De la leyenda a lo que puede ser.

El rey Midas es uno de los personajes más conocidos de la mitología griega. Su historia forma parte del ciclo dionisiaco y se centra en la capacidad de convertir en oro todo lo que toca, así como en su ridículo castigo de orejas de asno. Aunque el protagonista es legendario, las fuentes antiguas y la arqueología señalan que la narración pudo inspirarse en un soberano real de Frigia (actual Turquía). Su mito, repetido desde la Antigüedad y reescrito en la literatura moderna, también ha servido para expresar ideas sobre la avaricia, el uso del poder y los límites de la riqueza. A continuación se examinan las versiones del mito, los posibles fundamentos históricos y la riqueza simbólica de la figura de Midas.

Fuentes y versiones del mito

La hospitalidad con Sileno y el toque de oro

La versión más influyente procede del Libro XI de las Metamorfosis de Ovidio (siglo I d.C.). El poeta narra que Midas, rey de Frigia, recibe en sus jardines al sabio Sileno, compañero del dios del vino Dionisos. Tras convivir con él, el rey lo devuelve a su discípulo y Dionisos le ofrece un deseo. Midas, movido por la avaricia, pide que todo lo que toque se convierta en oro. El dios concede el deseo, y el rey comprueba maravillado que ramas, piedras y frutos se transforman en oro. Sin embargo, pronto el don se convierte en maldición: los alimentos y el vino se vuelven metal, impidiéndole saciar el hambre y la sed. Afligido, suplica a Dionisos y este le indica lavarse en el manantial del río Pactolo; al bañarse, el poder desaparece y el río queda impregnado de oro. Esta escena explicaría la presencia de oro en el río Páctolo, famoso por sus arenas auríferas y base de la riqueza de Lidia.

En las versiones posteriores, popularizadas por autores como Nathaniel Hawthorne en el siglo XIX, Midas convierte accidentalmente en oro a su hija al abrazarla; al bañarse en el río, recupera a la niña y aprende la lección. Esta adición, inexistente en los relatos griegos, subraya el efecto destructivo de la avaricia sobre los vínculos afectivos.

El juicio musical y las orejas de asno

Una segunda historia narra cómo Midas ofende al dios Apolo. El rey preside un concurso musical entre Pan, inventor de la siringa, y Apolo, maestro de la lira. El monte Tmolo, juez del certamen, concede la victoria a Apolo; Midas disiente y proclama superior la música rústica. Enfurecido, Apolo transforma las orejas del rey en orejas de burro. Midas intenta ocultarlas bajo un turbante, pero su barbero descubre el secreto y lo susurra enterrándolo en la tierra; de ese agujero brotan cañas que al moverse con el viento repiten la frase: “Midas tiene orejas de asno”. Robert Graves interpreta este relato como una alegoría de la sustitución de los instrumentos de viento por los de cuerda en las regiones sometidas a la cultura helénica.

Referencias antiguas y desarrollo

El mito aparece en Aristóteles (Política 1257b), que lo menciona para ilustrar la paradoja de poseer riqueza sin poder alimentarse. Alexander Polyhistor (siglo I a.C.) relata una variante en la que Midas hace brotar oro al golpear un manantial. Los relatos de Heródoto y otros escritores griegos señalan a Midas como “hijo de Gordias”, famoso por sus ofrendas de un trono de oro al santuario de Delfos. En la época romana, Ovidio fija la versión más completa, que se difundió a través de copias y traducciones latinas. Los detalles sobre la hija convertida en estatua y la posterior redención son aportaciones modernas que buscan enfatizar la dimensión moral de la historia.

Posible base histórica

El Midas histórico: Mita de los Mushki

Los textos asirios del reinado de Sargón II (siglo VIII a.C.) mencionan a un rey anatolio llamado Mita de los Mushki, enemigo y luego aliado de Asiria. Las crónicas de Heródoto aluden a un “Midas hijo de Gordias” que regaló un trono de oro a Delfos antes del reinado de Giges de Lidia. La investigación moderna considera probable que estas referencias apunten a un soberano de Frigia que reinó hacia 738–696 a.C., período de máxima prosperidad de ese reino. Según el portal Greek Reporter, la coincidencia en el nombre, la filiación (hijo de Gordias) y la inmensa riqueza del reino sugieren que el Midas mítico se basó en este gobernante histórico.

