El príncipe y las princesas valientes

En Trithemius Talleres literarios amamos los cuentos

A partir de la Ilustración y hasta hace poco se han criticado, ¡y vaya que se ha criticado! a los cuentos populares por sus roles de género un tanto… pasaditos de moda (eso porque se les mira sólo desde una dimensión literal, pero bueno qué hacemos si los lectores no han ido a clases a Trithemius para aprender a leer en cuatro niveles de lectura). Esta critica tan pertinaz no es buena para un género incomprendido, como es el cuento de hadas, y es que, como dice la escritora brasileña Marina Colasanti, en el afán de “limpiar” estos relatos, les hemos quitado la sangre y la sustancia, como si fueran manchas en la alfombra. ¿El resultado? Cuentos que a veces parecen versiones demasiado dulzonas o parodias sin chiste.

Y para muestra basta un botón: La Bella Durmiente ha sido víctima de estas “limpiezas”. Pero, ¿y si te dijera que hay un cuento que le da la vuelta a la historia? ¡El príncipe durmiente existe desde hace siglos! Eso de cambiar los cuentos no es una novedad de las ideologías, es ignorancia de la historia de la literatura. En este cuento, El príncipe durmiente, no hay princesas dormilonas esperando un beso. No, señor. La heroína de esta historia se pone las botas, agarra su capa y sale al mundo en busca de aventuras… y de paso, rescata a un príncipe hechizado. ¡Empoderamiento en estado puro! Algo que se vive desde que la mujer es mujer y sabe salir a buscar el pan para los suyos o con los suyos.

Los cuentos —y sus versiones rebeldes, llamadas contracuentos— llevan siglos rondando nuestras cabezas. Reflejan cómo sentimos, actuamos y nos relacionamos. Pero seamos honestos: la sociedad decidió contar algunos cuentos (los de príncipes rescatando damiselas) y dejar otros en el baúl del olvido. Por eso La Bella Durmiente se ha contado hasta el cansancio como una simple historia de amor… cuando en realidad hay mucho más bajo la superficie. En el canal analizamos ese cuento, por aquí te dejo la liga: https://www.youtube.com/watch?v=QlwIYmcxq9s

En El príncipe durmiente, Ernesto Rodríguez Abad (con su pluma afilada y poética) y Noemí Villamuza (con su varita mágica de ilustración) nos traen una versión renovada de un cuento rescatado en el siglo XIX y refrescado para el siglo XXI. ¿El resultado? Torres misteriosas, bosques que parecen tener vida propia y una princesa que no espera ser salvada, ¡sino que toma las riendas y enfrenta los desafíos de frente!

¿Y los problemas que enfrenta? Pues, como en la vida misma: aceptación, realización personal y encontrar un amor que no dependa de hechizos ni clichés. Todo esto con ilustraciones que te transportan a un mundo donde la fuerza femenina mueve la historia. Así que prepárate para leer, soñar… ¡y repensar los cuentos que creías conocer!


Reflexiones de Noemí Villamuza 🎨

La primera imagen llegó por teléfono. Ernesto me narraba la historia, y yo ya tenía la cabeza llena de ideas: un príncipe dormido, una heroína intrépida… ¡y un montón de bocetos que se apoderaron de mi mesa!

El personaje principal me tuvo enganchada desde el principio: ¿cómo capturar su actitud valiente y su famosa trenza? Spoiler: no fue fácil, pero el desafío me encantó. Entre trazos y garabatos, surgió el príncipe dormido, envuelto en un paisaje que mezcla arenas cálidas y un horizonte misterioso.

Visualmente, el libro es un viaje de colores: empezamos en bosques verdes y frescos, atravesamos hielos estrellados, cruzamos fuegos abrasadores (¡cuidado con quemarte!) y llegamos a una noche de verano inesperadamente suave. Cada página es como una mini-aventura para la vista.

¿La protagonista? Se enfrenta a los cuatro elementos —tierra, fuego, agua y aire— como quien supera niveles en un videojuego, buscando una melodía mágica que encierra el corazón de la historia: el amor que nunca conoció.

Para los curiosos: trabajo los bocetos con rotuladores (¡rápido y directo al grano!) y, para el toque final, me paso al lápiz, que da esos matices que solo el grafito sabe ofrecer. Luego, aplico el color digitalmente, cuidando que cada tonalidad cuente su propia mini-historia.


