El Guardián en el 2021

No sé cuántos años habrá requerido aquel portentoso cactus en adquirir sus extremas dimensiones, Briareo de muchos brazos que en junio se poblaban de blancas flores y rojos frutos.

No sé qué edad habrá alcanzado…, cuando yo llegué a vivir a esa casa ya era inmenso, ya causaba desde hacía mucho tiempo el arrobo a los viandantes de aquella calle empedrada, máxime mi propio arrobo. Qué orgullo me daba tenerlo al ingreso de mi hogar, cargado de humedad, anchas espinas, insectos curiosos, panales grandes como sandías, y nidos.

Desde que llegué a aquella casa, hasta que partí, pasaron nueve años. En todo ese tiempo lo vi crecer mucho más, entregando, sin perjuicio de su belleza, varios hijos para poblar otros espacios del jardín. Lo vi engrosar su base, oscureciendo ahí su verdor hasta el café, como para volverse tronco, sostenedor casi pétreo desde su base, Atlas sosteniendo un mundo. Un mundo de nidos y arañas de colores extraterrestres.

Desde la ventana, que su cuerpo titánico medio cubría, yo veía detenerse los autos para tomarle fotos al majestuoso ejemplar. En Ajijic hay muchos cactus, pero quien veía aquel espécimen no podía evitar guardar en el celular la evidencia de que un cactus pudiera ser tan grande (rebasaba por mucho la altura de la casa).

Yo sentía que me protegía, que una sensibilidad vegetal acompañaba mi vida. Sus espinas llegaron a agredir algunos despistados, sus flores de estación aparecían sólo un día, como gloria de un sol espléndido, luego se cerraban para gestar en su vientre el fruto, tunas nunca vistas en un mercado. Inspiró metáforas para mis clases, y poemas para mis libros.

¿Cuánto tiempo requirió su majestad para engalanar el ingreso a esa casa, en aquel vecindario de Rancho del Oro… desde cuándo estaría ahí, y cuántas lluvias, cuántas secas, le dieron el vigor para mantenerse noblemente erguido?

Yo le llamaba el Guardián. En una ocasión entraron a casa, pero no se llevaron nada. Tal vez porque en mi hogar lo que abunda son libros, y no les interesaron… ¿pero, porqué ni la computadora portátil, o la pantalla, algo que les valiera el riesgo?

-Fue el Guardián- dije yo.

El 20 de agosto me mudé de ahí. El dueño me pidió la casa para heredarla a su hija.

La dejé dócilmente, no sin largas sesiones de suspiros, recorriendo cada rincón como una sacerdotisa en su rito más íntimo.

Traje a mi nuevo hogar un pequeño hijo del Guardián.

Ahora me informan que el Guardián fue derribado, podado desde su anchísima base. Siento que una estaca se clava en mi corazón. Siento que el pequeño cactus que traje a casa ahora es mi responsabilidad. Debo cuidar de él para que viva largo tiempo, para que alcance gran estatura, para que de a quienes estemos cerca sus bienes, como los dio durante tanto tiempo su padre.

El hijo del Guardián

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