Gordion y las tumbas reales

Las excavaciones de la Universidad de Pensilvania en Gordion, capital de Frigia, han descubierto tumbas monumentales (túmulos) del siglo VIII a.C. En 1957 se excavó el Túmulo MM, identificado como la tumba del padre de Midas, donde apareció un esqueleto en un ataúd de cedro rodeado de vasijas de bronce, mesas y restos de un banquete funerario. Este túmulo es la estructura de madera intacta más antigua del mundo. En 2024–2025, arqueólogos de la misma universidad descubrieron otro túmulo (T-26) que contenía un enterramiento con ricos recipientes de bronce y tejidos asociados a un banquete, datado hacia 740 a.C.; Brian Rose, director de la excavación, ha sugerido que la tumba puede pertenecer a la dinastía de Midaspenntoday.upenn.edu. La proximidad y contemporaneidad de ambas tumbas refuerza la hipótesis de una familia real históricamente poderosa.

Origen del mito de la “mano de oro”

A pesar de la riqueza de los gobernantes frigios, las excavaciones no han hallado grandes cantidades de oro en Gordion. Esto ha llevado a proponer que el mito del toque de oro pudo originarse en elementos reales: el río Pactolo tenía arenas ricas en electrum (aleación natural de oro y plata), y las prendas funerarias de Gordion estaban tintadas con goethita, un mineral que confería un brillo dorado. El uso de tejidos de color dorado podría haber alimentado la leyenda de un rey capaz de transformar objetos en oro. La abundancia de metalúrgicos y la posición estratégica de Frigia, que controlaba rutas comerciales, explican la fama de su riqueza.

Potencia simbólica del mito

Avaricia y límites de la riqueza

Desde la Antigüedad, el relato de Midas se utilizó como advertencia contra la codicia desmesurada. Aristóteles lo cita para mostrar que la riqueza material no garantiza la vida. La versión de Ovidio enfatiza cómo el deseo de oro se convierte en maldición: Midas “rico y miserable” aborrece lo que tanto anhelaba. Los estudios modernos destacan que el mito muestra que la ambición ilimitada puede destruir la capacidad de disfrutar de las cosas sencillas, que la felicidad no depende del acopio de bienes y que la sabiduría consiste en prever las consecuencias de los deseos. El castigo de Apolo, por su parte, escenifica el error de ignorar la superioridad divina y la importancia de reconocer la excelencia artística.

Redención y transformación

El mito también ofrece un camino de redención: cuando Midas reconoce su error y se somete al ritual purificador en el río, el dios retira la maldición. La escena simboliza la posibilidad de transformar la propia vida mediante el arrepentimiento y la moderación. En palabras de Robert Graves, la competencia musical puede ocultar una alegoría política: la sustitución de los instrumentos autóctonos (flautas y zampoñas) por la lira apolínea, asociada a la dominación helénica. Así, el mito no solo reprueba la avaricia, sino también la insensatez y la resistencia a los cambios culturales.

Reinterpretaciones modernas

La historia de Midas ha sido reinterpretada en distintos periodos. La fábula inspiró pinturas barrocas como Midas se lava en la fuente del Pactolo de Nicolas Poussin (1624), que muestra al rey arrepentido sumergiéndose en el río. En el siglo XIX, Nathaniel Hawthorne adaptó el mito para niños, incorporando la hija convertida en estatua y poniendo de relieve las relaciones familiares. Poetas contemporáneos como Carol Ann Duffy reescriben la historia desde la perspectiva de la esposa en el poema Mrs. Midas, explorando las consecuencias domésticas del poder, la avaricia y la incomunicación. En el lenguaje corriente, la expresión “toque de Midas” ha pasado a significar la capacidad de lograr éxito económico, eliminando la crítica implícita del mito.

Representaciones iconográficas

La iconografía antigua muestra a Midas con indumentaria frigia (gorro puntiagudo) y, en ocasiones, orejas de burro. Un vaso de figuras rojas del siglo V a.C. representa a Sileno capturado por hombres que lo llevan ante el rey. En cerámicas de Chiusi (ca. 440 a.C.) Midas aparece con las orejas escondidas bajo un gorro y rostros sorprendidos a su alrededor. Estas imágenes ilustran cómo los mitos circulaban en la vida cotidiana y servían de advertencia visual.

El rey Midas ocupa un lugar destacado en el imaginario occidental como símbolo de la riqueza extrema y sus peligros. Las fuentes clásicas describen un rey que, por hospitalidad, recibe un don que acaba maldiciéndolo y solo se salva tras purificarse en un río cuyo lecho contenía oro. La investigación histórica ha identificado a Mita de los Mushki, un soberano de Frigia del siglo VIII a.C., como posible inspiración del mito. La abundancia de oro en los ríos de Lidia y la riqueza de Frigia explican el origen de la leyenda, mientras que las tumbas reales de Gordion atestiguan la existencia de una dinastía poderosa.

