Hola, amante de los cuentos, y seguidor fiel de los talleres de la comunidad Trithemius. En esta ocasión estamos con El gato con botas, y por aquí te dejo algunas cosillas importantes del cuento, para comenzar: la versión más conocida y original de “El gato con botas”, tal como fue publicada por Charles Perrault en 1697 en su colección Histoires ou Contes du temps passé, avec des moralités (Cuentos de antaño con moralejas).
Esta versión es considerada la fuente clásica moderna del cuento —la que consolidó el mito occidental del gato astuto—, y aunque su lenguaje es refinado, no está edulcorada ni infantilizada: conserva la ironía, el realismo social y la astucia cortesana del siglo XVII.
El Gato con Botas

(Charles Perrault, 1697 — versión íntegra y fiel al original francés)
Érase una vez un molinero que, al morir, dejó en herencia a sus tres hijos todos sus bienes:
al mayor, el molino;
al mediano, el asno;
y al menor, tan solo el gato.
El pobre joven se lamentaba mucho de tan poca herencia.
—Mis hermanos —decía— podrán ganarse la vida honradamente juntos; pero en cuanto a mí, una vez que haya comido mi gato y me haya hecho un abrigo con su piel, no me quedará nada más que morir de hambre.
El gato, que oyó estas palabras sin aparentarlo, dijo con voz grave y prudente:
—No te aflijas, mi amo. Dame un saco y mándame hacer un par de botas para andar entre los matorrales, y verás que tu suerte no es tan miserable como crees.
Aunque el joven no confiaba mucho en sus promesas, recordando que el gato era astuto y sabía valerse por sí mismo, le dio lo que pedía.
El gato se calzó sus botas y, colocando un puñado de salvado y lechugas en el saco, se fue al bosque. Allí se tendió en el suelo, fingiendo estar muerto, con el saco abierto.
Un joven conejo, curioso, entró en él para comer; el gato tiró de las cuerdas y lo atrapó sin dificultad.
Muy orgulloso de su presa, fue directo al palacio del rey y pidió audiencia.
Al ser introducido ante Su Majestad, hizo una reverencia y dijo:
—Señor, mi amo, el Marqués de Carabás (pues tal fue el nombre que inventó en el acto) me ha encargado ofrecerle este conejo, regalo que le envía como muestra de respeto.
—Dile a tu amo —respondió el rey— que le agradezco y que me place su atención.
Durante varios meses, el gato llevó al rey faisanes y perdices que cazaba, diciendo siempre:
—De parte de mi amo, el Marqués de Carabás.

El rey, complacido, hacía que se le recompensara con dinero, aunque el gato guardaba todo para su amo.
Un día supo que el rey saldría a pasear por la ribera del río con su hija, la princesa más hermosa del reino, y pensó:
—Ha llegado el momento de que mi plan se cumpla.
Dijo a su amo:
—Si sigues mis consejos, tu fortuna está hecha. Ve al río y báñate en el lugar que te indicaré. Déjame el resto a mí.
Mientras el joven se bañaba, el rey pasó en su carruaje.
El gato comenzó a gritar con todas sus fuerzas:
—¡Socorro, socorro! ¡Mi señor el Marqués de Carabás se ahoga!
El rey, asomándose por la ventanilla, reconoció al gato que tantas veces le había llevado regalos, y ordenó a sus guardias que lo salvaran.
Mientras lo sacaban del agua, el gato se acercó al carruaje y dijo:
—¡Ay, Majestad! Mientras mi amo se bañaba, unos ladrones le robaron sus ropas.
(La verdad era que él las había escondido bajo una piedra).

El rey mandó enseguida traer sus mejores vestiduras.
Cuando el joven se vistió con ellas, su porte y su rostro agradaron mucho a la princesa, quien le dirigió más de una mirada amable.
El gato, feliz de ver que su plan prosperaba, se adelantó corriendo delante del carruaje.
Al encontrar unos campesinos que segaban un prado, les gritó:
—¡Buena gente! Si el rey pregunta de quién son estos campos, responded: “Del Marqués de Carabás”, o seréis hechos pedazos.
Los campesinos, asustados, obedecieron.
El rey, pasando poco después, preguntó:
—¿De quién son estos hermosos prados?
—Del Marqués de Carabás, Majestad —respondieron a una voz.
El rey se volvió sonriente hacia el joven, admirando tanta riqueza.
El gato continuó su camino, repitiendo la misma amenaza y consiguiendo que los campesinos de cada finca dijeran lo mismo.
Así, el rey creyó que todos aquellos dominios pertenecían al Marqués de Carabás.
Por fin, el gato llegó a un magnífico castillo donde vivía un ogro, el más rico del país.
Había oído que el ogro podía transformarse en cualquier animal.
—He venido —le dijo el gato cortesmente— para admirar de cerca vuestra fama.
Dicen que podéis cambiaros en un león o un elefante, y que sois el más extraordinario de los ogros.

El ogro, complacido, se transformó al instante en un león tan fiero que el gato, aterrorizado, saltó por la ventana y trepó al tejado.
Cuando el ogro recuperó su forma, el gato bajó de nuevo y, deseando asustarlo, dijo con fingida incredulidad:
—Admiro vuestro poder, pero dudo que podáis convertiros en algo tan pequeño como un ratón.
—¿Dudar de mí? —rugió el ogro, y al instante se transformó en ratón.
El gato, viendo su oportunidad, se lanzó y lo devoró de un bocado.
Poco después llegó el carruaje del rey.
El gato, que había corrido a su encuentro, gritó:
—Majestad, bienvenido al castillo del Marqués de Carabás.
—¿Es vuestro este espléndido palacio? —preguntó el rey al joven.
—Sí, Majestad —respondió el supuesto marqués, mientras la princesa lo miraba con ternura.
El rey, encantado con su fortuna, dio a su hija en matrimonio al Marqués de Carabás, y poco después lo nombró su yerno.
El gato se convirtió en gran señor y ya no tuvo necesidad de cazar más, salvo por diversión.
Perrault acostumbraba concluír con DOS moralejas, aquí te dejamos una: “Usar el ingenio puede llevarnos al éxito”.
Tú puedes dejarnos en los comentarios cuál crees que podría ser la otra (toma en cuenta que en nuestro curso vamos más allá de la moral convencional).
Ojo, esta es una versión, podrías encontrar otras donde al final, el gato le consigue a su amo un castillo al enfrentar a un hechicero, no un ogro… durante la clase te contaré por qué surgen las versiones, y qué quita o suma el elemento ausente.
Abrazo fuerte,
Yolanda