Rilke, la rosa y el derecho a la despedida poética

Uno de mis poetas favoritos, no sólo por su poesía, sino porque me enseñó como dijera Hölderlin a “habitar poéticamente el mundo”. Les contaré por qué.

Rainer Maria Rilke no fue solamente un poeta de lo invisible, de las sutilezas y los reinos mistéricos, también fue arquitecto del tránsito hacia su propio más allá. En su obra, la muerte no es un final abrupto, sino una figura a la que hay que merecer, una transformación íntima que exige conciencia, forma y belleza. Su manera de morir, en este sentido, no fue un accidente ni una mera consecuencia biológica: fue una fidelidad estética hasta el último gesto.

A finales de 1926, Rilke falleció en el sanatorio suizo de Val-Mont a causa de una leucemia mieloide crónica que no había sido diagnosticada con claridad hasta muy poco antes de su muerte1. Sin embargo, lo que lo llevó al colapso fue un incidente aparentemente banal: una espina de rosa le produjo una herida en el dedo que se infectó rápidamente, derivando en septicemia. A ojos médicos, la historia se explica con lógica clínica. Pero a ojos poéticos, esa espina encierra un símbolo que Rilke ya había nombrado en su obra y que, de algún modo, había anticipado.

En Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, su única novela, Rilke hace hablar a uno de sus personajes enfermos, enfrentado a una inminente muerte. Las voces que lo rodean quieren “salvarlo”, prolongar su vida a toda costa. Pero él responde con una frase desgarradora: “Dejadme morir de mi muerte propia”2. Esta frase, que podría parecer una renuncia, es en realidad una afirmación radical del alma sobre el artificio, del derecho a la autenticidad frente a los protocolos del miedo. Para Rilke, no toda muerte es la misma. Morir “de la muerte propia” significa morir con sentido, en fidelidad a una biografía interior.

Que la causa inmediata de su muerte fuera una rosa no es un detalle menor. Rilke había consagrado su vida a revelar los matices ocultos de la existencia. Sabía que la belleza puede contener lo terrible. En la Primera Elegía de Duino escribe: “Pues lo bello no es sino el comienzo de lo terrible que aún podemos soportar3. La espina, herida luminosa, encarna esa tensión entre lo frágil y lo fatal. La rosa, con su forma perfecta y su filo oculto, no solo fue su enemiga biológica, sino también su aliada simbólica. Morir a causa de una rosa era, para él, morir de manera poética. Morir, como él exigía, con integridad estética.

No por casualidad dejó escrito su epitafio en forma de una elegía mínima:
“Rosa, pura contradicción,
placer de no ser el sueño de nadie
bajo tantos párpados”
4.

En esa contradicción final —la flor que hiere, la muerte que corona— se cifra su comprensión del mundo: una belleza que arde, una vida que no rehúye la sombra, una muerte que no es huida, sino forma revelada. Así, su partida no fue un azar, sino una coherencia última. Como Malte, Rilke pidió —sin pedir— que lo dejaran morir de su propia muerte. Y así fue.

Bibliografía

  1. Freedman, Ralph. Life of a Poet: Rainer Maria Rilke. Northwestern University Press, 1998.
  2. Rilke, Rainer Maria. Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Traducción de A. Sánchez Pascual, Alianza Editorial, 2005, p. 176.
  3. Rilke, Rainer Maria. Elegías de Duino. Traducción de Jaime Ferreiro, Ediciones Hiperión, 2004, Primera Elegía.
  4. Epitafio en la tumba de Rainer Maria Rilke, cementerio de Raron, Valais, Suiza.

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