Jacinta

Compartimos el inicio de Jacinta, de la autora Yolanda Ramírez Michel.

Prolegómeno

 La vida es un viaje en paracaídas,

[ y no lo que tú quieres creer.

Mi paracaídas comenzó a caer vertiginosamente.

Tal es la fuerza de atracción de la muerte

y del sepulcro abierto.

Vicente Huidobro

Hace algunos soles nació Jacinta. En cuna de besos creció primogénita. Protegida por hadas y duendes exploró los bosques de la infancia. Tuvo el buen tino de ser feliz entonces, tan feliz, que confundía los presagios de tormenta con tiernos gruñidos del cielo.

Sin embargo, su risa brilló…, brilló, y atrajo la oscuridad. Un feroz colmillo aterrizó justo en su yugular, y las moscas rodearon el pastel de cumpleaños.

INTRODUCCIÓN


Nos merecemos todo lo que podemos soportar.

Elfriede Jelinek

Sucedió que un día Jacinta conoció un Ogro… él quedó deslumbrado por sus ojos de miel, y sin dudarlo la invitó a vivir en su palacio.             

Para convencerla le habló del aliento florido que cercaba los muros, de las semillas blancas y lanudas que los álamos de su bosque esparcían al viento, del reflejo musical en el riachuelo.  

Jacinta aceptó la invitación. Llegó ataviada con un vestido de azucenas, portando una nube de tul en sus perfumados cabellos. Cruzó el umbral de la mano del Ogro. Altos ventanales filtraban rayos de luz sobre los tapices de los muros, los salones repetían engañosos ecos de bienvenida. Una larga mesa rectangular presidía el comedor, la cabecera parecía tan lejana e inaccesible como un trono. Más allá, tras una portezuela, la cocina monologaba susurros de agua y leña. En las paredes colgaban imágenes de ilustres antepasados, y en cada puerta abrían su boca cerraduras donde dormían llaves de truculentos dientes.

A cada paso del Ogro la madera crujía, perezosa y sumisa, unida a los acordes de una lira que mansamente los acompañaba por los mudos corredores. Todo lucía suspendido en una dimensión incierta, en espera de órdenes precisas. El Ogro guiaba a Jacinta con orgullo a través de sus dominios.

Conforme avanzaban, el castillo se hundía con gemidos de aire en irrefrenable descenso, los cimientos penetraban la tierra rumbo al averno. El Ogro, inmutable, aseguraba las puertas franqueadas con pesados aldabones de oro.

Jacinta no se percató de nada. Su andar hipnótico, siguiendo un íntimo canto de huso, la sumergía por hundidos corredores hacia la cámara nupcial. En el último trayecto las azucenas de su cauda se marchitaron de pronto, y la nube de tul que ondeaba sobre sus cabellos se tornó gris, borrascosa.

Cuando Jacinta llegó a la habitación del Ogro, los muros ya habían perdido todo rastro de luz. Ahí, él cerró de pronto, con un puntapié, esa última puerta. Jacinta se sobresaltó y salió de su ensueño. Luego él la arrojó al gran lecho, –la cabecera de ébano tenía grabado un escudo donde una serpiente agonizaba en las fauces de un león. Entonces, sin miramientos, el Ogro le arrancó el vestido… y ya jirones, sobre impávidas lozas de hielo, unos pétalos ajados emitieron secos crujidos de otoño.

Cuando el Ogro terminó de morderla, su vientre trazó el perfil de una lágrima roja sobre las antes inmaculadas sábanas de seda.

Capítulo I

Sé que estamos atados a nuestros enemigos, y que ellos tampoco pueden escapar de nosotros

Sándor Márai

Jacinta toma veneno todas las noches; en silencio clava su colmillo un vampiro que vomita en sus venas.

Jacinta amaneció rodeada de barrotes. El Ogro le prohibió visitar a los duendes que la esperan en el bosque. ¿Qué sucede?, se preguntó atónita al darse cuenta que se habían fundido sus pies al suelo de la jaula.

