El nacimiento de la luz
Hubo un tiempo primigenio en que el mundo aún no estaba completo. Izanagi, el dios creador, había descendido al inframundo en busca de su amada Izanami, y al regresar, contaminado por el soplo de la muerte, supo que debía purificarse. Entró en el río, y allí, al realizar su ablución sagrada, de su cuerpo nacieron tres divinidades. Del ojo izquierdo, donde se deposita la mirada que da vida, emergió Amaterasu, la diosa del sol. Del derecho, surgió Tsukuyomi, la luna silenciosa. De su nariz, que exhala la fuerza salvaje, nació Susanoo, el dios de la tormenta.
A Amaterasu le fue encomendado el cielo. Izanagi la ungió con el poder de alumbrar el mundo y restaurar la armonía tras su propio descenso al reino de las sombras. Ella, desde entonces, fue símbolo de regeneración, de luz nacida de la purificación, y del poder espiritual que brilla incluso tras la muerte.

Pero toda luz tiene su prueba.
Antes de partir al exilio por sus excesos, el impetuoso Susanoo se presentó ante su hermana. Ella, cautelosa pero sabia, aceptó su desafío ritual: crear vida a partir de las armas del otro, como un acto de equilibrio sagrado. El rito fue cumplido, pero Susanoo no detuvo su caos. Destruyó campos de arroz, arrojó un caballo desollado sobre el telar sagrado y causó la muerte de una tejedora celestial. Fue una profanación de lo más íntimo: el templo, la vida, la belleza.
Dolida, ultrajada, Amaterasu se retiró. Cerró su resplandor en lo profundo de la Cueva Celestial —Ame-no-Iwato— y con una roca selló la entrada. Entonces la tierra tembló de frío. El mundo cayó en oscuridad. La vida comenzó a extinguirse, y el alma colectiva del cosmos se hundió en la noche. Su exilio fue un acto de duelo: no sólo un retiro, sino un grito silencioso que decía “ya no puedo más”. El sol se ocultó por voluntad propia, y la sombra cubrió a todos.
Los dioses se inquietaron. Sin su luz, el universo moría. Y entonces, lo impensable ocurrió: el retorno se tejió colectivamente.
Forjaron un espejo pulido, el Yata no Kagami, capaz de devolver a Amaterasu su reflejo sagrado. Colocaron un árbol adornado con joyas, el Yasakani no Magatama, símbolo de lo que aún podía brillar. Y Ame-no-Uzume, la diosa del humor y del cuerpo gozoso, subió sobre una tina de bronce y bailó. Su danza fue salvaje, erótica, extática. Los dioses rieron. Las risas llenaron el vacío como un himno alegre en medio del abismo.
Amaterasu, desde su refugio, escuchó ese sonido de vida. Curiosa, se asomó por una rendija. Y allí, vio su rostro reflejado en el espejo. Por un instante, recordó. Recordó quién era. Recordó su luz.
Entonces los dioses la invitaron a salir, con dulzura y sin violencia. Ella emergió. La luz volvió. El mundo respiró.

Desde aquel día, el espejo, la joya y la espada se convirtieron en los tres tesoros sagrados de Japón, y Amaterasu fue reconocida como la fuente primera de la luz, no por haber nacido del sol, sino por haberlo recuperado desde dentro de sí.
Esta historia es uno de los mitos que hemos visto en el curso El Viaje del Alma, pero no nos quedamos ahí, lo analizamos luego bajo diferentes miradas, aquí entregamos algunas:
Carl Gustav Jung – El arquetipo de la luz y la individuación

Para Jung, Amaterasu representa el Sí-mismo solar, una imagen central del proceso de individuación. Su retiro a la cueva simboliza el descenso al inconsciente, cuando la psique sufre una fragmentación por un impacto traumático (la violencia de Susanoo). El mundo cae en tinieblas porque la conciencia (luz) se ha retirado.
El espejo en el que Amaterasu se ve representa un momento crucial: la confrontación con la sombra luminosa, el reflejo de lo que somos más allá del trauma. Es un momento de reintegración: cuando la diosa se reconoce, emerge de nuevo el equilibrio psíquico. El acto colectivo de los dioses para traerla de vuelta refleja la función compensatoria del inconsciente colectivo.
James Hillman – El alma herida y el valor del retiro

