Trithemius online y una nueva maestra

Dadas las particulares circunstancias que vivimos en este 2020 los talleres online de Trithemius nos han dado la oportunidad grandiosa de incorporar a nuestra comunidad alumnos y maestros de otras latitudes.

Así Luisa Ruiz puede vincularse desde lejos para impartir la clase de Terapia Narrativa.

Luisa asistió al cierre de la última sesión del mes de mayo y escuchó, desde el silencio de su micrófono en mute, la lectura del material de cada alumno.

Cuando todos hubieron compartido sus textos, ella vinculó cada una de las palabras de todos en un solo texto y leyó lo siguiente:

“Magda anunció con bombo y platillo que todos los asistentes a la fiesta eran un pan de Dios y esto era muy fácil de creer por el comportamiento tan silencioso que imperaba desde que anocheció. Pasada la media noche, Lucía, como los alcohólicos anónimos que no hicieron la tarea, se echó un trago de tequila, subió el volumen del radio y empezó a cantar.  Maik le hizo segunda, agitó las manos y gritó ¡se prendió el cerro! y empezó a zapatear.

Los más serenos se apresuraron para unirse al fiestero grupo, Thania fue la última, nada extraño en ella, como siempre, estaba en Belén con los pastores. De pronto el sol pintó de luces el patio, Itzel miró el reloj en la pared “¡el tiempo pasa volando!”, nunca le había sucedido antes, asustada salió corriendo y derrapó en medio de los que bailaban, no traía zapatos y tampoco recordaba a qué hora se los quitó. Arminda, con toda cordura, se acercó y le tendió la mano, anda, levántate a bailar o te perderás de toda la fiesta recuerda que no pierde el que se cae, sino el que no se levanta.

Eugenia sabe de qué se trata todo, ha estado observando desde la barda en la casa de junto y sabe que pronto llegará la lluvia, los asistentes no se han percatado de ello; las nubes de la mañana se acumulan arriba de sus cabezas.

Luis, que permaneció pensativo toda la noche, se sacudió un par de gotas de lluvia de los hombros, ¡Vámonos antes que nos agarre la tormenta! –les dijo– es que a esta hora “hasta el viento tiene miedo” Perturbada, Vania, perdió el sentido del tiempo mientras aplaudía con emoción, es que esos monstruos bailaban muy bien juntos.”

La palabra siempre es un gozo en Trithemius, aunque los cuentos nos hagan derramar una que otra lágrima.

Esta imagen es de otro grupo, estos son los que estudian Clásicos.

El hacedor de sueños

Por Yolanda Ramírez Michel

El hacedor de sueños está agotado… desde hace siglos llegan hasta él los sueños de los hombres, y desde entonces no ha dejado de teclear en su máquina las historias que ellos cuentan, cada palabra dicha por los hombres sube como vapor de nube hasta el hacedor de sueños y él se encarga de escribir en su máquina de teclas fijas cada vocal y cada consonante.

Pero hoy está cansado, le dijeron hace mucho que escribir las historias de los hombres en la Historia era una labor magna y admirable, le dejaron en esa montaña de soledad, escribiendo cada cosa que ellos cuentan, y al principio, cuando vio florecer sus palabras en la tierra, y cumplirse cada oración como una profecía de flores fieles a la primavera, sintió que aquello era importante.

Le dijeron que quien se dedica a darles vida a las palabras es una especie de dios, y la palabra dios caló muy hondo en él. Era una palabra muy grande.

Anotarás en el libro de la Vida todo lo que pronuncien, cada cuento, cada verdad, cada deseo, incluso las mentiras, anotarás todo lo que salga de sus bocas. Si lo haces bien tendrás luego el poder de anotar también lo que piensen, podrás escribir cada sueño, cada esperanza y cada miedo, y volverás sus palabras ciudades reales, y te sentirás muy poderoso.