¿Por qué leer este libro?

  • Porque las princesas valientes encantan más que las que esperan sentadas.
  • Porque los príncipes también pueden ser rescatados (¡y no pasa nada!).
  • Porque las ilustraciones son un festín para los ojos.
  • Porque soñar con un mundo mejor nunca pasa de moda.

Así que… ¿qué esperas? ¡Adéntrate en esta aventura, déjate sorprender y recuerda que los cuentos también pueden romper moldes! Y si quieres saber más, en este canal tenemos muchos cuentos de hadas, mitos y otras pertinentes noticias de este mundo maravilloso:https://www.youtube.com/channel/UC3tcJM2Su7aTJgoalK168lQ

El “otro” regalo

En busca de un regalo: el encuentro inesperado

Cuando pensamos en buscar un regalo especial, rara vez imaginamos que la búsqueda nos llevará a descubrir algo más. Esto fue lo que me sucedió en las bulliciosas calles de Puerto Vallarta, donde lo que empezó como una consigna personal: buscar un obsequio específico, terminó convirtiéndose en el encuentro con un regalo de la vida para mí.

La búsqueda del Quijote

Paty, Marciano, y yo, recorríamos cuadras enteras, esquivando turistas y entrando en tiendas repletas de recuerdos coloridos. Mi objetivo era claro: encontrar un Quijote; el objetivo de ellos dos: ayudarme a encontrarlo.

“¿Tienen un Quijote?”, preguntábamos una y otra vez. Pero los vendedores, amables y pacientes, solo nos mostraban jinetes con sombreros de charro.
“No, ese no es Don Quijote”, respondíamos con una sonrisa resignada.

Seguimos avanzando, entre estrellas de mar, alebrijes vibrantes y curiosidades marítimas. Cada tienda era un pequeño mundo lleno de detalles, pero en ninguna estaba el Quijote que buscábamos. Cada “no” hacía que nuestra esperanza de encontrarlo se tambaleara.

Finalmente, una chica en una tienda de camisetas rompió el patrón de recurrentes negativas, y nos ofreció opciones, indicándonos lugares donde podríamos encontrarlo. Sus instrucciones nos llevaron a un par de tiendas más, y aunque aún no teníamos el regalo en nuestras manos, el camino empezaba a sentirse como una aventura en sí misma.


El inesperado encuentro con la pitón

En medio de esa búsqueda, ocurrió algo que no estaba en nuestros planes.
Apareció una pitón.

Era enorme, imponente. Su piel se movía con una elegancia inquietante mientras un hombre tatuado la sostenía con soltura, ofreciendo a los transeúntes la oportunidad de tomarse una foto con ella. Si te atrevías, incluso podías dejar que te abrazara.

En ese momento, olvidé el propósito de la búsqueda. Mi atención estaba completamente cautiva por la serpiente. Su presencia tenía algo hipnótico. No sé si buscábamos el regalo o si yo la buscaba a ella sin saberlo.

Deseé acercarme, tocarla, sentir el peso de su cuerpo enroscándose en mí. Fue un instante que suspendió todo lo demás.


El regalo, al final del camino

Después de seguir más pistas, finalmente llegamos a una tienda que tenía justo lo que queríamos: el Quijote. El regalo estaba ahí, esperando por nosotros, como si el recorrido nos hubiera llevado inevitablemente hasta ese lugar.

Sin embargo, lo que quedó grabado en mi memoria no fue el momento de encontrar el obsequio, sino el proceso. Las calles llenas de historias palpitando tras la mirada de los turistas, las personas del pueblo, que ofrecieron indicaciones como si nos dieran mapas del tesoro, y, sobre todo, la pitón.

La serpiente me enseñó algo que no esperaba: uno no siempre sabe lo que busca cuando busca, pero, lo que la vida tiene para uno como regalo, finalmente nos es dado.


Reflexión final: Disfrutar el camino

Las metas son importantes, pero el camino para llegar a ellas es lo mejor.

Así que la próxima vez que busques algo, deja espacio para lo inesperado. La vida tiene regalos que no estaban en tu lista, pero que eran parte de tu destino.


¿Y tú?

