Siete de un golpe

Un sastrecillo valiente

Orígenes geográficos y tradición oral del cuento

“El Sastrecillo Valiente” (también conocido como “Siete de un golpe”) es un cuento folclórico de origen germánico, cuya huella aparece con fuerza en el sudoeste de Alemania. En particular, existen registros de su transmisión oral en la región de Hesse (centro-occidental, donde los hermanos Grimm recopilaron numerosas historias) y también en áreas de Suabia (suroeste de Alemania), entre otras localidades. Los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm incluyeron este relato como el número 20 de sus Cuentos de la infancia y del hogar (1812), señalando que lo elaboraron a partir de diferentes fuentes orales y escritas. De hecho, en la primera edición (1812) los Grimm presentaron dos versiones del cuento –una variante literal proveniente de la literatura antigua y otra de la tradición oral– que posteriormente fusionaron en una sola versión definitiva.

Según las anotaciones de los Grimm, la primera mitad del cuento (hasta que el sastrecillo deja al gigante) provino de dos relatos orales de Hesse que se complementaban entre sí; mientras que la segunda mitad (las hazañas en la corte del rey) fue tomada de un curioso libro del siglo XVI: Der Wegkürzer (1557) del autor Martinus Montanus, originario de Estrasburgo. Este antiguo texto renacentista aportó las pruebas finales que enfrenta el sastre (los gigantes, el unicornio y el jabalí), las cuales los Grimm adaptaron para encajarlas naturalmente con el inicio oral del cuento. La presencia de El Sastrecillo Valiente en un libro de 1557 demuestra que el cuento ya circulaba en la tradición popular alemana desde el siglo XVI, difundido tanto oralmente como en impresos populares. De hecho, hay referencias literarias de la época que aluden humorísticamente a la hazaña de “matar nueve de un golpe, como aquel sastre” (escribe Johann Fischart en Gargantúa, 1575), señal de que la anécdota era conocida. Igualmente, el novelista Hans Jakob Christoffel von Grimmelshausen menciona en Simplicissimus (1673) la fama de un “sastre de siete de un golpe”. Estas alusiones tempranas confirman la antigüedad y popularidad del motivo en la cultura germánica.

La geografía folclórica del cuento es amplia. Investigaciones comparadas indican que este relato se encontraba “extendido por toda Alemania”, con numerosas variantes regionales recopiladas en el siglo XIX. Por ejemplo, versiones locales fueron recogidas en Hesse, en Alsacia (oeste de Alemania) e incluso en regiones austríacas y escandinavas. Los folkloristas documentaron variantes en Suabia y Baviera, así como en el norte de Alemania, mostrando pequeños cambios en detalles pero conservando la trama central. Esta dispersión sin un origen puntual definido llevó a que se considerara un cuento paneuropeo. De hecho, el folclorista Joseph Jacobs publicó en inglés una versión titulada A Dozen at One Blow (“Una docena de un golpe”), y Andrew Lang la incluyó en su Libro Azul de las Hadas, mostrando su difusión más allá de Alemania. Existen también relatos análogos en otras culturas: por ejemplo, en la tradición danesa aparece El bravo aprendiz de zapatero (donde el héroe mata quince moscas de un golpe y luego vence a un jabalí, un unicornio y un oso), y en la India se cuenta El alfarero valiente, con una temática similar de un hombre humilde que, por astucia, es tomado por gran guerrero. Esta pluralidad de versiones sugiere que la historia evolucionó a partir de un motivo folclórico común (ATU 1640) muy antiguo, adaptado a distintos contextos culturales con variaciones locales.

Comparación con otras versiones y evolución del cuento

Al comparar las versiones recopiladas, se aprecia que la versión de los Grimm suaviza elementos crudos presentes en formas folclóricas más antiguas. En las variantes orales primigenias (y en textos como el de Montanus), el humor podía ser más irónico y mordaz, y la violencia más explícita, acorde con un público adulto. Los Grimm, en sucesivas ediciones de sus cuentos (especialmente a partir de 1819), fueron edulcorando o omitiendo algunos detalles para hacer la historia más adecuada al cuarto infantil. Por ejemplo, en algunas versiones populares el sastrecillo se burlaba crudamente de los gigantes o llegaba a matar animales de forma gráfica, mientras que en la versión final de Grimm muchas de esas acciones violentas se sugieren fuera de escena o se resuelven mediante trucos inofensivos. También el tono general pasó de la picardía picaresca original a un tono más moralizante y optimista típico de la literatura infantil decimonónica.

Cabe destacar que Bruno Bettelheim, en su influyente estudio Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1976), señaló que a pesar de la crueldad o dureza de algunas versiones originales, los Grimm conservaron el valor esencial del relato. Bettelheim defendió que incluso los elementos más duros cumplen una función psicológica importante para los niños, y elogió la perduración de cuentos como El Sastrecillo Valiente a través de ajustes menores pero sin desvirtuar su mensaje. Así, aunque los Grimm aliviaron ciertas escenas (por ejemplo, reduciendo la brutalidad con que se describe la pelea de los gigantes), mantuvieron intacto el núcleo: la celebración de la astucia sobre la fuerza bruta.

En cuanto a estructura, El Sastrecillo Valiente combina varios motivos típicos del folclore europeo: la hazaña exagerada expresada en el cinturón (“siete de un golpe”), el pequeño embustero ingenioso que engaña a seres mucho más grandes, las pruebas imposibles impuestas por un rey desconfiado, y el ascenso social del humilde que casa con la princesa. Estos motivos aparecen por separado en muchos cuentos tradicionales, pero aquí confluyen en un solo héroe. Esta amalgama podría ser resultado de la unión de distintos cuentos breves (un Schwankmärchen o cuento jocoso del pícaro) en una sola narración continua, algo que Montanus ya había hecho en el siglo XVI al compendiar anécdotas populares. Así, la evolución del cuento refleja un paso desde relatos cortos burlescos para adultos hacia un cuento de hadas más cohesionado y apto para niños, sin perder por ello su picante original. El hecho de que en cada nueva edición los Grimm retocaran el texto demuestra cómo este cuento fue pulido con fines pedagógicos, hasta convertirse en la forma canónica que hoy conocemos.

CURSO PROSPERIDAD Y ABUNDANCIA

Estos temas y más están siendo atendidos en el curso Prosperidad y Abundancia, si deseas dar seguimiento, deja tu comentario para que puedas acceder a nuestro material grabado.

Blanca Nieves, los enanos, y la tierra interior

Blancanieves: Espejos, enanos y la alquimia del alma

Blancanieves es un antiguo mapa del alma bajo la niebla del mito. La historia comienza con la oscura envidia de una reina ante su reflejo y sigue un camino iniciático donde una joven pura atraviesa la noche del bosque, baja al reino subterráneo de los enanos, muere simbólicamente y renace. Cada elemento del cuento –el espejo, la cabaña de los enanos, el ataúd de cristal, los colores blanco, rojo y negro– encierra enseñanzas esotéricas. Se revela un viaje interior que guía al lector desde la ilusión (la vanidad exterior) hacia la verdad (la luz interna), recordando que el tesoro más grande es el propio despertar de la conciencia.

El espejo mágico: en el reino de Blancanieves, la reina malvada vive obsesionada con un espejo parlante. Este espejo actúa como oráculo y como cárcel: le revela la verdad que ella evade, hasta convertirla en su propio verdugo. Como dice una interpretación arquetípica, “su espejo encantado es a la vez su oráculo y su maldición”. Mientras la reina sólo se reconoce a sí misma en el otro (en Blancanieves), queda atrapada en un ciclo interminable de vanidad y miedo. Cada vez que el espejo le confirma un defecto (la menor de las bellezas), la envidia de la reina crece más fuerte. Por eso el espejo simboliza la conciencia que todo lo ve y el duelo interior entre la belleza superficial y la verdad del alma. En nuestros talleres de autoconocimiento, el espejo aparece a menudo como metáfora: mirar dentro de uno mismo para descubrir la propia esencia.

