El Arte de Ver Gigantes en la Era de los Molinos

Salutación Primera: A ti, desocupado —y querido— lector.

¿Qué designio, querido lector, qué intrincado y secreto camino nos ha traído a este encuentro, aquí, ahora, en un mundo que privilegia el cálculo sobre el sortilegio? Te plantas del otro lado de estas palabras y me concedes algo tan sagrado como tu tiempo. A cambio, yo te ofrezco una pregunta que es también una llave: ¿qué secreto aguarda en las páginas de una vida cuando se lee, no con la prisa de la feria, sino con la lupa sobre los renglones y el corazón en las pupilas?

Este manifiesto es una defensa de esa pregunta. Es un pacto para defender la “locura” visionaria, no como una fuga, sino como una forma más heroica de habitar la realidad. Es una invitación a redimensionar los fracasos, a verlos no como tragedias, sino como dignas batallas en el reino de los molinos de viento, para que pasen los renglones donde nos molieron a palos y vengan, por fin, los capítulos donde se vence a los leones.

1. El Elogio de la “Locura”: Por Qué el Mundo Necesita Más Quijotes

1.1. Una Sanidad para Tiempos Demenciales

Vivimos una paradoja que roza lo sublime y lo trágico: el mundo hoy en día se ha vuelto demencial… quizá la única manera de no perder la cordura sea vivir absurdamente para el mundo. Este manifiesto, entonces, no es una apología del desvarío, sino una redefinición de la cordura. La “locura” que aquí se elogia no es una evasión de la realidad, sino una forma más profunda, más poética y, en última instancia, más sana de interpretarla.

Don Quijote es nuestro arquetipo, la encarnación de “El Loco” del Tarot. Pero no es un demente; es un iluminado. Es, ante todo, un lector valiente que se atrevió a aplicar una mirada simbólica a la vida cotidiana. No huyó de su aldea, sino que la expandió hasta que cupieron en ella todos los reinos de la fantasía.

Contempló la rutina con ojos de fábula, y los monstruos del diario vivir con mirada épica.

Esta “locura” no es otra cosa que percepción poética. Es la capacidad de mirar un molino y ver un gigante, o de asomarse al mar y presentir una sirena. Los que insisten en la aridez de lo fáctico nos dirán que el mar es salado por los restos fósiles. ¡Mintieron! Es salado por las lágrimas de las sirenas enamoradas. Ver el mundo así no es un error de juicio, es una elección consciente por una realidad más rica, una existencia donde la maravilla tiene permiso para irrumpir.

¿Y si los verdaderos fantasmas no son los gigantes que imaginamos, sino, como dice el poema, aquellos hombres que no podían ya maravillarse?

1.2. El Lector como Héroe

El acto de leer no es un pasatiempo, es el primer ensayo de la heroicidad. Para don Quijote, los libros son más que papel y tinta; son objetos materiales que trasforman la vida. Quienes amamos la lectura lo sabemos bien: somos sus compatriotas.

Nosotros también alucinamos bajo el dulce yugo de un renglón glorioso. Nosotros también defendemos a los personajes como si fueran de carne y hueso. Y, lo más importante, nosotros también salimos de alguna historia trasformados, dispuestos a llevar las aventuras del papel a la vida.

Don Quijote es el más valiente de nosotros, porque no se conformó con la aventura interior. Tomó las armas de sus ancestros y salió a ser el héroe que había leído. Pero ese coraje, esa locura luminosa, necesita una brújula para no extraviarse en el desierto de lo real. Necesita un norte, una causa, una estrella.

2. La Brújula Interior: En Busca de Nuestra Propia Dulcinea

2.1. El Sentido como Destino Épico

¡No puede ser que estemos aquí para ser solamente rapsodias en un ensayo para ningún concierto! Sin un propósito trascendente, la vida se convierte en una sucesión de actos mecánicos, una rutina que va por el hoyo negro hacia aguas residuales. Necesitamos, con urgencia, saber que estamos sembrando estrellas.

Dulcinea es ese propósito. No es mujer de carne y hueso, sino el arquetipo de “La Sacerdotisa”. Es el ánfora de sueños, el referente que no está afuera, sino adentro. Es el libro sagrado en el alma del hidalgo, el amor ideal que valida y vuelve un sino humano en sino trascendente. Es la fuerza que nos provee un garfio para atrapar estrellas, pues ella misma es la estrella inscrita en el corazón, el destino que se llama a sí mismo. A ella se le ofrecen los triunfos; por ella, un simple acto se convierte en gesta heroica.

El mundo moderno nos ofrece un sinfín de falsos ídolos: tantos mal llamados ideales que se gestan en las pantallas multicolores del orbe. Metas superficiales que nos devoran y apagan la llama interior. Una verdadera Dulcinea no es un bien de consumo; es un proyecto del alma. Es un ideal que de la tierra al cielo parte, pero del cielo a la tierra retorna con los dones.

2.2. La Fuerza del Ideal

Porque el caballero sin amores es árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma… Un ideal es la fuerza que nos mantiene vivos, fecundos, enraizados a la tierra pero con las ramas extendidas hacia el cielo. Es lo que nutre el alma y da propósito a la lucha.

Este amor, en su sentido más amplio —como devoción a una causa, a un arte, a una persona, a un sueño—, es la fuerza que nos transforma. Es el beso que, como un dios joven, enciende la luz en las estancias oscuras del alma; el instante que, como un libro, se queda para siempre y aniquila las heridas interiores, matándolas. Es el beso que lo impregna todo y deja su eco sagrado en nuestros labios, encendiendo la luz.

Con la brújula del ideal apuntando hacia nuestro norte, necesitamos ahora la herramienta para navegar el mundo, la llave para abrir las puertas de lo real y dejar que entre lo maravilloso.

3. La Alquimia de la Percepción: El Poder de Jugar en Serio

3.1. Ver la Grieta en la Realidad

La magia no es un truco de ilusionista. La verdadera magia es una forma de percepción. Es el poder para ver en medio de la rutina cotidiana, y de lo real, un hueco, una grieta por dónde penetrar la vida hacia la vida verdadera.

Nuestra iniciadora en este arte es Urganda la desconocida, el arquetipo de “El Mago”. Ella nos enseña a través del juego a ver más allá de las apariencias. En el prólogo del Quijote, Urganda nos entrega un poema en “versos de cabo roto”, versos a los que les falta la última sílaba. Este juego es una lección fundamental: la realidad, como el poema, no está completa. Deja espacios en blanco para que nosotros los rellenemos con nuestra imaginación. Nos invita a dejar de ser espectadores pasivos para convertirnos en cómplices en la lectura de la vida, en co-creadores de significado.

Si te ha gustado, puedes conocer más acerca de esta propuesta en el libro El Tarot de don Quijote, de la autora Yolanda Ramírez Michel:

Aquí dejamos ligas para que te lances a por ello

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