¿Alguna vez has encontrado algo inesperado en medio de una búsqueda? ¿Te has sorprendido con lo que la vida te ofrece cuando te detienes a mirar? Sería lindo leer tu experiencia, somos todos tan iguales en lo profundo, sólo nuestra superficie nos distingue. Me encantaría leerte😊

El artificio divino 

Por Rocío Barragán 

A veces Anaís sentía la Vida inmensa. Mirarla era de una belleza increada, que le provocaba vértigo. Fuerte era la belleza, fuerte era su canción cuando la escuchaba y, al escucharla, ella sentía estar elevándose entera y clara, hacia un nuevo lenguaje interno más liviano. 

La presintió por primera vez a los siete años. Fue en unos días lluviosos y oscuros, cuando siendo una familia de doce hermanos no habían podido salir al jardín, como lo hacían usualmente después de terminar las tareas del colegio. Sus padres, temerosos y ausentes, hacían los últimos preparativos para su viaje a Madrid, donde vivirían una larga temporada exiliados.  Los niños no lo sabían. Todos en la casa discutían y estaban enojados sin saber por qué. 

Anaís, al ser la séptima hermana y la de en medio, no sentía encajar ese día ni con los pequeños ni con los grandes. Se sentía inquieta y extraña, y ya no soportaba más esa larga discusión para llegar al acuerdo de quién había ganado en los juegos… Así que decidió escabullirse. Con temblorosas piernas subió sin ser notada por sus hermanos, escaleras arriba, hacía la imagen de la Inmaculada Concepción de Murillo. Había visto la película de Marcelino pan y vino, donde el protagonista, un niño pequeño, hablaba con una escultura de Cristo y él, el mismísimo Cristo, le contestaba. Anaís, cuando estaba triste subía a hablar con el retrato de la virgen, y en su imaginación de niña, ella la escuchaba.  

Anaís sabía que la virgen era su madre del cielo, lo había leído en un libro que guardaba bajo la almohada en su cama. Siguió avanzando, enfrentando en estoico silencio la oscuridad de las primeras escalas, las caídas, el miedo, y al mismo tiempo presintiendo la alegría del ascenso hacía la parte superior de la casa. De repente, sintió estar en un vaivén hacía arriba y hacía abajo entre serpientes y escaleras. En el juego de la oca que le habían enseñado sus amigos del alma. Sonrió complacida al recordar. Ése juego si le gustaba.  

Paso a paso, sin seguridad, pero con destino, avanzó sobre las teclas, y llegó hasta el piso superior de la casa. Ahí estaba, justo frente a ella, el cuadro profético y grande, en la pared del pasillo: La Inmaculada Concepción, de Murillo. La mujer vestida de sol, la naturaleza, coronada de estrellas mirando hacia el cielo, ascendía en un movimiento espiral y blanquiazul oscilando entre nubes, telas de seda y ángeles. Anaís cerro los ojos y en el silencio, ambas conversaban, liberándola de melancolías antiguas, huracanes, entre flores y bálsamos frescos, en un torbellino de lágrimas. Las catedrales con sus laberintos, sus rosetones, las gárgolas, la ascensión   de la Virgen María  a los cielos en una sinfonía armónica y unos símbolos que bien sabía Anaís, con el tiempo habría que descifrar, en el misterio de la belleza revelándose en su cuerpo de carne.  

Y así fue como Anaís el día menos esperado, le abrió la puerta al dolor, y el dolor salió volando y se transformó en agua de estrellas, siempre vivas, apasionadas.     

Rocío Barragán. Septiembre 2024. 

LOCY

Por Adriana Soto

No sé qué aroma tiene o a que huele la lealtad, pero sé muy bien que empieza con la letra L, la misma letra con la que inicia el nombre de mi amiga Lucy, mi amiga y ¡qué digo mi amiga!, es más que eso, somos hermanas por elección, desde hace 45 años es la persona más leal que he conocido hasta el momento.