En el plano simbólico, el relato advierte que la avaricia y el deseo desmedido conducen a la destrucción de lo más valioso: la vida, los alimentos, los afectos y la propia dignidad. A la vez, muestra que el reconocimiento del error y la capacidad de arrepentimiento permiten la redención. Por ello, la figura de Midas trasciende su posible origen histórico y sigue siendo una metáfora poderosa en la literatura, el arte y el lenguaje cotidiano.

Carol Ann Duffy escribe para los contemporáneos su propia versión de la historia:

La Señora Midas:

Era finales de septiembre. Acababa de servirme una copa de vino, empezado a relajarme, mientras se cocinaban las verduras. La cocina se llenaba con su propio aroma, relajada, su aliento húmedo blanqueando suavemente las ventanas. Así que abrí una y, con los dedos, limpié el cristal de la otra como quien seca un ceño. Él estaba bajo el peral, quebrando una ramita.

El jardín era largo y la visibilidad escasa, como cuando la oscuridad de la tierra parece beberse la luz del cielo, pero esa ramita en su mano era de oro. Luego arrancó una pera de una rama —cultivábamos Fondante d’Automne— y se quedó en su palma como una bombilla. Encendida. Pensé para mí: ¿Estará poniendo luces de feria en el árbol?

Entró en la casa. Las manillas de las puertas brillaban. Corrió las cortinas. Ya conoces la mente: pensé en el Campo del Paño de Oro y en la señorita Macready. Se sentó en esa silla como un rey en un trono bruñido. La expresión de su rostro era extraña, salvaje, vanidosa. Dije: ¿Qué demonios está pasando? Él comenzó a reír.

Serví la comida. De primero, mazorcas de maíz. En cuestión de segundos estaba escupiendo los dientes de los ricos. Trasteó con su cuchara, luego con la mía, y después con los cuchillos y tenedores. Preguntó dónde estaba el vino. Lo serví con la mano temblorosa, un blanco seco y fragante de Italia, y observé cómo levantaba la copa, el cáliz, el cáliz dorado, y bebía.

Fue entonces cuando empecé a gritar. Él se desplomó de rodillas. Después de que ambos nos calmamos, terminé el vino sola, escuchándolo. Lo hice sentarse al otro lado de la habitación y mantener las manos quietas. Encerré al gato en el sótano. Moví el teléfono. El inodoro no me importó. No podía creer lo que me contaba

Cómo tuvo un deseo… Mira, todos tenemos deseos; concedido. Pero ¿quién tiene deseos concedidos? Él. ¿Sabes del oro? No alimenta a nadie; aurum, blando, inalterable; no apaga la sed. Intentó encender un cigarrillo; yo miraba, hipnotizada, mientras la llama azul bailaba sobre su tallo amarillento. Al menos —dije— podrás dejar de fumar para siempre.

Camas separadas. De hecho, coloqué una silla contra mi puerta, casi petrificada. Él estaba abajo, convirtiendo la habitación de invitados en la tumba de Tutankamón. Verás, entonces éramos apasionados, en aquellos días; desenvolviéndonos mutuamente, rápidamente, como regalos, comida rápida. Pero ahora temía su abrazo meloso, el beso que convertiría mis labios en una obra de arte.

Y ¿quién, cuando llega la hora de la verdad, puede vivir con un corazón de oro? Aquella noche, soñé que daba a luz a su hijo, sus miembros perfectos de oro, su pequeña lengua como un pestillo precioso, sus ojos ambarinos sosteniendo las pupilas como moscas. La leche de mi sueño ardía en mis pechos. Desperté con el sol entrando por la ventana.

Así que tuvo que mudarse. Teníamos una caravana en el campo, en un claro propio. Lo llevé allí bajo la cobertura de la oscuridad. Él se sentó atrás. Y luego volví a casa, la mujer que se casó con el tonto que deseó oro. Al principio lo visitaba, de vez en cuando, aparcando el coche bastante lejos y caminando.

Sabías que te acercabas. Truchas doradas en la hierba. Un día, una liebre colgada de un alerce, un hermoso error amarillo. Y luego sus huellas, brillando junto al sendero del río. Estaba delgado, delirante; escuchaba, decía, la música de Pan desde el bosque. Escucha. Esa fue la gota que colmó el vaso.

Lo que me duele ahora no es la idiotez ni la codicia, sino la falta de consideración hacia mí. Puro egoísmo. Vendí el contenido de la casa y me vine aquí. Pienso en él bajo ciertas luces, al amanecer, a última hora de la tarde, y una vez un cuenco de manzanas me dejó helada. Lo que más extraño, incluso ahora, son sus manos, sus manos cálidas sobre mi piel, su toque.

Fuentes:

greekreporter.com

worldhistory.org

popular-archaeology.com

penn.museum

theoi.com

penntoday.upenn.edu

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