, fluir en palabras por todo el mundo. A veces el mar inunda, nos vuelve agua, tanta agua que las ideas no ajustan, el lenguaje ya no dice nada, todo se lo traga en sus profundidades.  

Entonces Escribir ha de ser una suerte de flotar entre cuerpos, naufragar en medio de la nada, sentirse perdido en medio de símbolos, el impulso último antes de morir de sed rodeado de tanta agua.

Y a veces uno se cansa de flotar, de ser palabra y símbolo, de ser todos los cuerpos, de la masa irreductible de significados y sentidos que nos rodean y nos inundan. Uno se cansa de escribir y de la imposibilidad de escribir, del encuentro y la partida, del agua que fluye incesantemente. ¿Cuántos mares podemos soportar? ¿Cuántas palabras inundadas podemos cargar? ¿Cuántos silencios? A veces uno se cansa de las vacuidades de la vida, de las modas, de las insufribles ideas del ser y su nada absoluta.

Entonces resulta necesario olvidarse en la palabra y de la palabra, resulta necesario volverse sobre sí mismo, adentrarse para voltear la mirada hacia lo pequeño, lo insignificante, lo trivial de la vida, un sonido, un rastrillo para arar tirado en el pasto, un ave que se para en la reja, un insecto que camina recto desde su hogar hasta el árbol del cual recoge su alimento, una mota de polvo entrando por la ventana. Resulta necesario dejar de escribir. Pero sólo cuando uno se ha dado cuenta que navega en un mar primordial.

Pepe Aguilera tiene la buena costumbra de escribir al finalizar cada clase de Fundamentos Literarios. Siempre es un gozo leer su poetización de la teoría. Por eso compartimos, para que otros gocen junto con nosotros.

Memorias de una pandemia: la nueva actividad extrema

Entre pandemia y botón rojo, surtir la despensa es una práctica de alto riesgo: no toques, no huelas, es peligroso; no compares, invertirás más tiempo y estarás más expuesta.

Las escenas de la nueva normalidad en mercados y tiendas de autoservicio pasan por la mirada aguda, la escritura entrenada y la ironía de alumnas del taller de Periodismo y Literatura.

Escriben de cómo salir a las compras de la canasta básica, algo tan cotidiano, tradicionalmente libre, sin restricciones ni horarios, y casi, casi, paseo familiar de fin de semana o quincena, es ahora una práctica un tanto reglamentada: una sola persona, no adultos mayores, sin aglomeraciones…

Sus crónicas son el testimonio del tiempo que les está tocando vivir. Escriben porque hay que contarle a los que vienen.

El dolor de no tocar, oler, escoger y comparar

Por Vania Coria Libenson

A muy corta edad supe que no siempre hay comida en la mesa. Que las raciones se hacen grandes o chicas según el día del mes. Que es diferente lo que comes en el recreo en comparación con lo que comen los que se sientan al lado de ti. A veces más, a veces menos. Y de manera inconsciente vas entendiendo el mundo a través de cantidades de salchicha, galletas de marca, termos con agua o jugos preempacados y dinero para un extra en la cooperativa escolar.

Todos deberían poder comer igual. Todos deberían poder elegir y paladear. Y quizá por eso una gran rebanada de mí ser lo he dedicado a la comida. A preparar. A jugar con los sabores y retarme a ver en los rostros aquella inequívoca señal de placer y saciedad. Una mano que alimenta delicioso, tiene un poder celestial. O así me siento yo al menos cuando lo hago.

Y existe un momento sublime, antes de poder iniciar la magia al cocinar: las compras.

Tenía quizá poco más de 4 años, cuando visité por primera vez el Mercado de Abastos de la mano de mi madre. Un mundo terroso de olores magistrales y colores vivos. Pequeñas islas divididas por fierros mugrosos te ofrecían frutas de nombre desconocido, pero exquisitas. Grandes ruedas de quesos añejos al alcance de mis deditos, y un señor subido de peso que al verme cortaba una rebanada y me la entregaba orgulloso en un plástico circular. Al lado de Lety, nuestra distribuidora de fruta del pequeño restaurante que mi mamá tuvo durante mi infancia, está probablemente el local más pequeño de todos, donde vendían jugos y licuados. El de chocolate era siempre mi elección. Nunca entendí cómo se hacía tan espumoso en ese aparato verde metálico que sostenía un vaso de acero y cuyas aspas chillaban como un tren quejumbroso a todo vapor. Convenía pedirlo en vaso, para que te rellenaran con lo que había quedado en el aparato y no se merecía desperdiciar.