Y digo que es leal porque siempre he contado con ella en los buenos, malos y regulares momentos de la vida, también digo que es leal porque aunque no siempre estamos de acuerdo (al contrario nosotras discutimos y es porque pensamos en algunos aspectos muy diferente), no es de esas personas que por ser leales a todo te dicen que sí, es una persona que me ha permitido ser auténtica sin miedo al juicio o a la crítica, es una amiga que te dice las cosas de frente y sin rodeos, jamás me ha hecho daño y es de esas amigas que no necesitan saber de ti todo el tiempo, ni te hostigan con llamadas o mensajes, pero sabes perfectamente que a una llamada están ahí para ti.  

Es leal porque es tan sana que la toxicidad no se asoma en nuestra relación, lo que sí se asoma es el reír a carcajadas hasta que nos duele el estómago, el regalo de estar a gusto la una con la otra, hablar por horas y horas hasta que se seca la garganta sin que asome el cansancio por escucharnos.

Una amiga leal porque nos fascina cantar y, aunque yo soy desafinada hasta el tope y ella no, nos acoplamos como buen dueto miseria.  Su lealtad se muestra con hechos y no con palabras bonitas. Con ella se han multiplicado mis bendiciones y se ha hecho más fácil llevar los tragos amargos que todos tenemos en esta vida. 

Hoy es su cumpleaños, algo que casi compartimos, yo soy del cinco de marzo y ella del 6, somos de la cotorrisa de marzo por lo tanto celebramos la vida casi al mismo tiempo, Lucy es positiva en este caminar por la vida, y no porque su vida sea siempre miel sobre hojuelas, sino porque sus valores y la forma en que ella entiende este mundo es que, con una fe inquebrantable, Dios la acompaña y guía su destino.  Un destino que se cruzó con el mío y que yo agradeceré infinitamente.

No sabemos que nos deparará el futuro, aunque soñamos con estar juntas en un asilo y seguir riendo con todas las anécdotas que hemos juntado en todos estos años, yo no he necesitado de su ausencia para valórala, por aquello de que nadie sabe lo que tiene hasta que lo ha perdido, yo no, tengo la fortuna de que la confianza prevalece en nuestras vidas y seguro  algo he hecho bien en esta vida porque sin merecimiento me saqué la lotería al tener y mantener una hermosa y leal amistad.

Gracias por siempre mi amada Locy.

Este entrtañable texto acerca de la amistad surge en el taller de Biográficas, es inevitable pensar que una amistad así es un don del cielo, y que este tipo de testimonios lleguen a nuestras aulas es también un regalo invaluable.

Huapango de Moncayo del 8 de marzo

Por Selene Cázares

Decía mi Abuela:

              “En esta vida hay que bailar al son que nos toquen, y si no te gusta, pues elige tu propia música, pero de este baile nadie se va hasta que termine.”

Dios nunca se equivoca mijita, hay un plan perfecto para cada uno, usted tenga fe.

Y bajo esa premisa, existía una certeza para mí:

“La vida vale la pena ser vivida en cualquier circunstancia”.

              Ahora me doy cuenta que fui educada por dos mujeres que a pesar del contexto y la época en la que les tocó vivir, lucharon siempre por no perder su voz y se aseguraron de encontrar su propio ritmo.

              No lo voy a negar, es verdad que he bailado al son de otros, pero bajo la premisa de mi abuela todo tiene sentido, hay un motivo y un aprendizaje implícito.

              Llevo dentro mi propia música, única y perfecta, aunque reconocerlo no ha sido tarea fácil, he viajado a las profundidades de mi alma para extraer recuerdos y rescatar el sonido de mi voz, he tenido que desaprender melodías ajenas que me había adjudicado como propias, y he tenido que aprender a reconocer la musicalidad que sí me pertenece.

              Bailemos pues, me digo cada mañana, porque en mi mente y en mi corazón traigo presente los rostros de esas mujeres que habitarán en mi memoria por siempre, los rostros de esas mujeres que con su vida me mostraron la grandeza del espíritu femenino.

              Ellas, las que nunca dejaron de bailar su propia música, jóvenes, viejas, exitosas, lastimadas, traicionadas, cansadas, viejas, enfermas, adoloridas, pero viviendo hasta que el baile terminó para ellas.

              No sé como terminé envuelta en este pensamiento, yo solo trataba de hilar la emoción que me provoca un huapango cuando pienso en la vida misma.