Y es que a Jacinta no le han salido las uvas dulces…

Y qué oscura la estrella que recoge las lágrimas de Jacinta. A su alrededor los murciélagos rondan en ávida danza mientras ella alza sus pupilas al cielo con súplicas en la piel. Le duele el zarpazo de la fiera que la acaba de llevar a su lecho. Jacinta sabe, desde siempre, que es un error exponerse a la mordida de Adán, pero una dulce víbora se enroscó en su vientre, perdió el sentido de las prioridades, y se rindió.

¡Qué cruel castigo por perder la lucidez! Jacinta regaló su entraña y un esqueleto la disfrazó de novia para que se confundiera, desde entonces, con un fantasma, y ni su sombra dejara ya huellas de su paso.

¡Jacinta, no te reconozco! ¡¿Dónde quedó el arrojo de tu lengua, la rabia de tu justicia, la soberbia en tu frente altiva?! Ahora te ocultas en la cripta de sábanas que vistes por las noches hasta convertirte en polvo. Olvidas tu voz en una caja de música que sólo responde a la cuerda de “su” mano. El exilio te envuelve cada mañana en su laguna Estigia.

Los que antes te admiraban, ahora enmudecen ante la mueca de tu sonrisa.

Entraste a la aventura con las llagas puestas; bajo los azahares un cardo, entre los pliegues de tul, la niebla. En el altar del sacrificio tu corazón fue inmolado.

Desde ese día recorres la alameda sin llegar nunca al hogar. Tus raíces se secaron y las arrastras labrando surcos. Abres y riegas la zanja, pero no hay semilla, así es tu recorrido de prisionera.

Me dueles mucho, Jacinta, porque aún guardo el recuerdo de la que serías, porque todavía te veo soñadora de un destino triunfal, no sometida a la mediocridad, al miedo.

Abrazo mis piernas, me escondo en mi ombligo… debo parecer un ovillo cubierto por telarañas de llanto, un cuerpo encorvado, encogido…, mecido por espasmos. Una mariposa abortada antes de extender sus alas.

Dicen, Jacinta, que la esperanza es lo último en perderse, esa es precisamente tu maldición: creer que vendrán días mejores y todo cambiará. Pasas de largo ante los retornos persiguiendo un atajo de espinas. Parecería que Hipnos te somete y una mano trascendental te guía. Caminas atraída hacia la rueca, te deshojas como un árbol en otoño y te siembras en un hondo invierno con paciencia y precaución. A tu lado palidecen los destinos que rechazas con altanera mirada de mártir. Una corona cierra y cerca tus pensamientos. Te vendiste a los sueños que una niña con tu nombre creyó cuando todo se creía. Ahora que la realidad te desafía prefieres ignorarla y construir tu torre de cinabrio.

¡Quién diría, Jacinta, que serías juzgada por tu propia quimera, que te verías a ti misma recorrer el camino hacia el Hades, y no sabrías advertir la trampa! Fuiste raptada a la incordura, ¡alumbra lo poco que aún queda de ti, Jacinta! ¡Despierta! La vida te llama desde una escuálida grieta. Escucha su voz y utiliza el miedo para enfrentar los abismos, no para las rutas que prometen felicidad y gozo.

¿Recuerdas, Jacinta, que un tiempo solías construir nubes a la medida de tu sueño? No tenías entonces miedo de caer, pensabas que el suelo era el techo del cielo. Estabas por encima de todo y de todos. Eras dueña de tu pobreza y de tu dolor, e incluso podías volverlos tus siervos. Te enfrentabas a las noches de juventud con la sonrisa y el suspiro de una reina. Reposabas en la piel de tu almohada con la confortable recomendación del sueño y el cansancio. Tu jornada no te dejaba espacios para sufrir porque la llenabas de trabajo. El insomnio era un lejano pariente político que vivía lejos y aislado. No sabías del descanso, pero tampoco tenías tiempo para llorar. Eran días cargados de labores, pero tú sonreías orgullosa, bien plantada en el camino, como quien recibe la libertad y constata que es una gran responsabilidad ser libre. Entonces, tu sonrisa era blanda y apacible. Un poco melancólica pues añorabas, como siempre sucede, lo que admirado a distancia luce refulgente y áureo. Te acercaste tanto a esa luz… que primero se incendiaron tus ojos y ahora tus alas se derriten por olvidar las sabias recomendaciones de la cordura. ¡¿Por qué te enamoraste de Orkus, Jacinta?!