Pollos, cabras, reces, cerdo, pescados y mariscos muy muertos, colgados boca abajo, que lejos estaban de ser grotescos, si los veías en su potencial. El aroma a cilantro fresco, a naranja dulce, el menudo de Doña Chela al final de la pesquisa como premio por haber sabido esperar. Sabores, texturas, formas y tamaños todos. Todos están ahí.

Los años pasarían y caminar a empujones entre los pasillos me era natural. Ropa cómoda, dinero en la bolsa del pantalón delantera, y mi amigo Toño que cuidaba en su local mis bolsas de asa roja y cuadrícula de plástico, para no cargar y poder comprar y comprar. Caras que se hicieron familia. El pedacito de queso que se me entregaba con la misma calidad tersa y cremosa que la leche entera da, ahora me lo entregaba el hijo de aquel señor que murió de pronto, pero el queso se quedó. La manzana limpiada en un mandil de flores ofrecida a mí en una mezcla de camaradería y apapacho al corazón. El escuchar ¿cómo esta mi amiguita, hoy te tocó a ti? ¿Qué vas a llevar? Seguido de nombres que me eran tan familiares como decir agua; un kilo de diezmillo, espalda sin limpiar, costillar, entrecot fresco que lo voy a hornear, bonillo, picaña, bogavante y nata de montar… Nuestro lenguaje delicioso. MI propio mundo seguro. El viaje al país de las maravillas.

Los niños suelen recordar tardes con los primos, las idas al campo, correr en la tierra o salir a acampar. Yo recuerdo las grandes bodegas de semillas, las tiendas de dulces, los pisos negros bordeados por los colores más vivos y sabores más extraordinarios que la madre tierra da. Mis mejores salidas, mis momentos más dichosos, eran salir a comprar los ingredientes para cocinar.

Al morir mi madre creí que ese placer extremo acabaría. Su recuerdo, las preguntas por ella, su ausencia en la silla del menudo a mi lado, y su manera de hacerse notar y querer por todos me hicieron un hueco en el estómago que de vez en cuando me cura el omeprazol pasado con el mismo licuado. Pero el gozo, el éxtasis, la libertad de mi olfato y al carrusel de alta velocidad de mi imaginación sobre qué podría cocinar, sobrevivieron a mi gran perdida y se quedaron conmigo. Año con año, mes a mes, temporada a temporada, mi vida avanzó al compás de las familias que atienden el Mercado de Abastos. Mi adolescencia, mi adultez prematura, mis enfermedades se acompañaron de la mano de productos de importación, de nuevos cereales, de verduras orgánicas, de cortes magros y el mismo menudo. Sentirme en casa es hacer el mandado en la central.

Mi pasión se trasladó a las grandes cadenas de super mercados. Sentir la misma fascinación en los pasillos con altos anaqueles y empaques con etiquetas que siempre he sabido revisar. Enseñe desde pequeños a mis hijos a amar la posibilidad de ir a llenar el carrito e imaginar y soñar. Ninguna sensación ha sido jamás tan placentera como cerrar la cajuela, manejar a casa, bajar las compras, y ver el refrigerador y la despensa a reventar. Te hace sentir que todo está bien. Que todo estará bien.

La cocina se me convirtió en arte a muy corta edad. Jugando en el piso del restaurante de la familia con un anafre en miniatura con carbón encendido real y cacerolas de barro de juguete que insistí me compraran en el tianguis. Las cocineras las llenaban de la comida que vendíamos, y yo me sentía realizada. Fui una y mil veces por aceite, sal de grano, enormes cantidades de carne, semillas, vegetales… Nunca fui más feliz, nunca me sentí más segura.

