La necesidad ¿o necedad? de los héroes

María Elena Espinosa M.*

Durante toda la historia de la humanidad han existido héroes, personajes que han roto con lo establecido y cambiado las formas. Por milenios, los seres humanos han admirado a estos y han intentado incluso apropiarse de su esencia de sus poderes. Robert Graves en “La Diosa Blanca” relata cómo en las leyendas antiguas aparece la figura de un Hércules, un rey sagrado pastoral cuyos poderes tienen que ver con los ciclos de las estaciones, la lluvia, los alimentos originados en la naturaleza, etc.

Graves dice que: “En el solsticio de verano y luego de un reinado de medio año, se le emborracha con hidromiel y conduce al centro de un círculo de doce piedras…alrededor de un roble y frente a las cuales hay un altar de piedra…” ahí tiene lugar un ritual en el que aquel héroe es sacrificado, su sangre es recogida y usada para rociar a todos los miembros de la tribu y hacerlos vigorosos y fecundos. Partes del cuerpo son consumidas por los 12 sacerdotes que participan en la ceremonia.

 La ingestión de los restos de este Hércules tiene qué ver con la sucesión. El siguiente Hércules reinará durante la segunda mitad del año y a éste lo sucederá el Hércules del Año Nuevo. Es evidente que el mito enuncia la sucesión de las estaciones del año; sin embargo, la idea del héroe y la intención de apropiarse de su fuerza subyacen en el imaginario colectivo.

Actualmente no tenemos que realizar estas prácticas, pero, sin duda, en alguna etapa de nuestra existencia podemos anhelar apropiarnos de las características o las fortalezas de nuestros héroes con el deseo de corregir lo que a nuestro juicio es corregible o para instaurar, como en el tiempo de los Hércules, las condiciones para que la vida continúe de la mejor manera, para que el ciclo no se trunque o el camino no se pierda entre los obstáculos.

Probablemente si hurgamos en la Psicología encontremos referencias a esto en nuestro desarrollo, pero si hemos vivido lo suficiente podemos dar cuenta de que en alguna parte de nuestra existencia hemos anhelado ser como algún personaje, cercano o lejano, real o ficticio. Pienso que los primeros héroes son nuestros padres, tratamos de imitarlos, nos ponemos su ropa, sus zapatos en un intento de parecernos a ellos o, en otras ocasiones, se convierten en el modelo negativo que nos induce a decir: “yo no quiero ser como él o ella” y, entonces, en nuestra vida hay un hito y decidimos convertirnos en el que rompe con lo establecido, la oveja negra que se sale del rebaño.

Romper lo establecido significa desatar una revolución, palabra que según el diccionario de la RAE significa entre otras cosas:

1.- Acción y efecto de revolver o revolverse.

2.-Cambio rápido y profundo en cualquier cosa.

La primera revolución ocurre dentro de uno mismo. Cambios profundos se gestan a medida que vamos cruzando los diferentes estadios de nuestro desarrollo. Por lo general no los percibimos, pero suceden continuamente. Piaget diría que vamos “acomodando” nuestras estructuras.

Algunos nunca dejamos de romper con lo establecido. ¿Espíritus de contradicción? ¿Inconformes? Puede ser, según los ojos que juzguen, pero el inconforme siempre tendrá una justificación que lo mueve.

Precisamente estamos atravesando un ciclo de convulsión. Solo es menester echar una mirada a los actos que a diario se suceden en todo el mundo y encontraremos una o más formas en que los seres humanos manifiestan deseos de cambio, necesidad de romper las estructuras actuales con la consabida respuesta de aquellos que desean seguir en la comodidad y placidez de lo establecido.

En nuestro país celebramos un aniversario más de la Revolución que marcó un hito. Al recordar a tantos hombres y mujeres que participaron en ella durante un largo periodo del cual, al parecer, no se tiene una fecha exacta que pueda establecer cuándo terminó, la pregunta es ¿y yo qué he hecho por este país?

Esta pregunta sale del ámbito exclusivamente personal porque involucra la participación como parte de una sociedad, pero al mismo tiempo tiene que ver con ese impulso latente al cual me referí líneas arriba.

Somos seres sociales, obedecemos reglas de convivencia que nos permiten transitar dentro de esta sociedad, sin embargo, eso no quiere decir que todos obedecemos a ciegas o seguimos perpetuando lo que es erróneo, lo que ya no funciona.

Podemos incidir de muchas maneras en nuestra sociedad, ni siquiera es necesario ir tan lejos.  Desde el humilde sitio como habitante de cierto lugar podemos hacer las cosas necesarias para provocar los cambios que se requieren para una mejor convivencia, desde ahí ya estamos revolucionando algo. También lo podemos hacer como profesionistas, sobre todo cuando se tiene un trabajo que incide en otros seres humanos.

A veces se puede ser revolucionario sin llegar a violentar el estado de cosas, mediante el razonamiento, el convencimiento, el ejemplo. Por desgracia sabemos que no siempre ocurre así.  La mayoría de las veces hay una férrea resistencia al cambio sobre todo cuando se afectan intereses creados.