Su alta estampa me impresionó, aunque desde nuestros primeros pasos juntos aplastó sin piedad mis sueños con su pie.

Ah, Jacinta, tú querías construir una cabaña de madera a orillas de un río tierno y tranquilo, en las cercanías del mar. Deseabas contemplar atardeceres y crepúsculos entre sus brazos. El pan no sería importante si no estaba él sentado a la mesa, la alcoba los refugiaría del mundo y dormirían compartiendo el mismo hueco en la almohada. Esperabas que el amanecer trajera cada día ternura restaurada, besos de mil colores, besos hondos, unidad… y ahí donde sus pisadas estuvieran, estarían también las tuyas, siguiéndolo. Pero no fue así, ¿verdad, Jacinta? Él te dejó atrás, ignoró los muros de tu pequeña cabaña, y se concentró en la búsqueda de un arcón henchido de oro. Sus sueños de grandeza no dejaron mucho espacio para tu contemplación del universo, fuiste un juguete nuevo, un objeto hermoso, o útil, que se coloca en el baúl, que se saca sólo cuando hay visitas, cuando es necesario; o un abrigo si el frío cala los huesos…

Su voz se alejó, sus oídos dejaron de comprender tu lenguaje de sonrisas. Le cansaron los besos, ¡cómo te dolía ver que los arrojaba a la basura apenas brotaban de tus labios! Quisiste recuperarlo, pero cuanto más reclamaste su desvío más lejano se volvía, y ya no supiste qué hacer. Pensaste que el silencio podría ser la solución…

…y el silencio se ha comido tus labios, y tu boca ya no sabe decir palabras de amor, y así, amordazada, ya no sabe tampoco reclamarle nada.

Ante tanta indiferencia guardas tu confesión como algo sagrado, en espera de que él pregunte: ¿qué te pasa?

Lloras, de vez en cuando… esto le indica que estás triste… Pero ¡qué incómodo para él soportar tu llanto!

Un día, al fin, dejaste de llorar, y callaste. ¡Mas cómo deseas que regrese el que construía contigo lugares maravillosos para fincar el futuro y la vejez!

Lo dejaste varias veces… sólo para que él te viera perdida, y olvidara esa confianza estúpida de parejas convencionales; para que al estar lejana te sintiera y deseara como a una amante, y regresaran sus ganas otra vez de besarte. Después de tantas idas y vueltas a casa de tus padres, sin verdadero cambio, te cansaste de usar estrategias, máscaras y disfraces de escapista; y preferiste establecer tu cuartel en el hogar, aunque esto requirió una renuncia que lastima mucho más. Estar a diario en su cama te convierte en un mueble, un objeto más que adorna su rutina, eres algo que está ahí para servirlo, y si no, mereces su desprecio. No hay ya para ti palabras dulces, ¡cómo extrañas eso! Solía llamarte mía y saltaba tu corazón... ¡No sabes qué hacer!, ya lo has probado todo: el enfado, la indiferencia, la seducción, el llanto. Ahora parece que sólo la muerte lo haría darse cuenta de que te ama… ba.

Jacinta… ¿Tienes miedo de ir a dormir? ¿Porque los sueños se tropiezan con tu insomnio? ¿Porque él está ahí, en la cama, a tu lado, tan lejos y tan cerca… con un extraño odio? ¿Porque no sabes cómo sortear el camino hacia su sonrisa? ¿Te das cuenta de que hace mucho que no sonríe? Su gesto es una máscara de dolor que tú no has logrado transformar.