Y así, de golpe, como cuando te dicen “ya no te amo” y se van, así duele hoy no poder salir a comprar. Tocar, oler, escoger o comparar, es un riesgo y una falta a la nueva normalidad. Esos pasillos estrechos donde todos somos iguales, hoy son un riesgo por la proximidad. Vaya osadía, creernos iguales sin importar la clase social, ya es visto como una cercanía potencialmente mortal.

Me pusieron horarios. Restringieron los días. Debemos usar cubre bocas, pasar un arco de desinfección, la gente se aleja de ti en automático, te miran con desconfianza, una desconfianza jamás vivida en mis más de 35 años asistiendo cada domingo sin excepción. El tiempo de permanencia es breve. Haces fila si se satura el flujo de visitantes. ¿Desayunar ahí? Meses estuvo prohibido, hoy de nuevo cancelaron la participación de los locales de comida como prioridad.

No puedes detenerte, ni tocar y regresar. Ese mundo fantástico dónde el espíritu creativo se recargaba, está actualmente en demolición.

Hoy pienso en ir por la despensa, cubierta de pies a cabeza y de prisa, como algo parecido al cavernícola que va de caza con miedo a ser devorado en lugar de recolectar. Qué valiente aquél que levanta la mano, un poco presa del encierro, pero de estómago fuerte para ir al supermercado. Las compras de pánico son un reflejo desesperado por tener lo que se necesita para vivir. Porque queremos vivir. Porque tememos lo que la pandemia traiga a cuestas con el resultado de los que aún creen que es una teoría conspirativa.

No me juzguen, lo entiendo, y no corro riesgos ni quiero que los demás los corran por mi obsesión. La supervivencia se jacta de extrema, así que una manzana hoy deberá pasar por cloro y detergente antes de poderla siquiera meter a mi refrigerador.

No puedo olfatear las especias ni platicar recetas antiguas con la esposa del carnicero que me vio crecer. Hoy es solo un trámite veloz, como artículo de primera necesidad y establecimiento prioridad 1, para el permiso de seguir operando. Después de todo, se come para vivir.

Es tal el riesgo y el miedo, que dejé de ir. Mando un mensaje a un astuto joven que te hace las compras en Abastos y me las deja en la puerta del jardín, sobre una mesa dispuesta con litros de cloro, jabón, agua y todo un protocolo de seguridad. Las tiendas en línea, a su vez, te facilitan hacer tus pedidos en aplicaciones con coloridos dibujos de frutillas y un simpático carrito de compras que va dibujando el número de artículos que has escogido. Puedes agendar tu entrega ese mismo día, con horarios escalonados y llamadas antes para confirmar si hay sustitutos en caso de que hayan faltantes de lo que pediste en la lista inicial. Es más, no hay que ir ni a la tienda. Aplicaciones como Cornershop, Rappi, Uber Eats o un Rappi Favor, te llevan en menos de 30 minutos las cositas que te faltaron en el pedido grande semanal.

Hay formas de reducir el contagio y la exposición al riesgo, sí. Hay mecanismos que cada día funcionan mejor y conforman la nueva realidad. No hay fecha para el regreso a clases, para la apertura de toda categoría de comercios, y durante dos fines de semana, debido al botón rojo que implementó el gobierno, los supermercados ni abren.

Una mezcla de virus impredecible y ciudadanos desafiantes de la autoridad han hecho esto más largo y más caótico. No hay lugar seguro, no hay país de las maravillas, no hay momentos de recreación ni gastronómica ni lúdica ni espiritual. Estamos confinados hasta que algo o alguien pase y regrese el tiempo a donde se podía salir a respirar. Habremos de convertirnos en seres resilientes y rogamos por la supervivencia nuestra y de nuestros seres amados. Hacer las compras es hoy una de varias actividades extremas que solían ser de lo más normal. Esperemos que la inteligencia y hambre de una buena vida nos permitan pronto, volver a ver de cerca, tocar, olfatear y paladear.

Este texto es producto del taller de Literatura y Periodismo que imparte en Trithemius Talleres Literarios la maestra Mireya Espinosa, periodista con amplia trayectoria en el tema.