Siete guardianes telúricos: los enanitos de la mina

En la cabaña al pie del bosque viven siete enanitos que, con sus picos y linternas, extraen oro de la tierra. En la tradición esotérica, los enanos son considerados espíritus telúricos: “guardians of Earth’s treasures and master craftsmen”. Custodian las riquezas ocultas bajo la superficie. Así, los siete enanos del cuento representan en realidad los tesoros internos del héroe. Cada enanito encarna un aspecto de la psique o de la energía sutil. Interpretaciones modernas los asocian con los chakras o con los siete metales sagrados de la alquimia. En ese sentido, su mina en el subsuelo no busca oro físico sino sabiduría interna. Bajo la casa de los enanos, en el silencio de la caverna, cada figura pequeña ilumina una etapa de crecimiento: son guardianes de los temas que debemos enfrentar en nuestro camino interior.

Por un lado, estos enanos recuerdan a los míticos nibelungos: enanos oscuros del mundo germánico que vivían en el submundo extrayendo oro y otros metales preciosos. Al igual que los obreros del mito nórdico forjaban el tesoro de los Nibelungos, nuestros enanos trabajan el tesoro de nuestra alma. Nos enseñan que la verdadera abundancia es la fuerza interior, que brota de explorar las profundidades de uno mismo.

Un descenso iniciático: Nigredo, Albedo, Rubedo

El relato de Blancanieves sigue la estructura clásica de un rito iniciático o alquímico: una fase de muerte simbólica, una purificación interna y un renacimiento. En el inicio, Blancanieves huye al bosque profundo. Esta etapa oscura es la fase Nigredo (la “negrura”): la joven camina perdida bajo los árboles frondosos, presa del miedo y la desesperación. Como la “muerte” del ego, este viaje es necesario para perder las ilusiones y permitir que el alma se desnude. Una interpretación señala que en el bosque “todo lo que antes sosteníamos se desvanece —las ilusiones del yo quedan al descubierto”. La cazadora que la abandona funciona como el iniciador que la empuja a despertar; el bosque sombrío actúa como el horno de disolución donde el yo antiguo se “desintegra”.

En la casa de los enanos ocurre el momento Albedo: la purificación. Blancanieves acoge humildemente la vida simple del hogar. Cada tarde limpia pisos, barre cenizas, lava la ropa: gestos externos que limpian su alma. Esta limpieza simbólica barre los viejos miedos y pecados dormidos. Al recoger migas del sueño o barrer la tierra del suelo, ella también barre su sombra interna. Solo cuando todo lo viejo ha sido barrido y el corazón está dispuesto, la luz puede regresar. En los talleres de abundancia decimos que la purificación implica soltar viejas heridas para que el flujo de vida retorne con fuerza.

La tercera etapa es el Rubedo, el renacimiento. Aquí el cuento se tiñe de rojo: los labios, el vestido y la sangre que cae simbolizan la consumación y la unión de opuestos. Cuando Blancanieves muerde la manzana mitad blanca y mitad roja, se produce la “muerte” final del ego: el viejo yo cae en silencio. Ella muere no solo físicamente, sino en lo profundo de su ser, entregando el control al amor incondicional. El ataúd de cristal donde reposa encarna entonces el recipiente alquímico (la retorta). En él el alma se guarda en quietud, y “todo parece en silencio, pero bajo la superficie el ser entero se transforma”. Es como la crisálida donde el gusano deja de existir antes de volar como mariposa. Finalmente, el príncipe (simbolizando el principio activo y masculino interno) llega con un beso de amor puro. Ese beso libera a Blancanieves y despierta su energía interior. El “hieros gamos” o matrimonio sagrado ocurre cuando ella vuelve entera a la vida: el alma ha logrado la alquimia final, elevando la materia a oro espiritual.

Ecos nibelungos: oro, anillo y tesoros del espíritu

La saga germana de los Nibelungos ofrece un interesante contrapunto. En esas antiguas leyendas los enanos (los nibelungos) viven bajo tierra extrayendo oro y forjando poderosos objetos mágicos. Se dice de ellos que eran “enanos oscuros que vivían en las profundidades de la tierra y se dedicaban a la extracción de metales preciosos, particularmente oro”. Poseían un enorme tesoro custodiado con magia, incluyendo un anillo poderoso. Al igual que la bruja de Blancanieves buscaba la belleza eterna, el anillo de los Nibelungos ofrece poder ilimitado pero conlleva una maldición. El tema es común: el oro y la belleza externa son sólo un reflejo del oro y la belleza interna. En ambas historias, los tesoros materiales (el oro del subsuelo o la corona del reino) sirven como espejo de los “tesoros” del alma. El anillo de los Nibelungos, como el espejo de la reina, revela cómo el ego codicioso lleva al desastre, mientras que el verdadero poder (o belleza) reside en la sabiduría interna y la virtud.

Hacia la conciencia: prácticas de transformación

Blancanieves y los Nibelungos nos recuerdan que cada adversidad esconde una puerta al crecimiento interior. En un taller de autoconocimiento o de abundancia espiritual, estos mitos se pueden usar así:

  • Reflexión ante el espejo: Así como la reina se enfrentaba al espejo, podemos preguntarnos: ¿qué veo yo cuando me miro sin máscaras? El espejo invita a la honestidad sobre nuestros miedos y deseos. Un ejercicio práctico es escribir libremente las preguntas “¿Quién soy yo en mi fondo?” o «¿Qué quiero tras la máscara?».
  • Los enanitos interiores: Dibujar o imaginar a tus propios “enanos”: pueden ser cualidades (como la alegría, la sabiduría, la ira controlada) o energías que te custodian. ¿Qué tema u “objetivo” extraen cada uno de ellos de tu “mina interior”? Este juego simbólico ayuda a reconocer las partes ocultas de nuestra psique que, igual que los enanos de Blancanieves, trabajan para proteger nuestro oro (nuestra autoestima, nuestros sueños).
  • Viaje al bosque personal: En meditación guiada, visualiza un bosque en penumbra que debes cruzar. Cada paso puede simbolizar soltar una vieja creencia o superar un miedo. Esta “noche oscura” intencional permite preparar la mente para nuevos aprendizajes.
  • El fruto del cambio: Toma como símbolo la manzana o cualquier fruta roja. Al comerla conscientemente (real o mentalmente), imagina que te liberas de una limitación interior. Reconocer las propias tentaciones puede convertirse en un acto de entrega y perdón.
  • Unión de opuestos: Para vivenciar el Rubedo, busca integrar polos aparentemente opuestos en ti (por ejemplo, tu voz interna masculina y femenina, o tu lógica y tu intuición). Proponte una afirmación de equilibrio, como «mi mente y mi corazón colaboran armoniosamente». Celebrar un logro personal con gratitud y amor propio es sellar esa integración.

En síntesis, Blancanieves no es sólo un cuento infantil, sino un relato místico que habla de la caída de la sombra (madrastra-envidia) y del ascenso del ser interior. Sus símbolos –el espejo, los enanos, el bosque y la manzana– nos invitan a atravesar con conciencia cada fase de nuestra propia Gran Obra alquímica. Atrévete a explorar este espejo de la imaginación: cada reflexión te acerca a tu reino interior, donde yace el tesoro de la verdadera conciencia. Las leyendas de Blancanieves y de los Nibelungos nos susurran que todos tenemos un bosque que cruzar y una mina que cavar; al final del camino, la riqueza que descubrimos es la de un yo más pleno y despierto.

El Amor, la Percepción y la Unidad

Sesión del Curso El Libro de la Vida

El taller facilitado por Yolanda Ramírez Michel se abre desde lo cotidiano y afectivo: saludos, sonrisas compartidas y celebraciones. Esta entrada simple da paso a un viaje profundo, colectivo, en torno a la experiencia del amor y la posibilidad de transformar nuestra percepción. En este capítulo exploraremos ese recorrido, entretejido de dinámicas vivenciales, testimonios personales, marcos teóricos y enseñanzas espirituales.

Un objeto, muchas capas

La propuesta inicial parece sencilla: cada participante presenta un objeto significativo y lo envuelve con diversos materiales. Sin embargo, el ejercicio rápidamente revela su potencia simbólica. Evita, por ejemplo, ofrece una cebolla, cuyas capas representan prejuicios y defensas que oscurecen el brillo interior. Este acto de ocultar y revelar sirve como metáfora central: con frecuencia miramos sólo la envoltura —las apariencias, las circunstancias— y olvidamos que el amor, la esencia, siempre está presente.

Las reacciones de los participantes dan cuenta de cómo las emociones, heridas y expectativas se proyectan sobre lo visible. Yoli guía la reflexión con una pregunta crucial: ¿estamos entrenados para percibir el fondo o sólo lo inmediato?