              En verdad desearía que la vida terminara entre aplausos, como si hubiéramos interpretado la mejor de las melodías, irnos con ramos de recuerdos en nuestras manos y una gran sonrisa…

***

Este texto fue producto de una consigna musical en Trithemius Talleres Literarios, gracias Selene por entregar tu escritura este 8 de marzo del 2024, acá dejamos la pieza que lo inspira:https://www.youtube.com/watch?v=m1jbZjsO3tI&t=103s&ab_channel=AmigosOFUNAM

¡Que no!

Por Sandra Valencia Villegas

Que no hablara de amor, me dijeron las sombras.

Que contar tu historia estaba prohibido, pero ya ves, el silencio no es mi virtud, me lo han reprochado incansablemente.

Ahí en mis sueños nos hemos encontrado a través de los siglos, ahí tu luz azul me inunda las entrañas.

No sé qué, no se quien, pero siempre te reconozco.

A veces me encuentras y otras te encuentro, dicen las voces que somos una promesa rota, dicen que la rompí yo.

***

Este texto de Sandra Valencia Villegas llegó a la clase de Biográficas como llega un bálsamo para las heridas. Gracias, Sandra, por poner palabras a sentimientos que flotan en sutil consistencia dentro de los seres humanos que se asoman a su interior con valentía y honestidad.

Elegía a papá

Por Lorenza Verea

Se despide la tarde

el sol se acurruca en el horizonte

abandona los colores escarlata

abriendo paso a lunas escondidas.

Silencios blancos

sonidos sordos

vientos de otros tiempos

que traen reflejos de nostalgia

que descubren tristezas enterradas.

Pasado que se hace presente

olvido que desparrama vida

alientos que se pausan

para extinguir cenizas

de estrellas olvidadas.

Tiempo que se aleja y que se queda

que nos regala y arrebata una sonata

que ordena los silencios que resuenan

en ayeres y mañanas.

Luz que abandona la mirada

que se pierde y nos revuelve las heridas

que entinta los deseos de angustia

y borra los anhelos fermentados.

¡Oh, tarde triste!,

que aturde los sentidos

que aviva las nostalgias

que desquiebra los hechizos.

Contigo desearía esfumarme

descoserme

perderme

borrarme.

Hasta que pinceladas de un nuevo día

me recuerden mi nombre

me regalen mundos impensados

y me tiñan de vida, que me de vida.

***

Lorenza Verea ha escrito desde hace años, pero hoy se acerca a Trithemius Talleres Literarios porque quiere seguir en la avenrtura acompañada de quienes amamos la patria de los libros. ¡Gracias por este poema, Lorenza!

De amor y de sueños

Una historia verdadera

Por Maria Consuelo Alcázar Yepez

Todos los días, cuando cae la noche, tengo un encuentro con mi alma al interior de mi universo. Un hombre agazapado atrás de la puerta observándome, un coche a toda velocidad y un camino incontrolable. Un autobús, y en el último asiento: yo, joven, observando tranquilamente el paisaje, el mundo abierto ante esos ojos… Abrazo, reconciliación.

A lo lejos la inmensidad del mar, mis pies descalzos nunca llegan a la orilla.

Un campo lleno de maleza, el hombre fuerte promete fertilidad.

Despegar del suelo, atravesar ciudades, universos, cruzar la puerta, antesala del cielo.

Un campo limpio, verde florecido, frutos gigantes.

Mi casa, llegué al mar, toqué sus aguas, el suelo ya no me quema, el agua me acaricia.

Una vida resumida en unas cuantas imágenes.

Este texto surge en una de las sesiones de Biográficas, en Trithemius Talleres Literarios. Lo maravilloso es que María acaba de ingresar, y ya su pluma nos asombra y encanta con la narración de este mundo onírico.

Gracias, Maria Consuelo Alcázar Yepez. Un fuerte abrazo.