Uno puede ser inconforme nato, otras veces oveja del rebaño. La elección es nuestra porque saltar las normas no es tan fácil, pero tampoco es imposible. Las primeras batallas son las individuales. Ganarse a pulso la identidad, el ser, aunque eso involucre romper con los que amas. Asumir los errores y ganarse el respeto de uno mismo y ya estamos en dos pies, firmes para esgrimir la espada y lanzarnos al mundo.

¿Ser un sujeto de cambio está en los genes? ¿Por qué no conformarse con lo que nos tocó vivir? Hay un gusanito que horada la conciencia y nos dice al oído: ¡Dilo!  Y ahí vas a enfrentarte con tus padres, con tus maestros, con tus compañeros, con tus líderes o tus gobernantes para hacer un cambio.

¿Qué nos anima? ¿Para qué preocuparse por lo que no te atañe? dice en la otra oreja el diablillo malévolo del conformismo. Pero ahí estás exigiendo un cambio, respeto a tus derechos, iniciando un movimiento para beneficio de tus vecinos, de tus compañeros, de tus alumnos. Al final de cuentas siembras para los que vienen detrás, para las generaciones que, sin darnos cuenta, ya están aquí y luchan sus propias batallas, inician sus propias revoluciones.  Entonces dices: ¡así era yo! y hay un brillo en los ojos, el reflejo de aquella llama que se apagara contigo cuando cruces el umbral de tu existencia.

*María Elena Espinosa M. Es alumna del taller de Periodismo y Literatura.

El mito y su hondura humana

Por Pepe Aguilera

En la palabra todos somos semejantes. La consustancialidad entre palabra y mito viene del reino mágico, de la eterna posibilidad de la significación, de las redes que se extienden entre símbolo y carne. Decir el mito es decir el devenir de todo. En él, el origen se vuelve también final, sucede que el tiempo se detiene y colapsa, y del colapso brotamos indefensos y en espera del encuentro.

¿Cómo podemos entender el mito?, ¿qué fibras debe tocar la mitología para sentirse como real?, ¿cómo podemos aceptar lo sobrenatural en nuestras vidas como origen o basamento? Los estudiosos dicen que, a través de la antropomorfización del mito, es decir, volver a la palabra carne.  Todo mito debe pasar por este proceso para poder formar parte de la vida natural. Todo mito debe volverse sustancia en nosotros, parte de nuestro ADN.  Por eso los dioses fornican con los humanos, por eso Zeus se transforma en ave, o toro, o viento, o agua, y baja a poseer a las doncellas, baja a poseer la carne.

Así el mito se instala en lo más hondo de nuestras raíces, nos regala lo divino, y lo vuelve alcanzable; antes podíamos alcanzarlo mediante actos heroicos, ahora podemos hacerlo mediante la palabra, y su doble configuración: física y etérea, materia y sustancia. Cuando accedemos al mito accedemos a los miles de símbolos que le han ido dando forma, sus profundidades son ahora las nuestras, y podemos reconocernos en los deseos mundanos de los Dioses, o en las aspiraciones a lo divino de los mortales.

Gracias a los mitos sabemos que hemos sido despojados de lo divino, sabemos que deambulamos por el mundo en busca de un paraíso perdido, que las ideas que creemos nuestras no lo son porque se alojan en un lugar lejano e inaccesible al pensamiento humano, es decir, habitan en un espacio sobrenatural, que no es otra cosa que el lugar de las significaciones, que es toda sustancia; el lugar de los símbolos.

Somos eternos y efímeros al mismo tiempo, la sustancia (que es milenaria) se enfrenta todos los días a la materia que la contiene (volátil, por cierto); y del enfrentamiento continuo nace una angustia interminable, una angustia que va tomando de a poco nuestras ideas y emociones; nos recuerda que hemos perdido algo hace miles de años.  

Y, sin embargo, no lo perdimos del todo, algo de ese pasado milenario se aloja en nosotros, algo divino y mundano se entrelazan y nos conforma, nuestro ADN se reconfigura continuamente y en él habita lo eterno, lo sobrenatural vive en nosotros.

Pepe Aguilera

 Guadalajara (1984) Profesor de preparatoria en la U de G, Promotor de Lectura y Creación Literaria. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara, y ha trabajado como mesero, laqueador, vendedor de artesanías en el Tianguis de Tonalá, ayudante de cocina en restaurantes sin importancia, intendente en tiendas departamentales. La visión del mundo desde esas situaciones laborales le ha permitido saber cuáles deberían ser los intereses del artista, no los que persigue y se afana en conseguir, sino los que debería tener como principio existencial, esos que se esconden detrás de las palabras y sus símbolos. Renegado de las formas se reúsa a creer en la poesía actual, sin embargo la prefiere a las formas precarias del modernismo.

Pepe Aguilera forma parte de la familia Trithemius, las sesiones online lo inspiran y después de cada clase nos entrega sus palabras. El mes de septiembre la Maestra Yolanda Ramírez Michel habló de cómo a lo largo de la literatura muchos autores fundamentales han manifestado en su obra una relación mística con una entidad femenina analizada por Elemire Zolla en su libro La amante invisible. Les compartimos el link de las sesiones online donde se vio este tema, por si fue de su interés la reflexión filosófica que nos compartió Pepe Aguilera: