Las mujeres hoy, ¿quieren ser la maga?

Por Yolanda Ramírez Michel

la maga

¡Todas quieren ser la maga!, dijo Julio Ortega hablando acerca de Rayuela… e inmediatamente surge dentro de mí la duda: ¿de verdad todas las lectoras de Rayuela querrán ser la Maga? La generación de mujeres jóvenes en 1963 -cuando se publicó Rayuela-, deseaban verse reflejadas en esa mujer que nadaba los ríos metafísicos con ingenuidad y alegría, pero… ¿de verdad deseaban ser aquella que leía una novela y, apenas terminada su  lectura, olvidaba de qué se había tratado…?

Yo creo que las lectoras del 2017, nótese, he dicho “las lectoras” -no “las mujeres”- (ser lectora es ser un tipo especial de mujer) difícilmente desearían vivir las situaciones que vivió la Maga, difícilmente aceptarían tan a la ligera el maltrato de Oliveira… las lectoras de Rayuela, para ser cómplices de la novela e ir construyendo sentidos con los datos que Cortázar nos da, han de ser mujeres pensantes, y es que, para leer Rayuela de verdad y avanzar por el laberinto que Cortázar construyó, se necesita algo que es totalmente incompatible con  lo que representa la Maga, se necesita un intelecto más bien parecido al de Oliveira. Así las cosas, sería mejor decir: que todas admiramos a la Maga, que todas las lectoras de Rayuela vemos en la Maga el espíritu puro y libre, pero de ahí a desear ser la Maga hay un buen trecho.

Rayuela

Desear ser la Maga, implica, si seguimos de cerca lo que se revela acerca de ella, desear ser una mujer que por ignorancia pone en peligro a su hijo, una mujer para quien su bebé está en segundo plano; una mujer violada… varias veces. Con estos datos, ¿cuántas se anotan? Aquella que diga tan fácil y a la ligera, con cara de éxtasis, que desearía ser el personaje de Cortázar, o no se da cuenta de lo patética que fue la infancia y juventud del personaje, o no ha leído la novela, o leyó sólo algunos capítulos -los primeros-, donde la relación de la Maga y Oliveira es una relación extremadamente erótica, donde no hay rutinas sino destinos a la vuelta de la esquina. Donde sus juegos amorosos hechizan y su pasión subyuga. Donde las frases se te clavan hasta las entrañas y las guardas en la punta  de la lengua para toda la vida. Esa es la primera parte de Rayuela, y ahí, indiscutiblemente, los personajes nos ganan del todo. Por ello, he llegado a creer que debido a la complejidad de la novela, y a pesar de ese primer clavado en la maravilla, las opiniones generales de Rayuela se basan en este primer encuentro con la obra, pero luego ante los retos que aparecen en cada nuevo capítulo, muchos no siguen adelante, igual y leen la historia lineal para saber el fin del cuento, igual ni eso.

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Soberana ambivalencia que es la Maga, queremos ser ella cuando es amada por Oliveira hasta el delirio, queremos ser ella cuando a los amantes no les bastan las palabras y tienen que inventarlas, queremos ser la Maga cuando el Club de la Serpiente -los amigos-, la necesitan para hacer contrapeso y equilibrar un poco sus cargados cerebros, llenos de datos; cuando la admiran por sencilla, pero NO cuando la tratan de tonta (las más de las veces), ni cuando Oliveira la abandona porque el bebé le estorba.

En realidad, Rayuela, como El Quijote, son esas novelas de las que todos hablan, pero pocos han leído; y de esos pocos, ¿cuántos la habrán entendido realmente? Los personajes ciertamente se salieron ya del libro y tienen vida propia, le pasó a la Maga igualito que le pasó al Quijote, andan por ahí como arquetipo. Pero sus entrañas, ¿quién se asoma de verdad a ellas?