¡Ogro mío!, permite que te bese, no evadas mis caricias. No opongas resistencia, no destruyas lo nuestro… no sigas devorando mis entrañas. ¡Mira: tengo hierbas curativas en mis manos! sé cómo rescatar tu sombra errante de las garras de Satán; puedo reivindicarte, entender el niño herido que ocultas con vergüenza. ¡Puedo incluso, si tú quieres, ser tu madre… una sirena, o un hada benigna, y desaparecer los golpes y trastocarlos por besos! ¡Puedo alejar el destierro que hirió tu infancia, y devolverte una patria!

¡Qué patética es Jacinta! No puede consolar al hombre que ama. Qué triste verla verlo hundirse en la depresión y que esto los llene de distancia.

ESTAREMOS COMPARTIENDO EL RESTO DE LOS CAPÍTULOS cada semana.

Pero si deseas el libro, Jacinta está a la venta en la tienda en línea de la editorial Salto Mortal, esta es la cuarta edición: https://www.editorialsaltomortal.com/product-page/jacinta?fbclid=IwAR02s20-BWh173CLpN-OT3bU1Z4GaxZ3uWzrRX6CnLBt9XJKNv9TqQbK8H8

Yolanda Ramírez Michel, la escritora que usó la literatura para salvar sueños

Por Jimena Aguirre de la Torre

“¿Cuál es tu sueño?”, pregunta Yolanda Ramírez Michel, mientras que con una pluma y el libro Todos somos magos entre sus manos, le devuelve una mirada de ojos verdes a un niño de pestañas largas. Recargado sobre el mostrador de la editorial Edelvives durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, sin quitar la vista de la obra que está por llevarse a casa, le responde: “Quiero ser futbolista profesional”.

Tras conocer un poco al lector que se irá pronto con uno de sus “hijos de papel”, la escritora del vestido color turquesa y labios color rosa, le dice al pequeño antes de irse: “este libro te va a ayudar a que no olvides tus sueños”. Cuando el niño sonríe y se va mientras abraza a su nuevo amigo, Yolanda, con satisfacción, revela el secreto de la razón de su escritora: las sonrisas.

Todos somos magos, editado por Edelvives, es un cuento que explora la necesidad de cuidar los sueños para no dejarlos morir. Este libro álbum, que no está dirigido únicamente a los niños, como se ha creído de las obras que van acompañadas por ilustraciones, es para cualquier persona que quiera adentrarse en una historia. No hay edad para la lectura, menciona la autora, especialmente cuando se trata de una obra que recupera lo simbólico para la creación de lectores exigentes.  

Ramírez Michel, que ama a cada uno de sus libros, explica que, a pesar de que el proceso creativo es el mismo para sus distintas obras, el momento en el que lo escribe sí cambia, dando resultado una temática para un libro álbum o un relato para una publicación como Jacinta; sin embargo, hay algo seguro: escribir salva.

Jacinta, novela editada por el sello Salto Mortal, narra, de manera alegórica, un viaje de liberación personal de una prisión elegida por amor y obsesión. “Es la violencia que padecemos: puede ser un esposo, un padre, un jefe, un hijo, una sociedad, un gobierno… el ogro es una figura simbólica que va a representar muchas cosas”, dice la escritora, incluso cuando uno mismo es el monstruo.

“¿Cómo sabes lo que siento?”, se le acercaba la gente a Yolanda tras la lectura de Jacinta: “yo solo escribo lo que estoy viviendo”, respondía ella, dándose cuenta de la conexión que el libro tenía con sus lectores: “es triste, porque éste habla de la violencia, y eso quiere decir que muchos la vivimos”. (ver video) https://www.facebook.com/EditorialSaltoMortal/videos/442870383306222/UzpfSTIxMzY1MzE1MjA0NzA3MjoyNjEzMDg2MjE1NDM3MDc1/

Ya sea por medio de una obra como Jacinta o de la capacidad de cada persona para ser un mago, la escritura de la autora tiene una intención: recuperar sonrisas. Escribir con una pluma que funciona como varita mágica… cambiar relatos por sueños.