Poética de la integración

A continuación, se comparte un fragmento del libro La enfermedad como camino, que reza:

“Conocí el bien y el mal… Y al fin reconocí que yo estoy en todo y todo está en mí.”

Este poema es puente hacia una comprensión no dual: todo juicio, toda separación, surge del ego. La sanación implica reconocer que la aparente polaridad (bien/mal, yo/otro) es una ilusión perceptiva. En este contexto, la salud se concibe como integración: un retorno a la totalidad.

Cartografía del amor

Para profundizar en el tema, Yoli introduce cinco nociones griegas de amor:

  • Eros: la atracción pasional y física.
  • Caritas: el cuidado desinteresado por el bienestar del otro.
  • Storge: el afecto familiar o tribal, sostenido por la pertenencia.
  • Filia: la amistad basada en el respeto y la admiración mutua.
  • Ágape: el amor incondicional y espiritual.

Esta clasificación abre un espacio de diálogo: ¿en qué tipo de amor se mueven nuestras relaciones cotidianas? ¿Cómo cultivamos el amor que no exige nada a cambio?

Percibir distinto, vivir distinto

Uno de los ejes más potentes del taller gira en torno a la percepción. “No vemos las cosas como son, sino como hemos aprendido a temerlas”, propone Un Curso de Milagros. La percepción, entonces, no es un reflejo neutro de la realidad, sino una construcción condicionada por creencias, historias y temores.

Yoli comparte el relato de Cristi, quien una vez regañó a su hijo por lo que había soñado. Este ejemplo ilustra cuán rápido proyectamos culpa incluso sobre lo inconsciente. La facilitadora invita a observar esos juicios automáticos, a desactivarlos, a entrenar una mirada que busque la unidad en vez de la separación.

El viaje del alma

Joseph Campbell describe el “viaje del héroe” como un proceso arquetípico de transformación. Yoli lo retoma para mapear los movimientos interiores de quien elige sanar su percepción:

  1. Zona de confort
  2. Llamado al cambio
  3. Negación
  4. Aceptación
  5. Encuentro con pruebas y monstruos
  6. Caída al fondo
  7. Resurrección
  8. Regreso con el elixir

Aquí, el “elixir” no es un saber nuevo, sino una forma nueva de ver. La percepción milagrosa no añade información; revela lo que siempre estuvo.

Voces del umbral

Durante la sesión, Maribel y Betti comparten experiencias de transformación personal que fueron malinterpretadas por su entorno. Ser vistos como “perdidos” ilustra cómo toda ruptura con los moldes conocidos activa miedo en quienes nos rodean. Sus relatos resuenan en el grupo. Lo externo, sugiere Yoli, sólo refleja nuestra propia dificultad para abrazar lo distinto.

Lo fragmentado y lo entero

Un juego visual propone a los participantes adivinar imágenes a partir de fragmentos. Algunos ven rostros, otros formas abstractas. La enseñanza es clara: cada percepción es parcial, y sin embargo válida desde su ángulo. Da Vinci hablaba del iceberg: lo visible es mínimo, lo esencial está oculto. Así también, el espíritu.

Yoli conecta esto con la noción de fractal: un fragmento contiene la forma del todo. Ver ese todo requiere soltar juicios y abrir la mirada interior.

Resonancias y despedida

Las referencias se entrelazan: Jacobo Grinberg y su noción del observador, La Ilíada como espejo del destino humano, Jorge Bucay recordando contar los momentos felices, William Blake anunciando un matrimonio místico entre cielo e infierno.

El taller cierra con una pregunta que queda vibrando:

¿Quieres tu verdad (subjetiva) o la Verdad (total, integradora)?

Abrazar la Verdad exige abandonar la certeza de nuestras interpretaciones. Requiere ver desde el espíritu.

“Halloween” de Robert Burns (1785).

Robert Burns (1759-1796) fue un poeta escocés del siglo XVIII, considerado el gran poeta nacional de Escocia y una de las voces más influyentes del romanticismo temprano.
Entre sus obras destaca el poema “Halloween”, escrito en 1785 y publicado en 1786 dentro de su libro Poems, Chiefly in the Scottish Dialect.

En este poema, Burns retrata con gran detalle las celebraciones campesinas de la noche de Halloween en la Escocia rural: juegos de adivinación amorosa, hechizos, conjuros, supersticiones y ritos agrícolas.
Más que una narración de miedo, es una pintura etnográfica y poética de las costumbres populares, llena de humor, magia y observación social.

La obra muestra cómo, en la tradición celta, Halloween —o Samhain— era una noche de tránsito entre el mundo de los vivos y los espíritus, en la que los campesinos buscaban presagios sobre el amor, la fortuna o el destino. Burns convierte esa atmósfera en un canto a la cultura del pueblo, a la vez cómico y profundamente simbólico.

🎃 “Halloween” — Robert Burns (versión en español)

Esta versión en español no es una traducción literal verso por verso — el original está escrito en dialecto escocés del siglo XVIII—, sino una versión fiel en sentido, ritmo y atmósfera. Se han conservado las imágenes y el tono entre mítico y campesino que hacen del poema un retrato de la noche celta por excelencia. Esperamos que lo disfrutes.

Aquella noche, cuando las hadas encienden su luz
y danzan sobre las colinas de Cassilis,
cuando galopan bajo el resplandor del fuego
y la luna derrama su pálida miel,
los ríos susurran nombres antiguos,
y entre rocas y arroyos
vagan los espíritus del bosque,
jugando en la oscuridad.

Entre las riberas trenzadas del Doon,
claro y sinuoso corre el agua,
donde Bruce empuñó su lanza,
se reúne la gente del campo.
Muchachos y doncellas alegres
se congregan riendo,
para quemar sus nueces, arrancar sus tallos
y celebrar Halloween
con júbilo esa noche.

Las jóvenes, limpias y radiantes,
más hermosas que en los días de fiesta,
muestran corazones sinceros,
dulces y encendidos;
los mozos, bien vestidos,
con cintas en las ligas,
algunos tímidos, otros atrevidos,
hacen latir los corazones
bajo las estrellas de la noche.

Van a los campos de coles,
donde con los ojos cerrados arrancan tallos:
los rectos presagian amor fiel,
los torcidos, destino incierto.
El pobre Will, torpe y risueño,
arranca un tallo curvado como rabo de cerda,
y todos ríen de su suerte
mientras la luna tiembla en el agua
esa noche.

Entre risas y juegos amorosos,
las muchachas se esconden,
los mozos las siguen,
y los besos furtivos sellan su suerte.
Las nueces arden en el fuego:
si dos se consumen juntas,
habrá amor duradero;
si una salta lejos de la otra,
habrá ruptura y olvido.

La vieja dueña reparte las nueces guardadas,
pues en ellas se decide el destino
de cada par de enamorados.
Algunas arden juntas en dulzura,
otras se separan con un chasquido de orgullo.
Así, el fuego juzga sin palabras
lo que el corazón aún calla
esa noche.

Una muchacha reza frente al espejo
comiendo una manzana:
espera ver, en el reflejo,
al hombre que habrá de amarla.
Otra siembra semillas de cáñamo al viento,
murmurando: “El que será mío,
sígueme y recógelas.”
Y entre sombras cree sentir pasos
que no son del mundo de los vivos.

El poema sigue con risas, sustos y conjuros:
el gato que asusta a los incrédulos,
la joven que cae al río al ver un espectro,
el viudo que busca fortuna en el fuego,
los ancianos que cuentan historias
de su propia juventud.

Y al final, cuando la noche se disuelve,
todos se sientan alrededor del hogar:
se sirven pan con manteca y cerveza tibia,
se cuentan cuentos de fantasmas
y ríen hasta el amanecer.

Porque en esa noche
los vivos y los muertos comparten el mismo fuego,
el amor y el miedo se confunden,
y el alma del pueblo, entre el rito y la risa,
recuerda su antiguo poder.

🎃 “Halloween” — Robert Burns (versión en inglés)

Upon that night, when fairies light
On Cassilis Downans dance,
Or owre the lays, in splendid blaze,
On sprightly coursers prance;
Or for Colean the route is ta’en,
Beneath the moon’s pale beams;
There, up the cove, to stray and rove,
Among the rocks and streams
To sport that night.

Among the bonny winding banks,
Where Doon rins, wimplin’ clear,
Where Bruce ance ruled the martial ranks,
And shook his Carrick spear,
Some merry, friendly, country-folks,
Together did convene,
To burn their nits, and pou their stocks,
And haud their Halloween
Fu’ blithe that night.

The lasses feat, and cleanly neat,
Mair braw than when they’re fine;
Their faces blithe, fu’ sweetly kythe,
Hearts leal, and warm, and kin’;
The lads sae trig, wi’ wooer-babs,
Weel knotted on their garten,
Some unco blate, and some wi’ gabs,
Gar lasses’ hearts gang startin’
Whiles fast at night.

Then, first and foremost, through the kail,
Their stocks maun a’ be sought ance;
They steek their een, and graip and wale,
For muckle anes and straught anes.
Poor hav’rel Will fell aff the drift,
And wander’d through the bow-kail,
And pou’t, for want o’ better shift,
A runt was like a sow-tail,
Sae bow’t that night.

Then, staught or crooked, yird or nane,
They roar and cry a’ throu’ther;
The very wee things, todlin’, rin,
Wi’ stocks out owre their shouther;
And gif the custoc’s sweet or sour.
Wi’ joctelegs they taste them;
Syne cozily, aboon the door,
Wi cannie care, they’ve placed them
To lie that night.

The lasses staw frae ‘mang them a’
To pou their stalks of corn:
But Rab slips out, and jinks about,
Behint the muckle thorn:
He grippet Nelly hard and fast;
Loud skirl’d a’ the lasses;
But her tap-pickle maist was lost,
When kitlin’ in the fause-house
Wi’ him that night.

The auld guidwife’s well-hoordit nits,
Are round and round divided,
And monie lads’ and lasses’ fates
Are there that night decided:
Some kindle coothie, side by side,
And burn thegither trimly;
Some start awa, wi’ saucy pride,
And jump out-owre the chimlie
Fu’ high that night.

Jean slips in twa wi’ tentie ee;
Wha ‘twas she wadna tell;
But this is Jock, and this is me,
She says in to hersel:
He bleezed owre her, and she owre him,
As they wad never mair part;
Till, fuff! he started up the lum,
And Jean had e’en a sair heart
To see’t that night.

Poor Willie, wi’ his bow-kail runt,
Was brunt wi’ primsie Mallie;
And Mallie, nae doubt, took the drunt,
To be compared to Willie;
Mall’s nit lap out wi’ pridefu’ fling,
And her ain fit it brunt it;
While Willie lap, and swore by jing,
‘Twas just the way he wanted
To be that night.

Nell had the fause-house in her min’,
She pits hersel and Rob in;
In loving bleeze they sweetly join,
Till white in ase they’re sobbin’;
Nell’s heart was dancin’ at the view,
She whisper’d Rob to leuk for’t:
Rob, stowlins, prie’d her bonny mou’,
Fu’ cozie in the neuk for’t,
Unseen that night.

But Merran sat behint their backs,
Her thoughts on Andrew Bell;
She lea’es them gashin’ at their cracks,
And slips out by hersel:
She through the yard the nearest taks,
And to the kiln goes then,
And darklins graipit for the bauks,
And in the blue-clue throws then,
Right fear’t that night.

And aye she win’t, and aye she swat,
I wat she made nae jaukin’,
Till something held within the pat,
Guid Lord! but she was quakin’!
But whether ‘was the deil himsel,
Or whether ‘twas a bauk-en’,
Or whether it was Andrew Bell,
She didna wait on talkin’
To spier that night.

Wee Jennie to her grannie says,
“Will ye go wi’ me, grannie?
I’ll eat the apple at the glass
I gat frae Uncle Johnnie:”
She fuff’t her pipe wi’ sic a lunt,
In wrath she was sae vap’rin’,
She notice’t na, an aizle brunt
Her braw new worset apron
Out through that night.

“Ye little skelpie-limmer’s face!
I daur you try sic sportin’,
As seek the foul thief ony place,
For him to spae your fortune.
Nae doubt but ye may get a sight!
Great cause ye hae to fear it;
For mony a ane has gotten a fright,
And lived and died deleeret
On sic a night.

“Ae hairst afore the Sherramoor, —
I mind’t as weel’s yestreen,
I was a gilpey then, I’m sure
I wasna past fifteen;
The simmer had been cauld and wat,
And stuff was unco green;
And aye a rantin’ kirn we gat,
And just on Halloween
It fell that night.

“Our stibble-rig was Rab M’Graen,
A clever sturdy fallow:
His son gat Eppie Sim wi’ wean,
That lived in Achmacalla:
He gat hemp-seed, I mind it weel,
And he made unco light o’t;
But mony a day was by himsel,
He was sae sairly frighted
That very night.”

Then up gat fechtin’ Jamie Fleck,
And he swore by his conscience,
That he could saw hemp-seed a peck;
For it was a’ but nonsense.
The auld guidman raught down the pock,
And out a hanfu’ gied him;
Syne bade him slip frae ‘mang the folk,
Some time when nae ane see’d him,
And try’t that night.

He marches through amang the stacks,
Though he was something sturtin;
The graip he for a harrow taks.
And haurls it at his curpin;
And every now and then he says,
“Hemp-seed, I saw thee,
And her that is to be my lass,
Come after me, and draw thee
As fast this night.”

He whistled up Lord Lennox’ march
To keep his courage cheery;
Although his hair began to arch,
He was say fley’d and eerie:
Till presently he hears a squeak,
And then a grane and gruntle;
He by his shouther gae a keek,
And tumbled wi’ a wintle
Out-owre that night.

He roar’d a horrid murder-shout,
In dreadfu’ desperation!
And young and auld came runnin’ out
To hear the sad narration;
He swore ‘twas hilchin Jean M’Craw,
Or crouchie Merran Humphie,
Till, stop! she trotted through them
And wha was it but grumphie
Asteer that night!

Meg fain wad to the barn hae gaen,
To win three wechts o’ naething;
But for to meet the deil her lane,
She pat but little faith in:
She gies the herd a pickle nits,
And two red-cheekit apples,
To watch, while for the barn she sets,
In hopes to see Tam Kipples
That very nicht.

She turns the key wi cannie thraw,
And owre the threshold ventures;
But first on Sawnie gies a ca’
Syne bauldly in she enters:
A ratton rattled up the wa’,
And she cried, Lord, preserve her!
And ran through midden-hole and a’,
And pray’d wi’ zeal and fervour,
Fu’ fast that night;

They hoy’t out Will wi’ sair advice;
They hecht him some fine braw ane;
It chanced the stack he faddom’d thrice
Was timmer-propt for thrawin’;
He taks a swirlie, auld moss-oak,
For some black grousome carlin;
And loot a winze, and drew a stroke,
Till skin in blypes cam haurlin’
Aff’s nieves that night.

A wanton widow Leezie was,
As canty as a kittlin;
But, och! that night amang the shaws,
She got a fearfu’ settlin’!
She through the whins, and by the cairn,
And owre the hill gaed scrievin,
Whare three lairds’ lands met at a burn
To dip her left sark-sleeve in,
Was bent that night.

Whyles owre a linn the burnie plays,
As through the glen it wimpl’t;
Whyles round a rocky scaur it strays;
Whyles in a wiel it dimpl’t;
Whyles glitter’d to the nightly rays,
Wi’ bickering, dancing dazzle;
Whyles cookit underneath the braes,
Below the spreading hazel,
Unseen that night.

Among the brackens, on the brae,
Between her and the moon,
The deil, or else an outler quey,
Gat up and gae a croon:
Poor Leezie’s heart maist lap the hool!
Near lav’rock-height she jumpit;
but mist a fit, and in the pool
Out-owre the lugs she plumpit,
Wi’ a plunge that night.

In order, on the clean hearth-stane,
The luggies three are ranged,
And every time great care is ta’en’,
To see them duly changed:
Auld Uncle John, wha wedlock joys
Sin’ Mar’s year did desire,
Because he gat the toom dish thrice,
He heaved them on the fire
In wrath that night.

Wi’ merry sangs, and friendly cracks,
I wat they didna weary;
And unco tales, and funny jokes,
Their sports were cheap and cheery;
Till butter’d so’ns, wi’ fragrant lunt,
Set a’ their gabs a-steerin’;
Syne, wi’ a social glass o’ strunt,
They parted aff careerin’
Fu’ blythe that night.

5 Verdades Ocultas de Don Quijote que el Tarot nos Revela

El Tarot de don Quijote, vínculo entre la sabiduría de sendos mundos simbólicos.

La imagen popular de Don Quijote es la de un anciano entrañable pero delirante, un loco que confunde molinos con gigantes y rebaños con ejércitos. Es una figura cómica y trágica, un símbolo de la locura idealista. Pero esta visión, aunque extendida, apenas roza la superficie de una de las obras más profundas jamás escritas.

El Quijote contiene un gran secreto, una capa de sabiduría que lo conecta con arquetipos universales. Cuando nos atrevemos a leerlo a través del mismo lente arquetípico de los Arcanos Mayores del Tarot —ese antiguo “Libro de la vida”—, emerge una nueva dimensión de significado. Descubrimos que la “locura” del caballero no era demencia, sino una forma superior de visión. Su capacidad para ver la nobleza en una campesina o un castillo en una venta no era un error, sino una forma de leer la vida en su dimensión simbólica.

A continuación, exploraremos cinco de las verdades más impactantes que esta perspectiva, presente en el libro El tarot de don Quijote nos revela, verdades que transforman por completo nuestra comprensión del Caballero de la Triste Figura y su verdadera misión.

1. Don Quijote no estaba loco, era un “iluminado”

La clave para entender a Don Quijote no es la locura, sino una identidad mucho más profunda y radical: ¡es lector! Un lector de una valentía inaudita que no se conformó con soñar las historias, sino que se atrevió a disolver la frontera entre la página y la realidad. Su supuesto delirio era el acto supremo de lectura: tomarse en serio la verdad simbólica de los libros y aplicarla como un lente para ver el heroísmo y la belleza ocultos en la rutina diaria.

Don Quijote transformaba la realidad con su “mirada simbólica”. Donde otros veían una simple venta, él veía un castillo; donde otros veían campesinas toscas, él veía princesas. No estaba alucinando, estaba interpretando. Su locura era la lucidez de quien comprende que la realidad tangible es solo una de las muchas capas de la existencia. Era un iluminado que nos enseñó a contemplar lo cotidiano con ojos de fábula.

Don Quijote es un lector. Un lector especialmente valiente, no se conformó con soñar las aventuras de los libros, cargó con ellas, y con las fantasías, las llevó a casa; más aún, supo advertir en la vida real lo que los libros contaban con trazos fantásticos. Contempló la rutina con ojos de fábula, y los monstruos del diario vivir con mirada épica.

2. Sancho Panza, el escudero “simple”, demostró ser un gobernante más sabio que los reyes

Una de las bromas más crueles que unos duques ociosos le juegan a la pareja es nombrar a Sancho gobernador de una supuesta “ínsula Barataria”. Lo que para ellos era un mero divertimento, para Sancho se convirtió en la prueba definitiva de su sabiduría. Lejos de ser el bufón que esperaban, aplicó la sabiduría popular y los consejos de su amo para gobernar con una justicia y sensatez asombrosas.

Sancho resolvió conflictos complejos con la simplicidad de un Salomón cervantino, demostrando que el buen gobierno no depende de la alcurnia, sino del corazón y el sentido común. La ironía es profunda: su mandato fue efímero no por su incapacidad, sino porque el reino corrupto y burlón no estaba preparado para un líder con sus valores. El experimento demostró que la simpleza honesta es más apta para gobernar que la nobleza cínica.

Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico. Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como por entre los sollozos e importunidades del pobre.

3. Cervantes no se burlaba de los libros de caballería; escribió el más grande de todos

La idea de que el Quijote es una parodia para ridiculizar los libros de caballería es una de las interpretaciones más superficiales de la obra. Lo que Cervantes criticaba era la decadencia del género: las novelas posteriores que “copiaban sólo lo externo y se olvidaban de reproducir el fondo brumoso que los validaba”. Atacaba las fórmulas vacías que habían perdido su poder para inspirar ideales y su profunda carga arquetípica.

En realidad, la novela es un profundo homenaje al poder de la literatura para transformar la vida. El propio Don Quijote ama con fervor estos libros, y como lectores, al terminar amando a Don Quijote, terminamos amando lo que él ama. Lejos de destruirlo, Cervantes escribió el libro de caballería definitivo, una obra maestra llena de simbolismo gnóstico y arquetipos vivos que elevó el género a su máxima expresión.

4. Su derrota final fue a manos de un amigo que intentaba “curarlo”

El momento más trágico de la novela ocurre en una playa de Barcelona. Allí, Don Quijote es derrotado en duelo por el misterioso “Caballero de la Blanca Luna”. La condición de la derrota es abandonar la caballería andante y volver a casa. Lo que nuestro héroe no sabe es que detrás de esa armadura se esconde su propio amigo, el bachiller Sansón Carrasco.

La ironía es devastadora. Sansón no actúa solo por un afecto equivocado, sino en una compleja batalla de visiones del mundo. Representando la razón y la cordura, se sintió personalmente afrentado por una derrota anterior ante el idealismo de Don Quijote. Su necesidad de “curarlo” era también una necesidad de vencer su universo simbólico para reafirmar el propio. Usó la fantasía de Don Quijote en su contra, no solo por amor, sino por ego, demostrando la amarga lección de que el mayor peligro para nuestros sueños a veces proviene de quienes, con buenas intenciones, no son capaces de comprenderlos.

5. Al final, Don Quijote no muere: solo muere el “cuerdo” que renunció a sus sueños

Esta es, quizás, la revelación más profunda de todas. Quien muere en el lecho al final del libro no es Don Quijote. Quien muere es “Alonso Quijano”, el hombre “cuerdo” que, tras ser vencido, reniega de sus ideales, de su nombre de caballero y de los libros que le dieron vida. Al renunciar a sus sueños, el hombre de carne y hueso perece.

Pero “Don Quijote”, el idealista, el soñador, el arquetipo, no muere. El texto nos da una clave sutil: “se duerme”. Queda intacto, en un estado latente, esperando a que un nuevo lector abra el libro para poder despertar una vez más y cabalgar de nuevo. Don Quijote es inmortal porque los sueños no mueren; solo duermen hasta que alguien tiene el valor de volver a soñarlos.

No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía.

Conclusión: El Tarot de don Quijote es un libro para encontrarnos a través de la vinculación entre el Tarot y el Quijote, porque la obra de Cervantes es mucho más que una novela; es un “Libro de la vida”, un mapa simbólico para el viaje interior. Nos enseña que el mundo está lleno de magia para quien sabe verla y que la heroicidad no reside en grandes gestas, sino en la valentía de ser fieles a nuestros propios sueños, sin importar cuán locos parezcan a los demás. Es un espejo que nos obliga a preguntarnos por nuestra propia capacidad de transformar la realidad a través de la mirada y un llamado a encontrar la nobleza en nuestras propias luchas cotidianas.

Y ahora que conoces su secreto, ¿qué harás con los molinos que se crucen en tu camino?

Si deseas conocer más acerca del tema, te dejamos estas ligas, y nuestro saludo contento por ser alguien que sigue esta senda de utopías posibles.

El Gato con Botas

Hola, amante de los cuentos, y seguidor fiel de los talleres de la comunidad Trithemius. En esta ocasión estamos con El gato con botas, y por aquí te dejo algunas cosillas importantes del cuento, para comenzar: la versión más conocida y original de “El gato con botas”, tal como fue publicada por Charles Perrault en 1697 en su colección Histoires ou Contes du temps passé, avec des moralités (Cuentos de antaño con moralejas).

Esta versión es considerada la fuente clásica moderna del cuento —la que consolidó el mito occidental del gato astuto—, y aunque su lenguaje es refinado, no está edulcorada ni infantilizada: conserva la ironía, el realismo social y la astucia cortesana del siglo XVII.

El Gato con Botas

(Charles Perrault, 1697 — versión íntegra y fiel al original francés)


Érase una vez un molinero que, al morir, dejó en herencia a sus tres hijos todos sus bienes:
al mayor, el molino;
al mediano, el asno;
y al menor, tan solo el gato.