Le brillaron los ojos al hacedor de sueños. Y sintió entonces algo que nunca había sentido, sintió que era importante, sintió que tenía un destino, una razón de estar ahí, sintió que valía la pena haber nacido…

Tendrás además el poder de que el silencio de los hombres borre algunas verdades, verás que tienes en la palma de tu mano desaparecer cualquier mundo, cualquier estrella que ellos olviden y con su olvido quede silenciada, podrás tú borrarla para siempre e incluso llenar el hueco, que haya dejado la verdad, con mentiras…, verás cuánto poder alcanzarás, el de la vida y el de la muerte. Desaparecer lo no dicho, aunque haya sido un día verdadero, te irá volviendo dueño del mundo, ser dueño del mundo es algo muy grande, muy grande…

Será tal el alcance de tu magia que si las palabras no están respaldadas por lo que el hombre siente, lo que se manifestará será lo interior, así verás que tu imperio es sobre lo visible e invisible.

Podrás cuando seas un experto hacer que convivan juntos varios mundos, podrás hacer que la voz de unos y de otros parezca verdad a ambos, aunque digan cosas contrarias, y será el decir de cada cual su verdad absoluta. Entonces sabrás lo que es engendrar universos paralelos dentro de un mismo planeta. No hay poder más grande que el del hacedor de sueños.

El hacedor de sueños estaba eufórico, no midió los alcances de aquella encomienda, antes se vio como un elegido, alguien a quien se le regalaba un don terrible y bello, imposible de rechazar. El hacedor de sueños se irguió como quien recibe una buena calificación, y agradeció la deferencia del cargo, y la aceptó con un juramento de fidelidad.

Escribiré en la historia cada palabra dicha por los hombres, hasta ver condensados sus discursos como ciudades visibles y concretas sobre su hermosa y formidable tierra.

No discriminaré a nadie, reproduciré con equidad los versos del pobre, los discursos del rico, haré que el tiempo les muestre ante la puerta de sus casas cada cosa que alcanzó su palabra, cada cosa que en el silencio de la noche pensaron alcanzará también mi reino de propagación viral. No discriminaré risas o lágrimas, les daré a cada uno de los extremos igual atención. Seré fiel a las cuitas y alegrías, a los miedos y esperanzas, al valor y cobardía de los hombres, no seré censor de nada a fin de que ellos conozcan a través de mi poder su poder.

Lo prometo.

Pero el hacedor de sueños no sabía lo cansada que sería su labor de escriba… ni que al paso del tiempo se volvería para él tan importante el silencio, el no decir, el cuidar cada dicho, cada pensamiento. Cada oración que las emociones de los hombres lanzan como juego de agua regando una semilla lo tienen agotado. Está agotado, pero no necesariamente de escribir sobre el libro de la vida, está agotado de su invisibilidad, de que nadie se de cuenta de su poder, siente que se ha vuelto más bien un siervo que un dios, un esclavo que un rey.

Y no puede renunciar, cuando le dieron el poder se lo advirtieron: el verbo se hace carne y no hay marcha atrás. Puedes borrar lo que caiga en el olvido y el silencio, puedes hacer nacer lo que imaginen con suficiente intensidad, pero no puedes renunciar a ser el hacedor de sueños, estarás ahí por los siglos de los siglos mientras ellos existan, y seguirás haciendo que sus palabras adquieran consistencia de realidad.

Imagen del Libro Rojo de Jung

¿Epidemia…? Epidemia.

Sólo un cuento

Por Yolanda Ramírez Michel

I

“Doctor, aquí están los resultados: ¡Tierra está muriéndose!”, dijo una estrella que cargaba un montón de exámenes bajo uno de sus cinco brazos.

              Un equipo de rescate había depositado a Tierra en la sala de emergencias de Galaxia Asclepios, el mejor hospital del Universo. Las estrellas la habían encontrado desmayada sobre su órbita, cubierta por megakilómetros de llagas y pus.

              “Qué terrible, pobre Tierra”, dijo el doctor muy triste. “Era una de las chicas más hermosas, muchos planetas estaban loquitos por ella; si la vieran ahora…”

              En efecto, lucía muy mal.

              “¡Ay, me duele!”, gemía ella con un hilito de voz…

              La recostaron con mucho cuidado sobre polvo de estrellas, y fue cubierta con largos velos de gas. Le inyectaron suero con vía láctea y le dieron unas pastillitas de clorofila concentrada.

              El doctor la examinó detenidamente. Sus lagos estaban sucios y malolientes, parecían más bien pantanos… y los pantanos, cloacas. Sus bosques: ¡calvos y secos! El mar parecía un hervoroso caldo de ostras putrefactas, y tenía fiebre, mucha fiebre. ¡Pobrecita!

              “Luces muy mal, muy mal…”, repetía el doctor compungido, rascándose los asteroides, cuando descubrió tremendo hueco en la capa de ozono de la enferma.

              “¡Mira nada más!, qué terrible, ¿cómo te hiciste esto?”

              Pero Tierra no pudo responder, se había desmayado…

II

              “¡Don Cosmos, don Cosmos, tenemos una mala noticia!”

              “¿Qué pasa, niñas?, me deslumbran con tanta luz”, dijo don Cosmos a las estrellas. No le gustaba que lo interrumpieran mientras leía los astros.

              “Es su hija… Tierra.”

              “¿Qué le pasa a esa chiquilla?”

              “Es que… está… está…”, las estrellas titubearon y don Cosmos se dio cuenta que algo malo sucedía.

              “¿Dónde está?”, inquirió preocupado.

              “En Asclepios; está muy grave…”, dijeron las estrellas llorando.

III

              “¡Ya vuelve en sí, doctor!” dijo la enfermera “pregúntele cómo le ha sucedido esto, es tan extraño…”

              Ningún planeta había presentado aquellos síntomas, todo indicaba que estaban ante una nueva clase de mal. Nadie sabía qué hacer.

              Don Cosmos llegó a donde estaba su hija, preocupado y solícito, y se acercó a ella con mucha ternura. Tierra lo miró, una profunda tristeza emanaba de sus lagos turbios.

              “Papá, ayúdame”, susurró Tierra.

              “Ojalá no sea tarde, hija”, dijo don Cosmos, y le acarició las nubes. 

              “Tengo comezón, ráscame por favor, papá…”

              “No…” advirtió el médico a ambos, “nada de rascarse, voy a examinar primero estas vejiguillas”. El doctor se puso los guantes y comenzó a explorar las llagas.

.

              “Enfermera, traiga el microscopio, quiero analizar más de cerca…”

              Con un tubo solar, en cuyo extremo brillaba una luna de cristal, un enfermero apuntó directamente a las pústulas.  Parecían vivas.

              “Sobre ésta, por favor”, dijo el doctor a sus ayudantes señalando una que parecía crecer justo en esos momentos.

              El enfermero enfocó el lente como se lo indicaron. El médico alzó algo parecido a unas cejas (de gas…), nunca antes había encontrado un mal tan avanzado. ¿Sería culpa de Tierra, por no acudir temprano a revisión y tratamiento?

              “Querida amiga” dijo tierno, “esto no será fácil; debimos haberla atendido antes, ¿cómo sucedió?”

              Tierra cerró sus ojos. Recordaba… ¿Cuándo comenzó todo? ¿Cuando sus pequeñas pecas -de las que estaba tan orgullosa- aparecieron? No. ¡Fue cuando crecieron! Primero hubo unos brotes en el sureste, luego éstos emigraron a otras zonas de su cuerpo… Hasta ahí no había ni dolor, ni problema, le gustaban; parecía que su piel era un lienzo con estrellas negras sobre las estepas. Se acostumbró a ello, incluso favoreció que se multiplicaran. Pasado algún tiempo (mucho, o poco, todo depende del observador) sintió una extraña comezón, luego aquello ardió; después sintió un dolor intensísimo. Y de ahí ya todo sucedió a una velocidad vertiginosa: los lunares engordaban, se hinchaban hasta convertirse en llagas, cambiaban de color, se multiplicaban. Aparecían en nuevas zonas de su cuerpo. El caos.