Animalma

Si pudiera tener en mí
la grandeza de los animales
sería grande entre los grandes.
Con su humildad
y sencillez cotidiana,
con su poderío implícito
su majestuosidad civilizada…
sería paquidermo
que no olvida lo aprendido,
tigre de bengala
gracil y poderoso
alma de águila
fidelidad de cóndor,
paternidad de pingüino
inteligencia de delfín
poderío de jaguar
nobleza de perro

curiosidad de gato
libertad de ave
Grandeza de alce

pelaje de oso polar
garras de león
piel de armiño,
vista de Alcón,
olfato de sabueso,
esqueleto de serpiente
sexo de zorra
atracción de pantera negra
nostalgia de búho
excentricidad de koala…
Sería mujer – animal
Animal – mujer…

Este poema pertenece a la autora Ana María Villegas Nungaray, nace después de una sesión de Biográficas. Las sesiones online del taller de Biográficas consiguen inspirarnos. A veces no llevamos texto al salón, pero luego de haber escuchado los textos de cada integrante del grupo, algo se mueve dentro y así, en un impulso de inspiración, aparece la palabra. Gracias, Ana María.

No sé quién soy mientras esto sucede

María Fernanda Rodríguez

La casualidad nos ha puesto a dialogar frente al jardín, aunque ninguno de los dos somos personas que se consideren conversadores. Poco a poco las frases cortas que intercambiamos van formando algo parecido a una pradera amplísima de la que observo con quietud la falta de árboles, mientras él parece estar seguro de que, bajo este piso de palabras, encontrara consuelo.

Lo escucho. Me habla de la abuela. Me dice que era divertida, cariñosa, que le gustaban mucho los animales, especialmente los gatos, que por eso él ahora tiene gatos. Yo sonrío porque parece una conversación más de las que había escuchado de ella y sus gatos. Me dice que en la casa había ratones y que él se lanzaba sobre ellos para atraparlos, mientras la abuela reía a carcajadas; lo dice y estira los brazos haciendo el ademan de lanzarse sobre algo, y en su rostro yo imagino las carcajadas de la abuela por las travesuras de su nieto. Me cuenta que le preparaba ponche en su cumpleaños, y que le aconsejaba cuando lo veía triste. «La abuela es ahora mi ángel», me dice y de repente, en medio del relato, alcanzo a descubrir un brillo que intenta brotar de sus ojos.

Yo, me sorprendo de encontrar un afecto así, detrás de un hombre de motocicletas, de casacas y botas de cuero, de gafas oscuras y de cabello engominado. Me sorprendo de descubrir su lado emocional. No sabía de la conexión tan cercana con la abuela, y mientras esto sucede, no sé quién soy. 

La abuela murió cuando yo tenía siete años y él diecisiete. «Claro», pienso «se tiene que acordar de todo». Entonces me doy cuenta de que sé muchas cosas de la abuela así, por conversaciones casuales, por intuición, por pura organizada que es mi memoria que ha retenido las anécdotas de ratones, gatos y risas. Sé que él debe estar viendo las imágenes de sus recuerdos mientras habla, algo que yo no puedo. Busco en mi memoria y solo encuentro unas cuantas fotografías gastadas, un rosario color caoba metido en una cajita perfumada y una vitrina llena de miniaturas; ¿Eso es la abuela para mí? ¿El recuerdo de unas cosas y nada más? El ponche que dicen preparaba en los cumpleaños, las caricias, los consejos, el color de su risa, eso y todo lo demás flota en el aire, como viento sobre estas praderas.

Él, vuelve su mirada hacia mí y me pregunta si me acuerdo de ella. Yo no sé qué responder. Busco por dentro, como si corriera perdida por una vastedad, como si huyera de la pregunta o más bien de la respuesta. Un silencio enorme se extiende antes de la negativa. «Prácticamente no la conocí. Yo tenía 7», le digo. Él, me mira y me toca el hombro en un gesto parecido a una caricia. «Eres la más parecida a ella: tu pelo, tus ojos, tu risa», me dice y con eso confirmo que no sé quién soy mientras esto sucede, ¿Una extraña? Envidio cada gato, cada ratón, cada abrazo, cada palabra que él sí tuvo con ella. Me quedo callada pensando en los ojos de la abuela que son mis ojos. Me doy cuenta de que noviembre se aproxima y me pregunto ¿Cómo se hace para que alguien, a quien no recuerdas, se convierta en tu ángel?  La abuela no está ni va a volver y yo sigo sin saber quién soy mientras esto sucede.

Fotografía de David Marcu

Este texto nace en el seno de la comunidad Trithemius Talleres Literarios, en uns entrañable sesión de Biográficas. Agradecemos a la autora, María Fernanda Rodríguez que nos permitiera publicarlo por este medio para compartirlo con el mundo.