Cuando yo era niña me quedaba a dormir todos los miércoles en casa de mi abuela, una de esas noches, ella me contó un cuento que aún recuerdo:

Sabes, mi pequeña niña, hay un bosque al que solo se llega cuando el alma ha descendido más allá de lo que conoce con certeza. Un bosque sin senderos, donde la luz no guía y los sonidos de trinos no consuelan. Allí, en la espesura, camina Izaro. Izaro no sabe cómo llegó. Solo recuerda que un día dejó de reconocerse ante el espejo y necesitó ir en busca de un rostro que le pareciera suyo, así comenzó a buscar una verdad que parecía llamarle por dentro. Entonces, una noche como ésta en que te cuento este cuento, el suelo se abrió bajo sus pies e Izaro cayó… cayó sin gritar, como quien acepta que la caída, el dolor o las cosas imprevistas que nos arrancan de nuestra zona de confort también son maestras en un sentido muy profundo.

¿A dónde cayó? Al Bosque de la Noche. Un lugar que no da la bienvenida. Porque nos prueba. Izaro caminó entre sombras que fueron adquiriendo la forma de antiguas voces: el juicio de la infancia, la sensación de abandono, las promesas rotas, las ilusiones que no se cumplieron. Todo lo que temía se le apareció, no para herir, sino para ser mirado por fin sin miedo.

En ese lugar Izaro encuentra a la Dama de las Raíces, una anciana que mira sin hablar y le ofrece una copa de agua oscura. Izaro bebe, reconoce sus lágrimas. Al beberlas, se convierte en algo más entero.

Solo cuando acepta la noche como parte de su alma, el bosque comienza a abrirse. No porque haya acabado la oscuridad, sino porque Izaro, finalmente, ha dejado de huir de ella. Y junto a un árbol que sangra luz, Izaro comprende: no ha venido a perderse, sino a encontrarse donde jamás pensó buscar.

Desde entonces, Izaro lleva en su pecho una chispa nocturna. Y cuando otros pierden su rumbo, les canta el mapa del bosque de la noche. Porque quien ha descendido con conciencia, puede enseñar a otros a renacer.

Así terminó mi abuela Ema, yo ya dormía, pero el cuento se quedó en mis sueños y hoy, a muchos años de aquella infancia, lo recuerdo para contarlo a mis alumnos en el curso El Viaje del Alma.

Izaro es el nombre de una isla, porque todos somos islas, somos algo aparentemente independiente, pero no, estamos en el mar del mundo.

Yolanda Ramírez Michel

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