El pobre joven se lamentaba mucho de tan poca herencia.
—Mis hermanos —decía— podrán ganarse la vida honradamente juntos; pero en cuanto a mí, una vez que haya comido mi gato y me haya hecho un abrigo con su piel, no me quedará nada más que morir de hambre.

El gato, que oyó estas palabras sin aparentarlo, dijo con voz grave y prudente:
—No te aflijas, mi amo. Dame un saco y mándame hacer un par de botas para andar entre los matorrales, y verás que tu suerte no es tan miserable como crees.

Aunque el joven no confiaba mucho en sus promesas, recordando que el gato era astuto y sabía valerse por sí mismo, le dio lo que pedía.

El gato se calzó sus botas y, colocando un puñado de salvado y lechugas en el saco, se fue al bosque. Allí se tendió en el suelo, fingiendo estar muerto, con el saco abierto.
Un joven conejo, curioso, entró en él para comer; el gato tiró de las cuerdas y lo atrapó sin dificultad.

Muy orgulloso de su presa, fue directo al palacio del rey y pidió audiencia.
Al ser introducido ante Su Majestad, hizo una reverencia y dijo:
—Señor, mi amo, el Marqués de Carabás (pues tal fue el nombre que inventó en el acto) me ha encargado ofrecerle este conejo, regalo que le envía como muestra de respeto.
—Dile a tu amo —respondió el rey— que le agradezco y que me place su atención.

Durante varios meses, el gato llevó al rey faisanes y perdices que cazaba, diciendo siempre:
—De parte de mi amo, el Marqués de Carabás.

El rey, complacido, hacía que se le recompensara con dinero, aunque el gato guardaba todo para su amo.

Un día supo que el rey saldría a pasear por la ribera del río con su hija, la princesa más hermosa del reino, y pensó:
—Ha llegado el momento de que mi plan se cumpla.

Dijo a su amo:
—Si sigues mis consejos, tu fortuna está hecha. Ve al río y báñate en el lugar que te indicaré. Déjame el resto a mí.

Mientras el joven se bañaba, el rey pasó en su carruaje.
El gato comenzó a gritar con todas sus fuerzas:
—¡Socorro, socorro! ¡Mi señor el Marqués de Carabás se ahoga!

El rey, asomándose por la ventanilla, reconoció al gato que tantas veces le había llevado regalos, y ordenó a sus guardias que lo salvaran.
Mientras lo sacaban del agua, el gato se acercó al carruaje y dijo:
—¡Ay, Majestad! Mientras mi amo se bañaba, unos ladrones le robaron sus ropas.
(La verdad era que él las había escondido bajo una piedra).

El rey mandó enseguida traer sus mejores vestiduras.
Cuando el joven se vistió con ellas, su porte y su rostro agradaron mucho a la princesa, quien le dirigió más de una mirada amable.

El gato, feliz de ver que su plan prosperaba, se adelantó corriendo delante del carruaje.
Al encontrar unos campesinos que segaban un prado, les gritó:
—¡Buena gente! Si el rey pregunta de quién son estos campos, responded: “Del Marqués de Carabás”, o seréis hechos pedazos.
Los campesinos, asustados, obedecieron.

El rey, pasando poco después, preguntó:
—¿De quién son estos hermosos prados?
—Del Marqués de Carabás, Majestad —respondieron a una voz.
El rey se volvió sonriente hacia el joven, admirando tanta riqueza.

El gato continuó su camino, repitiendo la misma amenaza y consiguiendo que los campesinos de cada finca dijeran lo mismo.
Así, el rey creyó que todos aquellos dominios pertenecían al Marqués de Carabás.

Por fin, el gato llegó a un magnífico castillo donde vivía un ogro, el más rico del país.
Había oído que el ogro podía transformarse en cualquier animal.
—He venido —le dijo el gato cortesmente— para admirar de cerca vuestra fama.
Dicen que podéis cambiaros en un león o un elefante, y que sois el más extraordinario de los ogros.

El ogro, complacido, se transformó al instante en un león tan fiero que el gato, aterrorizado, saltó por la ventana y trepó al tejado.
Cuando el ogro recuperó su forma, el gato bajó de nuevo y, deseando asustarlo, dijo con fingida incredulidad:
—Admiro vuestro poder, pero dudo que podáis convertiros en algo tan pequeño como un ratón.
—¿Dudar de mí? —rugió el ogro, y al instante se transformó en ratón.

El gato, viendo su oportunidad, se lanzó y lo devoró de un bocado.

Poco después llegó el carruaje del rey.
El gato, que había corrido a su encuentro, gritó:
—Majestad, bienvenido al castillo del Marqués de Carabás.
—¿Es vuestro este espléndido palacio? —preguntó el rey al joven.
—Sí, Majestad —respondió el supuesto marqués, mientras la princesa lo miraba con ternura.

El rey, encantado con su fortuna, dio a su hija en matrimonio al Marqués de Carabás, y poco después lo nombró su yerno.

El gato se convirtió en gran señor y ya no tuvo necesidad de cazar más, salvo por diversión.

Perrault acostumbraba concluír con DOS moralejas, aquí te dejamos una: “Usar el ingenio puede llevarnos al éxito”.

Tú puedes dejarnos en los comentarios cuál crees que podría ser la otra (toma en cuenta que en nuestro curso vamos más allá de la moral convencional).

Ojo, esta es una versión, podrías encontrar otras donde al final, el gato le consigue a su amo un castillo al enfrentar a un hechicero, no un ogro… durante la clase te contaré por qué surgen las versiones, y qué quita o suma el elemento ausente.

Abrazo fuerte,

Yolanda

El sastrecillo valiente

sin edulcorantes

EL CUENTO

Versión completa, sin suavizar el tono popular ni la ironía original

Había una vez un sastre que se sentaba junto a la ventana de su taller, cosiendo con alegría.
Una campesina pasó por la calle gritando:
—¡Buena mermelada a la venta! ¡Buena mermelada!
El sastre, que amaba los dulces, sacó la cabeza por la ventana y dijo:
—¡Suba, buena mujer, que aquí tiene un cliente!
La campesina subió con su canasto, mostró los frascos, y el sastre eligió uno.
—Péseme cuatro onzas, pero que sea fruta buena y sin podrirse —dijo.

Pagó la mermelada, la colocó junto al pan, y dijo:
—Esto me dará fuerza y coraje. Primero terminaré mi chaqueta, y luego disfrutaré mi festín.
Pero el aroma atrajo a las moscas, que se lanzaron sobre la mermelada.
El sastre trató de espantarlas, pero volvieron.
Finalmente perdió la paciencia, tomó un trapo y descargó golpes sin piedad.
Contó siete moscas muertas sobre la mesa.

—¡Eres un hombre de armas tomar! —se dijo—. ¡Siete de un golpe!
Y decidió que el mundo debía saberlo.
Mandó bordar un cinturón con las palabras: “Siete de un golpe.”
Lo ciñó, guardó un trozo de queso y un pajarillo muerto en su bolsillo, y salió a recorrer el mundo, pues su taller le parecía ya demasiado pequeño para su grandeza.


Subió a una colina y encontró a un gigante sentado mirando el valle.
—Buenos días, camarada —dijo el sastre—. También yo quiero ver el mundo.
El gigante lo miró con desprecio.
—¡Pulga miserable! —gruñó.
—Lee lo que dice mi cinturón —replicó el sastre.
El gigante leyó “Siete de un golpe” y creyó que había matado a siete hombres.
—¿Eres tan valiente como dices? —preguntó.
—¿Por qué no habría de serlo? —dijo el sastre.

El gigante apretó una piedra hasta que brotó agua.
—Haz tú lo mismo.
El sastre sacó su queso y lo exprimió hasta que manó leche.
—Aún más líquido —dijo sonriendo.
El gigante se desconcertó.

Luego lanzó una piedra al cielo, tan alto que desapareció.
—Haz tú lo mismo.
El sastre liberó su pájaro, que voló y no regresó.
—Mi piedra no caerá jamás —dijo.
El gigante lo miró asombrado.

Finalmente, lo llevó a cargar un árbol.
El gigante lo levantó por un extremo; el sastre se subió al otro, sentado entre las ramas.
—¡Cantas en lugar de cargar! —gruñó el gigante.
—Estoy descansando —respondió el sastre—, cargo demasiado.

Cansado, el gigante soltó el árbol; el sastre saltó al suelo y dijo:
—Eres fuerte, pero te falta resistencia.