La Maga es un nuevo Sancho, sencilla y torpe, pero entrañable, se gana nuestro corazón; es eso que todos somos, pero que desearíamos no ser (porque alguien -que ya ni sabemos quién-, nos dijo que estaba mal aquello), por eso, digo, no es que todas las lectoras de Rayuela queramos ser la Maga, es que al leer descubrimos que somos o hemos sido la Maga, ¡y ya no queremos serlo!, es que nuestro trabajo nos ha costado salir de ese estado de ignorancia al que la sociedad había sometido a la mujer, nos ha costado trabajo entender el mundo y sus sinrazones… y en realidad no es que lo entendamos, sino que nos acoplamos a ese molde aunque esté deforme. En qué rollos me metí con este tema… ¿quiero ser la Maga? No, pero lo soy, en el fondo mi esencia femenina está ahí reflejada y lanzando múltiples destellos, como un prisma. Hay cosas de la Maga que rechazo, como su descuido ante el hijo, y su amor a un hombre que no sabe valorarla, pero hay cosas que definitivamente quisiera conservar, su fluir simple por la vida, su estar en el momento, su habitar el mundo sin complicaciones existenciales.

Así que, en honor al laberinto por el que Cortázar nos lleva, saltando de un capítulo a otro, avanzando y retrocediendo, ora del lado de aquí, ora del lado de allá, vuelvo al principio, ¿de verdad será que todas las lectoras de Rayuela desean ser la Maga? no sé, sólo puedo contestar por mí: que sí que no, y que el cuento se acabó.

Rulfo y yo…

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Por Micaela Amirez

Hablar de Rulfo es algo sencillo, y complicado al mismo tiempo…

Sencillo porque siendo un autor fundamental -un clásico-, hay ya un amplio corpus académico que lo sustenta, y este corpus académico, tan vasto, nos permite ir en busca de pistas, y datos, y muchísima información de primerísima calidad. Podemos acercarnos al autor y conocerlo ampliamente gracias al estudio y la investigación de muchos, por eso digo que es sencillo.

Pero, al mismo tiempo, tal proliferación de datos, tantas posturas críticas, tantas aportaciones geniales vuelven muy complicado contribuir con algo nuevo (por eso digo que es complicado).

No obstante esta dificultad, creo que se puede aportar algo nuevo cuando no vamos por el Rulfo que los académicos han diseccionado como en una autopsia; pienso que es sencillo encontrar un ángulo nunca antes atendido cuando vamos por el Rulfo de nuestras entrañas, cuando somos sus lectores y nos acercamos a él como el niño curioso que revisa el cangrejo en la playa; pienso que es posible ir a la raíz de algo original cuando esto se busca contemplando directamente al Rulfo del libro, sin contaminarlo (por decirlo de algún modo) con la investigación académica que circunda el astro.

Y de eso quiero hablarles, del Rulfo que yo me topé antes de que los académicos lanzaran su red de palabras sobre él, es decir, el Rulfo que encontré como lectora, antes de que los académicos me lo mostraran. Y para ello iré por un recuerdo muy especial. Yo leía a Rulfo en una habitación con una lámpara de noche… en mi cama.

Por eso una de mis recomendaciones para acercarnos a Rulfo, o a cualquier autor fundamental, a cualquier Clásico, es que nos acerquemos a él como nos acercamos al amante; tener un encuentro con la obra clásica es muy similar al encuentro de dos que se lo van a entregar todo, en ese momento tú no vas vestido, tú no te acercas con la armadura puesta, tú no vas rodeado de lo que te han dicho otros (no deberías); tú vas armado con lo que sueñas, con lo que anhelas, con lo que esperas, con lo que temes, y aunque es cierto que muchas veces nos acercamos a una obra por otros, lo mejor es al llegar despojarnos de cualquier interferencia, es decir, desnudarnos. Desnudarnos sin ningún temor… cuando lees estás ahí tú solo… solo con las palabras, con lo que éstas te lanzan a la cara, aunque hayas antes leído algún ensayo, alguna crítica, en ese momento debes olvidarla, la crítica pasa a segundo plano, y terminas por encontrarte de frente con los personajes, y ellos te arrojan su vida como una pelota que esperan les devuelvas.

Sólo así podrás sacar colores, de las páginas en blanco y negro, y sacar uno y muchos sentidos iguales y distintos a los de los demás… Porque la obra es polisémica, nadie ha dicho que tengas que pensar o sentir lo mismo que el crítico de moda, la obra hace contacto con cada uno de sus lectores, y desde ahí detona el sentido que la vuelve amada. Sin sentido, la obra es como un cuadro muy bello en un museo abandonado.