              Se secaron muchos de sus lagos, los glóbulos negros de su sangre se agotaron, sus extensos pulmones desaparecieron…

              No supo qué hacer, tuvo pánico de las inyecciones, asco de las medicinas y horror de ir al doctor. Esos métodos curativos la espantaban más que la enfermedad misma. Se aguantó. Y las cosas avanzaron…

              “¡Mire doctor, en el microscopio!, acérquese y vea.”

              A través del microscopio el médico vio dentro aldeas geométricas que se multiplicaban sin control. En cada grano dichas geometrías crecían no sólo hacia los lados, las había que crecían hacia el cielo, y algunas echaban oscuras fumarolas sobre el paisaje. Un montón de estructuras metálicas con ruedas de caucho se apisonaban en ciertas venas de asfalto inflamándolas grotescamente. Extensos gusanos de metal succionaban el agua limpia y la devolvían negra y contaminada. Los encargados de filtrar el aire habían sido talados, los desechos se acumulaban formando islotes de material tóxico.

              Al parecer los responsables eran unos pequeños organismos multicelulares. Parecía increíble, tan pequeños y tan voraces. Y tan contagiosos (algo le indicó al doctor que aquello estaba a punto de contaminar las zonas aledañas a la enferma).

              “Santo Universo, esto parece expandirse sin control… tenemos que declarar cuarentena, aíslen a los planetas cercanos. ¡Salga de aquí, don Cosmos! ¡Y ustedes, los tapabocas! Pónganse todos capas extras de ozono, ésta puede convertirse en una terrible epidemia.”

              Tierra escuchaba aterrada (don Cosmos había salido llorando como un niño). Se sintió muy sola…

              “Prepárense; tal vez no todo este perdido, pidan a don Cosmos autorización para operar de emergencia.”

              “Guantes, bisturí, anestesia… Rayo infrarrojo hacia mancha principal. Preparados, listos…”

              Después de lanzar el rayo, el médico detectó cambios, aquello había surtido algún efecto. Aún no se sabía si favorable o desfavorable. De cualquier modo, haría falta mantener a la paciente en terapia intensiva, y en observación. Si no mejoraba habría que administrar algún remedio más fuerte, de esos que suelen ser peores que la enfermedad. O…

              Don Cosmos esperaba afuera del quirófano, ansioso y muy preocupado por su pobre hija. Recordaba con ternura sus primeros pasos, cuando la envió a formar parte del sistema solar; su emoción adolescente, su alegría y su belleza. Era su pequeña princesa, poseía paisajes llenos de magia, la bienvenida cálida de un sol majestuoso, agua pura, metales preciosos, plantas que alimentaban, que sanaban, que jugaban; en ella habitaban muchas y bellas especies.

IV

              Pasadas las primeras radiaciones la enfermera se acercó a la paciente para registrar sus signos vitales.

              “Algo pasa, doctor”, dijo angustiada, “mire aquí, el noroeste, una erupción extraña indica que el problema no está resuelto, parece que el microorganismo está transformándose”.

              “Sellen la sala, enciendan la alarma, estamos ante un virus en estado latente, creciendo y a punto de expandirse”, dijo el médico y…

V

              Pasaron los años…  Tierra tenía ahora una hermosa sonrisa y otras muchas renovadas gracias: Montañas de cumbres brillantes. Bosques pletóricos de nuevas aves exóticas. Cielos sonrosados, azules, y de muchos colores. Mares con cetáceos que cantaban. Lagos y lagunas acunando peces felices. Manantiales espejeando los secretos escondidos en las entrañas del planeta. Plantas dulces que murmuraban sus dones a una nueva humanidad que creía en los sueños de los niños, en las empresas de los artistas, en los negocios de los idealistas.

              ¿Cómo lo lograron?