El gigante, desconfiado, lo llevó a su cueva. Allí había dos panes: uno grande, otro pequeño.
—Come. Quien coma más será el más fuerte.
El sastre escondió el pan pequeño en el bolsillo y comió solo un poco del grande, fingiendo no acabar nunca.
—¿Ves? —dijo—. Aún sigo comiendo.
El gigante quedó pasmado.

Cuando llegó la noche, el gigante quiso matarlo mientras dormía y golpeó su cama con una barra de hierro.
Pero el sastre, que sospechaba, había dormido en un rincón.
A la mañana siguiente saludó alegremente.
El gigante palideció y pensó que nada podía matarlo.

El sastre siguió su camino y entró al servicio de un rey, que había oído de su valentía.
El rey, para deshacerse de él, le dio tres misiones: acabar con dos gigantes, cazar un unicornio y atrapar un jabalí salvaje.
El sastre, con pura astucia, cumplió las tres:
hizo que los gigantes se mataran entre sí,
engañó al unicornio hasta que se clavó en un árbol,
y encerró al jabalí en una capilla.

El rey, obligado a cumplir su promesa, le dio a su hija por esposa y la mitad del reino.
Pero la princesa temía al pequeño hombre de “siete de un golpe” y pidió a su padre que lo expulsara.
El rey envió soldados a su dormitorio, pero el sastre gritó:
—¡Siete de un golpe!
Los soldados huyeron aterrados.

Así se quedó el sastre como rey, y si no ha muerto, aún vive,
recordando que la fuerza no siempre está en el músculo,
sino en la mente que sabe convertir el golpe en gloria.

Este cuento fue incluido por los Hermanos Grimm en su colección Kinder- und Hausmärchen bajo el número KHM 20.

1. Origen textual y evolución

El cuento Das tapfere Schneiderlein (n.º 20 en la edición final de los Kinder- und Hausmärchen de los Hermanos Grimm) deriva de materiales orales y de fuentes impresas más antiguas.
Entre las más destacadas:

  • Martinus Montanus, Wegkürzer (ca. 1557) —una colección de anécdotas y farsas donde ya aparece un sastre fanfarrón que mata moscas y logra casarse con la hija de un rey mediante astucias.
  • Volksbuch alemán del siglo XVI–XVII, que presentaba al sastre engañador como tipo cómico popular: un trickster urbano que ridiculiza la fuerza bruta y la nobleza.
  • Primera edición Grimm (1812): más cruda, con humor negro y sin moralejas; el protagonista es un pícaro, no un héroe moral.
  • Ediciones posteriores (1822–1857): los Grimm suavizan la violencia, eliminan los engaños de contenido sexual y refuerzan la moraleja del “ingenio triunfante”.

La “versión de la miel”

En una de las variantes centroeuropeas anteriores a 1812 (de tradición bávara o suaba), el rey impone al sastre una última prueba para casarse con la princesa:
debe identificar cuál de varias doncellas ha comido miel.

El sastre, en esa versión, emplea un método propio de fábula popular:
lanza migas o trozos de paja en el suelo y observa cómo las abejas —atraídas por el olor dulce— revolotean sobre la boca de la princesa culpable.
Así la delata sin violencia, demostrando de nuevo que la astucia vence donde la fuerza o la jerarquía no pueden.

Este episodio —hoy casi desconocido— enfatiza el arquetipo del discernimiento, propio de los cuentos iniciáticos: el héroe no solo vence gigantes, sino que reconoce lo oculto, como quien distingue el alma verdadera entre apariencias.

🗝️ La miel representa el placer, la tentación o el deseo oculto; la prueba del sastre se convierte en alegoría del alma que distingue el dulce veneno de la verdad.

La versión con la prueba de la miel pertenece al estrato más arcaico y folclórico del relato: una etapa en que el cuento aún funcionaba como mito de iniciación social y espiritual, y no como historia infantil.
Su mensaje profundo permanece:

“El alma que ha vencido sus gigantes debe, antes de reinar, aprender a reconocer la dulzura que no engaña.”

Únete a la aventura de conocer los cuentos y su simbolismo a favor de la gnosis en el curso Prosperidad y Abundancia:

Jack y las habichuelas mágicas – Lectura simbólica y arquetipal

El primer cuento del curso Prosperidad y Abundancia

1. La vaca y el trueque

Jack inicia el cuento con lo único que le queda: una vaca.
Ese animal representa la seguridad conocida, la fuente cotidiana de sustento, la herencia del pasado, el vínculo con la madre y con la tierra.
Cuando la vaca deja de dar leche, la vida anuncia un cambio de ciclo: lo que antes nutría ya no basta.

El trueque de la vaca por unas habichuelas mágicas —aparentemente sin valor— es el acto iniciático del alma valiente.
Jack se atreve a intercambiar lo viejo por lo incierto.
Ese riesgo simboliza el salto de fe necesario para acceder a la prosperidad verdadera: el alma que confía en lo invisible.

Clave simbólica: “Quien entrega lo seguro por lo vivo, siembra el misterio del oro.”

Into the Woods

2. La madre y el enfado fecundo

La madre encarna el principio del límite: representa la razón, el miedo a la pérdida y la voz protectora del mundo conocido.
Su enfado, cuando arroja las habichuelas, activa sin saberlo la magia del destino.
Desde el punto de vista del alma, ella es la fuerza del mundo que, al oponerse, impulsa hacia la aventura.
Sin su gesto impulsivo, la planta jamás crecería.

Clave simbólica: “A veces, quien se enoja contigo, te lanza a tu propio destino.”


3. El tallo que une los mundos

De las semillas despreciadas brota el axis mundi, el gran eje vertical.
El tallo es el camino del ascenso espiritual, la escalera entre los mundos.
Subirlo equivale a elevar la conciencia: ir de la necesidad a la visión, de la tierra al cielo, del yo al alma.

Cada hoja del tallo es una experiencia, cada nudo un desafío.
Jack se convierte así en el iniciado que se atreve a atravesar los planos y a penetrar en el reino de los gigantes —el inconsciente colectivo, lo inabarcable, lo arquetípico.

Clave simbólica: “El que asciende, transforma el miedo en escalón.”


4. El gigante y la casa del oro

El gigante representa la sombra ancestral del poder, la parte inconsciente que guarda los tesoros del alma: la creatividad, la inspiración, la riqueza interior.
Su esposa, figura ambivalente, es la intuición protectora que guía a Jack sin revelar del todo el misterio.
El ogro es el guardián de los dones —el obstáculo que, una vez comprendido, se convierte en maestro.

Clave simbólica: “El gigante no es enemigo, sino guardián de lo que todavía no sabemos sostener.”


5. Los tesoros robados: oro, gallina y arpa

Jack roba tres objetos sagrados:

  • La bolsa de oro, símbolo de la energía vital y la provisión.
  • La gallina de los huevos de oro, fuente continua de abundancia, manifestación del alma fértil.
  • El arpa dorada, instrumento que canta por sí sola, símbolo de la armonía interior, la voz del espíritu y la creación inspirada.

En cada robo, Jack no solo obtiene bienes: recupera aspectos perdidos del alma humana.
El oro representa el cuerpo; la gallina, el corazón; el arpa, la voz del espíritu.
Al integrarlos, el héroe completa su triada interior: materia, emoción y conciencia.

Clave simbólica: “La abundancia no se toma: se recuerda.”


6. El hacha y la caída del gigante

Cuando el gigante lo persigue, Jack corta el tallo.
Ese corte no es violencia, sino liberación.
Simboliza la decisión consciente de romper con los apegos, con los miedos, con las fuerzas del pasado que ya no sirven al crecimiento.
El gigante cae: es la sombra disuelta que deja paso al nuevo orden del alma.

Clave simbólica: “El hacha que corta la sombra abre el paso a la luz.”


7. La integración: el alma próspera

Tras el ascenso, la prueba y el retorno, Jack vuelve a casa transformado.
Ya no es el muchacho pobre, sino el alma madura que ha sabido realizar los intercambios sabios.
Su madre representa ahora la reconciliación con la tierra: lo femenino que acoge, nutre y celebra el don.
El matrimonio final con la princesa es la unión del alma con su conciencia real, la realeza interior que se conquista al florecer.

Clave simbólica: “El alma próspera no acumula: integra sus tesoros.”