Y aquí es donde quiero insertar mi personal apreciación de Rulfo, no para que sea la suya, que mi consejo es que cada cual lo lea y lo piense a su medida, sino para compartirla como un comentario de algo muy amado…

Para mí, Rulfo no pinta nuestros áridos desiertos mexicanos sino los despojados corazones humanos.

Para mí, Rulfo no sólo enfrenta al cacique con sus víctimas, sino a la vida y los que en ella padecen, en cualquier geografía, o en cualquier época.

Lo que nos presenta Rulfo es una arquitectura psíquica. Los paisajes son paisajes de la pobreza que todo ser humano puede padecer, su Comala es más que un lugar, un sentimiento.

No soy una campesina, no vivo en el campo, no sé lo que es vivir en el campo, pero sí sé lo que es padecer por la enfermedad o la pobreza, tener miedo por la muerte de un hijo, no saber cómo vamos a alimentar a la familia cuando no hay trabajo, me he sentido vulnerable ante los poderosos, he sufrido los despojos de los políticos, he esperado un vergel tras las montañas, he dicho adiós a una tierra árida.

Creo que Rulfo habla de todos, y utiliza el mundo indígena como sistema mítico, para conectarnos con lo universal y trascendental, no con lo local.

Creo que usa la magia, lo mágico, para que podamos ver lo mágico en la vida.

Creo que su dicotomía vida/muerte presente tantas veces en su obra nos mantiene alertas en esa dualidad constante de nuestros días y nuestras noches.

Creo que el mundo campesino, refractario al progreso, es la analogía obligada con la mentalidad que muchos poseemos, y que es reflejo no sólo de un pueblo, sino de un estado mental de formas ideológicas anquilosadas…

Creo que Juan Preciado es nuestro Virgilio, que nos lleva directito al Infierno por la gnosis. Como él, nosotros también queremos saber… queremos conocer. Porque Juan Preciado, como nosotros, lo que buscamos en Comala es resolver la huella psíquica del abandono. Y que su visita por los recuerdos es la huella afectiva que estos dejan en la memoria.

Creo que los habitantes de Comala son una comunidad arqueológica en las entrañas de la psique, con sus fantasmas, sus muertos vivos, sus vivos muertos, y todo lo que construye una identidad.

Creo que cambiar Tuxcacuexco por Comala responde a una necesidad urgente de música en la literatura. Y que en esto Rulfo es un Maestro.

Creo que la poética rulfiana es la del decir sencillo de lo profundo.

Creo, que si hubo quien en el medio literario de su época lo rechazó, es que mucho lo envidió. Porque Juan Rulfo es hasta hoy el más grande autor de México.

Bienvenidos

Por Micaela Amirez

 

Cápsula para los que quieren ser ESCRITORES

¿Necesitas ayuda para comenzar una historia? Aquí te contaremos algunos secretos.

Comenzar a escribir una historia… ¿complicado, difícil, tortuoso?

Para un escritor, ¡es un gozo!

El comienzo de todos los relatos es… ¿una dulce promesa? ¿un apetitoso hueso? ¿una suculenta manzana? ¿algo para coquetearle al lector?

Existen tantas maneras de comenzar, como libros.

Algunos escritores nunca empiezan por el principio, como Cortázar: el capítulo con que comenzó a escribir Rayuela, fue el 41.

Algunos escriben y reescriben CIEN VECES la primera frase  ( y no estoy exagerando).

No temas corregir, corregir, corregir… hasta que quede, según tus intenciones, PERFECTO. El escritor de verdad disfruta trabajar intensamente en la PERFECCIÓN de su inicio (y de todo su texto). Porque el párrafo inicial es la primera cita entre ESCRITOR y LECTOR. Todo principio de relato siempre es una especie de CONTRATO entre LECTOR y ESCRITOR. Una suerte de ANZUELO para generar curiosidad, interés. Hay comienzos que funcionan como una TRAMPA DE MIEL!!!

Hay ocasiones en que el primer párrafo es INTIMIDATORIO… pretende alejar, pero ACERCA.

La génesis de un relato sucede mucho antes de que escribas sus primeras palabras.

Para que tus palabras le den forma a un UNIVERSO se tiene que comenzar por un Big Bang. Debe existir una idea en el corazón del que escribe… una idea que NECESITE estallar.

Vamos, ESTALLA eso que llevas dentro, y ESCRÍBELO.