Hillman leería la cueva no como un símbolo a superar, sino como una imagen arquetipal del alma que necesita oscurecerse para reencontrarse. Para él, el gesto de Amaterasu no es “enfermo”, sino profundamente psíquico. El dolor ante la profanación no es algo que deba reprimirse o curarse rápido: es sagrado.
La danza de Ame-no-Uzume es para Hillman el movimiento del Eros que despierta el alma. La risa, lo absurdo, lo corporal, hacen posible que la luz regrese. Hillman defiende que no hay que forzar el retorno de la luz, sino crear imágenes que la seduzcan, invocar lo imaginal que mueve el alma. La imagen del espejo no es solo reconocimiento, sino también imaginación reflejada.
Marie-Louise von Franz – El femenino solar y el ciclo de redención

Von Franz leería a Amaterasu como una figura excepcional del femenino solar, algo raro en los mitos, pues el sol casi siempre es masculino. Ella muestra que la mujer no es solo receptáculo lunar, sino fuente de orden, conciencia y vitalidad.
El mito expresa el momento en que el femenino debe protegerse del caos masculino (el desborde de Susanoo) y retraerse al mundo interior. Su retorno, provocado por símbolos rituales, indica que la psique femenina también necesita ser invocada con respeto y belleza. Para Von Franz, este mito sería una cura simbólica para la fragmentación actual entre masculino y femenino.
Jacques Lacan – El Otro, el espejo y el deseo

Lacan pondría atención en dos elementos clave: el espejo y el acto de mirar. Amaterasu se reconoce al verse reflejada: es una escena fundante del Estadio del Espejo, donde el yo se forma al ver su imagen desde el lugar del Otro.
El mito también dramatiza la relación con el deseo: los dioses generan un deseo en Amaterasu mediante risas, danza, fiesta. La luz no se impone, se provoca el deseo de volver. Para Lacan, la cueva es un espacio donde el sujeto se enfrenta a la falta (la castración simbólica), y solo retorna cuando el deseo de ser es restituido por la mirada del Otro (el espejo, la comunidad, la risa).
Henry Corbin – El exilio de la luz y el mundo imaginal

Para Corbin, el mito expresa un drama del alma en exilio. El retiro de Amaterasu a la cueva es el momento en que la luz del mundo imaginal se retira por la corrupción de lo sagrado. La cueva representa el mundus imaginalis, el umbral entre el mundo sensible y el espiritual.
El espejo no es un objeto físico, sino un símbolo del conocimiento imaginal: el alma se reconoce en su verdadera forma cuando entra en resonancia con la imagen divina. El retorno de Amaterasu es un acto de epifanía: la imagen restituye la luz porque es imagen verdadera del alma. Para Corbin, este mito sería una hierohistoria: una historia sagrada del alma que puede repetirse en cada ser humano cuando se reencuentra con su propia imagen celeste.
Conclusión integradora
Cada enfoque nos muestra un rostro distinto del mito de Amaterasu:
- Jung ve el descenso como parte del camino hacia el Sí-mismo.
- Hillman honra la cueva como alma en dolor que no debe apresurarse.
- Von Franz revela el poder del femenino solar y su necesidad de respeto.
- Lacan muestra cómo la identidad y el deseo se construyen en la mirada.
- Corbin entiende todo el mito como una realidad del alma espiritual, entre el mundo visible y el invisible.
Todos estos son enfoques, miradas desde ángulos particulares. Comprender que cada uno ofrece una oportunidad distinta de entendimiento es esencial, porque la Verdad Absoluta no se alcanza desde un solo punto de vista, sino como una totalidad integradora.
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