              Cuando todo parecía perdido, y las cosas apuntaban a un final trágico, apareció la Gran Madre Universal.

              “¿Cuándo pensabas avisarme de lo mal que estaba mi niña?”, preguntó a don Cosmos.

              Sirio se había dado cuenta de la urgencia, y había activado su código Morse para que Ella se enterara de la situación, todos sabían que las medidas que la Gran Madre Universal tomaba ante situaciones de emergencia solían ser drásticas, más drásticas que cualquier intervención quirúrgica, por eso preferían intentarlo por su cuenta antes de enterarla. Y es que Ella cambiaba los paradigmas que no hacían prosperar la vida verdadera, y eso a algunos les dolía mucho. Además… cuando ella tomaba las riendas, don Cosmos pasaba a segundo plano, y también el doctor, y los enfermeros y todo un corpus de sistemas racionales en los que se confiaba sin cuestionamientos.

              El caso es que Ella terminó enterándose, y, con mano amorosa, llevó a su pequeña hacia los profundos abismos de un hoyo negro. En los hoyos negros suceden cosas extrañas, todo se disuelve, las formas se desvanecen, alcanzan el tamaño y el poder de un pensamiento humano, y de ahí, con el prodigioso poder de una idea, pueden volver a reconstruir la realidad…

              Besando amorosamente cada una de las llagas de su hija, la Madre Universal procedió a trasformar los males en bienes dentro de aquella negritud cósmica. La nueva epidemia, ahora amorosa, hizo saltar chispas de luz en la abismal hondonada gravitacional, y de ahí emergió una Tierra renovada.

              “Gracias, querida…” murmuró don Cosmos un poco avergonzado.

              Ella sonrió… y, los planetas, las estrellas, los astros, los asteroides, las galaxias y todo aquello que está ahí (aunque no haya sido aún nombrado por quienes estas crónicas escriben), escucharon su canto mágico:

              Bienaventurada la edad de oro, donde los hombres no saben la palabra tuyo y mío, donde sólo saben la palabra nuestro. Bienaventurados los hombres que reconocen el regalo de los frutos y desprecian los bienes engañosos. Bienaventurados los gobernantes que protegen a las ondinas en los lagos. Bienaventurados las madres que no juzgan a los niños que ven duendes en los jardines. Bienaventuradas las mujeres sabias amigas de las plantas. Bienaventurados los artistas que saben el lenguaje de los trinos. Bienaventurada tú, Tierra, patria donde los animales, las plantas y los hombres son hermanos. Bienaventurado el Cosmos, con su orden, los hoyos negros en su desorden, y las estrellas con su santa energía luminosa, porque la luz ilumina siempre toda oscuridad y sana todo mal. Bienaventurada la palabra que entra al hoyo negro y sale de ahí escurriendo la tinta de los nuevos y benévolos paradigmas.

Escribí este cuento hace ya varios años. Lo envié al que entonces era mi editor, no hubo respuesta. Tal vez porque este cuento no era para ser publicado en una editorial, sino aquí, al alcance de todos.

Un abrazo

YRM

El águila devorando la serpiente

 

Más, ¡ay, es sólo un espectáculo!

¿Por dónde te asiré naturaleza infinita?

Goethe

El universo es de los observadores…

¡Quién diría que nuestro escudo nacional es un símbolo iniciático universal! Una alada criatura, emblema de lo celeste, somete a la serpiente, animal asociado al inframundo.  Simbad el marino, antecesor de Odiseo, de Marco Polo y de todos los exploradores, históricos o míticos, encuentra en uno de sus viajes un gran pájaro que devora serpientes, es uno de los pasajes más importantes, porque llevan al héroe hasta un tesoro.  Los alquimistas también exploran el símbolo y sus dibujos son la escritura del inconsciente que revela, sin racionalizar, las aventuras interiores.

