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Por Micaela Amirez

Hablar de Rulfo es algo sencillo, y complicado al mismo tiempo…

Sencillo porque siendo un autor fundamental -un clásico-, hay ya un amplio corpus académico que lo sustenta, y este corpus académico, tan vasto, nos permite ir en busca de pistas, y datos, y muchísima información de primerísima calidad. Podemos acercarnos al autor y conocerlo ampliamente gracias al estudio y la investigación de muchos, por eso digo que es sencillo.

Pero, al mismo tiempo, tal proliferación de datos, tantas posturas críticas, tantas aportaciones geniales vuelven muy complicado contribuir con algo nuevo (por eso digo que es complicado).

No obstante esta dificultad, creo que se puede aportar algo nuevo cuando no vamos por el Rulfo que los académicos han diseccionado como en una autopsia; pienso que es sencillo encontrar un ángulo nunca antes atendido cuando vamos por el Rulfo de nuestras entrañas, cuando somos sus lectores y nos acercamos a él como el niño curioso que revisa el cangrejo en la playa; pienso que es posible ir a la raíz de algo original cuando esto se busca contemplando directamente al Rulfo del libro, sin contaminarlo (por decirlo de algún modo) con la investigación académica que circunda el astro.

Y de eso quiero hablarles, del Rulfo que yo me topé antes de que los académicos lanzaran su red de palabras sobre él, es decir, el Rulfo que encontré como lectora, antes de que los académicos me lo mostraran. Y para ello iré por un recuerdo muy especial. Yo leía a Rulfo en una habitación con una lámpara de noche… en mi cama.

Por eso una de mis recomendaciones para acercarnos a Rulfo, o a cualquier autor fundamental, a cualquier Clásico, es que nos acerquemos a él como nos acercamos al amante; tener un encuentro con la obra clásica es muy similar al encuentro de dos que se lo van a entregar todo, en ese momento tú no vas vestido, tú no te acercas con la armadura puesta, tú no vas rodeado de lo que te han dicho otros (no deberías); tú vas armado con lo que sueñas, con lo que anhelas, con lo que esperas, con lo que temes, y aunque es cierto que muchas veces nos acercamos a una obra por otros, lo mejor es al llegar despojarnos de cualquier interferencia, es decir, desnudarnos. Desnudarnos sin ningún temor… cuando lees estás ahí tú solo… solo con las palabras, con lo que éstas te lanzan a la cara, aunque hayas antes leído algún ensayo, alguna crítica, en ese momento debes olvidarla, la crítica pasa a segundo plano, y terminas por encontrarte de frente con los personajes, y ellos te arrojan su vida como una pelota que esperan les devuelvas.

Sólo así podrás sacar colores, de las páginas en blanco y negro, y sacar uno y muchos sentidos iguales y distintos a los de los demás… Porque la obra es polisémica, nadie ha dicho que tengas que pensar o sentir lo mismo que el crítico de moda, la obra hace contacto con cada uno de sus lectores, y desde ahí detona el sentido que la vuelve amada. Sin sentido, la obra es como un cuadro muy bello en un museo abandonado.

Y aquí es donde quiero insertar mi personal apreciación de Rulfo, no para que sea la suya, que mi consejo es que cada cual lo lea y lo piense a su medida, sino para compartirla como un comentario de algo muy amado…

Para mí, Rulfo no pinta nuestros áridos desiertos mexicanos sino los despojados corazones humanos.

Para mí, Rulfo no sólo enfrenta al cacique con sus víctimas, sino a la vida y los que en ella padecen, en cualquier geografía, o en cualquier época.

Lo que nos presenta Rulfo es una arquitectura psíquica. Los paisajes son paisajes de la pobreza que todo ser humano puede padecer, su Comala es más que un lugar, un sentimiento.

No soy una campesina, no vivo en el campo, no sé lo que es vivir en el campo, pero sí sé lo que es padecer por la enfermedad o la pobreza, tener miedo por la muerte de un hijo, no saber cómo vamos a alimentar a la familia cuando no hay trabajo, me he sentido vulnerable ante los poderosos, he sufrido los despojos de los políticos, he esperado un vergel tras las montañas, he dicho adiós a una tierra árida.

Creo que Rulfo habla de todos, y utiliza el mundo indígena como sistema mítico, para conectarnos con lo universal y trascendental, no con lo local.

Creo que usa la magia, lo mágico, para que podamos ver lo mágico en la vida.

Creo que su dicotomía vida/muerte presente tantas veces en su obra nos mantiene alertas en esa dualidad constante de nuestros días y nuestras noches.

Creo que el mundo campesino, refractario al progreso, es la analogía obligada con la mentalidad que muchos poseemos, y que es reflejo no sólo de un pueblo, sino de un estado mental de formas ideológicas anquilosadas…

Creo que Juan Preciado es nuestro Virgilio, que nos lleva directito al Infierno por la gnosis. Como él, nosotros también queremos saber… queremos conocer. Porque Juan Preciado, como nosotros, lo que buscamos en Comala es resolver la huella psíquica del abandono. Y que su visita por los recuerdos es la huella afectiva que estos dejan en la memoria.

Creo que los habitantes de Comala son una comunidad arqueológica en las entrañas de la psique, con sus fantasmas, sus muertos vivos, sus vivos muertos, y todo lo que construye una identidad.

Creo que cambiar Tuxcacuexco por Comala responde a una necesidad urgente de música en la literatura. Y que en esto Rulfo es un Maestro.

Creo que la poética rulfiana es la del decir sencillo de lo profundo.

Creo, que si hubo quien en el medio literario de su época lo rechazó, es que mucho lo envidió. Porque Juan Rulfo es hasta hoy el más grande autor de México.

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