“Jack y las habichuelas mágicas” narra el viaje del alma desde la dependencia hacia la sabiduría.
Nos enseña que la verdadera prosperidad no es tener más, sino atreverse a subir por el tallo de lo imposible, confiar en lo pequeño, enfrentar al gigante interior y traer al mundo los tesoros del espíritu.

Epílogo simbólico:
“La abundancia nace del riesgo,
florece en la fe,
y canta cuando el alma vuelve con el arpa en las manos.”

Poesía y Chamanismo

El arte de ser canal

Desde tiempos antiguos, el chamanismo y la poesía han compartido una raíz común: ambos se nutren del misterio, de la experiencia visionaria y del poder transformador del lenguaje. El chamán y el poeta son figuras liminales: habitan los márgenes entre mundos, descienden a lo invisible y regresan con palabras encendidas para la comunidad.

El chamán: mediador del espíritu

El chamán es quien canta al espíritu, danza con los símbolos, invoca a los animales de poder, se disuelve para hacerse canal. Su lenguaje no es racional: es imagen, canto, ritmo, sonido, tambor, respiración alterada. En su viaje, se desestructura para permitir que la visión lo atraviese. El chamán no solo habla: es hablado por lo otro.

El poeta: vidente y alquimista

Arthur Rimbaud llamó al poeta “vidente”. Hölderlin decía que “poéticamente habita el hombre sobre la tierra”. El poeta, como el chamán, escucha lo que no se dice con palabras comunes. A través de la metáfora, del símbolo y del ritmo, transfigura lo cotidiano en lo sagrado. La poesía es una forma de trance: un estado ampliado de percepción donde el alma habla.

El lenguaje como portal

Ambos, chamán y poeta, conocen la fuerza mágica del lenguaje. Las palabras no son solo herramientas, son actos: encantamientos, llaves, espejos, presencias. La etnopoética contemporánea (Jerome Rothenberg, Nathaniel Tarn, entre otros) ha reconocido en las tradiciones orales indígenas, africanas, siberianas o mesoamericanas, la función poética y ritual del canto chamánico.

La herida y el canto

El chamán suele haber pasado por una herida iniciática: enfermedad, locura, muerte simbólica. También el poeta verdadero canta desde la herida. No por narcisismo, sino porque ha aprendido que el lenguaje cura, revela, transmuta. El canto chamánico es medicina; la poesía, alquimia del alma.

En todas las culturas originarias, la palabra poética nació unida al acto ritual y al trance visionario.

El chamán no solo curaba, sino que cantaba lo que veía en otros planos. Su lenguaje era imaginal, metafórico, repetitivo, con ritmo, musicalidad y símbolo: elementos todos de la poesía.

Como dice Eliade en El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, el chamán accede a lo invisible mediante la palabra ritual, que no es información, sino encantamiento.

El canto chamánico no es autoría individual: es canalización de lo Otro. La voz es un vehículo de transformación colectiva, no de expresión subjetiva.

La etnopoética, con autores como Jerome Rothenberg, ha reivindicado las formas orales indígenas como poesía viva, alejada de la lógica literaria escrita y occidental.

Los “mushos” de María Sabina, curandera mazateca, son poesía visionaria donde la repetición, la imagen y el ritmo invocan la sanación espiritual.

Solicita informes acerca de nuestro curso Poesía y Chamanismo al cel +52 1 33 3129 4292

¿Fue Miguel de Cervantes descendiente de conversos?

Una revisión crítica desde la genealogía, la literatura y el símbolo

El Kabalero de la mancha

Desde hace décadas, diversos investigadores han planteado la posibilidad de que Miguel de Cervantes, el autor de Don Quijote de la Mancha, fuese descendiente de judíos conversos, a los judíos conversos se les llamaba “manchados”. Esta hipótesis ha sido abordada desde distintas disciplinas, entre ellas la genealogía, la crítica literaria y los estudios culturales. Aunque no hay evidencia directa que confirme una práctica religiosa criptojudía en Cervantes, su obra parece transmitir una mirada marginal, ambigua y crítica del poder que muchos asocian con la experiencia de los cristianos nuevos (Cantera-Montero, 2000; Magarici, 2021).


Genealogía y contexto histórico

Tras la expulsión de los judíos de Castilla en 1492, miles de familias optaron por la conversión forzada. Estos conversos o cristianos nuevos vivieron bajo constante sospecha de la Inquisición, y su ascendencia fue motivo de marginación y censura social (Benítez, 2001). En este contexto, el linaje de Cervantes ha sido rastreado por diversos estudios. El genealogista Meyer Magarici (2021) sostiene que Cervantes “posee múltiples conexiones con linajes conversos castellanos” (p. 4), especialmente del lado paterno. Aunque no se ha encontrado ningún documento inquisitorial sobre el autor, los indicios genealógicos apuntan a una ascendencia que habría requerido una discreta adaptación al ambiente cultural y político de la época.


Literatura y resonancias simbólicas

Más allá de lo biográfico, el análisis textual ha detectado numerosos elementos que podrían leerse como signos de una sensibilidad conversamente simbólica. Por ejemplo, en Don Quijote, se encuentran frecuentes alusiones al Antiguo Testamento, referencias éticas afines al pensamiento bíblico y personajes que encarnan tensiones entre legalismo y libertad (Aubier, 1966; Fine, 2015).

Dominique Aubier (1966) sostiene incluso que Don Quijote contiene estructuras de pensamiento cabalístico, lo cual ha sido ampliamente debatido. Críticos como Ruth Fine (2015), desde una posición más académica, señalan que “no existen pruebas concluyentes de que Cervantes tuviera acceso a los textos de la Kábala hebrea”, aunque admiten que “su obra da lugar a una lectura alegórica y simbólica que ha alimentado diversas interpretaciones” (p. 57).

La figura del narrador moro Cide Hamete Benengeli, el uso del disfraz, el exilio del cautivo, o la identidad múltiple del protagonista pueden leerse como metáforas de la disociación del sujeto converso: dividido entre lo que se muestra y lo que se oculta (Patt, 2006).


Ambigüedad como estética identitaria

Muchos estudios coinciden en que la escritura cervantina está marcada por la ambigüedad, el desplazamiento y la ironía. Esta triple operación ha sido leída como el gesto característico del autor que, como tantos conversos, escribe “desde el margen”, es decir, desde una posición de extrañamiento respecto a la cultura dominante (Benítez, 2001).

El Quijote construye, según esta visión, una ética de la mirada crítica que no afirma ni niega una identidad religiosa, pero que cuestiona los valores absolutos, ridiculiza el dogmatismo y abraza la multiplicidad de voces. Como afirma Cantera-Montero (2000), “la literatura de Cervantes no puede desligarse del conflicto cultural de los conversos, incluso si su autor jamás lo explicitó” (p. 212).


y con estas piezas del rompecabezas, ¿qué podemos concluir?

¿Fue Miguel de Cervantes un judío converso? La evidencia genealógica sugiere que sí, al menos desde un punto de vista ancestral. Desde lo simbólico, su obra revela una tensión entre lo visible y lo oculto, lo normativo y lo interior, que recuerda a la experiencia del converso español. Sin embargo, en ausencia de pruebas documentales definitivas, esta hipótesis debe considerarse una lectura plausible, pero no concluyente. Lo que sí puede afirmarse es que Cervantes, como autor, encarnó una mirada profundamente crítica, ambigua y abierta al alma humana, lo que lo hace universal y, al mismo tiempo, singularmente marcado por su contexto.


Referencias

  • Aubier, D. (1966). Don Quichotte, prophète d’Israël. Éditions Robert Laffont.
  • Benítez, F. (2001). Los judíos en la literatura española del Siglo de Oro. Ediciones Akal.
  • Cantera-Montero, F. (2000). Conversos y literatura: El reflejo de una identidad marginal. Universidad de Salamanca.
  • Fine, R. (2015). Cervantes y la mística judía: lectura crítica de una hipótesis. Revista de Estudios Cervantinos, 22(1), 51–67.
  • Magarici, M. (2021). Vinculación genealógica de Miguel de Cervantes Saavedra con sus antepasados judíos. Academia.edu. https://www.academia.edu/49023412
  • Patt, D. (2006). The Imagined Jew: Jewishness in Early Modern Spain. Yale University Press.

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