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Los griegos siempre supieron de imágenes iniciáticas: las dos serpientes entrelazadas del caduceo son el símbolo del equilibrio entre fuerzas antagónicas. Además, representan el eterno movimiento cósmico, base de regeneración y de infinito. Aunque en este caso las alas no pertenecen a un personaje antagonista de la serpiente, si no que  expresan la rapidez con la que el mensajero de los dioses se movía de un lugar a otro.

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Horus, importante  dios de la mitología egipcia, fue representado como un halcón, y como símbolo del héroe solar, derrotaba a diario a la serpiente Apofis, la oscuridad. En algunas regiones se le consideraba iniciador de la civilización en Egipto, ¡cuánta semejanza con el augurio sobre la fundación de Tenochtitlán!

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¡En el imperio romano bizantino existía ya un símbolo muy similar al de nuestro escudo!

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La India tiene a Garuda, pájaro mítico, considerado un dios menor (o semidiós) en el hinduismo y en el budismo. Generalmente su icono es el de un águila gigante y antropomorfa: cuerpo humano de color dorado, rostro blanco, pico de águila y grandes alas rojas. Es jefe de la raza de las aves y enemigo de la raza de las serpientes…

 

El águila que devora una serpiente es tan antigua como los inicios de la civilización. En Sumeria, hace cinco mil años, el héroe Marduk,  símbolo del nuevo orden, representado en ocasiones como un personaje con alas, derrotaba a la que antaño se consideró la diosa suprema, una serpiente.

En todas estas versiones que reúnen un personaje alado y una serpiente, hay mensajes universales que debemos interpretar desde un sistema mítico y no literal. Todo parece indicar que las primeras palabras nacieron como onomatopeyas (reproducciones fonéticas de los sonidos que la naturaleza produce), así mismo la escritura intentó al principio reproducir la realidad contemplada, la palabra de la naturaleza, el alfabeto del mundo se desplegó en un abanico exuberante de imágenes que le entregaban al hombre sus significantes prístinos, nacidos de su esencia. Así nace el lenguaje, espejo sonoro de la música que el hombre escucha a su alrededor, y la escritura, intento de su reproducción pictórica. Hoy estamos lejos de ese sistema debido al alfabeto fonético, ya totalmente descontextualizado de la naturaleza y el mundo. Por eso es que los símbolos, aunque conservan su poder, nos resultan herméticos y misteriosos. Este recorrido intenta mostrar cómo esa imagen que hondea con el viento en nuestro lábaro patrio es un mensaje universal para trasmitir el triunfo de un poder sobre otro.

En la religión cristiana la serpiente debe ser derrotada, como en Egipto, Mesopotamia, Grecia, América, etc. La mitología es mediadora de las verdades interiores y las formas externas que la reproducen, herramienta original para narrar las aventuras del hombre. Un águila es la palabra celeste, una serpiente la terrenal, o incluso infernal, pues recorre las entrañas de la tierra (la connotación negativa surge a partir de las posturas dominantes, durante milenios la serpiente fue considerada divina, la tierra y la naturaleza con todos sus misterios y alquimias interiores era sagrada). El águila y la serpiente son dos palabras de la naturaleza, onomatopéyicas en otro sentido: al ver un animal éste nos remite a su esencia, no a su sonido, accedemos en automático a su entorno, nos permeamos de su contexto. Digamos que hablan sin hablar, son y ya. En sí mismos contienen reminiscencias, ecos, pautas de conducta, son mucho más abarcantes que la palabra misma que los designa.

El águila devorando una serpiente tiene otras lecturas cuando nos llamamos ciudadanos del mundo, ya no habla sólo de México o los mexicanos, ni de una leyenda fundacional, habla del hombre, de un sistema celeste que domina a uno terrenal, o de una vinculación del mismo… de cómo demonizamos la otredad, del triunfo de unos sobre otros, del cambio de poderes, de los procesos alquímicos, espirituales, herméticos. Los misterios del águila y la serpiente están ahí para los exploradores valientes que se animan a la indagación profunda de las esencias de la vida.

 

Yolanda Ramírez Míchel